27/12/2024

VOLVER A CASA 2

 

CAPRICHOSA                                                              ARACELI DEL PICO

 

   No voy a negar a estar alturas, que estoy enganchada a ella. Me conocéis y sabéis que, con más o menos acierto, dependo de este ente extraño. Y la verdad es, que lo peor que te puede pasar en este mundo es depender de cualquier cosa. Mal está empinar el codo, fumar demasiado, entregarte a un círculo de ludopatía, que en muchas ocasiones te pone al borde la ruina. O peor aún, a veces lo consigue.

 

    Yo siempre he presumido, que no tenía dependencia alguna. Y mira por donde, se atraviesa este sies@, lo escribo así porque realmente no sé de qué naturaleza está hecho,  y ya no puedo estar sin su presencia.

 

    Tiene una personalidad arrolladora, caprichosa, voluble. Yo creo que es bipolar. Os preguntaréis el porqué de tal deducción. Muy sencillo. A veces viene cariños@. Se acurruca junto a mí. Siento una suavidad de terciopelo junto a mi oído y me susurra cosas muy bonitas. O al menos en ese momento a mí me lo parece.

 

   Correspondo a mi modo, y con una sonrisa acaricio mis sienes. A veces es un simple gesto de agradecimiento, otras es una sonrisa abierta que no soy capaz de abandonar, hasta que no se retira de mi lado.

 

   Ahora en diciembre, cuando en todos los hogares, se oyen alegres músicas, villancicos, sonidos de castañuelas y panderetas y recordando el pasado, un sonido único, el de un palitroque que resbalaba hacia arriba y hacia abajo, sobre una botella de anís haciendo añicos el pentagrama. Pues bien, ahora más que nunca quiero y necesito a ese ente  cerca de mí.

 

   Y me está dando de lado. Desde el sábado ando buscando sus caricias. Y claro que se acerca, se me planta delante, da un giro vertiginoso con sus vaporosas faldas y pregunta:

 

-          Qué, ¿tienes tema?

-          ¿Cómo voy a tener tema, si no paras?

-          Estoy aquí para sugerir. No lo voy hacer yo todo.

-          Todo no. Pero por favor, explícate con tranquilidad y clarito.

-          Clarito, es como tú debes escribirlo.

 

     Me guiña un ojo y se vuelve a ir. Trato de frenar su vuelo, pero no hay modo. Me he quedado con el tul de sus transparencias.

 

    Queda poco para la Navidad. No tengo más remedio que salir. Todo a mi alrededor es como una vorágine. Y me uno a ese fervor consumista, que tanto he criticado. Y en ello estoy, resolviendo comprar aquello que pueda ser útil a los que esperan mi presente de Nöel.

 

     De pronto, esa voz hechicera que juega conmigo, me sopla al oído:

 

-          Yo que tu dejaría algo para los Reyes. Anda ve a casa y siéntate delante de tu ordenador. Porque además antes de la Navidad, tienes un viernes por delante.

-          ¿Vienes conmigo?

-          Y no te pienso soltar.

 

     Esperanzada llego a casa. No espero el ascensor. Subo los peldaños corriendo. Enciendo la calefacción y con una amplia sonrisa pongo en marcha nuestro nexo de unión.

 

NAVIDAD SIN FAMILIA                                              JUANA DOMÍNGUEZ

 

Andaba por la calle como sonámbula, era la primera vez que veía las luces parpadeantes de la Navidad madrileña, todo le llamaba la atención. Los escaparates con sus belenes, donde unas figuras con forma de pastor miran hacia una casucha semiderruida, animales de todo tipo llenan el poco espacio que queda alrededor de ella. Una vaca y un caballo (pensaba ella) rodeando una cuna y unos reyes que adoran al niño que duerme en ella, todo era irreal, y un poco extravagante.

 

Había llegado a Madrid el mes anterior, le habían propuesto en su empresa el cambio de centro de trabajo, lo aceptó ilusionada y casi obligada.  En Chengdu, su ciudad no hay ni luces ni belenes. Xia sabe que este país tan diferente es católico, pero nunca se imaginó que lo llevaran a tal extremo, canciones machaconas, y repetitivas que no entendía se escuchaban en el centro de la ciudad.

 

Su jefe le había dicho esa mañana que el día siguiente era  Navidad, no tenía que ir a trabajar. Cuando salió de la oficina se dedicó a recorrer el centro. Grupos de gente se felicitaban como si se conocieran de siempre. Andaban con prisa, las manos llenas de paquetes de todo tipo. Los restaurantes estaban repletos, los platos de las mesas eran abundantes y muy adornados.

 

 -Mañana vente a comer con nosotros a mi casa - le había ofrecido Pablo su compañero con el que trabajaba en equipo- estarán mis padres mi hermana y mis sobrinos, no somos muchos, así conoces un poco de nuestras costumbres.

 

Xia, es tímida y muy respetuosa,  declinó muy agradecida la invitación de Pablo

 

– Gracias, si tenéis una celebración familiar no quiero estorbar, no sabría cómo comportarme, más adelante te acepto la invitación.

 

Pablo insistió, y quedaron para el día siguiente.

 

Se sintió a gusto con la familia de Pablo, fueron muy amables con ella. Algunos no sabían inglés y Pablo le traducía las palabras que sonaban agradables. Cuando se sentaron a la mesa le llegó el olor del cochinillo asado que pusieron en la mesa, le hizo recordar la fragancia de pimienta de Sichuan, del cerdo dos veces cocinado de su casa, con el que celebraban el año nuevo acompañado de vino de arroz, pero aún quedaban muchos días para esa celebración.

 

Se despidió pronto, salió a la calle muy triste. Las lágrimas corrían por su cara, nunca pensó que echaría de menos su familia y su casa. No podía volver a ella aún, tendría que ser fuerte y acostumbrarse a esta nueva vida.

 


VOLVER A CASA                                                         MANUEL GIL

 

 

La nieve caía en suaves copos, que danzaban delante de su enrojecido rostro como si mostraran alegría al acompañarlo. Con cada paso, sus huellas se marcaban en el manto blanco, era fatigoso andar, pero su corazón latía con la fuerza del niño que regresa a su hogar.

 

El camino serpenteaba entre árboles desnudos, que ahora vestía la nieve, cuyas ramas como brazos extendidos, abrazaban su memoria. El aroma del campo, su campo, lo envolvía con un perfume de tierra y sueños. Su casa se alzaba al final del sendero, aún no alcanzaba a verla. Había oído que tras años de abandono, era ahora un refugio para cazadores, pero al remontar la cuesta apareció ante él. Ahí estaba, esa silueta la habría reconocido entre millones.

 

Al llegar, empujó la puerta que crujió un lamento de bienvenida. Entró, todo estaba muy cambiado, y sus pasos avanzaron a la pieza principal. Buscaba su lugar favorito, la chimenea. Estaba igual, la gran losa de granito no albergaba el fuego vivificante al que siempre acudía en días como este, y a pesar de eso el frío se desvaneció en el calor de los recuerdos. Se sentó y extendió las manos hacia los rescoldos de los viejos tiempos que empezaron a calentar su helado cuerpo. Allí, en ese rincón sagrado, se despertó agitado por unas manos firmes que reconoció enseguida.

 

                -Te has dormido con el calorcito, mira que te digo siempre que no pongas las manos al  calor directo de la lumbre después de jugar con la nieve, te van a salir sabañones.

 

Le decía su madre, mientras removía la pepitoria del gallo que iban a cenar.

En la mesa camilla del rincón, su abuela se afanaba en colocar los dulces que había hecho ella misma en una bandeja, pestiños, mantecados, el olor que inundaba el espacio le reconfortó. Su abuelo con una botella de anís en la mano le guiñaba el ojo y llenaba una pequeña copa.

 

                - Toma que tu ya vas siendo grandecito, no le digas nada a tus hermanos, que están ahí fuera en el palomar jugando.

 

Su padre y su tía, llegaban acarreando troncos de la leñera para la chimenea, ella canturreaba; “volver con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon mi sien” ¡Como le gustaba oírla cantar ese tango! Su abuelo, miraba por la ventana y sonreía.

 

                 - ¡Qué bonita es la nieve! Es trabajoso moverse con ella, pero mírala, parece un manto de estrellas que nos hubiera regalado el cielo.

 

La cena fue magnífica, todo lo que a él le gustaba, los sabores que llegó a creer perdidos, los dulces hechos por las queridas manos de su abuela y su madre…

 

Después llegaron los únicos vecinos de la zona, venían alegres, con la nariz roja, achispados y cantando villancicos con panderetas y zambombas.

 

Alrededor de la chimenea, iluminados por su  luz titilante, conversaban, se reían y brindaban con coñac y anís, los dos únicos licores que animaban la velada. Se sentía feliz pero cansado y se acurrucó en el regazo de su abuela.

 

                     - No sé cómo ha podido sobrevivir, tiene síntomas de hipotermia, caminó más de 40 kilómetros desde la residencia, atravesó una zona de monte en medio de la nevada. Lo encontraron casi rígido por el frío, sentado delante de la chimenea apagada en el refugio de cazadores. Cuando se notificó que lo buscaban, un cabrero centenario que vive en el pueblo nos dijo que fuéramos allí.

 

Comentaba impresionado, un miembro del equipo de la guardia civil que había realizado el rastreo.

                     - Sí, es un amigo de mi tío. Él tenía un aprisco cerca de esa  casa. Pero, ¿qué han dicho los médicos?

                     - Están impresionados por la capacidad de orientación, dada la dolencia que sufre, y la resistencia que ha mostrado. Ahora está semi inconsciente pero tiene una sonrisa que le ilumina el rostro.