CASI NOS ENGAÑAN JUAN SANTOS
Tres relatos
despuntaban sobre todos los demás. Desde el primer momento supimos que uno de
ellos sería el ganador. Los leímos en silencio y en voz alta. Era difícil
decidirse por el mejor. Todos estaban muy bien escritos, con la puntuación
adecuada y la sintaxis perfecta. Por un momento dudamos si serían producto de
la inteligencia artificial, pero eran relatos con alma. Tenían esa chispa que
solo la inspiración humana puede crear, capaz de emocionar al lector más frío.
Los títulos
eran muy sugerentes:
INVENTANDO
EMOCIONES
Es de suponer
que la IA puede buscar y colocar, de manera más o menos acertada, las emociones
que existen registradas en las grandes bases de datos, pero en este relato, las
emociones que aparece son nuevas: Recuerdo perfectamente lo bien que me
encontraba cuando estaba en la barriga de mi madre. Esto nunca lo diría una
máquina.
ENTRE LÍNEAS
DE CÓDIGO
En la danza errante de mi teclado, las palabras cobran vida y mueren en
un suspiro digital. No me da tiempo de copiarlas para ti. Con este comienzo
es fácil ver a una persona enamorada escribiendo en el ordenador.
IMITÉ TU
SOLEDAD
¿Cuándo una máquina se ha sentido sola? En este relato la protagonista
empatiza con un mendigo, para comprender el dolor de la soledad. La Puerta
del Sol estaba abarrotada de gente, mientras yo sentado en el suelo, pedía
limosna. Esto solo puede experimentarlo alguien que tenga corazón.
Con esta
tesitura, pensamos que lo mejor era echarlo a suertes y que el azar decidiera. Una
pena porque dos de ellos quedarían descartados injustamente.
Al presidente
del jurado se le ocurrió leer de seguido los tres títulos:
INVENTANDO
EMOCIONES ENTRE LÍNEAS IMITÉ TU SOLEDAD
Se nos
encendió la bombilla, sospechamos que la IA había traspasado la línea roja de
la experiencia personal y que ya tenía creatividad y emociones. No nos fiamos y
el premio quedó desierto.
EL PREMIO EQUÍVOCO ANTONIO LLOP
Temblaba.
Marcela tenía que conseguir que ganara alguien con el pseudónimo de Espartaco,
pero ninguno de los otros dos miembros del jurado renunciaba a su candidato. Ella
los miraba intensamente tratando de adivinar sus puntos frágiles.
A
la derecha de Marcela un tal Rodrigo de los Monteros, serio, pelo corto peinado
hacia atrás y pegado al cuero cabelludo, impecable en el vestir. De trayectoria
literaria desconocida, pero eso carecía de importancia. Para ella era
suficiente el haberle sorprendido mirándola de esa forma que las mujeres adivinan
y los hombres creen que no se dan cuenta. A su izquierda Timoteo Romero, un profesor
jubilado, con gafas de haber consumido muchos libros y una espalda cargada de
años de recorridos literarios. Ese era el compañero más difícil de convencer. Tras
consultar su historial no le había encontrado debilidades. Fuera de su
actividad académica, sus libros y artículos ese hombre no existía. Ni tenía
cargas familiares ni rastro de vicios ocultos.
Ellos
también tenían sus razones para elegir a sus candidatos. Marcela averiguó que
el escogido por Rodrigo, el repeinado, era un miembro de otra familia
perteneciente a una aristocracia nobiliaria, como la suya. Supuso que ahí habría
afinidades y pago de favores de clan. El elegido del profesor era alguien al
que este hundió la carrera con una zancadilla alevosa, porque amenazaba su
cátedra con mayores conocimientos que los de él. Al viejo león implacable con
la jubilación le había sobrevenido una culpabilidad inesperada. Proponiéndole
como ganador pagaba su arrepentimiento. Una justicia poética.
Los
tres miembros del jurado habían recibido ya información sobre quiénes se escondían
tras todos los seudónimos, junto con la recomendación del ganador que no era
ninguno de sus candidatos. Es lo primero que les exigieron cuando les
convocaron para ese premio. Un millón de euros menos impuestos no se le puede
dar a cualquiera sin garantías de rentabilizar la inversión.
En
un descanso de las deliberaciones para desayunar, los años de lucha de Marcela contra
el machismo se tambalearon cuando sonrió y esbozó el guiño de un ojo al paso de
la mirada del aristócrata. El rostro de este se iluminó por un momento. Ella, con
una caña de vergüenza ya había dejado un anzuelo cargado de sugestión. Sin
embargo, el profesor era inatacable de momento. Solo le quedaba a Marcela la
mentira, ahondar en ese sentimiento de culpa del catedrático al final de su
vida profesional. Al ofrecerle un café le dijo con cara de circunstancias.
—No
me lo tome usted a mal, pero lo que me costó recuperar aquel suspenso en
Lingüística en su clase del curso 2002-2003. Usted no se acordará porque tenía
muchos alumnos.
Ante
la mirada extrañada del profesor jubilado, ella inventó una historia dramática de
años perdidos por depresiones y de una salida angustiosa que requirió
tratamiento médico. No sabía si su patraña había calado en la fragilidad del jubilado
Timoteo, pero ya había dejado otro cebo.
En
la votación subsiguiente Marcela consiguió su propósito. Los otros dos miembros
del jurado se decantaron por el candidato de ella ante su sorpresa y
satisfacción. Al entregar la tarjeta con el nombre de Espartaco, como
ganador, los tres pensaron en lo que significaba atreverse a desobedecer las
sugerencias de la Editorial. En el mejor de los casos se arriesgaban a dejar de
pertenecer al jurado para próximas ediciones con la cuestión monetaria que ello
conllevaba.
Pero,
el aristócrata, acostumbrado al ocio, cansado de esa actividad que le hacía
leer demasiado, y pensando en la recompensa de Marcela aceptó firmar. El viejo
profesor abrumado por sus años de inflexible comportamiento y con una culpa
sobrevenida también se avino al acuerdo.
La
reacción del editor no se hizo esperar. Ante la prensa expectante declaró al
premio desierto por incapacidad del jurado para emitir un veredicto. Al mes
siguiente se reunirían otros jueces, personas de reconocido prestigio en el
campo literario, que decidirían la novela ganadora. Marcela, Rodrigo y Timoteo no
pudieron hacer ni decir nada porque habían firmado una cláusula de
confidencialidad.
La
editorial se aseguró unos juzgadores que emitirían un dictamen adaptado a sus
intereses. Lo único que permitió fue que la novela de Espartaco obtuviera
el segundo premio como una concesión graciosa al anterior jurado.
A
Marcela no le preocupaba esquivar al rijoso aristócrata ni al apesadumbrado
profesor. Ni siquiera la paradoja de que para soslayar un chantaje hubiera
tenido que chantajear a su vez. Solo le obsesionaba el que el puesto de primer finalista
no le bastara al secuestrador para liberar a su hija.