SÍ,
PERO NO A LA IA JUAN
SANTOS
Siendo
muy buena la IA,
es
mala para el poeta
que
de manera secreta
la
usa para hacer poesía.
Es
acto de pillería
que
su torpeza revela,
pues
la persona más lela
y
cualquier analfabeto,
puede
pedirle un soneto
o
una décima espinela.
Aunque
las rimas sean buenas
y
perfecta su medida,
¿qué
sabrá ella de la vida,
de
las glorias y las penas?,
si
son de cobre sus venas.
¿Qué
sabrá ella del amor,
de
sarcasmos y de humor?
si
carece de ironía,
de
emoción y fantasía,
porque
es un ordenador.
Cuando
por menos de nada
algún
poeta la usa,
dicen
que llora la musa
como
novia enamorada
que
se siente reemplazada.
El
deleite de crear
desaparece
al copiar,
y
mientras la chispa huye
el
autor se prostituye
en
un triste lupanar.
Es
por eso menester
en
aras de la poesía,
que
se cape de la IA
la
función de componer.
A
mi modo de entender
es
la manera mejor
de
frenar al impostor.
Una
vez hecha la capa,
aunque
se lo pida el papa
la
respuesta dará error.
Mas
la cosa no es sencilla,
y
mientras siga esa opción,
caerán
en la tentación
poetas
de pacotilla.
Sería
una maravilla
que
la ciencia pionera
en
sus circuitos pusiera
consciencia
de sus errores,
que
de hacer falsos autores
ella
sola desistiera.
Los
genios de la poesía
desde
Berceo a Machado,
ninguno
tuvo a su lado
el
recurso de la IA.
Lo
que el cuerpo les pedía
con
su ingenio y con su credo,
escribieron
con denuedo
hasta
el día de sus muertes,
como
Lorca, Gloria Fuertes,
Luis
de Góngora y Quevedo.
LA PRUEBA ANTONIO
LLOP
No me lo podía creer. Mi sueño erótico más querido se
estaba cumpliendo en ese momento: ¡Estaba intentando desabrochar el sostén de
“la pitones”!
La de veces que habíamos fantaseado con eso los chicos de
la “panda del murete”. Nos llamaban así porque, cuando no teníamos nada que
hacer como en aquellas vacaciones navideñas, nos sentábamos indolentes en un
poyo corrido frente al portal donde entraba esa mujer. Todos los días,
aproximadamente a la misma hora, la veíamos pasar bamboleando su pechera. “¡Qué
suerte tiene el marido, que puede tocarlas!”, nos decíamos unos a otros. Y
aunque cada uno de nosotros las había visto decenas de veces en nuestros raptos
onanistas, siempre nos quedaba la duda de saber cómo serían realmente las
defensas de tan inalcanzable mujer.
-Como dos melones, seguro –había dicho Luisito, a quien
llamábamos “el paella” por tener la cara llena de granos.
-Vete a saber - secundó Manolo, con escepticismo- he oído
decir que muchas se rellenan el sujetador.
Fue entonces cuando a Renato se le ocurrió aquello:
-No hay huevos de preguntárselo.
Yo había leído las pruebas que tenían que superar los
niños indígenas para que su tribu les ascendiese a la categoría de guerreros. Y
aquella propuesta de Renato me parecía una prueba suficiente para superar mi
adolescencia, por lo que sin dudarlo un instante asumí el reto.
Al día siguiente, “la pitones” venía por el final de la
calle. Me levanté del murete con la solemnidad del que sabe que todas las
miradas están puestas en él. Cuando llegué a su altura empecé a temblar. Me
estaba arrepintiendo de haber aceptado la prueba, pero ya no podía volverme
atrás. Cerré los ojos instintivamente, como los niños cuando creen que los
demás no los ven porque ellos no miran. Le dije:
-Perdone que le moleste, señora, mis amigos y yo nos
preguntamos si todo lo que tiene debajo de su blusa es natural.
Hubo un intenso silencio durante el que yo esperaba una
bofetada en cualquier momento. Cuando abrí los ojos, ella me miraba con fijeza.
Sin decir palabra me hizo un gesto para que la siguiera. Cerró el portal detrás
de mí cortando el paso a mis amigos, que ya se acercaban con disimulo a la
puerta acristalada. Me condujo hasta el cuarto de contadores, se quitó la
chaqueta, levantó levemente el final de su blusa, y me dijo con gesto serio:
-Compruébalo tú mismo.
La precipitación hizo que me enredara con torpeza en los
botones, pero conseguí que no quedara ninguno por liberar. Abrí la blusa
despacio, como cuando se descorren las cortinas del escenario antes de la
representación más esperada. Allí estaban las dos presencias de mis desvelos
desbordando las copas de un sostén, que era el último obstáculo al paraíso
soñado. Ella tenía los brazos relajados, dejándose hacer, por lo que desde
adelante la abrace en busca del cierre trasero.
Yo no había quitado nunca esa prenda a una chica por lo
que seguí la lógica de tirar hacia afuera desde ambos lados. Durante el
forcejeo con el broche notaba contra mis hombros el pecho de ella, que en un
momento tendría entre mis manos. Pero, al cabo de un minuto, el castillo seguía
inexpugnable. Aun sabiendo que perdía una posición tan privilegiada me coloqué
a su espalda para ver de frente a mi enemigo. Entonces comprobé la situación
del cierre y me di cuenta de que el sentido de mi esfuerzo debería haber sido
el contrario. A pesar de tener ya las manos cansadas, reanudé mi trabajo para
liberar los extremos del broche. No hubo forma. El sujetador era demasiado
pequeño, o ella respiraba hondo para apretarlo más contra su cuerpo. Con los
dedos doloridos y sin fuerza ya en los brazos volví a ponerme frente a ella con
un gesto entre impotente y suplicante.
Pero no se apiadó de mí. Me miró con resignación y,
mientras se cerraba la blusa, me dijo:
-Bueno, chico, pues otra vez será.
Salí avergonzado del cuarto de contadores. Tras la puerta
de la vecina del bajo el villancico de “el tamborilero” sonaba a saeta:
“Porrom, pom, pom”.
La cabeza gacha solo me duró hasta que vi a mis amigos
mirando a través del portal acristalado. Entonces me erguí y afirmé el paso. No
tendría que esforzarme por inventar la historia que les contaría. Demasiado
bien conocía yo el guion de mis sueños eróticos.
ERA UN
GATO SANTIAGO
J. MARTÍN
En apenas unos minutos voy a poder tener en mis manos los
documentos que revelen la historia más oscura de los últimos treinta años en
este país: el caso Gutiérrez.
No es broma. Me dirijo en este momento hacia las
instalaciones del Centro de Inteligencia Nacional, el famoso CIN. Aprovecho los
escasos cuatrocientos metros que me quedan a pie hasta la puerta de servicio
donde me facilitarán el acceso, evitando los controles de entrada.
Tal como me lo han pedido, solo llevo conmigo esta
grabadora - que estoy utilizando en este momento - y la ropa que visto. Nada de
documentación y mucho menos dispositivos u objetos metálicos. Ese fue el trato.
No veo necesario hacer ni siquiera un breve resumen del caso
Gutiérrez. Ha sido objeto de portadas y titulares durante semanas en el último
lustro, especialmente.
A pesar de eso, poco es lo que se sabe a ciencia cierta.
Se cree que hay fallecidos, detenidos, encausados y desaparecidos, pero el
secreto de las investigaciones ha sido más fuerte que todas las indagaciones
periodísticas juntas.
Hoy todo podrá ver la luz. Mi trabajo persistente,
haciendo uso de apoyos, contactos, direcciones y promesas, va a dar el único
fruto posible: la verdad.
Al final, la casualidad juega siempre un papel decisivo.
Quién me iba a decir a mí lo importante que iba a ser que entrara ayer a
tomarme una copa en el Café Colón.
He tenido que descuidar muchos compromisos, arrinconar mi
vida privada, paladear el peligro de cada pregunta incómoda. Y ahora…
Se me acercó un tipo medio tambaleándose, que es posible
que hubiera bebido más que yo. Se empeñó en que le invitara a una última copa.
No era esa mi intención. Quería terminar solo la tarde: triste, cansado y con
la cabeza obsesionada por un único objetivo. Entonces me habló.
-
Escúcheme, no estoy borracho. Disimule.
Esas palabras me pusieron en alerta. Algo me estaba
pasando. Le examiné el rostro. No le conocía de nada, pero, evidentemente, él a
mí, sí.
Fue directo al mensaje que tenía que darme. Era un hombre
joven, de apenas treinta años, con un gorro negro de lana que no se había
quitado pese a la temperatura del local. Se tapaba el rostro todo lo que podía
con el cuello del abrigo y su mano izquierda cubría la nariz y la boca mientras
hablaba.
-
Si quiere saberlo todo, vaya a esta
dirección. Ahí tiene las condiciones. En caso contrario, olvídese de mí, de
Gutiérrez, incluso de su propia existencia.
No hubo diálogo. Agarré el trozo de papel escrito a mano,
me lo guardé en el bolsillo derecho de la chaqueta. Solo me dio tiempo a
preguntar:
-
¿A cambio de qué?
Se encogió de hombros y tan solo se señaló la frente con
el dedo índice, como pidiéndome, atención, que pensara. O quizá, solo se
estuviera despidiendo. Su imagen se desvaneció de repente.
Era la gran ocasión de mi vida. No pensaba en la fama ni
en la posteridad, tan solo una frase rondaba mi cabeza: es el fin de esta
locura.
Me acerco ya al cuarto de basuras del edificio. Es la
hora. Como me dijo el sujeto, la puerta está entreabierta. La empujo. Me
adentro en un habitáculo oscuro, maloliente y desordenado. No hay nadie.
Entre dos contenedores azules, estoy viendo una caja en
el suelo. Parece el embalaje de un pequeño electrodoméstico. En este momento la
agarro y salgo deprisa de aquí.
Voy recuperando el resuello. Me voy a apoyar en aquel
banco. Todavía no ha amanecido y no se ve gente en la calle. No pesa demasiado.
Estoy nervioso. Mi vida, pendiente de una caja, está a
punto de cambiar. Me recuerda al famoso experimento cuántico, con el perro que
está vivo y muerto a la vez. Yo no lo dudo. Voy a abrirla.
Dentro observo plásticos, cartones y restos del
empaquetado original. Busco documentos, fotos, películas, pero solo veo un
sobre, con una nota, que voy a leer:
-
Olvídalo todo. Gutiérrez no existe.
Estoy confundido. Me acerco la nota a la cara y la
comparo con la que tengo en el bolsillo. Son la misma letra, la mía.
Algo me está ocurriendo. Creo que confundo todo: las
personas, las ideas, las puertas entreabiertas, el alcohol.
Vale. No me voy a rendir ahora. Cierro la caja y empiezo
de nuevo. Es posible que al abrirla encuentre el final deseado.
Rebobino la cinta y grabo encima.
Hoy era el día. En estos momentos, tengo en mis manos una
documentación que probablemente cambie el futuro de la humanidad…