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18/09/2026

YA NO ES IGUAL 2

 

TODO CAMBIA                                                           MARÍA ISABEL RUANO

La luz de la mañana y su reflejo en el cristal.

Los sonidos de la calle.

Los anhelos y la forma de mirar.

Todo cambia. Nada es igual.

Ni los nudos ni las promesas.

La sal y la pimienta, la miel y el chocolate,

las tallas de la ropa, el color del pelo y la piel.

E incluso la manera de caminar.

Ver desde la ventana, a los días acortarse

y a los años pasar.

Nada es igual. Todo cambia.

Ni el fulgor ni los veranos.

Las ganas de aventuras, el riesgo, el afán.

Nada permanece.

Envejecen las raíces.

Se deslizan los años con apremio, pasan lista los afectos.

Se acumulan los recuerdos, los objetos,

las fotos en los álbumes con fechas y sonrisas

descoloridas por el tiempo,

amigos y personas que ya no están.

Anuncia el sol con urgencia que el verano se va.

Paciente el otoño espera la rutina, la manta y el sofá.

Seguirán pasando los días y los años.

Cuando queremos darnos cuenta todo será pasado.

Todo cambia. Nada es igual.


 

MI HOGAR                                                      JUANA DOMÍNGUEZ

 

 

Era la casa de mi infancia, demasiado grande y ahora vacía. Llena de silencio. No hace tanto las risas y los lloros invadían el entorno y una voz aguda y alegre intentaba poner orden en el desorden que envolvía la casa.

 

- ¡Julio, entra en casa! ¿No ves que está lloviendo?

- Ya voy mamá. No llueve casi nada y es muy agradable mojarse, como si estuviese en la piscina.

- Anda, sécate y entra. Ya no es verano y te enfermeras.

 

Esta conversación era repetitiva. Sucedía todos los días por la lluvia o por cualquier otra causa. Siempre estaba pendiente de mí por mi falta de salud.

 

Una mañana fría, su voz se apagó, dejó de arrullarme. Sigo añorando sus cuidados y su cariño, los echo de menos. Mi padre quiso sustituirla. Yo me negaba, pero un día aciago apareció otra mujer en la casa; las voces y las regañinas, se sucedían sin tregua.

 

Ya nada fue igual. Los mimos y las preocupaciones que yo originaba desaparecieron. Desde entonces no soy el mismo. Crecí, me hice más fuerte, más rebelde, dejé de ser el niño enfermo y débil que mi madre cuidaba. El odio y la violencia se instalaron en mí. Una etapa dura de la que no me arrepiento y que trato de olvidar

 

Hoy vengo a despedirme de la casa. Otra familia la va a ocupar. Están muy ilusionados. Les gustan las vistas del jardín, que mi madre diseñó.

 

Espero que sean felices, igual o más que yo en mis mejores etapas. Mi madrastra no los molestara. Me ocupé en su momento de ello. Me iré lejos, donde mis recuerdos perduren sin traumas ni pesadumbre.


 

       ¿QUE ME ESTÁ PASANDO?                                  ARACELI DEL PICO

 

        El periódico está en la mesa. Junto al humeante café, las tostadas recién horneadas. La fruta llena de color reposa en blanca bandeja y en un bol el tomate triturado, junto a la aceitera de cristal. Un rayo de luz entra por la ventana que incide en la aceitera desprendiendo rayos verdosos. Parece un bodegón de Clara Peeters.

 

       La sugestiva imagen despierta mi apetito y me dispongo a coger un kiwi, cuando el periódico abierto por la mitad, destaca en negrita un titular que acapara mi atención.

      

En la localidad de Pals, en la comarca del Bajo Ampurdán, se ha cometido un robo a mano armada, en una farmacia. El autor ha sido detenido horas después.

 

Y la foto del autor del robo, aparecía bajo el titular.

 

      El suave kiwi, se me atragantó. Era Darío Carpí. Mi compañero de juventud, mi confidente y por encima de todo mi amigo. Aquel que siempre ofrecía una solución a mis problemas, que les restaba importancia y que con su verbo fácil convertía éstos, en lecciones prácticas. Nunca hubo entre nosotros contacto físico. El roce de la amistad que une las manos, regala besos cariñosos y el imprescindible pellizco en la mejilla cuando la cara tiene un gesto de preocupación. Darío me conocía tanto que en el movimiento de mis pestañas adivinaba mi estado de ánimo. Y depende de cual fuera, venía con un helado, unas entradas para el cine o para el concierto de mi grupo favorito.

 

    Sus atenciones, solo le ponían ante mis ojos, como el hermano dulce que nunca tuve. Y así fuimos creciendo. El dejándose el pelo largo, tipo Beatles. Yo acortando mis coletas, dejando un moderado recogido de cola de caballo.

 

-          No me haces gracia, con el pelo corto. Me dijo en una ocasión.

-          Pues tu a mí sí, con el pelo más largo.

-          ¿Ah sí? Pues me lo vas a ver como a Sansón.

 

    Una carcajada rompió aquel diálogo de adolescentes. Y nos separamos con un ligero tirón de pelos y el achuchón de despedida. Leyendo la noticia, se agolpaban los dulces momentos. No recordaba ni una sola diferencia de opiniones entre nosotros.

 

    Y entonces conocí, al que dos años después sería mi marido. Ovidio Lafuente. Fue una especie de flechazo. Nunca he entendido que despertó en mi la fiebre que sentía al verle. No era especialmente atractivo, pero su voz, taladraba mis oídos y todo cuanto decía era una biblia para mí. Se lo presenté a Darío.

 

    Días después nos vimos y le pregunté sobre él.

 

-          Entiendo que te gusta. Pues si te gusta a ti, a mí también.

-          Hijo por Dios, qué parco. ¿Eso es todo?

-          Claro. Qué quieres, ¿que os de mi bendición?

-          Hombre, un poco más de calor…

-          A juzgar por cómo le miras, tú ya estás bien calentita. Y a propósito, yo también tengo algo que decirte. Me han ofrecido un trabajo en Essex, no lejos de Londres. Me voy la semana próxima.

-          ¿Tan rápido?

-          Ojalá fuera mañana.

 

       El cariñoso abrazo habitual de despedida, se convirtió en un ligero roce. Casi de compromiso. Se fue, tal como me había anunciado a la semana siguiente. Nunca le volví a ver. Le llamé varias veces. Ni cogió el teléfono ni contestó a mis llamadas.

 

     Mi relación con Ovidio durante el noviazgo, fue firme y nos casamos en cuanto pudimos. Me prometió una vida relajada y próspera. Y la he tenido. No hemos tenido hijos. Ni hemos averiguado la causa. No los hemos tenido y punto. Ya no siento fiebre cuando mi marido llega a casa. Ya nada es igual. Pero su presencia, siempre me infunde respeto. Le quiero de veras.

 

    Al ver la noticia sobre Darío, sentí la necesidad de visitarle, de saber que le había llevado a tal despropósito. Se lo comenté a Ovidio. Me preguntó si quería que me acompañara. Dije que no.

 

    Averigüé donde estaba, y las horas de visita y seguí adelante con mi propósito. Cuando le vi, apoyó las manos junto al cristal que nos separaba. Cogió el teléfono y temblando mantuve el mío entre las manos. Pregunté, que le había llevado a esta situación. No respondió. No tenía palabras, lloraba hasta con hipo, como un niño desvalido. Le dije que me ponía a su disposición. Ahora era abogada. Que juntos saldríamos de ésta. Colgó el teléfono antes de acabar el tiempo destinado y me dejó con la palabra en la boca.

 

    Volví a casa desolada. Y me abracé a mi marido, buscando la paz que me ofrecía su cariño. Pero sin saber por qué, no la encontré. ¿Qué me estaba pasando?

 

    Un nuevo día, volvió a poner el periódico, junto al desayuno en la mesa. Otro bodegón se abre ante mis ojos. Esta vez sin rayos de sol que dividan sus rayos de luz en el entorno. Está lloviendo. Por pura inercia abrí el periódico, que se me cayó de las manos. Otra noticia en negrita y bien negra. Darío Carpí, había aparecido ahorcado en su celda. Su juicio, se hubiera celebrado al día siguiente.

 

    Ya no es igual. No solo no busqué el abrazo de mi marido. Si no que lo rechacé.

 


 

INTUICIÓN                                                                              SANTIAGO J. MARTÍN

La inspectora le ofreció un cigarrillo, a pesar de que en ese lugar estaba prohibido fumar. La complicidad era evidente, aunque el detenido mantenía un rictus marcado por el agobio y la desconfianza. Su imagen nada tenía que ver con el Ricky de todos los días.  

-          Ya sabes que no voy a decir nada, y menos sin la presencia de mi abogado.

-          Me gusta, me gusta cómo estamos empezando. Te veo asustado.

-          Silvia, ¿podrías quitarme estas esposas, tía?

-          Mantengamos las distancias, señor Ricardo de Frutos. También te veo nervioso. Sudas. Tu pie derecho no deja de moverse.  

-          Déjate ya de gilipolleces. ¿Qué estáis haciendo?

-          Estoy intentando empezar un interrogatorio. ¿No te das cuenta?

-          Vete a la mierda.

-          Esta situación solo depende de ti. Se veía venir.

-          Pero, ¿de qué cojones estás hablando?

-          Tranquilo, será breve.

-          Tener a un compañero esposado en la comisaría te saldrá caro, bonita. Se te va a caer el pelo, niñata.

-          Además de lo que se te viene encima, insultas a la autoridad… Hum, la cosa se complica y mucho.

-          A ver. Acabemos ya esta mierda. ¿Qué es lo que está pasando aquí?

-          Eso nos lo tendrás que contar tú mismo, agente. Todo este tiempo ocultándolo. Tarde o temprano…

-          Llevamos 10 putos minutos aquí y no he tenido una miserable explicación de esta pantomima.

-          Ya que no dices nada, lo mejor es que recapacites un rato en el calabozo.  

-          ¿De verdad piensas que me voy a acojonar a estas alturas?

-          Ya lo estás. Sabemos lo valiente que eres. Pero no querría estar en tu pellejo dentro de dos minutos.

-          Venga. Llevadme al pozo. Y ya podéis ir avisando a un abogado.

-          No va a hacer falta, te lo aseguro.

Sin quitarle las esposas, la inspectora le empujó adentro del viejo calabozo de la comisaría. Todo estaba a oscuras. Nada más cruzar el umbral una luz se encendió y algo se abalanzó hacia él.

-          ¡¡¡¡¡¡¡Sorpresa!!!!!!

Un grupo de policías apareció detrás cantando cumpleaños feliz portando una enorme tarta de chocolate, con dos velas que iluminaban un 50.

-          ¡Qué cabrones! Me habéis engañado, pero bien. Si es que al final me estáis cogiendo cariño, panda de hijoputas.

Allí estaban todos los compañeros de mil refriegas. Y alguno más. A última hora se sumó un viejo agente ya jubilado, Tomás. Curiosamente, suegro del homenajeado. No su intención estar allí, pero también le valía.

-          Dejadme que yo corte la tarta- dijo Tomás, agarrando fuertemente el cuchillo.

Ricky, todavía con las esposas puestas, no pudo esquivar el acero. Tomás lo hizo sin saña, guiado por la contundencia de quien tiene el pecho atascado de lágrimas al descubrir a su hija, sin vida, en el viejo chiscón del sótano.  

11/09/2026

YA NO ES IGUAL 1

 

UNA LECCIÓN DE HUMILDAD                                    ANTONIO LLOP

Cae la noche en Madrid. El interior de uno de los salones del Palacio de los duques de Luna, reconvertido en sala de Exposiciones, se encuentra apagado. Un relámpago repentino ilumina los expositores vacíos. En la penumbra de un rincón dormita un reloj de pie. A su lado, una palmatoria muestra su frustración:

-¡Vaya tormenta se aproxima! Aunque a mí me da igual lo que pase. Hace tiempo que estoy olvidada en esta repisa. ¡Ah, aquellos días en los que esto era un palacio de verdad! Aún tengo el asa desgastada por manos aristocráticas que llevaban la luz de mis cirios por las habitaciones. Mi regazo de bronce siempre estaba lleno de cera calentita. Hace años que no tengo una vela que llevarme a la boca.

-¡Siempre estás quejándote, mujer! –dice el reloj desperezándose-. ¡Tómate la vida con filosofía! Yo soy tan viejo como tú y ya ves, disfrutando de una siestecita. Hace tiempo que mi corazón empezó a fallar, me colocaron un marcapasos de cuarzo, y estoy como nuevo. Antes me tenían que dar cuerda cada ocho días, y ahora pasan años sin que me cambien la pila.

El reloj estira las manecillas, agita suavemente su péndulo y añade con socarronería:

-Y encima estamos a la moda. Dicen que somos vintage.

De pronto se escucha cerca de la puerta un alboroto de voces jóvenes y musiquillas. Las luces del salón se encienden y comienzan a entrar los móviles entre una algarabía de politonos. Les siguen las jóvenes tabletas con sus logos en pantalla cambiando constantemente de color. Los terceros en entrar son los ordenadores portátiles, que abren y cierran sus teclados, como moluscos bivalvos, en una danza esperpéntica. Todos trepan a los expositores y, como un ejército disciplinado, se encajan en los lugares asignados por una etiqueta con sus nombres. En un momento, el salón se ha llenado de un guirigay de flashes, colorines y musiquillas. Como una orquesta antes de actuar, todos ensayan sus aplicaciones recientes con la máxima velocidad de la que son capaces. Al día siguiente, cuando se abra la Sala de Exposiciones, tendrán que mostrar todos sus adelantos técnicos.

Afuera comienza a llover con intensidad. Un nuevo relámpago, seguido de un trueno a los pocos segundos ilumina el rincón donde se encuentran el reloj y la palmatoria.

El IPhone de última generación, que está en la esquina del expositor más próxima a ellos, advierte su presencia.

-¿Y esos? ¡¿Qué hacen esos vejestorios entre nuevas tecnologías como nosotros?!

-Según leí en la Wiki –dice un portátil- esto era antes el Palacio de los duques de Luna. Deben formar parte de la decoración anterior.

-Bueno, también tenemos nuestras funciones –tercia el reloj de pie.

-¿Cuáles? –pregunta el IPhone.

El reloj, que ya espera la reacción que van a tener sus palabras, ahueca su caja de roble para dar a su mensaje más sonoridad, y así cargarlo de la mayor ironía posible:

-Por ejemplo, yo doy la hora.

Un estruendo de risas metálicas en varios tonos recorre los expositores.

-¿Nada más que la hora? –pregunta un Samsung Galaxi Z-. Yo tengo esa función además de otras cincuenta.

-A mí me caben aplicaciones hasta llenar quinientas doce GB –declara un Xiaomi Redmi Note-. Y el de reloj es uno de los servicios que menos memoria me ocupa.

Después de que todos alardeen de sus píxeles y giga bytes, una joven tableta se dirige a la palmatoria:

-Y tú, abuela, también tendrás una función. La de iluminar ¿no?

Sin esperar respuesta, los soldados tecnológicos ríen la ocurrencia de su compañera entre multitud de haces de luz para apabullar con sus usos de linterna.

Después de tanta demostración, las baterías de los expuestos están casi agotadas. Con el último aliento, cada uno de ellos se enchufa a su punto de carga.

De pronto, un rayo desgarra la noche, y la luz eléctrica se apaga.

En la más completa oscuridad un foco de mano se abre paso desde la puerta hasta la repisa donde está la palmatoria. Al llegar a su altura, alguien le encaja un cirio y lo enciende. Luego la coloca en la parte más alta de los expositores.

A la luz de la vela, el reloj de pie observa cómo todas las pantallas se van quedando mortecinas por falta de energía. Masculla: “Panda de pijos…” Y se duerme de nuevo.

Desde su lugar privilegiado, iluminando aquel cementerio de nuevas tecnologías, la palmatoria siente de nuevo, con gran placer, el calorcillo de la cera derretida.


 

YA NO ES IGUAL, MENOS MAL                                              JUAN SANTOS

“Cualquier tiempo pasado fue mejor”,

dijo don Jorge Manrique,

pues que venga y me lo explique

y le diré a ese señor

que para mí, fue peor.

Mas como fue temporal,

lo de ayer, ya no es igual,

menos mal.

 

Es tremenda la locura

de ciertos agitadores,

que alaban como mejores

los años de Dictadura,

con represión y censura.

Mas como fue temporal,

lo de ayer, ya no es igual,

menos mal.

 

Muchos años de racismo

y de exclusión sexual,

con la brecha salarial

y dominando el machismo,

me identifico yo mismo.

Mas como fue temporal,

lo de ayer, ya no es igual,

menos mal.

 

Tanto yo como mi esposa

trabajamos sin cesar,

para comer y pagar

la hipoteca fastidiosa.

Ser pobres tiene esa cosa.

Mas como fue temporal,

lo de ayer, ya no es igual,

menos mal.


 

YA NADA ES IGUAL QUE EN LA FOTO                                                 MANUEL GIL

 

El objetivo nos cercó como un eclipse breve,

un parpadeo de luz detenida en la tarde,

y allí quedamos, dos muchachos invencibles,

aprisionados en la alquimia plateada del instante.

 

Tenía quince años el mundo

y cabía entero en nuestros bolsillos.

El futuro era una puerta sin cerradura,

una carretera abierta bajo el sol del verano.

Caminábamos de frente contra los miedos,

disimulando la fragilidad con carcajadas,

convencidos de que la vida

era una fruta madura esperando ser mordida.

 

Éramos rivales por deporte,

enemigos por minutos,

hermanos por destino.

Defendíamos causas imaginarias

como caballeros sin reino,

y al caer la tarde regresábamos

con la espalda cansada e intacto el celo.

 

Nos creíamos héroes secretos,

príncipes sin castillo,

el reino de los Beatles era nuestro sueño,

allí el amor cabía en tres acordes

y el mundo en una canción

de tres minutos más o menos.

Estrenábamos pantalones de campana

como quien inaugura una época,

nos dejábamos crecer el pelo

para que el viento tuviera algo que despeinar.

 

Hoy sostengo la fotografía

como quien sostiene una reliquia

o un mapa de un país que ya no existe.

La química del papel hizo su trabajo,

pero nos tendió una trampa dulce.

fingió eternidad donde solo había vértigo.

 

Esos rostros siguen riendo,

aunque ya no reímos lo mismo.

Las palabras que entonces nos incendiaban

hoy apenas son brasas a fuego lento.

Los caminos se bifurcaron sin ruido,

cada cual persiguiendo su propio espejismo.

 

Solo un hilo casi invisible nos atraviesa aún:

una melodía de aquellos días,

una guitarra que regresa como un faro

cuando suenan los acordes de “Yesterday”.

Lo demás lo fue borrando el tiempo

con su paciencia de lluvia sobre la piedra.

 

Se nos cayó la candidez

como se cae el polvo de oro de las alas,

y el brillo de aquel instante

se fue apagando despacio,

igual que el papel fotográfico

que amarillea lento y en silencio.

 

Y sin embargo…

cada vez que miro esa imagen

siento que algo late aún detrás,

como si aquellos dos muchachos

nos observaran desde el pasado

preguntándonos en qué esquina del camino

dejamos olvidado el asombro.

 

Quizá queda algo que no se rompe,

se transforma en una música lejana

que suena a veces en la memoria

con la dulzura triste

de lo que fue verdadero

aunque no supiera ser eterno.

 

03/09/2026

SOBREVIVIR 2

 

ESPERANZA FUTURA                                                 JUANA DOMÍNGUEZ

 

No sabía por qué ni cómo. No sabía de ciencia. Era un hombre sencillo, sin más estudios que lo que la vida le iba enseñando. Lo consideré un milagro, además de una grata sorpresa encontrar aquel “tesoro” que había sobrevivido a un fuego furioso y desconocido que asoló y calcinó todo lo que encontró a su paso.

 

Tuve que marcharme de mi pueblo, dejar mi casa y mis escasos bienes.  Teníamos que abandonarlo todo para que no hubiera muertos. Me fui abatido, con la incertidumbre de lo que encontraría a la vuelta ¡si es que volvía alguna vez!

 

Volví varios días después. La información que me llegó durante mi ausencia era esperanzadora, las casas del pueblo se habían salvado, pero había muchos daños en el campo.

 

Poco a poco me animé a recorrer las fincas rústicas, después de limpiar de cenizas, agujas y roñas de pino, que todavía sigue trasladando el viento, inundando las calles y las casas. Los troncos de pino de la sierra, todavía humeaban, el olor a quemado era muy fuerte, aun no sé había apagado el fuego, el calor no ayudaba a enfriarlo.

 

Para mi sorpresa la viña sobrevivía, una parte de las cepas estaban verdes, llenas de ceniza y carbonilla, pero vivas. La cerca que la cerraba estaba caída en todo el perímetro. Los postes se habían quemado, el alambre sigue caída. Los animales silvestres ya habían empezado a comerse las uvas, decidí dejarla así. Tenía trabajo más prioritario.

 

En mi recorrido por ella, me sentí abatido al ver el pino añoso que se alza en mitad de la finca, airoso y único que existe en ella, con el tronco negro como el carbón, la alta copa sigue verde, ¡quizá no se seque! Todo lo que vivía a su alrededor esta arrasado; el ciruelo que, dependiendo de la lluvia y las heladas primaverales, cuajaba o no unas ciruelas muy sabrosas; no volverá a retoñar. Estaba empezando a renegar y desesperarme, cuando algo brillante me llamó la atención. Una sorpresa agradable, inesperada y alegre me deparará aquel brillo.

 

Mi padre nos enseñó a dejar guardadas las botellas de vino con las que rellenábamos la bota, y no se consumían el día de la vendimia, acompañando un poco de aperitivo o merienda para la familia y conocidos que nos ayudaban a cortar las uvas, cuando terminábamos. Era su manera de agasajar, recobrar fuerzas y descansar ese día.

 

Una botella era la causa de aquel brillo que me alegro, recordé el escondite debajo del ciruelo entre las piedras de la pared que separa la viña del cerro estéril. ¡Estaba vacía, sin tapón! Tenía que haber alguna más. Y si, enterrada totalmente, solo se la veía el corcho requemado pero entero que la cerraba; una alegría inesperada, un tesoro, no sé cuánto tiempo podía llevar allí cubierta de tierra, no recordaba la última vez que se guardó vino allí. Cuántas preguntas me hice en pocos segundos ¿Estaría vacía también, se habría avinagrado?

 

¡Era un milagro, algo imposible! Se había conservado a pesar del calor que debió sufrir rodeado de fuego, hasta el musgo de las piedras estaba quemado. El vino no se había alterado, tenía cuerpo, olor y sabor del vino de pitarra casero, solo el color era más claro que el vino joven que salía de las uvas de aquella viña.

Que el vino sobreviviera a un desastre como el acontecido, me dio fuerza para seguir adelante, el trabajo y el esfuerzo en la recuperación de la finca sería esperanzador. Justo ya tenía un motivo para seguir adelante con ella.

 

 


 

EL HÉROE                                                                   ANTONIO LLOP

Todavía estoy en shock en una cama de hospital. Me han dicho que ayer perdí el conocimiento. Yo no recuerdo muy bien lo que pasó. La enfermera me pide permiso para que deje pasar a los periodistas. Le contesto que esperen un poco.

Resulta que tengo una facultad especial que me da satisfacciones, pero también muchos sinsabores. Poseo muy desarrollado el olfato. Los médicos me dicen que no es un gran problema el que mi pituitaria sea muy sensible. Para mí lo es en ocasiones. Es un placer respirar en un bosque de eucaliptos, pasearse por un campo de lavanda o llevarse los dedos a la nariz tras acariciar una rama de romero. Pero, por el contrario, no soy capaz de abordar un vagón de metro en horas punta y no soporto los servicios de bares y otros lugares públicos.

El caso es que ayer estaba en la cola de mi Banco en espera de solucionar una incidencia con mi pensión cuando siento un olor como de alguien desaseado. El efluvio se incrementa por lo que intuyo que se está acercando a mí. Veo que me rebasa un joven encapuchado vestido con un chándal descolorido. No veo su rostro porque lleva mascarilla. Se dirige a la cajera y sin miramientos desplaza bruscamente al cliente al que ella atendía en ese momento. Por el rostro demudado de la empleada mientras deposita en la bandeja fajos de billetes deduzco que están atracando el Banco. De pronto oigo a mi espalda una voz conminatoria para que nos tendamos en el suelo. Es la de otro atracador que se dirige al despacho del director. Con el olor polvoriento de la moqueta llenando los senos de mi nariz escucho una sirena y el frenazo de un coche proveniente de la calle. Uno de los atracadores grita con nerviosismo: Su puta madre, alguien ha accionado la alarma. El otro, más sosegado, le calma: Es solo un patrulla. Dos maderos son fáciles de controlar. Pillamos a uno de estos de rehén y salimos con la pasta.

Se produce un intenso silencio. Por la vibración de la moqueta siento que nuestros secuestradores se mueven nerviosos. Deben estar pasando revista a los que estamos tirados en el suelo. El olor del atracador mofeta se aproxima a mí. De pronto tira de mi chaqueta y me pone en pie como a un muñeco. Una presión fría en la sien me dice que me ha encañonado con algo metálico que deduzco es un revólver. Me impele a moverme. Según nos dirigimos a la puerta el mal olor a mi espalda se incrementa. Cuando salimos a la calle ya es insoportable. Las endorfinas que genera el miedo incrementan el hedor cada vez más intenso del individuo. No recuerdo más.

Por lo que he podido ver en redes sociales desde esta cama de hospital debí perder el conocimiento. Desde la mayoría de los móviles de la gente que grababa la escena, parece que al caer me zafo de mi secuestrador con un codazo. El hombre queda sin su pantalla y es abatido por los policías, que inmediatamente detienen al otro compañero.

Yo estoy seguro de que no lo hice a propósito porque estaba demasiado asustado. Supongo que fue un movimiento reflejo de asirme a algo al caer lo que hizo que soltara el codo. Pero los periodistas y la gente están tan saturados de violencia que necesitan a un héroe que encarne la supervivencia de las personas normales en esta época convulsa. Y me temo que no me dejarán en paz hasta que mi declaración sea en ese sentido.

Y, por supuesto, nunca diré que me salvó mi pituitaria.

 ESCOLASTICA                                                             ARACELI DEL PICO

      

      Hoy hubiera sido su onomástica. Y con el cariño y lealtad que me produce su recuerdo, rememoro su llegada a casa. Yo era muy chica, pero tantas veces lo he oído contar que está clavado a fuego. Y además una foto juntas, me hace tenerla bien presente. Fue mi mascota y “casi” mi segunda madre.

 

 

  Sobrevivir a una caída en la carretera por donde iba el bus de La Sepulvedana de Segovia a Madrid, subiendo “por las siete revueltas” el Puerto de Navacerrada en el año 1946, era casi un milagro. Pero sucedió…

 

-          Pare, pare conductor. ¡¡¡Pare de una vez!!! ¿No ha visto que ha caído una caja de la baca portaequipajes?

 

El frenazo que dio aquel hombre, en plena curva y en pleno ascenso, fue otro milagro que se produjo aquella tarde. Bien podría haber volcado el autobús entero con sus pasajeros y resto del equipaje. No fue así.

 

-          ¿Pero que se ha caído? - preguntaron muchos, en otros el propio conductor.

 

    Y una voz resoluta y bien segura de sí misma, contestó:

 

-          Es un cajón, que yo había preparado y dentro iba una cabra.

 

   La mayoría de los pasajeros asintieron, recordando las dificultades que había habido, para subir el cajón por la escalera de la parte trasera, con los consiguientes balidos de la cabra, que no paraba de quejarse.

 

   Poco antes del suceso, todos los que iban compartiendo bocadillos de tortilla, los más afortunados con pimientos y todo y alguna tartera con filetes empanados. Con más pan que filetes. Pero ese es otro cantar. La cuestión es que el bus se vació y todo el mundo arrimó el hombro, para buscar a la dichosa cabra, cuyos balidos se oían no muy lejos. Y apareció, había sobrevivido al castañazo que se pegó, cuando en una de las revueltas el cajón viró y salto por los aires con el animal dentro. Y tuvo doble suerte, porque en la segunda parte del trayecto, viajó pegadita al dueño y dentro del autobús. En aquel tiempo, esas cosas eran posibles.

 

   Propietario y cabra, llegaron a casa, andando naturalmente. Una vez allí, hizo las presentaciones. Mirad todos, estamos aquí y de milagro. Contó con todo lujo de detalles las vicisitudes del viaje y por unanimidad decidieron que había que ponerle un nombre. El cabeza de familia, miró el santoral y entre los varios del día, el más apropiado era Escolástica. Y así, sin agua bendita, ni nada, quedó bautizada. Y la muy cabrona de la cabra, respondía a la primera cuando se le llamaba. En la parte trasera de la casa donde se vivía, se la habilitó un cobertizo para que disfrutara de su propia intimidad.

 

   Y por la mañana, más bien temprano, se procedía al ordeñe. Porque ese había sido el objeto del viaje.

 

   En casa había una niña, única y deseada hija del matrimonio. Para satisfacción de sus padres había nacido con excelente apetito y desde que hincó sus encías en el pecho de la madre, la muy insaciable no dejaba de chupar. Iba a cumplir los dos años, cuando el médico sugirió, que iba siendo hora de proceder al destete. Entre otras cosas porque ya tenía dientes y corría serio peligro el pezón de la madre.

 

   Hubo consenso familiar. Y se decidió que lo propio, era ir dándole papillas y sobrealimentarla con la leche de la cabra, que un tío de la familia, hermano de la madre, les regalaría. Dicho y hecho.

 

   Todo funcionó según lo previsto. La niña crecía hermosa y comía de todo, especialmente disfrutaba de la leche. Y la cabra daba ejemplo, comiéndose todo lo que pescaba, pienso, calcetines, sábanas. Era omnívora total. Y hasta cierto punto obediente. Le decían:

 

-          Escolástica, deja eso.

 

  Oye, y lo dejaba sin dudar. Pero en cuanto te dabas la vuelta, volvía a rumiar con ganas. Y el tiempo transcurría.  La pequeña crecía lozana y ya comía de todo. Es decir que el miembro de cuatro patas y dos cuernos graciosísimos de la familia, ya no hacía falta. Que ingrato es el ser humano.

 

   Para resumir la historia, les diré, que también por consenso familiar, se decidió buscar un cabrero, y que previo pago del animal, se hiciera cargo de ella. Llegó el día. Había más lágrimas que sonrisas. Pero la suerte estaba echada. Cuando aquel cándido señor vino a recogerla, preguntó al ama de casa:

 

-          Señora, esta no será de la que come ropa, ¿verdad?

-          No señor. ¡Vaya pregunta!

 

   Se giró ligeramente, y Escolástica se estaba dando un festín, con unas medias de cristal que se estaban secando sobre una silla baja en el patio.

 

 

Nota del autor. Como autora del relato, podría decir: Cualquier parecido con la realidad es

                             pura coincidencia. No lo haré. Mentiría.


 

YA ES DE NOCHE                                             SANTIAGO J. MARTÍN

Un grito despiadado. Un eco imparable en la residencia. Un temor incontenible.

Eran las cuatro de la mañana. Mi compañero Félix y yo no pudimos volver a conciliar el sueño.

Mateo era un hombre indestructible, por dentro y por fuera. Sobrevivió a dos guerras y a mil batallas. Estuvo en prisión. Atentaron contra su bufete laboralista. Siempre fue objetivo de grupos ultras y de prensa vendida al Régimen.

Pero Mateo se empeñó en vivir, y muchos creíamos que era inmortal. Todos menos Félix, que aseguraba que le sobrevalorábamos.

Reconozco que Félix es más facha que yo. Ninguna noche se quedó a escuchar las historias escuetas y sobrias de Mateo.

El enfermero se asomó a nuestra habitación y nos lo soltó tal cual.

-Ha muerto.

Félix dio una vuelta en su cama y musitó un: Imposible.

Mientras, como yo, disimulaba unas lágrimas con un falso bostezo.