ABDUCCIÓN ARACELI
DEL PICO
Mis cicatrices no acaban de cerrarse. Han transcurrido tres años y cada
amanecer, después de haber pasado una noche inquieto, donde el sueño reparador
no termina de llegar, lo primero que viene a mi cabeza, es el portazo que di
cuando salí del despacho del director.
Jamás me arrepentí de aquel impulso, que hizo temblar las paredes de la
estancia. No solo no me arrepentí, si no que me llenó de cierto orgullo. A
pesar de los cortes que me hice en los brazos, cuando el cristal de la puerta
se me vino encima. Y a continuación vi la cara de D. Anastasio, cuyos ojos no
daban crédito a lo que acaban de ver. Y su voz resonó seca y profunda
-
Fuera, queda usted despedido.
Sonó así,
pero no tanto como mi portazo.
Me había preparado concienzudamente, para conseguir ese trabajo, en un
pueblo a poco más de una hora de Madrid, Robledo de Chavela, situado en su
sierra oeste, a medio camino entre el área occidental de la Sierra de
Guadarrama y la sierra de Gredos.
Y mi esfuerzo había tenido su recompensa. Llevaba dos años coordinando
el INTA con la NASA, y las exploraciones científicas habían dado un buen resultado. Es más en el año 2021 y bajo mi supervisión
se instaló una nueva antena, de 34 metros de diámetro. Todo era perfecto. Y
sentía que a mis 30 años, y con cierta experiencia acumulada, podría comerme al
mundo. Recibía enhorabuenas diversas. No diré que fueran merecidas. Pero me
ayudaban a explorar los recónditos
misterios del espacio.
Perderme durante las noches estrelladas
mirando el cielo era un placer, en mi caso, único. No encontraba mayor
satisfacción. Y tenía la seguridad de aportar útiles y nuevos conocimientos
para el desarrollo de mi trabajo.
De ahí, que no entendiera la absurda explicación
que me daba el director, para trasladarme de aquel lugar, mágico para mí y que
frenaría mi carrera y mis conocimientos.
No he vuelto a trabajar. Estoy viviendo un
poco de las rentas. Y ampliando conocimientos sobre el espacio. Mi mundo. Y aunque
las cicatrices que me hicieron los cristales de aquella puerta, restañaron
enseguida y bien, hay otras que no tienen cura.
Hoy he decidido volver con Marcos, mi
sobrino. El siente el mismo interés por el espacio que yo y hasta me tiene
cierta admiración. Cuando le he mostrado un pequeño fragmento basáltico que
vino en el Apolo XV de la luna, me ha dicho muy seguro de sí mismo.
-
Yo iré a la Luna o a Marte.
La curiosidad, que no el interés, me ha
llevado a preguntar por D. Anastasio, a uno de los colaboradores que trabajaron
conmigo, su respuesta me ha dejado sin aliento.
-
¿No sabes nada, entonces?
-
Saber, ¿qué?
-
La persona que ocupó tu lugar, y que él nombró a
dedo, resultó ser un completo inepto. Y de más altas esferas le obligaron a que
le despidiera sin dilación. Y así fue. Pero él entró en un estado de depresión
difícil de entender. Aunque hoy día todo se sabe…
-
¿Y?
-
Pues resultó ser un amante que tenía casi desde
su juventud. Se casó por aquello de las apariencias. Despedirte a ti, era la
única forma de tenerle cerca, sin levantar sospechas. Pero como te acabo de
decir, todo se sabe. Y también lo supo su mujer. Le pidió el divorcio, al que
no se pudo negar ya que tenía pruebas irrefutables. Se quedó en la ruina y lo
demás entra en el mundo de lo exotérico.
-
¿Qué?
-
Te digo que perdió el norte. Fue despedido.
Empezó a creer firmemente en ovnis y en el mundo de la abducción. Y lo cierto
es, que hace tiempo, nadie sabe nada de él.
-
Vaya serial complicado.
Me despedí de mi amigo, con un abrazo sincero. Recogí a mi sobrino y
tranquilamente regresamos a casa.
Y es curioso, por primera vez en mucho tiempo, he dormido a pierna
suelta.
SU MEJOR AMIGA JUANA
DOMÍNGUEZ
Eran colegialas cuando se conocieron, jugaban felices y
tranquilas durante el recreo. Un segundo y surgió la pelea, por cualquier fruslería,
que se olvidó con los años. Devuelta a la clase Rita poquita cosa, tímida e
inocente se reía con su compañera de pupitre ¿de qué? No puede recordarlo.
Ofelia, la otra contrincante de la pelea, despierta y
parlanchina se molestó por las risas de Rita, creyendo que esta se reía de ella,
y enfadada se dirigió al pupitre de su compañera, sin mediar palabra le clavó
las uñas de sus manitas en la cara. Rita no salía de su asombro, como le escocia
la cara, rojo vivo, eran las huellas cuando llegó a su casa ¿Por qué la arañó, si
la pelea ya se había olvidado?
Paso el tiempo, Rita sufrió muchas más cicatrices, físicas y
en el alma. Soledad, por abandono de sus amigas de siempre, en la adolescencia,
a causa de que acogió en el grupo a otras niñas que pasaban el verano en su
entorno. Antipatía de los compañeros de
trabajo, quizá sería envidia. Era eficiente y trabajadora ayudaba a todos, en
lo que ella intuía que necesitaban, sin necesidad de que se lo pidieran. El
pago fue falta de empatía cuando la cesaron en su empleo, la cambiaron por
alguien que resultó estar peor preparado y menos eficiente, al tener que
someterse a una operación grave, no volvió al trabajo.
Cicatrices por mala salud, que no le quitaron las ganas de seguir
con su vida y sus proyectos, resiliencia, en la que fue pionera.
Hoy Rita, en mitad de otro conflicto, echa de menos a Ofelia,
una enfermedad maldita se la llevó antes de tiempo. Cicatrices en la cara para
siempre, de unas manos que siempre la animaron y quisieron a lo largo de
cincuenta años. Vacaciones cortas, que aprovechaban para estar juntas todo el
tiempo posible, recordando su niñez, sus preocupaciones, o compartiendo todo lo
referente a sus familias, una amistad sellada con cinco marcas, que en broma le
echaba en cara Rita
¡Me afeaste la cara, por ser más guapa que tú!
TUS NARICES ARMONICES CARLOS
BORT
Fuimos felices con las perdices
y codornices, como aprendices.
Había actrices y emperatrices
con regalices como lombrices.
No te deslices, rizos no rices,
sin directrices, rima matices
y así bendices nuestras raíces.
Ya tú me dices si te desdices.
No me barnices ni hagas tapices.
Quiero que atices fuerzas motrices,
que cristalices, que te humanices
y cauterices tus cicatrices.
LA CICATRIZ QUE NO SÉ SI TENGO SANTIAGO J. MARTÍN
Avanzo por el pasillo central
voy ajeno al bullir de tantas caras
esquivo maldades, miradas raras
no sé si quiero llegar al final.
Mis miedos me llevan desde chaval
a moverme por avenidas claras
a sentirte como si llegaras
temiendo tu fatal vendaval.
Eres peor que la muerte callada
me escondes, sin dudarlo, mi pasado
de huellas invisibles en mi almohada
Mi memoria también me ha ocultado
recuerdos de mi rosa deshojada
y olvidos de este
mundo, ya olvidado