05/09/2025

EL CHARCO 2

 

LAS BOTAS KATIUSKAS                                              JUAN SANTOS

El día que cumplí ocho años, como tú, hacía mucho frío. Recuerdo perfectamente que no llovía ni había visos de que lloviera. Me regalaron unas flamantes botas de goma. Los zapatos que llevaba estaban tan gastados de las suelas, que cuando llovía me entraba el agua por un agujero y acababa con los pies chorreando.


Aun así, yo hubiera preferido un juguete. En aquella época los regalos eran siempre muy prácticos: calcetines, calzoncillos y cosas así.

Eran unas botas katiuskas negras que me llegaban a la rodilla. Mi madre me las había comprado en el mercadillo semanas antes y, aunque hubo días de lluvia y charcos, esperó para dármelas el día de mi cumpleaños.


Me quedaban un poco grandes, pero tampoco era plan de comprármelas justas para que se me quedaran pequeñas en dos días.

Qué pena que no amaneciera nevando o lloviendo para estrenarlas como se debía. No obstante, me empeñé en llevármelas puestas a la escuela. Al pasar por la fuente del rincón no pude contenerme: me acerqué a la pileta y fui metiendo un pie poco a poco. La sensación era tan placentera que metí el otro y me puse a patalear el agua, hasta que apareció mi vecina con un cántaro bajo el brazo y me regañó, con mucha razón, para que no la salpicara.

Llegué a la escuela con retraso. Llamé con los nudillos, pedí permiso y entré. Desde la puerta hasta mi pupitre fui dejando marcas en el suelo. Yo no le encontraba la gracia por ningún sitio, pero la clase entera estalló en risas. El maestro mandó callar y, mirando por la ventana, preguntó:
—¿Cómo es posible que haya charcos con el sol que hace?
Y, dando un golpe en la mesa, cortó la algarabía que volvía a crecer.

Sentado en mi sitio, recorrí con la mirada los pies de mis compañeros. Unos llevaban zapatos más viejos que otros, pero todos eran de cuero o lona. Solo mis botas rompían la tónica general de la clase. No me importaba: tampoco mi barriga estaba en armonía con las demás.

En el recreo, el dueño del balón no me dejó jugar, ni siquiera de portero. Estaba harto de ocupar siempre la portería, pero esa mañana me hubiera dado igual. Fue duro que precisamente el día de mi cumpleaños se metieran conmigo.

El regalo de mi madre me había gustado, porque en realidad lo necesitaba; sin embargo, yo hubiera preferido un balón, un balón de reglamento. Con él, a pesar de ser gordo, hubiera jugado siempre, y por supuesto de delantero centro.

A la salida de la escuela pregunté al dueño del balón por qué no me había dejado jugar. En lugar de responderme, me dijo que, aunque se había reído de mí, le gustaban mucho mis botas.
—¿Te las cambio por el balón? —le solté sin pensarlo.

Se las probó y le estaban mejor que a mí. Para que yo no regresara descalzo, me acompañó hasta la puerta de mi casa y allí hicimos el trueque. Sin que mi madre me viera, entré y me puse los viejos zapatos como si nada hubiera pasado.

Con el balón pasé unos días contentísimo. Para no levantar sospechas, le dije a mi abuela y al resto de la familia que era de un amigo. Pero temblaba cada vez que anunciaban lluvia en la tele. Y esa tarde llegó: un cielo oscuro y amenazante cubrió la Mancha. Fui a buscar a mi compañero para deshacer el trato, pero se negó tajantemente. Dijo que yo ya había jugado bastante con el balón, y que él aún no había probado las botas; que al menos se las tenía que dejar una semana de charcos.

Cuando aquella noche escuché caer la lluvia mientras estaba en la cama, me hice el enfermo.
—Vamos, vamos, arriba, que es la hora. ¿Dónde dejaste las botas nuevas, que no las veo? —dijo mi madre.
—No me encuentro bien, me duele la cabeza… —le contesté.

Me puso la mano en la frente y, al ver que era puro cuento, me sacó sin contemplaciones de la cama. No tuve más remedio que confesar. Fue entonces cuando levantó la mano para darme una bofetada, pero al ver mis lágrimas se contuvo.

No recuerdo en toda mi vida un día tan amargo como aquel. Me puse el impermeable con la capucha y salí rumbo a la escuela con los mismos zapatos agujereados de siempre. En una mano llevaba la cartera; en la otra, el balón. Llevaba además la advertencia de mi madre: si no volvía con mis katiuskas, se lo diría a mi padre.

Al entrar en la clase, otra vez tarde, oí las burlas:
—¿Dónde has dejado las botas de goma, gordito?
—Hoy que llueve y no saldremos al patio…, te traes el balón.

—Basta ya —intervino el maestro.
—Mis botas son esas —dije, señalando al compañero del primer pupitre—, y este es su balón.

Nos castigó a los dos, con los brazos en cruz, más de una hora. Después ordenó que nos fuéramos juntos a su casa para que me devolviera lo que era mío. Así se hizo.

Cuando me entregó las botas, me juró muy enfadado que nunca más volvería a dejarme jugar con su balón.
Allí mismo me las calcé y, chapoteando en todos los charcos, regresé a casa. Mi madre me abrazó y me prometió que en mi próximo cumpleaños tendría mi ansiado balón. Me puse muy contento, lo malo era que aún faltaban once meses.


 UN CHARCO DE ENTRAÑA          MARÍA ISABEL RUANO

Madrugada y sin luna.

Dormida en la nada,

se le escapaba la vida,

sin saborearla.

Un quejido agudo

salió de su garganta.

Un charco rojizo,

desde sus entrañas.

La encontraron dormida

sin sonrisa en la cara.

Acunado su cuerpo

en la noche sin luna

y en la mañana soleada.

Rota su vida,

en un charco de entraña.


 

EL POZO ASESINO                                                                 JUANA DOMÍNGUEZ

Aquel pueblo no tenía agua canalizada, ni servicio de alcantarillado de residuos, el agua había que traerlo de la fuente pública más cercana y los residuos líquidos se vertían en las regueras que servían para riego de cultivos de huertas, éstas atravesaban el pueblo de norte a sur, por casi todas las calles principales del municipio, de pocos habitantes, dedicados a la ganadería y la labranza principalmente.

La fuente de agua limpia más cercana a su casa era conocida por “el Pozo Tarama”. En él habitaba un espíritu maligno que se llevaba a los niños pequeños, si se asomaban a ver su fondo. Eso contaban los mayores alrededor del fuego en las noches de invierno. Tenía un brocal de más de 80 centímetros de alto, además de una tapa de madera que impedían mirar dentro del mismo, su diámetro era muy grande o a ella se lo parecía, si jugaban al pilla pilla a su alrededor, estaba asegurado que nunca te cogían.

La fuente manaba constantemente, el agua corría hacia el pozo desde su pilón, llenando su camino de infinidad de charcos en los que la chiquillería del barrio metía sus pies salpicando a los demás niños con alboroto y alegría.

Aquella mañana Marianela tuvo que salir temprano de casa a buscar agua, su madre estuvo de parto y la encargaron rellenar los cántaros que se habían gastado con la limpieza del bebé y de la parturienta. Llovía a cántaros si hubiese puesto un barreño, en las canales del tejado, de aquellos de estaño que vendían los hojalatero de puerta en puerta, seguro que se hubiera ahorrado un par de viajes, pero no tenía mucha iniciativa, y razonar no era lo suyo, aunque siempre estaba atenta a la conversación de los mayores para aprender de ellos.

La calle empedrada con gorronas, era un río, la reguera rebosa y los charcos alrededor de la fuente no drenaban, no quiso descalzarse y  se metió en ellos feliz, atravesarlos descalza le habría costado algún que otro moratón en los dedos. Las zapatillas de esparto se empaparon con la lluvia. En uno de los viajes las dejo en casa, y siguió descalza, andaba con mucha precaución mirado donde ponía los pies, no quería resbalar en las piedras y no vio la reguera, se cayó a ella sentándose dentro, la fuerza del agua la arrastró  hasta uno de los pasiles que la cruzaba. Salió de ella, con la mala fortuna de pisar un cristal. Del corte no dejaba de salir sangre, el agua de la lluvia se tiño de infinidad de hilos rojos que se dirigían al pozo. El miedo y la angustia se apoderó de ella, su sangre atraería al “mal del pozo” hasta su casa. Su hermanita recién nacida, tan frágil e inocente no tenía la culpa de su descuido, “el mal” la encontraría si ella volvía a su casa.

Marianela miro hacia su casa con lágrimas en los ojos, se iría lejos donde el Mal no encontrará a los suyos, se volvió a meter en la reguera y dejó que el agua la arrastrara.


 

LA MUSICA DE LOS CHARCOS                                                           ARACELI DEL PICO

 

  Soy mayor. Bastante mayor. Pero afortunadamente mi memoria se mantiene fresca  y recuerdo con placer algunos capítulos de mi vida. Soy afortunada. Y hoy que está lloviendo a mares he decidido quedarme en casa. Ese paseo que suelo dar atravesando el parque, puede esperar. Y la lluvia y el sol no se pueden elegir. Vienen y van cuando les place.

 

  La lluvia de hoy, me retrotrae a aquella primavera, cuando yo era joven, bastante joven y el agua caía con la misma intensidad que hoy lo hace. En aquel momento no podía elegir quedarme en casa. Iba a mi trabajo. Tan arregladita y tan mona, con el chubasquero y las katiuskas a juego… e iba a cruzar la calle que se había convertido en una laguna, cuando un temor irremediable se reflejó en mi cara.

 

¿Me permite ayudarla?

¿Por qué?

Veo que tiene intención de cruzar y no se atreve a hacerlo.

¿Tanto se me nota?

La expresión de su cara, preciosa,  es un libro abierto.

 

  Sonreí a su galantería y acepté su ayuda. Me apoyé en su brazo y aún así iba indecisa. De repente me alzó en brazos y en segundos cruzamos la gran avenida.

 

  Cuando me depositó en el suelo sentí que aquella avenida no hubiera sido más ancha.

 

¿Tenemos tiempo para compartir un café o un chocolate?

 

  Miré de soslayo el reloj. Dije que sí. Hubiera dicho que sí, aunque tuviera que obviar la más importante  de mis obligaciones. Y compartimos en la cafetería más cercana un chocolate con churros, que es posible que estuvieran riquísimos. Yo solo recuerdo nuestras miradas, nuestros silencios y un calambre atroz que sentí cuando nuestros dedos se rozaron, para ir a coger el último churro de la bandeja de porcelana. Él iba a ofrecérmelo. Me adelanté, lo partí por la mitad y lo compartimos.

 

  Cuando salimos, la lluvia había amainado. Él me tendió la mano. Yo le solté un sonoro beso en la mejilla. Cada uno se giró a un lado distinto. Y después de haber caminado unos pasos, le sentí detrás. El agua transformaba en una suave sinfonía sus pisadas

 

Oye, oye, ni siquiera se tu nombre.

Es verdad. Me llamo Delia. ¿Y tú?

Diego. Vaya, unidos por nuestra primera letra.

Y por los charcos.

 

   No volví a verle en mucho tiempo. Por aquel entonces yo estaba ennoviada con un chico muy divertido, y que estaba emperrado en casarse conmigo. Le tenía cariño. Pero sobre todo, me dejaba querer. Era fácil reír a carcajadas con sus ocurrencias. Pero recuerdo muy bien, que a partir de aquel día, sus ocurrencias no me lo parecían. Luis, notó mi distanciamiento. Y en un momento que estábamos planeando una escapada, me soltó:

 

No vamos a ir a ninguna parte.

¿Cómo?

No es que seas la Caldera de Taburiente, pero ahora, eres una parte de Alaska.

 

  Una vez más tuve que sonreír ante sus palabras. Me abrazó hasta hacerme daño. Yo agradecí ese abrazo. Noté su adiós firme y doloroso.

 

  Pasado un tiempo, de nuevo la lluvia y desde luego el destino me puso frente a Diego. Salía de casa, corriendo, atropellada como siempre. Cuando al abrir el paraguas le vi en mi portal.

 

Pero, ¿qué haces aquí?

Resguardarme de la lluvia. ¿Y tú?

Esta es mi casa. Voy a trabajar. Corriendo como casi siempre.

 

  Salimos juntos. Bajo mi paraguas le acompañé a la boca de metro más próxima. Hablamos poco. Ahora pienso el poco valor que tienen las palabras, cuando una mirada o un roce, las sustituye. Las palabras son un manantial interpretativo. Los silencios son eco de los sentimientos.

 

  Nuestra relación siempre ha sido especial. Decidimos vivir juntos. Nuestras familias pusieron el grito en el cielo. ¡Vivir juntos, sin casaros ¡ Y no es que fueran religiosas, ni mucho menos. Pero si tradicionales y muy atentas “al qué dirán” Menos mal, que el sentido común en este sentido algo ha avanzado. Vivíamos en un apartamento pequeño, en el centro. Para ser y estar en el núcleo de todo.

 

  Jamás me pidió matrimonio. De haberlo hecho, la primera sorprendida hubiera sido yo y es fácil que le hubiera dicho que no. A los tres años, nació Ignacio. A los cinco, Marta. Ellos han sido y son la guinda de nuestra sincera unión.

 

  Hace unos meses una amiga de las de toda la vida, me preguntó porque no nos habíamos casado. Le dije, que porque teníamos que haberlo hecho. Mujer por los hijos. ¿Y que les pasa a nuestros hijos? Tienen el apellido de su padre y de su madre y se han criado como los hijos felices, de no muchas familias. Los nuestros lo son.

 

  La semana pasada me enteré, que después de no sé cuántos años de matrimonio, se van a separar. Creo que está en ayuda psicológica.

 

  Cuando deje de llover, voy a visitarla. Trataré de darle ánimos… Aunque hoy estoy cansada, flojucha. Y me duelen  todos los huesos. Si es que soy mayor. Bastante mayor.

 

  Quizá estoy forjando mi futuro cercano. Y quien sabe si Diego me espera perdido entre las estrellas y con un anillo, que ninguno de los dos hemos necesitado. Lo que nosotros siempre hemos necesitado, ha sido un paraguas.


 

INTERFERENCIAS ANIMADAS DE AYER Y DE HOY…                     SANTIAGO J. MARTÍN

Ahí le tienes. Todos los días igual. Absolutamente pasmado, con lo pies dentro del barreño y el pantalón arremangado hasta las rodillas.

No, no, no dice nada. Se pasa las horas en remojo sin mover un músculo. No habla, no mira el móvil, no lee un libro, no escucha la radio, no duerme en ese rato largo que termina con los pies como garbanzos. Tiene la mirada perdida, fija en la pared de enfrente.

Efectivamente, la que tiene colgados el calendario y una imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro.

Qué va. Él no es nada creyente, nunca lo ha sido y no creo yo que ahora… pero tienes razón, nunca se sabe.

¿Al médico? Qué cosas tienes, qué le vamos a explicar al médico. Por ahora está descartado eso. Aunque es posible que un día terminemos en urgencias. Cuando decide abandonar la palangana ni se seca los pies y va dejando charcos por toda la casa. Un día me mato, seguro.

Sí es cierto, Ernesto siempre ha sido algo rarito, pero esto tiene pinta de surrealista. Y lo peor es que luego se sienta a comer y como si no se hubiera tirado tres horas de ablución pagana.

Claro que intento sacar el tema, pero el tío se ríe, suelta un par de tacos y cambia de tema. Yo me rindo.

¿Protesta? No creo yo. Cuando él se enfada intenta que se le note. Qué te voy a contar que no sepas.

No, no. No estoy pensando en separarme de él. Si no da guerra el pobre. Lo que pasa es que es un hombre extraño, cada vez más. Pero no te doy más la monserga, perdona.

Que sí, que te traspaso todos mis malos rollos y te tengo pendiente de un marido con pies de sirena, como si no hubiera más cosas que hacer.

Bueno, bueno, vale. Un beso, cariño.