26/12/2025

UNA TIERRA SIN NAVIDAD 2

 

TIERRA SIN NAVIDAD                                                             MARÍA ISABEL RUANO

 

Un relato sin adjetivos                                                                

Tierra y relato oscuros y fríos

de extraño cobijo contra el miedo y el olvido,

de soledad y silencio, sin luces ni adornos,

sin la mirada ilusionada de los niños.

Sin manteles ni comida, sin regalos ni brindis.

Sin colores ni brillo.

Tierra y relato, tristeza y cobijo.

Frases cortas de un extraño y mental ritmo

para que el paseante no vea la miseria,

para que el lector imagine, busque y analice

y le dé su propio sentido.

Para que el transeúnte no mire

y mantenga la conciencia ciega

al dolor y a la pobreza, de los sin techo y mendigos.

Para que el lector escriba su propio guiño,

de lo que vio, imaginó o dijo el autor,

el porqué de la ausencia del color y del adjetivo.

En este mes de diciembre tan frío

no quiero una tierra sin navidad

ni un relato sin colores ni adjetivos.

Ojalá que aquella estrella de Belén

que alumbró a pastores y magos

renazca en estos días dando al más necesitado

ilusión, comida y abrigo,

abrazos y besos, regalos para los niños.

 


 

LA SEGUNDA NAVIDAD                                              ANTONIO LLOP

 

Jun y su esposa Mei-Lan se miraban con ojos teñidos de preocupación. Él desviaba la vista alternativamente a su hijo Hao y al abdomen de su esposa abultado de forma decidida.

 

—Es una locura, dijo la mujer. Son dos días de viaje en autobús. Y no es solo por mi estado. Hao tiene solo cuatro años.

—No tenemos otra opción.

—Y ¿quién nos garantiza que en Lhasa no nos ocurra lo mismo?

—Me he informado de que en el Tíbet tienen autonomía plena en temas de salud y planificación familiar.

 

Mei-Lan reflexionó. Significaba un cambio brusco en sus condiciones de vida: un entorno desconocido y nuevos vecinos. Ahora que había conseguido encontrar trabajo en uno de los hospitales de Sichuan donde vivían. Sin embargo, su esposo tenía razón. El delegado local del Partico Comunista ya se había fijado en ella. Cuando su naturaleza se mostró de forma exultante nada disimulaban ya las fajas y los vestidos talares. Y no estaba dispuesta a que la retiraran su bebé para darlo en adopción o algo peor. Había oído casos incluso de infanticidios por esa política estricta de hijo único que aún permanecía en China en ese año 2014.

 

De forma sigilosa prepararon el viaje. Aprovecharon la ausencia del delegado, que asistía a un congreso del Partido en una provincia limítrofe, para sacar los billetes de autobús. Al llegar a la frontera les pidieron la documentación. Argumentaron que visitaban el país vecino como turistas. Respiraron aliviados cuando superaron todos los trámites administrativos.

 

Pernoctando ya en territorio tibetano Jun observó a dos hombres chinos que preguntaban en recepción. El empleado negaba con la cabeza ante su insistencia. Cuando volvió a la habitación llamaron al interfono:

—Soy el recepcionista. Dos miembros del Partido Comunista Chino han preguntado por ustedes. Les he negado la información hasta que no me presenten una orden escrita. Les ayudo porque soy miembro de la resistencia independentista del Tibet. Váyanse inmediatamente porque volverán a insistir.

 

Abandonaron precipitadamente la habitación y salieron a la noche. Con sus linternas alumbraron un territorio agreste con un frío intenso. A lo lejos divisaron una luz. Era la casa de unos campesinos que al ver a la familia en esas precarias condiciones les acogieron con hospitalidad. A la mañana siguiente se enteraron de la persecución que sufrían y se fijaron en el estado avanzado de gestación de la mujer. Les indicaron un camino por el que llegarían a una población más importante donde tendrían ocasión de visitar a un médico. Era una explanada a gran altitud encajada entre montañas. La senda estaba marcada por mojones cada dos quilómetros. Les proporcionaron comida y elementos de abrigo. Y un yak que ellos habían domesticado y usaban para cargar aperos de labranza.

 

—Cuando lleguen al pueblo, suéltenlo. Él regresa solo.

 

La mujer subió de lado, como las amazonas, a la manta ajustada al lomo del animal. Delante de ella colocó a horcajadas a su hijo Hao y lo sujetó. Su esposo a pie con las riendas del yak en la mano abría el camino. Los cuernos de este subían y bajaban ante los ojos del niño que, inconsciente de los peligros, disfrutaba de la aventura. Pronto empezó a nevar de forma intensa. Una ventisca se desató amenazando con descabalgarlos. Mei-Lan comenzó a sentir presión en la parte baja de su abdomen y las contracciones inconfundibles. Llamó la atención de Jun, su esposo, que en ese momento buscaba el rastro de la senda. La nieve había cubierto las piedras de las señales y era muy difícil orientarse. Ya estaba anocheciendo cuando decidieron buscar un refugio en la montaña más cercana. Encontraron lo que parecía una gruta que consideraron suficientemente resguardada de los elementos meteorológicos. Allí con las mantas proporcionadas por los campesinos Jun improvisó una cama para su mujer. Esta, médico de profesión, le indicó los pasos para sacar al bebé de ambos.

 

—Lávate las manos y cuando veas la cabeza del niño boca abajo tira de ella con cuidado girándolo hacia su espalda. Luego quema el filo de la navaja y corta el cordón umbilical.

 

La mujer empujó hacia afuera entre grandes dolores ante la mirada entre curiosa y angustiada de su hijo Hao. Por fin salió el bebé. Cuando terminó de expulsar la placenta pidió al hombre que se lo enseñara. Comprobó que nada había quedado dentro. Luego abrazó al neonato. Era una preciosa niña.

 

El yak parecía ofrecer su lana y su aliento para calentar al recién nacido. Sus padres, por curiosidad, miraron sus móviles en busca de las efemérides de ese día tan importante para ellos.  Había algo de cobertura lo que les indicaba que no se encontraban lejos de un sitio poblado. Descubrieron que además del año del Caballo de Madera en su horóscopo, asociado a la aventura, era la noche en que los cristianos celebran el nacimiento de su Mesías. Entonces decidieron que llamarían Pingué a su hija, que significa paz. Quién sabe si algún día no sería una embajadora de esa paz y armonía que ellos deseaban también para su país natal.


 

 DEUDA SALDADA                                                      ARACELI DEL PICO

 

   Cuando sus padres le echaron de casa, por ser un zángano incorregible, a Cándido se le cayó el alma a los pies, jamás pensó que sus progenitores iban a ser tan radicales. Pero lo fueron.

 

   Siempre fue un mal estudiante, incapaz de aprobar más de cuatro asignaturas. Gimnasia, religión, geografía y algo de matemáticas, éstas no se le daban mal del todo. A los diez y ocho años, con la mayoría de edad a sus espaldas, su padre decidió, con mucho miedo, pedir un favor a Ramiro, amigo desde la infancia. Tal favor consistía en que permitiera entrar en su taller de mecánica a Cándido para intentar que aprendiera algo y crearle alguna responsabilidad.

 

   Ramiro, ni lo dudó un momento. Le dijo que a primeros de mes se podía incorporar a los Talleres de Humanes.

 

    Cuando Cándido oyó la “magnífica oferta”, lo primero que preguntó fue:

 

-          ¿Y cómo voy a llegar allí?

-          Sencillo. Coges el tren en la estación de Atocha. Y me ha dicho Ramiro, que una vez en Humanes en diez minutos andando, estás en el taller.

-          ¿A qué hora tendría que entrar?

-          Tendrías no, TIENES que estar a las ocho.

   

    Así acabó la conversación. La comida transcurrió en absoluto silencio. La mirada de su madre, se cruzaba con la de su padre en un gesto de duda y casi de terror, cuando veía en los ojos de su marido una decisión irrevocable. Conocía bien a su hijo.  Esto no acabaría bien.

 

   Y no acabó bien. Cándido apareció cariacontecido en su casa a los quince días, diciendo que el amigo de su padre le había despedido y… sin saber porque…  Así que no creas que es tan amigo tuyo

 

   Justo, cogió el teléfono de inmediato y pidió explicaciones. Y las recibió. Mientras el tono de su cara pasaba por todos los colores del arco iris y sus ojos trataban de esconder las lágrimas que la conversación le producía. Colgó, con un:

 

-          Lo siento en el alma. Y, de cualquier modo, gracias por todo. Pasaré a verte

-          Si, si que es necesario. Faltaría más.

 

   Se dejó caer en el sofá. Respiró. Y mirando a su hijo con una tranquilidad que no sentía, le dijo que recogiera sus cosas y que al día siguiente abandonara la casa. No hubo más explicaciones. Cándido no tuvo valor de pedirlas. El gesto de la cara de su padre era tan elocuente, que prefirió guardar silencio. Tampoco podía añadir gran cosa en su defensa.

 

   Anduvo perdido de un lado para otro un par de meses. Su padre le había dado dinero, una cantidad generosa hasta que lograra encontrar algún trabajo, el que fuera, que le permitiera valerse por sí mismo. Con la advertencia, de que no se le ocurriera llamarles para pedir ayuda. ¡NUNCA!  Pero todo tiene un fin. Y cuando bien poco faltaba, para no tener un centavo, recaló en un pueblo perdido de Extremadura. Villanueva de la Luz.

 

   Pocos habitantes, apenas cincuenta. La mayoría entrados en años, curtidos por los fríos serranos, mostraban en sus caras las venerables rayas de la vida. Arrugas profundas, bocas perfiladas, habían perdido el grueso de sus labios. El blanco de las cumbres, armonizaba con sus cabellos. Y la mayoría se apoyaba en artesanas cachabas, que el carpintero del pueblo, ya fallecido, los había preparado. Dos parejas jóvenes, con dos hijos cada una. Y María, la nieta de Casilda, siete años, que vivía con su abuela, porque los padres habían tenido que ir a trabajar al extranjero. El pueblo no tenía recursos.

 

  Lo que un día fue un castillo, sobre el cono perfecto de un otero, tan solo mantenía un lado de su torre del homenaje. La iglesia, erosionada por el tiempo, apenas dejaba ver su esplendor románico.

 

  Y Cándido harto y confundido por deambular de un lugar a otro sin saber que hacer, se instaló en Villanueva de la Luz.  Un tarambana, pero en aquel lugar mísero encontró el sentido de su vida. Hablaba con todos. Se preocupaba por sus problemas. Y ayudaba en la medida de sus posibilidades a todo aquel que se lo pidiera.

 

   Enseguida supo que los cinco niños tenían que ir a otro pueblo a recibir las clases elementales. Las inclemencias del tiempo hacían de su ida y vuelta una tortura. No dudó en ofrecerse. Las familias aceptaron y desde entonces, él, ejercía de profesor para los chavales.

 

   Rodeado de cariño y agradecimiento, se hizo imprescindible para la gente de Villanueva. No admitía que le dieran dinero alguno por la ayuda que les brindaba. A cambio, ricos guisos, dulces y las más bellas sonrisas, salían de esas bocas desdentadas.

 

   Antes de dormir aquella noche reflexionó sobre el cambio que se había producido en su vida. Y sintió que nunca había sido más feliz. Así que después de madrugar y tomarse un café malísimo, que, a él, le sabía a gloria, propuso a los vecinos presentes montar un nacimiento. Se echaron las manos a la cabeza. ¡Ay hijo ¡Este es un pueblo sin Navidad! ¿No ves que no tenemos recursos, pa esas cosas?

 

  Pero el nacimiento salió a la luz, gracias a su ingenio. Fabricó unas figuras de paja, las vistió con unos trapos que encontró y pidió ayuda a las abuelas para que le ayudaran en los remates. Nunca las estrellas habían brillado tanto, como en esa noche.

 

  Volvía feliz y achispado a su chabola y al abrir la puerta, vio un sobre en el suelo. Lo abrió con dedos nerviosos. En su interior había dinero y bastante. Y una nota. Era de toda la comunidad. Se acostó con el dinero sobre su pecho.

 

  Al día siguiente, cogió el autobús que le acercaba a Madrid. Fue a la estación de Atocha, tomó el cercanías hasta Humanes. En el taller preguntó por D. Ramiro. No estaba.

 

-          Soy Cándido Alcaraz. Podrían entregarle este sobre por mí, por favor.

-          Naturalmente.

-          ¿Y usted es?

-          Isabel, su hija.

-          Feliz Navidad señorita.

-          Igualmente, Cándido.


 

NOCHE BUENA                                                          SANTIAGO J. MARTÍN

Esta historia, como tantas, está basada en hechos reales. Todos los personajes son ficticios y cualquier parecido con la realidad, evidentemente, no es mera coincidencia.

A 8 HORAS DE QUE SUCEDIERA

Feliz, lo que se dice feliz, tampoco. Se había levantado, aparentemente como otros días, pero estaba seguro de que ese 24 de diciembre no iba a ser un día cualquiera.

No sabía muy bien qué hacer con casi toda la jornada por delante. Sí, eran nervios lo que sentía. ¿Qué si no?

A 6 HORAS DE QUE SUCEDIERA

Raúl no podía quedarse allí, en casa, contemplando el reloj, mirando el móvil, esperando alguna llamada que seguro que lo importunarían más que otra cosa.

En la calle pudo comprobar el ajetreo habitual en una fecha como aquella. Las imposturas de algunos se mezclaban con el trasiego de otros y el colorido excesivo de la ciudad.

 

A 4 HORAS DE QUE SUCEDIERA

En el Bar de Ramón vio a Eloísa. Fue compañera de Mónica, su mujer, durante muchos años. Trabajaron juntas en el mismo colegio desde que terminaron Magisterio.

-          ¿Qué tal todo, Raúl?

-          Buf. Ya ves. Tragando saliva.

-          Pero hombre, ¿no hubiera sido mejor programarlo para otro día?

-          ¿Lo dices por la fecha? Eso no tiene ninguna importancia.

-          Moni y tú no sois creyentes, ¿verdad?

-          No, pero da igual. Han sido unos meses como para hacerse ateo, si no lo éramos.

-          ¿Quieres que te acompañe?

-          No, por favor. Ya te llamo yo un día de estos.

 

A 2 HORAS DE QUE SUCEDIERA

Mónica tenía una casita al lado de la playa, en Almería, a la que acostumbraban a ir en estas fechas.

Allí paseaban lejos del bullicio, ajenos a fiestas y compromisos. Se podría decir, ahora sí, que entonces eran felices, muy felices.

La casa ahora estaba cerrada, vacía, llena de polvo con tanto tiempo sin habitar. Qué lástima no poder elegir el escenario para las cosas importantes.

 

A UNOS MINUTOS DE QUE SUCEDIERA

No iba a llegar tarde, a pesar de que si así fuera, le esperarían. Nada empezaría sin él presente. Ahora era tan notoria su figura como poco necesaria para Mónica. Lo que quedaba de ella.

 

SUCEDIÓ

La Ley orgánica 3/2021, de 24 de marzo, de regulación de la eutanasia (LORE) entró en vigor el 25 de junio de 2021. Esta Ley dio una respuesta jurídica, sistemática, equilibrada y garantista a una demanda sostenida de la sociedad actual introduciendo un nuevo derecho individual en nuestro país.