CARAY CON EL MENDIGO JUAN
SANTOS
Si ya eran invisibles los mendigos en las puertas de
los supermercados, ahora con el auge del teléfono móvil, que vamos caminando
sin levantar los ojos de él, tampoco los oímos aunque nos digan buenos días.
El indigente que se puso ayer en la entrada de Alcampo,
para llamar la atención, teniendo el cuerpo de Sancho, tuvo la ocurrencia de
disfrazarse de don Quijote. Tenía la lanza apoyada en la pared y el yelmo en el
suelo, para recoger las limosnas.
Con esa imagen era imposible pasar desapercibido
y menos para mí. Lo primero que pensé es que sería alguien de mi tierra y así
fue.
Cuando estaba a pocos metros, agachó la cabeza y
se tapó la cara con las manos. Para no incomodarle, seguí andando. Luego volví
la cabeza y lo sorprendí abriendo los dedos para comprobar si me había alejado.
Escondido tras de un árbol, pude ver su cara y
reconocerlo. Me dio un vuelco el corazón. Era Cristóbal, mi amigo de la
infancia. Necesitaba hablar con él, preguntarle qué diablos hacía allí
disfrazado de caballero andante.
No debió de quedarse muy tranquilo, porque
enseguida recogió los bártulos y tomó el camino contrario a donde yo estaba. No
podía pasar de largo. Era mi amigo y, por mucha vergüenza que le diera verme,
sentía la necesidad moral de ayudarle.
Corrí hacia él y le abordé, sujetándole la lanza.
― Cristóbal ¿Eres tú?
― No soy Cristóbal. Soy Alonso Quijano. Déjame
en paz.
Para no darme explicaciones, se estaba haciendo
el loco. Me había conocido, como yo a él.
― Escucha, Cristóbal. Por los viejos tiempos.
Vamos a sentarnos a ese banco, sólo quiero ayudarte.
― No quiero nada de ti. Estoy aquí porque me
dijeron que vivíais en este barrio y esperaba que bajara tu mujer a hacer la
compra.
― ¿Para qué tú quieres ver a mi mujer?
― Necesito verla. Te recuerdo que hace cincuenta años
me quitaste la novia y todavía tengo esperanzas de que vuelva conmigo.
―
Yo no te quité nada. Se vino ella libremente conmigo, porque tú estabas
enganchado a la droga. Si entonces no te quiso, no te va a querer ahora que
eres un pordiosero.
― Eso es lo que tú crees. Tengo mucho dinero. Si estoy
hecho un desgraciado es por su culpa. Con ella a mi lado, cambiaría mi vida.
― Lárgate de mi vista. Mi mujer es feliz y para ella
estás muerto.
― Te equivocas, amigo. Ayer hablé con ella en este
mismo lugar y me dijo que hoy me daría la contestación.
NADA ES CASUAL MARÍA
ISABEL RUANO
Me resulta difícil
contar el porqué de los hechos acontecidos y aún más las causas por las que me
comporté de esa manera, pero tal vez si empiezo por el principio me puedas
comprender mejor:
Siendo monaguillo me
enamoré de la chica rubia que ocupaba el primer banco de la iglesia. Me
asustaba incluso mirarla ya que cuando lo hacía me equivocaba con la
consecuente bronca de Don Pascual.
Al terminar la
ceremonia y mientras ella, junto a sus abuelos, se levantaba y caminaba de
espaldas al altar a lo largo del pasillo, me recreaba en su pelo largo y
ondulado, en su falda tableada y en las largas piernas que avanzaban seguras
hacia la salida.
Era la nieta de los
dueños de la Casa Grande y venía poco por el pueblo. Se llamaba Mari Luz. En
vano trataba de espiarla por los alrededores de la casa. No salía a jugar al
jardín y no se juntaba con nadie del pueblo. Con el tiempo llegué a creer que
era fruto de mi imaginación y sin embargo su presencia se guardó en mi retina y
en el inconsciente de tal manera que, buscaba en las mujeres que he ido
conociendo a lo largo de mi vida, su imagen y el singular misterio que la
rodeaba. Prototipo que nunca encontré de tal manera que, he acumulado en mi
historial amoroso todo un rosario de fracasos. Superada la edad de la jubilación,
estoy divorciado y no tengo mascotas ni hijos. Se pude decir que soy un
perfecto solitario refugiado entre el olor a incienso y el pelo ondulante de
una niña a la que nunca hablé y que desapareció del pueblo tal y como había
llegado.
No soy infeliz, me
apunto a todos los viajes del IMSERSO o de la Comunidad en un extraño afán de
búsqueda que me lleva al agotamiento, ya que la comida de los hoteles es
aburrida, la gente muy chillona y por lo general está acompañada y recelan de
mí.
Por eso, al acudir
al punto de encuentro en la estación de Atocha para iniciar el viaje por el sur
de Francia, me quedé impactado por la presencia de una mujer más joven que yo,
con el pelo largo, rubio, ondulante, la mirada tímida y unas largas piernas que
se movían seguras hacia mí. Pensé que sería fruto de mi imaginación o por
momentos quise creer que el destino que me llevaba al rencuentro con ella…
PINTAMONAS ARACELI
DEL PICO
No la vi venir. De
repente se cruzó en mi camino. Me cogió por las solapas y me soltó dos sopapos
monumentales. Me quedé frio, inmóvil y sin saber qué hacer. Pero ¿de dónde
salía esta loca? Y si, un chispazo descorrió el telón del teatro de mi vida y
supe que era ella. Ya mayor, pero aún hermosa y resoluta, bien claro había
quedado.
Delia, me había
servido como modelo, cuando recién graduado había obtenido el título de Bellas
Artes. Tuve la mejor nota de todos los chicos de mi promoción. Y el cuadro que
presenté, un paisaje otoñal de vivos colores pero mezclando grisallas, resultó
original a los ojos del jurado.
Me comía el mundo.
Mejor dicho, el mundo hacía lo propio conmigo, porque no vendía ni un cuadro.
Así que decidí cambiar de estilo. Delia, compañera de promoción creía en mí y
me apoyó en esta aventura. Era rubia. De piel transparente como la Ofelia de
Otelo, pero fuerte. Se ofreció a posar. Me dijo: hazme caso. Los desnudos
realizados con talento siempre venden.
Ella elegía las
diferentes poses y alguna vez se cubría con un velo rojo, los talones, los
hombros, las manos. Pero dejaba bien visible las partes eróticas de su cuerpo.
Un día me acerqué un momento a cambiar la posición del velo y me dijo:
Déjalo como está.
Pero… yo soy quien decide.
Y yo, quien da vida a ese cuadro. Todo debe quedar como
hasta ahora. Bueno todo, menos esto.
Cogió mi cara entre
sus manos y durante unos segundos, quise morir sintiendo la presión de su boca
sobre la mía. Aquella relación, mejor dicho aventura, duró poco. Ella dijo que
no posaría más. Había conocido a un hombre interesante y estaba segura que a
él, no le gustaría que ella posara para mí, ni para nadie. Me pareció una
excusa impropia de ella y lo que es peor vulgar. Porque además, estaba seguro
que me quería. Nuestros encuentros eran pura alquimia. Una mezcla de ternura y
pasión que acababan con un tirabuzón de caricias.
En aquel tiempo, mis
cuadros, sus cuadros se vendían. Bastante bien. Era la Venus del velo rojo en
diversas versiones. Pero su decisión, fue firme. Y acabó casada con aquel
millonario.
Jamás pude volver a
pintar el desnudo de ninguna mujer. Volví a los paisajes, los interiores, los
rincones solitarios. Algo trasnochado y que a nadie interesaba. Me arruiné.
Incapaz de centrarme
en nada de lo que hacía, dejé la pintura. Pero pasado un tiempo, volví con un
estilo completamente distinto. Las vanguardias se habían apoderado de mí. Con
sus trazos irregulares, la imaginación llenó mis ideas y tomé conciencia de mi
libertad creativa. No por ello, dejé de pensar en Delia. Y en uno de mis
cuadros, dibujé su hermoso rostro, su pelo, su cuerpo suave, sus manos que
tiempo atrás acariciaron el mío haciéndolo temblar y endurecer.
Pensé en
conservarlo. Pero opté por su venta, junto con los demás. En el catálogo
figuraba como: Hermosa Delia. Fue el primero que se vendió.
Cuando salí de mi
asombro y todavía con las mejillas rojas por los bofetones que había recibido,
bajé a la sorprendente realidad y pregunté.
Delia, ¿eres tú verdad?
Claro que soy yo, pintamonas de pacotilla
¿Y por qué me has largado esos bofetones sin venir a cuento?
¿De dónde has salido? ¿Cómo me has encontrado?
Vamos por partes. Te he encontrado hace tiempo, porque voy a
todas tus exposiciones. Algunos de tus cuadros están en las paredes de mi casa.
He salido de mi trabajo justo a tiempo de encontrarte y darte los bofetones. Y
que porqué te los he dado? Porque odio las vanguardias. Y no me veo yo con un
ojo en la frente y otro en la nuca. Con tres tetas y el cuello retorcido, como
la serpiente del paraíso.
Mujer, y quien te dice que yo he pintado el cuadro pensando
en ti?
El título del cuadro es, “Hermosa Delia”, ¿no?
Pensé: no ha cambiado nada. Cogí sus manos para llevarlas a
mis mejillas. No las apartó. Y con íntima satisfacción vi, que su alianza de
casada no lucia en su dedo.
ESPEJISMO EN EL ANDÉN MANUEL GIL
La mañana
bosteza pesadamente en los andenes de la estación de metro. Es temprano y la
gente se dirige a sus asuntos, apenas algún murmullo, todavía no es hora punta
y aún pueden contarse las personas que ocupan ambos andenes. En silenciosa espera están dos chicos jóvenes, todavía una mezcla de
vergüenza y miedo les impide cogerse de la mano, han cambiado mucho las cosas
en estos últimos años pero a pesar de la apertura del primer gobierno
socialista, persiste en ellos una timidez que les provoca autocensura.
Justo frente
a ellos hay una pareja, chico, chica, ellos si están cogidos de la mano pero
cada uno tiene la mirada en un punto y se les ve inmersos en su mundo interior.
Hay un
momento en que la miradas de los dos hombres viajan por el mismo sendero hasta
encontrarse creando un cataclismo en el interior de sus corazones.
JAIME
Al reconocer
a quien tenía enfrente, su pensamiento se desató. “Es él, ¡dios mío! es Luís,
¡cuantos años! 15 ya, qué guapo está, lo hubiera reconocido entre un millón”.
Un fogonazo
de recuerdos le envuelve como una manta tejida de viejos anhelos. Contempla el
cuerpo que fue la arcilla donde moldeó sus primeros deseos, risas furtivas en
una esquina del patio, las caricias robadas entre libros y confidencias en la
penumbra del aula. La vida fluía entre ellos como un río desbordado, impetuoso, había miedo, sí, pero lo vencía el ardor de juventud.
El momento en
que los ojos vigilantes de los religiosos que gestionaban el instituto, los
descubrió, ensombreció sus recuerdos, gritos y recriminaciones, vergüenza. Fue
una tormenta que arrasó con todo: el amor, la esperanza, los sueños que habían
tejido entre risas y promesas. Tras aquel día fatídico, sintió que el
mundo había cerrado sus puertas.
Tras la
impresión y los recuerdos las preguntas inundaron su mente.
“¿Qué será de
su vida? y esa chica que le acompaña ¿será su pareja?
¿Por qué
desapareció? se mudaron y nunca pude dar con él, habíamos jurado que
lucharíamos”.
LUIS
Al reparar en
el chico del andén opuesto pensó “No puedo creerlo, es Jaime, es él, está
igual, mas hombre más hecho, pero la misma mirada”.
El resto del
mundo se esfuma. Está frente el chico que amó con la pureza de un primer
destello. Entre los dos hay un río de historias sin contar, el dolor de lo que
fueron y que les fue arrebatado.
Aquel
instinto adolescente que los unió efímero y libre, se mostró tan frágil; la condena, la impotencia. Recuerda el frío de la mano del
terapeuta en aquel centro, el dolor de la soledad impuesta, los meses de
terapia que intentaron borrar algo que jamás podría desvanecerse. Las
cicatrices de su muñeca, recuerdo de su intento de huir de todo.
La tristeza
se adueñó de sus pensamientos. “Nunca pude comunicarme con él y al final fui
cobarde ¡Cuántas cosas me gustaría decirle! Y el chico que va con él será”…
Están ahí, uno frente al otro, como dos estrellas perdidas en un
universo que no aceptó su amor.
Sus miradas
parecen gritar que ni el tiempo ni nada ha podido borrar la huella que quedó
impresa en sus corazones. Pero el metro llega y una brisa fría arrastra sus
memorias a lo profundo del túnel.
NO CREO EN LAS COINCIDENCIAS SANTIAGO J. MARTÍN
Antes de empezar mi jornada de teletrabajo necesitaba salir
a la calle, hoy más que nunca. Iría al bar y, por tomar algo, pediría un café
solo, muy cargado, quizás dos, sin azúcar, sin conversación, sin quitarme las
gafas de sol.
Ya percibía que la mañana no iba a poner de su parte. Nada
más pisar la acera observé que el tráfico era más intenso de lo normal, como
revolucionado por una fuerza oculta cuya única finalidad era molestarme,
hacerme daño.
Al doblar la segunda esquina vi, al otro lado de la calle, a
mi padre. No nos encontrábamos desde el pasado año, en Nochevieja. Le hice un
gesto con la barbilla y él, sonriendo, me señaló con el dedo a modo de “nos
vemos”.
El frío de las 8 de la mañana era lo único reconfortante, lo
purificador. Me hubiera gustado que nadie interrumpiera ese gozo sensual entre
la brisa helada y mi piel.
No hubo suerte. Al intentar cruzar deprisa por la avenida no
pude ver un coche que bajaba algo rápido. Un frenazo y un movimiento certero
del volante evitaron mi atropello. Me bajé las gafas y distinguí que la que
conducía era Tere, la primera novia que tuve. Me sonrió con burla y sé que
comentó algo, pero mis sentidos estuvieron hábiles para no escucharla y así no
tener que olvidar sus palabras, de la misma forma que la tengo olvidada a ella.
Parecía que no llegaría nunca a ese café negro. A menos de
200 metros del bar choqué de frente con Jacinto, al que le debo una interesante
cantidad de dinero. Alzó su dedo amenazante y no le dejé articular ni siquiera
una sílaba.
-
Mañana, mañana- le dije, y apreté el paso.
Estaba harto de ver caras conocidas, era como una pesadilla,
un castigo en contra de la privacidad de mi resaca interminable.
Al entrar al bar salía una chica y respiré reconfortado. No
la conocía absolutamente de nada, por fin. Pero estaba en un error.
-
Adiós, Luis. Corazón, estuviste genial.
Lo que me faltaba, ahora tenía que recordar en qué consistió
mi gran actuación y las repercusiones que tendría aquello. Horror.
-
Un café solo doble, para llevar.
No estaba dispuesto a luchar contra el destino implacable y
perder el pulso encontrando más y más gente conocida. ¿Qué estaba pasando?
La verdad es que me encontraba demasiado perjudicado.
Aquello era un duro 2 de enero en un pequeño pueblo de 243 habitantes.