30/01/2026

SÍ, PERO NO. 1

SÍ, PERO NO A LA IA                                                   JUAN SANTOS

 

Siendo muy buena la IA,

es mala para el poeta    

que de manera secreta

la usa para hacer poesía.

Es acto de pillería

que su torpeza revela,

pues la persona más lela

y cualquier analfabeto,

puede pedirle un soneto

o una décima espinela.

 

Aunque las rimas sean buenas

y perfecta su medida,

¿qué sabrá ella de la vida,

de las glorias y las penas?,

si son de cobre sus venas.

¿Qué sabrá ella del amor,

de sarcasmos y de humor?

si carece de ironía,

de emoción y fantasía,

porque es un ordenador.

 

Cuando por menos de nada

algún poeta la usa,

dicen que llora la musa

como novia enamorada

que se siente reemplazada.

El deleite de crear

desaparece al copiar,

y mientras la chispa huye

el autor se prostituye

en un triste lupanar.

 

Es por eso menester

en aras de la poesía,

que se cape de la IA

la función de componer.

A mi modo de entender

es la manera mejor

de frenar al impostor.

Una vez hecha la capa,

aunque se lo pida el papa

la respuesta dará error.

 

Mas la cosa no es sencilla,

y mientras siga esa opción,

caerán en la tentación

poetas de pacotilla.

Sería una maravilla

que la ciencia pionera

en sus circuitos pusiera

consciencia de sus errores,

que de hacer falsos autores

ella sola desistiera.

 

Los genios de la poesía

desde Berceo a Machado,

ninguno tuvo a su lado

el recurso de la IA.

Lo que el cuerpo les pedía

con su ingenio y con su credo,

escribieron con denuedo

hasta el día de sus muertes,

como Lorca, Gloria Fuertes,

Luis de Góngora y Quevedo.


 

LA PRUEBA                                                                            ANTONIO LLOP

No me lo podía creer. Mi sueño erótico más querido se estaba cumpliendo en ese momento: ¡Estaba intentando desabrochar el sostén de “la pitones”!

La de veces que habíamos fantaseado con eso los chicos de la “panda del murete”. Nos llamaban así porque, cuando no teníamos nada que hacer como en aquellas vacaciones navideñas, nos sentábamos indolentes en un poyo corrido frente al portal donde entraba esa mujer. Todos los días, aproximadamente a la misma hora, la veíamos pasar bamboleando su pechera. “¡Qué suerte tiene el marido, que puede tocarlas!”, nos decíamos unos a otros. Y aunque cada uno de nosotros las había visto decenas de veces en nuestros raptos onanistas, siempre nos quedaba la duda de saber cómo serían realmente las defensas de tan inalcanzable mujer.

-Como dos melones, seguro –había dicho Luisito, a quien llamábamos “el paella” por tener la cara llena de granos.

-Vete a saber - secundó Manolo, con escepticismo- he oído decir que muchas se rellenan el sujetador.

Fue entonces cuando a Renato se le ocurrió aquello:

-No hay huevos de preguntárselo.

Yo había leído las pruebas que tenían que superar los niños indígenas para que su tribu les ascendiese a la categoría de guerreros. Y aquella propuesta de Renato me parecía una prueba suficiente para superar mi adolescencia, por lo que sin dudarlo un instante asumí el reto.

Al día siguiente, “la pitones” venía por el final de la calle. Me levanté del murete con la solemnidad del que sabe que todas las miradas están puestas en él. Cuando llegué a su altura empecé a temblar. Me estaba arrepintiendo de haber aceptado la prueba, pero ya no podía volverme atrás. Cerré los ojos instintivamente, como los niños cuando creen que los demás no los ven porque ellos no miran. Le dije:

-Perdone que le moleste, señora, mis amigos y yo nos preguntamos si todo lo que tiene debajo de su blusa es natural.

Hubo un intenso silencio durante el que yo esperaba una bofetada en cualquier momento. Cuando abrí los ojos, ella me miraba con fijeza. Sin decir palabra me hizo un gesto para que la siguiera. Cerró el portal detrás de mí cortando el paso a mis amigos, que ya se acercaban con disimulo a la puerta acristalada. Me condujo hasta el cuarto de contadores, se quitó la chaqueta, levantó levemente el final de su blusa, y me dijo con gesto serio:

-Compruébalo tú mismo.

La precipitación hizo que me enredara con torpeza en los botones, pero conseguí que no quedara ninguno por liberar. Abrí la blusa despacio, como cuando se descorren las cortinas del escenario antes de la representación más esperada. Allí estaban las dos presencias de mis desvelos desbordando las copas de un sostén, que era el último obstáculo al paraíso soñado. Ella tenía los brazos relajados, dejándose hacer, por lo que desde adelante la abrace en busca del cierre trasero.

Yo no había quitado nunca esa prenda a una chica por lo que seguí la lógica de tirar hacia afuera desde ambos lados. Durante el forcejeo con el broche notaba contra mis hombros el pecho de ella, que en un momento tendría entre mis manos. Pero, al cabo de un minuto, el castillo seguía inexpugnable. Aun sabiendo que perdía una posición tan privilegiada me coloqué a su espalda para ver de frente a mi enemigo. Entonces comprobé la situación del cierre y me di cuenta de que el sentido de mi esfuerzo debería haber sido el contrario. A pesar de tener ya las manos cansadas, reanudé mi trabajo para liberar los extremos del broche. No hubo forma. El sujetador era demasiado pequeño, o ella respiraba hondo para apretarlo más contra su cuerpo. Con los dedos doloridos y sin fuerza ya en los brazos volví a ponerme frente a ella con un gesto entre impotente y suplicante.

Pero no se apiadó de mí. Me miró con resignación y, mientras se cerraba la blusa, me dijo:

-Bueno, chico, pues otra vez será.

Salí avergonzado del cuarto de contadores. Tras la puerta de la vecina del bajo el villancico de “el tamborilero” sonaba a saeta: “Porrom, pom, pom”.

La cabeza gacha solo me duró hasta que vi a mis amigos mirando a través del portal acristalado. Entonces me erguí y afirmé el paso. No tendría que esforzarme por inventar la historia que les contaría. Demasiado bien conocía yo el guion de mis sueños eróticos.


 

ERA UN GATO                                                 SANTIAGO J. MARTÍN

En apenas unos minutos voy a poder tener en mis manos los documentos que revelen la historia más oscura de los últimos treinta años en este país: el caso Gutiérrez.

No es broma. Me dirijo en este momento hacia las instalaciones del Centro de Inteligencia Nacional, el famoso CIN. Aprovecho los escasos cuatrocientos metros que me quedan a pie hasta la puerta de servicio donde me facilitarán el acceso, evitando los controles de entrada.

Tal como me lo han pedido, solo llevo conmigo esta grabadora - que estoy utilizando en este momento - y la ropa que visto. Nada de documentación y mucho menos dispositivos u objetos metálicos. Ese fue el trato.

No veo necesario hacer ni siquiera un breve resumen del caso Gutiérrez. Ha sido objeto de portadas y titulares durante semanas en el último lustro, especialmente.

A pesar de eso, poco es lo que se sabe a ciencia cierta. Se cree que hay fallecidos, detenidos, encausados y desaparecidos, pero el secreto de las investigaciones ha sido más fuerte que todas las indagaciones periodísticas juntas. 

Hoy todo podrá ver la luz. Mi trabajo persistente, haciendo uso de apoyos, contactos, direcciones y promesas, va a dar el único fruto posible: la verdad.

Al final, la casualidad juega siempre un papel decisivo. Quién me iba a decir a mí lo importante que iba a ser que entrara ayer a tomarme una copa en el Café Colón.

He tenido que descuidar muchos compromisos, arrinconar mi vida privada, paladear el peligro de cada pregunta incómoda. Y ahora…

Se me acercó un tipo medio tambaleándose, que es posible que hubiera bebido más que yo. Se empeñó en que le invitara a una última copa. No era esa mi intención. Quería terminar solo la tarde: triste, cansado y con la cabeza obsesionada por un único objetivo. Entonces me habló.

-          Escúcheme, no estoy borracho. Disimule.

Esas palabras me pusieron en alerta. Algo me estaba pasando. Le examiné el rostro. No le conocía de nada, pero, evidentemente, él a mí, sí.

Fue directo al mensaje que tenía que darme. Era un hombre joven, de apenas treinta años, con un gorro negro de lana que no se había quitado pese a la temperatura del local. Se tapaba el rostro todo lo que podía con el cuello del abrigo y su mano izquierda cubría la nariz y la boca mientras hablaba.

-          Si quiere saberlo todo, vaya a esta dirección. Ahí tiene las condiciones. En caso contrario, olvídese de mí, de Gutiérrez, incluso de su propia existencia.

No hubo diálogo. Agarré el trozo de papel escrito a mano, me lo guardé en el bolsillo derecho de la chaqueta. Solo me dio tiempo a preguntar:

-          ¿A cambio de qué?

Se encogió de hombros y tan solo se señaló la frente con el dedo índice, como pidiéndome, atención, que pensara. O quizá, solo se estuviera despidiendo. Su imagen se desvaneció de repente.

Era la gran ocasión de mi vida. No pensaba en la fama ni en la posteridad, tan solo una frase rondaba mi cabeza: es el fin de esta locura.

Me acerco ya al cuarto de basuras del edificio. Es la hora. Como me dijo el sujeto, la puerta está entreabierta. La empujo. Me adentro en un habitáculo oscuro, maloliente y desordenado. No hay nadie.

Entre dos contenedores azules, estoy viendo una caja en el suelo. Parece el embalaje de un pequeño electrodoméstico. En este momento la agarro y salgo deprisa de aquí.

Voy recuperando el resuello. Me voy a apoyar en aquel banco. Todavía no ha amanecido y no se ve gente en la calle. No pesa demasiado.

Estoy nervioso. Mi vida, pendiente de una caja, está a punto de cambiar. Me recuerda al famoso experimento cuántico, con el perro que está vivo y muerto a la vez. Yo no lo dudo. Voy a abrirla.

Dentro observo plásticos, cartones y restos del empaquetado original. Busco documentos, fotos, películas, pero solo veo un sobre, con una nota, que voy a leer:

-          Olvídalo todo. Gutiérrez no existe.

Estoy confundido. Me acerco la nota a la cara y la comparo con la que tengo en el bolsillo. Son la misma letra, la mía.

Algo me está ocurriendo. Creo que confundo todo: las personas, las ideas, las puertas entreabiertas, el alcohol.

Vale. No me voy a rendir ahora. Cierro la caja y empiezo de nuevo. Es posible que al abrirla encuentre el final deseado.

Rebobino la cinta y grabo encima.

Hoy era el día. En estos momentos, tengo en mis manos una documentación que probablemente cambie el futuro de la humanidad…