EL
GRAN COMUNICADOR ARACELI
DEL PICO
Ayer ha hecho cuarenta y cinco años que no
está con nosotros. Sí, no está. Pero nunca se ha ido. Su presencia sigue
iluminando cada rincón de mi casa y sus dichos y anécdotas por una causa u
otra, repiquetean en mis oídos, con suavidad y acierto. Y es fácil que por ser
el día que es, su esencia se haga más palpable. Y recuerdo que…
Mariquilla,
abrevia. Es jueves y hay que salir pitando, que luego hay cola y te quejas de
estar tanto tiempo de pie.
Este era el empuje, que mi padre daba a mi
madre, para que soltara sus quehaceres cuanto antes. Los jueves era fémina. Y
el cine costaba una peseta, quizá dos, más barato. Detalle a tener presente,
habida cuenta que la economía no era boyante. Ese día se cenaba muy pronto,
para ir al cine de barrio más próximo, y ver “las películas de la semana”
siempre sesión doble. Mis padres satisfacían el deseo, casi pasional de ir al
cine. Ese deseo se lo había transmitido, mi padre a mi madre. Ella lo conservó.
Curioso era oírles sus diferentes opiniones. Su compenetración era total. Pero
los gustos en tal campo, diferían por completo
Él, lo tenía desde muy joven y siempre
confesó que fue su único vicio. Esta devoción, le llevó a desarrollar una serie
de fetichismos, tales como ir siempre a la inauguración de cualquier cine de
Madrid, estuviera en la zona que fuera. Si el estreno le había interesado (las
películas, por aquel entonces, se mantenían durante mucho tiempo), volvía a
verlas al cabo del año.
La época de mi niñez y posterior
adolescencia, estaba envuelta en un gris oscuro, donde las prohibiciones se
imponían por cualquier causa. Y el cine no iba a estar exento. Un cartel, más
grande que el título de la película, decía: “Prohibida, solo para mayores de
edad” dependiendo del juicio aplicado por los censores, que era más rancio que
un tocino caducado tiempo atrás.
Comencé a gestionar mis primeros pasos, por
los pasillos del cine Usera, de la mano en muchas ocasiones de Pepe, el
acomodador. Tambaleante, silenciosa y dócil, miraba la gran pantalla, sin
entender nada, salvo las pelis de dibujos animados donde no me permitía ni
pestañear. Me sentaba en el suelo y el suelo y yo éramos uno. De allí, salieron
mis primeros amigos, Tom y Jerry, Pluto, Blanca Nieves y sus siete enanitos y
muchos más. Soy buena conservando amigos. Peinando canas, aún nos felicitamos
por Navidad.
Pero el gran comunicador, que era el cine,
estaba vetado para una adolescente, que no podía ver aquello prohibido para su
edad. Y me quedaba en casa, rodeada de libros, así menguaba la frustración de
no poder disfrutar determinadas películas.
Sin embargo, había otro Gran Comunicador, más
explícito que el cine. Mi Padre. Que, al día siguiente de haber visto el film
elegido, me lo contaba con pelos y señales, mientras barnizaba a muñequilla con
primor, el mueble que tenía que entregar. Elegía un lenguaje delicado y limpio
y me hacía llegar el argumento con claridad. Mi interés crecía en cada frase
que empleaba. Y así me acercaba a la gran pantalla y yo veía a través de sus
explicaciones, hasta el tono verde de los prados, el polvo que levantaban los
caballos y como no, el color de los ojos de los protagonistas. Y hasta sentía
un atisbo de enamoramiento, cuando se despertaba la naturaleza entre los
actores.
De tal modo, que cuando tiempo después tuve
acceso a ver aquello, prohibido en su momento, como, CON ÉL LLEGÓ EL ESCÁNDALO,
SIETE NOVIAS PARA SIETE HERMANOS, ESPLENDOR EN LA HIERBA, y tantas otras, era
para mí como volver al pasado y redescubrir lo que en su día disfruté. Si bien
es cierto que la primera versión, sin duda, me gustó más. Era más nítida y
vibrante.
Esa pasión heredada por el cine, sigue siendo
mi debilidad. Tengo muchas y todas arraigadas en mi naturaleza. Pero el séptimo
arte, como dieron en llamarle, sigue siendo la primera. A veces rivaliza con el
teatro. Solo a veces.
Pero… si yo no hubiera aprendido a caminar
por esos largos pasillos de la mano de Pepe, el acomodador, ¿andaría ahora
igual de resuelta? Alas me ponen en los
pies, cuando necesito ver algo que me interesa.
¿Sería mi nombre el mismo? También se lo debo
al cine.
Y también sé, que escondido y zascandileando
entre las estrellas, aquel que se fue hace cuarenta y cinco años, estará de
charla con cualquiera de las que no están y brillaron en la gran pantalla. Y
seguro que les dirá: no tuviste el éxito que esperabas en aquella película por
esto, por esto y por esto otro. No te preocupes, todo no fue culpa tuya, el guion
era flojo y el director un papanatas. Ya bien claro lo dejó ver Billy Wilder
en, con “FALDAS Y A LO LOCO” … Y ese, casi, sí que era perfecto.
Y ellas y ellos, le escucharán embobados.
UN
VAQUERO SOLITARIO JUANA
DOMÍNGUEZ
El
cine llegó a mi vida solo los fines de semana, dos sesiones, tarde y noche. Las
noches eran para los mayores. Pero alguna vez fui con mi padre al gallinero, un
piso alto con entrada diferente al patio de butacas. Los asientos eran unas
gradas escalonadas de cemento donde nos sentábamos directamente. Allí iban los
más jóvenes y los que tenían menos dinero, mi padre era muy amigo del dueño, y
tío Sandalio nos dejaba entrar gratis si iba con él.
A
la sesión de tarde iba con mis amigas. Dos cincuenta costaba la entrada si
queríamos ver la película, y entre todas comprábamos pipas, con lo que nos
quedaba de la paga. Era lo que teníamos. Muchas ilusiones y poco poder
adquisitivo.
En
una sesión de noche, sentada en el frío cemento con 18 años, una peli
extranjera, la primera que veía, me cautivo (Los Violentos de Kelly). Hasta
entonces, Marisol, Joselito y alguna folclórica habían sido los protagonistas
que nos entretenían.
No
sé si la película tendrá premios o no, pero a mí el desparpajo de cinco locos
dispuestos a que les pegaran más de un tiro y que lograrán sacar el oro
escondido, me sedujo.
La
tuvieron en cartel más de una semana, y creo que la vi tres veces. Si el cine
hubiese sido de sesión continua me hubiera quedado embobada toda la tarde, es
lo más parecido a una doble sesión que yo haya vivido.
Entre
un pase y otro yo creaba mi propia película. Me escondía dentro del tanque y
acompañaba al actor rubio, con cara de sinvergüenza, a guardar la puerta del
banco. Era la única mujer de la película. Qué orgullosa me sentía de robar
tanto lingote de oro escondido. ¡Cuántas cosas podría hacer con mi parte! La
ilusión y la fantasía desbordada llenaban mi ignorancia.
Qué
joven era entonces Clint Eastwood, y qué memorable su trayectoria. No sé
cuantas veces le he visto de protagonista en películas de vaqueros, rodadas en
nuestro desértico país; si reponen Mula o el Gran Torino, nunca me las pierdo.
Le
sigo siempre que veo algo suyo en el cine o en la tele. Es algo impreciso e
interno lo que me infunde su presencia en el cine. No es un actor de los
idílicos de Hollywood, no es guapo como Marlon Brando ni Robert Redford, pero
ese aire de personaje que sabe por dónde anda, es algo que me provoca
admiración.
Las
películas de guerra suelen ser crueles. Ésta se parece más a una comedia
rebelde. En el cine las situaciones son mágicas o poco creíbles, aunque algunas
veces son más suaves que la triste realidad.
A
mí, me causó tanto impacto que aún la tengo en la retina y en la memoria.
PLANO
SECUENCIA SANTIAGO
J. MARTÍN
-
¿Un beso? Para. Esta noche, espera a la noche.
No le hagas caso. Te miente. En este mundo
todo es impostura. Halagos llenos de cinismo y falsedad. No te quiere. No la
quieres. No te fíes de esa sonrisa lánguida y pecaminosa. Controla la
situación, por favor. ¿No ves que sobre actúa?
Te equivocas. Es sincera. Y es cierto, esta noche nos
veremos en casa. No entiendo la vida sin ella. Reconozco que no comprendo
demasiado bien la existencia a partir de las siete de la tarde sin una copa de
whisky y un cigarrillo. Le haré una propuesta tentadora, irrechazable.
-
Mi vida, llámame si no vienes a cenar. He
comprado una botella de Brassfield 2019. ¿Recuerdas?
-
Cuenta conmigo. Nunca te fallo.
Ya, como la última vez. Te bebiste el tinto y
otra de Gewurztraminer. Te quedarás solo, idiota. Vendrá con la ropa interior
en el bolso, en el mejor de los casos. Eres un seguro de vida para una
funambulista con vértigo. Déjalo ya. Salte del guion.
Sus explicaciones nunca me han sonado a excusas. No
miente. Es suave, sincera, clara. Se equivoca, como todo el mundo, pero me
quiere. No está interpretando. Tengo que estar ahí.
-
¿Prefieres que vaya a buscarte al Bulevar?
-
No seas pesado. Ten cuidado con la silla de
ruedas. Recuerda que falla la batería en la cuesta de atrás. Mejor quédate en
casa.
Ha sido ella. Ella ha manipulado todo. Hoy
será la silla, mañana el beso de despedida que te sabrá al último. Pero
seguirás sin darte cuenta. Y terminarás en segundo plano.
Bobadas. Qué sabrás tú del sabor de sus besos, del olor
de su pelo, del color de sus ojos cuando no la miro.
-
No te olvides de apretar el odio en la escena
del granero, mi vida. Como te dije.
-
Así lo haré. Seré la reina del mundo.
Te lo está soltando. Su territorio se le hace
pequeño. Te deja. Te abandona. Parece mentira que no te haya quedado claro.
Eres el vehículo de su éxito…
Con tantas voces es imposible trabajar.
-
¡¡¡¡Corten!!!!
LA DIOSA ANTONIO
LLOP
Aquellos ojos miraban fijamente pero no llegaban a
detectar la presencia de lo que les rodeaba. No eran los ojos de un ciego sino
los de aquel que ha desconectado la vista de su pasado. Sus oídos tampoco
conectaban con la realidad. Si no, el “¡Qué pasa chaval!” con el que yo le
había saludado (y que tantas veces me dirigiera él a mí hacía mucho tiempo)
hubieran provocado algún gesto en su rostro ya surcado de años. Y es que
Justino, a quien había descubierto por casualidad, no parecía estar en este
mundo.
Tras mi estancia de cuarenta años en Houston y mi vuelta
a la casa paterna y al barrio de mi infancia estaba dándome una vuelta por la
calle de Alcalá. Aún tenía flotando en
mis dedos la caricia del papel satinado de los cromos de artistas de cine, cuyo
álbum acababa de repasar en mi casa heredada. Y en mi retina los carteles de
mis películas preferidas que tapizaban mi habitación. En un kilómetro
aproximado de esa calle estaban los tres paraísos, que yo alternaba las tardes
de mi adolescencia. Hice recuento de aquella “milla mágica”, en la que fui muy
feliz. Los lunes al Mundial, convertido ahora en una sala de bingo, los
miércoles al Lepanto, sustituido por un salón de celebración de bodas y
bautizos. Y los viernes al Aragón, mi preferido, ahora un gran supermercado.
Fue a la salida de este comercio cuando vi a Justino sentado en una silla de
ruedas al sol junto a su portal de toda la vida. Saludé a Sandra que estaba a
su lado. Aún conservaba su pelo claro, sus labios carnosos y sus grandes ojos
azules. La de veces que me la citó en los descansos de los programas dobles
enseñándome su fotografía de niña. Chaval va camino de convertirse en “ella”.
No sé a quién ha salido. Ninguno de mis otros hijos es tan exótico. Que me
perdone mi mujer, pero creo que cuando la hice estaba pensando en la Diosa.
-Discúlpele usted si no le ha reconocido –dijo la mujer-.
Mi padre tiene Alzheimer.
Le conté que trabajaba en Houston y que había venido a
Madrid tras la muerte de mi madre. Que durante mi adolescencia y primera
juventud había sido un espectador asiduo al cine Aragón, donde él había sido
acomodador. En uno de aquellos programas
dobles de sesión continua la película de serie B era una estrenada en 1961 “El
planeta fantasma” donde dos intrépidos astronautas ante un precario tablero de
mandos hablaban de que volvían a la Luna. Esa peli, en esos finales de los años
70, despertó mi vocación por la ingeniería aeroespacial. Después vinieron “La
Guerra de las Galaxias” en 1977 y “Alien el octavo pasajero” en el 1979. Cuando
llegó “Blade Runner” en el 82 yo ya estaba en la Escuela de Ingenieros. Mi
afición al cine no disminuyó, pero para entonces ya los cines de barrio habían
desaparecido y tuve que visionar las películas en las salas de estreno de la
Gran Vía. Añoré los primeros films que veía durante mi adolescencia en los
programas dobles del Aragón y, sobre todo, el contacto con Justino, del que me
llegué a hacer gran amigo.
-Será muy diferente su trabajo en Houston al que veía en
las películas ¿no? –me preguntó Sandra.
-No se crea. Las buenas contratan a científicos, como
asesores. Yo lo he hecho alguna vez.
Al ver al padre de aquella hermosa mujer yo ya estaba
pergeñando un nuevo guion, uno entrañable para mí, que no sería interesante
para ningún productor cinematográfico. Y le pedí prestado a Justino por una
noche.
-Sí. Con la condición de que yo le acompañe.
Quedamos en que iría a buscarles a la 1 de esa madrugada.
Media hora antes me encaminé al supermercado que había sustituido al cine
Aragón a preparar la representación. El sistema de alarma que lo protegía no
fue problema para alguien como yo acostumbrado a usar inhibidores de
frecuencia. Con mi linterna digital me abrí paso por los pasillos flanqueados
por estantes tratando de reconocer los antiguos lugares tan queridos. Ya había
localizado durante mi visita de por la tarde el sitio donde antiguamente se situaba
la pantalla. Era un frente de frigoríficos de aproximadamente uno cuarenta de
alto. Me subí a una escalera de las que usan los reponedores y desplegué una
sábana blanca de forma vertical. Después me entretuve pegando los posters de
las películas que conservaba en mi habitación a lo largo del pasillo. Hecho
esto salí por la puerta-ventana del almacén, por donde había entrado y me
dirigí a la casa de Justino. Sandra ya me esperaba asida a la silla de ruedas
de su padre, que añadía a su gesto impertérrito un rictus de desconcierto.
A pesar de que la puerta-ventana estaba casi al ras de
suelo nos costó algo entrar la silla de su Justino. Ella lo cogió en brazos y
me lo pasó al otro lado. Una vez dentro puse en la mano de su padre su última
linterna, que yo había conservado en el cajón de mi mesilla (Toma chaval. Ya no
me va a servir de nada, me dijo al conocer el final de su trabajo cuando el
goteo de muerte de los cines de barrio le tocó al Aragón). En la penumbra,
Justino la asió fuertemente y la barajeó alternativamente de mano a mano como
si estuviera paladeando una comida deliciosa (Él no tenía problemas de
movilidad en los miembros superiores solo las piernas se negaban ya a
sostenerlo).
Y la encendió.
El mundo que se desplegó ante sus ojos le hizo soltar una
lágrima. Con los ojos brillantes y empujada la silla por su hija recorrimos
aquel pasillo. Él mismo alumbraba los carteles. Ante los estantes de conservas
las figuras de Charlton Heston, Ava Gadner y David Niven nos saludaron en “55
días en Peking”. Una preciosa Julie Christie, junto a Omar Sharif con sus
gorros de piel nos miraban desde uno de los frigoríficos de yogures y quesos.
Más allá, ante unos estantes de fruta se anunciaba “La diligencia” con un John
Wayne apuntando con un revólver. Y al final del pasillo, delante de los
estantes de fruta Gary Cooper con cara seria parecía resignado ante el desafío
que se le venía encima en “Solo ante el Peligro”. Cuando llegamos a la precaria
pantalla que acababa de colgar accioné mi proyector digital de mano. Acto
seguido y sin cuidar el volumen de la música salieron los rótulos de “Some Like
It Hot” (No había podido conseguir la versión española de “Con faldas y a lo
loco” en Houston). Y cuando Justino vio a la Diosa levantó la cabeza y me miró
emocionado con aquella sonrisa de antes, mientras me decía pausadamente
“Gracias, chaval”. Las lágrimas corrían por las mejillas de los tres.
De pronto escuchamos ruidos cerca de la puerta. Gritos
indeterminados de “policía” se mezclaron con estruendos de pasos apresurados.
Pero aquello ya no nos afectaba. Seguimos viendo
impertérritos a la Diosa y a sus dos compañeros. El mundo que irrumpía tras de
nosotros no era el nuestro. Para nosotros aquello ya no era un supermercado,
sino el mismísimo cine Aragón.