ESCLAVO DE LA LUNA JUAN
SANTOS
La noche que me enamoré de Aurora, la luna me engañó. Era la
primera vez que me sentaba en la terraza de aquel bar. Tomaba un gin-tonic, sin
más pretensión que ahogar mi soledad, cuando apareció ante mí. La fortuna quiso
que sólo estuviera libre la silla que había a mi lado. Puedes sentarte, le dije
haciéndome el gracioso. Me sorprendió que aceptara mi invitación, pues, en la
distancia corta, era una mujer bellísima, morena de ojos negros, vestido
descotado rojo satén y zapatos con tiras doradas con elegante tacón. Las luces
exteriores estaban apagadas. La luz natural del plenilunio era ideal para
transformar aquello en un lugar de ensueño.
Me dijo que no bebía alcohol. Pidió una Coca cola 00. Me
parecía raro que, estando sobria, se mostrara tan alegre y cariñosa. Por un
momento pensé que la luna le había nublado la consciencia. Derrochaba
creatividad. Me dijo que se sentía libre con gana de realizar sus deseos más
ocultos.
Fue un amor a primera vista. Las noches siguientes, volvimos
a vernos en el mismo sitio. Llevara el vestido que llevara, estaba igual de radiante,
reconozco que me tenía hechizado.
Como nuestra relación se afianzaba, quise quedar a comer con
ella. Se negó rotundamente. Así somos felices, prefiero estar contigo solo a la
luz de la luna.
Qué más da, cariño. El día también tiene su atractivo. Podemos
bañarnos en la playa y después comernos una paella que aquí las hacen muy
buenas.
Tanto le insistí, que un día quedamos por la mañana a la luz
del sol. Aurora era diferente. Su risa, antes libre, sonaba forzada. Sus ojos
brillantes, estaban apagados. La conversación se volvió monótona. Intenté
animarla, pero ella solo repetía frases vacías, como si la luz del sol le
robara la chispa. Me sentí confundido y triste. ¿Dónde estaba la mujer de mis
sueños?
Lo bueno era que, al caer la noche, volvía a ser la mujer de
la que me enamoré. Fue cuando me di cuenta de que no podía vivir sin ella,
aunque solo fuera a medias.
Nos casamos. Ahora, comparto mi vida con Aurora, únicamente
bajo la luz de la luna. Durante el día, ella duerme o se pierde en sí misma y
yo la respeto, esperando el momento en que la noche nos vuelva a unir. Y así
estamos en nuestro pequeño mundo de sombras y sueños.
VOLEMOS HASTA LA LUNA CARLOS
BORT
Gerardo siempre fue muy aficionado a la música.
Le gustaba cantar "standards" de jazz imitando
las versiones de Ella Fitgerald, Sarah Vaughan y Frank Sinatra, como "Fly
me to the moon" (Howard), "It's only a paper moon" (Arlen,
Harburg & Rose) y "How high the moon" (Hamilton & Louis).
Siempre le gustó la canción "Moon River"
(Mancini & Mercer), a pesar de no ver en la cantante el sex symbol que todo
el mundo veía en ella y de considerar que esa canción no venía a cuento en ese
momento de esa película. Pero eso, claro, le pasaba con la mayoría de las
canciones que aparecían en el cine, salvo que se tratara de cine musical.
Entre sus gustos más rockeros estaba "Bad Moon
Rising" (Fogerty), canción que había visto cantar y tocar a su autor justo
cuando una luna enorme se elevaba en una noche de verano.
Apreciaba también melodías de épocas anteriores a la suya
como "Blue Moon" (Rodgers & Hart), que le resultaba muy sugerente
en las voces perfectamente armonizadas de The Platters.
El "Moonshadow" de Cat Stevens a ratos le
resultaba cursi y a ratos le encantaba. Le fascinaba el misterioso vínculo entre
la música y el estado de ánimo.
Entre sus álbumes favoritos estaba el que consideraba uno
de los mejores del siglo XX, el "Darkside of the Moon" (Waters),
magistralmente grabado por Pink Floyd en Abbey Road gracias al sonido depurado
de Alan Parsons. A su autor Roger Waters lo había visto más de una vez en
conciertos que superaron sus expectativas.
La relación de Gerardo con Van Morrison era como un
matrimonio ya antiguo. Lo descubrió siendo adolescente y le entusiasmó. Pero
luego hubo momentos en los que lo consideraba excesivamente agresivo, como
cantante e incluso como individuo. Entre las canciones favoritas que salvaba de
la obra de Morrison estaba "Moondance".
"Moonlight Serenade" (Miller & Parish) era
otro de los temas que encontraba en él una acogida variable, en función de su
estado de ánimo. Pero, aunque de Glenn Miller prefería siempre los temas con
más "swing", la consideraba una obra maestra.
Gerardo tenía ya una edad cuando descubrió que
"Giorgio" Harrison había tenido la humorada de remedar su "Here
comes the sun" con una posterior "Here comes the moon". La
canción no le gustaba, pero le hacía gracia como rareza.
En fin, a Gerardo le gustaba la música de una cierta
temática y lo mismo le pasaba con la información sobre la actualidad. Por eso,
durante los años 60 estuvo muy centrado en el proyecto Apolo, un programa
espacial de la NASA que logró llevar a seres humanos a la Luna por primera vez
en la historia.
Pero nunca le gustó que llamemos "lunas" a los
cristales de los coches. Y menos aún que en Francia llamen "lunitas"
a las gafas. Cada vez que oía esas expresiones, le venía a la memoria el cohete
espacial de Méliès que impactaba en todo el ojo.
Y a pesar de lo que relataba el Evangelio, Gerardo no
creía que la Fe pudiera sanar a un lunático como él.
ORGULLOSA LUNA MANUEL GIL
Un
torbellino de ansiedad, deseo, miedo, y una falta de control sobre sí mismo
sacudía a Rafa. La
llegada a su equipo de fútbol de Abdel había trastocado su mundo. A sus diecisiete años recién cumplidos, había logrado dejar atrás las sombras del bullying que sufrió en su infancia, convirtiéndose, en el
delantero estrella de su equipo.
Abdel, de origen marroquí, tenía su
misma edad era un gran delantero, pero sobre todo era un chaval guapo de pelo
ensortijado, labios carnosos y sonrisa encantadora. Desde el principio sintió
una mezcla de rivalidad y fascinación por él. A Rafa le inquietaba esa pulsión
que crecía en su
interior, era consciente de la situación; Abdel era musulmán y constantemente
hablaba de chicas con los demás compañeros, aunque siempre tenía con él gestos
amables y de camaradería. Algunas veces en las celebraciones de vestuario Rafa
lo pasó mal para ocultar la excitación que le provocaba su compañero. Aunque se moría de ganas por
intimar más con él, veía por delante un muro infranqueable.
Esa
noche, cálida de junio en Madrid, una espléndida luna llena iluminaba la fiesta
del orgullo en su día culminante.
Sin
decirles nada a sus padres, dio un paso hacia la libertad que tanto anhelaba y
se dirigió hacia Chueca. No sabía muy bien a qué. El bullicio de la fiesta lo
envolvió en un abrazo cálido, un torrente de colores que lo invitaban a dejarse llevar.
A
unos pasos de allí,
Adela caminaba con paso vacilante. Le había costado dar el paso. La inseguridad
la dominaba. A sus veinte años, había aceptado que sus propias fantasías eran inaccesibles. Su trabajo como becaria en el
periódico, le había brindado la oportunidad de tratar y conocer a Laura, la
redactora jefe de economía. Esa mujer era un mundo reservado y distante, siempre
la trató como a parte del mobiliario y eso solo había conseguido incrementar la atracción de Adela hacia ella. Fue a la
manifestación del orgullo como si el ambiente festivo pudiera deshacer las
ataduras de su timidez y desvelar alguna novedad en su vida.
Al
mismo tiempo, Arturo se encontraba en medio de un mar de dudas, mientras desde
la ventana de su casa miraba la luna. Había discutido con Irene, su mujer, que había ido junto a algunos
compañeros de su trabajo a la manifestación del orgullo. Arturo no entendía por qué sentía esa necesidad de estar allí. Para él esa
celebración era un concepto abstracto, algo que respetaba, pero que nunca había sentido como parte de su vida.
No estaban pasando por su mejor momento como pareja y de pronto sintió la necesidad
de ir a buscarla. A veces olvidaba lo importante que era ella para él.
Rafa, deambulaba
en medio de la multitud, cuando en una esquina de la calle libertad vio a un
chico sentado en el suelo con un bote de cerveza en la mano, tenía aspecto de
cansado y parecía estar solo. No podía creerlo era Abdel, cuyos ojos al verle brillaron con una chispa juguetona. Se acercó a él
sin saber qué decir.
— Está claro que la luna me trae
suerte. No sabía
que fueras a venir —dijo Abdel, con una sonrisa que
desnudaba su alma.
—A mí también me arrastró la luna
—respondió Rafa, sintiendo cómo sus palabras se
deslizaban suaves y sinceras.
Se
sentó junto a él y sintió el roce de su piel, se miraron y sus ojos hablaron
por ellos.
Mientras
tanto, Adela, llegó a la plaza donde la fiesta vibraba con color y ritmo. Allí se topó con Laura, quien, aunque distante en el
periódico, se veía
ahora fascinante y dueña de la situación.
Sus
miradas se encontraron, y por un instante, los mundos de ambas parecieron
conectarse.
— ¿Te
gustaría bailar? —preguntó Laura, que parecía alguien que hubiera sido siempre cercana a ella.
Adela
sintió que el corazón le estallaba de alegría y miedo al mismo tiempo. Sin pensarlo dos
veces, se dejó llevar y se unió a Laura, bailaron
como hojas llevadas por el viento. Esa noche, el ritmo y la conexión se
transformaron en un lenguaje que hablaba de sueños compartidos y deseos
ocultos.
No
lejos de allí Arturo besaba largamente a Irene, aplaudidos por los amigos de
esta, que estaban felices de compartir la fiesta. La pareja parecía recuperar
toda la pasión que encerraba su amor quizás contagiados por el que se respiraba
en esa noche mágica.
La
luna con una mirada cómplice parecía
sonreír con orgullo.
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