30/06/2026

LA ARAÑA 50.000

 

Se tardaron casi 300 años en catalogar 50.000 especies de araña desde que se empezó a hacerlo en 1757.

Ese momento estadístico se consiguió en 2022 y fue nombrado por los medios de comunicación como curiosidad estadística.


El artículo nos comenta detalles de esta araña saltarina de Sudamérica, inofensiva y vegetariana.

Se supone que puede haber otras 50.000 que todavía están por catalogar. Todo un mundo por descubrir.

 

https://www.lavanguardia.com/natural/20220407/8183495/pequena-saltadora-numero-50-000-lista-especies-aranas-mundo.html

EL HUB TECNOLÓGICO ESPAÑOL


Un hub viene a ser un centro de operaciones. La empresa Hauwei ha montado en Madrid un hub educativo y formativo para toda Europa.

El artículo comienza con una interesante introducción de cómo se formó y creció la empresa china y luego pasa a enumerar cuáles son los desarrollos formativos que está siguiendo en España.


El principal objetivo es capacitar 50.000 expertos en profesiones digitales en los próximos 5 años, cuando se prevé que serán necesarios unos 20 millones de puestos de trabajo con esas características en todo el mundo.

https://www.eldiario.es/edcreativo/nuevo-hub-talento-tecnologico-espana-formar-50-000-expertos-cinco-anos_1_13144586.html

 

29/06/2026

CHINA Y LOS 50.000 CIENTÍFICOS


Empezamos la semana dedicada al 50.000, un número que significa algo importante para este blog. Unos minutos antes de la publicación de este artículo hemos alcanzado las 50.000 visitas en nuestro blog de ciencia, naturaleza, enigmas, literatura y viajes.

Esperamos poder seguir con más visitas durante mucho más tiempo. Los números tienen una importancia relativa, pero es vital que las cifras son pequeñas, que no es el caso.


El artículo científico de hoy nos habla de los problemas que se encuentran los científicos a la hora de publicar sus artículos. Son muchas las revistas que cobran a los investigadores para verse publicados.

China, con más de 50.000 científicos publicando con normalidad, ha decidido dejar de financiar a sus investigadores. Se verá si alguno puede encontrar financiación o si el gobierno chino crea revistas al uso.

https://www.elespanol.com/ciencia/20260303/china-deja-pagar-revistas-cientificos-no-abonaran-tasas-euros-estudio/1003744152883_0.html

28/06/2026

PRIMERA SEMANA DE JULIO

 ESTA SEMANA VAMOS A CUMPLIR EN EL BLOG UN HITO ESTADÍSTICO QUE TIENE SU IMPORTANCIA. LLEGAMOS A LAS 50.000 VISITAS. Y LO CELEBRAMOS HABLANDO PRIMERO DE LA CIFRA Y LA SEMANA PRÓXIMA DE ARTÍCULOS MUY VISITADOS DURANTE ESTE TIEMPO EN EL BLOG.




27/06/2026

PRIMERA QUINCENA DE JULIO

 

DE BREBAJES Y SERPIENTES: ENTRE LA TRIACA MAGNA Y UNA EMERGENCIA DE SALUD GLOBAL. Un recorrido histórico, científico y cultural que desvela cómo el conocimiento médico ha evolucionado desde la tradición hasta la ciencia experimental, con ejemplos tan sorprendentes como la triaca magna, el legendario antídoto universal de la antigüedad.

·         Real Academia de Medicina

·         Calle de Arrieta, 12

·         Gratuita

·         Hasta el 2 de octubre. De lunes a viernes, por las mañanas. Martes, también tardes. Agosto, cerrado.

https://ranm.es/2026/03/inaugurada-la-exposicion-de-brebajes-y-serpientes-entre-la-triaca-magna-y-una-emergencia-de-salud-global/





25/06/2026

SESIÓN CONTINUA 2

 

EL GRAN COMUNICADOR                                                                           ARACELI DEL PICO

 

  Ayer ha hecho cuarenta y cinco años que no está con nosotros. Sí, no está. Pero nunca se ha ido. Su presencia sigue iluminando cada rincón de mi casa y sus dichos y anécdotas por una causa u otra, repiquetean en mis oídos, con suavidad y acierto. Y es fácil que por ser el día que es, su esencia se haga más palpable. Y recuerdo que…

 

Mariquilla, abrevia. Es jueves y hay que salir pitando, que luego hay cola y te quejas de estar tanto tiempo de pie.

 

  Este era el empuje, que mi padre daba a mi madre, para que soltara sus quehaceres cuanto antes. Los jueves era fémina. Y el cine costaba una peseta, quizá dos, más barato. Detalle a tener presente, habida cuenta que la economía no era boyante. Ese día se cenaba muy pronto, para ir al cine de barrio más próximo, y ver “las películas de la semana” siempre sesión doble. Mis padres satisfacían el deseo, casi pasional de ir al cine. Ese deseo se lo había transmitido, mi padre a mi madre. Ella lo conservó. Curioso era oírles sus diferentes opiniones. Su compenetración era total. Pero los gustos en tal campo, diferían por completo

 

  Él, lo tenía desde muy joven y siempre confesó que fue su único vicio. Esta devoción, le llevó a desarrollar una serie de fetichismos, tales como ir siempre a la inauguración de cualquier cine de Madrid, estuviera en la zona que fuera. Si el estreno le había interesado (las películas, por aquel entonces, se mantenían durante mucho tiempo), volvía a verlas al cabo del año.

 

  La época de mi niñez y posterior adolescencia, estaba envuelta en un gris oscuro, donde las prohibiciones se imponían por cualquier causa. Y el cine no iba a estar exento. Un cartel, más grande que el título de la película, decía: “Prohibida, solo para mayores de edad” dependiendo del juicio aplicado por los censores, que era más rancio que un tocino caducado tiempo atrás.

 

   Comencé a gestionar mis primeros pasos, por los pasillos del cine Usera, de la mano en muchas ocasiones de Pepe, el acomodador. Tambaleante, silenciosa y dócil, miraba la gran pantalla, sin entender nada, salvo las pelis de dibujos animados donde no me permitía ni pestañear. Me sentaba en el suelo y el suelo y yo éramos uno. De allí, salieron mis primeros amigos, Tom y Jerry, Pluto, Blanca Nieves y sus siete enanitos y muchos más. Soy buena conservando amigos. Peinando canas, aún nos felicitamos por Navidad.

 

  Pero el gran comunicador, que era el cine, estaba vetado para una adolescente, que no podía ver aquello prohibido para su edad. Y me quedaba en casa, rodeada de libros, así menguaba la frustración de no poder disfrutar determinadas películas.

 

  Sin embargo, había otro Gran Comunicador, más explícito que el cine. Mi Padre. Que, al día siguiente de haber visto el film elegido, me lo contaba con pelos y señales, mientras barnizaba a muñequilla con primor, el mueble que tenía que entregar. Elegía un lenguaje delicado y limpio y me hacía llegar el argumento con claridad. Mi interés crecía en cada frase que empleaba. Y así me acercaba a la gran pantalla y yo veía a través de sus explicaciones, hasta el tono verde de los prados, el polvo que levantaban los caballos y como no, el color de los ojos de los protagonistas. Y hasta sentía un atisbo de enamoramiento, cuando se despertaba la naturaleza entre los actores.

 

  De tal modo, que cuando tiempo después tuve acceso a ver aquello, prohibido en su momento, como, CON ÉL LLEGÓ EL ESCÁNDALO, SIETE NOVIAS PARA SIETE HERMANOS, ESPLENDOR EN LA HIERBA, y tantas otras, era para mí como volver al pasado y redescubrir lo que en su día disfruté. Si bien es cierto que la primera versión, sin duda, me gustó más. Era más nítida y vibrante.

 

 Esa pasión heredada por el cine, sigue siendo mi debilidad. Tengo muchas y todas arraigadas en mi naturaleza. Pero el séptimo arte, como dieron en llamarle, sigue siendo la primera. A veces rivaliza con el teatro. Solo a veces.

 

  Pero… si yo no hubiera aprendido a caminar por esos largos pasillos de la mano de Pepe, el acomodador, ¿andaría ahora igual de resuelta?  Alas me ponen en los pies, cuando necesito ver algo que me interesa.

 

  ¿Sería mi nombre el mismo? También se lo debo al cine.

 

  Y también sé, que escondido y zascandileando entre las estrellas, aquel que se fue hace cuarenta y cinco años, estará de charla con cualquiera de las que no están y brillaron en la gran pantalla. Y seguro que les dirá: no tuviste el éxito que esperabas en aquella película por esto, por esto y por esto otro. No te preocupes, todo no fue culpa tuya, el guion era flojo y el director un papanatas. Ya bien claro lo dejó ver Billy Wilder en, con “FALDAS Y A LO LOCO” … Y ese, casi, sí que era perfecto.

 

  Y ellas y ellos, le escucharán embobados.


 

UN VAQUERO SOLITARIO                               JUANA DOMÍNGUEZ

 

El cine llegó a mi vida solo los fines de semana, dos sesiones, tarde y noche. Las noches eran para los mayores. Pero alguna vez fui con mi padre al gallinero, un piso alto con entrada diferente al patio de butacas. Los asientos eran unas gradas escalonadas de cemento donde nos sentábamos directamente. Allí iban los más jóvenes y los que tenían menos dinero, mi padre era muy amigo del dueño, y tío Sandalio nos dejaba entrar gratis si iba con él.

 

A la sesión de tarde iba con mis amigas. Dos cincuenta costaba la entrada si queríamos ver la película, y entre todas comprábamos pipas, con lo que nos quedaba de la paga. Era lo que teníamos. Muchas ilusiones y poco poder adquisitivo.

 

En una sesión de noche, sentada en el frío cemento con 18 años, una peli extranjera, la primera que veía, me cautivo (Los Violentos de Kelly). Hasta entonces, Marisol, Joselito y alguna folclórica habían sido los protagonistas que nos entretenían.

 

No sé si la película tendrá premios o no, pero a mí el desparpajo de cinco locos dispuestos a que les pegaran más de un tiro y que lograrán sacar el oro escondido, me sedujo.

 

La tuvieron en cartel más de una semana, y creo que la vi tres veces. Si el cine hubiese sido de sesión continua me hubiera quedado embobada toda la tarde, es lo más parecido a una doble sesión que yo haya vivido.

 

Entre un pase y otro yo creaba mi propia película. Me escondía dentro del tanque y acompañaba al actor rubio, con cara de sinvergüenza, a guardar la puerta del banco. Era la única mujer de la película. Qué orgullosa me sentía de robar tanto lingote de oro escondido. ¡Cuántas cosas podría hacer con mi parte! La ilusión y la fantasía desbordada llenaban mi ignorancia.

 

Qué joven era entonces Clint Eastwood, y qué memorable su trayectoria. No sé cuantas veces le he visto de protagonista en películas de vaqueros, rodadas en nuestro desértico país; si reponen Mula o el Gran Torino, nunca me las pierdo.

 

Le sigo siempre que veo algo suyo en el cine o en la tele. Es algo impreciso e interno lo que me infunde su presencia en el cine. No es un actor de los idílicos de Hollywood, no es guapo como Marlon Brando ni Robert Redford, pero ese aire de personaje que sabe por dónde anda, es algo que me provoca admiración.

 

Las películas de guerra suelen ser crueles. Ésta se parece más a una comedia rebelde. En el cine las situaciones son mágicas o poco creíbles, aunque algunas veces son más suaves que la triste realidad.

 

A mí, me causó tanto impacto que aún la tengo en la retina y en la memoria.



 

PLANO SECUENCIA                                                    SANTIAGO J. MARTÍN

 

-          ¿Un beso? Para. Esta noche, espera a la noche.

No le hagas caso. Te miente. En este mundo todo es impostura. Halagos llenos de cinismo y falsedad. No te quiere. No la quieres. No te fíes de esa sonrisa lánguida y pecaminosa. Controla la situación, por favor. ¿No ves que sobre actúa?

Te equivocas. Es sincera. Y es cierto, esta noche nos veremos en casa. No entiendo la vida sin ella. Reconozco que no comprendo demasiado bien la existencia a partir de las siete de la tarde sin una copa de whisky y un cigarrillo. Le haré una propuesta tentadora, irrechazable.

-          Mi vida, llámame si no vienes a cenar. He comprado una botella de Brassfield 2019. ¿Recuerdas?

-          Cuenta conmigo. Nunca te fallo.

Ya, como la última vez. Te bebiste el tinto y otra de Gewurztraminer. Te quedarás solo, idiota. Vendrá con la ropa interior en el bolso, en el mejor de los casos. Eres un seguro de vida para una funambulista con vértigo. Déjalo ya. Salte del guion.

Sus explicaciones nunca me han sonado a excusas. No miente. Es suave, sincera, clara. Se equivoca, como todo el mundo, pero me quiere. No está interpretando. Tengo que estar ahí.

-          ¿Prefieres que vaya a buscarte al Bulevar?

-          No seas pesado. Ten cuidado con la silla de ruedas. Recuerda que falla la batería en la cuesta de atrás. Mejor quédate en casa.

Ha sido ella. Ella ha manipulado todo. Hoy será la silla, mañana el beso de despedida que te sabrá al último. Pero seguirás sin darte cuenta. Y terminarás en segundo plano.

Bobadas. Qué sabrás tú del sabor de sus besos, del olor de su pelo, del color de sus ojos cuando no la miro.

-          No te olvides de apretar el odio en la escena del granero, mi vida. Como te dije.

-          Así lo haré. Seré la reina del mundo.

Te lo está soltando. Su territorio se le hace pequeño. Te deja. Te abandona. Parece mentira que no te haya quedado claro. Eres el vehículo de su éxito…

Con tantas voces es imposible trabajar.

-          ¡¡¡¡Corten!!!!


 

LA DIOSA                                                        ANTONIO LLOP

Aquellos ojos miraban fijamente pero no llegaban a detectar la presencia de lo que les rodeaba. No eran los ojos de un ciego sino los de aquel que ha desconectado la vista de su pasado. Sus oídos tampoco conectaban con la realidad. Si no, el “¡Qué pasa chaval!” con el que yo le había saludado (y que tantas veces me dirigiera él a mí hacía mucho tiempo) hubieran provocado algún gesto en su rostro ya surcado de años. Y es que Justino, a quien había descubierto por casualidad, no parecía estar en este mundo.

Tras mi estancia de cuarenta años en Houston y mi vuelta a la casa paterna y al barrio de mi infancia estaba dándome una vuelta por la calle de Alcalá.  Aún tenía flotando en mis dedos la caricia del papel satinado de los cromos de artistas de cine, cuyo álbum acababa de repasar en mi casa heredada. Y en mi retina los carteles de mis películas preferidas que tapizaban mi habitación. En un kilómetro aproximado de esa calle estaban los tres paraísos, que yo alternaba las tardes de mi adolescencia. Hice recuento de aquella “milla mágica”, en la que fui muy feliz. Los lunes al Mundial, convertido ahora en una sala de bingo, los miércoles al Lepanto, sustituido por un salón de celebración de bodas y bautizos. Y los viernes al Aragón, mi preferido, ahora un gran supermercado. Fue a la salida de este comercio cuando vi a Justino sentado en una silla de ruedas al sol junto a su portal de toda la vida. Saludé a Sandra que estaba a su lado. Aún conservaba su pelo claro, sus labios carnosos y sus grandes ojos azules. La de veces que me la citó en los descansos de los programas dobles enseñándome su fotografía de niña. Chaval va camino de convertirse en “ella”. No sé a quién ha salido. Ninguno de mis otros hijos es tan exótico. Que me perdone mi mujer, pero creo que cuando la hice estaba pensando en la Diosa.

-Discúlpele usted si no le ha reconocido –dijo la mujer-. Mi padre tiene Alzheimer.

Le conté que trabajaba en Houston y que había venido a Madrid tras la muerte de mi madre. Que durante mi adolescencia y primera juventud había sido un espectador asiduo al cine Aragón, donde él había sido acomodador. En uno de aquellos  programas dobles de sesión continua la película de serie B era una estrenada en 1961 “El planeta fantasma” donde dos intrépidos astronautas ante un precario tablero de mandos hablaban de que volvían a la Luna. Esa peli, en esos finales de los años 70, despertó mi vocación por la ingeniería aeroespacial. Después vinieron “La Guerra de las Galaxias” en 1977 y “Alien el octavo pasajero” en el 1979. Cuando llegó “Blade Runner” en el 82 yo ya estaba en la Escuela de Ingenieros. Mi afición al cine no disminuyó, pero para entonces ya los cines de barrio habían desaparecido y tuve que visionar las películas en las salas de estreno de la Gran Vía. Añoré los primeros films que veía durante mi adolescencia en los programas dobles del Aragón y, sobre todo, el contacto con Justino, del que me llegué a hacer gran amigo.

-Será muy diferente su trabajo en Houston al que veía en las películas ¿no? –me preguntó Sandra.

-No se crea. Las buenas contratan a científicos, como asesores. Yo lo he hecho alguna vez.

Al ver al padre de aquella hermosa mujer yo ya estaba pergeñando un nuevo guion, uno entrañable para mí, que no sería interesante para ningún productor cinematográfico. Y le pedí prestado a Justino por una noche.

-Sí. Con la condición de que yo le acompañe.

Quedamos en que iría a buscarles a la 1 de esa madrugada. Media hora antes me encaminé al supermercado que había sustituido al cine Aragón a preparar la representación. El sistema de alarma que lo protegía no fue problema para alguien como yo acostumbrado a usar inhibidores de frecuencia. Con mi linterna digital me abrí paso por los pasillos flanqueados por estantes tratando de reconocer los antiguos lugares tan queridos. Ya había localizado durante mi visita de por la tarde el sitio donde antiguamente se situaba la pantalla. Era un frente de frigoríficos de aproximadamente uno cuarenta de alto. Me subí a una escalera de las que usan los reponedores y desplegué una sábana blanca de forma vertical. Después me entretuve pegando los posters de las películas que conservaba en mi habitación a lo largo del pasillo. Hecho esto salí por la puerta-ventana del almacén, por donde había entrado y me dirigí a la casa de Justino. Sandra ya me esperaba asida a la silla de ruedas de su padre, que añadía a su gesto impertérrito un rictus de desconcierto.

A pesar de que la puerta-ventana estaba casi al ras de suelo nos costó algo entrar la silla de su Justino. Ella lo cogió en brazos y me lo pasó al otro lado. Una vez dentro puse en la mano de su padre su última linterna, que yo había conservado en el cajón de mi mesilla (Toma chaval. Ya no me va a servir de nada, me dijo al conocer el final de su trabajo cuando el goteo de muerte de los cines de barrio le tocó al Aragón). En la penumbra, Justino la asió fuertemente y la barajeó alternativamente de mano a mano como si estuviera paladeando una comida deliciosa (Él no tenía problemas de movilidad en los miembros superiores solo las piernas se negaban ya a sostenerlo).

Y la encendió.

El mundo que se desplegó ante sus ojos le hizo soltar una lágrima. Con los ojos brillantes y empujada la silla por su hija recorrimos aquel pasillo. Él mismo alumbraba los carteles. Ante los estantes de conservas las figuras de Charlton Heston, Ava Gadner y David Niven nos saludaron en “55 días en Peking”. Una preciosa Julie Christie, junto a Omar Sharif con sus gorros de piel nos miraban desde uno de los frigoríficos de yogures y quesos. Más allá, ante unos estantes de fruta se anunciaba “La diligencia” con un John Wayne apuntando con un revólver. Y al final del pasillo, delante de los estantes de fruta Gary Cooper con cara seria parecía resignado ante el desafío que se le venía encima en “Solo ante el Peligro”. Cuando llegamos a la precaria pantalla que acababa de colgar accioné mi proyector digital de mano. Acto seguido y sin cuidar el volumen de la música salieron los rótulos de “Some Like It Hot” (No había podido conseguir la versión española de “Con faldas y a lo loco” en Houston). Y cuando Justino vio a la Diosa levantó la cabeza y me miró emocionado con aquella sonrisa de antes, mientras me decía pausadamente “Gracias, chaval”. Las lágrimas corrían por las mejillas de los tres.

De pronto escuchamos ruidos cerca de la puerta. Gritos indeterminados de “policía” se mezclaron con estruendos de pasos apresurados.

Pero aquello ya no nos afectaba. Seguimos viendo impertérritos a la Diosa y a sus dos compañeros. El mundo que irrumpía tras de nosotros no era el nuestro. Para nosotros aquello ya no era un supermercado, sino el mismísimo cine Aragón.

24/06/2026

LA LEYENDA DE ANTRUM

 


Antrum es una película de las llamadas de culto. Pero no se la califica así por su calidad selecta, sino por la leyenda que los propios autores construyeron para poder promocionarla mejor.


Son muchas las cosas que se cuentan y ninguna probada. Entre ellas, que existe una maldición que provoca la muerte a todos aquellos que la vean.

Se volvió a reestrenar en algunas salas hace 6 años y parece que la leyenda desapareció. En cualquier caso, es curioso el artículo y todo lo que nos cuenta.

https://www.infobae.com/america/mundo/2020/10/25/la-leyenda-de-antrum-la-pelicula-maldita-que-ha-dejado-una-supuesta-estela-de-muertes-y-ahora-sera-estrenada-en-cines-del-mundo/

FITZCARRALDO, RODAJE EXTREMO


El artículo es un reportaje muy detallado y ameno sobre el rodaje de la película Fitzcarraldo, de 1982.


Por cuestiones personales, por dificultades técnicas, por problemas naturales y ambientales, por razones antropológicas, por enfermedades y accidentes… Esas serían varias de las razones que hicieron un infierno en la realización de este film.

Merece la pena leer el artículo. No sé si decir lo mismo sobre ver la película.

https://tn.com.ar/show/cine-series/2021/08/07/fitzcarraldo-el-rodaje-mas-infernal-del-cine-desde-el-tecnico-que-se-amputo-el-pie-con-una-motosierra-al-barco-que-instalaron-en-medio-de-la-jungla/


 

23/06/2026

LOS CAMBIOS QUE YA ESTÁN AQUÍ

 

El cine, desde su invención, está en constante evolución. No solo le afectan cuestiones técnicas, también los hábitos de consumo.


El artículo hace un repaso al cine que se nos viene encima. La verdad es que no es muy optimista.

Pone especial énfasis en dos factores diferenciales: uno, lo que los jóvenes buscan ahora al ver una película, en conexión con la repercusión y las redes sociales; dos, la utilización de la inteligencia artificial.

https://valenciaplaza.com/cine-audiovisual-valencia-comunitat-valenciana/el-cine-tal-y-como-lo-conocemos-esta-a-punto-de-cambiar-para-siempre-por-la-ia


 

21/06/2026

CADA UNO POR SU LADO


Ni mucho menos coinciden el mundo del cine con la ciencia, en todos los casos. Son múltiples las películas que, pese a tener un sesgo científico muy importante, se basan en supuesto erróneos o inexistentes.


El artículo nos enumera varios ejemplos de lo dicho. La conclusión es lógica: la ficción tiene licencias que pueden saltarse principios fundamentales de la física o las matemáticas si así se consigue un mayor impacto, sobre todo comercial.

Eso tiene sus riesgos. Puede haber espectadores que crean a pies juntillas fenómenos que son literalmente imposibles.

https://didactia.grupomasterd.es/blog/numero-26/ciencia-y-cine-no-coinciden

CUARTA SEMANA DE JUNIO

 Pregunta: la última escena de película que te ha pasado




20/06/2026

CINECITTA

 

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Con la de veces que he estado en Roma y no he podido hacer un hueco para visitar Cinecitta. Una lástima, pero de la próxima, que espero sea pronto, no pasa.


Pasear por los estudios donde estuvo Fellini, Sofía Loren, Magniani… y tantos otros, es posible. Existe un recorrido para los turistas, como nosotros, donde por 20 euros, más o menos, podemos recorrer estudios emblemáticos y un fabuloso museo del cine.

Hasta ese momento, nos tendremos que conformar con este completo y muy bien redactado artículo.

https://www.enroma.com/cinecitta/

19/06/2026

SESIÓN CONTINUA 1

 

SESION CONTINUA                                                     MANUEL GIL

 

La desaparición se descubrió después del desayuno.

 La silla estaba vacía junto a la ventana donde cada mañana se sentaba a contemplar un jardín que ya no reconocía. Los cuidadores registraron la residencia con una tranquilidad profesional que, poco a poco, fue transformándose en inquietud. Revisaron salones, almacenes, patios y pasillos. Preguntaron a otros residentes, aunque muchos vivían atrapados en sus propios laberintos.

 Nadie lo había visto salir. Llamaron a su hija.

 Cuando llegó, encontró una habitación ordenada. Nada parecía fuera de lugar, salvo un periódico sobre la mesilla. Estaba doblado por una página en la que, entre anuncios y esquelas, destacaba un titular:

 «Comienza esta semana la demolición del cine Waldorf».

 Lo miró sin prestarle demasiada atención. Después lo dejó donde estaba.

 Mientras tanto, en algún otro rincón de la ciudad, un hombre caminaba con determinación. Iba a una fiesta.

 No sabía exactamente dónde se celebraba. Sin embargo, sus pasos avanzaban con una seguridad sorprendente, como si siguieran un sendero aprendido mucho tiempo atrás.

 La tarde estaba teñida de un resplandor dorado.

 Al llegar a la entrada, una mujer de sonrisa luminosa abrió los brazos.

 Qué alegría volver a verte.

 Era Lana Turner.

 La elegancia de su vestido parecía tejida con luz. Él inclinó ligeramente la cabeza, algo avergonzado.

 No sabía que me conocieras.

 Ella dejó escapar una risa suave.

 Mucho más de lo que imaginas.

 Lo tomó del brazo y lo condujo al interior.

 El salón estaba lleno de música, humo azul y un rumor incesante de conversaciones. Todo poseía una cualidad extraña: era irreal y cercano al mismo tiempo.

 Junto a una barra, con un cigarrillo entre los labios y una copa en la mano, lo saludó un sonriente Humphrey Bogart.

 Siempre acabas encontrando el camino. Me alegra mucho verte.

Hablaron como viejos conocidos.

 Poco a poco se formó un corrillo a su alrededor. Los rostros le resultaban familiares, aunque no lograba recordar exactamente por qué.

 Ava Gardner apareció entre las sombras con una copa de champán.

 Magnífica. Inalcanzable. Tan hermosa como siempre la había soñado.

 Por los fieles dijo, ofreciéndole la bebida.

 Él aceptó.

 Todos parecían conocerlo. Todos parecían alegrarse sinceramente de verlo. Nadie le pedía explicaciones. Nadie le exigía recuerdos.

 Por primera vez en mucho tiempo no tenía que esforzarse por reconocer nombres ni reconstruir el mundo fragmento a fragmento.

 Simplemente estaba allí. Y era suficiente.

 Mientras tanto, la búsqueda continuaba.

 La policía recorrió las calles cercanas. Se revisaron estaciones de autobús, parques y cafeterías.

La hija respondió preguntas mecánicamente.

 —¿Llevaba documentación?

 - ¿Podía orientarse?

 —¿Había hablado recientemente de algún lugar?

 Negó con la cabeza.

 Entonces recordó algo. El periódico de su habitación. Waldorf. No le había dado importancia.

Ahora, sin embargo, el nombre regresaba con una nitidez inquietante.

 En la fiesta, Sofía Loren conversaba junto a un piano.

 Al verlo acercarse, le dedicó una sonrisa pícara envuelta en un halo de ternura. Cuántas veces la había contemplado en la pantalla.

 Siguió avanzando entre los invitados y entonces apareció ella. Seguía siendo la mujer imposible de los años remotos. La mujer cuyos carteles habían provocado confidencias culpables en los confesionarios por parte de tantos adolescentes en aquella España gris del nacionalcatolicismo.

 Rita Hayworth.

 Se inclinó hacia él.

 Sé un secreto.

 —¿Cuál?

 Que siempre me quisiste.

 Él bajó la mirada, tímido. Rita soltó una carcajada cristalina y echó hacia atrás la melena. A su alrededor, las risas se mezclaron con la música. La sala parecía agrandarse. Las voces se confundían con una emoción que él conocía perfectamente.

 Todo el grupo lo acompañó hasta una flamante butaca y lo invitó a sentarse.

Gracias por estar siemprele dijeronpor quedarte hasta el final.

 Entonces lo invadió una sensación profunda y reconfortante: estaba en casa.

 Al mismo tiempo, la hija comprendió. No fue una deducción lógica. Fue una intuición. Un fogonazo. Tomó el coche y pidió a dos cuidadores que la acompañaran. Condujo hasta las afueras de la ciudad.

 El viejo cine Waldorf se alzaba detrás de las vallas de obra como un transatlántico abandonado.

Aún no habían comenzado las tareas de demolición.

 Saltaron el cerramiento y entraron por una puerta lateral forzada. Dentro los esperaba el silencio. El vestíbulo estaba cubierto de polvo. Los carteles se deshacían lentamente sobre las paredes.

 Avanzaron por el pasillo central. Y allí, al fondo de la gran sala vacía, lo encontraron.

Yacía tendido frente a la pantalla. Inmóvil. Pequeño.

 La hija corrió hacia él. Durante un segundo no supo si respiraba. Luego percibió el movimiento apenas visible de su pecho. Y aquella sonrisa. Una sonrisa profunda y serena que hacía años que no aparecía en su rostro. Entonces recordó.

 Antes de que la enfermedad borrara calles, nombres y fechas; antes incluso de ser su padre, aquel hombre había sido acomodador del Waldorf. Había pasado años guiando espectadores con una linterna entre la penumbra.

 Años viendo desfilar amores, aventuras y milagros en sesiones continuas que parecían no terminar nunca. Las películas habían iluminado una existencia humilde, gris a veces, difícil casi siempre.

 Le habían regalado países que jamás visitó, romances que nunca vivió y héroes que lo acompañaron cuando el mundo real resultaba demasiado estrecho.

 Frente a aquella pantalla vacía comprendió que la memoria había ido cerrando puertas una tras otra. Pero había una que permanecía abierta. La última. La más luminosa.

 Quizá, mientras el edificio aguardaba la demolición, en algún rincón secreto de su mente seguía proyectándose la película. Y todos los que alguna vez habitaron la luz del celuloide habían acudido a despedirlo.

 Como en una sesión continua. Como si la función, para él, nunca hubiera terminado.

 

CINE DE VERANO                                           MARÍA ISABEL RUANO

En la parte alta del pueblo, en una calle sin salida bordeada de naranjos, todavía se puede leer, sobre una desconchada pared, el rotulo de Cine. Cada vez que paso por allí me invade un poso de melancolía y no porque yo fuera muchas veces a ese cine precisamente, al del pueblo.

Para empezar, no vivía allí pero si pasaba las vacaciones bajo la tutela de una tía por lo que los horarios eran estrictos y la libertad escasa. Motivos por los que, las pocas veces que fui, lo hice con la compañía de una prima mayor encargada de cuidarme, objetivo nada más lejos de su intención ya que su prioridad era encontrarse con su novio adolescente y escaparse en la oscuridad de la noche.

La entrada del cine de verano estaba en la otra parte de la calle, tras una enorme verja que daba acceso a un alegre huerto lleno de plantas y con una enorme lona blanca clavada en la pared. Ir al cine era una fiesta. Además de las monedas necesarias para pagar la entrada, íbamos aprovisionados de las ricas chucherías que podíamos comprar los domingos a la salida de la misa.

Antes de que la Benitilla pusiera una tienda, justo al lado de mi casa en la calle Real, sólo teníamos dos opciones para comprarlas, la tienda de Mary Lú” o los Carameleros”. La de Mary Lú estaba en un soportal de la plaza y ocupaba la parte baja de su vivienda. Diminuta como era, a mí, me parecía un universo de color e incluso de placeres insinuados y sin descubrir ya que, además de las chuches y de los envases llenos de confeti con forma de biberón, martillos o muñecos que eran mis preferidos, vendía cuentos, novelas del oeste o románticas. No sabría definir cuales me atraían más, en primer lugar, los cuentos. Allí compré uno de los primeros que tuve, Nina” que aún conservo con un cariño muy especial. Después las novelas del Oeste ya que mi hermano se pasaba el día jugando con los indios y los americanos de plástico que también vendían en esa tienda y, de una manera casi pecaminosa, las románticas. Entre los escarceos de mi prima la mayor con su novio y las portadas de esas novelitas que May Lú, colgaba con pinzas en una cuerda, a mí se me antojaba que aquel era un mundo muy, pero muy atractivo por descubrir. Tenía entonces doce años, me encantaba jugar con las muñecas y era una auténtica niña.

Pero en donde me gustaba comprar aún más los tesoros gustativos era en el carro que el matrimonio formado por Epifanio y María paseaba por todo el pueblo. Perfectamente equipado con compartimentos de corcho dentro de un gran cuadrado de madera las chuches estaban al alcance de la mano y no te regañaban si las tocabas. Tal vez porque no tenían hijos, eran más tolerantes con los niños. Con el tiempo descubrí que tuvieron uno, pero se les murió. Aunque la verdad, Mary Lú también me trataba con cariño, ya que, por ser soltera, se rumoreo que podría ser una buena candidata para casarse con mi viudo padre. Eso también lo descubrí pasado un tiempo.

Para el cine de verano teníamos que llevarnos una rebequita porque refrescaba mucho por la noche y además como regaban el huerto cada día, la humedad te hacía pasar frío. Las sillas eran metálicas y estaban pintadas de diversos colores, llenas de desconchones y eran muy incómodas. En aquella época las chicas, no llevábamos pantalones, las faldas se me quedaban cortas de un verano para otro y los hierros terminaban por clavarse hasta la entretela de las bragas.

Me costaba concentrarme en las películas porque la gente hablaba alto, se reían de manera muy escandalosa, todos comíamos chucherías, pipas en especial, las palomitas no eran conocidas por entonces excepto las que, en alguna ocasión, se hacían en casa a la lumbre con una mazorca de maíz. El aire movía las lonas distorsionando las imágenes y además, cuando llegaba la hora de regresar a casa, aunque no hubiera terminado la película, teníamos que salir corriendo si queríamos evitar un castigo.

A pesar de todo esto, la sensación de verano, la incipiente libertad, el erotismo que era capaz de sentir en los arrumacos de mi prima y el poder mirar al cielo contemplando las estrellas, se han quedado en mi memoria con una pátina de ocre melancolía.


 

CENTAUROS DEL DESIERTO, HOY                                           JUAN SANTOS

 

Centauros del Desierto de John Wayne es una película que dejó huella en mi juventud. Recuerdo que la vi en el cine de verano de mi pueblo. Los cuatro amigos nos sentamos en la misma fila, cada uno con nuestra gaseosa y con nuestro entusiasmo particular. Por la tarde habíamos visto, en los soportales de la plaza, la pizarra anunciadora y las carteleras con los fotogramas más representativos. La peli tenía buena pinta. Así que apartamos de la paga dominical las cinco pesetas de la entrada y esperamos con impaciencia la hora de la función. Todos salimos encantados de ella.

Hoy he vuelto a verla en la tele y la misma película, pasados cincuenta años, confieso que me ha decepcionado. Me hubiera gustado tener a mis amigos en mi salón, con una cerveza en la mano, para comprobar si los cuatro nos seguíamos emocionando con el valle de Arizona, con la imagen de John Wayne ataviado con su sombrero negro y su pañuelo rojo al cuello. Y, sobre todo, saber si aplaudirían cuando el bueno persigue con su caballo a los indios malos.

De aquella noche, recuerdo también que, a la salida, ebrios de cine, todos nos mirábamos con cara de pistoleros.

Hoy no ha sido una decepción brusca, sino más bien una incomodidad que ha ido creciendo poco a poco, como una espina que no estaba antes. Mientras avanzaban las escenas, me costaba reconocer la película que tanto me había impresionado. Por eso me hubiera gustado compartirla con mis amigos. A ver si ellos habían cambiado de parecer y el raro soy yo.

John Wayne era un héroe que cabalgaba y actuaba con firmeza, yo quería ser como él cuando fuera mayor. Pero hoy, sentado frente a la pantalla, no he podido dejar de fijarme en aquello que antes pasaba desapercibido: la forma en que se retrata a los indios, como enemigos salvajes, malvados y peligrosos que amenazaban a los colonos blancos.

Entonces el propio personaje de Ethan ha empezado a resultarme inquietante. Su mirada, su dureza, su obsesión… ya no las veía como rasgos de grandeza, sino como señales de un odio que lo consume todo. Me he sorprendido a mí mismo tomando distancia, como si ya no pudiera acompañarlo en su viaje.

Quizá lo que más me ha removido no es la película en sí, sino el contraste entre aquel chico que aplaudía en el cine de verano y el hombre que hoy la observa con desconfianza. Antes, todo era más sencillo; ahora, en cambio, las historias se llenan de matices, y los héroes dejan de ser intocables.

Así he terminado de verla con una sensación extraña, casi melancólica. Como si, junto con la película, también hubiera perdido una parte de aquella mirada limpia de juventud. Y, sin embargo, en el fondo, sospecho que este modo de mirar, más incómodo, pero también más consciente, es lo único que de verdad me pertenece.