EL REGRESO ANTONIO
LLOP
Sentado en el sillón me entra un
golpe de tos. De pronto suena mi móvil. ¡Qué extraño! Desde mi regreso a Madrid
tras treinta años viviendo en Bolivia nunca había escuchado el timbre del
teléfono. Cuando llegué mis padres habían muerto sin que yo estuviera presente,
mis amigos ya no vivían en el barrio, o ya no me conocían. Sin hermanos, nunca
me puse en contacto con la familia. En la casa donde nací solo encontré
sombras.
Doy paso a la llamada. Una voz
lejana de mujer con acento hispano:
-¿El señor Domingo Fernández?
Pienso que me quieren vender un
cambio de compañía telefónica. He oído a los vecinos que hay operadoras
sudamericanas en esas tareas. Pero pronto me doy cuenta de que no es el
presente quien está al teléfono, sino el pasado:
-Aquí la policía de La Paz,
señor. Hemos detenido por narcotráfico a un joven que dice ser hijo suyo. Se
llama Benito.
La noticia me impacta. Cuando me
vine de allí abandoné a mi hijo junto a su madre, con la que nunca me casé.
Rompí todo contacto con ellos aunque no cambié mi número. Pero, ella nunca me
ha llamado en los tres años que ya llevo en Madrid. El orgullo ancestral de los
indígenas. Benito tampoco. Hasta ahora…
-¿Señor Domingo?
¿Señor?-insisten.
Sí -contesto, al fin. En mi
cabeza hay una tormenta desatada.
-Mire usted, su hijo nos ha dicho
que lo llamemos. No tiene plata para un abogado. Quizás usted…
Desconecto la llamada y me
derrumbo de nuevo en el sofá. Ha sido un impulso cobarde. Podría haber
contactado con antiguos amigos bolivianos para que se hicieran cargo de la
defensa de Benito. Les mandaría el dinero necesario. Con el tiempo de vida que
me queda ya no lo necesito. Pero no tengo ánimo para volver al pasado.
El teléfono suena de nuevo. Sin
cogerlo, me dirijo a la cocina. Me sobreviene otro ataque de tos. Separo del
dispensador una cápsula negra de café. La deslizo por la cresta de la cafetera
hasta encontrar la ranura. Aprieto el botón de marcha. Mientras cae el líquido
recuerdo cómo empezó todo. Estaba en la gran encrucijada de mi vida. Tenía que
decidir. ¿Qué hacer con mi flamante título de Ingeniero de Minas por la
Universidad Complutense? Me planteé emigrar. En Bolivia había muchas
oportunidades de ganar dinero. Y yo era ambicioso. No dudé en dejar a mis amigos
y a mi familia de aquí.
El móvil no para de sonar.
Sonrío con amargura. En
Colquechaca, indígenas y mestizos trabajaban a una profundidad de más de 200
metros. No existían ascensores. Descendían unos tramos a pie, y otros por
escaleras de madera improvisadas a través de huecos en los que apenas cabía una
persona. En lo más hondo, en un ambiente enrarecido por el gas, perforaban las
paredes. Durante el proceso de taladro su boca se llenaba de trocitos del
mineral desprendido. Luego introducían cartuchos de dinamita en los agujeros
practicados, encendían la mecha y subían deprisa. En su precipitada huida hacia
arriba siempre les alcanzaba la nube de polvo de la explosión. Al día siguiente
volvían a respirar el mismo polvo al recoger con palas el mineral esparcido por
el suelo. Lo cargaban en bolsas que otros compañeros subían desde la superficie
con un torno. Muchas enfermedades pulmonares. Muchos accidentes. Pocos mineros
llegaban a los cuarenta.
Los primeros días, desde mi
despacho, les veía antes de entrar a la mina con un moflete hinchado. Creí que
tendrían problemas de caries, hasta que me dijeron que masticaban hojas de coca
para aguantar la dureza del trabajo. Yo, sin mancharme, sin bajar a la
explotación nada más que cuando estaba bien aireada, ganaba miles de dólares. A
ellos les pagaban en pesos bolivianos. Pocos.
El timbre del teléfono persiste,
pero el de la máquina de café ya se ha detenido. Retiro con cuidado la taza
humeante y vierto en ella una cucharada de azúcar. Mientras saboreo el café
pienso que ya es el último placer que me queda.
Después de unos minutos de
silencio, el móvil vuelve a sonar. ¡Maldito pasado!
Al final a mí también me ha
afectado la mina. Moriré solo. Aunque siempre lo hacemos así, nuestros seres
queridos nos rodean. Yo no tendré esa suerte. Tendré que conformarme con la
presencia de mis fantasmas. Sombras de amigos de juventud, de familia olvidada,
de mineros muertos, y de una mujer y un hijo abandonados.
El ring, ring continúa. Pero no
levantaré el teléfono. Ya no tengo fuerzas para regresar de nuevo.
VOLVER A CASA JUAN SANTOS
Supongo que los pajarillos sentirán lo mismo que yo cuando
abandonan el nido. Yo lo abandoné cuando apenas sabía volar y, desde entonces,
hace ya más de cincuenta años, el sentimiento de volver a casa lo mantengo
intacto en mi corazón.
Para mí fue muy duro dejar el hogar familiar, como también
lo fue para mis padres. Eso no quita, que ellos, pensando en un futuro mejor
para mí, disimularan su pena y me dieran un empujón para salir.
Viendo las ofertas de empleo en el periódico y pateándome
Madrid sin éxito, sentí la tentación de volver al calor de mi casa y la
protección de mi gente. Pero eso, ya lo habían hecho otros paisanos y era un
síntoma de fracaso. Además, al poco tiempo lo volvería a intentar y tendría que
volver a pasar por el martirio de otra despedida.
Por fin encontré un empleo. Al salir de trabajar, volvía a
dormir a la pensión, pero la patrona no era mi madre, ni aquello se parecía en
nada a volver a casa.
Solo los fines de semana y en vacaciones, cuando iba al
pueblo, podía llenar el inmenso vacío de mi casa.
Tuve que casarme y formar una nueva familia, para comprobar
que en Madrid también da gusto volver a casa. Eso no significa que olvidara la
de mis padres. Para mí era un placer, volver, mientras ellos vivieron.
Ahora que la casa del pueblo está vacía, confieso que, al
pasar por las cuatro esquinas, todavía me aflora el sentimiento de volver a esa
casa.
El problema era esa mirada. De los ojos al remordimiento había solo un paso y de allí a la culpa y a la traición, un milímetro.
Mi madre era la que sinceramente más se alegraba de verme aparecer por el pueblo, el resto de personas del lugar solo sentía indiferencia absoluta o desasosiego, como yo.
Por ese vaivén de sentimientos encontrados yo intentaba evitar las escapadas de cariño y atraía a mi madre a la ciudad, cuando ella se dejaba. Pero esta última opción cada vez se volvía más complicada.
Las piernas de mi madre cumplían inviernos a mucha más velocidad que ella misma y hacer un viaje de 70 kilómetros en tren se volvía una prueba de cariño cercana al golpeo innecesario de un cilicio sobre sus meniscos ya inexistentes.
Resumiendo, que me la traía a Vallecas para Navidades y el día de mi cumple. El resto del año, si quería dos besos con enjundia materna, tenía que ser yo el que fuera a buscarlos.
El problema es que encontraba todo el cariño de mi madre y también otros achuchones no buscados, comprometidos, ajenos a mi casa.
La puerta holandesa de la casa de enfrente tuvo lo culpa. Estoy hablando de hace más de 20 años. Allí es donde se plantó Eloísa, apoyando sus codos en la parte cerrada, la de abajo, y ocupando ella la zona superior con sus hombros desnudos y la melena rubia insinuando que esa era su única vestimenta.
-Lo verás, pero no lo catarás, bonito.
- Te advierto que ni siquiera veo nada.
- Ya, pero te lo imaginas, ¿verdad? ¿Acaso piensas que estoy desnuda, aquí, al otro lado?
No sé qué se imaginaba un cuerpo confuso de 15 años, como el mío, a las 5 de la tarde en un profundo verano toledano. Lo que sentía estaba muy claro: rubor, tentación, excitación y, sobre todas las cosas, mucha confusión.
Esa escena no se volvió a repetir. Sin embargo, apenas un año más tarde, mis muslos se derretían entre los de mi vecina y mis manos buscaban hambrientas la seguridad de sus pechos y el cobijo de su cuello. No sabía yo a dónde me conducía esa aventura de placer nuevo y tampoco intuí que unos ojos defraudados nos observaban escondidos detrás de la ventana.
Aquello era como una bienvenida y, a la vez, despedida a esa orilla del sexo. Me mudaba a Madrid para terminar mi bachillerato en la capital. Ya no volvería más a casa, salvo a ver a mi madre y a sufrir con las incógnitas del deseo.
Eloísa se casó pronto, precisamente con quien vigilaba nuestros intercambios de fluidos. No he llegado nunca a comprender por qué Roberto terminó jurando amor eterno a la mujer que no le quería. Ni tampoco supe qué significaba que Eloísa emprendiera una nueva vida junto al hombre que más la ignoraba en 50 kilómetros a la redonda.
Desde entonces rara ha sido la visita a mi madre que no haya terminado, pasando por esa puerta holandesa, en una excursión de besos ansiosos, de susurros de amor imposible, de caricias con respuestas cortas a preguntas que ninguno de los dos nos hicimos. Y en la habitación de al lado la mirada perenne de Eloísa observando a los dos hombres de su vida.