19/09/2025

EL PAPEL DOBLADO 2

 

LO QUE EL FUEGO NO SE LLEVÓ                               ANTONIO LLOP

Después de que los médicos le anunciaran que su cuerpo no aguantaría otro invierno más, el Rey Gandulfo reflexionó con pesar sobre su herencia. Su preocupación no era tanto por el reparto de sus tierras y riquezas como por su trono. No consideraba a ninguno de sus tres descendientes digno de ser Rey.

Su hijo mayor era despótico y violento, y se escudaba en su prerrogativa real para asesinar a cualquier persona que se opusiera a sus caprichos. Sin embargo, esa violencia no le hacía buen guerrero ya que en las batallas solo intervenía de forma sanguinaria cuando el enemigo escapaba por el empuje de su propio padre al frente de sus más valientes caballeros.

Su segundo hijo ni siquiera entraba en batalla. Solo gustaba de fiestas palaciegas y damas que se rendían ante su sangre real. Siempre estaba ebrio y completamente despreocupado de los problemas del Reino.

Su tercer descendiente era una mujer. Una joven rebelde que unos meses antes se había escapado del Palacio y hasta ahora ni el más intrépido capitán de la guardia real había conseguido averiguar su paradero.

En esa recapitulación de su vida ante la proximidad de su muerte, el Rey se dio cuenta de que ninguno de sus tres hijos le había dado nunca una sola muestra de cariño. Entonces se le ocurrió ponerlos a prueba. Reunió a su Consejo para ignorar la costumbre de otorgar la corona al hijo mayor. Dictó un decreto en el que exponía su voluntad de que su heredero sería el que de todos sus hijos le hiciera el regalo más placentero. Tenían de plazo toda esa primavera y el verano siguiente. Cuando empezaran las primeras lluvias de su último otoño, él elegiría al candidato más digno de ostentar el título de Rey. El decreto fue comunicado en persona a sus dos hijos. Para que su hija tuviera las mismas posibilidades, a pesar de su ausencia, el Rey consideró de justicia publicar un bando y difundirlo por todo el Reino.

El hijo mayor, en principio, protestó por haber sido despojado de sus derechos, pero sabiendo de la resolución de su progenitor no insistió. De todas formas, creía conocer los gustos del Rey y estaba seguro de ganar el certamen.

El segundo hijo no tenía especial interés en complicarse la vida asumiendo responsabilidades de gobierno, pero comprendiendo las riquezas a las que accedería siendo Rey, decidió participar.

De la hija no se sabía nada. Los bandos habían recorrido el Reino difundiendo el decreto real, pero no habían obtenido la certeza de su recepción por la infanta.

Trascurrido el plazo, sentado en el trono del Salón Real rodeado de toda la corte y con sus médicos cerca, el Rey Gandulfo se dispuso a recibir las ofertas de sus hijos.

El hijo mayor se adelantó, sacó una espada de una funda ricamente adornada y con ella plana entre sus manos abiertas se la ofreció a su padre con una ligera reverencia, mientras decía:

-Aquí tenéis Majestad. Elegida entre más de cien espadas. Otros tantos herreros han trabajado día y noche en sus fraguas durante todo este tiempo. Su metal es de la más poderosa aleación conocida y en su puño están engarzadas las más raras piedras preciosas. Así mismo, un hilo de oro recorre todo su cuerpo. ¡Un arma que podréis teñir de sangre enemiga muchos años más!

El Rey acogió el regalo con gesto cansado y una ligera inclinación de cabeza. Entre los cortesanos corrían murmullos de aprobación.

El hijo segundo portaba un estuche de madera noble entre sus manos. De él extrajo una hermosa copa y se la mostró a su padre, al tiempo que decía:

-Mi amado Rey. Mi cariño hacia su majestad me ha llevado a ordenar a más de doscientos orfebres una copa semejante a la que los escritos reflejan como la del Santo Grial. Como ve su cuenco es de calcedonia pulida y está rodeada de una corona de oro y piedras preciosas. El cuello y el pie también están recubiertos de tan rico metal. Espero que no solo admire su ornamentación, sino que pueda beber en ella el más dulce vino de nuestras viñas durante la celebración de las victorias de sus próximas batallas.

También el Rey acogió el regalo de su segundo hijo con solemnidad, pero sin dar en ninguno de los dos casos muestras de preferencia.

El silencio se hizo en el salón real. Era el turno de la princesa rebelde cuya presencia nadie detectaba. La corona se la disputarían entre sus dos hijos ¿Quién sería el ganador? Ya iba el Rey a pronunciar su dictamen cuando se escuchó un murmullo que venía de la entrada del salón. Los allí congregados abrían paso a una joven vestida con una sencilla túnica de color pardo. El Rey reconoció con dificultad a su hija que se acercaba erguida con paso decidido. Cuando llegó a su altura la muchacha se arrodilló.

-Padre –dijo- me he enterado con tristeza de que el paso de los años, las heridas de su última batalla y las preocupaciones del gobierno le han puesto en la antesala de la muerte. Quiero pedirle perdón por si mi ausencia voluntaria estos últimos años también ha contribuido a quebrantar su salud. Mi infancia fue feliz, con mi madre y el preceptor que me asignasteis. Ellos me enseñaron los saberes necesarios y las fórmulas de cortesía adecuadas para moverme en Palacio. Con lo que ellos me contaron y lo que me refirió la abuela antes de morir, comencé a escribir la historia de nuestra dinastía. Luego sucedió aquella desgracia que llevó a la muerte a mi madre. Entonces ya no me sentía con ganas de continuar mis escritos y los guardé. Cuando me asignasteis una nueva dueña mi vida cambió. Ella descubrió mis escritos y los echó al fuego. Me reprendió por hacer menesteres propios de juglares y no dedicar mi tiempo a hilar en la rueca. Los llegué a reescribir a escondidas, pero las damas que ella había escogido para mi servicio en realidad lo estaban al suyo y le confesaron mi actividad prohibida. Esa vez el fuego se llevó también mis plumas de ganso y el resto de mis pergaminos. Además, la dueña me castigó encerrándome en mis aposentos bajo la vigilancia de mis damas. En un descuido de mis guardianas me escapé. Usted no se pudo enterar de esos hechos porque estaba en la última de sus exitosas campañas guerreras. Deambulé por aldeas del Reino hasta que un matrimonio de campesinos me acogió. En ningún momento les dije mi verdadera personalidad. Ahora vivo con el hijo de esa familia, que aún no sabe que soy la hija de su Rey. Y soy muy feliz. 

Al escuchar estas palabras, Gandulfo pareció desvanecerse. Auxiliado por sus médicos, que no se apartaban de él, recobró su dignidad y, con voz templada, dijo:

-Vuestro relato me ha conmovido, pero estamos aquí para que me mostréis vuestro cariño. Ved los ricos presentes de vuestros hermanos.  ¿Cuál es el vuestro?

La muchacha se incorporó, dirigió la mano a su bolsillo y extrajo de él un papel doblado. Se lo entregó al Rey, al tiempo que decía:

-Padre, éste es mi regalo.

Sus hermanos la miraban sonriendo con ironía. La vulgaridad de ese regalo era evidente, y la comparación con los suyos rozaba la afrenta. El Rey no dudaría en arrojarlo a su cara por falta de decoro. La muchacha continuó con voz firme:

-Hubo algo que el fuego no se llevó: mi memoria. Mi regalo es un poema épico en el que narro su última campaña guerrera. Pero le advierto que estos versos serán diferentes de los que los juglares de Palacio hayan podido registrar. Yo ya no estaba en la Corte y las he escrito con los ojos del pueblo. Así, su majestad podrá enterarse de lo que los súbditos piensan de su Rey.

Sus hermanos y algunos caballeros de la guardia echaron mano a sus armas por la insolencia de la muchacha. El Rey aún pudo componer una mirada autoritaria con sus cansados ojos para ordenar calma.

-Una última cosa, padre –agregó la muchacha con voz quebrada-. No me mueve la codicia por lo que no deseo ninguna heredad. Solo pretendo, antes de volver a la aldea, quedarme a su lado hasta el final. Le reconfortaría con mi presencia en los momentos más duros y compartiría su silencio durante el sueño.

El papel temblaba en la mano del Rey, cuyo brazo ofreció a su hija y desapareció con ella camino de sus aposentos. Sus hijos quedaron asombrados al ver sus ricos presentes olvidados a los pies del trono.

Gandulfo ordenó encerrar a la dueña insidiosa y mandó llamar a su lecho al Notario Mayor al que dictó su testamento. Repartiría el Reino entre sus dos hijos, que estarían tutelados por el Consejo al que obligatoriamente habrían de escuchar antes de tomar decisiones importantes. También dispuso, a petición de su hija, rebajar en buena suma los impuestos que se cobraban a sus súbditos.

Durante el mes que aún vivió, el Rey le pidió a la muchacha que todas las noches le recitara algunas estrofas del poema de su última batalla.


 

TRAPISONDA                                                             ARACELI DEL PICO

 

   Creo que he sido uno de los cabronazos más grandes que han existido. Que por qué he sido así? Y yo qué sé. Porque mis padres eran… Bueno mi madre aún vive y lo debe estar pasando fatal por mi culpa, y debería estar dando saltos de alegría, porque menudo vivo que se ha quitado de encima. Bueno, como decía, mis padres siempre han gozado de una excelente reputación y yo solo he oído decir maravillas de ellos. Lo he tenido todo y por encima de mis posibilidades. Lo pienso reposadamente y creo que ese ha sido su fallo. Pero he nacido con arte para la manipulación y la he llevado hasta el extremo siempre que he podido.

 

   Y he podido siempre. Bueno, nada es para siempre.

 

   Marcos, mi compañero de cole, desde la infancia, siempre me había sacado las castañas del fuego. Algunas veces me advertía que extremara las precauciones, porque si nos pillaban era él quien se la iba a cargar.

 

Te lo pido por favor Felipe. Intenta hacer los deberes alguna vez por tu cuenta. Si D. Argimiro nos descubre, suspendemos los dos.

Jo tío, cada día eres más pánfilo. Llevamos haciendo esto desde hace mil años y piensas que nos van pillar? Ahora que tenemos un arte… ¡venga ya!

 

   Pues nos pillaron. Marcos me pasaba la “chuleta” para resolver el cuestionario y no llegué a tiempo de cogerla, se me resbaló. D. Argimiro, miró por encima de sus gafas un tanto viejunas, tipo “Quevedos” y con la precisión de un ave de rapiña, se agachó al suelo a recoger el papelito. Lo desdobló y vio la sabiduría de Marcos reflejada con esmero en el escrito, que iba dirigido a mí.

 

-          De quién es?

-          De Marcos. He visto como se le caía de las manos.

 

    Respondí sin dudarlo. A él, le expulsaron de clase. Yo empecé a fingir un inesperado malestar, para evitar hacer el examen del que no tenía ni la más mínima idea y D. Argimiro dijo, que podía salir e irme a casa.

 

    Marcos expulsado de clase lloraba en el patio como un descosido. Me vio salir tan campante, me freno y se atrevió a pedirme explicaciones.

 

-          Joer chico, tampoco es para tanto, respondí.

 

   Me atizó un mamporro. Caí al suelo con la nariz llena de sangre. Y entré en la enfermería a que me curaran. A la pregunta de quién me había hecho esto, respondí sin dudar. Marcos.

 

   El resultado fue que le expulsaron del colegio. Nunca más volví a verle. Tampoco le eché de menos.

 

   Y así, cuando alcancé la mayoría de edad, era sabedor de todas las tretas y trapisondeces  que hay que saber para triunfar en la vida.

 

   A la pregunta de mis padres, de que iba ser en el futuro, contesté sin dilación. Seré político. Mi madre intervino, mientras mi padre ponía los ojos como platos.

 

-          Pero hijo por Dios, eso es muy comprometido. Y de gran responsabilidad. Y la verdad no  te veo yo, como adalid de una determinada causa.

-          No te preocupes, crearé un nuevo partido. Seré el mejor. Y las masas gritarán mi nombre enloquecidas.

 

   Y en efecto, creé mi propio partido político. Las siglas PHP (Podemos Honrar la Patria) Aunque algunas personas con el criterio menguado, lo traducían como (Puercos Hijos de Puta). A éstos les ponía habilidosas zancadillas hasta que desaparecían de mi vista. No me costaba demasiado.

 

   Mi padre, todo honradez, veía como cultivaba con esmero mis desmanes. Y sabiendo que se aproximaban las próximas elecciones, temió que el pueblo donde había germinado la semilla del mal, que yo había esparcido y regado, con el carisma propio de un descerebrado que solo piensa en si mismo, estuvo el primero en el colegio electoral. Se apropió de todas las papeletas. Las metió en otra bolsa que llevaba preparada y una vez en casa las quemó.

 

   Pobre iluso. No pensó que colegios electorales había en todos los barrios. Y muy a su pesar salí elegido por mayoría absoluta. Tan solo en la Zona de Arganzuela, no conseguí ni un voto. Para él fue un disparate, que no pudo soportar. Al día siguiente palmaba de un infarto bien merecido.

 

   Mi apoyo en el “desgobierno” venia de Clara. Única. Adivinaba mis pensamientos y ejecutaba mis órdenes al milímetro. Todo con ella era perfecto. El único fallo es que tenía un novio un tanto posesivo. Para mí eso no suponía problema alguno. Y decidí que de hoy no pasaba.

 

Clara, hace una cenita esta noche? Tengo algo que consultar contigo y prefiero hacerlo en privado, muy privado.

 

   Aceptó sin dudarlo. Pasé a buscarla, disfrazado. Peluca gris. Grandes gafas de sol y un traje deslucido y feo. Casi no me reconoció. Cuando lo hizo, por el tono de voz, soltó una sonora carcajada. Y en la habitación, dijo:

 

-          Para ser tu día especial, no luces elegante.

-          Cómo sabes que va a ser mi día especial?

-          Lo sé.

 

   Mi imaginación se aceleró desbocada mientras tiraba de mi cabeza hacia atrás. Sonó un ruido seco y sordo. Y sentí un líquido espeso brotar de mi vientre. Lo último que oí fue el portazo, que sonó como un signo de interrogación…


 

EL ANÓNIMO                                                             JUANA DOMÍNGUEZ

Fue curiosidad lo que me generó el  primer poema que encontré en el buzón. Me llevo a fijarme en todas las personas de mi entorno. No cuadraba ninguna con el contenido poético del papel cuidadosamente doblado y con un ligero perfume a rosas,  eso me pareció entonces. Con el tiempo transcurrido no se percibe olor alguno.

((Negra noche en soledad

¿Dónde estás? no te siento.

Acércate a mis ojos,

ven, susúrrame al oído.

Búscame. Ámame))

Ayer tarde cuando abrí el buzón, tenía la esperanza de encontrar otro poema, ya que todos los primeros de mes he estado recibiendo uno.  Creía tener localizado al autor de los mismos. En el tercero vive un señor de buena planta, algo mayor que yo, educado y amable conmigo siempre que coincidimos en el portal. Vive con su madre, a la que cuida  con mimo, según el portero de la finca, aunque éste lo tacha de mariposilla.

El buzón estaba vacío, solo propaganda. Subí a mi casa, mi corazón se desboco, en el suelo estaba lo deseado. Era una cuartilla con cuatro líneas de letras recortadas, formando unas pocas palabras. Cerré la puerta, la mano me temblaba, aquello no era un poema.

No soy consciente de tener enemigos, mi vida es simple. Una relación normal y afectiva con la familia. En la oficina no tengo mucho trato con nadie, mi trabajo me exige concentración, y no creo que nadie me envidie por él, es trabajo mecánico, traducir y redactar correspondencia con la filial de Londres. Mis amigos tienen una vida parecida a la mía y nunca me han demostrado nada fuera de lo normal, algunos desencuentros y muchas risas.

Después de una noche larga y espesa meditando, he decidido presentarme en la comisaría, cercana a mi casa, con los escritos recibidos.

 Aquí sigo, frente a la puerta, reflexionando que hacer. No quiero hacer el ridículo, pero el contenido del último anónimo es tan cruel, que temo por mi vida.


 

EL VENENO DE LA ARAÑA NEGRA                                                    SANTIAGO J. MARTÍN

Era la noche del 29 de marzo de 1969. Mucho tiempo ha trascurrido para que alguien pudiera recordar algo con rotundidad en los detalles. Será mi memoria, alimentada por la gente, lejos de cunetas  y trincheras del miedo, la que me ha guiado con retazos, destellos y briznas por lo que probablemente le ocurrió a Román Peláez, en un pequeño pueblo de la Axarquía.

Allí había nacido él, 50 años antes de esa fecha. Nada hacía presagiar que tuviera que salir de su aldea por motivo alguno. Y no salió. Las grandes razones para permanecer en su pueblo eran: las 20 cabras de su padre, la enfermedad de la madre y los libros heredados de su tío Andrés, que llegó a ser profesor de literatura en Málaga.

Lo tenía todo. Cariño, responsabilidades, preocupaciones, lecturas de Blasco Ibáñez, caricias de  Blasa, la hija más joven del pregonero...

Llegó la guerra. Llegó para todos. Román apenas tenía 18 años. Falseando su cédula de identidad pudo esquivar ir al frente defendiendo al bando republicano.

Pero sobrevino la Desbandada y todo fue de peor a mucho peor. Los falangistas, apoyados por las tropas marroquís de los Regulares de Alhucemas, arrasaron con lo que iban encontrando.

El día que lincharon, hasta la muerte, a su padre, él estaba con las cabras, arriba, en el monte. Blasa fue avisarle y le contó que aquellos ejemplares, heredados de su tío, le habían costado la vida a su padre y que Román, con seguridad, sería el siguiente.

No era la valentía, el arrojo o la rabia lo principal de sus virtudes. El pánico le impulsó a huir y echó a correr hacía el bosque de las Morillas. Allí vivió tres meses. Nada comparable con los 32 años que permaneció escondido después, en la casa, primero deshabitada y luego abandonada, de su prima Rogelia, que murió de triquinosis a principio de los 30, como le ocurrió a la madre de Román.

Nadie supo nada de él. Nadie excepto la persona que le llevaba comida y agua, dos veces por semana, puntualmente, durante todos esos años.

Ningún vecino sabía de su presencia, aunque se contaban historias, se inventaban leyendas y en ninguna salía bien parado el pastor cobarde, que fue como pasó a la posteridad por esos lares.

Ya viejo, rendido, recibió una nota, atada a una piedra. Con ironía, llegó caída del cielo. En ese papel se le avisaba de que esa mano amiga, que todavía le quedaba, nunca más volvería; estaban muy cerca de descubrir sus visitas clandestinas. El recién llegado comandante de puesto de Frigiliana pasaba por ser un consumado cazador de topos, por media España.

Se encontraba muy cansado. Ya no merecía la pena seguir resistiendo y menos, además, absolutamente solo. Aquella noche referida encontró la cuerda necesaria y la viga resistente para su escaso peso.

El 31 de marzo de aquel año se publicó un decreto ley donde quedaban prescritos todos los delitos, probados o no, cometidos durante los últimos 30 años y derivados de la Guerra Civil en España. A Román, le llegó tarde esa fecha y demasiado pronto un papelito doblado por el ventanuco escacharrado de su buhardilla, aparentemente abandonada.