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06/11/2026

A TOPE 1

 

VOLAR PARA CAER                                         MANUEL GIL

 

Ya no sé si el tic tac mide las horas del reloj de la pared o mide los latidos que le quedan a mi condena. Están a punto de llegar. He corrido el cerrojo, he apagado las luces, he intentado hacerme invisible en la penumbra de este lugar que huele a ceniza y a tiempo muerto, pero sé que es inútil. La mano de esta gente es larga, es una sombra que atraviesa paredes, compra conciencias y borra personas. He perdido pie. He naufragado en el peor de los mares, ese donde el agua es fría, opaca y está poblada por los peces oscuros de la culpa.

 

Me asaltan los recuerdos como ráfagas de un pasado que hoy semeja un sueño. Una época en que mis ideales aún tenían el brillo intacto de la plata nueva. Creía saber lo que hacía, creía que la política era un sacerdocio laico destinado a redimir la tierra. Muchos me decían que ser tan idealista no era práctico, que los barcos no flotan sobre nubes, que había que tener los pies firmemente clavados en el suelo. Pero yo flotaba. Estaba tan seguro de mí mismo, de mi pureza incorruptible, de que mi brújula moral apuntaba siempre al norte verdadero.

 

Luego llegó el ascenso en el partido. Fue por mis méritos, por una oratoria que encendía auditorios y una capacidad innata para cohesionar a las bases. Era un imán para la militancia. La agrupación provincial me nombró secretario de organización y encargado de relaciones externas, un cargo donde la línea entre el bien común y la trastienda empieza a difuminarse como la acuarela bajo la lluvia. Y entonces entró Ivana a trabajar. Era una economista brillante, de mente afilada y pasos firmes. Venía de una familia de clase media acomodada, pero un mal paso financiero, una inversión errónea del padre, los había dejado en la práctica ruina.

 

Había una fragilidad oculta bajo su elegancia natural y eso le otorgaba una pátina de melancolía que me desarmaba. En poco tiempo, Ivana se convirtió en mi obsesión. Era bella, de una sensibilidad honda, con una mirada que parecía derretir el invierno. Empezamos a salir de manera informal, como compañeros de trinchera, y algo floreció en mí. Un sentimiento incontrolable, que hizo que ella pasara ser mi prioridad absoluta.

 

Una noche, en un modesto restaurante chino de luces parpadeantes y mantel de plástico, me habló de sus ilusiones. Me desgranó muchos sueños que le gustaría realizar al lado de alguien que los compartiera. No sé bien por qué se me quedó grabado el de cenar alguna vez en un restaurante de lujo en París, en un reservado íntimo con vistas directas a la Torre Eiffel. Compartió otros muchos, pero ya entre las sábanas en la cama de mi pequeño apartamento, donde acabé de caer envuelto en la magia que emanaba de aquella mujer.

 

El engranaje empezó a girar casi sin hacer ruido. Por asuntos institucionales, yo me relacionaba con frecuencia con figuras de la oposición, con políticos del partido rival a los que la ideología separaba, pero el pragmatismo unía en los pasillos oscuros del poder. Entre mis contactos figuraba el tesorero de esa otra formación, un hombre de sonrisa fría y modales exquisitos que ostentaba también una concejalía de urbanismo. Todo comenzó con pequeñas atenciones, cafés discretos, favores menores que parecían inofensivos. Hasta que un día, un informe interno sobre recalificaciones de suelo llegó a mis manos. Una copia de más, una firma a tiempo. Esa información fue compensada de inmediato con un sobre que contenía dos billetes de avión y una reserva en un hotel de lujo en París, incluyendo la codiciada cena en el restaurante favorito de Ivana.

 

Cuando la llevé allí, cuando la vi sentada frente al gran ventanal de cristal blindado mientras la Torre Eiffel encendía sus miles de bombillas doradas como una constelación artificial, me sentí inmensamente poderoso, un dios menor capaz de desafiar la realidad con tal de verla sonreír.

 

Vivir a tope, eso literalmente fue lo que vino a partir de ese momento. Un escalar peldaños hacia el abismo envueltos en música, en suites de lujo, en copas de champan. Yo me decía a mí mismo que sabría frenar en cualquier momento, que lo que hacía no comprometía mis valores profundos, que solo era una tregua con el lujo. Pero el monstruo del dinero fácil tiene un apetito insaciable. Lo último que me pidieron fue demasiado grande, un golpe bajo a la confianza colectiva, y acabé vendiendo todos mis principios al mejor postor.

 

Hoy, la factura ha vencido. Me han convocado a una reunión urgente en un desván clandestino. Lo saben todo. Y lo peor, lo que me taladra las sienes como un clavo ardiente, es que Ivana ha desaparecido. Su teléfono da apagado, su apartamento está intacto pero desierto, como si nunca hubiera existido, como una aparición que se desvanece en la bruma de la mañana antes de que nadie pueda tocarla.

 

La información que di va a ser un palo devastador para mi partido, una herida de muerte en vísperas electorales. Y de mí... de mí ya no sé qué va a ser. Yo era un hombre que tenía ideales y ahora soy un hombre que tiene miedo. Y el miedo, he descubierto, también huele. Huele a café frío y a perfume de Ivana que se quedó pegado en la almohada, como una promesa que ya nadie va a cumplir. Llaman a la puerta.

 


 

QUE LE QUITEN LO BAILAO                                       JUAN SANTOS

Vengo indignado del funeral de mi amigo. Estaba la iglesia hasta los topes y nadie ha derramado ni una sola lágrima por él. Incomprensiblemente, yo tampoco. Está claro que todo el pueblo lo apreciaba mucho, por eso hemos ido tanta gente a despedirlo y a rezar una oración por su alma.

El pobre no tenía familia directa. Sus primos lo consideraban un bala perdida, había fundido el capital de su padre y no querían saber nada de él. Me siento mal, porque yo, al menos, que era su mejor amigo, debí mostrar un mínimo de tristeza en algún momento.

La intervención del sacerdote en la homilía, tampoco me ha gustado, eso que eran amigos de la infancia. En lugar de lamentar su pérdida, parece que se ha alegrado de su desaparición, diciendo que era una buena persona, pero un vicioso. Dando gracias a Dios porque ya había dejado de pecar. Yo creo que, en el fondo lo que le pasaba al cura es que le tenía envidia.

A la salida, en los corrillos de la plaza, todos aplaudían la vida que había llevado de excesos: “ha sido una persona feliz”, “ha disfrutado de todo lo que le apetecía” “ahora que le quiten lo bailao”…

En más de una ocasión, como amigo suyo, le recomendé que parara un poco el carro, pero él iba su bola. Lo mismo que era un fiera para trabajar, lo era para comer y beber. Como no tenía mujer, ni nadie que controlara sus actos ni su tiempo, con frecuencia, cerraba los bares de copas. Su filosofía era que para cuatro días guarros que íbamos a estar aquí, había que vivir la vida a tope.

A pesar de hacerse mayor y tener la tensión, el colesterol y el azúcar, también a tope, no cambió de vida.

El consuelo que nos queda a todos es que ha tenido una muerte agradable.

Por cierto, la chica del puti-club que lo acompañaba, tampoco ha llorado en el funeral.


 

LO PROBÉ Y LO SUPE                                                  MANUEL GIL

 

“Eso es amor. Quien lo probó lo sabe”.

No pude apartar ese pensamiento

y todavía no sé en qué momento

lo encerré en mí con tres vueltas de llave

 

Busqué en las redes y di con la clave.

en un mundo tan falto de argumentos,

hallé en su fuego el mismo firmamento

que al alma acaricia con mano suave.

 

Dejé el after, con ganas de volar

Mi deseo desbocado iba al galope

me hablaste de él ahí, en ese lugar.

 

Abracé esos versos, en éxtasis, a tope,

dejaste de verme un ligón vulgar

Me iluminó el espíritu de Lope.

 

 

 

30/10/2026

SI EL TIEMPO PUDIERA PERDONAR 2

 

CARPE DIEM                                                                          MARÍA ISABEL RUANO

Si el tiempo no perdona a nadie

personas, animales, paisajes y lugares.

Si todos sabemos que envejecemos

y qué, sin duda, vamos a morir.

¿Por qué vivir con tanta prisa?

¿Por qué tanto sufrir?

¿Por qué no concederle una tregua

al tiempo acelerado del reloj?

¿Por qué no poner freno y medida

al estrés y a las preocupaciones?

¿Por qué no escuchar a los pájaros

y a las ramas de los árboles con su gracia otoñal?

¿Por qué escatimar los afectos y la generosidad?

¿Por qué no pensar un poquito más en los demás?

¿Por qué no escuchar el clamor interno

del niño que todos llevamos dentro?

¿Por qué no ser indulgentes con los tropiezos

 y aprender cada día a mejorar?

Si el tiempo no perdona y su señuelo

va marcando arrugas en el rostro

y va plegando los sueños hasta reducirlos

a la rutina o la cotidianidad,

sí disminuye el paso ágil de las piernas,

merma la fuerza y entristece con las pérdidas al corazón.

¿Por qué entonces, por qué no paramos, respiramos despacio

y nos dejamos seducir por el sol y los ríos, el verde y el mar,

el fluir de la luz en la ventana

y el sentir pausado del recuerdo y de la emoción?

Termina octubre hace sol y el frío de la noche

agradece el confort de la casa y el calor del edredón,

sonríen las miradas de quién nos comprende, añora o quiere.

Bajemos el ritmo, observemos, caminemos lento,

escuchemos, perdonemos, abracemos el día, cada bello momento,

demos gracias, vivamos cada acontecimiento desde el amor.


 

EL CUARTO PASO                                                                   ANTONIO LLOP

Renato Plugliese, como todas las mañanas, cruza el pasillo donde se alinean los puestos de trabajo de su Financiera. Los empleados ya se han acostumbrado a su paso moroso y renqueante. El temor que imponía unos años atrás se ha convertido en una mirada conmiserativa que mezcla la ternura con el rencor velado. ¿Qué hace este hombre en su Empresa, todavía? ¿Por qué no disfruta de su jubilación?

Precisamente, sentado en la poltrona de su despacho, Renato recapacita sobre la última orden que ha dado a su sustituto antes de abandonar sus funciones ejecutivas. Cierra los ojos y repasa los hechos más relevantes de su vida.

Durante su adolescencia tuvo dos influencias decisivas: Primero la de su tío Luca que le aconsejó ser un jugador de ventaja en el futuro:

—Tienes que guardar tres sencillos pasos: Primero observa, después analiza y, por último, decide. Y, si no puedes aprovecharte por las buenas, presiona.

Por otra parte, la influencia de los religiosos del colegio al que le llevó su madre donde le moldearon una moral estricta.

¿Eran contradictorios ambos consejos?

Siguiendo las enseñanzas de su tío analizó la situación. Si los curas le esculpieron la conciencia también le dieron la posibilidad del perdón. Así que dentro, de las posibilidades de su adolescencia, tomaba siempre las decisiones que le interesaban sin parar en víctimas, siempre buscando su propio beneficio. Acto seguido lavaba sus culpas en el confesionario.

Cuando salió del colegio también observó, y después analizó que la carrera más proclive a su interés era la de Económicas. Y a ello se puso con buen aprovechamiento. Al terminar se colocó en la Empresa del señor Adorno, su primer jefe. Buscó la forma de que este fuera el primero y el último. Buscó sus debilidades, siguiendo los pasos que le había aconsejado su tío. Notó su proclividad manifiesta por las mujeres. A esas alturas Renato ya estaba casado. Aprovechó la buena planta de su esposa para convencer a Adorno de su ascenso en el escalafón. Un día le invitó a cenar en un restaurante con las cónyuges de ambos. Renato aconsejó a su esposa un escote discreto y que no se resistiera a la inclinación depredadora de su superior. Durante la cena, ella tuvo que soportar la mirada de cazador de aquel hombre odioso, que no se detenía ni delante de su propia esposa. Renato nunca preguntó a su compañera en qué terminaron los devaneos de su jefe. Él ya había conseguido su preciado ascenso y su cambio de estatus.

Con esas y otras artimañas por fin alcanzó su objetivo que era montar su propia Empresa: la Financiera Plugliese. En ese momento ya tenía el campo libre para engañar, estafar y, en definitiva, tomar ventaja sobre los demás. Aún conservaba la moral estricta que le grabaron con fuego y ya no era tan ingenuo para creer que con un sencillo acto de contrición le serían perdonados sus pecados, Pero sustituyó el confesionario por el Código Civil. Blindó todas sus inversiones con contratos totalmente legales para acallar su conciencia. Muchos de sus clientes se arruinaron con sus inversiones interesadas, pero pensó que ellos deberían saber que la renta variable era arriesgada.

Su tío Luca ya era para entonces un jefe local de la mafia siciliana. Y vio en su sobrino la oportunidad de seguir con su filosofía del beneficio a cualquier precio.

—Sobrino, estoy muy orgulloso de que siguiendo mis enseñanzas hayas mejorado tu vida. Ahora tienes la oportunidad de devolverme el favor.

Le pidió que aprovechando sus contactos internacionales le lavara el dinero sucio que obtenía en sus negocios. Renato no tuvo más remedio que acceder a lo que su tío le solicitaba. Buscó subterfugios con sus abogados para atenuar el aviso de su conciencia y estos le brindaron un camino legal para efectuarlo.

Con esa dualidad de engaño-perdón fue trampeándose a sí mismo hasta que ya cerca de su jubilación y desprovisto de la vorágine del trabajo le llamó la conciencia con aldabonazos de arrepentimiento. Buscó su absolución en cuántos había hecho daño. Empezó con su esposa a la que colmó de regalos y de viajes.

Siguió en busca de ese perdón que necesitaba para vivir sus últimos años y morir en paz. Y tomó la decisión más difícil: dejar el lavado de dinero que le ofrecían desde los círculos de su tío Luca.

Precisamente ayer le había invitado a comer en un restaurante para comunicárselo. Él había venido con su primo, Rocco.

—Habla con mi hijo. Él es el nuevo jefe de la Organización. Yo ya estoy para espaguetis y buen Lambrusco.

Renato le expuso a su primo sus intenciones de dejar el blanqueo. Ese sería el acto de contrición definitivo para estar en paz con esa moral religiosa que nunca le abandonó.

Tras este recuento de su vida, ahora en su despacho, abre por fin los ojos. Su primo está frente a él. 

—Hola Rocco —le dice—. Me he quedado traspuesto y no te he oído entrar. Estaba pensando en lo a gusto que se queda uno con la conciencia tranquila. ¿Qué deseas?

Rocco le observa, luego le analiza y, por último, toma la decisión. Abre su chaqueta y extrae la pistola de su funda.

 


 

VOLVER AL PASADO                                                  JUANA DOMÍNGUEZ

 

Hoy mi pelo brilla con las numerosas canas que lo puebla. Hace cincuenta años era castaño claro. Dos coletas lo recogían a ambos lados de la cara. No creáis que me arrepiento de lo que he vivido, ni desearía volver a una niñez o a la juventud que disfruté.

 

Mi vida ha vuelto a comenzar, el azar y las casualidades no creo que existan, porque yo no he salido indemne.

 

Me llamo Sara, tengo tres hijos. Me quedé viuda hace tres años. Fui feliz en mi matrimonio, sobre todo independiente. Pude decidir cómo emplear mi tiempo, con quién podía relacionarme y con quién no quería estar. Raúl vivía su vida, a su manera. Éramos diferentes y nos complementamos. Juntos podíamos compartir la cotidianidad de la vida, aunque termináramos discutiendo por cosas sin importancia. A su muerte pude seguir con mi vida. Le echaba de menos en algunas cosas, pero termine por adaptarme.

 

Mis hijos tienen su propia vida, no me necesitan económicamente. Les enseñe a valerse por ellos mismos, y no les va mal, aunque en ciertas fechas les inyectaba un poco de dinero para gastos imprevistos o para lo que quieran gastarlo. No tiene obligación de darme explicaciones, ni yo se las pido.

 

Hoy, he vuelto a nacer. Un viaje programado me llevaba a explorar una zona cercana. Ocho días diferentes para recorrer ciudades y civilizaciones antiguas, a las que me fui aficionando durante mi matrimonio. Fenicios, romanos, árabes, hasta íberos poblaron la zona que iba a visitar, en otras épocas. El recorrido prometía mucha historia, y muchos monumentos, aparte de una gastronomía rica y única.

 

No llegué. El transporte se interrumpió. Un golpe me empujó hacia delante, un ruido atronador aún retumba en mi cabeza. Después, unos segundos eternos de silencio. Luego gritos de dolor, llantos y lamentos sonaron a mi alrededor. Gentes que pasaban junto a mí, sin verme, corriendo despavoridos. No podía alzar la voz para llamarlos. No podía moverme, solo mirar cómo corrían.

 

Hoy soy otra persona. El paso del tiempo no me ha marcado. Solo un desastre ha conseguido que renuncie a ser diferente, a ser autosuficiente, a ser inconformista.

 

En lo que me quede de vida voy a necesitar ayuda, la de mis hijos, o la de quien ellos quieran asignarme. El incomprensible accidente deI Iryo de octubre de 2026 me dejó inválida.

 

 


 

MIS RECUERDOS                                                                   ARACELI DEL PICO

 

Me apoyo en el bastón de mis recuerdos.

Veo transcurrir mi vida como un río

de cristalinas aguas, que bajan en un torrente

enloquecido, buscando desde niña,

sueños locos, que a veces se cumplieron,

 

No siempre alcancé mis objetivos,

Y qué más da, lo bueno es perseguirlos.

Luchar por ellos es la sal de la vida.

Encontrarlos, a veces, te frena los deseos.

Y no es bueno. Mejor seguir soñando.

 

Niñez de venturas entre pobres.

Me dio seguridad, pobres riquezas.

Y en mi juventud obtuve triunfos

que jamás soñé siendo pequeña.

Crecí así segura de mí misma.

 

Insolencia de juventud

Más bien lo llamaría.

Pues esa seguridad se sustentaba

en lo fácil que a veces resultaba

conseguir aquello que quería.

 

No sé en qué justicia me apoyaba,

Para repartir con equidad cuanto podía.

Solo sé que deseaba dar al pobre

aquello que aliviara un mejor día.

Creía que sí lo conseguía.

 

Pues no. A veces se disfraza de pobre

aquel, que menos necesita.

Y de este modo, tiende su pedigüeña mano

para menguar el premio

del que de verdad sí lo precisa.

 

La vida, como a todos,

me ha pasado por delante.

Y ha puesto mi piel como el craquel.

También voy algo lenta.

Pero en mi mente se fija la experiencia.

 

Daría marcha atrás en muchas cosas.

Y de que serviría hacerlo ahora

si ya no tiene arreglo.

Solo pido ser justa y consecuente

no errar de ahora en adelante.

 

Sé que privé de afectos

a quien más merecía. Y regalé los míos

con largueza. Ahí soy generosa.

Dar marcha atrás sería una locura.

Enmendar quizá, un signo de sapiencia.

 

De nada me arrepiento.

Líneas trazadas han marcado mi vida.

Y ahora en esa cuesta que resta

peldaños cuando subo.

En la bajada aumenta su caída.

23/10/2026

SI EL TIEMPO PUDIERA PERDONAR 1

 

TIEMPO INCLEMENTE                                                           JUAN SANTOS 

De pequeño, por la mínima acción que pudiera molestar a los demás, me enseñaron a pedir perdón. De la misma manera, siguiendo la doctrina del Padrenuestro, también debía perdonar a mi prójimo las ofensas que a mí me hicieran. Confieso que hubo un tiempo que lo hice con tal de ganarme el Cielo.

Está bien eso de perdonar, pero el tiempo no perdona. Tal vez los humanos, nos rijamos por la ley del tiempo y por eso nos cuesta tanto trabajo pedir perdón.

A mí, desde que nací hasta hoy, el tiempo no ha dejado de importunarme, sin pedirme jamás perdón.

A penas tenía unos meses cuando hizo que me salieran los primeros dientes. Lo pasé fatal y, siendo un bebé indefenso, no se dignó a pedirme disculpas. Tampoco lo hizo al cumplir lo seis años cuando, poco a poco, fue dejándome mellote y me tuve que consolar con los regalitos que me dejaban debajo de la almohada.

Por su culpa me hice mayor y empecé a tener obligaciones, primero las del colegio y luego las del trabajo.

Durante una larga época, el propio tiempo se olvidó de mí y yo de él. Celebraba los cumpleaños con alegría. Me sentía bien. Me dejaba llevar por los vicios y los excesos, desafiando el tiempo con chulería. Yo no lo notaba, pero ahí estaba, tomando nota de mi vida. Pronto empezaría pasarme la factura, haciéndome recordar su rencor y su inclemencia.

Noté su paso el mismo día que vi mis inoportunas arrugas en el espejo, fue cuando observé que mis hijos se habían hecho mayores y que me costaba más trabajo subir las escaleras.

Ahora que ya tengo nietos, siento más sus efectos: he perdido vista, oído y masa muscular y, lo peor de todo: me falla la memoria. Es muy difícil, por no decir imposible luchar contra él. No me queda otro remedio que ir al gimnasio y atiborrarme de pastillas para rejuvenecerme.

Reconozco que el paso del tiempo es bueno y necesario para que se cumpla el ciclo de la vida, pero debería perdonarnos el envejecimiento y el deterioro físico y mental, llegando al final de nuestra existencia, con buen aspecto y sin dolores.

Si el tiempo pudiera perdonar, tal vez dejara de castigarnos con DANAS y otras catástrofes que causan tragedias y desolación en personas y paisajes. Pero me temo que lo que hace es pasarnos factura de las agresiones que le hacemos a la Naturaleza y, por eso, después de actuar, tampoco nos pide perdón ni él, ni el mismo Dios que lo permite.

 


 

SI EL TIEMPO PUDIERA PERDONARNOS                                MANUEL GIL

Claudia Isella entornó los ojos, esos ojos verdes y rasgados que habían llenado las pantallas. Ahora habían perdido brillo, pero no belleza, la belleza de lo caduco, la de una ruina que aún deja entrever su viejo esplendor. Un rictus de triunfo se dibujó en su rostro ajado. Acercó a los labios la copa de su cóctel secreto que todos habían celebrado tanto. Ella sería la última.

Afuera, octubre sacudía las ramas de los árboles del jardín. Dentro, el reloj de la chimenea daba las diez, aunque Claudia llevaba años convencida de que aquel reloj se había detenido en 1965, el año en que La mujer de cristal la convirtió en un mito. Entonces tenía veintisiete años, una cintura de otro mundo que hacía olvidar a los hombres el motivo por el que habían entrado en el cine. La cámara la adoraba. Los críticos hablaban de su mirada como de un fenómeno extraordinario, y en las revistas aparecía siempre junto a una frase que pretendía definirla. La belleza que no conoce la derrota.

Claudia había terminado por creerlo.

En su actual residencia, un palacete rodeado de jardines donde las antiguas estrellas aprendían a envejecer sin testigos, conservaba entre vestidos de seda y perfumes caros, una colección de fotografías en las que la juventud parecía un territorio al que todavía podía regresar. Los hombres celebraban sus ocurrencias y escuchaban sus historias repetidas como si fueran revelaciones. Con todos, pero especialmente con las mujeres, ejercía una cierta tiranía envuelta en sonrisas. A los ochenta años seguía necesitando que alguien la mirase cuando entraba en una habitación.

Entonces llegó Julián Valcárcel.

Bastó verlo cruzar el vestíbulo, apoyado en un bastón, para que el pasado abriera sus puertas sin llamar. Julián había sido un galán, el más popular de su época. Claudia se había casado con él cuando ambos eran jóvenes y el mundo parecía dispuesto a concederles todo. Lo amó, sí, pero amó todavía más el vértigo de ser deseada. Los hombres la esperaban a la salida de los estudios, le enviaban flores, le juraban amores eternos. Ella confundió aquella adoración con la libertad.

Julián no confundió nada. Una noche cerró la puerta del dormitorio sin levantar la voz. La separación fue discreta. La herida, interminable.

Ahora él apenas la saludaba.

Claudia se arregló con más esmero, estrenó un vestido color champán y se sentó junto a él durante el desayuno. Le habló de París, de los rodajes, de una noche en Venecia en la que habían bailado hasta el amanecer. Julián contempló sus manos, deformadas por los años, y respondió que no recordaba aquella noche. Quizá era verdad. Quizá el olvido constituía su última forma de crueldad.

Una tarde, lo encontró dormido en el jardín, La luz se deslizaba por su rostro. Bajo la piel fatigada reconoció al muchacho que al terminar aquel rodaje se plantó delante de ella, con un anillo y la certeza de que el amor bastaba. Sintió una ternura tan intensa que tuvo que apartarse. Después, al pasar frente a un espejo, descubrió en su propia cara algo que ni el maquillaje ni el cirujano habían logrado borrar, el tiempo había trabajado en ella difuminando lo que fue nítido. Sintió furia sin saber contra qué, miedo al rechazo, incomprensión a no sentirse deseada.

“Si el tiempo pudiera perdonarnos”, pensó.

Cumpliría ochenta y un años en noviembre. Pidió autorización para celebrar la fiesta en su antigua casa, una villa modernista que había abandonado al ingresar en la residencia. Quería reunir a supervivientes de estrenos, escándalos y matrimonios rotos. Insistió en que Julián asistiera, le costó que aceptara, pero nada tendría sentido sin su presencia. Dos cuidadoras acompañarían al grupo para ayudar a los residentes durante la velada.

En la fiesta, los invitados bebieron, rieron y evocaron un mundo desaparecido. Claudia lucía un vestido negro de terciopelo, pendientes de esmeraldas y el perfume que había llevado en su primera película. Durante unas horas volvió a ser el centro de todas las miradas. Incluso Julián la observó cuando ella se levantó para brindar.

—Por lo que fuimos —dijo—. Y por todo aquello que el tiempo no ha conseguido llevarse.

Las copas chocaron. Afuera, el viento agitó los árboles y la música que sonaba parecía llegar desde otra época.

Poco después, las conversaciones comenzaron a apagarse. Alguien dejó caer una servilleta. Una mujer apoyó la frente sobre la mesa, como si estuviera vencida por alguna emoción. Julián intentó incorporarse, pero su mano buscó en vano el bastón. Las cuidadoras acudieron presurosas, aunque sus pasos parecían demasiado lentos para la extraña quietud que se extendía por el salón.

Claudia permaneció de pie.

Contempló los rostros inmóviles, las bocas entreabiertas, los ojos que ya no podían apartarse de ella. Por primera vez en muchos años, nadie la interrumpía, nadie miraba a otra parte. Julián la miraba con una expresión serena, casi juvenil.

—Ahora sí me estás mirando —susurró.

Claudia alzó su copa. El reloj de la chimenea comenzó a dar las horas.

Cuando terminó la última campanada, se sentó junto a Julián y tomó entre las suyas su mano fría.

Sobre la mesa quedaban las botellas vacías, las flores marchitas y una bandeja de copas con un poso amargo en el fondo.

Claudia cerró los ojos.

“Si el tiempo pudiera perdonarnos”.

Y por fin, en aquella casa donde nadie volvería a pronunciar su nombre, dejó de esperar que alguien lo hiciera.

 

EL TIEMPO TREPA POR UNA BOTELLA DE ANÍS                                 SANTIAGO J. MARTÍN

Hasta hace unos días, estaba convencida de que los fantasmas no le iban bien al siglo XXI. También es cierto que las películas y los libros han colaborado bastante para encumbrarlos a un lugar destacado que no merecían. Eso pensaba hasta ahora: que todo parecía puro artificio, como un disfraz.

Hago estas reflexiones mientras repaso los últimos pespuntes a unas viejas enaguas que luciré dentro de unos días.

Algunos pensarán que soy una mujer algo rancia, que me delata mi fondo de armario. Nada más lejos de la realidad. Resulta que estoy apañando este atuendo de raso —una de las pocas cosas que aún conservo de mi madre— para completar mi disfraz del próximo Halloween. Este año iré de niña de El exorcista. No voy de fantasma, aunque daré miedito. Pero niña, al fin y al cabo. 

Desde que murió Andrés, mi marido –que ese sí que estaba apolillado–, no me pierdo una fiesta que se me ponga a tiro. Algunos pensarán que esta es una celebración invasora, anglosajona, poco propia para una madrileña como yo, pero también nos vienen de aquellos lares otras historias que no están nada mal: el whisky, el rock and roll, las hamburguesas… y el cine de Billy Wilder, joder.

Coser me relaja, me deja pensar, recordar e imaginar. Mi amiga Luchi me insiste en que me apunte a un curso de escritura creativa. Me asegura que es perfecto para poner orden a tanta peripecia vivida. Pero yo no me veo. No soy nada buena expresándome por escrito. Prefiero dejar fluir mis recuerdos mientras camino, guiso o cepillo a Jonás, mi perro.

Y en las últimas semanas no se me quita de la cabeza una obsesión: el paso del tiempo. No, no, no tengo miedo a la muerte, que ya estará por aquí intentando localizarme, como si fuera un repartidor de Amazon. En cambio, estoy empezando a ver las cosas de otra manera, con una perspectiva distinta, pesada, algo agobiante.

Todo empezó con la vuelta del olor de Andrés. Murió hace más de 15 años. Estuvimos casados cerca de treinta, veintisiete, exactamente. Por un lado, parece que aquel infarto se lo llevó hace dos semanas, pero por otro, me da la impresión de estar viviendo sola toda la vida.

Nuestra felicidad no se vio truncada por su muerte, sino por la abulia, el cansancio, la monotonía de nuestra mutua presencia. No hubo nunca odio. El amor se fue consumiendo despacito, como cuando comes un helado que te gusta mucho y te da pena que se acabe. Yo creo que no nos llegamos a separar por pura vaguería.

Tiré todas sus ropas, regalé sus libros, cambié mi cama y redecoré la casa. Era necesario, también me lo recomendó Luchi. Pero desde hace unas semanas noto el olorcillo de la piel de Andrés cerca de mí, junto a la mía. Creo que todo se puede deber a un nuevo compañero de pilates. Lleva el mismo desodorante que usaba Andrés, y encima se pone a mi lado.  

Lo de la idea obstinada del paso del tiempo tomó más fuerza cuando vi salir a una mujer extraña de casa de mi vecina Alejandra. Pensé que sería una amiga suya o una chica que le venía a hacer la limpieza.

Qué va. Un día me crucé con la supuesta desconocida y oí cómo pronunciaba mi nombre, me saludaba y me preguntaba por Jonás.

—¡Coño! —pensé—, pero si es la voz de Alejandra.

Sí. Era ella, mi vecina. Vestía sus ropas, llevaba en la mano su paraguas, vivía en su casa. ¿Qué es lo que había pasado con su cara?

—Me he hecho algún retoquito. ¿Te gusta? Si te interesa te paso la dirección del cirujano. Además, no es demasiado caro.

Hostias. Me quedé… Y luego, claro está, tuve que mentir, mentir con intensidad. Todo lo que pude.

—Estás divina. Vamos, que no pareces tú.

Creo que este último comentario no le gustó demasiado.

Al llegar a casa fui corriendo al espejo del cuarto de baño. Sin quitarme el abrigo, ni la bufanda, empecé a perseguir mis arrugas. Estaban todas allí y hasta es posible que hubiera alguna nueva. No me extraña, después del susto que recibí con la nueva Alejandra.

Luego le tocó el turno de la observación a Jonás. Terminé rápido. Mi pobre perro ya ha cumplido 17 años. Otro que va a tener que emprender un viaje sin maletas antes de lo que quiero.

No estaba preocupada. Todavía. Estaba agilipollada, idiotizada, buscando pruebas de envejecimiento por todos lados. Necesitaba algo ajeno, imparcial, que me confirmara los efectos del correr del tiempo.

Por ejemplo. En la churrería de mi barrio. La veo todas las tardes, paseando a mi perro anciano. Vamos a paso de escaparate, lo que me permite fijarme en cualquier detalle con esmero.

Es un puesto callejero, junto a la parada del bus. Supongo que ese será estratégicamente un buen lugar. El churrero es un hombre mayor, quizás no tanto. Apenas tiene dientes, lo que hace que su mandíbula arrastre los labios hacia dentro de la boca, como si se los quisiera tragar. Además, la frente se ha convertido en un sinfín de pliegues, seguro que provocados por el humo que emana de la freidora y que le hacen tener siempre los ojos entornados.

Es difícil observar cómo día a día este hombre va envejeciendo. Su rostro parece que ha llegado al límite. Pero no el material que tiene en los expositores. Allí descubrí hace más de un mes unos churros rellenos de chocolate y uno de crema pastelera. La mezcla de grasa y relleno provocaba un goteo de estalactitas pringosas.

El churro relleno de crema no tenía ningún éxito de ventas. Allí estaba mirándome a los ojos, cada vez que yo pasaba. Y sí que se producían cambios. Muy notables. Aquel relleno que empezó siendo beige clarito, casi blanco, se fue tornado amarillento, anaranjado, hasta terminar, con el paso de las semanas, en un verde precioso.

Ahí saqué mi vena sarcástica, que no maliciosa, y hace unos días, me dirigí al desdentado con el aparente intento de consumir.

—Quería ese churro relleno de pistacho o de menta. No sé muy bien qué es. Me ha llamado la atención.

—No, señora. No tengo churros rellenos de esos sabores. Son todos de chocolate o de crema.

—Pues ese de ahí, ese, es verde.

El hombre atrapó el churro marciano, se lo puso delante de los ojos y la frente ganó una muesca más para la colección.

—Voy a tener que cambiar de distribuidor. Compré ayer la crema y este churro lo acabo de sacar de la freidora hace media hora. Disculpe.

Ya. Hace media hora. En fin, que entiendo al churrero. Aquí tengo la prueba inequívoca de que otra vez el tiempo nos ha pasado por encima. Sobre todo a él.  

Llegué a mi casa algo desolada. No solo la crema aquella se había descompuesto, también observé algo agrio en mí. No sé: mala leche, fijo.

Pensativa, decidí hacer algo diferente esa tarde. Me enfrentaría al tiempo cara a cara. Cogí el reloj analógico que tengo al lado de la tele. Alguien me lo regaló hace mucho y ha sobrevivido todos estos años precisamente por eso, porque no es digital, ya que bonito no es. Lo puse encima de la mesa del salón. Me senté delante de él. Mi objetivo era observar el paso del tiempo así, a pelo.

Rápidamente se vino a la cabeza el complemento perfecto. Me tomaría una copa para ayudar a digerir tanto segundo sonoro. Fui al mueble y comprobé que solamente tenía una botella de un destilado. Si es que no bebo más que una cervecita de vez en cuando.

Descubrí, con sorpresa, que no me había deshecho de todas las pertenencias de Andrés. Allí se escondía una botella de Anís del Mono. Aquel era el cuello femenino que más tocaban los dedos de Andrés en sus últimos años.

Abrí la botella y respiré los efluvios anisados del licor. No me gustaba en absoluto. Además, me recordó su aliento, su conversación entorpecida por el alcohol, mis silencios. Cerré rápidamente el tapón, para no dar oportunidad a que saliera ningún genio malicioso de aquella botella.

Entre el tic tac imperturbable del relojito, reparé con asombro en que a la botella le faltaba prácticamente la mitad de su contenido. Y eso que acababa de abrirla yo misma, arrancándole el precinto.

Miré en internet si un licor como este podía llegar a evaporarse. Por lo visto era complicado que la evaporación fuera excesiva si estaba bien cerrado y lejos de la luz.

Tuve una idea. Cogí un rotulador y marqué hasta donde llegaba el nivel del líquido. A partir de entonces, lo revisaría de vez en cuando. Vería si era una cuestión del paso del tiempo o algo peor. Para no contaminar el experimento, solicité al profesor de pilates que no me pusiera más junto al alumno nuevo.

Voy a dejar la enagua, ya terminada. Sí, hoy me toca echar un vistazo a la botella. A ver.   

16/10/2026

EL CALLEJÓN 2

 

DULCES DE MIEL                                                              JUANA DOMÍNGUEZ

 

Me había contratado un empresario arriesgado. No se conformaba con cualquier cosa. Su nuevo negocio tenía que ser el orgullo de toda la familia, decía. No tuvo suerte con sus anteriores proyectos, fue cerrándolos a medida que los clientes desaparecían, pero nunca se rindió.

 

Esta ocupación sería la definitiva. Un local que su abuela le dejó en herencia, adosado a la casa familiar, sería el sitio perfecto para alojar la panadería de su pueblo. Haríamos un tándem perfecto. Miguel gestionaría las cuentas, y yo me encargaría de todo lo demás. Había conocido a mi jefe en uno de sus muchos viajes a Madrid, cuando por casualidad entró en la panadería donde aprendí el oficio.

 

Llegué a este país con muchas ganas de mejorar mi vida.  Ayudaba a mi familia cociendo y amasando el pan en la aldea donde nací. Encontré trabajo en un horno cuando llegué, tras un largo y accidentado viaje. Allí aprendí a amasar y cocer en su punto la harina castellana.

 

 La apertura de la panadería fue un éxito. Todo el pueblo pasó por ella a encargar y comprar los dulces y el pan bien cocido. Mi sueño se estaba cumpliendo, era el trabajo esperado y deseado.

 

 “El callejón”, con ese nombre se conocía a la panadería, aunque estaba ubicada en la plaza Mayor del pueblo, bajo un soportal. El nombre llamó mucho la atención en el pueblo, y empezaron a hacer chistes con él: “el callejón del pan”, “dulces y pan de callejón negro”. Y terminaron por incluirme.

 

—¡Moro de callejón!¡Jabbar, moro de mierda! —Me gritaban por la calle.

 

Lo decían con menosprecio hacia mi raza. Me sentía mal. Las vejaciones que sufría eran continuas. Estaba harto, pero sonreía cuando me lo decían a la cara.

 

—No, Dña. Blanca, estos dulces no se los puedo vender, son un encargo. Mejor llévese estos, están recién hechos. Verá como le gustan.

 

Había decidido dar un escarmiento a un grupo de niñatos que me insultaban y se mofaban de mí, entrando en el horno a tratar de intimidarme. Lo hice sin informar a Miguel. No me hubiera autorizado a incluir nada adictivo en los pasteles.

 

—Chicos no os quedéis en la puerta. Pasar, he hecho pastelillos para vosotros, probarlos. Son una especialidad de mi país, están rellenos de miel. Son muy dulces. Ya veréis como os gustan y venís a comprarlos después.

 

Y claro que volvieron, repetidamente, y pagando lo que les pedía.

 


 

LA VIDA EN EL CALLEJÓN                                           ANTONIO LLOP

 

Un día, no muy lejano, fui una calle normal, incluso importante, con sus aceras y su pavimento.

 

Los coches circulaban por mi asfalto y aparcaban a los lados de mi superficie. Pero una mañana llegaron grandes camiones con grúas y máquinas pesadas, derrumbaron las casas viejas que quedaban a mi izquierda y construyeron los pisos del barrio nuevo. Entonces comieron parte de mi superficie y quedé encajonada entre dos paredes. A un lado los edificios antiguos y al otro los de reciente construcción. Ahora ningún coche circula por mí. Todos lo hacen por la zona nueva y aparcan en los parkings interiores. El asfalto que un día me cubrió está cuarteado y lo que queda de mi acera deteriorada. A nadie le preocupa arreglarlos. Total, ya solo soy un callejón que ha quedado como un apéndice desechable, un contenedor de mendigos, parejas en celo o ladrones de poca monta.

 

No os creáis que los mendigos que colocan sus precarios habitáculos de cartón en mi superficie han sido cualquier cosa. Miguel es una de las personas que cayeron a los infiernos tras un pasado en el cielo de los opulentos. Había sido jefe de tesorería en una empresa de construcción con grandes inversiones en pisos para alquiler. El gerente no le hizo caso cuando le advirtió del riesgo de expansionarse demasiado. Y cuando explotó la burbuja inmobiliaria los proveedores les acosaron y tuvieron que declararse en suspensión de pagos. Después de la labor ingrata de liquidar a los empleados, Miguel también fue despedido. Precisamente por entonces había invertido en un ático en una zona exclusiva de la capital y no pudo afrontar los pagos de la hipoteca. Gastó todos sus ahorros en aplazamientos que solo generaban más intereses. Hasta que sufrió así mismo las consecuencias de la usura que ellos habían practicado, en este caso la de los Bancos. Y se encontró en la calle sin recursos haciendo compañía a alguna de las personas que su misma empresa había desahuciado anteriormente.

 

Es el caso de Javier, otro de los mendigos. Fue un científico público que investigaba el cambio climático. En cuanto cambió el Gobierno los nuevos políticos cortaron la financiación de ese programa para incrementar el de armamento. Javier había dedicado su vida a la ciencia y no tenía mujer ni hijos. Cuando le despidieron entró en depresión y se fue a vivir con su madre ya anciana a un piso de renta antigua. Al vencimiento del contrato, el alquiler le fue quintuplicado porque el edificio donde vivía lo adquirió un fondo buitre, precisamente el de la empresa de Miguel. En la lucha infructuosa por eludir el desahucio gastó todos sus recursos y tuvo que asistir a la muerte de su progenitora.

 

Cohabita aquí con el extesorero, pero ninguno de los dos sabe la vida del otro. Miguel se avergüenza de su pasado y Javier no insiste en su inquina a los caseros. Han aprendido que todos los que tienen que vivir al raso son hermanos en la desgracia. Lo que más les ha costado a los dos es aceptar su nueva circunstancia, al principio. Pero después se han adaptado a esa situación de supervivencia con una extraña tranquilidad. De hecho, se han hecho grandes amigos y ambos compadecen a Jorge, el muchacho que antes venía a disfrutar del amor furtivo con su pareja. Ahora el chico viene solo y se pone a llorar, sentado en el poyo donde se reunía con ella, negando con la cabeza como si se sacudiera alguna preocupación.

 

—Seguro que le ha dejado —aventuraba Miguel durante la charla nocturna que tenía con Javier.

 

A los nuevos amigos les preocupa que ese chico tome alguna decisión que atente contra su existencia.

 

—Hay otras chicas, amigo Jorge —le decía Javier.

—Ella era única.

—Nadie es único. Todos podemos ser sustituidos. Y tú tienes toda la vida por delante.

 

El cuarto componente de mi superficie es Darío, un dominicano que viene a mi esquina cuando cae la noche. Emigró de su país con ganas de trabajar. Se colocó en un bar y se casó con Elina, una de las camareras. Ambos trabajaron duro para emanciparse de su jefe, un explotador sin escrúpulos que les pagaba poco y les exigía demasiado. Lo consiguieron con esfuerzo. Al principio les iba tan bien que un fondo financiero quiso aprovecharse de su solvencia. Les aconsejó la inversión en un producto que resultó fallido. Los más avisados había retirado su dinero a tiempo de la debacle, y los pequeños ahorradores quedaron expuestos a la pérdida total de sus ahorros. Con su mujer embarazada tuvieron que liquidar el género y los enseres del bar para poder alquilar una habitación. Ninguno encontraba un nuevo trabajo. Darío había tenido un pasado de delincuencia en su primera juventud. Y pretendió retomarlo emboscado en mí, en espera del paso de algún incauto para robarle. Pero nadie pasa por donde él está. Los inquilinos del nuevo edificio lo abandonan en coche, o salen por la acera del lado opuesto.

 

—Yo vine con el afán de ganarme la vida honradamente y me han robado por todos los lados. Ahora me toca a mí.

 

El extesorero le aconsejaba:

—Darío no te compliques la vida, hombre. Piensa en Elina y en vuestra futura descendencia. En tu caso puedes pedir ayuda a los servicios sociales por el estado de tu esposa.

 

Todos sentimos con satisfacción el que Darío, por fin, abandonara su pretensión de conseguir por la fuerza lo que se le había negado por su trabajo. Hizo caso a Miguel y les concedieron un piso de renta pública que pagan con los subsidios de paro de ambos. Y espera encontrar pronto trabajo en la hostelería.

 

Y yo sigo aquí con mis aceras deterioradas y mi asfalto cuarteado, más sin ningún complejo. A todos mis habitantes les ilumina el mismo sol que a los demás. Mi mundo no tiene lujos, pero la vida que contiene no tiene nada que envidiar a la de las calles recién asfaltadas.


 

PARECIDOS RAZONABLES                                          SANTIAGO J. MARTÍN

No solo en esa vieja escalera de incendios, sino en toda la calleja, la muerte se palpa en todas sus manifestaciones posibles.

El basculante cedió hace tiempo y cualquiera podría subir y bajar por sus peldaños roñosos y carcomidos por la lluvia y el viento que siempre rompe en el mismo sentido, como las malas rachas que se tienen en la vida.

Poco hay que descubrir en un edificio abandonado. Las ventanas fueron en su día clausuradas para que nadie se instalara allí.  Aun así, algún sintecho se ha hecho un hueco desesperado a pesar de la ruina del edificio. El peligro es la moneda de pago de los que se quedan sin recursos.

Cuando la unidad 456 se acercó a la entrada del callejón, nadie circulaba por la avenida. Eran más de las tres de la mañana. El frío del invierno invitaba a no pararse demasiado, a seguir bebiendo convulsamente en algún antro apestoso, a morirse de una sobredosis en un lugar más confortable que aquel rincón.

Juan Segarra miró a su compañero, el conductor, que masticaba chicle sin parar, mientras echaba la cabeza hacia atrás para mirarle con los ojos entornados y con una sonrisa burlona y despreciable.

—Te toca a ti solo, Juanito.

Se bajó. Alzó el cuello de la cazadora hasta casi la nariz. Enfiló hacia dentro de las tinieblas malolientes del pasadizo.

Apenas había andado 15 metros cuando pudo ver el cadáver estampado junto a los cubos de basura.

La cabeza estaba aplastada. Los ojos no se distinguían, ahogados en la sangre que todavía manaba, lentamente, de una brecha inmensa en la parte frontal de la cabeza.

Había fallecido de dos fuertes golpes, asestados con una barra de hierro que no se encontraría muy lejos. Probablemente el primero fue ya letal. Tenía una herida profunda por encima del bigote que le llegaba hasta la nuca.

Juan había adquirido el triste hábito de la observación calmada, puntillosa y rigurosa. Sabía que aquello era totalmente innecesario, pero debía encontrar un hilo argumental a su trabajo, sucio y gris.

Seguramente avisaron los camareros del restaurante, que vaciaron las últimas bolsas de residuos de la noche antes de cerrar. O incluso fueron ellos los que terminaron con la vida de aquel cuerpo que ahora colocaba en una bolsa negra, resistente e impermeable.

Intentó no empatizar demasiado, como su psicólogo le había recomendado aquella misma tarde. Abrió el portón de la furgoneta, introdujo el cuerpo embolsado de la rata y tomó asiento, preparado para continuar con la limpieza efectiva y cínica de la ciudad. Como si retirar ese cuerpo inerte fuera a corregir el decoro perdido de aquel lugar.

ESTRATEGIA                                                                                      ARACELI DEL PICO

 

   A Valerio, como a la mayoría de la gente, le costaba un mundo levantarse de la cama. El despertador y su desagradable rinrrineo, le obligaba a dar un salto, tomar conciencia de donde estaba y ordenar sus ideas antes de levantarse. En tal ocupación perdía unos minutos, preciosos, que le obligaban después a salir más rápido de lo normal.

 

  Una vez levantado, duchado y rasurado, se calzaba su traje, y como último detalle siempre, se retocaba el nudo de la corbata, girándolo de derecha a izquierda, hasta que quedaba como dios manda y bien centrado. Era perfeccionista, pero estaba envuelto siempre en un agobio constante. Un sorbo al café demasiado caliente. Un taco bien alto, por haberse quemado y en la mano el dulce del día, envuelto en papel de cocina. Y así llegaba a la calle.

 

  Había cogido la costumbre de atajar por el callejón que se abría en la parte posterior de su casa y llegaba al metro en hora punta.  Ni de lejos era una tarea que el joven espigado y atlético llevara de buen grado. Aquella vorágine donde se mezclaba todo tipo de personas de nacionalidades múltiples y donde los olores, las voces y las desafinadas notas de los músicos ambulantes que le aturdían, le sacaban de quicio.

 

  Pero el metro era el único medio de transporte que le acercaba a su trabajo “casi” con exactitud.

 

  Todos los días, la media hora que invertía dentro del metro se le antojaba un calvario. Así que cuando llegaba a su destino, ya se había situado junto a la puerta. Salía el primero, corría por el largo pasillo y subía cada peldaño de escaleras de dos en dos. Alcanzaba la calle, y lanzaba un suspiro aliviado.

 

  Un mal día tuvo un percance en su carrera. Tropezó sin saber cómo y tuvieron que escayolarle la pierna. Le aconsejaron que anduviera despacio y lo menos posible. Una muleta le facilitaría las cosas.

 

  Tres días de baja y enseguida y atravesando por el callejón con más precaución de lo normal, llegaría al metro. No supo de donde porque en aquel siniestro callejón surgió una música maravillosamente interpretada. Era “su” Imagine, de John Lennon. Sintió vibrar dentro de él aquella letra que tantas veces había repetido… Imagine all the people…

 

  Más relajado llegó al metro. El recorrido por los pasillos tuvo que acomodarlo a su nueva situación, de tal modo, que tenía tiempo de observar aquel entorno con más tranquilidad de la que hubiera querido.

 

  Y descubrió, sentada sobre una colorida manta a una muchacha que tocaba el violín como los ángeles. Frente a ella un cestillo de paja reclamaba una limosna.

 

  Él a diario le ponía unas monedas y ella levantaba la mirada y le devolvía una seductora sonrisa. Embobado se paraba a escucharla.

 

  Pasaron unos días y le quitaron la escayola. Pero su caminar ya fue más lento.

 

 Cuando llegó a la altura de la joven, ella le dijo:

 

—Ya estás curado, así que volverás a correr

—Tu como sabes que yo corría? —preguntó.

—Muy sencillo, un día de tantos que ibas como un loco, tropezaste con mi cestillo y perdí casi todo mi dinero. Así que decidí vengarme.

—¿Vengarte? ¿Y cómo?

—Al día siguiente, extendí mi pie cuando “volabas” y caíste de bruces.

 

  La joven cerró la confesión con un guiño. Y Valerio le respondió:

 

—Debiste hacerme tropezar antes.

 

  Ella tensó el arco y la música de Imagine calló todos los ruidos de aquel pasillo.