SESION CONTINUA MANUEL
GIL
La desaparición se descubrió
después del desayuno.
La silla estaba vacía junto a
la ventana donde cada mañana se sentaba a contemplar un jardín que ya no
reconocía. Los cuidadores registraron la residencia con una tranquilidad
profesional que, poco a poco, fue transformándose en inquietud. Revisaron
salones, almacenes, patios y pasillos. Preguntaron a otros residentes, aunque
muchos vivían atrapados en sus propios laberintos.
Nadie lo había visto salir.
Llamaron a su hija.
Cuando llegó, encontró una habitación ordenada. Nada parecía fuera de lugar,
salvo un periódico sobre la mesilla. Estaba doblado por una página en la que,
entre anuncios y esquelas, destacaba un titular:
«Comienza esta
semana la demolición del cine Waldorf».
Lo miró sin prestarle
demasiada atención. Después lo dejó donde estaba.
Mientras tanto, en algún otro
rincón de la ciudad, un hombre caminaba con determinación. Iba a una fiesta.
No sabía exactamente dónde se
celebraba. Sin embargo, sus pasos avanzaban con una seguridad sorprendente,
como si siguieran un sendero aprendido mucho tiempo atrás.
La tarde estaba teñida de un resplandor dorado.
Al llegar a la entrada, una
mujer de sonrisa luminosa abrió los brazos.
—Qué alegría volver a
verte.
Era Lana Turner.
La elegancia de su vestido
parecía tejida con luz. Él inclinó ligeramente la cabeza, algo avergonzado.
—No sabía que me conocieras.
Ella dejó escapar una risa
suave.
—Mucho más de lo que imaginas.
Lo tomó del brazo y lo condujo
al interior.
El salón estaba lleno de
música, humo azul y un rumor incesante de conversaciones. Todo poseía una
cualidad extraña: era irreal y cercano al mismo tiempo.
Junto a una barra, con un
cigarrillo entre los labios y una copa en la mano, lo saludó un sonriente
Humphrey Bogart.
—Siempre acabas encontrando el camino. Me alegra
mucho verte.
Hablaron como viejos conocidos.
Poco a poco se formó un
corrillo a su alrededor. Los rostros le resultaban familiares, aunque no lograba
recordar exactamente por qué.
Ava Gardner apareció entre las
sombras con una copa de champán.
Magnífica.
Inalcanzable. Tan hermosa como siempre la había soñado.
—Por los fieles —dijo, ofreciéndole la bebida.
Él aceptó.
Todos parecían conocerlo. Todos parecían
alegrarse sinceramente de verlo. Nadie le pedía explicaciones. Nadie le exigía
recuerdos.
Por primera vez en mucho tiempo
no tenía que esforzarse por reconocer nombres ni reconstruir el mundo fragmento
a fragmento.
Simplemente estaba allí. Y era
suficiente.
Mientras tanto, la búsqueda
continuaba.
La policía recorrió las calles cercanas. Se
revisaron estaciones de autobús, parques y cafeterías.
La hija respondió preguntas
mecánicamente.
—¿Llevaba documentación?
- ¿Podía orientarse?
—¿Había hablado recientemente
de algún lugar?
Negó con la cabeza.
Entonces recordó algo. El periódico de su habitación. Waldorf. No le había
dado importancia.
Ahora, sin embargo, el nombre
regresaba con una nitidez inquietante.
En la fiesta, Sofía Loren conversaba junto a un piano.
Al verlo acercarse, le dedicó
una sonrisa pícara envuelta en un halo de ternura. Cuántas veces la había
contemplado en la pantalla.
Siguió avanzando entre los
invitados y entonces apareció ella. Seguía siendo la mujer imposible de los años remotos. La mujer cuyos carteles habían provocado confidencias culpables en los
confesionarios por parte de tantos adolescentes en aquella España gris del nacionalcatolicismo.
Rita
Hayworth.
Se inclinó hacia él.
—Sé un secreto.
—¿Cuál?
—Que siempre me quisiste.
Él bajó la mirada,
tímido. Rita soltó una carcajada cristalina y echó hacia atrás la melena. A su
alrededor, las risas se mezclaron con la música. La sala parecía agrandarse. Las
voces se confundían con una emoción que él conocía perfectamente.
Todo el grupo lo acompañó hasta
una flamante butaca y lo invitó a sentarse.
—Gracias por estar siempre—le dijeron—por quedarte
hasta el final.
Entonces lo invadió una
sensación profunda y reconfortante: estaba en casa.
Al mismo tiempo, la hija
comprendió. No fue una deducción lógica. Fue una intuición. Un fogonazo. Tomó el coche y
pidió a dos cuidadores que la acompañaran. Condujo hasta las afueras de la
ciudad.
El viejo cine Waldorf se alzaba
detrás de las vallas de obra como un transatlántico abandonado.
Aún no habían comenzado las
tareas de demolición.
Saltaron el cerramiento y
entraron por una puerta lateral forzada. Dentro los esperaba el silencio. El vestíbulo
estaba cubierto de polvo. Los carteles se deshacían lentamente sobre las
paredes.
Avanzaron por el pasillo
central. Y allí, al fondo de la gran sala vacía, lo encontraron.
Yacía tendido frente a la
pantalla. Inmóvil. Pequeño.
La hija corrió hacia él. Durante un segundo
no supo si respiraba. Luego percibió el movimiento apenas visible de su pecho. Y
aquella sonrisa. Una sonrisa profunda y serena que hacía años que no aparecía
en su rostro. Entonces recordó.
Antes de que la enfermedad borrara
calles, nombres y fechas; antes incluso de ser su padre, aquel hombre había
sido acomodador del Waldorf. Había pasado años guiando espectadores con una
linterna entre la penumbra.
Años viendo desfilar amores,
aventuras y milagros en sesiones continuas que parecían no terminar nunca. Las películas
habían iluminado una existencia humilde, gris a veces, difícil casi siempre.
Le habían regalado países que jamás visitó, romances que nunca
vivió y
héroes que lo
acompañaron cuando el mundo real resultaba demasiado estrecho.
Frente a aquella pantalla vacía comprendió que la memoria había ido
cerrando puertas una tras otra. Pero había una que permanecía abierta. La última. La más luminosa.
Quizá, mientras el edificio
aguardaba la demolición, en algún rincón secreto de su mente seguía proyectándose la película. Y todos los que alguna vez habitaron la luz del
celuloide habían acudido a despedirlo.
Como en una sesión continua. Como si la función, para él, nunca hubiera terminado.
CINE DE VERANO MARÍA
ISABEL RUANO
En la parte alta
del pueblo, en una calle sin salida bordeada de naranjos, todavía se puede leer, sobre una desconchada pared, el
rotulo de “Cine”. Cada vez que paso por allí me invade un poso de melancolía y no porque yo fuera muchas veces a ese cine
precisamente, al del pueblo.
Para empezar, no
vivía allí pero si pasaba las vacaciones bajo la tutela de una
tía por lo que los horarios eran estrictos y la
libertad escasa. Motivos por los que, las pocas veces que fui, lo hice con la
compañía de una prima mayor encargada de cuidarme, objetivo nada más lejos de su intención ya que su prioridad era
encontrarse con su novio adolescente y escaparse en la oscuridad de la noche.
La entrada del cine
de verano estaba en la otra parte de la calle, tras una enorme verja que daba
acceso a un alegre huerto lleno de plantas y con una enorme lona blanca clavada
en la pared. Ir al cine era una fiesta. Además de las monedas necesarias para pagar la entrada, íbamos aprovisionados de las ricas chucherías que podíamos comprar los domingos a la salida de la misa.
Antes de que la
Benitilla pusiera una tienda, justo al lado de mi casa en la calle Real, sólo
teníamos dos opciones para comprarlas, la tienda de “Mary Lú” o los “Carameleros”. La de Mary Lú estaba en un soportal de la plaza y ocupaba la parte
baja de su vivienda. Diminuta como era, a mí, me parecía un universo de color e incluso de placeres
insinuados y sin descubrir ya que, además de las chuches y de los envases llenos de confeti
con forma de biberón, martillos o muñecos que eran mis preferidos, vendía cuentos, novelas del oeste o románticas. No sabría definir cuales me atraían
más, en primer lugar,
los cuentos. Allí compré uno de los primeros que tuve, “Nina” que aún conservo con un cariño muy especial. Después
las novelas del Oeste ya que mi hermano se pasaba el día jugando con los indios y los americanos de plástico que también vendían en esa tienda y, de una manera casi pecaminosa,
las románticas. Entre los escarceos de mi prima la mayor con
su novio y las portadas de esas novelitas que May Lú, colgaba con pinzas en una cuerda, a mí se me antojaba que aquel era un mundo muy, pero muy
atractivo por descubrir. Tenía entonces doce años, me encantaba jugar con las
muñecas y era una auténtica niña.
Pero en donde me
gustaba comprar aún más los tesoros gustativos era en el carro que el
matrimonio formado por Epifanio y María paseaba por todo el pueblo. Perfectamente equipado
con compartimentos de corcho dentro de un gran cuadrado de madera las chuches
estaban al alcance de la mano y no te regañaban si las tocabas. Tal vez porque
no tenían hijos, eran más tolerantes con los niños. Con el tiempo descubrí que tuvieron uno, pero se les murió. Aunque la
verdad, Mary Lú también
me trataba con cariño, ya que, por ser soltera, se rumoreo que podría ser una buena candidata para casarse con mi viudo
padre. Eso también lo descubrí pasado un tiempo.
Para el cine de
verano teníamos
que llevarnos una rebequita porque refrescaba mucho por la noche y además como regaban el huerto cada día, la humedad te hacía pasar frío. Las sillas eran metálicas y estaban pintadas de diversos colores, llenas
de desconchones y eran muy incómodas. En aquella época
las chicas, no llevábamos pantalones, las faldas se me quedaban cortas de un verano para
otro y los hierros terminaban por clavarse hasta la entretela de las bragas.
Me costaba
concentrarme en las películas porque la gente hablaba alto, se reían de manera muy escandalosa, todos comíamos chucherías, pipas en especial, las palomitas no eran
conocidas por entonces excepto las que, en alguna ocasión, se hacían en casa a la lumbre con una mazorca de maíz. El aire movía las lonas distorsionando las imágenes y además, cuando llegaba la hora de regresar a casa, aunque
no hubiera terminado la película, teníamos
que salir corriendo si queríamos evitar un castigo.
A pesar de todo
esto, la sensación de verano, la incipiente libertad, el erotismo que era capaz
de sentir en los arrumacos de mi prima y el poder mirar al cielo contemplando
las estrellas, se han quedado en mi memoria con una pátina de ocre melancolía.
CENTAUROS
DEL DESIERTO, HOY JUAN
SANTOS
Centauros del Desierto de John Wayne es una película que
dejó huella en mi juventud. Recuerdo que la vi en el cine de verano de mi
pueblo. Los cuatro amigos nos sentamos en la misma fila, cada uno con nuestra
gaseosa y con nuestro entusiasmo particular. Por la tarde habíamos visto, en
los soportales de la plaza, la pizarra anunciadora y las carteleras con los
fotogramas más representativos. La peli tenía buena pinta. Así que apartamos de
la paga dominical las cinco pesetas de la entrada y esperamos con impaciencia
la hora de la función. Todos salimos encantados de ella.
Hoy he vuelto a verla en la tele y la misma película,
pasados cincuenta años, confieso que me ha decepcionado. Me hubiera gustado
tener a mis amigos en mi salón, con una cerveza en la mano, para comprobar si
los cuatro nos seguíamos emocionando con el valle de Arizona, con la imagen de
John Wayne ataviado con su sombrero negro y su pañuelo rojo al cuello. Y, sobre
todo, saber si aplaudirían cuando el bueno persigue con su caballo a los indios
malos.
De aquella noche, recuerdo también que, a la salida,
ebrios de cine, todos nos mirábamos con cara de pistoleros.
Hoy no ha sido una decepción brusca, sino más bien una
incomodidad que ha ido creciendo poco a poco, como una espina que no estaba
antes. Mientras avanzaban las escenas, me costaba reconocer la película que
tanto me había impresionado. Por eso me hubiera gustado compartirla con mis
amigos. A ver si ellos habían cambiado de parecer y el raro soy yo.
John Wayne era un héroe que cabalgaba y actuaba con
firmeza, yo quería ser como él cuando fuera mayor. Pero hoy, sentado frente a
la pantalla, no he podido dejar de fijarme en aquello que antes pasaba
desapercibido: la forma en que se retrata a los indios, como enemigos salvajes,
malvados y peligrosos que amenazaban a los colonos blancos.
Entonces el propio personaje de Ethan ha empezado a
resultarme inquietante. Su mirada, su dureza, su obsesión… ya no las veía como
rasgos de grandeza, sino como señales de un odio que lo consume todo. Me he
sorprendido a mí mismo tomando distancia, como si ya no pudiera acompañarlo en
su viaje.
Quizá lo que más me ha removido no es la película en sí,
sino el contraste entre aquel chico que aplaudía en el cine de verano y el
hombre que hoy la observa con desconfianza. Antes, todo era más sencillo;
ahora, en cambio, las historias se llenan de matices, y los héroes dejan de ser
intocables.
Así he terminado de verla con una sensación extraña, casi
melancólica. Como si, junto con la película, también hubiera perdido una parte
de aquella mirada limpia de juventud. Y, sin embargo, en el fondo, sospecho que
este modo de mirar, más incómodo, pero también más consciente, es lo único que
de verdad me pertenece.