16/01/2025

CONGELADOS, 1.

 

TIEMPO PERDIDO                                                     JUAN SANTOS

Por más que lo intentaron en el siglo XXI, ni los gobiernos ni los científicos fueron capaces de dar marcha atrás al cambio climático. El día que Groenlandia y la Antártida deshacían su último carámbano de hielo, el nivel de los mares había subido cien metros por encima de la estatua de la Libertad y la industria más rentable de la Tierra era la fabricación de hielo artificial. Los chinos acaparaban el monopolio mundial y un cubito de hielo era más caro que un lingote de oro del mismo tamaño.

 

La familia Ortega Botín llevaba veinte generaciones heredando, de padres a hijos, al abuelo Florentino. Lo tenían criogenizado y los costes del frío habían subido tanto, que les era imposible seguir sufragando el mantenimiento de semejante témpano de hielo.

Siendo una de las sagas más ricas de España, seguir con esa carga, para la economía de la empresa, significaba lapidar todo su patrimonio en cuatro o cinco meses, y los últimos herederos no estaban por la labor después de saber cómo se las gastaba el abuelo cascarrabias.

 

Tenía ciento diez años y seguía regentando su negocio con hijos, nietos y biznietos. Fueron estos últimos los que, cansados de que su bisabuelo se pasara el día dando órdenes en la empresa, decidieron, mientras dormía, aplicarles la criogenización. Informados los siguientes herederos del carácter del abuelo, ninguno quiso retornarlo a la vida. Prefirieron seguir costeando los gastos de conservación, con tal de no ser controlados por un abuelo caduco.

Pero ahora los tiempos eran hostiles y el calentamiento global había comprometido a los humanos a tomar muchas decisiones en contra de su voluntad.

 

Así que, sin más remedio, procedieron a la desconexión de la cámara frigorífica que, con tanto respeto, habían custodiado, durante varios siglos, en un lugar privilegiado de la fábrica.

Lo colocaron sobre una mecedora tapizada y, bien atado para que no se cayera, lo sacaron al patio, dejando que la temperatura ambiente del mes de agosto hiciera su trabajo.

 

Para controlar la evolución del cuerpo, el familiar más joven de la plantilla fue el encargado de ir tomándole la temperatura, cada media hora, con la orden de que llamara a su padre cuando el termómetro marcara treinta y siete grados.

 

El padre y el hijo fueron testigos del milagro. El abuelo abrió los ojos y mirando primero a uno y después a otro preguntó: ¿Quién sois vosotros? Abuelo, somos los dueños actuales de la fábrica. ¿Y qué coño hacéis aquí que no estáis trabajando?

 

El padre y el hijo, espantados, salieron corriendo y allí lo dejaron a merced del sol del mediodía.

 

A la semana siguiente, cuando volvieron al patio, solo estaba la mecedora con un puñado de ceniza sobre el asiento de cuero.


 

EL OTRO                                                                                ANTONIO LLOP

Sopla un viento glacial en la noche cuando el hombre entra en la arboleda. Se abre paso entre marañas de arbustos que hieren sus brazos y busca el lugar de la cita. Es un claro de bosque que baña la luna. Para entrar en calor gira alrededor de sí mismo. Un búho ulula desde la rama de un árbol lejano.

Al cabo de un rato de espera el hombre piensa que algo no va bien. Mira el móvil y comprueba el sitio y la hora del encuentro. Quizás ella le ha dado plantón. No sería la primera vez.  

“Aunque estoy congelado, he hecho bien en venir. No puedo dejarla en manos de su acosador”.

Abrazado a sí mismo por el frío, el hombre intenta escuchar más allá del murmullo del viento entre las hojas. Escruta las sombras, y tras cada tronco de encina cree ver un perfil humano escondido. El canto del búho ahora se escucha desde una rama más cercana.

“¿Qué clase de hombre sería yo si no la protegiera? El otro ya es el pasado. Ella es solo mía”.

El hombre oye roces de tela contra las carrascas. Mira con ansiedad hacia el lugar de los ruidos. Una mujer cruza el muro de oscuridad. Los ojos del búho brillan sobre sus cabezas.

Él esboza un gesto de fastidio:

-¡Vaya susto que me has dado! Anda, que ya te vale, citarme en este sitio y a estas horas.

-He intentado conectar contigo otra vez para anular la cita, pero no he podido. Me he adelantado a él, pero no estoy segura. Tienes que irte deprisa.

-¿Él? ¿Quién? ¿Ya estás con tus fantasías? Recuerda que tu falta de realismo fue una de las razones por la que nos separamos.

-Te estoy hablando en serio. Debes irte ahora mismo.

El hombre la mira resignado.

-A ver, qué numerito me vas a montar ahora. Que sepas que no me vas a dar pena. No tengo ninguna intención de volver contigo.

-No quiero retomar lo nuestro. Sólo advertirte de que estás en peligro. He conocido a alguien. Y ha resultado ser un hombre celoso y violento.

-Y ¿por qué me mandaste un mensaje para quedar? ¡Habérmelo dicho directamente y me hubieras ahorrado este frio!

-Fue él quien te lo envió. Quiere verte para matarte. Me quitó el móvil y me interrogó sobre viejos contactos. ¡Es un hombre dispuesto a todo!

“Ya oigo cerca cuchicheos. Es el momento. Ella será sólo mía para siempre”.

Las hojas caídas crujen en la sombra por detrás de la pareja. Ellos se miran horrorizados. Parecen estatuas de hielo. Entre el frío glacial la hoja de un puñal se templa en el bolsillo del otro.

El búho despliega las alas y emprende el vuelo desde la rama.

 

 

    FRIO QUE QUEMA                                                                        ARACELI DEL PICO

  Mientras desaparecía en las gélidas aguas del Antártico, aún resonaban en sus oídos la insistente invitación a unirse al viaje. Mil dudas pasaron por su cabeza. Pensó que era demasiado lejos. Demasiado caro. Demasiado excitante. Demasiado frío.

   Pero a pesar de los diversos demasiados, dijo sí.

   Iniciaron el viaje en la mejor época para acercarse a tan remoto destino. Primero a Buenos Aires. Volver allí era algo que ya merecía la pena. Descanso de una noche  y vuelta al aeropuerto para embarcar hacia Ushuaia.

  Tomar tierra en aquellos lares, extremo austral de Sudamérica, apodado con todo derecho “el fin del mundo” y ver las escarpadas colinas de nieves perpetuas, fue para él,  alcanzar el paraíso. En ese momento supo que iba a iniciar un viaje único.

-          Disculpa, sabes a qué hora cogemos el crucero? He debido traspapelar la documentación dentro de mi maleta, y …

   La pregunta venía envuelta en una voz de seda. Se giró hacía ella. Y le respondió que aún tenían más de una hora. Tiempo suficiente, para compartir un café o un mate, si aceptaba claro. Ella no aceptó.

   Se cubría con un abrigo blanco. Y desprendía un halo de misterio, que despertó su curiosidad y sus sentidos.

-          Nos sentamos? Le preguntó.

-           

    Asintió con la cabeza y le siguió hacia el Banco más próximo. No mediaron palabra. Ese silencio le aturdía más que una horda de gente gritando.  Se hizo mil preguntas sobre ella y sin embargo ni siquiera se atrevió a preguntarle su nombre. Transcurrió esa hora y embarcaron.

    Poco después reunieron a los pasajeros y un miembro de la tripulación, explicó  las normas para la seguridad a bordo. Después habría una cena de bienvenida ofrecida por el capitán y  acabó con la sugerencia de que recorrieran el barco. Con sus amigos hizo ese recorrido. Miraba distraído a todos lados, sin mostrar interés alguno por lo que veía. Albatros y gaviotas seguían la marcha, mostrando un vuelo que parecía ideado para la más hermosa coreografía.

    Nada llamó su atención. Solo una figura blanca que se deslizaba en la cubierta. Corrió hacia ella. Y junto a ella se quedó sin pronunciar palabra, Y de repente habló.

-          Has visto alguna vez un cielo con más estrellas?

-          Estrellas? Solo veo una. No está en el cielo. Está a mi lado.

-           

    Le devolvió una sonrisa, tímida y más fría que el viento helador que les envolvía. Pero supo que estaba ligado a ella y a su misterio. Tuvo miedo. Pero al abrigo de ese miedo se arropó.

 

    Un grito de la gente que se arremolinó en cubierta, le hizo correr hacia el tumulto. Y la vio, si, hundirse en las gélidas aguas. Sin dudarlo fue tras ella y la alcanzó. Y cuando les rescataron, eran un mismo bloque de hielo.