28/08/2026

SOBREVIVIR 1

 

SOBREVIVIR A LA VENDIMIA                                     JUAN SANTOS

Aquel año que había cumplido los doce. Mis padres estimaron que ya tenía cuerpo para ir a vendimiar. Mi hermano mayor ya estaba curtido y no necesitaba ir de pareja con mi madre. Esa temporada iría conmigo para cubrir mi debilidad.

Imaginaba que trabajar en el campo era duro, pero no tanto. Casi todas las mañanas hacía frío, las cepas estaban llenas de escarcha y meter la mano entre las pámpanas era peliagudo. Mi madre se afanaba en acabar pronto su cepa para venirse a la mía. “Vamos que las uvas no muerden” me decía en voz baja. Después me animaba: “Sé fuerte y aguanta que el primer hilo es el peor”. Y no quiero ni acordarme de cuando llovía y el manigero nos aguantaba en el tajo hasta que estábamos chorreando. Lo normal en esas fechas era que a media mañana hiciera muchísimo calor, pero había que apechugar.

Cuando pillaba lejos el remolque para descargar, mi hermano me sacaba alguna espuerta que otra, aunque yo me negaba. No quería quedar como un blando ante toda la cuadrilla. Además, el peso no era mi problema. Lo más duro para mí era doblarme y cortar las uvas. En aquel código de honor, no estaba permitido ponerse en cuclillas. Aún recuerdo lo mucho que me dolían los riñones sobre todo al caer la tarde. A última hora, cuanto más larga era mi sombra, más largo era el hilo para llegar a la punta.

Menos mal que mi madre tenía un buen recurso para hacerme sobrevivir a aquella pesadilla: cada vez que desfallecía, como si fuera un animal amaestrado, sacaba del bolsillo una almendra peladilla y la metía en mi boca. Misteriosamente, me recargaba las pilas para un rato más.


 

EL HOMBRE QUE HABLABA A LOS GERANIOS                       MANUEL GIL

 

En el tercer piso de un edificio antiguo, donde las tuberías hablaban por la noche y las paredes conservaban el olor de quienes habían vivido allí antes, un hombre cuidaba geranios.

 

Vivía solo desde hacía muchos años.

 

De día dormía con las persianas bajadas y, cuando anochecía, se ponía el uniforme gris y salía a limpiar oficinas. Al amanecer regresaba a casa con las manos ásperas, calentaba agua para el café y se quedaba un rato junto a la ventana.

 

Allí estaban sus geranios.

 

Los vecinos decían que tenía buena mano para las plantas. Él sonreía y asentía. Nunca contaba que había sido su mujer quien le enseñó a cuidarlos.

 

Ella decía que a las plantas había que hablarles, aunque fuera en silencio. Que una casa sin flores parecía una casa que ya se había rendido.

 

Su mujer había muerto hacía nueve años.

 

Desde entonces, él había aprendido a sobrevivir de la misma manera que aprendía a cuidar los geranios.

 

Había trabajado suficientes horas para vivir sin holgura, pero sin miedo. Pero empezaron a quitarle turnos. Primero una noche. Luego dos. Le dijeron que era temporal. La palabra temporal suele durar mucho cuando se pronuncia sobre la vida de los pobres.

 

Vendió algunas cosas: un reloj, una lámpara, herramientas, una mesa que ya no necesitaba porque comía siempre solo.

 

Dejó de encender la calefacción.

 

Durante el invierno dormía con dos mantas y el abrigo puesto. A veces le parecía que los geranios tenían más calor que él.

 

Vosotros no podéis marcharos les decía.

 

Hasta que un día uno de ellos amaneció muerto. Las hojas habían perdido el color y colgaban como manos cansadas. La tierra estaba dura.

 

Pensó en tirarlo. Pero, al volcar un poco la tierra, vio una ramita verde, diminuta, naciendo del fondo.

 

Era tan pequeña que parecía un error de la naturaleza. Volvió a colocar la planta en la ventana.

 

Durante los días siguientes empezó a hablarle. Le contaba cuánto había trabajado. Le decía que hacía frío. Le hablaba de su mujer.

 

La rama no respondía, pero crecía. Muy despacio, un milímetro, después otro.

 

Y aquel crecimiento insignificante comenzó a ordenar sus días. Sin darse cuenta, volvió a cuidar algo, a tener una misión.

 

Quizás eso era sobrevivir, pensó una mañana. Quizás sobrevivir consistía solamente en encontrar una cosa pequeña que todavía necesite de ti.

 

Pasaron los meses. La ramita se convirtió en tallo. El tallo sacó hojas nuevas.

 

Y un día llamaron a su puerta.

 

Era una muchacha que acababa de mudarse al piso de enfrente. Era joven, pero tenía en los ojos ese cansancio que él reconocía. Había llegado sola, con dos bolsas, una maleta y una caja de cartón. Doña Elvira, la del primero, había contado que el piso lo pagaba una asociación que acogía a víctimas de violencia de género.

 

Perdone dijo. ¿Es usted quien cuida los geranios?

 

Él miró hacia la ventana.

 

Eso dicen.

 

Ella sonrió.

 

Son muy bonitos.

 

El hombre fue a la planta recuperada, cortó un esqueje y lo puso en un vaso pequeño con agua.

 

Plántelo cuando eche raíces.

 

—¿Cree que sobrevivirá?

 

Él miró la pequeña rama verde.

 

Sí —dijo. Si la cuida.

 

Desde entonces comenzaron a encontrarse algunas mañanas en la escalera. Él le enseñó a cuidar la planta.

 

Ella debía desplazarse lejos para trabajar y él le habló de una bicicleta que conservaba desde su juventud. Llevaba años en un trastero, oxidándose lentamente.

 

La sacó, la limpió y se la dio.

 

No puedo quedármela.

 

No te la quedas. La usas.

 

La muchacha aprendió de nuevo a montar.

 

Él la veía alejarse desde la ventana. La miraba con la distancia serena de quien sabe que hay edades que ya no le pertenecen.

Pero después del café de la mañana comenzó a escribir. Hacía años que no lo hacía.

 

No sabía si aquello era un poema, alguno había escrito en el pasado, aunque solo lo compartió con su mujer, solo sabía que hablaba de sobrevivir.

 

Y a los geranios, y algunas veces a su mujer, les hablaba de la muchacha.

 

No como se habla de un amor. Era otra cosa, un soplo de juventud que había entrado en su corazón sin pedir permiso.

 

Una mañana se sentó lápiz en mano, para continuar ya llevaba bastante escrito y quería terminarlo, tal vez solo lo recitaría a sus geranios y a su mujer. Pensó mientras contemplaba como al otro lado de la calle, la muchacha avanzaba, pedaleaba despacio, pero ya no parecía tener miedo.

 

Ha traído un poco de juventud a esta casa dijo sonriendo a los geranios. Y después, en voz más baja:

 

También a mi corazón.

 

Pasaron las semanas.

 

La planta de la muchacha echó nuevas hojas. Ella lo saludaba alegre con tierra en las manos y alguna que otra sonrisa.

 

Él seguía trabajando de noche, seguía teniendo poco dinero, seguía pasando frío algunas veces.

 

Pero por las mañanas había café, geranios, una sonrisa juvenil y una página que esperaba ser terminada.

 

Fue en una de esas mañanas cuando volvió a sentarse frente a la ventana. Tomó el lápiz, y miró la bicicleta apoyada contra la pared de la terraza de enfrente.

 

Y terminó el poema:

 

Sobrevivirán los libros que leímos,

la página que guarda una voz entre sus pliegues,

las cartas en cuyos renglones ardía la tarde,

el polvo de los años sobre los vacíos anaqueles.

 

Sobrevivirán las fotografías,

aquella tarde que se quedó a vivir en su papel,

nuestros rostros detenidos en la luz,

la sombra de una mano que ya ni sé de quién es.

 

Sobrevivirán aquellas noches bajo la luna,

cuando el amor parecía una forma del tiempo

y tu cuerpo, junto al mío, era la única patria,

nada podía arrebatar esa hermosura.

 

Sobrevivirá la bicicleta de aquel verano,

el temblor de mis piernas, tu mano en mi espalda,

la calle abriéndose y yo pletórico “Mira sin manos”

ahí aprendí que caerse también era aprender.

 

Y sobrevivirán las cosas que no supimos nombrar:

el olor de una camisa, la lluvia sobre los cristales,

una voz perdida en el fondo de otra voz,

el calor de una mano que ya no estará.

 

Todo habrá de sobrevivirnos,

los libros, las imágenes, la música, la noche,

la bicicleta apoyada contra un muro,

la estrella que todavía cruza el firmamento.

 

Acaso sobrevivir no sea permanecer,

sino dejar algo encendido en la oscuridad,

una palabra, una mirada, un beso, una canción,

y una mano que enseñe a otra mano a no caer.

 

Cerró el cuaderno, guardó el lápiz, se tumbó en la butaca  y sonrió satisfecho.


 

SOBREVIVIRÁS                                                           MARÍA ISABEL RUANO

 

Fui pez en aguas oscuras.

Acacia africana en la ciudad.

Pájaro en la jaula.

Gata abandonada.

Barco a la deriva.

Niña solitaria y

mariquita en el trigal.

Siendo pez, acacia, pájaro,

barco, mariquita, niña y gata a la vez

sobreviví al torbellino del océano,

al calor y a la falta de libertad.

A la tormenta, al silencio

y a la soledad.

Cuando el túnel se oscurece

y se embravece el mar,

la luz se escapa, el calor aprieta

y surge la tristeza o la necesidad,

cierra los ojos, escucha,

busca consuelo, aguanta.

Todo pasa, todo pasará.

Imagina al pez asustado,

al timonel surcando el mar,

a la gata maullando.

A la niña solitaria,

a la acacia sedienta,

a la mariquita trepando por la espiga

y al pájaro ensayando el vuelo para escapar.

Imagínate sonriendo,

abriéndote paso entre los barrotes,

por el trigal y entre la oscuridad.

Confía, todo pasa.

SOBREVIVIRÁS.