LAS BOTAS KATIUSKAS JUAN
SANTOS
El día que cumplí ocho años, como tú, hacía mucho frío.
Recuerdo perfectamente que no llovía ni había visos de que lloviera. Me
regalaron unas flamantes botas de goma. Los zapatos que llevaba estaban tan
gastados de las suelas, que cuando llovía me entraba el agua por un agujero y
acababa con los pies chorreando.
Aun así, yo hubiera preferido un juguete. En aquella época los regalos eran
siempre muy prácticos: calcetines, calzoncillos y cosas así.
Eran unas botas katiuskas negras que me llegaban a la
rodilla. Mi madre me las había comprado en el mercadillo semanas antes y,
aunque hubo días de lluvia y charcos, esperó para dármelas el día de mi cumpleaños.
Me quedaban un poco grandes, pero tampoco era plan de comprármelas justas para
que se me quedaran pequeñas en dos días.
Qué pena que no amaneciera nevando o lloviendo para
estrenarlas como se debía. No obstante, me empeñé en llevármelas puestas a la
escuela. Al pasar por la fuente del rincón no pude contenerme: me acerqué a la
pileta y fui metiendo un pie poco a poco. La sensación era tan placentera que
metí el otro y me puse a patalear el agua, hasta que apareció mi vecina con un
cántaro bajo el brazo y me regañó, con mucha razón, para que no la salpicara.
Llegué a la escuela con retraso. Llamé con los nudillos,
pedí permiso y entré. Desde la puerta hasta mi pupitre fui dejando marcas en el
suelo. Yo no le encontraba la gracia por ningún sitio, pero la clase entera
estalló en risas. El maestro mandó callar y, mirando por la ventana, preguntó:
—¿Cómo es posible que haya charcos con el sol que hace?
Y, dando un golpe en la mesa, cortó la algarabía que volvía a crecer.
Sentado en mi sitio, recorrí con la mirada los pies de mis
compañeros. Unos llevaban zapatos más viejos que otros, pero todos eran de
cuero o lona. Solo mis botas rompían la tónica general de la clase. No me
importaba: tampoco mi barriga estaba en armonía con las demás.
En el recreo, el dueño del balón no me dejó jugar, ni
siquiera de portero. Estaba harto de ocupar siempre la portería, pero esa
mañana me hubiera dado igual. Fue duro que precisamente el día de mi cumpleaños
se metieran conmigo.
El regalo de mi madre me había gustado, porque en realidad
lo necesitaba; sin embargo, yo hubiera preferido un balón, un balón de
reglamento. Con él, a pesar de ser gordo, hubiera jugado siempre, y por
supuesto de delantero centro.
A la salida de la escuela pregunté al dueño del balón por
qué no me había dejado jugar. En lugar de responderme, me dijo que, aunque se
había reído de mí, le gustaban mucho mis botas.
—¿Te las cambio por el balón? —le solté sin pensarlo.
Se las probó y le estaban mejor que a mí. Para que yo no
regresara descalzo, me acompañó hasta la puerta de mi casa y allí hicimos el
trueque. Sin que mi madre me viera, entré y me puse los viejos zapatos como si
nada hubiera pasado.
Con el balón pasé unos días contentísimo. Para no levantar
sospechas, le dije a mi abuela y al resto de la familia que era de un amigo.
Pero temblaba cada vez que anunciaban lluvia en la tele. Y esa tarde llegó: un
cielo oscuro y amenazante cubrió la Mancha. Fui a buscar a mi compañero para
deshacer el trato, pero se negó tajantemente. Dijo que yo ya había jugado
bastante con el balón, y que él aún no había probado las botas; que al menos se
las tenía que dejar una semana de charcos.
Cuando aquella noche escuché caer la lluvia mientras estaba
en la cama, me hice el enfermo.
—Vamos, vamos, arriba, que es la hora. ¿Dónde dejaste las botas nuevas, que no
las veo? —dijo mi madre.
—No me encuentro bien, me duele la cabeza… —le contesté.
Me puso la mano en la frente y, al ver que era puro cuento,
me sacó sin contemplaciones de la cama. No tuve más remedio que confesar. Fue
entonces cuando levantó la mano para darme una bofetada, pero al ver mis
lágrimas se contuvo.
No recuerdo en toda mi vida un día tan amargo como aquel. Me
puse el impermeable con la capucha y salí rumbo a la escuela con los mismos
zapatos agujereados de siempre. En una mano llevaba la cartera; en la otra, el
balón. Llevaba además la advertencia de mi madre: si no volvía con mis
katiuskas, se lo diría a mi padre.
Al entrar en la clase, otra vez tarde, oí las burlas:
—¿Dónde has dejado las botas de goma, gordito?
—Hoy que llueve y no saldremos al patio…, te traes el balón.
—Basta ya —intervino el maestro.
—Mis botas son esas —dije, señalando al compañero del primer pupitre—, y este
es su balón.
Nos castigó a los dos, con los brazos en cruz, más de una
hora. Después ordenó que nos fuéramos juntos a su casa para que me devolviera
lo que era mío. Así se hizo.
Cuando me entregó las botas, me juró muy enfadado que nunca
más volvería a dejarme jugar con su balón.
Allí mismo me las calcé y, chapoteando en todos los charcos, regresé a casa. Mi
madre me abrazó y me prometió que en mi próximo cumpleaños tendría mi ansiado
balón. Me puse muy contento, lo malo era que aún faltaban once meses.
UN CHARCO DE ENTRAÑA MARÍA ISABEL RUANO
Madrugada y sin
luna.
Dormida en la nada,
se le escapaba la
vida,
sin saborearla.
Un quejido agudo
salió de su
garganta.
Un charco rojizo,
desde sus entrañas.
La encontraron
dormida
sin sonrisa en la
cara.
Acunado su cuerpo
en la noche sin
luna
y en la mañana
soleada.
Rota su vida,
en un charco de
entraña.
EL POZO ASESINO JUANA
DOMÍNGUEZ
Aquel pueblo no tenía agua
canalizada, ni servicio de alcantarillado de residuos, el agua había que
traerlo de la fuente pública más cercana y los residuos líquidos se vertían en
las regueras que servían para riego de cultivos de huertas, éstas atravesaban
el pueblo de norte a sur, por casi todas las calles principales del municipio,
de pocos habitantes, dedicados a la ganadería y la labranza principalmente.
La fuente de agua limpia más
cercana a su casa era conocida por “el Pozo Tarama”. En él habitaba un espíritu
maligno que se llevaba a los niños pequeños, si se asomaban a ver su fondo. Eso
contaban los mayores alrededor del fuego en las noches de invierno. Tenía un
brocal de más de 80 centímetros de alto, además de una tapa de madera que
impedían mirar dentro del mismo, su diámetro era muy grande o a ella se lo
parecía, si jugaban al pilla pilla a su alrededor, estaba asegurado que nunca
te cogían.
La fuente manaba constantemente,
el agua corría hacia el pozo desde su pilón, llenando su camino de infinidad de
charcos en los que la chiquillería del barrio metía sus pies salpicando a los
demás niños con alboroto y alegría.
Aquella mañana Marianela tuvo que
salir temprano de casa a buscar agua, su madre estuvo de parto y la encargaron
rellenar los cántaros que se habían gastado con la limpieza del bebé y de la
parturienta. Llovía a cántaros si hubiese puesto un barreño, en las canales del
tejado, de aquellos de estaño que vendían los hojalatero de puerta en puerta,
seguro que se hubiera ahorrado un par de viajes, pero no tenía mucha
iniciativa, y razonar no era lo suyo, aunque siempre estaba atenta a la
conversación de los mayores para aprender de ellos.
La calle empedrada con gorronas,
era un río, la reguera rebosa y los charcos alrededor de la fuente no drenaban,
no quiso descalzarse y se metió en ellos
feliz, atravesarlos descalza le habría costado algún que otro moratón en los
dedos. Las zapatillas de esparto se empaparon con la lluvia. En uno de los
viajes las dejo en casa, y siguió descalza, andaba con mucha precaución mirado
donde ponía los pies, no quería resbalar en las piedras y no vio la reguera, se
cayó a ella sentándose dentro, la fuerza del agua la arrastró hasta uno de los pasiles que la cruzaba.
Salió de ella, con la mala fortuna de pisar un cristal. Del corte no dejaba de
salir sangre, el agua de la lluvia se tiño de infinidad de hilos rojos que se
dirigían al pozo. El miedo y la angustia se apoderó de ella, su sangre atraería
al “mal del pozo” hasta su casa. Su hermanita recién nacida, tan frágil e
inocente no tenía la culpa de su descuido, “el mal” la encontraría si ella
volvía a su casa.
Marianela miro hacia su casa con
lágrimas en los ojos, se iría lejos donde el Mal no encontrará a los suyos, se
volvió a meter en la reguera y dejó que el agua la arrastrara.
LA MUSICA DE LOS CHARCOS ARACELI
DEL PICO
Soy mayor.
Bastante mayor. Pero afortunadamente mi memoria se mantiene fresca y recuerdo con placer algunos capítulos de mi
vida. Soy afortunada. Y hoy que está lloviendo a mares he decidido quedarme en
casa. Ese paseo que suelo dar atravesando el parque, puede esperar. Y la lluvia
y el sol no se pueden elegir. Vienen y van cuando les place.
La lluvia de hoy,
me retrotrae a aquella primavera, cuando yo era joven, bastante joven y el agua
caía con la misma intensidad que hoy lo hace. En aquel momento no podía elegir
quedarme en casa. Iba a mi trabajo. Tan arregladita y tan mona, con el
chubasquero y las katiuskas a juego… e iba a cruzar la calle que se había
convertido en una laguna, cuando un temor irremediable se reflejó en mi cara.
¿Me permite ayudarla?
¿Por qué?
Veo que tiene intención de cruzar y no se atreve a
hacerlo.
¿Tanto se me nota?
La expresión de su cara, preciosa, es un libro abierto.
Sonreí a su
galantería y acepté su ayuda. Me apoyé en su brazo y aún así iba indecisa. De
repente me alzó en brazos y en segundos cruzamos la gran avenida.
Cuando me
depositó en el suelo sentí que aquella avenida no hubiera sido más ancha.
¿Tenemos tiempo para compartir un café o un chocolate?
Miré de soslayo
el reloj. Dije que sí. Hubiera dicho que sí, aunque tuviera que obviar la más
importante de mis obligaciones. Y
compartimos en la cafetería más cercana un chocolate con churros, que es
posible que estuvieran riquísimos. Yo solo recuerdo nuestras miradas, nuestros
silencios y un calambre atroz que sentí cuando nuestros dedos se rozaron, para
ir a coger el último churro de la bandeja de porcelana. Él iba a ofrecérmelo.
Me adelanté, lo partí por la mitad y lo compartimos.
Cuando salimos,
la lluvia había amainado. Él me tendió la mano. Yo le solté un sonoro beso en
la mejilla. Cada uno se giró a un lado distinto. Y después de haber caminado
unos pasos, le sentí detrás. El agua transformaba en una suave sinfonía sus
pisadas
Oye, oye, ni siquiera se tu nombre.
Es verdad. Me llamo Delia. ¿Y tú?
Diego. Vaya, unidos por nuestra primera letra.
Y por los charcos.
No volví a verle
en mucho tiempo. Por aquel entonces yo estaba ennoviada con un chico muy
divertido, y que estaba emperrado en casarse conmigo. Le tenía cariño. Pero
sobre todo, me dejaba querer. Era fácil reír a carcajadas con sus ocurrencias.
Pero recuerdo muy bien, que a partir de aquel día, sus ocurrencias no me lo
parecían. Luis, notó mi distanciamiento. Y en un momento que estábamos
planeando una escapada, me soltó:
No vamos a ir a ninguna parte.
¿Cómo?
No es que seas la Caldera de Taburiente, pero ahora, eres
una parte de Alaska.
Una vez más tuve
que sonreír ante sus palabras. Me abrazó hasta hacerme daño. Yo agradecí ese
abrazo. Noté su adiós firme y doloroso.
Pasado un tiempo,
de nuevo la lluvia y desde luego el destino me puso frente a Diego. Salía de
casa, corriendo, atropellada como siempre. Cuando al abrir el paraguas le vi en
mi portal.
Pero, ¿qué haces aquí?
Resguardarme de la lluvia. ¿Y tú?
Esta es mi casa. Voy a trabajar. Corriendo como casi
siempre.
Salimos juntos.
Bajo mi paraguas le acompañé a la boca de metro más próxima. Hablamos poco.
Ahora pienso el poco valor que tienen las palabras, cuando una mirada o un
roce, las sustituye. Las palabras son un manantial interpretativo. Los
silencios son eco de los sentimientos.
Nuestra relación
siempre ha sido especial. Decidimos vivir juntos. Nuestras familias pusieron el
grito en el cielo. ¡Vivir juntos, sin casaros ¡ Y no es que fueran religiosas,
ni mucho menos. Pero si tradicionales y muy atentas “al qué dirán” Menos mal,
que el sentido común en este sentido algo ha avanzado. Vivíamos en un
apartamento pequeño, en el centro. Para ser y estar en el núcleo de todo.
Jamás me pidió
matrimonio. De haberlo hecho, la primera sorprendida hubiera sido yo y es fácil
que le hubiera dicho que no. A los tres años, nació Ignacio. A los cinco,
Marta. Ellos han sido y son la guinda de nuestra sincera unión.
Hace unos meses
una amiga de las de toda la vida, me preguntó porque no nos habíamos casado. Le
dije, que porque teníamos que haberlo hecho. Mujer por los hijos. ¿Y que les
pasa a nuestros hijos? Tienen el apellido de su padre y de su madre y se han
criado como los hijos felices, de no muchas familias. Los nuestros lo son.
La semana pasada
me enteré, que después de no sé cuántos años de matrimonio, se van a separar.
Creo que está en ayuda psicológica.
Cuando deje de
llover, voy a visitarla. Trataré de darle ánimos… Aunque hoy estoy cansada,
flojucha. Y me duelen todos los huesos.
Si es que soy mayor. Bastante mayor.
Quizá estoy
forjando mi futuro cercano. Y quien sabe si Diego me espera perdido entre las
estrellas y con un anillo, que ninguno de los dos hemos necesitado. Lo que
nosotros siempre hemos necesitado, ha sido un paraguas.
INTERFERENCIAS ANIMADAS DE AYER Y DE
HOY… SANTIAGO J.
MARTÍN
Ahí le
tienes. Todos los días igual. Absolutamente pasmado, con lo pies dentro del
barreño y el pantalón arremangado hasta las rodillas.
No, no, no
dice nada. Se pasa las horas en remojo sin mover un músculo. No habla, no mira
el móvil, no lee un libro, no escucha la radio, no duerme en ese rato largo que
termina con los pies como garbanzos. Tiene la mirada perdida, fija en la pared
de enfrente.
Efectivamente,
la que tiene colgados el calendario y una imagen de la Virgen del Perpetuo
Socorro.
Qué va. Él
no es nada creyente, nunca lo ha sido y no creo yo que ahora… pero tienes
razón, nunca se sabe.
¿Al médico?
Qué cosas tienes, qué le vamos a explicar al médico. Por ahora está descartado
eso. Aunque es posible que un día terminemos en urgencias. Cuando decide
abandonar la palangana ni se seca los pies y va dejando charcos por toda la
casa. Un día me mato, seguro.
Sí es
cierto, Ernesto siempre ha sido algo rarito, pero esto tiene pinta de
surrealista. Y lo peor es que luego se sienta a comer y como si no se hubiera
tirado tres horas de ablución pagana.
Claro que
intento sacar el tema, pero el tío se ríe, suelta un par de tacos y cambia de tema.
Yo me rindo.
¿Protesta?
No creo yo. Cuando él se enfada intenta que se le note. Qué te voy a contar que
no sepas.
No, no. No
estoy pensando en separarme de él. Si no da guerra el pobre. Lo que pasa es que
es un hombre extraño, cada vez más. Pero no te doy más la monserga, perdona.
Que sí, que
te traspaso todos mis malos rollos y te tengo pendiente de un marido con pies
de sirena, como si no hubiera más cosas que hacer.
Bueno,
bueno, vale. Un beso, cariño.