11/07/2025

PRIMERA QUINCENA DE JULIO

 

A LA LUZ DE LA LUNA 2

 

TAL PARA CUAL                                             ANTONIO LLOP

El primer síntoma que noté fue que me empezó a gustar la carne menos hecha, más cruda.

-A mí el filete a la plancha solo vuelta y vuelta.

-¡No me lo puedo creer! –Me dijo Nadia­-. Antes no te lo comías hasta que no te lo pasaban varias veces.

-Tienes razón. Pero no sé lo que me pasa desde la noche de ayer.

Con mi amiga Nadia suelo quedar todos los fines de semana desde hace unos pocos meses. Los sábados toca baile y los domingos cena romántica. Durante el resto de los días, los dos tenemos unas jornadas laborales agotadoras. Ella como enfermera en el Hospital Comarcal y yo en el Banco Universal donde estamos implementando un nuevo programa informático que nos está dando mucha guerra. Ayer sábado Nadia y yo fuimos a bailar a una discoteca alejada de la ciudad. Tras el baile salimos como habitualmente a contemplar las estrellas. Era doce de julio y todavía estaba la luna llena del jueves diez. Es un paseo durante el cual solemos charlar de nuestras cosas aprovechando que ya no está el ruido aturdidor de la música. Nos estamos conociendo pero ya paseamos cogidos de la mano. Recuerdo que me sentí desazonado, me picaba la espalda y un hormigueo recorría mi boca. Disimulé mi desazón porque esa noche quería intentar besarla. Me gusta mucho esa chica. Estoy convencido de que hemos nacido el uno para el otro. Me contó que era española aunque sus padres procedían de Rumanía de la zona de Transilvania. Esa noche estaba tan inquieto a causa de mis picores que no me decidí a acercarme a ella. 

La cena romántica del domingo terminó sin novedad. Pero el lunes me levanté para ir al trabajo y al lavarme la cara ante el espejo del lavabo noté que mis ojos verdes tenían un tono amarillento. Y que mis orejas estaban algo más pequeñas y triangulares. No le di importancia pero estuve toda la jornada inquieto, molesto por el ruido del tecleo de los ordenadores y por los olores del servicio de mi departamento, bastante alejado de mi puesto, pero que sentía de forma mucho más intensa que habitualmente.

El martes amanecí con la boca más prominente, como los hocicos de los perros. Y al ducharme me pareció que el vello escaso que suelo tener solamente en la zona del pecho se me había extendido por todo el cuerpo.

Me asusté y pedí cita con el médico de la Empresa a quien le expliqué mi problema. Este me derivó al psiquiatra de la Aseguradora quien me recibió al día siguiente.

-Por los síntomas que usted me expresa podría ser un caso de licantropía clínica –fue su diagnóstico.

-Pero yo me encuentro perfectamente a excepción de este picor por el cuerpo. No me siento un lobo, ni quiero morder a nadie.

El doctor sonrió.

-Usted ha visto muchas películas. No se trata de una trasformación real, sino psicológica. Yo no percibo esos cambios que usted me dice. Desde mi punto de vista su fisonomía entra dentro de la normalidad.

Me explicó que hay casos en los que el paciente desarrolla incluso un hirsutismo psicosomático que desaparece tras el tratamiento. Y en los más graves los enfermos aúllan a la luna y andan a cuatro patas. Pero que mi problema era leve, con una terapia cognitivo conductual probablemente se arreglaría.

-No hace falta que le recete antipsicóticos. Tenga la dirección de este psicólogo. Es el mejor en la especialidad que usted necesita.

Llamé y la secretaria del terapeuta me citó para el lunes siguiente.

-Empezará con una terapia de grupo. Y después el doctor valorará si sigue de forma individual.

Ese fin de semana Nadia y yo estuvimos especialmente callados. El sábado fuimos a nuestra discoteca habitual y el domingo al restaurante de costumbre. No progresé en el acercamiento a mi amiga.

El lunes siguiente acudí a la cita con el psicólogo. Llegué tarde porque tuve que colaborar en la solución de un fallo grave en el programa informático. Abrí la puerta de la consulta y observé a los pacientes sentados en torno al terapeuta. Una chica rubia de espaldas a mí y de pie contaba al grupo su problema. Me disculpé por mi tardanza de forma aturullada y cuando el psicólogo me señaló una silla para sentarme me di cuenta de que la muchacha era mi amiga Nadia. A la indicación del terapeuta siguió con su relato, pero ella ya se había percatado también de mi presencia.

Contó con un cierto nerviosismo que era enfermera en el Hospital Comarcal y que su jefa la había aconsejado esa terapia por su obsesión a pedir el traslado al departamento de Hematología. Al mirarme avergonzada forzó una sonrisa que mostró sus bonitos dientes blancos.

A mí, al menos, me pareció que sus caninos estaban más prominentes.


 

DESALMADA                                                                          JUANA DOMÍNGUEZ

 

"Yo me enamoré de noche y la luna me engaño… "

No sirve de nada llorar ya.

Tres días antes deberías haber venido. Tu hermana hubiera reaccionado con tus palabras o tus risas, los ojos se le habrían  abierto de alegría,  esa hubiera sido su reacción.

Lloro mucho sus últimos días, recordando vuestros juegos, vuestra empatía  y tu egoísmo con ella.

Sí, no me mires con esa cara, aquella noche sin luna que desapareciste con Narciso,  se hundió en una depresión de la que no pudo salir nunca, siempre confiando en que volvieras y le contaras por qué te fuiste sin despedirte.

Te hubiera perdonado, no te quepa duda, os hubiera perdonado a los dos.

 Cuantas veces me contó tus aventuras con otros chicos del Instituto,  tus amoríos con cualquiera que te interesara.

Mil veces  insulto a la luna traicionera, que te impulsó a engañarla; luna, a la que tanto admirabais sentadas en el balcón, esperando que él viniera a saludarla.

Nunca pensó que te encapricharías de quien iba a ser su marido,  ni que te fugarías con él  para siempre, tubo esperanza hasta el último momento de que volveríais y seríais felices los tres juntos.

Ya no será posible, ayer mismo la enterramos, solo espero que te arrepientas de tu proceder y la recuerdes con todo el cariño que se merece.

Llévale flores, pídele perdón,  seguro  que sonríe  cuando te sienta.


 

NOCHE SIN LUNA                                           MARÍA ISABEL RUANO

 

Velada la casa

a oscuras y armonía,

salí sin ser vista

con el alma agitada

sin rumbo ni luz

nada más la que

por el corazón me guía.

No temía la sombra,

el secreto ni la agonía.

Buscaba sin saberlo

la dicha del encuentro

pues sentía que él estaría

al acecho de la noche

por ver si yo aparecía.

No escuchaba el viento

ni a la ciudad dormida

sólo el palpitar agudo

del corazón cuyo destino,

aún sin saberlo, él conocía.

En el encuentro

de su risa y la mía,

de su boca y la mía,

de su dicha y la mía,

la luz como si fuera el día

resplandecía.

 

 


 

RAYO QUE GUIA MI CAMINO                                                           ARACELI DEL PICO

 

  Me atrapa su luz. Y me arropa. Y me envuelve en la magia de la noche, creando en mi interior mil sensaciones. Distintas. Desconocidas y adorables. Son una inyección de energía positiva que dura mientras su círculo se fija en la oscuridad, rodeada de estrellas, marco perfecto para lucir espléndida.

 

  Esta sensación no es pasajera, incluso cuando ella disminuye de tamaño, su sintonía con mi ser aún permanece. Ahora en julio, que disfrutamos de la “luna del ciervo “así la han bautizado  porque es cuando crecen las astas de estos animales, y es entonces cuando encuentro en su luz el alivio de unos días sofocantes. Las noches invitan a soñar. Yo siento que la luna a mí, me los roba.

 

  No importa, porque los expande y los lleva hasta aquellas mentes que con precisión captan la idea y plasman en un libro, historias extraordinarias. Vidas que gozan, sufren, triunfan y caen repetidas veces, levantándose otras tantas para ofrecer el vértigo de sus proezas.

 

  Esas historias son mías. Yo las he soñado. Pero si no he sido capaz de transmitirlas. Si lo soy de disfrutarlas, leyendo sus páginas a través del rayo vertical de mi luna de ciervo.

 

  Pero amanece. Todo, es bien diferente. Poco a poco el astro rey despierta y avanzan las horas. Manda haces de calor y luz muy cegadora. Es su momento y está haciendo su trabajo. Pero su majestad apabullante, resulta difícil de sobrellevar.

 

  Me coloco una liviana pamela de paja. Un vaporoso vestido de algodón, me alzo ligeramente sobre unas cómodas sandalias y bajo sombras de árboles centenarios me dirijo al rio. Aquí todo resulta fácil.

 

  Un baño reparador en la charca, ha ganado la batalla al calor.

 

  Saco mi libreta y mi pluma. Pongo en marcha mi imaginación. Pienso en mi luna y le digo que me devuelva el guion que ayer dejé a medias.

 

  Se resiste… Pero lentamente va fluyendo, igual que lo hace el agua de la cascada, que oigo deslizarse lentamente sobre el musgo de las piedras que humedece.

 

  No está terminado. Debo hacer algunas correcciones. Pero antes de volver, retiro la escasa ropa que me cubre y dejo que el agua fría, casi helada, me acaricie.

 

  Con esa sensación y pensando en el brillo mágico de mi luna de ciervo, imagino el final.

 


 

NADA FALLÓ PORQUE  NADA FUNCIONABA                                    SANTIAGO J. MARTÍN

 

Si no hubiera sido por la tímida luz de la luna que asomaba entre la persiana desvencijada de la habitación, que llamaban de invitados, no se habría visto pasar una sombra titubeante por el pasillo.

 

Dormía Sonia, por fin, después del habitual desvelo de las 2 de la mañana. Aquel rito cruel para su descanso no había habido forma de atajarlo, ni siquiera con el tratamiento del psiquiatra. Era un absurdo reloj biológico que machacaba a la mujer desde que murió Juan Esteban, su hermano.

 

Si no hubiera sido porque el perro dormía profundamente y, sobre todo, porque ya había cumplido 14 años y deambulaba por la casa sordo, medio ciego y con el olfato a punto de atrofiarse, pues bien, si esa mascota hubiera estado alerta, aquella sombra nunca hubiera llegado a su destino con aquel sigilo.

 

La casa era ya vieja, tenía más de 100 años. Por allí habían pasado las tres  últimas generaciones de los Fernández Amescua, con esplendores y miserias, con  mediocridades y silencios que servían para ocultar las frustraciones contemporáneas de una familia que había venido a menos con el paso del tiempo. El suicidio del muchacho tampoco había ayudado.

 

Si no hubiera sido porque la alarma estaba desconectada, como ocurría desde que Sonia veraneaba en esa casa de Burgos, aquella figura, aparentemente siniestra, nunca habría alcanzado el lecho de la mujer tan fácilmente.

 

Vivir sola en una casa tan grande tiene sus ventajas, casi ninguna, y sus inconvenientes, prácticamente todos.  Aun así, la chica creía que era necesario normalizar la relación con los fantasmas de su pasado y sentirlos de cerca, mirarlos a la cara. Esa era una frase, tal cual, de su psicólogo, que contradecía bastante al psiquiatra, pero que era muy necesario.

 

Si no hubiera sido porque una escalera de mano había quedado como por descuido apoyada en la ventana, abierta, de la cocina, nadie hubiera podido entrar tan cómodamente en la casa.

 

Imaginación, ese era el lema de Sonia, en los últimos años. Algo que le motivara para seguir adelante sin el aburrimiento de tener que gastarse una fortuna, de dudoso origen, en  caprichos absurdos.

 

Si no hubiera sido…

 

-          Vale, ya, por favor. Si no hubiera, si no hubiera. Que pesadez de narrador. ¿Es que no va a poder una echar un polvo original, simplemente porque todo el pueblo diga que es la hija del cura? A saber cómo se lo montaba mi madre.