21/06/2026

CADA UNO POR SU LADO


Ni mucho menos coinciden el mundo del cine con la ciencia, en todos los casos. Son múltiples las películas que, pese a tener un sesgo científico muy importante, se basan en supuesto erróneos o inexistentes.


El artículo nos enumera varios ejemplos de lo dicho. La conclusión es lógica: la ficción tiene licencias que pueden saltarse principios fundamentales de la física o las matemáticas si así se consigue un mayor impacto, sobre todo comercial.

Eso tiene sus riesgos. Puede haber espectadores que crean a pies juntillas fenómenos que son literalmente imposibles.

https://didactia.grupomasterd.es/blog/numero-26/ciencia-y-cine-no-coinciden

CUARTA SEMANA DE JUNIO

 Pregunta: la última escena de película que te ha pasado




20/06/2026

CINECITTA

 

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Con la de veces que he estado en Roma y no he podido hacer un hueco para visitar Cinecitta. Una lástima, pero de la próxima, que espero sea pronto, no pasa.


Pasear por los estudios donde estuvo Fellini, Sofía Loren, Magniani… y tantos otros, es posible. Existe un recorrido para los turistas, como nosotros, donde por 20 euros, más o menos, podemos recorrer estudios emblemáticos y un fabuloso museo del cine.

Hasta ese momento, nos tendremos que conformar con este completo y muy bien redactado artículo.

https://www.enroma.com/cinecitta/

19/06/2026

SESIÓN CONTINUA 1

 

SESION CONTINUA                                                     MANUEL GIL

 

La desaparición se descubrió después del desayuno.

 La silla estaba vacía junto a la ventana donde cada mañana se sentaba a contemplar un jardín que ya no reconocía. Los cuidadores registraron la residencia con una tranquilidad profesional que, poco a poco, fue transformándose en inquietud. Revisaron salones, almacenes, patios y pasillos. Preguntaron a otros residentes, aunque muchos vivían atrapados en sus propios laberintos.

 Nadie lo había visto salir. Llamaron a su hija.

 Cuando llegó, encontró una habitación ordenada. Nada parecía fuera de lugar, salvo un periódico sobre la mesilla. Estaba doblado por una página en la que, entre anuncios y esquelas, destacaba un titular:

 «Comienza esta semana la demolición del cine Waldorf».

 Lo miró sin prestarle demasiada atención. Después lo dejó donde estaba.

 Mientras tanto, en algún otro rincón de la ciudad, un hombre caminaba con determinación. Iba a una fiesta.

 No sabía exactamente dónde se celebraba. Sin embargo, sus pasos avanzaban con una seguridad sorprendente, como si siguieran un sendero aprendido mucho tiempo atrás.

 La tarde estaba teñida de un resplandor dorado.

 Al llegar a la entrada, una mujer de sonrisa luminosa abrió los brazos.

 Qué alegría volver a verte.

 Era Lana Turner.

 La elegancia de su vestido parecía tejida con luz. Él inclinó ligeramente la cabeza, algo avergonzado.

 No sabía que me conocieras.

 Ella dejó escapar una risa suave.

 Mucho más de lo que imaginas.

 Lo tomó del brazo y lo condujo al interior.

 El salón estaba lleno de música, humo azul y un rumor incesante de conversaciones. Todo poseía una cualidad extraña: era irreal y cercano al mismo tiempo.

 Junto a una barra, con un cigarrillo entre los labios y una copa en la mano, lo saludó un sonriente Humphrey Bogart.

 Siempre acabas encontrando el camino. Me alegra mucho verte.

Hablaron como viejos conocidos.

 Poco a poco se formó un corrillo a su alrededor. Los rostros le resultaban familiares, aunque no lograba recordar exactamente por qué.

 Ava Gardner apareció entre las sombras con una copa de champán.

 Magnífica. Inalcanzable. Tan hermosa como siempre la había soñado.

 Por los fieles dijo, ofreciéndole la bebida.

 Él aceptó.

 Todos parecían conocerlo. Todos parecían alegrarse sinceramente de verlo. Nadie le pedía explicaciones. Nadie le exigía recuerdos.

 Por primera vez en mucho tiempo no tenía que esforzarse por reconocer nombres ni reconstruir el mundo fragmento a fragmento.

 Simplemente estaba allí. Y era suficiente.

 Mientras tanto, la búsqueda continuaba.

 La policía recorrió las calles cercanas. Se revisaron estaciones de autobús, parques y cafeterías.

La hija respondió preguntas mecánicamente.

 —¿Llevaba documentación?

 - ¿Podía orientarse?

 —¿Había hablado recientemente de algún lugar?

 Negó con la cabeza.

 Entonces recordó algo. El periódico de su habitación. Waldorf. No le había dado importancia.

Ahora, sin embargo, el nombre regresaba con una nitidez inquietante.

 En la fiesta, Sofía Loren conversaba junto a un piano.

 Al verlo acercarse, le dedicó una sonrisa pícara envuelta en un halo de ternura. Cuántas veces la había contemplado en la pantalla.

 Siguió avanzando entre los invitados y entonces apareció ella. Seguía siendo la mujer imposible de los años remotos. La mujer cuyos carteles habían provocado confidencias culpables en los confesionarios por parte de tantos adolescentes en aquella España gris del nacionalcatolicismo.

 Rita Hayworth.

 Se inclinó hacia él.

 Sé un secreto.

 —¿Cuál?

 Que siempre me quisiste.

 Él bajó la mirada, tímido. Rita soltó una carcajada cristalina y echó hacia atrás la melena. A su alrededor, las risas se mezclaron con la música. La sala parecía agrandarse. Las voces se confundían con una emoción que él conocía perfectamente.

 Todo el grupo lo acompañó hasta una flamante butaca y lo invitó a sentarse.

Gracias por estar siemprele dijeronpor quedarte hasta el final.

 Entonces lo invadió una sensación profunda y reconfortante: estaba en casa.

 Al mismo tiempo, la hija comprendió. No fue una deducción lógica. Fue una intuición. Un fogonazo. Tomó el coche y pidió a dos cuidadores que la acompañaran. Condujo hasta las afueras de la ciudad.

 El viejo cine Waldorf se alzaba detrás de las vallas de obra como un transatlántico abandonado.

Aún no habían comenzado las tareas de demolición.

 Saltaron el cerramiento y entraron por una puerta lateral forzada. Dentro los esperaba el silencio. El vestíbulo estaba cubierto de polvo. Los carteles se deshacían lentamente sobre las paredes.

 Avanzaron por el pasillo central. Y allí, al fondo de la gran sala vacía, lo encontraron.

Yacía tendido frente a la pantalla. Inmóvil. Pequeño.

 La hija corrió hacia él. Durante un segundo no supo si respiraba. Luego percibió el movimiento apenas visible de su pecho. Y aquella sonrisa. Una sonrisa profunda y serena que hacía años que no aparecía en su rostro. Entonces recordó.

 Antes de que la enfermedad borrara calles, nombres y fechas; antes incluso de ser su padre, aquel hombre había sido acomodador del Waldorf. Había pasado años guiando espectadores con una linterna entre la penumbra.

 Años viendo desfilar amores, aventuras y milagros en sesiones continuas que parecían no terminar nunca. Las películas habían iluminado una existencia humilde, gris a veces, difícil casi siempre.

 Le habían regalado países que jamás visitó, romances que nunca vivió y héroes que lo acompañaron cuando el mundo real resultaba demasiado estrecho.

 Frente a aquella pantalla vacía comprendió que la memoria había ido cerrando puertas una tras otra. Pero había una que permanecía abierta. La última. La más luminosa.

 Quizá, mientras el edificio aguardaba la demolición, en algún rincón secreto de su mente seguía proyectándose la película. Y todos los que alguna vez habitaron la luz del celuloide habían acudido a despedirlo.

 Como en una sesión continua. Como si la función, para él, nunca hubiera terminado.

 

CINE DE VERANO                                           MARÍA ISABEL RUANO

En la parte alta del pueblo, en una calle sin salida bordeada de naranjos, todavía se puede leer, sobre una desconchada pared, el rotulo de Cine. Cada vez que paso por allí me invade un poso de melancolía y no porque yo fuera muchas veces a ese cine precisamente, al del pueblo.

Para empezar, no vivía allí pero si pasaba las vacaciones bajo la tutela de una tía por lo que los horarios eran estrictos y la libertad escasa. Motivos por los que, las pocas veces que fui, lo hice con la compañía de una prima mayor encargada de cuidarme, objetivo nada más lejos de su intención ya que su prioridad era encontrarse con su novio adolescente y escaparse en la oscuridad de la noche.

La entrada del cine de verano estaba en la otra parte de la calle, tras una enorme verja que daba acceso a un alegre huerto lleno de plantas y con una enorme lona blanca clavada en la pared. Ir al cine era una fiesta. Además de las monedas necesarias para pagar la entrada, íbamos aprovisionados de las ricas chucherías que podíamos comprar los domingos a la salida de la misa.

Antes de que la Benitilla pusiera una tienda, justo al lado de mi casa en la calle Real, sólo teníamos dos opciones para comprarlas, la tienda de Mary Lú” o los Carameleros”. La de Mary Lú estaba en un soportal de la plaza y ocupaba la parte baja de su vivienda. Diminuta como era, a mí, me parecía un universo de color e incluso de placeres insinuados y sin descubrir ya que, además de las chuches y de los envases llenos de confeti con forma de biberón, martillos o muñecos que eran mis preferidos, vendía cuentos, novelas del oeste o románticas. No sabría definir cuales me atraían más, en primer lugar, los cuentos. Allí compré uno de los primeros que tuve, Nina” que aún conservo con un cariño muy especial. Después las novelas del Oeste ya que mi hermano se pasaba el día jugando con los indios y los americanos de plástico que también vendían en esa tienda y, de una manera casi pecaminosa, las románticas. Entre los escarceos de mi prima la mayor con su novio y las portadas de esas novelitas que May Lú, colgaba con pinzas en una cuerda, a mí se me antojaba que aquel era un mundo muy, pero muy atractivo por descubrir. Tenía entonces doce años, me encantaba jugar con las muñecas y era una auténtica niña.

Pero en donde me gustaba comprar aún más los tesoros gustativos era en el carro que el matrimonio formado por Epifanio y María paseaba por todo el pueblo. Perfectamente equipado con compartimentos de corcho dentro de un gran cuadrado de madera las chuches estaban al alcance de la mano y no te regañaban si las tocabas. Tal vez porque no tenían hijos, eran más tolerantes con los niños. Con el tiempo descubrí que tuvieron uno, pero se les murió. Aunque la verdad, Mary Lú también me trataba con cariño, ya que, por ser soltera, se rumoreo que podría ser una buena candidata para casarse con mi viudo padre. Eso también lo descubrí pasado un tiempo.

Para el cine de verano teníamos que llevarnos una rebequita porque refrescaba mucho por la noche y además como regaban el huerto cada día, la humedad te hacía pasar frío. Las sillas eran metálicas y estaban pintadas de diversos colores, llenas de desconchones y eran muy incómodas. En aquella época las chicas, no llevábamos pantalones, las faldas se me quedaban cortas de un verano para otro y los hierros terminaban por clavarse hasta la entretela de las bragas.

Me costaba concentrarme en las películas porque la gente hablaba alto, se reían de manera muy escandalosa, todos comíamos chucherías, pipas en especial, las palomitas no eran conocidas por entonces excepto las que, en alguna ocasión, se hacían en casa a la lumbre con una mazorca de maíz. El aire movía las lonas distorsionando las imágenes y además, cuando llegaba la hora de regresar a casa, aunque no hubiera terminado la película, teníamos que salir corriendo si queríamos evitar un castigo.

A pesar de todo esto, la sensación de verano, la incipiente libertad, el erotismo que era capaz de sentir en los arrumacos de mi prima y el poder mirar al cielo contemplando las estrellas, se han quedado en mi memoria con una pátina de ocre melancolía.


 

CENTAUROS DEL DESIERTO, HOY                                           JUAN SANTOS

 

Centauros del Desierto de John Wayne es una película que dejó huella en mi juventud. Recuerdo que la vi en el cine de verano de mi pueblo. Los cuatro amigos nos sentamos en la misma fila, cada uno con nuestra gaseosa y con nuestro entusiasmo particular. Por la tarde habíamos visto, en los soportales de la plaza, la pizarra anunciadora y las carteleras con los fotogramas más representativos. La peli tenía buena pinta. Así que apartamos de la paga dominical las cinco pesetas de la entrada y esperamos con impaciencia la hora de la función. Todos salimos encantados de ella.

Hoy he vuelto a verla en la tele y la misma película, pasados cincuenta años, confieso que me ha decepcionado. Me hubiera gustado tener a mis amigos en mi salón, con una cerveza en la mano, para comprobar si los cuatro nos seguíamos emocionando con el valle de Arizona, con la imagen de John Wayne ataviado con su sombrero negro y su pañuelo rojo al cuello. Y, sobre todo, saber si aplaudirían cuando el bueno persigue con su caballo a los indios malos.

De aquella noche, recuerdo también que, a la salida, ebrios de cine, todos nos mirábamos con cara de pistoleros.

Hoy no ha sido una decepción brusca, sino más bien una incomodidad que ha ido creciendo poco a poco, como una espina que no estaba antes. Mientras avanzaban las escenas, me costaba reconocer la película que tanto me había impresionado. Por eso me hubiera gustado compartirla con mis amigos. A ver si ellos habían cambiado de parecer y el raro soy yo.

John Wayne era un héroe que cabalgaba y actuaba con firmeza, yo quería ser como él cuando fuera mayor. Pero hoy, sentado frente a la pantalla, no he podido dejar de fijarme en aquello que antes pasaba desapercibido: la forma en que se retrata a los indios, como enemigos salvajes, malvados y peligrosos que amenazaban a los colonos blancos.

Entonces el propio personaje de Ethan ha empezado a resultarme inquietante. Su mirada, su dureza, su obsesión… ya no las veía como rasgos de grandeza, sino como señales de un odio que lo consume todo. Me he sorprendido a mí mismo tomando distancia, como si ya no pudiera acompañarlo en su viaje.

Quizá lo que más me ha removido no es la película en sí, sino el contraste entre aquel chico que aplaudía en el cine de verano y el hombre que hoy la observa con desconfianza. Antes, todo era más sencillo; ahora, en cambio, las historias se llenan de matices, y los héroes dejan de ser intocables.

Así he terminado de verla con una sensación extraña, casi melancólica. Como si, junto con la película, también hubiera perdido una parte de aquella mirada limpia de juventud. Y, sin embargo, en el fondo, sospecho que este modo de mirar, más incómodo, pero también más consciente, es lo único que de verdad me pertenece.

 

18/06/2026

EL AÑO PASADO EN MIRENBAND


Son bastantes las películas que se convierten en símbolos de culto, por diferentes motivos: moda, argumento, interpretación, enigmas, significación política, símbología generacional…

El artículo apuesta por una de ellas, El año pasado en Mirenband. Es un film francés, de los años 60, que tuvo bastantes premios internacionales e incluso fue nominado a los óscar.


Las múltiples lecturas, lo críptico, lo onírico, los personajes y multitud de detalles, hacen de esta película una interpretación muy suigéneris de la realidad.

Este tipo de cine apasiona a algunos y, en cambio, no interesa en absoluto a otros, ya que buscan en el séptimo arte algo que no se convierta en un jeroglífico irresoluble.

https://www.zendalibros.com/la-pelicula-mas-enigmatica-de-la-historia-del-cine/

17/06/2026

EL MALTRATO ANIMAL EN EL CINE


Seguro que hay gente que piensa que eso del maltrato animal es una muestra más de tener la piel muy fina, que son estupideces y que antes se hacía, como otras muchas tropelías, y no pasaba nada.

Bueno, pues contra esa frase llena de tópicos y falsedades solo hay una forma de luchar: información. Porque al que carece de sensibilidad y sentido común ya no se le puede arreglar.


 El artículo que hoy os traigo vale mucho. Hace un repaso por películas concretas donde muchos animales han sufrido o han muerto durante el rodaje. Alguna de esas películas, sorprendentemente, tenían como objetivo ensalzar la figura de un animal como protagonista.

Tampoco hay que olvidar los animales que mueren en entrenamientos y traslados. Esos no cuentan para la productora, al final podrán colocar el cartelito de: ningún animal ha sufrido daños durante la grabación de esta película.

 

https://www.revistavanityfair.es/cultura/entretenimiento/articulos/a-dogs-purpose-cachorros-muertos-flipper-ben-hur-cine-maltrato-animal/23401

16/06/2026

LA POLÉMICA DE LA INVENCIÓN DEL CINE


El invento del cine tampoco se mantuvo al margen de las grandes polémicas de las patentes de finales del XIX y principios del XX.

A todo ello ayudaba la complejidad de los instrumentos utilizados y, sobre todo, que estuviera implicado uno de los inventores más sospechosos de plagios y malas artes a la hora de hacerse con los laureles de la fama: Edison.


El artículo nos habla de él, también, claro está, de los grandes protagonistas, los hermanos Lumiere.

Pero lo que más sorprenderá a muchos será descubrir la figura oculta de Le Prince, que parece el verdadero padre de la invención del cine.

No os podéis perder este artículo tan interesante y que se lee en dos minutos.

https://www.milenio.com/cultura/lumiere-y-le-prince-el-nacimiento-del-cine-video

15/06/2026

HERRAMIENTA DE DIVULGACIÓN

 

El cine puede ser una herramienta para todo y en todos los sentidos y direcciones. Hoy os presentamos un artículo donde se puede comprobar cómo se ha ido utilizando el séptimo arte en labores divulgativas científicas.



También nos proporciona una pequeña lista de famosas películas comerciales y cómo tuvieron que asesorarse científicamente para poder ser rodadas.

Un artículo sencillo y que nos ayuda a ver el cine como algo más que un simple pasatiempo.

https://www.inecol.mx/index.php/divulgacion/ciencia-hoy/el-cine-como-herramienta-de-divulgacion-cientifica-una-ventana-al-conocimiento-universal

13/06/2026

TERCERA SEMANA DE JUNIO

 Pregunta: ¿Cómo sería la vida cotidiana si no existiera el cine?




SEGUNDA QUINCENA DE JUNIO

 

THE BLACK MIRROR EXPERIENCE.  Una experiencia inmersiva colectiva inspirada en el universo de la popular serie Black Mirror.

·         Espacio Delicias

·         Paseo de las Delicias, 61

·         Precios desde 17,20.

·         Hasta el 9 de agosto. De miércoles a domingo.

 

https://madrid.theblackmirrorexperience.com/

 

 


11/06/2026

EL LIBRO QUE NO EXISTE 2

 

REFLEXIÓN SOBRE RAYMI                                                     ANTONIO LLOP

El final de las novelas suele ser complicado para el escritor. No es una página cualquiera. Muchas novelas han resultado fallidas porque los lectores se han visto decepcionados con el cierre de una historia. En 2017 publiqué mi primera novela, “Raymi”. Narraba la búsqueda de una madre a su hijo tras veinte años de separación desde cuando él era un bebé. Traté de conseguir la atención del lector con las peripecias de esa búsqueda. Y llegué al inevitable cierre del libro. Tenía que decidir entre dos opciones: la cerrada, con el encuentro de madre e hijo; o la abierta, sin que los protagonistas coincidieran. Opté por la primera que cerraba la historia de una forma amable. Y gustó. Lo que pasó es no me di cuenta de que esa opción también dejaba insatisfecho al lector, que quería saber qué sucedió después de ese ansiado encuentro. Es decir, que creyendo que había cerrado la novela con un buen broche, en realidad también había optado por otra versión abierta. A partir de ahí recibí un aluvión de críticas positivas (las negativas, como solo le vendí ejemplares a amigos, tuvieron la amabilidad de no manifestarlas). Sin embargo, todos los comentarios elogiosos tenían la misma salvedad: “… pero, resulta que cuando llega el encuentro esperado se acaba la novela”. O, lo que es lo mismo, todos me pedían saber qué pasaba después, una segunda parte de “Raymi”.

Desde entonces me obsesioné con esa continuación que me pedían. Consideré todas las opciones, incluso había redactado un encuentro entre la madre natural y la adoptiva que no estaba mal. Pero deseché el proyecto porque me pareció demasiado sensiblero. Abordé con un relato en 2023 una forma metaliteraria de contarla haciendo que Raymi, personaje, se me presentara, en un segundo plano de realidad ficticia, tras la salida de mi clase de los viernes. Con el recurso de que quería descubrir su impostura por no creerme que había emergido de mi novela le hice una pequeña encuesta sobre las características que recordaba de él, por ejemplo, su equipo de fútbol. Sin embargo, deseché seguirle preguntando porque si era un impostor se habría estudiado bien el personaje. Entonces se me ocurrió solicitarle que me contara qué había pasado desde el descubrimiento de su madre natural hasta el momento presente. Y cerré el relato con un sugestivo: “Segunda parte de Raymi contada por ¿él mismo?”.

Con eso creí que este pequeño relato podía ser un prolegómeno que me espoleara para escribir el libro esperado. Pero todos los caminos de continuación de la historia desembocaban en un pantano de pastel azucarado. Desde entonces, para inspirarme y aprender, he leído varias historias de libros con segundas y terceras partes. Y todas las trilogías se basan en relatos conocidos por los lectores porque sus precuelas habían tenido la suficiente difusión como para interesar secuelas. Característica de la que adolece la modesta mía. En fin, que solo puedo escoger determinados personajes, como la detective de mi última novela, “Código Cero”, de igual nombre y nacionalidad vecina de la María de “Raymi”, como algo que recuerde mi primera novela. No puedo hacer más por ese acercamiento, primero porque ya casi no recuerdo las peripecias del libro y no suelo releer mis obras por no entrar en la nostalgia, aparte de que seguro descubriría cantidad de errores ortográficos, redundancias, y planteamientos ingenuos. Y segundo porque caería en el error de darle al lector (aunque sea poco numeroso como es mi caso) lo que pide, cosa que el escritor solo debería hacer si está también convencido de esa deriva. Soy un escritor modesto, pero, en no escribir siguiendo pautas comerciales ni recurrir a métodos de IA, soy inflexible.

Resumiendo, que la SEGUNDA PARTE DE RAYMI, será un libro que no existirá, como tal. Solo aproximaciones metaliterarias como el relato de 2023, la incursión esporádica de personajes similares a los de mi primera novela en las posibles sucesivas, y esta pequeña reflexión. Además, todas las historias que nos han gustado siempre nos dejan ese regusto de querer saber más de ellas. Eso es precisamente lo que las distingue como sugestivas. Con lo cual solo puedo agradecer a mis lectores su interés; me doy cuenta de que pidiéndome una segunda parte de “Raymi” le están haciendo un gran favor a mi maltrecho ego.


 

EL LIBRO SIN ESCRIBIR                                                           MARÍA ISABEL RUANO

Contemplo a la gente por la calle, en el metro.

La mayoría enfrascados en su móvil, ojerosos y cansados.

En el autobús, susurrando conversaciones con alguien cercano.

Por el parque o mientras espero en la cola del supermercado.

Cuántas vidas ajenas, anónimas, desconocidas, extrañas y lejanas

que pasan como un suspiro alrededor de mí.

Cuántos versos atrapados por la prisa del momento,

por la nebulosa del sueño, por la inseguridad que, en ocasiones,

nos causa el escribir.

Cuántas experiencias se diluyen en el recuerdo perdiendo la nitidez

y el color de la mirada.

Cuantos seres queridos muertos cuya historia, a veces,

me cuesta trabajo recomponer o resumir.

Como el libro de mi nacimiento, regalo del bautizo,

con lomos dorados y frágiles dibujos, que quedó vacío

sin letras ni palabras, sin fotos ni menciones, sin escribir al fin.

Son tantos los relatos y poesías, los libros que se quedan sin escribir,

de mis compañeros de letras, de emigrantes y presos,

de ancianos en residencias, de prostíbulos y sacristías,

de viajes y desengaños, del luto y de la vida,

que formulo el propósito y plasmo la promesa de que,

el mío, no se quedará sin escribir.


 

¿SERÉ CAPAZ?                                                            ARACELI DEL PICO

 

  El tiempo que llevo intentando escribir un libro, me lleva a repasar apuntes con frecuencia. Abro la carpeta, selecciono con mimo las notas previas y voy lanzada al ordenador con la idea de plasmarlas en el papel. Me arrugo. No me gusta aquello que, en principio, me parecía brillante. Soy abogada y en mi nueva situación, me acabo de jubilar, tengo el propósito de relatar jugosas causas que he defendido y casi siempre ganado. Debo obviar nombres. No así las situaciones, que expuestas con claridad podrían resultar interesantes.

 

  Lo dejo de nuevo. Vuelvo a la carpeta, arrugada y manoseada de tanto repaso. Rebuscando he encontrado aquella reseña de un periódico del pasado, donde citan el crimen de una joven, que hasta el momento está sin resolver.

 

  Esta lectura me lleva a un tema, que había soslayado y por supuesto, mucho más propio que aquellos que ocupaban mi cabeza. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Un crimen bien dibujado, despierta la atención del lector más apático. Cuchilladas, sangre, desgarros en la piel y la firma del autor. Ésta encriptada, aquella que convierte un texto legible, en uno ilegible, para que sea prácticamente imposible descifrar su autoría.

 

  Me siento delante del ordenador, como por arte de magia, acabo de hilvanar una idea donde el color bermellón, alumbraría sus páginas.

 

  Suena el teléfono. Mi cuñado.

 

-          ¿Sabes algo de tu hermana?

-          Yo, no. ¿Por qué?

-          Anoche, tuvimos un rifirrafe fuerte, muy fuerte. Dio un portazo y se fue.

-          ¿Vosotros? Si sois la viva imagen de la felicidad. ¿Y por qué?

-          Se le ha metido en la cabeza, que tengo un lio con otra.

-          Pues sí que ha perdido el norte mi hermana. No le des importancia. Voy a tratar de hablar con ella y te cuento.

-          Se ha dejado todo en casa. El móvil, la documentación, el dinero. Absolutamente todo.

-          Confía en mí. Sabes la fe que me tiene. Más pronto que tarde, se pondrá en contacto conmigo. O probablemente contigo.

 

Seguimos la conversación y oigo en la distancia, que llaman a la puerta de su casa.

 

-          Espera un momento, llaman, voy a ver quién es. No cuelgues. Quizá sea ella.

 

  Presiento el jadeo de su pecho, mientras salva la distancia, del teléfono a la puerta. Vuelve y con voz quebrada, dice:

 

-          Debo colgar. Es la policía.

-          Pero…

 

  El clic al colgar el teléfono me paraliza. Con pasos muy lentos voy hasta el ordenador y lo cierro. Me cambio de ropa. Debo ir hasta su casa, próxima a mi bloque. Y de repente un presentimiento, pone alas en mis pies. Y justo llego, cuando la policía cierra la puerta, llevándose detenido a mi cuñado. 

 

  Tengo tiempo de preguntar y la respuesta es:

 

-          Es usted la hermana, de doña Paz Aldama.

-          Si, claro que lo soy.

-          Pues también debe venir con nosotros.

 

  No pregunto ni por qué. Reconocer el cadáver de mi hermana, me hace temblar mientras pierdo el conocimiento.

 


 

UN LIBRO SIN ESCRIBIR                                  JUANA DOMÍNGUEZ

 

Un reto imposible me propuso mi profesor de literatura ¡escribir un libro! Daba igual la temática de que tratara.

 

Después de mucho pensar e imaginar, me vinieron dos ideas a la cabeza: un libro sobre plantas medicinales a las que soy gran aficionada por una inclinación natural que nadie me ha inculcado, en mi niñez hablar de medicina natural era considerado brujería.

 

Otro tema que me apasionaba es el desierto africano, una novela de aventuras en él, describiéndole y observándole, seguro que sería gratificante para mí.

 

Estudié botánica en mi juventud y siempre me gustó el uso de las plantas en la medicina natural. Durante muchos años investigué, y hablé con gentes que sabían de botánica y plantas, había recopilado algunas páginas sobre remedios y bondades de la multitud de plantas útiles, que conocía, para el ser humano, y puesto en práctica algunas terapias que yo misma probaba, anotando los efectos beneficiosos o no de las más conocidas.

 

En una de mis visitas a la feria del libro viejo en Recoletos encontré un libro recopilatorio de las plantas ibéricas de Pedanio Dioscórides Anazarbeo. El libro ya estaba escrito, y además me iba a servir en mis futuros experimentos medicinales.

 

El proyecto de elaborar un Manual sencillo donde toda la humanidad tuviera la oportunidad de conocer las plantas beneficiosas para la salud, estaba descartado.

 

El otro tema, el desierto, también lo considere inoportuno, esa semana habían puesto en la tele, la película Lawrence de Arabia, y todo lo que se me había ocurrido contar en la novela, lo describe la película con imágenes impactantes.

 

Un desierto idealizado de arenas finas y doradas movidas por el viento formando dunas diferentes cada dia, un desierto en paz, sin guerras, sin bombas, y lleno de cuevas donde esconder tesoros encontrados en ruinas milenarias, no lo leería nadie, yo no podría describirlo igual que los fotogramas de la película.

 

Hablaría con mi profesor, el proyecto libro estaba descartado, no me considero formada ni motivada para realizar lo que toda la humanidad idealiza “escribir un libro”.

 

Disfruto con los relatos de mis compañeros, con ellos mis ambiciones están más que realizadas.

Mi libro, no existirá, no se escribirá.


 

LA DOBLE SOLEDAD DEL PEQUEÑO ESCRITOR                      SANTIAGO J. MARTÍN

 

Podría haber sido una novela autobiográfica, pero no fue el caso, por poco. Jacinto era un escritor en ebullición constante. Sus ideas más fértiles siempre le surgían al final de veladas regadas por conversaciones únicas, risas infinitas y alcohol, sobre todo alcohol.

 

Y en Jacinto me inspiré yo para mi primera novela, en vista de que él nunca parecía arrancar. Cierto que no le pedí permiso, pero la vida es el motivo de inspiración de los artistas, con perdón.

 

Yo había publicado un pequeño ensayo sobre el maridaje de quesos y membrillos en la península ibérica. Luego también me atreví con una breve colección de relatos melancólicos, profundamente tristes, sin llegar al llanto.

 

En apenas seis meses conseguí terminar mi primera novela: La soledad del pequeño escritor. El protagonista, que bien pudiera ser mi amigo Jacinto, escribía una novela basada en las conversaciones que mantenía con una aplicación de inteligencia artificial.

Me parecía un tema bastante actual y le aplique una buena dosis de ironía y humor. Confiaba en que, al menos los míos, pasarían un rato divertido y ameno. Además, había interrogantes subyacentes muy interesantes: ¿qué hace la IA con los textos literarios que revisa? ¿Los destruye? ¿Los olvida?

 

Afortunadamente mandé a mi editora el original, unas horas antes de que mi ordenador petara. Se quedó absolutamente bloqueado. Mi sobrino Tomasín me dijo que aquello era un virus. No iba a ser ni el primero, ni el último.  

 

Por eso tengo todos mis escritos en la nube, pero no me dio tiempo a subir mi última novela. Estaba tranquilo porque sabía que se encontraba a salvo, en el correo de Mar, de

Editorial Tumismo. La autoedición es la única salida que nos queda a los que circulamos a otra velocidad.

 

En vista de que no recibía respuesta, llamé a Mar.

-          Hola, buenos días. Soy Jesús, Jesús Pérez.

-          Ah, hola Jesús. Precisamente te estaba escribiendo un correo.

-          Ya me extrañaba que no me dijeras nada de la obra que te mandé.

-          Claro. El problema, Jesús, es que el archivo me ha llegado vacío.

-          ¿Cómo vacío?

-          Vamos a ver. Tengo un documento de texto, con 234 páginas, con prólogo, índice y epílogo. Pero el contenido está en blanco.

-          No me lo puedo creer. Tengo la negra con la informática.

-          No te preocupes, me lo mandas otra vez y listo.

-          Ya, ya, si yo te contara.

 

No le conté nada. Le aseguré que en breve se lo remitía de nuevo. Pero no sabía cómo me las iba a apañar.

 

Pensé en reescribirla. Seguro que ganaba. Es bueno dejar reposar las ideas, pero eran tantas que no sabía cuántas podría recordar. Huirían protagonistas y llegarían otros. Algunas tramas parecerían ridículas y nacerían otras que me harían dudar.

 

Decidí darme un tiempo. Pasear, leer, pintar. Demasiado tiempo. Las ganas de escribir no fluían. Es mejor no forzar. Pero la desesperación empezó a apoderarse de mí. ¡Cómo era posible que mi novela se hubiera esfumado? Llegué a tener dudas de si realmente la escribí.

 

También había buenas nuevas. Una tarde oí que Laura Juárez, la gran Laura Juárez, acababa de publicar su último libro: Te tengo.

 

Soy un fan de Laura. He leído todo lo que ha publicado. Incluso mantuve una breve charla con ella en la última feria del libro. Por supuesto no se acordará de mí. Si tuviera que hacer caso a todos los que le van con sus devaneos literarios.

 

Fui a mi librería y compré el ejemplar. Tengo la costumbre de, antes de nada, leer la reseña del libro en la contraportada. Me gusta estar enganchado desde antes de abrir el libro, pero sin mediar la crítica de ningún entendido.

 

Laura Juárez nos sorprende con una novela distinta. Un thriller psicológico donde el protagonista, un escritor aficionado, se sobrecoge al comprobar como su primera novela: La soledad del pequeño escritor, ha desaparecido de su ordenador. Todo se complica cuando comprueba que Rosalía Artaujo, famosa novelista norteamericana, acaba de publicar un libro donde calca su novela desaparecida. El protagonista emprende una inútil lucha para reivindicar su autoría. Cansado, abatido, desesperado, nota como su vida a partir de entonces ya no tenía ningún…

 

Justo ahí, decidí dejar de leer.