13/02/2026

GOTA A GOTA. 1

 

LA VIDA GOTA A GOTA                                                          MANUEL GIL

 

Gota a gota cae la lluvia sobre la piel del mundo. Sin prisas, sin avisos previos, pero cala. Esa lluvia primera que carece de la soberbia de la tormenta y, sin embargo, abre la tierra con paciencia de raíz. Así comienza todo: una gota mínima, casi invisible, que insiste hasta volverse surco.

 

Gota a gota la lluvia fertiliza la herida seca del suelo. No hay gesto heroico en su caída, solo una insistencia silenciosa en la repetición. La tierra espera, recibe sin prisa, bebe lo necesario para volver a dar fruto. También el cuerpo aprende: nada florece de golpe, todo nace de una persistencia humilde de algo casi etéreo.

 

Gota a gota la saliva de los besos traza un idioma ancestral. No es palabra ni promesa, es materia viva que se entrega. En esa humedad compartida se mezclan deseo y fragilidad, certeza de estar vivos por un instante. Un beso no es un golpe, es una filtración lenta que va ocupando en nuestro mapa, nuestro espacio vital entero.

 

Gota a gota el sudor recorre la frente, la espalda el pecho. Testimonio, del calor ganado al cuerpo, al trabajo, al esfuerzo. Cada gota es una prueba de que hemos estado aquí, cargando la condena de Adán, de que algo nos empujó a avanzar, a levantar peso, a resistir, a salir ilesos.

 

Gota a gota las lágrimas derramadas. Unas nacen de la dicha, otras del duelo, pero todas pesan igual al abandonar los ojos. Son la forma más honesta del desbordamiento. No saben mentir. Resbalan por el rostro con un lenguaje que no pide traducción, son una verdad que no necesita defensa, ni celo.

 

Gota a gota se escapa el aire de los suspiros. Ese que se va cuando en el pecho ya no cabe más aliento. El suspiro es una renuncia breve, un descanso entre dos combates, una forma de seguir sin romperse por dentro.

 

Gota a gota la sangre vertida recuerda el precio. Nada esencial se da sin pérdida. La sangre es la memoria roja del cuerpo, la señal de que algo ha dolido lo suficiente como para dejar marca y estampar su sello

 

Y así, gota a gota, se construye la vida: sin estruendo, sin gloria inmediata. Todo lo importante sucede en esa repetición callada que nadie aplaude. Lo que permanece no cae de golpe; se filtra. Y cuando por fin miramos atrás, comprendemos que hemos sido hechos de una lluvia mansa, lenta, gota a gota con el tiempo.


 

HE VENIDO PARA VER                                               MARÍA ISABEL RUANO

(Homenaje a Cernuda)

 

He venido para ver

las gotas lentas que caen

de la bolsa transparente

que te da de comer.

Gotas metódicas y rítmicas

como si fueran lágrimas.

 

He venido para ver

tu mano perforada

por un tubo y tapada

por esparadrapos blancos

como si fuera un guante.

La mano quieta

que acariciaba mi cuerpo.

 

He venido para ver

tus ojos cerrados

y tu cara seria

de labios finos

que apagan la sonrisa.

 

He venido para ver

las paredes ocres

y la luz oscura del atardecer.

La pantalla negra

del mudo televisor

colgado en la pared.

 

He venido para ver

tu pelo oscuro y despeinado

sobre la almohada blanca.

Las gotas metódicas y rítmicas

que no paran de caer.

 

He venido para ver

los focos redondos

encastrados en el techo

como si fueran lunas.

 

Y el silencio de la habitación

impersonal y fría.

La ropa blanca.

el armario cerrado.

Y el espejo del baño

que, como yo,

espera tu sonrisa.

 

He venido para ver

tu cuerpo bajo la sábana

tratando de evocar

la erótica del amor.

 

 

He venido para recordar

la redondez de tu pecho,

la tersura de tu vientre

y la voluptuosidad

de las nalgas desnudas

dispuestas a cabalgar.

Tus pies pequeños

y las piernas blancas.

 

Pero no me atrevo

a levantar la colcha

y la sábana que te cobija

consciente de que encontraré

un cuerpo ajeno y dormido.

 

He venido para esperar

que despiertes

a la vida y al amor.

Para ver la luz en tus ojos

y la sonrisa blanca en tu boca.

 

Esperaré, como cada tarde,

contemplando la cadencia

rítmica y metódica

de las pequeñas gotas

que te alimentan.

Líquido de esperanza,

lágrimas apagadas

que entre la vida y la muerte

te abrazan.

LOS DOS HERMANOS                                                JUAN SANTOS

 

Cuando yo era pequeño, mi padre compró dos huchas, una para mi hermano y otra para mí. De vez en cuando mi madre, pero sobre todo mi abuela, nos daba dos reales o una peseta para que las fuéramos llenando. Mi hermano no se gastaba nada, todas las echaba dentro; sin embargo, yo me iba corriendo al kiosco de la plaza para comprarme un chupachup o cromos de futbolistas.

 

Gota a gota mi hermano acabó llenándola y, cuando la rompió, tenía dinero para comprar un balón de reglamento. Al principio, no me dejaba jugar, pero mi madre lo convenció y el balón acabó siendo de los dos.

 

Fuimos creciendo y la tendencia de cada uno, no cambió. Mi hermano se puso a trabajar y a ahorrar. Se compró un piso y se casó. Yo intentaba seguir su ejemplo, pero las chicas me daban de lado y solo estaba a gusto en el bar. A veces, iba al de las luces rojas que había en la carretera. Y con este ritmo de vida era difícil ahorrar un duro. Menos mal que heredé la casa de mis padres y aquí sigo soltero con la protección de mi hermano.

 

Hubo un momento, en que pudo cambiar mi suerte. Fue cuando nos tocó la lotería. Llevábamos un décimo del gordo compartido. El día que lo cobramos, mi hermano sugirió quedarse con mi parte e ir dándomela poco a poco. Pero me negué rotundamente.

 

―Ese dinero es mío y lo quiero. Ya no soy un niño. No te preocupes que sabré administrarlo.

―Por favor, hermano. Gástatelo poco a poco. Gota a gota.

 

Un par de semanas lo tuve tranquilo en el banco. Esos días, me enteré que un grupo de solteros del pueblo iban a ir a Cuba de turismo sexual y me olvidé del consejo de mi hermano. Me lo pasé en grande y llegué a la conclusión que el dinero es para gastarlo y disfrutarlo. Tras el viaje de Cuba, las malas compañías me introdujeron en las drogas y en el abuso excesivo de alcohol.

 

Mi hermano me había dejado por imposible. Pero no se olvidó de mí. Fue el primero que fue al hospital cuando me ingresaron por lo del hígado.

 

Cuando lo vi pasar a mi habitación, supuse que me echaría una gran bronca, pero no. Todo fue amabilidad y ternura.

 

― ¿Cómo te encuentras, hermano?

―Con el gota a gota que me están poniendo por la vena, estoy un poco mejor.

―Te das cuenta, que hasta la medicina hay que dosificarla, para que haga su efecto.

―Pues yo pienso que, si me pusieran toda la botella de una vez, mejoraría antes.

―No digas bobadas. Espero que esto te haya servido de lección.

 

Esta mañana me han dado el alta médica y estoy aquí en mi casa, convaleciente. El dinero que me queda se lo he dado a mi hermano. Confío en él y en su buen criterio. Con todo su cariño, me lo irá dando con cuentagotas.