AQUELLA NOTA MANUEL
GIL
“Siempre por mi bien, tú todo lo hacías por
mi bien, y oh, casualidad, mi bien solía coincidir con aquello que tu cabecita
pensante de chica bien de provincias concebía como lo correcto”, pensaba Sofía
mientras cumplía con el penoso deber de desmontar la casa de su madre recién fallecida. Acababa de encontrar,
en una caja, con un delicado candadito, un papel doblado: aquel papel que él le había lanzado por su ventana
después del monumental
desencuentro que, por causas ajenas a ellos, habían sufrido. En aquel momento
no lo desdobló: lo arrojó al
suelo con rabia. Horas después,
atenuado ya el enfado, acudió a buscarlo y no lo encontró; preguntó a su madre,
que dijo no haber visto nada. Después
la ausencia, el silencio, meses, años. El matrimonio que su madre se encargó de
engrasar. No es que hubiera sido un horror, pero…
Ahora había desdoblado el viejo papel y ante ella se había
desplegado el destino: aquel destino lúcido, brillante, colorido; aquel destino
que nunca fue, el que, si hubiera desdoblado el papel, podría haber sido.
MIEDO AL FRACASO JUAN
SANTOS
Hace poco conocí a una mujer en el parque que ha
reactivado mis neuronas. Se me han quitado muchos dolores y me siento bastante
feliz. A ver lo que me dura, porque no me lo acabo de creer.
No sé la edad que tiene, ni se lo voy a preguntar.
Supongo que es algo más joven que yo, aunque eso me da igual. Es guapa, de
trato agradable y me siento muy a gusto cuando estoy a su lado. Yo creo que
también le caigo bien a ella, porque se ríe mucho cuando digo alguna tontería.
Vive sola como yo, pero es muy casera y solo sale los jueves por la tarde. A mí
se me hacen las semanas larguísimas y lo peor de todo es que no tiene teléfono
y no la puedo llamar, ni wasapear con ella. Me gustaría preguntarle algunas
cosas que no me atrevo a decirle a la cara. Si tuviera un móvil sería más fácil
para ella y para mí. Por ejemplo, le preguntaría que si quiere que vivamos
juntos. Y ella me contestaría si o no, con toda franqueza, sin sentir ninguna
vergüenza.
La semana pasada, le eché valor y, antes de despedirnos
se lo pregunté.
― ¿Quieres que vivamos juntos?
―Me da vergüenza decírtelo a la cara. Déjame que ponga la
respuesta por escrito.
Sacó su agenda, cortó una hoja, y tapando la punta del
boli con la mano izquierda, escribió varias palabras. Me extrañó mucho que
tardara tanto. Yo lo que quería es que pusiera SÍ o NO, sin más, pero bueno,
pronto saldría de dudas. Cuando terminó de escribir, lo dobló por la mitad,
rogándome que no lo leyera hasta llegar a mi casa.
Cuando estaba sentado en mi sofá, saqué el papel del
bolsillo y, como un adolescente, me puse muy nervioso. Me daba miedo abrirlo,
por si en aquellas seis o siete palabras había algo que rompiera mis ilusiones.
Mientras escribía, lo único que pude ver por el movimiento del boli, es que
empezaba y terminaba con una interrogación. Y eso me daba mala espina. Así que
preferí no abrirlo y esperar que llegara el jueves siguiente. Si ella acudía a
la cita semanal, es que lo que había escrito era bueno y si no aparecía por allí,
es que no quería más cuentas conmigo.
Por fin llegó la tarde de jueves esperado y me fui para
el parque con el papel doblado en mi bolsillo. A lo lejos la vi esperándome en
el banco de siempre. Había llegado antes que yo. Fue entonces cuando lo abrí y
supe su grata respuesta.
― ¿En tu casa o en la mía?
DESMORONADO MARÍA
ISABEL RUANO
Pequeño.
Arrugado.
Papel mojado.
Tierno y olvidado.
Mutilado.
Papel soñado.
Perfumado.
Por más que he buscado
identidad,
el verdadero ser.
Tu amor.
No lo he encontrado.
Frágil papel que,
con el agua de la tarde,
se ha desmoronado.