MANOS
QUE AYUDAN JUANA DOMÍNGUEZ
¿Que
había ocurrido?
Gritos
voces, el ruido de la ambulancia sonaba en mi patio. Subí al primer piso, desde
la ventana se ve la finca trasera. La guardia civil, y los servicios de
urgencia. Sacaban un cuerpo de la piscina.
¿Como
habrá ocurrido? Estamos en febrero, no es época de baño ¡Muy borracho debía
estar para caerse!
Sali
a la calle, toda la familia Dávila estaba reunida en su patio, nadie gritaba ni
lloraba, quien sería el ahogado para que reinara tanto silencio.
Durante
cinco años, tras muchos insultos por su parte y las correspondientes denuncias,
había conseguido que la ley me restituyera de los despojos ocasionados por
aquellos desalmados, poniéndoles en su sitio. Era tanta la inquina, el egoísmo
y el odio conmigo, que la sentencia condenatoria al pago de todos los gastos
que me habían ocasionado, terminó de trastornarles.
En mi desesperación para con ellos, rogué a
todos mis antepasados que me ayudarán a apaciguar sus pretensiones que me
ayudarán a elegir los pasos que debía dar, para solucionar aquel conflicto que
no tenía visos de acabar nunca.
Tanto
debí insistir que una tarde mirando la finca conflictiva, sentí una mano sobre
mi hombro, era real, el peso de la mano sobre mi hombro no era imaginario, allí
había algo, ¡alguien consolándome!
En
la casa, heredada de mis antepasados habían muerto algunos de ellos, sus
espíritus deben rondar todavía por ella, porque el peso de la mano, que no he
dejado de sentir desde aquella primera vez, sigue acompañándome siempre que
estoy en ella.
Tres
días después del levantamiento del cadáver, alguien me contó lo ocurrido.
"El
patriarca de la familia Dávila, pidió al teniente de alcalde del pueblo, eran
buenos amigos, que supervisara los trabajos de restitución impuestos en la
sentencia. Él fue a quien sacaron de la piscina ahogado con un golpe en la
cabeza. La investigación del crimen
sigue abierta y el patriarca detenido en espera de que se aclaren los
hechos"
No sé qué podría hacer para que mi espíritu
consolador, descanse tranquilo, pero sin duda haberme ayudado a conseguir
acabar con el conflicto le ayude a reposar en paz.
PANNICULATAS
BLANCAS ARACELI
DEL PICO
Disfruto saliendo con tiempo de casa. Tanto
me da que el clima sea frío, lluvioso o ventoso. Si bien es cierto que acaricio
esos diez y nueve grados apacibles, con mejor talante que otras temperaturas.
Necesito ese reposo interior antes de acometer la diaria rutina. Soy médico
psiquiatra. Y en cuanto abra la puerta de mi consulta, sé que, pertrechado con
la libreta y el bolígrafo, voy a tener que lidiar con diferentes problemas
sorprendentes. Aunque muchos de ellos, tan solo están en la mente de mis pacientes.
Y créanme, es agotador.
Dos veces en semana, antes de llegar, me paro
en un puesto de flores. Me atrae su penetrante aroma. Y me atrae la vendedora.
Es muy menuda, rubita. Vestido medio hippy. Con poca ropa, a pesar del clima no
siempre agradable. Expresión triste y rostro impenetrable. Y que yo piense tal
cosa, dada mi profesión, no deja de ser chocante.
Lunes, es el día de parada obligatoria. Me gusta que, en la sala de consulta, en un
rincón visible, sobre un soporte de madera acanalado, se vea un ramillete de
flores de temporada. Y Clara, la vendedora, siempre me las ofrece frescas y
novedosas y las suele acompañar de unas ramas de panniculatas blancas, que
nunca le pido, pero que ella generosa me regala. Correspondo con una sonrisa y
añado dos monedas extras al precio de las flores. Por parte de Clara, no recibo
sonrisas y si una leve inclinación de cabeza.
Jueves. Me paro delante del puesto de flores,
con el fin de comprar mi ramillete. La mirada de Clara se me antoja más triste
de lo habitual y me tomo la libertad de alzar su barbilla, con ánimo de
penetrar en su mente. Es curioso, sujeta mi mano y me sonríe. Siento vibrar
dentro mí una fuerza extraña. Ninguno de los dos decimos nada. Hoy cuando le
pago, vuelve a sonreír, y alto, y dos veces me da las gracias.
Una vez en la sala de consulta dispongo las
flores en el jarrón retirando algunas ya marchitas. Es extraño. Por lo general
duran frescas más de una semana. Las miro y les pregunto, ¿que os pasa?
Obviamente no hay respuesta, pero dos pétalos de una peonia, caen sin remedio.
El fin de semana, me resulta tedioso. Reviso
las tarjetas de los pacientes que debo atender y no me puedo concentrar en
ellas. La frágil imagen de Clara, me acompaña, me confunde. E instintivamente
le abro una ficha. Tan sólo pongo el nombre, es el único dato real que conozco
de ella. El resto son puntos suspensivos que rellenaré en su momento. Si ella
acepta.
Ya es lunes y al salir de casa, acelero el
paso deseando llegar al puesto. Cerrado. Quedo inmóvil. Pregunto en la tienda
de ultramarinos. Y antes de que me contesten, la expresión y las lágrimas de la
dependienta lo han dicho todo.
Salgo y me quedo mirando y aun oliendo el
aroma de las flores que se escapa por las rendijas. Y cuando arrastro mis pies,
desolado, siento un doble ramo de panniculatas blancas que me acerca una mano
invisible, hasta acariciarme las mejillas.
CUANDO
PENSABAS QUE ESTABAS INSPIRADO SANTIAGO J. MARTÍN
“La cara de Andrea traducía el dolor que
sentía en una mirada temerosa y una leve sonrisa impostada.
Apenas dejaba asomar su dentadura impoluta
por los delgados labios, como si el aire cargado de la habitación fuera a
desconchar aquel esmalte inmaculado.
Tragó saliva y entornó los ojos. Después echó
la cabeza para atrás y su melena, ya gris, se esparció por la almohada,
manchada en sangre que no era suya.
Se retiró levemente porque notaba como la
oreja derecha iba anegándose. Al mismo tiempo pudo comprobar que el olor a
pólvora estaba desapareciendo. Eso no le iba a exonerar de culpa.”
Hasta aquí lo que me pediste. Cuéntame, qué
te parece.
Me pidió que escribiera algo potente, algo que enganchara
al lector desde las primeras líneas. Me aseguraba que esta iba a ser mi novela
definitiva.
Llevaba más de dos años con aquella agente literaria.
Desde entonces todo me salía mal. Llegué a pensar en una conspiración. Alguien debía
de haberla puesto en mi camino. Escritores celosos hay muchos; enemigos
sobrevenidos de noches de alcohol, más.
La muy cerda me contestó que mi enfoque de partida estaba
muy visto. Luego vinieron las recomendaciones interminables: que no tuviera
miedo a dejar de ser yo; que arriesgara; que buscara otras fórmulas; que
probara a decir lo mismo sin recurrir a la descripción del rostro; que eso se
me daba muy bien; que saliera de mi zona de confort.
Hija de puta. Si tanto sabes de literatura, hazlo tú.
Dedícate a escribir y no a machacar a alguien que busca un consejo sabio sin
perder el halago; una guía útil sin descuidar el reconocimiento sincero.
Continuaba diciéndome que tenía que ser más valiente, que
me internara en lo difícil, que pusiera el foco en otra parte del cuerpo de la
protagonista.
Enfadado, pensé: sí, en el culo.
Me pedía que buscara sus manos. Las manos que cometieron
el crimen; las manos que luego tendrían que ocultar el cadáver y esconder las
pruebas.
Del enfado pasé a la indignación. Le respondí despechado.
Sin plan B.
Pues que sepas que Andrea era manca. De las
dos manos.