La ciencia y la vida cotidiana no pueden y no deben ser separados. (Rosalind Franklin)
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28/02/2025
SIN CONEXIÓN, 1.
INCOMUNICADOS ANTONIO
LLOP
Matías Botín alimentaba a la paloma con un biberón
improvisado por una botellita de plástico encontrada entre las casas en ruina.
Lo había llenado con agua y granos de maíz machacado rescatado de mazorcas casi
secas descubiertas en los campos colindantes. La dieta se completaba con algo
de arena para la mejor digestión del ave. El hombre se encontraba en una
prisión especial creada en el año 35 del siglo veintiuno: un pueblo de la
España abandonada encajonado entre montañas. Las autoridades en vista de la saturación
de las cárceles convencionales habían conducido a algunos presos, en este caso
a los ciberdelincuentes, a esos entornos aislados. Consideraban que estar sin
cobertura de redes era suficiente castigo para ellos. Además les servía para su
reinserción en la sociedad. Por su forma de vida eran personas solitarias que
ahora tendrían que comunicarse entre ellas para sobrevivir. Por otra parte se
ahorraban dinero en manutención y vigilancia. Les habían proporcionado semillas
y herramientas para plantar huertos que regarían de un riachuelo cercano.
Aunque se podían mover libremente por el pueblo habían instalado un cinturón de
drones de vigilancia a una distancia de siete kilómetros, controlados desde un
puesto fijo por dos operarios humanos. Estos funcionarios se encargaban así
mismo de llevar al pueblo-prisión semanalmente alimentos básicos. En estos
viajes siempre les acompañaba un médico por si algún preso lo necesitara.
Un muchacho gordito y pálido irrumpió en el precario
habitáculo con un azadón al hombro.
-¿Qué haces ingeniero?
-Ya ves, Redek, preparando nuestra wifi.
Matías había buscado entre los enseres de los habitantes que
salieron del pueblo algo de utilidad para sus propósitos. Encontró un viejo
ordenador de sobremesa con su unidad central destrozada al ser arrojado al
suelo por alguien enfadado por la falta de cobertura. Se había desencajado la
carcasa pero la placa base estaba intacta. Había rescatado transistores con
diferentes funciones. Así pudo reconstruir un chip para replicar rastros de
wifi. El problema era elevarlo a suficiente altura como para captar la señal
del repetidor que calculó habría tras las montañas. Esa larga antena era Flyer,
como él había bautizado a la paloma. Había criado al polluelo con mimo
estableciendo un hogar para él. Lo había descubierto hacía un mes en el suelo
bajo una encina, seguramente caído del nido tras una tormenta. Entonces era
febrero y el ave, recién salida del huevo, tenía frío. Pero Matías no podía
usar la red eléctrica para darle calor pues estaba racionada desde el puesto de
control solo para la iluminación nocturna de las casas. Buscó entre los trastos
viejos y descubrió cedés usados que el anterior propietario tenía desperdigados
por el salón. Seleccionó los morados que estaban hechos de aleaciones de
silicio. Improvisó un panel con un cuadro de tamaño medio tirado en el suelo
que representaba un bodegón. Lo usó como soporte para colocar los cedés, encima
de los cuales pegó con cinta trasparente electrodos hechos con papel de
aluminio de cocina. Y lo expuso al sol de invierno por la ventana en el palomar
improvisado. Con ese panel solar precario calculó que habría conseguido solo
doce voltios. Suficientes para calentar al ave. Durante todo el mes estuvo
viendo cómo se desarrollaban los cañones de las plumas que ahora ya vestían sus
alas y su cuerpo.
-Ya vienes dispuesto a darle a los surcos del huerto, ¿no,
Redek?
-A ver, a la faena matutina, jefe.
-Pues espera que hoy nos toca otra labor más importante.
Miró al muchacho y sonrió al ver su aspecto más saludable que
cuando tropezó con él. Lo había encontrado indolente ovillado sobre un jergón
mugriento en una de las casas que visitó. Llevaba dos días comiendo pan duro y
galletas que dejaron los antiguos moradores. Estaba allí por haber estafado
dinero a la gente por el método phishing, algo tan advertido por las
autoridades que sorprendentemente todavía funcionaba. El ingeniero Botín le
sacó de su depresión enseñándole a sobrevivir. Salieron juntos a los
alrededores donde había plantas salvajes con bayas comestibles y le enseñó a
poner trampas para cazar conejos que cocinaban con leña recogida en los
alrededores. Dentro de unos meses esperaban tener productos de su huerta y
frutos en los árboles. Matías Botín conocía todas esas técnicas de campo por haber
pasado de joven algunos veranos en la finca de sus abuelos en un pueblo de la
Mancha. Él era en realidad un ingeniero especializado en Robótica. Estaba allí
recluido porque su robot doméstico había cometido presuntamente un crimen. Y
según las nuevas leyes promulgadas en 2030 los responsables de los delitos de
un androide eran automáticamente sus dueños y mantenedores.
Después de esa toma de biberón consideró que Flyer ya estaba
lista para alimentarse por sí misma y cumplir con su importante misión. De hecho ya había probado los últimos
días con grano en recipiente y había respondido bien. La miró con ojos
interrogantes. La paloma parecía mostrar su aquiescencia con movimientos
asertivos de cabeza. Anudó el chip a una de sus patitas, la llevó posada en su
brazo hasta el exterior de la casa, y la empujó al aire. Flyer batió sus alas y
se elevó. El ingeniero se quitó el reloj que llevaba en la muñeca, que en
realidad era un ordenador cuántico muy potente. Lo había colado engañando a los
funcionarios con la excusa de conocer la hora del día. Ellos tampoco fueron muy
exhaustivos en el control porque le llevaban a un lugar sin conexión. Desplegó
una pantalla algo mayor que una cajetilla de tabaco, y junto a Redek estuvieron
expectantes de la señal de cobertura.
Tras un minuto de incertidumbre el icono se iluminó.
DESCONEXIONES MANUEL
GIL
Sé
que esta misiva no la vas a leer nunca. De hecho podría meterla en una botella
y arrojarla al mar, tal vez aparezca en alguna playa que tú frecuentes y puedas
si no entender mis razones al menos conocerlas.
No
empezaré por pedir perdón, porque seguramente, si yo estuviera en tu lugar
tampoco perdonaría, solo contarte como pude llegar a eso.
Hay
momentos en que la vida se nos vuelve gris, en que las metas están o bien
alcanzadas, o ya no tiene nada de estimulante alcanzarlas. Sabes que renuncié a
muchas cosas por la seguridad que el trabajo que he desempeñado tantos años nos
daba, y en esa rutina he ido consumiendo días, meses, años, perdiendo sueños, y
viendo cómo va mermando el físico y como se va escapando la juventud.
En
ese punto estaba cuando apareció ella. Vino de su mano y a mí me pareció que un
viento vertiginoso se colaba en mis venas, ¡tan bella tan joven! y yo le hacía
gracia, no me preguntes por qué, tal vez porque le veía a él dentro de 25 años,
siempre se ha parecido tanto a mí.
Volví
a tener entusiasmo por arreglarme, por parecer atractivo. Tu misma me dijiste
en alguna ocasión que cuando venían a cenar me ponía muy tonto con ella. Por
primera vez en años me sentí de nuevo
joven y experimenté un renacer desorbitado del deseo. ¡Cómo me gustaba
practicar la seducción! y en esa vorágine y sin ver la tempestad que se cernía
sobre nosotros llegué a tenerla entre mis brazos, a traicionarte a ti, a él, e
incluso a ella, porque no me explico cómo pudo rendirse a mis deseos, aunque
eso, en aquellos momento me hizo mirar desde arriba, como si tuviera el mundo a
mis pies.
Cuando
te envié el WhatsApp por error, él que iba destinado a ella, creí morir, lo que
le decía no dejaba lugar a dudas y fíjate que pienso que aquella cita que
propuse en él y que repetía las que habíamos tenido en el mismo hotel, iba a
ser la última. Creo que ella ya había alcanzado la cima de aquel capricho y que
sentía vértigo y quería dar marcha atrás.
Se
produjo inmediatamente la desconexión. Desaparecí de todas tus cuentas en redes
sociales. Salías ese mismo día de viaje, un viaje que era solo exploratorio de
aquel puesto que te habían ofrecido y del que ya no regresaste. Hice un desesperado
intento de encontrarte en el aeropuerto, nunca sabré si hubiera servido de
algo, pero no tuve suerte. Cuando llegué tu avión hacía 5 minutos que había
despegado.
Luego
vino todo lo demás, no sé si llegaste a contárselo a él, o si lo intuyó, o si
ella se lo confesó. el caso es que cuando me lo expuso con toda crudeza, no
supe, no pude, o no quise contestar, me quedé rígido y ni una sílaba acudió a
mis labios. Eso fue una confesión de facto. La desconexión se amplió a él y
también a ella. Hoy solo tengo una certeza: he perdido a mi mujer y a mi hijo,
la otra pérdida es la de alguien a quien nunca debí encontrar. Y la verdad es
que no sé si la conexión a la vida tiene ya mucho sentido para mí.
DESCONEXIÓN MARÍA ISABEL RUANO
Había entrado en una peligrosa edad en la que la frontera
hacía la vejez estaba mucho más cerca de lo que él nunca había imaginado.
Tras más de cuarenta años de carnet y acostumbrado a
conducir su coche con plena libertad, la maldita operación, le impedía hacerlo
y sin embargo tenía que ir al pueblo para realizar unas gestiones. Otro
fastidioso engorro que debía asumir.
Resignado acudió al móvil para buscar la información en
Internet. No se manejaba bien en ese ámbito, pero con paciencia comenzó su
andadura por ese rectángulo acompañado de una lupa que le invitaba a escribir
su demanda.
Al teclear el nombre de la antigua estación del norte, un
alarmante cartel le avisaba de que, por las obras del soterramiento de la
Nacional V, todos los servicios se habían trasladados a la estación sur. Por
momentos, sus viajes al pueblo cuando aún no tenía el carnet de conducir, las
esperas en la estación y los trayectos en la Sepulvedana, le parecieron muy
lejanos, demasiados lejanos e incluso felices.
Escribió de nuevo en el grisáceo espacio de Google la
referencia de la estación sur y con sorpresa descubrió que ya no estaba en la
calle Canarias, sino que, al parecer, y desde hacía varios años se había
trasladado a Méndez Álvaro, una zona casi desconocida para él. Abrió varias
páginas y la información le resulto del todo confusa. En la mayoría le
obligaban a aceptar las cookies publicitarias o a descargarse largos listados
de horarios. Desde luego que su vista no
estaba para esas tareas. Regreso al buscador para solicitar el teléfono de la
estación y tras escuchar varias serenatas con melodías de espera le respondió
un mecánico contestador automático al que tuvo que repetir en varias ocasiones
lo que deseaba saber. Tan sencillo como el horario de salida para el viernes 28
de febrero.
Un tono metálico y discordante con la esperada amabilidad le
dio el teléfono de La Veloz. Tomó nota. Llamó. No una sino varias veces y
cuando finalmente le contestaron, una agradable voz femenina le informó de que
estaba llamando a un spa balneario de Chinchón y que la empresa no había
actualizado la información.
Regreso al buscador para solicitar el número de la empresa Samar
y con asombro le contestó otra voz femenina, esta vez mucho más cansada que la
anterior para ratificar su enfado porque dicha empresa no había dado de baja
ese número de teléfono que era particular y ratificar que estaba muy harta de
que la estuvieran molestando constantemente. Casi no le dio tiempo a pedir
perdón cuando la mujer había colgado con estruendo.
Tras controlar su propio enfado y darse un paseo por la
cocina y comer compulsivamente lo que encontró en la nevera volvió a llamar a
la estación. Mientras la melodía de espera le distraía, buscaba en su recuerdo
el nombre de esa pieza musical no del todo desconocida. Cuando el contestador
le preguntó por lo que necesitaba saber, casi indignado exclamó: quiero hablar
con una persona. Tras reiterarle el mensaje, el contestador repitió: lo siento,
no he entendido su petición. Mensaje tras el cual, la comunicación se cortó sin
más alternativa.
Abrumado decidió salir a pasear por el parque. No le gustaba
la deshumanización a la que todo había llegado, el ahorro en puestos de
trabajo, la explotación a la que sometían a los empleados, la dependencia de
las tecnologías, el uso del móvil con sus constantes actualizaciones que le
obligaban a aprender los nuevos caminos informáticos, los malditos contestadores
automáticos ni el rumbo que la vida estaba tomando, el rumbo al que su propia
vida le estaba llevando. Poco a poco se fue alejando de esas sensaciones, se
dejó llevar por sus pasos y se entretuvo con el renacer de los árboles, la
tierra sedienta, los pájaros inquietos, esquivando a las personas que caminaban con frenesí y por
el oscuro color del atardecer de febrero en la ciudad. Caminó mucho más de lo
previsto. Se le hizo de noche, muy de noche. Aturdido no sabía cómo regresar a
su casa. Sacó el dichoso móvil para buscar la información, pero antes de
hacerlo, respiró profundamente. Lo depositó encima del banco de madera.
Esperaría a que la estrella polar le indicara el camino hasta su casa.