23/01/2026

YA SUENA, YA SUBE 2

 

 

LA DISYUNTIVA                                                                      MANUEL GIL

 

Ya suena, ya sube. La presa de arriba, la de la garganta, se ha desbordado. El nivel del agua va a subir implacable hasta cubrirnos y no habrá manera de salir de esto. De hecho, ya tengo las piernas entumecidas, casi ni las siento.

 

¡Ay, Anita! Ahora me acuerdo de la cantidad de veces que me dijiste que esta casa estaba construida en una torrentera y que un día se la podía tragar el agua, que tu padre en su sabiduría no había querido construir nunca aquí. No estás para repetírmelo, pero ya lo hago yo por ti. Aunque todo me gustaba afrontarlo contigo, esto no hubiera querido compartirlo. Hubiera sufrido tanto por intentar sacarte de esta.

 

Bueno, de lo que estoy seguro es de que tú lo entiendes, de que hubieras hecho lo mismo. Sí, ya sé que el muchacho lo habrá hecho de buena fe, pero ¿qué quieres? La disyuntiva era clara. Solo usted. dijo: "O los dos o ninguno", respondí, "pues ninguno", y tenía sitio en la barca, pero estaba alterado y no me extraña, le dominaba el pánico, decía que había más gente que recoger, que era un viejo cabezón y no sé cuantas cosas más, en un estado de enfado y excitación que parecía que le iba a dar algo. Y vuelvo a decirte que no le culpo, la situación era desesperada.

 

Quizás este desenlace nos reúna antes de lo previsto, en un lugar y forma que desconozco. Sabes que nunca fui creyente, pero qué s da. ¿Yo sin él qué iba a hacer aquí? Pude aguantar tu marcha porque él estaba a mi lado. Ya sé que los chicos no lo entenderían, lo sé y me da igual, sabes lo mucho que los quiero, pero tienen su vida, una vida que yo no quiero complicar y que ellos tampoco están dispuestos a alterar por según qué cosas.

 

Cuando tuve que llevarle por el reuma ese que le hacía cojear un poco, se lo dije a la chica y me dijo que el coche no sé qué, que no podía, se lo dije al mayor y su respuesta fue que ya, si eso un día de estos, ya sabes que es una de sus salidas típicas, y al final tuve que llevarlo yo a cuestas, que casi no podía con él, pero ahora está bien, corre y se mueve sin dificultad. Aquí está pegado a mí, muy callado, no sé si tiene miedo, me mira y mira el horizonte.

 

En este momento no llueve, sigue subiendo el nivel por el desbordamiento de la presa, pero se están abriendo paso entre los nubarrones unos jirones de tonos rojizos, como esos atardeceres que tanto nos gustaba mirar desde el huerto. Uf, me había quedado medio traspuesto, tanto tiempo en el agua, me ha adormecido y casi no siento mi propio cuerpo, pero me ha despertado su lengua lamiéndome la cara y me está dando golpes con la cola que está agitando como un poseso.

 

En la somnolencia estaba sintiendo como el cuervo de la parca la precedía con su silueta oscura presagiando lo inevitable. Ya suena, ya baja, pero al acercarse vislumbro algún destello de color y las aguas se arremolinan en un baile frenético con el aleteo mecánico y el ruido como un golpeteo acelerado se va agrandando. Espero que el ángel que parece descender colgado del artilugio no me plantee de nuevo la disyuntiva.

 


 

VOLUNTARIOS                                                           JUANA DOMÍNGUEZ

El tren de alta montaña, está quieto en la ladera de subida a la cima de la montaña, lleva varias horas parado fuera de la vía. Los turistas, que viajaban en él han bajado caminando al pueblo cercano. Ya no quedan visitantes en la cima del glacial, todos han sido evacuados, el silencio se escucha en su entorno, nada lo altera, ni los pájaros ni los animales salvajes se acercan al tren.

Cuando desperté solo había silencio, así seguí mucho tiempo, ya no se oían los gritos pidiendo ayuda que me sumieron en una impotencia profunda, la angustia me asfixiaba, no podía moverme algo me tenía sujeta.

-Hola, me llamo Lucía, no voy dejarte aquí sola, juntas esperaremos a que vengan a buscarnos ¿Cómo te llamas?

La voz, que me hablaba sonaba tranquila y esperanzadora. Había perdido la noción del tiempo, no sabía si era de día o de noche, cuanto tiempo llevo aquí le pregunte.

Lucía fue contándome lo ocurrido, no paraba de hablar, me preguntaba mil cosas, de donde eres, tienes familia, donde vives…. El interrogatorio me estaba enfadando y sosegando.

-Sácame de aquí, le dije en un momento de silencio, llévame a mi casa.

Enseguida, contesto. Y empezó con otra historia, que me adormilaba y calmaba.

En mi corazón no quería que Lucía se fuera, ni que dejara de hablar. Pero ya no quería escuchar más historias quería dormir, descansar, encontrarme en mi cama, con mis gatos.

- ¿Escucha… lo oyes?

Sonaba el pito de un tren acercándose.

- ¡Ya suben! ¡Ya nos vamos!

La calma de Lucía, había desaparecido, el alivio de su voz era patente. La llamada de socorro que lanzo antes de subir, por fin, se había atendido.

Nunca podré olvidarla.

 

 

                                              


 

      EL TIMBRE                                     ARACELI DEL PICO

 

  No era fácil asumir aquella noticia. Mejor dicho, era imposible. Durante meses trató de adoptar una posición digna, frente al mundo en general. Aquel mundo que le repetía una y otra vez, que no estaba solo. ¿Cómo que no estaba solo? Como podría saber ese mundo hasta qué punto se sentía solo, vacío, acabado. Cuando reunía ciertas energías para salir adelante, era peor. Discutía por nimiedades, no soportaba un error y la benevolencia, que siempre había sido su bandera, se había convertido en polvo venenoso, que se esparcía a su alrededor abriendo grietas en la piel de todos cuantos estaban cerca.

 

  Sonó el teléfono. Su madre le llamaba a diario. No siempre lo atendía. Dejaba que sonara y sonara, hasta que al fin el soniquete irritante para él, cesaba. En esta ocasión tampoco lo cogió. No estaba con el ánimo de poner excusas o peor aún templar gaitas. Pero volvió a sonar con insistencia y al fin decidió descolgar:

 

-          ¿Sí?

-          Hijo, alabado sea Dios que has cogido el teléfono.

-          ¿Qué quieres?

-          ¿No has oído las noticias, ni leído la prensa?

-          No. ¿Qué pasa?

-          Parece que la investigación ha dado su fruto y ya se sabe que ocasionó la explosión de gas en casa de…

-          En casa de mi marido.

-          Bueno, pues eso.

-          Gracias madre. Colgó.

 

  La noticia puso una sonrisa en su boca. Tenía gracia que precisamente ella, le informara de primera mano sobre el resultado del accidente ocurrido un año antes.

 

  Ella y su padre, que cuando se enteraron de la relación que mantenían, no dudaron de ponerle en la calle, de aquel día 22 de diciembre. Su premio fue el desafecto total y la falta de respeto a sus sentimientos. Decidió ir a casa de Pablo.

 

  Subió y bajo las escaleras una y otra vez, no recordaba cuantas. Le faltaba aíre para contarle lo sucedido con su familia. Cuando entró, se abrazó a Pablo temblando. Su cariño fue el bálsamo que le ayudó a salir adelante. Pocos meses después decidieron casarse. Los padres de su novio, de humilde condición, pusieron a su alcance todo cuanto precisaban.

 

  Sumido en sus pensamientos, se recostó en el sofá. Se sirvió una copa.  Fue entonces cuando tuvo fuerzas, para abrir el móvil, leer las noticias y tratar de ver la luz, de aquel infausto accidente.

 

  La desilusión se pintó en su rostro con una mueca de amargura. No aclaraban nada. Sencillamente daban por concluida la investigación, añadiendo que los indicios llevaban a un escape de gas que, por mala combustión de la caldera, habría producido la explosión.

 

  Dejó caer el periódico en el suelo. Pablo estaba aquel día en casa. Y el cuerpo de Pablo nunca apareció.

 

  Le venció el sueño… Y mientras dormía creyó oír que sonaba el timbre de la puerta. Y con insistencia.



EL FEO                                                                        SANTIAGO J. MARTÍN

No me llamo Marshall, ni intención fue ir a esas tierras para que me agasajaran. Soy de los que cuando veo una oportunidad la agarro por el cuello y la aprovecho, aunque reconozco que a veces se me va la fuerza y la pobrecilla se queda sin oxígeno.

En los años 60 cargué con un buen petate, una pala, unas chirucas, unas rayban y 800 pesetas. Con ellas, al llegar a Briviesca me compre un burro, viejo, aplastado en el ánimo, cojo de dos patas y ciego de un ojo, pero era un burro, que me duró poco, por cierto.

No habían pasado ni 2 días, cuando un paisano, agricultor de cereal de la zona, al verme pasar me interpeló con amabilidad y sobriedad, que se da mucho en la zona:

-          ¿A dónde va tan bien armado?

-          La fiebre del oro, amigo. Quiero ser de los primeros.

-          Aquí no hay oro, ni lo ha habido nunca.

-          No son esas mis noticias.

Le saqué un recorte de periódico y se lo mostré. Lo rechazó diciendo que ni llevaba gafas, ni sabía leer. Por lo tanto, procedí a la lectura de la breve reseña que había aparecido hacía una semana en El pueblo.

“Cerca de Sargentes de la Lora, en Burgos, en el paraje conocido como Ayoluengo se ha constatado la existencia de auténticos yacimientos de oro negro…”

No seguí, ahí lo decía bien claro, oro. El hombre, con el arado aparcado, empezó a reír y tuvo que explicarme que oro negro no era una joya, sino petróleo. Estaba mejor informado que yo, que a veces me precipito.

Con las mismas vendí el burro, abandoné la pala en la pensión y regalé mis gafas de sol a una simpática camarera que había abierto, con sus hermanas, un bar en la zona: Las guapas.

Me aseguraba que los americanos y sus máquinas estaban al llegar y que aquello se iba a poner curioso. Todo el mundo necesita de un bar para contar batallas y gastar su dinero.

¿Un bar? Más de uno. Y no se me ocurrió otra gran idea que arrendar un local, justo enfrente del bar de esas muchachas y complementar la oferta de alcohol y cafeína de la zona. Nada podía salir mal. Aunque en el nombre no estuve muy lúcido. De todas formas, tenía su aquel, si ellas se llamaban Las guapas, pues yo al revés.

Y el revés que me dio el destino dejó temblando mis esperanzas de emprendedor del Primer Plan de Desarrollo. Dinero, lo que se dice dinero, no perdí demasiado, aunque la calidad de mi nombre y el volumen de mis deudas hicieron que no volviera a aparecer por allí nunca más.

Elegí el momento apropiado para marcharme, aquel oro oscuro nunca fluyó como se prometía y su escasa calidad lo dejaron en una riqueza de tres al cuarto.

Y en buena hora marché de allí, mi primo ya me estaba esperando en Estepona con el que iba a ser el verdadero negocio del siglo: Sofico.

Ya, ya sé que aquello terminó de aquella manera. ¿Acaso hay algo que dure para siempre? Ni la cárcel, que lo sabré yo.