23/05/2025

LA ÚLTIMA HABITACIÓN DEL HOTEL 1

 

AY, BILLY WILDER                                                                 MANUEL GIL

La mirada escrutadora de esa mujer se clavó primero en ella y era lógico. ¿Quién no se sentiría atrapado por ese cúmulo de encantos? Y después la dirigió a mí, frunció el ceño y en tono hosco preguntó.

 -    ¿Son ustedes matrimonio?

 Me temía esa pregunta Rebeca me miró y yo respiré hondo antes de responder, no sé si se reflejaría en mi voz la ansiedad que me agitaba por dentro.

 Todo había empezado a media tarde cuando el tren se quedó parado en medio de la nada. Nos explicaron que un robo de cables había afectado a las catenarias, el tráfico había quedado interrumpido y nadie sabía explicar por cuanto tiempo.

 Ya desde que inicié este viaje el sentido del mismo cambió con su descubrimiento. Rebeca es la mujer más hermosa que he conocido. Ese cuerpo de diosa, esas sinuosidades, esas piernas, una locura. Y qué decir de su ovalado rostro  donde alberga unos ojos verdes intensos, unos carnosos labios que sonreían al menor movimiento, todo ello enmarcado por una larga melena  como la noche. Me obnubiló desde el primer contacto visual. Tal vez sea verdad lo del flechazo del que tanto se habla, porque a mí nunca me había pasado nada igual.

 Traté de entablar conversación con ella, pero me resultaba complicado. La seguí al vagón restaurante y con la excusa de la falta de sitio, le pedí permiso para sentarme a su lado. Supe que es actriz de comedia musical, que la esperaban en Valladolid para hacer un bolo en un teatro.

 Además de su abrumadora belleza, es simpática y una gran conversadora. Llevaba un elegante vestido entallado que marcaba todos los accidentes del paisaje de ese escultural cuerpo, cuyo cenit, eran las dos colinas de un torso turgente. Decididamente  al tenerla frente a mí, me poseía un irrefrenable deseo.

 Cuando ocurrió la avería fuimos andando al pueblo más cercano. Solo dos hoteles pequeños que se llenaron sin poder alojar a todos los viajeros. Yo no me apartaba de Rebeca, cuando entramos en el segundo hotel con esperanza de encontrar alojamiento, pregunté.

                     - ¿Tienen habitaciones libres?

                     - No nos quedan habitaciones, lo siento ya ha habido otras personas a las que he tenido que decirles lo mismo.

 Un señor que estaba al lado del mostrador y había oído la conversación  nos dijo

                     - Miren, si no son ustedes muy exigentes pueden ir a la casa de doña Patrocinio, no es exactamente un hotel pero ella alquila habitaciones cuando en verano viene mucha gente para un concierto que se celebra en el campo cerca de aquí.

 No había alternativa y nos dirigimos a las señas que nos dio el hombre.

 Cuando llegamos nos atendió una voluminosa mujer con pelo canoso mal peinado, cara colorada y gesto poco amigable. Nos dijo que solo le quedaba una con cama de matrimonio y baño en el pasillo. Y ahí vino la pregunta.

  Antes de responder mi mente trabajaba a cien por hora, diría que sí, que éramos matrimonio, pero y ella ¿Estaría de acuerdo? Porque si lo estaba dormiríamos juntos y eso significaría que…

 No podía contener la euforia y el miedo a la negativa, la ansiedad me embargaba.

                    - No les voy a pedir papeles, espero que lo que dicen sea verdad, porque esta es una casa decente.

 Dijo la señora Patro cuando le respondí con un tono nada convincente que sí. Rebeca, esbozó una sonrisa.

 En la habitación, sentados en la cama, yo no sabía cómo proceder, y fue Rebeca la primera en hablar.

                    - Mira, yo no sé qué idea te habrás hecho tú, a mÍ está claro que me caes bien y que me gustas, pero te voy a decir algo, conmigo puedes dormir compartiendo cama como si lo hicieras con un colega.

 Yo la miré como quien pide ayuda en un naufragio, evidentemente no era eso lo que quería.

                     - A ver, te digo esto porque a lo mejor te va a solucionar la papeleta, cuando sepas todo de mí. Yo soy una mujer total, y creo que lo ves, pero el proceso no ha terminado.

                     - ¿Como que el proceso no ha terminado? No te entiendo.

                     - Pues es sencillo, el proceso no ha terminado y aún soy como tú.

                     -A ver, a ver, ¿Cómo, como yo?

                     - ¡Joder tío! como tú, coño. Aún soy un hombre…

 Me quedé fuera de juego, en el momento de darme la respuesta se había puesto vehemente y sus labios entreabiertos eran más incitadores que nunca, sus tetas palpitaban por la respiración agitada y mi deseo, no salió huyendo.

 Ignoro si mi afición al cine tuvo algo que ver, pero la única respuesta que ni medité, me vino sola, fue.

                 -Nadie es perfecto.


 


 

LAS BODAS DE PLATA                                                           JUAN SANTOS

Paulino hizo la mili en Madrid en un cuartel de la carretera de Extremadura. De cabos para arriba no recuerda a nadie, lo que no ha podido olvidar son los buenos ratos que pasaba con sus colegas y los bocadillos de calamares que se comía en los aledaños de la Plaza Mayor.

Desde que se casó con Felisa, le ha prometido muchas veces, volver un día con ella. Le enseñará lo bonita que es la ciudad y, de paso, verán un musical de esos que ponen en la Gran Vía. El problema es que las faenas del campo, siempre tienen a Paulino muy ocupado y un día por otro, nunca llega.

Este año que hacen las bodas de plata, Felisa se ha plantado y le ha dicho a Paulino, muy en serio, que como no vayan a Madrid a celebrarlo, se separa de él. A Paulino se le ha caído el mundo encima.

-          Cariño, no me digas eso ni en broma. El próximo fin de semana, te juro que vamos a los madriles y al campo que le den por saco.

Anoche, prepararon la maleta con la ropa de los domingos. Estaban muy ilusionados, parecía que se iban de luna de miel. Aquel viaje deseado que nunca hicieron.

Felisa apenas ha pegado ojo, cuando ha sonado el despertador, ya estaban los dos pensando en levantarse. Hasta Valdepeñas han ido con su furgoneta, la han aparcado cerca de la estación y han cogido el tren de las diez, con dirección Madrid-Atocha.

Un poco antes de la una han llegado a su destino. Felisa está asombrada de ver los edificios tan grandes y la cantidad de tráfico que hay, pero está contenta y deja que su marido, que presume de conocer Madrid, lleve la iniciativa por la Plaza de Carlos V.

Lo han hecho todo con tanta premura que no han reservado hotel y las entradas del musical, esperan sacarlas sin problemas. Paulino cree que Madrid está como hace treinta años, cuando iba a una pensión y sobre la marcha le daban alojamiento, o cuando para ir a un espectáculo lo único que tenía que hacer era esperar unos minutos de cola en la taquilla.

La verdad es que con ese armatoste de madera parecen salidos del túnel del tiempo, pero ellos han venido a disfrutar a Madrid y les da igual que su maleta sea fea y no tenga ruedas.

Lo primero que han hecho ha sido entrar en el Hotel Mediodía. Paulino con mucho arrojo se ha dirigido a la recepcionista.

―Buenos días, Señorita ¿Tienen habitaciones libres?

La chica ha consultado su ordenador y le ha respondido, amablemente.

Sí. Nos queda una habitación doble, con dos camas individuales.

Ah, no. Nosotros la queremos con una sola cama grande, porque celebramos nuestras bodas de plata.

Pues lo siento mucho, señor, pero solo tenemos esa habitación.

Paulino sospecha que, sin haberlo reservado, es difícil encontrar un alojamiento, que no sea muy caro y con una cama de matrimonio, como Dios manda.

-          Si te parece, vamos a ir a una pensión que hay por aquí en la calle Atocha, que iba yo algunos fines de semana cuando estaba en la mili -le dice a Felisa.

-          Vale, como tú quieras, a mí me da igual, lo único que quiero es dormir contigo, el sitio es lo de menos.

Ya están en la puerta y la pensión ha cambiado poco. Paulino, haciéndose el simpático, pregunta por la señora María. La chica que lo recibe se queda mirándolo.

―La señora María es mi madre. ¿De qué la conoce usted?

―Yo era cliente habitual, hace treinta años. Pero déjelo, queremos reservar una habitación, con cama de matrimonio, para esta noche.

―Habéis llegado a tiempo, nos queda una. Pero, espere un momento, voy a llamar a mi madre. Ella tiene muy buena memoria y seguro que se acordará de usted.

Al momento, sale la madre que se conserva estupendamente.

―A ver ¿Quién pregunta por mí?

―Señora María, soy Paulino. ¿Se acuerda de mí?

―Hola, Paulino, Claro que me acuerdo de ti y de Luisita, también. Veo que seguís enamorados. Me alegro de veros. Dadme un beso.

Felisa se ha quedado blanca como la pared. Señora, yo me llamo Felisa. ¿Quién diablos es esa Luisita?

A Felisa se le han quitado las ganas de ver Mamma mía y quiere volver al pueblo, ahora mismo, para pedir el divorcio.


 

HOTEL CASA ROSADA                                                           JUANA DOMÍNGUEZ

Fue una aventura para no recordar, las prisas me depararon una sorpresa inolvidable.

Un mes de mayo, mi empresa nos comunicó que iba a hacer reforma y nos dieron vacaciones forzosas, una semana libre, fuera de lo habitual. Qué hacer, me vendría bien cambiar de aires, dejar la ciudad y  olvidarme de problemas que no podía solucionar momentáneamente, necesitaban tiempo y mucha, mucha paciencia.

En un estante de la librería, tengo una guía de hoteles de todo el país, la abrí sin ninguna intención y la hojeé mirando los destinos. Algo me llamó la atención. Hotel internacional de tres estrellas, en una pedanía de Cervo, piscina climatizada, pista de pádel, animación.

Lugo está lejos, pero estaría cerca del mar, aunque para llegar tendría que  conducir alrededor de una hora.

La foto que describía el hotel invitaba a conocerlo, un caserón de dos plantas, con pórtico en la entrada, pintado de un rosado fuerte, dentro de un jardín bien cuidado, y rodeado de eucaliptos. No me parecía un pazo, debía ser la casa de algún indiano. Mi curiosidad me animó a llamar.

-Casa rosada, dígame.

-Buenas tardes ¿tendría habitación libre, para mañana?

-¡Mañana! Espere un segundo que lo compruebo.

Estuve al teléfono un buen rato, no se oía nada, ya iba a colgar cuando escuche un ladrido.

-Hola, perdone por la tardanza. Me queda una habitación con una cama solamente, es la feria de ganado y estamos completos. Son 120 euros por noche, con desayuno incluido.

¡Cinco noches! un pastón solo por dormir en un sitio que quizá fuera un desierto verde.

-De acuerdo, resérvemela.

En una maleta pequeña metí lo imprescindible, y a media mañana del día siguiente salí camino de Galicia, llegué a media tarde a Cervo y di una vuelta por el pueblo. En un bar pedí algo ligero, en  el hotel no sabía si podría tomar algo de cena. Pregunté por el camino a la pedanía y me dirigí hacia ella.

Aún había mucha luz, el paisaje del camino era impresionante, bosques de pinos y de  eucaliptos, prados verdes llenos de flores amarillas, un paraíso idílico.

La primera impresión del hotel me causó desazón, la foto de la guía no tenía nada que ver con la realidad, la fachada se veía desconchada y sin pintura, el pórtico de la entrada estaba derruido, el jardín no existía. Un señor bajito y medio calvo salió a mi encuentro.

Si busca alojamiento está por aquí, me dijo señalado un sendero a la izquierda de la fachada. Detrás del caserón habían construido una serie de edificios de madera de una planta, bungalows Casa Rosada decía el cartel. Me dirigí al que parecía la recepción, el señor me había seguido y después de anotar mis datos en un libro me indicó:

-Su habitación esta al final del sendero, es el último, y se quedó en silencio

-¿No me da la llave?

-No tiene, está abierto, usted puede cerrar por dentro echando el cerrojo.

No lo podía creer ¡donde me había metido!

El cuarto consistía en un rectángulo todo de madera, de  tres por cuatro metros, con una cama, una mesilla, un perchero, y un aseo diminuto. La noche fue toledana, por la ventana sin cortina del cuarto veía las sombras siniestras que producían las ramas de los árboles, a la luz de la luna, acompañadas por la animación del hotel que consistía en el canto de los búhos, el ladrar de los perros, y el balar de las ovejas, que debían estar pegadas a la pared trasera de lo que denominaban bungalows.

No quise desayunar subí al coche y volví a mi casa, de la que no debería haber salido.