20/06/2025

HASHIMA

 


Por muy abandonada que esté una isla, siempre nos hace volar la imaginación hacia territorios  Robinson.

No voy a contar demasiado en esta entrada, solo apuntar que tenéis que leer el siguiente artículo, y luego si tenéis dineros suficientes para ir hasta Japón, pues igual os da por acercaros a este islote que fue, hasta los años 70, un ejemplo de explotación de recursos mineros.


Para mí, no deja de ser un ejemplo de claustrofobia de libro, pero para gustos los colores. Nos veremos en muchos caminos, pero puede que nunca en Hashima, que hasta tiene su polémica con la UNESCO.

https://www.revistaad.es/articulos/conoce-isla-fantasma-hashima-en-japon

EXPERIMENTOS CON GASEOSA 1.

 EL TATUAJE.                           JUAN SANTOS 

Ahora que llega el verano me doy cuenta de lo tonto que fui. Todo el mundo lleva niquis o camisas de manga corta, mientras yo tengo que llevar tapado hasta las muñecas y con el botón del puño abrochado. Si no voy así, mi mujer se niega a salir conmigo de paseo.

Todo empezó, con un experimento desesperado del que me arrepentiré toda mi vida. Me estaba haciendo mayor y las chicas no se fijaban en mí. Sé bien que no era un tipo guapo, pero me había dado cuenta de que hombres, mucho más feos y más sosos que yo, se las llevaban de calle, sin encontrar una explicación.

Hasta que me di cuenta que a las mujeres les gusta los varones con los brazos tatuados. Prueba de ello es que futbolistas horribles de cara, con los brazos totalmente garabateados, tienen unos pibones de novias que son modelos de alta belleza.

Yo, ni corto ni perezoso, creyendo en este arte corporal, me fui a un tatuador para que me hiciera un dibujo en cada brazo: en uno me puse un Marlon Brando y en el otro a Camarón. Lástima que el experimento no me diera resultado. Todo lo contrario. Las chicas se reían de mí, con todo descaro.

Una tarde en el parque, se acercó a mí la que hoy es mi mujer y me dijo: No me importaría salir contigo, pero haz el favor de quitarte esas horteradas de los brazos.  Qué más quisiera yo, le respondí. Debí hacerme tatuajes temporales, pero estaba tan seguro de su efecto que me los hice permanentes y no me los puedo quitar. Pues entonces lo siento mucho, pero tendrás que buscarte a otra.

En aquel momento le juré: no dejar mis brazos al descubierto, jamás.





LA ENTREVISTA.             ANTONIO LLOP

El día anterior a aquella entrevista tan importante para mi futuro quedé con Sonia, una amiga, a iniciativa de ella.

-Tenemos que prepararla bien. Te juegas mucho, Loli.

El sitio era un pub tranquilo cercano al edificio de oficinas del Banco Provincial donde a la mañana siguiente estaba citada con el jefe de personal.

-Es importante que estés cerca del lugar de la cita para que te sumerjas en la atmósfera que, si todo va como planeamos, respirarás en los próximos años.

Sonia era una mujer sensitiva y muy experimentada. En su profesión de higienista dental ya había pasado por distintas clínicas mostrando sus habilidades para mejorar en su puesto de trabajo.

-Ya has demostrado tus conocimientos técnicos, Loli, porque si no, no te hubieran llamado tras el examen. Lo importante ahora es causar buena impresión. ¿Cómo? Pues mostrando seguridad.

-No sé, Sonia. Soy muy tímida. Ten en cuenta que es mi primera entrevista. Prefiero actuar de forma sincera.  

 -Si vas a hacerlo, tonta, pero la verdad hay que acompañarla de gestos corporales que inspiren confianza. No sé si sabes que los seres humanos podemos reflejar en la cara de forma innata y universal siete emociones básicas: alegría, sorpresa, tristeza, miedo, ira, asco y desprecio.

-Demasiado complicado, para mí -le dije. 

-Verás cómo no. Vamos a hacer una prueba. ¿Ves a aquellos dos babosos cuarentones que no nos han quitado el ojo desde que hemos llegado? ¿Serías capaz de ligártelos?

-Ah! Eso es distinto –repliqué-. Tenemos la ventaja de nuestra juventud y de que no somos mal parecidas.

-Hagámoslo y así practicas los gestos. ¿Cuál de las emociones básicas pondrías en juego en primer lugar?

-Sin dudarlo la alegría.

-Y para ello ya te he hecho ayer ese blanqueamiento dental tan estupendo. Lúcelo. Durante el proceso de relación podrás practicar el resto de muecas.

Cuando uno de los desconocidos me miró, sonreí. Él le comentó algo a su amigo y se acercaron. Sonia me dejó la iniciativa del flirteo. Nos dijeron que eran abogados en un bufete próximo y que estaban solteros. Me sorprendí con los casos tan mediáticos en los que, según ellos habían participado. Inventé una historia familiar desgraciada durante la cual pude practicar el gesto de tristeza, en la que ellos aparentaron estar interesados.

-Bueno –dijo el más atrevido-. Pues ya sabéis lo mejor para la pena es olvidar, ¡vivir la vida! Os invitamos a una copa en otro sitio mejor.

Sonia me observaba satisfecha por mi desenvoltura. Pero me hizo una señal para terminar aquella pantomima.

Yo, que estaba lanzada, quise practicar el gesto de desprecio: 

-Señores, no nos hemos creído ni la mitad de vuestras mentiras. Ahora vamos a ir al baño. Aprovechad para iros solitos de copas a ese sitio tan bueno, porque nos desagradaría encontraros a la vuelta.

Los hombres, avergonzados no supieron qué contestar. En los servicios nos entró la risa floja.

-¡Te has venido arriba! ¿Eh? –dijo mi amiga. Si hasta me ha dado pena. ¿Ves cómo sí sabías gesticular?

Al día siguiente, cuando la secretaria del jefe de personal me autorizó, entré en su despacho para la entrevista. El lector ya imaginará a quién me encontré tras la mesa.