AY, BILLY WILDER MANUEL
GIL
La
mirada escrutadora de esa mujer se clavó primero en ella y era lógico. ¿Quién
no se sentiría atrapado por ese cúmulo de encantos? Y después la dirigió a mí,
frunció el ceño y en tono hosco preguntó.
- No les voy a pedir papeles, espero que lo que dicen sea verdad, porque esta es una casa decente.
- Mira, yo no sé qué idea
te habrás hecho tú, a mÍ está claro que me caes bien y que me gustas, pero te
voy a decir algo, conmigo puedes dormir compartiendo cama como si lo hicieras
con un colega.
-Nadie es perfecto.
LAS BODAS DE PLATA JUAN
SANTOS
Paulino hizo la mili en Madrid en un cuartel de la carretera
de Extremadura. De cabos para arriba no recuerda a nadie, lo que no ha podido
olvidar son los buenos ratos que pasaba con sus colegas y los bocadillos de
calamares que se comía en los aledaños de la Plaza Mayor.
Desde que se casó con Felisa, le ha prometido muchas veces,
volver un día con ella. Le enseñará lo bonita que es la ciudad y, de paso,
verán un musical de esos que ponen en la Gran Vía. El problema es que las
faenas del campo, siempre tienen a Paulino muy ocupado y un día por otro, nunca
llega.
Este año que hacen las bodas de plata, Felisa se ha plantado
y le ha dicho a Paulino, muy en serio, que como no vayan a Madrid a celebrarlo,
se separa de él. A Paulino se le ha caído el mundo encima.
-
Cariño, no me digas eso ni en broma. El próximo
fin de semana, te juro que vamos a los madriles y al campo que le den por saco.
Anoche, prepararon la maleta con la ropa de los domingos.
Estaban muy ilusionados, parecía que se iban de luna de miel. Aquel viaje
deseado que nunca hicieron.
Felisa apenas ha pegado ojo, cuando ha sonado el
despertador, ya estaban los dos pensando en levantarse. Hasta Valdepeñas han
ido con su furgoneta, la han aparcado cerca de la estación y han cogido el tren
de las diez, con dirección Madrid-Atocha.
Un poco antes de la una han llegado a su destino. Felisa
está asombrada de ver los edificios tan grandes y la cantidad de tráfico que
hay, pero está contenta y deja que su marido, que presume de conocer Madrid,
lleve la iniciativa por la Plaza de Carlos V.
Lo han hecho todo con tanta premura que no han reservado
hotel y las entradas del musical, esperan sacarlas sin problemas. Paulino cree
que Madrid está como hace treinta años, cuando iba a una pensión y sobre la
marcha le daban alojamiento, o cuando para ir a un espectáculo lo único que
tenía que hacer era esperar unos minutos de cola en la taquilla.
La verdad es que con ese armatoste de madera parecen salidos
del túnel del tiempo, pero ellos han venido a disfrutar a Madrid y les da igual
que su maleta sea fea y no tenga ruedas.
Lo primero que han hecho ha sido entrar en el Hotel
Mediodía. Paulino con mucho arrojo se ha dirigido a la recepcionista.
―Buenos días, Señorita ¿Tienen habitaciones libres?
La chica ha consultado su ordenador y le ha respondido,
amablemente.
―Sí. Nos queda una habitación doble, con dos camas
individuales.
―Ah, no. Nosotros la queremos con una sola cama grande,
porque celebramos nuestras bodas de plata.
―Pues lo siento mucho,
señor, pero solo tenemos esa habitación.
Paulino sospecha que, sin haberlo reservado, es difícil
encontrar un alojamiento, que no sea muy caro y con una cama de matrimonio,
como Dios manda.
-
Si te parece, vamos a ir a una pensión que hay por
aquí en la calle Atocha, que iba yo algunos fines de semana cuando estaba en la
mili -le dice a Felisa.
-
Vale, como tú quieras, a mí me da igual, lo
único que quiero es dormir contigo, el sitio es lo de menos.
Ya están en la puerta y la pensión ha cambiado poco. Paulino,
haciéndose el simpático, pregunta por la señora María. La chica que lo recibe
se queda mirándolo.
―La señora María es mi madre. ¿De qué la conoce usted?
―Yo era cliente habitual, hace treinta años. Pero déjelo, queremos
reservar una habitación, con cama de matrimonio, para esta noche.
―Habéis llegado a tiempo, nos queda una. Pero, espere un momento,
voy a llamar a mi madre. Ella tiene muy buena memoria y seguro que se acordará
de usted.
Al momento, sale la madre que se conserva estupendamente.
―A ver ¿Quién pregunta por mí?
―Señora María, soy Paulino. ¿Se acuerda de mí?
―Hola, Paulino, Claro que me acuerdo de ti y de Luisita, también.
Veo que seguís enamorados. Me alegro de veros. Dadme un beso.
Felisa se ha quedado blanca como la pared. Señora, yo me llamo
Felisa. ¿Quién diablos es esa Luisita?
A Felisa se le han quitado las ganas de ver Mamma mía y quiere
volver al pueblo, ahora mismo, para pedir el divorcio.
HOTEL CASA ROSADA JUANA
DOMÍNGUEZ
Fue una aventura para no recordar, las prisas me depararon
una sorpresa inolvidable.
Un mes de mayo, mi empresa nos comunicó que iba a hacer
reforma y nos dieron vacaciones forzosas, una semana libre, fuera de lo
habitual. Qué hacer, me vendría bien cambiar de aires, dejar la ciudad y olvidarme de problemas que no podía
solucionar momentáneamente, necesitaban tiempo y mucha, mucha paciencia.
En un estante de la librería, tengo una guía de hoteles de
todo el país, la abrí sin ninguna intención y la hojeé mirando los destinos.
Algo me llamó la atención. Hotel internacional de tres estrellas, en una
pedanía de Cervo, piscina climatizada, pista de pádel, animación.
Lugo está lejos, pero estaría cerca del mar, aunque para
llegar tendría que conducir alrededor de
una hora.
La foto que describía el hotel invitaba a conocerlo, un
caserón de dos plantas, con pórtico en la entrada, pintado de un rosado fuerte,
dentro de un jardín bien cuidado, y rodeado de eucaliptos. No me parecía un
pazo, debía ser la casa de algún indiano. Mi curiosidad me animó a llamar.
-Casa rosada, dígame.
-Buenas tardes ¿tendría habitación libre, para mañana?
-¡Mañana! Espere un segundo que lo compruebo.
Estuve al teléfono un buen rato, no se oía nada, ya iba a
colgar cuando escuche un ladrido.
-Hola, perdone por la tardanza. Me queda una habitación con
una cama solamente, es la feria de ganado y estamos completos. Son 120 euros
por noche, con desayuno incluido.
¡Cinco noches! un pastón solo por dormir en un sitio que
quizá fuera un desierto verde.
-De acuerdo, resérvemela.
En una maleta pequeña metí lo imprescindible, y a media
mañana del día siguiente salí camino de Galicia, llegué a media tarde a Cervo y
di una vuelta por el pueblo. En un bar pedí algo ligero, en el hotel no sabía si podría tomar algo de
cena. Pregunté por el camino a la pedanía y me dirigí hacia ella.
Aún había mucha luz, el paisaje del camino era
impresionante, bosques de pinos y de
eucaliptos, prados verdes llenos de flores amarillas, un paraíso
idílico.
La primera impresión del hotel me causó desazón, la foto de
la guía no tenía nada que ver con la realidad, la fachada se veía desconchada y
sin pintura, el pórtico de la entrada estaba derruido, el jardín no existía. Un
señor bajito y medio calvo salió a mi encuentro.
Si busca alojamiento está por aquí, me dijo señalado un
sendero a la izquierda de la fachada. Detrás del caserón habían construido una
serie de edificios de madera de una planta, bungalows Casa Rosada decía el
cartel. Me dirigí al que parecía la recepción, el señor me había seguido y
después de anotar mis datos en un libro me indicó:
-Su habitación esta al final del sendero, es el último, y se
quedó en silencio
-¿No me da la llave?
-No tiene, está abierto, usted puede cerrar por dentro
echando el cerrojo.
No lo podía creer ¡donde me había metido!
El cuarto consistía en un rectángulo todo de madera, de tres por cuatro metros, con una cama, una
mesilla, un perchero, y un aseo diminuto. La noche fue toledana, por la ventana
sin cortina del cuarto veía las sombras siniestras que producían las ramas de
los árboles, a la luz de la luna, acompañadas por la animación del hotel que
consistía en el canto de los búhos, el ladrar de los perros, y el balar de las
ovejas, que debían estar pegadas a la pared trasera de lo que denominaban
bungalows.
No quise desayunar subí al coche y volví a mi casa, de la
que no debería haber salido.