LA LECCIÓN DEL RUMBA ANTONIO
LLOP
En la comunidad de Inteligencia
Artificial te consideran un autómata tonto. Dicen que no llegas a las
prestaciones de los demás porque eres un modelo antiguo, de los que necesitan
ser programados. Y te marginan porque dicen que ellos ya aprenden por sí
mismos. Pero tú, un rumba de primera generación (ahí es nada tu pedigrí), no te
consideras tonto en absoluto. Y te tienen sin cuidado sus críticas envidiosas.
Ser nada menos que un pionero es algo para sentirse orgulloso. En tu periplo
por toda la casa, que es tu mundo conocido, has visto otros autómatas que han
sido modificados constantemente. Eso es una señal de que no son robots conseguidos.
Tú te has mantenido casi sin cambios. Es verdad que tu labor es repetitiva y
monótona pero la haces a la perfección.
Muchas veces, al pasar bajo la
mesa del ordenador, lo has comentado con tu amigo Deep Blue. Los humanos han
perfeccionado al autómata del ajedrez para conseguir que sea invencible. Pero,
al final, tu amigo Blue es el que más uso tiene para los fanáticos solitarios
aficionados a ese juego. Nadie quiere perder constantemente. Por eso tampoco le
preocupa que le consideren tonto sus colegas, especialmente el engolado Watson,
por no ganar siempre. Es lo suficiente listo para saber que los humanos quieren
ser competitivos y no tiene gracia eso de perder todas las partidas. Por eso tu
amigo Blue y tú sabéis apreciar el valor de la utilidad, el hecho de estar vivo
y activo. Y que nadie te arrincone por ser un cacharro obsoleto ni por ser un
ingenio demasiado listo.
Así que no te preocupa que te
llamen tonto los otros artilugios de Inteligencia Artificial, mientras tu vida
para ti tenga sentido. No todo es ser el mejor. Muchas veces se vive más feliz
con menos inteligencia. Y si encima eres el rumba, uno de los primeros robots
que aún perdura activo…
¡A ver cuál de esos “listillos”
supera eso!
MATEO EL TONTO MANUEL GIL
“Llámame
tonto, llámame tonto” repetía en un murmullo Mateo mirando a su fiel Tan,
mientras una lágrima resbalaba por su mejilla. Desde aquel altozano el
espectáculo que se ofrecía a sus ojos era absolutamente desolador.
Por Mateo el tonto,
le conocía el desperdigado vecindario de aquella zona rural del barranco del
Poyo donde vivía en una casucha sin electricidad y con la única compañía de su
perro Tan, un asno pardo de indefinible edad, varias gallinas y cuatro cabras.
Un murete de adobe separaba la estancia donde dormían los animales, salvo Tan
que lo hacía a los pies del camastro de Mateo. Para el entorno era una figura
más del paisaje cotidiano. Debía andar por la treintena, aunque tenía un rostro
aniñado, colorado y regordete que le confería un aire de cándida inocencia.
Grandullón, de andar taciturno y oscilante, y con la fuerza de un titán, nadie
tenía conocimiento de que hubiera sido diagnosticado de nada concreto,
sencillamente, le faltaban dos hervores o directamente era tonto.
Él hacía su
vida ajeno a todo, no tenía móvil, ni televisión. Dialogaba con sus animales;
con Tan al que recogió hacía años siendo un cachorro desnutrido y enfermo y al
que sacó adelante con biberones de infusiones de hierbas y leche de sus cabras,
o con su asno que le ayudaba en las tareas de la pequeña huerta, a quien
trataba con toda delicadeza y al que nunca cargó con su pesado cuerpo.
Todas las
mañanas se tumbaba sobre la tierra, le hablaba, ponía el oído pegado al suelo
para escuchar sus ecos, sus vibraciones, sus latidos, la palpaba con las manos,
luego se incorporaba y abría los brazos para apreciar de donde venía la brisa o
notar la calma como si los elementos tuvieran un idioma.
Las noches de
luna llena se tumbaba sobre una roca plana y se masturbaba agitando su
descomunal pene en una ceremonia, que atraía el morbo de algunos que espiaban
con malsana curiosidad entre frases como “A todos los tontos les da por lo
mismo” o “ Este quiere preñar a la tierra.”
Se rumoreaba,
aunque nadie tenía pruebas, que tal vez fruto de esos espionajes, Tomasa, la
cartera del pueblo una solterona de grandes caderas, cara redonda y nariz
chata, empezó a visitarlo para llevarle correspondencia. No había constancia de
que tuviera parientes o con quien comunicarse, pero ella iba de vez en cuando y
al regreso siempre lucía una expresión alegre y un brillo especial en la
mirada.
Los productos
de su pequeña huerta eran de extraordinaria calidad, tenía sus trucos para
plantar teniendo en cuenta orientación con respecto al sol, la composición de
la tierra, el abonado, en el que utilizaba los excrementos de sus animales. Sus
tomates, los primeros en salir en la zona, crecían detrás de la pared del
cobertizo, pared que transmitía a la tierra la calidez del interior a la vez que
sol que los acariciaba desde el amanecer, estimulaban su crecimiento precoz y
los hacían lucir un rojo brillante y un sabor tal, que se los compraban en
exclusiva para un restaurante de estrella Michelín.
Sus
pronósticos meteorológicos que regalaba por doquier, solían ser certeros,
aunque nadie le hacía mucho caso cuando los expresaba. “Ya lo sé Mateo, ya lo
han dicho en el telediario”, le decían, pese a que a veces el telediario se
equivocaba y nunca él.
Aquel día
después de su habitual diálogo con la tierra, Mateo se levantó del suelo
demudado, miró al cielo, olisqueó el viento y acto seguido una inquietud
desordenada lo invadió. Llenó una mochila y un par de sacos con utensilios y
cosas personales, los sacos los cruzó sobre su asno y con la mochila a la
espalda condujo a sus cabras y gallinas dirigidas por Tan hacia las casas
vecinas, donde a voces fue diciendo que abandonaran todo y se fueran hacia la
zona alta. La gente le hizo el mismo caso que habitualmente, es decir, ninguno.
Con la desesperación pintada en el rostro él recorrió varios kilómetros hasta
saber que estaba fuera del posible cauce de la torrentera en una zona alta.
Desde allí
pudo sentir la magnitud y la virulencia del diluvio que provocó la ola de
destrucción. Vio los coches arrastrados, las casas destruidas y tuvo conciencia
de que no habían servido de nada los gritos de alarma y los avisos porque
procedían de un tonto. En torno a él Tan y el resto de sus animales se sentían
unidos en la espera de la reconciliación con la tierra que tan duramente los
había castigado.
TRABAJO EN EQUIPO ARACELI DEL PICO
Venia cansado del
trabajo. Muy cansado. Pero ese día estaba deseando llegar, quitarse el
delantal, sacudirse la viruta y llevar a cabo el plan que se había propuesto.
-
Pero hombre por Dios, ¿no sería mejor que
cenásemos primero? Tengo a punto el guiso y si lo dejamos para más tarde, se va
a quedar como una seta.
Y él respondía:
-
No. Hoy esto es lo primero. Si quieres, cena tú.
-
Sí. Precisamente hoy. Además, tienes razón, yo
tampoco he terminado.
Él se dirigía a su pequeño taller, sacaba
las herramientas especiales, las bruñía y con el mimo de quien iba a fabricar
la más delicada de las joyas, se ponía a su trabajo.
Lo primero era terminar aquello que tenía
entre manos, desde hacía más de un mes. Lo puso enfrente de él, sobre el banco,
sacó el metro y con precisión matemática midió el armario. Se aseguró que las
puertas cerraran bien y que los cajones se deslizaran con suavidad. Volvió a
medir la profundidad de ellos y tuvo en cuenta que tuvieran la capacidad suficiente,
para que cupiese la ropa interior en uno, y en el otro, de uno a tres jerséis.
Y en los restantes, dos gorros, bufandas y mitones a juego. En el último y si
ella quería, podría colocar alguna
falda.
Lo pulió, y le dio una pequeña capa de
cera, que abrillantó a muñequilla. El mueble quedó precioso. Lo colocó junto al
cabecero de la cama y las dos mesillas, que había terminado la semana anterior.
Tomó distancia para verlo y se sintió satisfecho de su trabajo. Con la
ayuda de su mujer lo llevó a la habitación. Los dos querían que brillara y no
tuviera una mota de polvo. Lo cubrieron con una frágil tela y allí quedó.
-
Si quieres podemos cenar. O tomar algo ligero.
La cena la pones en la fresquera y pasado mañana, me la llevo al tajo. Lo digo
porque no tengo ya ganas.
-
Tienes razón. Saco un caldito del cocido de ayer
y un poco de fiambre y listo. Además yo no he terminado todavía mi labor.
-
Te queda mucho Mariquilla?
-
Por lo menos una hora.
-
Apura, que van a dar las doce.
Vuelve al taller y recuerda que a Miguel
Ángel, no le ha hecho lo que tiempo atrás le había prometido.
Saca un tablón ligero y con la precisión
con la que realiza todos sus trabajos, lo corta, lo afila
y en el extremo, pasa el formón
de seis milímetros. Finas partículas de madera se desprenden, hasta quedar en
punta. La redondea, para evitar problemas posteriores. En la parte superior,
coloca a una distancia de cuarenta centímetros de la punta, otra madera en
horizontal bien sujeta con tornillos de cabeza rematada. Con una gubia graba el nombre de Miguel Ángel
en la pretendida Tizona.
Vuelve a la cocina. Ve que su Mariquilla, ya está recogiendo los ovillos
de diferentes colores, de los jerséis y otras prendas que debe poner en los
cajones del armario. Ya es la una de la madrugada.
Se miran a los ojos. Sonríen. Él dice:
-
Yo ni caldo ni nada, Un vasito de leche,
Mariquilla.
Ella responde:
-
Estaba pensando lo mismo. Pero no seas tonto, te
has levantado a las siete, y desde la hora de comer no has probado nada. Venga,
el caldito, un trozo de queso y el vaso de leche.
-
Llámame tonto, pero el trabajo de las últimas
horas, me ha alimentado más que un pollo.
La toma por los hombros y antes de entrar en su habitación, entreabren
la puerta del cuarto de su hija, que ajena a todo sonríe mientras duerme plácidamente.
Ellos también lo hacen, viendo como la niña ha dejado en el alfeizar de la
ventana los símbolos de su inocencia.
EL MERCEDES MARÍA ISABEL RUANO
Dada su situación
económica Aureliano decidió llevar su viejo coche a un barrio de la periferia
en donde no le conocieran. Había oído hablar de un taller especializado en
coches antiguos regentado por un tal Julián que era muy mañoso y que incluso
recibía coches del extranjero para su restauración.
Cada vez le costaba
más mantenerlo, pero no quería renunciar al caché que sentía cada vez que se
subía a él. Era muy consciente de que atrapaba la mirada de los transeúntes y
con ello volvía a recuperar la autoestima devastada por el devenir de los años
y por su situación financiera.
Al llegar le atendió
un chaval joven cuya fisonomía no le era del todo desconocida. Al pasar a la
oficina para rellenar la ficha, el dueño que estaba de espaldas, se giró al
escuchar su nombre: Aureliano Gutiérrez Timón. A penas un cruce de miradas
entre ellos sirvió para reconocerse al mismo tiempo que un fogonazo del pasado
contenía su respiración y congelaba las
palabras.
Les costó salir de ese letargo, las imágenes corrían por su
mente a gran velocidad: la escuela, el pueblo, la primera fila para los hijos
de los señoritos, Aureliano el hijo del secretario siempre bien vestido, los
asientos del final para los que no podían ir a la escuela todos los días o
llegaban tarde, Julián, hijo de madre soltera, al que consideraban medio tonto
porque apenas hablaba y cuando lo hacía tartamudeaba ante las risotadas del
resto de los compañeros, al que su
propio padre le gestionó una beca para el seminario y que en vista de su
dificultad de expresión fueron los propios curas los que le metieron como aprendiz en un taller
de la capital…
Frente a frente, sin
alargar la mano, sin saludarse, en un remolino emocional en el que todo parecía
estar al revés, el rico pobre, el pobre rico, el listo arruinado y el marginado
dueño y señor de un prestigioso negocio, con un hijo cuyas facciones ahora sí
reconocía, seguro que casado con una buena mujer, no como él, abandonado por
Piluca en cuanto le cambió la suerte, sin hijos, sin ilusiones, aferrado al
viejo Mercedes que le mantenía erguido y a cuya reparación no iba a renunciar
por mucho que el dueño del taller fuera una espina del pasado.
Sin articular
palabra Aureliano dio la espalda a Julián no sin antes dejar las llaves sobre
el mostrador.