La ciencia y la vida cotidiana no pueden y no deben ser separados. (Rosalind Franklin)
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08/11/2026
07/11/2026
LA ISLA DE MAN
Este lugar es muy conocido por su circuito de velocidad, donde se celebra la carrera de motos más peligrosa del mundo. El trazado favorece a las múltiples caídas y han sido bastantes los fallecidos hasta la fecha.
En las carreteras de esta isla de 80.000 habitantes no hay límite de velocidad, como tampoco existe en otros países como Alemania (en las autopistas).
El artículo nos describe algunas características del lugar y
su especial régimen político.
06/11/2026
A TOPE 1
VOLAR PARA CAER MANUEL
GIL
Ya no sé si el tic tac mide las
horas del reloj de la pared o mide los latidos que le quedan a mi condena.
Están a punto de llegar. He corrido el cerrojo, he apagado las luces, he
intentado hacerme invisible en la penumbra de este lugar que huele a ceniza y a
tiempo muerto, pero sé que es inútil. La mano de esta gente es larga, es una sombra que atraviesa paredes, compra conciencias y
borra personas. He perdido pie. He naufragado en el peor de los mares, ese
donde el agua es fría, opaca y está poblada por los peces oscuros de la culpa.
Me asaltan los recuerdos como
ráfagas de un pasado que hoy
semeja un sueño. Una época en que mis ideales aún tenían el brillo intacto de la plata nueva. Creía saber
lo que hacía, creía que la política
era un sacerdocio laico destinado a redimir la tierra. Muchos me decían que ser
tan idealista no era práctico, que los barcos no flotan sobre nubes, que había
que tener los pies firmemente clavados en el suelo. Pero yo flotaba. Estaba tan
seguro de mí mismo, de mi pureza incorruptible, de que mi brújula moral apuntaba
siempre al norte verdadero.
Luego llegó el ascenso en el
partido. Fue por mis méritos, por una oratoria que encendía auditorios y una capacidad innata
para cohesionar a las bases. Era un imán para la militancia. La agrupación
provincial me nombró secretario
de organización y encargado de relaciones externas, un cargo donde la línea
entre el bien común y la trastienda empieza a difuminarse como la acuarela bajo
la lluvia. Y entonces entró Ivana a trabajar. Era una economista brillante, de
mente afilada y pasos firmes. Venía de una familia de clase media acomodada,
pero un mal paso financiero, una inversión errónea del padre, los había dejado en la práctica ruina.
Había una fragilidad oculta
bajo su elegancia natural y eso le otorgaba una pátina de melancolía que me
desarmaba. En poco tiempo, Ivana se convirtió en mi obsesión. Era bella, de una
sensibilidad honda, con una mirada que parecía derretir el invierno. Empezamos
a salir de manera informal, como compañeros de trinchera, y algo floreció en
mí. Un sentimiento incontrolable, que hizo que ella pasara ser mi prioridad
absoluta.
Una noche, en un modesto
restaurante chino de luces parpadeantes y mantel de plástico, me habló de sus ilusiones. Me desgranó muchos
sueños que le gustaría realizar al lado de alguien que los compartiera. No sé
bien por qué se me quedó grabado el de cenar alguna vez en un restaurante de
lujo en París, en un reservado íntimo con vistas directas a la Torre Eiffel.
Compartió otros muchos, pero ya entre las sábanas en la cama de mi pequeño
apartamento, donde acabé de caer envuelto en la magia que emanaba de aquella
mujer.
El engranaje empezó a girar
casi sin hacer ruido. Por asuntos institucionales, yo me relacionaba con
frecuencia con figuras de la oposición, con políticos del partido rival a los que la ideología
separaba, pero el pragmatismo unía en los pasillos oscuros del poder. Entre mis
contactos figuraba el tesorero de esa otra formación, un hombre de sonrisa fría
y modales exquisitos que ostentaba también una concejalía de urbanismo. Todo comenzó con
pequeñas atenciones, cafés discretos, favores menores que parecían inofensivos. Hasta que un día, un informe interno sobre recalificaciones
de suelo llegó a mis manos. Una copia de más, una firma a tiempo. Esa información fue compensada de inmediato
con un sobre que contenía dos billetes de avión y una reserva en un hotel de
lujo en París, incluyendo la codiciada cena en el restaurante favorito de
Ivana.
Cuando la llevé allí, cuando la vi sentada frente al gran ventanal
de cristal blindado mientras la Torre Eiffel encendía sus miles de bombillas
doradas como una constelación artificial, me sentí inmensamente poderoso, un dios menor
capaz de desafiar la realidad con tal de verla sonreír.
Vivir a tope, eso literalmente
fue lo que vino a partir de ese momento. Un escalar peldaños hacia el abismo
envueltos en música, en suites de
lujo, en copas de champan. Yo me decía a mí mismo que sabría frenar en cualquier momento, que
lo que hacía no comprometía mis
valores profundos, que solo era una tregua con el lujo. Pero el monstruo del
dinero fácil tiene un apetito insaciable. Lo último que me pidieron fue demasiado grande, un
golpe bajo a la confianza colectiva, y acabé vendiendo todos mis principios al mejor postor.
Hoy, la factura ha vencido. Me
han convocado a una reunión urgente en un desván clandestino. Lo saben todo. Y
lo peor, lo que me taladra las sienes como un clavo ardiente, es que Ivana ha
desaparecido. Su teléfono da apagado, su apartamento está intacto pero desierto, como si
nunca hubiera existido, como una aparición que se desvanece en la bruma de la
mañana antes de que nadie pueda tocarla.
La información que di va a ser
un palo devastador para mi partido, una herida de muerte en vísperas
electorales. Y de mí... de mí ya no sé qué va a ser. Yo era un hombre que tenía ideales y ahora soy un hombre que
tiene miedo. Y el miedo, he descubierto, también huele. Huele a café frío y a perfume de Ivana que se quedó pegado en la
almohada, como una promesa que ya nadie va a cumplir. Llaman a la puerta.
QUE LE QUITEN LO BAILAO JUAN SANTOS
Vengo indignado del
funeral de mi amigo. Estaba la iglesia hasta los topes y nadie ha derramado ni
una sola lágrima por él. Incomprensiblemente, yo tampoco. Está claro que todo
el pueblo lo apreciaba mucho, por eso hemos ido tanta gente a despedirlo y a
rezar una oración por su alma.
El pobre no tenía
familia directa. Sus primos lo consideraban un bala perdida, había fundido el
capital de su padre y no querían saber nada de él. Me siento mal, porque yo, al
menos, que era su mejor amigo, debí mostrar un mínimo de tristeza en algún momento.
La intervención del
sacerdote en la homilía, tampoco me ha gustado, eso que eran amigos de la
infancia. En lugar de lamentar su pérdida, parece que se ha alegrado de su
desaparición, diciendo que era una buena persona, pero un vicioso. Dando
gracias a Dios porque ya había dejado de pecar. Yo creo que, en el fondo lo que
le pasaba al cura es que le tenía envidia.
A la salida, en los
corrillos de la plaza, todos aplaudían la vida que había llevado de excesos:
“ha sido una persona feliz”, “ha disfrutado de todo lo que le apetecía” “ahora
que le quiten lo bailao”…
En más de una
ocasión, como amigo suyo, le recomendé que parara un poco el carro, pero él iba
su bola. Lo mismo que era un fiera para trabajar, lo era para comer y beber.
Como no tenía mujer, ni nadie que controlara sus actos ni su tiempo, con frecuencia,
cerraba los bares de copas. Su filosofía era que para cuatro días guarros que
íbamos a estar aquí, había que vivir la vida a tope.
A pesar de hacerse
mayor y tener la tensión, el colesterol y el azúcar, también a tope, no cambió
de vida.
El consuelo que nos
queda a todos es que ha tenido una muerte agradable.
Por cierto, la
chica del puti-club que lo acompañaba, tampoco ha llorado en el funeral.
LO PROBÉ Y LO SUPE MANUEL
GIL
“Eso es amor. Quien lo probó lo
sabe”.
No pude apartar ese pensamiento
y todavía no sé en qué momento
lo encerré en mí con tres
vueltas de llave
Busqué en las redes y di con la
clave.
en un mundo tan falto de argumentos,
hallé en su fuego el mismo firmamento
que al alma acaricia con mano
suave.
Dejé el after, con ganas de
volar
Mi deseo desbocado iba al
galope
me hablaste de él ahí, en ese
lugar.
Abracé esos versos, en éxtasis,
a tope,
dejaste de verme un ligón vulgar
Me iluminó el espíritu de Lope.
05/11/2026
UN MISTERIOSO OBJETO ESPACIAL
Gran parte de los misterios que nos rodean en están en nuestra mente, aunque no llegan a superar el número de los secretos que contiene el espacio exterior.
El artículo de hoy nos habla de un objeto desconocido que se mueve por el Universo a grandísima velocidad y que puede desaparecer en breve de la Vía Láctea.
El artículo nos da
detalles de su velocidad y especula con su origen.
04/11/2026
EL HALCÓN PEREGRINO
Hoy os traemos un
artículo donde el protagonista es el animal más rápido del mundo: el halcón
peregrino.
Llega a alcanzar los 300 kilómetros por hora y su organismo está dotado de sistemas de protección para no sufrir con esa velocidad.
Vemos su hábitat,
sus poblaciones, sus formas y lugares de cría y cómo ha sido valorado a través
de la historia.
https://sabersabor.es/el-halcon-peregrino/
03/11/2026
LA SONDA SOLAR PARKER
El ser humano siempre intenta marcar hitos que le puedan llevar a comprenderlo todo sobre el pasado y el futuro, sin olvidar el presente.
En lo que se refiere a la velocidad tenemos
límites. Hayt máquinas recientes pueden alcanzar grandes velocidades, pero lejos todavía de la velocidad de la luz.
En cualquier caso, el problema somos precisamente nosotros. Nuestro cuerpo no puede viajar a esas velocidades sin sufrir graves daños.
El artículo nos habla del, hasta ahora,
vehículo más rápido jamás creado. Se trata de una sonda espacial, y por
supuesto, no va tripulado. Y circula en por el espacio a más de 600.000 kilómetros por hora.
02/11/2026
PRIMERA MEDIDA DE LA VELOCIDAD DE LA LUZ
El artículo de hoy nos
presenta un curioso hito científico, la primera medición científica de la
velocidad de la luz.
Con escasos medios, pero de una manera eficiente, el científico norteamericano Albert A. Michelson consiguió a finales del siglo XIX, una medida bastante aproximada de la velocidad a la que se desplaza la luz.
Se basó en una fuente
de luz conocida, los rayos, y se valió de un sistema de espejos para realizar el
cálculo por mediciones indirectas.
Unos años más tarde,
en 1907 obtuvo el Premio Novel de Física.
https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/como-se-midio-por-primera-vez-velocidad-luz_24073
01/11/2026
31/10/2026
PRIMERA QUINCENA DE NOVIEMBRE
CAMÕES: VIDA, OBRA Y PERVIVENCIA EN LA CULTURA HISPÁNICA: una ambiciosa exposición comisariada por Aurelio Vargas Díaz-Toledo que rinde homenaje a uno de los mayores escritores de la literatura universal y profundiza en sus estrechos lazos con las letras en castellano.
·
Biblioteca
Nacional
·
Paseo de
Recoletos, 20-22
·
Gratuita.
Aforo limitado.
·
Desde el
3 de noviembre. Hasta el 14 de febrero de 2027.
https://www.bne.es/es/agenda/camoes-vida-obra-pervivencia-cultura-hispanica
30/10/2026
SI EL TIEMPO PUDIERA PERDONAR 2
CARPE DIEM MARÍA ISABEL RUANO
Si el tiempo
no perdona a nadie
personas,
animales, paisajes y lugares.
Si todos
sabemos que envejecemos
y qué, sin
duda, vamos a morir.
¿Por qué
vivir con tanta prisa?
¿Por qué
tanto sufrir?
¿Por qué no
concederle una tregua
al tiempo
acelerado del reloj?
¿Por qué no
poner freno y medida
al estrés y a
las preocupaciones?
¿Por qué no
escuchar a los pájaros
y a las ramas
de los árboles con su gracia otoñal?
¿Por qué
escatimar los afectos y la generosidad?
¿Por qué no
pensar un poquito más en los demás?
¿Por qué no
escuchar el clamor interno
del niño que
todos llevamos dentro?
¿Por qué no
ser indulgentes con los tropiezos
y aprender cada día a mejorar?
Si el tiempo
no perdona y su señuelo
va marcando
arrugas en el rostro
y va plegando
los sueños hasta reducirlos
a la rutina o
la cotidianidad,
sí disminuye
el paso ágil de las piernas,
merma la
fuerza y entristece con las pérdidas al corazón.
¿Por qué
entonces, por qué no paramos, respiramos despacio
y nos dejamos
seducir por el sol y los ríos, el verde y el mar,
el fluir de
la luz en la ventana
y el sentir
pausado del recuerdo y de la emoción?
Termina
octubre hace sol y el frío de la noche
agradece el
confort de la casa y el calor del edredón,
sonríen las
miradas de quién nos comprende, añora o quiere.
Bajemos el
ritmo, observemos, caminemos lento,
escuchemos,
perdonemos, abracemos el día, cada bello momento,
demos
gracias, vivamos cada acontecimiento desde el amor.
EL CUARTO PASO ANTONIO
LLOP
Renato
Plugliese, como todas las mañanas, cruza el pasillo donde se alinean los
puestos de trabajo de su Financiera. Los empleados ya se han acostumbrado a su
paso moroso y renqueante. El temor que imponía unos años atrás se ha convertido
en una mirada conmiserativa que mezcla la ternura con el rencor velado. ¿Qué
hace este hombre en su Empresa, todavía? ¿Por qué no disfruta de su jubilación?
Precisamente,
sentado en la poltrona de su despacho, Renato recapacita sobre la última orden
que ha dado a su sustituto antes de abandonar sus funciones ejecutivas. Cierra
los ojos y repasa los hechos más relevantes de su vida.
Durante su
adolescencia tuvo dos influencias decisivas: Primero la de su tío Luca que le
aconsejó ser un jugador de ventaja en el futuro:
—Tienes que
guardar tres sencillos pasos: Primero observa, después analiza y, por último,
decide. Y, si no puedes aprovecharte por las buenas, presiona.
Por otra
parte, la influencia de los religiosos del colegio al que le llevó su madre
donde le moldearon una moral estricta.
¿Eran
contradictorios ambos consejos?
Siguiendo las
enseñanzas de su tío analizó la situación. Si los curas le esculpieron la
conciencia también le dieron la posibilidad del perdón. Así que dentro, de las
posibilidades de su adolescencia, tomaba siempre las decisiones que le
interesaban sin parar en víctimas, siempre buscando su propio beneficio. Acto
seguido lavaba sus culpas en el confesionario.
Cuando salió
del colegio también observó, y después analizó que la carrera más proclive a su
interés era la de Económicas. Y a ello se puso con buen aprovechamiento. Al
terminar se colocó en la Empresa del señor Adorno, su primer jefe. Buscó la
forma de que este fuera el primero y el último. Buscó sus debilidades,
siguiendo los pasos que le había aconsejado su tío. Notó su proclividad
manifiesta por las mujeres. A esas alturas Renato ya estaba casado. Aprovechó
la buena planta de su esposa para convencer a Adorno de su ascenso en el
escalafón. Un día le invitó a cenar en un restaurante con las cónyuges de
ambos. Renato aconsejó a su esposa un escote discreto y que no se resistiera a
la inclinación depredadora de su superior. Durante la cena, ella tuvo que soportar
la mirada de cazador de aquel hombre odioso, que no se detenía ni delante de su
propia esposa. Renato nunca preguntó a su compañera en qué terminaron los
devaneos de su jefe. Él ya había conseguido su preciado ascenso y su cambio de
estatus.
Con esas y
otras artimañas por fin alcanzó su objetivo que era montar su propia Empresa:
la Financiera Plugliese. En ese momento ya tenía el campo libre para engañar,
estafar y, en definitiva, tomar ventaja sobre los demás. Aún conservaba la
moral estricta que le grabaron con fuego y ya no era tan ingenuo para creer que
con un sencillo acto de contrición le serían perdonados sus pecados, Pero
sustituyó el confesionario por el Código Civil. Blindó todas sus inversiones
con contratos totalmente legales para acallar su conciencia. Muchos de sus
clientes se arruinaron con sus inversiones interesadas, pero pensó que ellos
deberían saber que la renta variable era arriesgada.
Su tío Luca
ya era para entonces un jefe local de la mafia siciliana. Y vio en su sobrino
la oportunidad de seguir con su filosofía del beneficio a cualquier precio.
—Sobrino,
estoy muy orgulloso de que siguiendo mis enseñanzas hayas mejorado tu vida.
Ahora tienes la oportunidad de devolverme el favor.
Le pidió que
aprovechando sus contactos internacionales le lavara el dinero sucio que
obtenía en sus negocios. Renato no tuvo más remedio que acceder a lo que su tío
le solicitaba. Buscó subterfugios con sus abogados para atenuar el aviso de su
conciencia y estos le brindaron un camino legal para efectuarlo.
Con esa
dualidad de engaño-perdón fue trampeándose a sí mismo hasta que ya cerca de su
jubilación y desprovisto de la vorágine del trabajo le llamó la conciencia con
aldabonazos de arrepentimiento. Buscó su absolución en cuántos había hecho
daño. Empezó con su esposa a la que colmó de regalos y de viajes.
Siguió en
busca de ese perdón que necesitaba para vivir sus últimos años y morir en paz.
Y tomó la decisión más difícil: dejar el lavado de dinero que le ofrecían desde
los círculos de su tío Luca.
Precisamente
ayer le había invitado a comer en un restaurante para comunicárselo. Él había
venido con su primo, Rocco.
—Habla con mi
hijo. Él es el nuevo jefe de la Organización. Yo ya estoy para espaguetis y
buen Lambrusco.
Renato le
expuso a su primo sus intenciones de dejar el blanqueo. Ese sería el acto de
contrición definitivo para estar en paz con esa moral religiosa que nunca le
abandonó.
Tras este
recuento de su vida, ahora en su despacho, abre por fin los ojos. Su primo está
frente a él.
—Hola Rocco
—le dice—. Me he quedado traspuesto y no te he oído entrar. Estaba pensando en
lo a gusto que se queda uno con la conciencia tranquila. ¿Qué deseas?
Rocco le
observa, luego le analiza y, por último, toma la decisión. Abre su chaqueta y
extrae la pistola de su funda.
VOLVER
AL PASADO JUANA
DOMÍNGUEZ
Hoy mi
pelo brilla con las numerosas canas que lo puebla. Hace cincuenta años era
castaño claro. Dos coletas lo recogían a ambos lados de la cara. No creáis que
me arrepiento de lo que he vivido, ni desearía volver a una niñez o a la
juventud que disfruté.
Mi vida ha
vuelto a comenzar, el azar y las casualidades no creo que existan, porque yo no
he salido indemne.
Me llamo
Sara, tengo tres hijos. Me quedé viuda hace tres años. Fui feliz en mi
matrimonio, sobre todo independiente. Pude decidir cómo emplear mi tiempo, con
quién podía relacionarme y con quién no quería estar. Raúl vivía su vida, a su
manera. Éramos diferentes y nos complementamos. Juntos podíamos compartir la
cotidianidad de la vida, aunque termináramos discutiendo por cosas sin
importancia. A su muerte pude seguir con mi vida. Le echaba de menos en algunas
cosas, pero termine por adaptarme.
Mis hijos
tienen su propia vida, no me necesitan económicamente. Les enseñe a valerse por
ellos mismos, y no les va mal, aunque en ciertas fechas les inyectaba un poco
de dinero para gastos imprevistos o para lo que quieran gastarlo. No tiene
obligación de darme explicaciones, ni yo se las pido.
Hoy, he
vuelto a nacer. Un viaje programado me llevaba a explorar una zona cercana. Ocho
días diferentes para recorrer ciudades y civilizaciones antiguas, a las que me
fui aficionando durante mi matrimonio. Fenicios, romanos, árabes, hasta íberos
poblaron la zona que iba a visitar, en otras épocas. El recorrido prometía
mucha historia, y muchos monumentos, aparte de una gastronomía rica y única.
No llegué.
El transporte se interrumpió. Un golpe me empujó hacia delante, un ruido
atronador aún retumba en mi cabeza. Después, unos segundos eternos de silencio.
Luego gritos de dolor, llantos y lamentos sonaron a mi alrededor. Gentes que
pasaban junto a mí, sin verme, corriendo despavoridos. No podía alzar la voz
para llamarlos. No podía moverme, solo mirar cómo corrían.
Hoy soy
otra persona. El paso del tiempo no me ha marcado. Solo un desastre ha conseguido
que renuncie a ser diferente, a ser autosuficiente, a ser inconformista.
En lo que
me quede de vida voy a necesitar ayuda, la de mis hijos, o la de quien ellos
quieran asignarme. El incomprensible accidente deI Iryo de octubre de 2026 me
dejó inválida.
MIS
RECUERDOS ARACELI
DEL PICO
Me apoyo
en el bastón de mis recuerdos.
Veo
transcurrir mi vida como un río
de
cristalinas aguas, que bajan en un torrente
enloquecido,
buscando desde niña,
sueños
locos, que a veces se cumplieron,
No siempre
alcancé mis objetivos,
Y qué más
da, lo bueno es perseguirlos.
Luchar por
ellos es la sal de la vida.
Encontrarlos,
a veces, te frena los deseos.
Y no es
bueno. Mejor seguir soñando.
Niñez de
venturas entre pobres.
Me dio
seguridad, pobres riquezas.
Y en mi
juventud obtuve triunfos
que jamás
soñé siendo pequeña.
Crecí así
segura de mí misma.
Insolencia
de juventud
Más bien
lo llamaría.
Pues esa
seguridad se sustentaba
en lo
fácil que a veces resultaba
conseguir
aquello que quería.
No sé en
qué justicia me apoyaba,
Para
repartir con equidad cuanto podía.
Solo sé
que deseaba dar al pobre
aquello
que aliviara un mejor día.
Creía que
sí lo conseguía.
Pues no. A
veces se disfraza de pobre
aquel, que
menos necesita.
Y de este
modo, tiende su pedigüeña mano
para
menguar el premio
del que de
verdad sí lo precisa.
La vida,
como a todos,
me ha
pasado por delante.
Y ha
puesto mi piel como el craquel.
También
voy algo lenta.
Pero en mi
mente se fija la experiencia.
Daría
marcha atrás en muchas cosas.
Y de que
serviría hacerlo ahora
si ya no
tiene arreglo.
Solo pido
ser justa y consecuente
no errar
de ahora en adelante.
Sé que
privé de afectos
a quien
más merecía. Y regalé los míos
con
largueza. Ahí soy generosa.
Dar marcha
atrás sería una locura.
Enmendar
quizá, un signo de sapiencia.
De nada me
arrepiento.
Líneas
trazadas han marcado mi vida.
Y ahora en
esa cuesta que resta
peldaños
cuando subo.
En la
bajada aumenta su caída.
29/10/2026
PERSONAS QUE PREDICEN EL FUTUR0
Los profetas siempre han tenido algo de mágico, por muy imbricados que estuvieran en la religión.
Hoy vamos a dar un enfoque diferente con este artículo de la BBC.
Es un artículo extenso, pero muy interesante, donde se nos describe a la perfección la figura de los
superpronosticadores. Más que interesante y algo inquietante.
28/10/2026
EL ESCARABAJO DEL RELOJ DE LA MUERTE
El artículo nos presenta a un invitado poco deseado en nuestras casas y nuestros árboles. Se trata de un insecto, el escarabajo del reloj de la muerte que se alimenta de madera.
Su fase larvaria,
que dura 3 años, es decisiva para horadar y alimentarse de madera que puede ser
fatal si los tenemos en casa.
27/10/2026
EL FUTURO DE LOS RELOJES INTELIGENTES
Los relojes inteligentes que cumplen un montón de funciones, además de dar la hora, tienen a veces un serio problema: cómo interpretar la cantidad de datos que nos proporcionan.
Este artículo es completísimo y nos habla de
por dónde debería trascurrir el camino de futuro de estos relojes para ser útiles
y entendibles en todo lo que se refiere a nuestra salud.
26/10/2026
JET LAG
Se trata de uno de los trastornos más importantes que podemos sufrir por el efecto de los saltos horarios. En este caso vienen provocados por los viajes en avión.
El artículo nos enumera una serie de consejos para minimizar las consecuencias del jet lag, tanto antes como después de viajar.
La verdad es que las
recomendaciones se podrían resumir en una sola frase: cuando vayas a hacer un
viaje a un país lejano, en avión, no dejes de hacer una vida sana.
https://creu-blanca.es/blog/como-minimizar-el-impacto-del-jet-lag/
25/10/2026
24/10/2026
SOMMARØY
El artículo
nos habla de este pueblo noruego que está en un isla dentro del Círculo Polar Ártico.
Esas noches inmensas en invierno y los días interminables en verano han provocado que sus ciudadanos acojan esa singularidad con humor.
Hace unos
pocos años hicieron un acto simbólico de prohibir usar relojes. La realidad es
que viven con bastante relajación de horarios en sus actividades.
https://viajes.nationalgeographic.com.es/a/pueblo-noruega-donde-prohibieron-usar-relojes_24545
23/10/2026
SI EL TIEMPO PUDIERA PERDONAR 1
TIEMPO INCLEMENTE JUAN
SANTOS
De pequeño, por la
mínima acción que pudiera molestar a los demás, me enseñaron a pedir perdón. De
la misma manera, siguiendo la doctrina del Padrenuestro, también debía perdonar
a mi prójimo las ofensas que a mí me hicieran. Confieso que hubo un tiempo que
lo hice con tal de ganarme el Cielo.
Está bien eso de
perdonar, pero el tiempo no perdona. Tal vez los humanos, nos rijamos por la
ley del tiempo y por eso nos cuesta tanto trabajo pedir perdón.
A mí, desde que
nací hasta hoy, el tiempo no ha dejado de importunarme, sin pedirme jamás
perdón.
A penas tenía unos
meses cuando hizo que me salieran los primeros dientes. Lo pasé fatal y, siendo
un bebé indefenso, no se dignó a pedirme disculpas. Tampoco lo hizo al cumplir
lo seis años cuando, poco a poco, fue dejándome mellote y me tuve que consolar
con los regalitos que me dejaban debajo de la almohada.
Por su culpa me
hice mayor y empecé a tener obligaciones, primero las del colegio y luego las
del trabajo.
Durante una larga
época, el propio tiempo se olvidó de mí y yo de él. Celebraba los cumpleaños
con alegría. Me sentía bien. Me dejaba llevar por los vicios y los excesos,
desafiando el tiempo con chulería. Yo no lo notaba, pero ahí estaba, tomando
nota de mi vida. Pronto empezaría pasarme la factura, haciéndome recordar su
rencor y su inclemencia.
Noté su paso el
mismo día que vi mis inoportunas arrugas en el espejo, fue cuando observé que
mis hijos se habían hecho mayores y que me costaba más trabajo subir las
escaleras.
Ahora que ya tengo
nietos, siento más sus efectos: he perdido vista, oído y masa muscular y, lo
peor de todo: me falla la memoria. Es muy difícil, por no decir imposible
luchar contra él. No me queda otro remedio que ir al gimnasio y atiborrarme de
pastillas para rejuvenecerme.
Reconozco que el
paso del tiempo es bueno y necesario para que se cumpla el ciclo de la vida,
pero debería perdonarnos el envejecimiento y el deterioro físico y mental,
llegando al final de nuestra existencia, con buen aspecto y sin dolores.
Si el tiempo
pudiera perdonar, tal vez dejara de castigarnos con DANAS y otras catástrofes
que causan tragedias y desolación en personas y paisajes. Pero me temo que lo
que hace es pasarnos factura de las agresiones que le hacemos a la Naturaleza
y, por eso, después de actuar, tampoco nos pide perdón ni él, ni el mismo Dios
que lo permite.
SI EL TIEMPO PUDIERA PERDONARNOS MANUEL GIL
Claudia Isella entornó los ojos, esos ojos verdes y rasgados que habían
llenado las pantallas. Ahora habían perdido brillo, pero no belleza, la belleza
de lo caduco, la de una ruina que aún deja entrever su viejo esplendor. Un
rictus de triunfo se dibujó en su rostro ajado. Acercó a los labios la copa de
su cóctel secreto que todos habían celebrado tanto. Ella sería la última.
Afuera, octubre
sacudía las ramas de los árboles del jardín. Dentro, el reloj de la chimenea
daba las diez, aunque Claudia llevaba años convencida de que aquel reloj se
había detenido en 1965, el año en que La mujer de cristal la convirtió en un
mito. Entonces tenía veintisiete años, una cintura de otro mundo que hacía olvidar a
los hombres el motivo por el que habían entrado en el cine. La cámara la
adoraba. Los críticos hablaban de su mirada como de un fenómeno extraordinario,
y en las revistas aparecía siempre junto a una frase que pretendía definirla.
La belleza que no conoce la derrota.
Claudia había
terminado por creerlo.
En su actual residencia, un palacete rodeado de
jardines donde las antiguas estrellas aprendían a envejecer sin testigos,
conservaba entre vestidos de seda y perfumes caros, una colección de fotografías en
las que la juventud parecía un territorio al que todavía podía regresar. Los
hombres celebraban sus ocurrencias y escuchaban sus historias repetidas como si
fueran revelaciones. Con todos, pero especialmente con las mujeres, ejercía una
cierta tiranía envuelta en sonrisas. A los ochenta años seguía
necesitando que alguien la mirase cuando entraba en una habitación.
Entonces llegó
Julián Valcárcel.
Bastó verlo cruzar el vestíbulo, apoyado en un bastón,
para que el pasado abriera sus puertas sin llamar. Julián había
sido un galán, el más popular de su época. Claudia se había casado con él
cuando ambos eran jóvenes y el mundo parecía dispuesto a concederles todo. Lo
amó, sí, pero amó todavía más el vértigo de ser deseada. Los hombres la esperaban a la
salida de los estudios, le enviaban flores, le juraban amores eternos. Ella
confundió aquella adoración con la libertad.
Julián no confundió
nada. Una noche cerró la puerta del dormitorio sin levantar la voz. La
separación fue discreta. La herida, interminable.
Ahora él
apenas la saludaba.
Claudia se arregló
con más esmero, estrenó un
vestido color champán
y se sentó junto a él durante el desayuno. Le habló de París,
de los rodajes, de una noche en Venecia en la que habían bailado hasta el
amanecer. Julián contempló sus manos, deformadas por los años, y respondió
que no recordaba aquella noche. Quizá era verdad. Quizá el olvido constituía su
última forma de crueldad.
Una tarde, lo
encontró dormido en el jardín, La luz se deslizaba por su rostro. Bajo la piel
fatigada reconoció al muchacho que al terminar aquel rodaje se plantó delante
de ella, con un anillo y la certeza de que el amor bastaba. Sintió
una ternura tan intensa que tuvo que apartarse. Después,
al pasar frente a un espejo, descubrió en su propia cara algo que ni el
maquillaje ni el cirujano habían logrado borrar, el tiempo había trabajado en
ella difuminando lo que fue nítido. Sintió furia sin saber contra qué, miedo al
rechazo, incomprensión a no sentirse deseada.
“Si el tiempo
pudiera perdonarnos”, pensó.
Cumpliría ochenta y
un años en noviembre. Pidió autorización para celebrar la fiesta en su antigua
casa, una villa modernista que había abandonado al ingresar en la residencia. Quería reunir a
supervivientes de estrenos, escándalos y matrimonios rotos. Insistió en que
Julián asistiera, le costó que aceptara, pero nada tendría sentido sin su
presencia. Dos cuidadoras acompañarían al grupo para ayudar a los residentes
durante la velada.
En la fiesta, los
invitados bebieron, rieron y evocaron un mundo desaparecido. Claudia lucía un
vestido negro de terciopelo, pendientes de esmeraldas y el perfume que había
llevado en su primera película. Durante unas horas volvió a ser el centro de
todas las miradas. Incluso Julián la observó cuando ella se levantó para brindar.
—Por
lo que fuimos —dijo—. Y por todo aquello que el tiempo no ha conseguido
llevarse.
Las copas chocaron.
Afuera, el viento agitó los árboles y la música
que sonaba parecía llegar desde otra época.
Poco después,
las conversaciones comenzaron a apagarse. Alguien dejó caer una servilleta. Una
mujer apoyó la frente sobre la mesa, como si estuviera vencida por alguna
emoción. Julián intentó
incorporarse, pero su mano buscó en vano el bastón. Las cuidadoras acudieron
presurosas, aunque sus pasos parecían demasiado lentos para la extraña quietud
que se extendía por el salón.
Claudia permaneció
de pie.
Contempló los rostros inmóviles, las bocas entreabiertas,
los ojos que ya no podían apartarse de ella. Por primera vez en muchos años,
nadie la interrumpía, nadie miraba a otra parte. Julián la miraba con una
expresión serena, casi juvenil.
—Ahora
sí me estás mirando —susurró.
Claudia alzó su copa. El reloj de la chimenea comenzó a dar las
horas.
Cuando terminó la
última campanada, se sentó junto a Julián y tomó entre las suyas su mano fría.
Sobre la mesa
quedaban las botellas vacías, las flores marchitas y una bandeja de copas con
un poso amargo en el fondo.
Claudia cerró los
ojos.
“Si el tiempo
pudiera perdonarnos”.
Y por fin, en
aquella casa donde nadie volvería a pronunciar su nombre, dejó de esperar que
alguien lo hiciera.
EL TIEMPO
TREPA POR UNA BOTELLA DE ANÍS SANTIAGO
J. MARTÍN
Hasta hace unos días, estaba convencida de que los
fantasmas no le iban bien al siglo XXI. También es cierto que las películas y
los libros han colaborado bastante para encumbrarlos a un lugar destacado que
no merecían. Eso pensaba hasta ahora: que todo parecía puro artificio, como un
disfraz.
Hago estas reflexiones mientras repaso los últimos
pespuntes a unas viejas enaguas que luciré dentro de unos días.
Algunos pensarán que soy una mujer algo rancia, que me
delata mi fondo de armario. Nada más lejos de la realidad. Resulta que estoy
apañando este atuendo de raso —una de las pocas cosas que aún conservo de mi
madre— para completar mi disfraz del próximo Halloween. Este año iré de niña de
El exorcista. No voy de fantasma, aunque daré miedito. Pero niña, al fin
y al cabo.
Desde que murió Andrés, mi marido –que ese sí que estaba
apolillado–, no me pierdo una fiesta que se me ponga a tiro. Algunos pensarán
que esta es una celebración invasora, anglosajona, poco propia para una
madrileña como yo, pero también nos vienen de aquellos lares otras historias
que no están nada mal: el whisky, el rock and roll, las hamburguesas… y el cine
de Billy Wilder, joder.
Coser me relaja, me deja pensar, recordar e imaginar. Mi
amiga Luchi me insiste en que me apunte a un curso de escritura creativa. Me
asegura que es perfecto para poner orden a tanta peripecia vivida. Pero yo no
me veo. No soy nada buena expresándome por escrito. Prefiero dejar fluir mis
recuerdos mientras camino, guiso o cepillo a Jonás, mi perro.
Y en las últimas semanas no se me quita de la cabeza una
obsesión: el paso del tiempo. No, no, no tengo miedo a la muerte, que ya estará
por aquí intentando localizarme, como si fuera un repartidor de Amazon. En
cambio, estoy empezando a ver las cosas de otra manera, con una perspectiva
distinta, pesada, algo agobiante.
Todo empezó con la vuelta del olor de Andrés. Murió hace
más de 15 años. Estuvimos casados cerca de treinta, veintisiete, exactamente.
Por un lado, parece que aquel infarto se lo llevó hace dos semanas, pero por
otro, me da la impresión de estar viviendo sola toda la vida.
Nuestra felicidad no se vio truncada por su muerte, sino
por la abulia, el cansancio, la monotonía de nuestra mutua presencia. No hubo
nunca odio. El amor se fue consumiendo despacito, como cuando comes un helado
que te gusta mucho y te da pena que se acabe. Yo creo que no nos llegamos a
separar por pura vaguería.
Tiré todas sus ropas, regalé sus libros, cambié mi cama y
redecoré la casa. Era necesario, también me lo recomendó Luchi. Pero desde hace
unas semanas noto el olorcillo de la piel de Andrés cerca de mí, junto a la
mía. Creo que todo se puede deber a un nuevo compañero de pilates. Lleva el
mismo desodorante que usaba Andrés, y encima se pone a mi lado.
Lo de la idea obstinada del paso del tiempo tomó más
fuerza cuando vi salir a una mujer extraña de casa de mi vecina Alejandra.
Pensé que sería una amiga suya o una chica que le venía a hacer la limpieza.
Qué va. Un día me crucé con la supuesta desconocida y oí
cómo pronunciaba mi nombre, me saludaba y me preguntaba por Jonás.
—¡Coño! —pensé—, pero si es la voz de Alejandra.
Sí. Era ella, mi vecina. Vestía sus ropas, llevaba en la
mano su paraguas, vivía en su casa. ¿Qué es lo que había pasado con su cara?
—Me he hecho algún retoquito. ¿Te gusta? Si te interesa
te paso la dirección del cirujano. Además, no es demasiado caro.
Hostias. Me quedé… Y luego, claro está, tuve que mentir,
mentir con intensidad. Todo lo que pude.
—Estás divina. Vamos, que no pareces tú.
Creo que este último comentario no le gustó demasiado.
Al llegar a casa fui corriendo al espejo del cuarto de baño.
Sin quitarme el abrigo, ni la bufanda, empecé a perseguir mis arrugas. Estaban
todas allí y hasta es posible que hubiera alguna nueva. No me extraña, después
del susto que recibí con la nueva Alejandra.
Luego le tocó el turno de la observación a Jonás. Terminé
rápido. Mi pobre perro ya ha cumplido 17 años. Otro que va a tener que
emprender un viaje sin maletas antes de lo que quiero.
No estaba preocupada. Todavía. Estaba agilipollada,
idiotizada, buscando pruebas de envejecimiento por todos lados. Necesitaba algo
ajeno, imparcial, que me confirmara los efectos del correr del tiempo.
Por ejemplo. En la churrería de mi barrio. La veo todas
las tardes, paseando a mi perro anciano. Vamos a paso de escaparate, lo que me
permite fijarme en cualquier detalle con esmero.
Es un puesto callejero, junto a la parada del bus.
Supongo que ese será estratégicamente un buen lugar. El churrero es un hombre
mayor, quizás no tanto. Apenas tiene dientes, lo que hace que su mandíbula
arrastre los labios hacia dentro de la boca, como si se los quisiera tragar.
Además, la frente se ha convertido en un sinfín de pliegues, seguro que
provocados por el humo que emana de la freidora y que le hacen tener siempre
los ojos entornados.
Es difícil observar cómo día a día este hombre va
envejeciendo. Su rostro parece que ha llegado al límite. Pero no el material
que tiene en los expositores. Allí descubrí hace más de un mes unos churros
rellenos de chocolate y uno de crema pastelera. La mezcla de grasa y relleno
provocaba un goteo de estalactitas pringosas.
El churro relleno de crema no tenía ningún éxito de
ventas. Allí estaba mirándome a los ojos, cada vez que yo pasaba. Y sí que se
producían cambios. Muy notables. Aquel relleno que empezó siendo beige clarito,
casi blanco, se fue tornado amarillento, anaranjado, hasta terminar, con el
paso de las semanas, en un verde precioso.
Ahí saqué mi vena sarcástica, que no maliciosa, y hace
unos días, me dirigí al desdentado con el aparente intento de consumir.
—Quería ese churro relleno de pistacho o de menta. No sé
muy bien qué es. Me ha llamado la atención.
—No, señora. No tengo churros rellenos de esos sabores.
Son todos de chocolate o de crema.
—Pues ese de ahí, ese, es verde.
El hombre atrapó el churro marciano, se lo puso delante
de los ojos y la frente ganó una muesca más para la colección.
—Voy a tener que cambiar de distribuidor. Compré ayer la
crema y este churro lo acabo de sacar de la freidora hace media hora. Disculpe.
Ya. Hace media hora. En fin, que entiendo al churrero.
Aquí tengo la prueba inequívoca de que otra vez el tiempo nos ha pasado por
encima. Sobre todo a él.
Llegué a mi casa algo desolada. No solo la crema aquella
se había descompuesto, también observé algo agrio en mí. No sé: mala leche,
fijo.
Pensativa, decidí hacer algo diferente esa tarde. Me
enfrentaría al tiempo cara a cara. Cogí el reloj analógico que tengo al lado de
la tele. Alguien me lo regaló hace mucho y ha sobrevivido todos estos años
precisamente por eso, porque no es digital, ya que bonito no es. Lo puse encima
de la mesa del salón. Me senté delante de él. Mi objetivo era observar el paso
del tiempo así, a pelo.
Rápidamente se vino a la cabeza el complemento perfecto.
Me tomaría una copa para ayudar a digerir tanto segundo sonoro. Fui al mueble y
comprobé que solamente tenía una botella de un destilado. Si es que no bebo más
que una cervecita de vez en cuando.
Descubrí, con sorpresa, que no me había deshecho de todas
las pertenencias de Andrés. Allí se escondía una botella de Anís del Mono.
Aquel era el cuello femenino que más tocaban los dedos de Andrés en sus últimos
años.
Abrí la botella y respiré los efluvios anisados del
licor. No me gustaba en absoluto. Además, me recordó su aliento, su
conversación entorpecida por el alcohol, mis silencios. Cerré rápidamente el
tapón, para no dar oportunidad a que saliera ningún genio malicioso de aquella
botella.
Entre el tic tac imperturbable del relojito, reparé con
asombro en que a la botella le faltaba prácticamente la mitad de su contenido.
Y eso que acababa de abrirla yo misma, arrancándole el precinto.
Miré en internet si un licor como este podía llegar a
evaporarse. Por lo visto era complicado que la evaporación fuera excesiva si
estaba bien cerrado y lejos de la luz.
Tuve una idea. Cogí un rotulador y marqué hasta donde
llegaba el nivel del líquido. A partir de entonces, lo revisaría de vez en
cuando. Vería si era una cuestión del paso del tiempo o algo peor. Para no
contaminar el experimento, solicité al profesor de pilates que no me pusiera
más junto al alumno nuevo.
Voy a dejar la enagua, ya terminada. Sí, hoy me toca
echar un vistazo a la botella. A ver.













