18/09/2026

YA NO ES IGUAL 2

 

TODO CAMBIA                                                           MARÍA ISABEL RUANO

La luz de la mañana y su reflejo en el cristal.

Los sonidos de la calle.

Los anhelos y la forma de mirar.

Todo cambia. Nada es igual.

Ni los nudos ni las promesas.

La sal y la pimienta, la miel y el chocolate,

las tallas de la ropa, el color del pelo y la piel.

E incluso la manera de caminar.

Ver desde la ventana, a los días acortarse

y a los años pasar.

Nada es igual. Todo cambia.

Ni el fulgor ni los veranos.

Las ganas de aventuras, el riesgo, el afán.

Nada permanece.

Envejecen las raíces.

Se deslizan los años con apremio, pasan lista los afectos.

Se acumulan los recuerdos, los objetos,

las fotos en los álbumes con fechas y sonrisas

descoloridas por el tiempo,

amigos y personas que ya no están.

Anuncia el sol con urgencia que el verano se va.

Paciente el otoño espera la rutina, la manta y el sofá.

Seguirán pasando los días y los años.

Cuando queremos darnos cuenta todo será pasado.

Todo cambia. Nada es igual.


 

MI HOGAR                                                      JUANA DOMÍNGUEZ

 

 

Era la casa de mi infancia, demasiado grande y ahora vacía. Llena de silencio. No hace tanto las risas y los lloros invadían el entorno y una voz aguda y alegre intentaba poner orden en el desorden que envolvía la casa.

 

- ¡Julio, entra en casa! ¿No ves que está lloviendo?

- Ya voy mamá. No llueve casi nada y es muy agradable mojarse, como si estuviese en la piscina.

- Anda, sécate y entra. Ya no es verano y te enfermeras.

 

Esta conversación era repetitiva. Sucedía todos los días por la lluvia o por cualquier otra causa. Siempre estaba pendiente de mí por mi falta de salud.

 

Una mañana fría, su voz se apagó, dejó de arrullarme. Sigo añorando sus cuidados y su cariño, los echo de menos. Mi padre quiso sustituirla. Yo me negaba, pero un día aciago apareció otra mujer en la casa; las voces y las regañinas, se sucedían sin tregua.

 

Ya nada fue igual. Los mimos y las preocupaciones que yo originaba desaparecieron. Desde entonces no soy el mismo. Crecí, me hice más fuerte, más rebelde, dejé de ser el niño enfermo y débil que mi madre cuidaba. El odio y la violencia se instalaron en mí. Una etapa dura de la que no me arrepiento y que trato de olvidar

 

Hoy vengo a despedirme de la casa. Otra familia la va a ocupar. Están muy ilusionados. Les gustan las vistas del jardín, que mi madre diseñó.

 

Espero que sean felices, igual o más que yo en mis mejores etapas. Mi madrastra no los molestara. Me ocupé en su momento de ello. Me iré lejos, donde mis recuerdos perduren sin traumas ni pesadumbre.


 

       ¿QUE ME ESTÁ PASANDO?                                  ARACELI DEL PICO

 

        El periódico está en la mesa. Junto al humeante café, las tostadas recién horneadas. La fruta llena de color reposa en blanca bandeja y en un bol el tomate triturado, junto a la aceitera de cristal. Un rayo de luz entra por la ventana que incide en la aceitera desprendiendo rayos verdosos. Parece un bodegón de Clara Peeters.

 

       La sugestiva imagen despierta mi apetito y me dispongo a coger un kiwi, cuando el periódico abierto por la mitad, destaca en negrita un titular que acapara mi atención.

      

En la localidad de Pals, en la comarca del Bajo Ampurdán, se ha cometido un robo a mano armada, en una farmacia. El autor ha sido detenido horas después.

 

Y la foto del autor del robo, aparecía bajo el titular.

 

      El suave kiwi, se me atragantó. Era Darío Carpí. Mi compañero de juventud, mi confidente y por encima de todo mi amigo. Aquel que siempre ofrecía una solución a mis problemas, que les restaba importancia y que con su verbo fácil convertía éstos, en lecciones prácticas. Nunca hubo entre nosotros contacto físico. El roce de la amistad que une las manos, regala besos cariñosos y el imprescindible pellizco en la mejilla cuando la cara tiene un gesto de preocupación. Darío me conocía tanto que en el movimiento de mis pestañas adivinaba mi estado de ánimo. Y depende de cual fuera, venía con un helado, unas entradas para el cine o para el concierto de mi grupo favorito.

 

    Sus atenciones, solo le ponían ante mis ojos, como el hermano dulce que nunca tuve. Y así fuimos creciendo. El dejándose el pelo largo, tipo Beatles. Yo acortando mis coletas, dejando un moderado recogido de cola de caballo.

 

-          No me haces gracia, con el pelo corto. Me dijo en una ocasión.

-          Pues tu a mí sí, con el pelo más largo.

-          ¿Ah sí? Pues me lo vas a ver como a Sansón.

 

    Una carcajada rompió aquel diálogo de adolescentes. Y nos separamos con un ligero tirón de pelos y el achuchón de despedida. Leyendo la noticia, se agolpaban los dulces momentos. No recordaba ni una sola diferencia de opiniones entre nosotros.

 

    Y entonces conocí, al que dos años después sería mi marido. Ovidio Lafuente. Fue una especie de flechazo. Nunca he entendido que despertó en mi la fiebre que sentía al verle. No era especialmente atractivo, pero su voz, taladraba mis oídos y todo cuanto decía era una biblia para mí. Se lo presenté a Darío.

 

    Días después nos vimos y le pregunté sobre él.

 

-          Entiendo que te gusta. Pues si te gusta a ti, a mí también.

-          Hijo por Dios, qué parco. ¿Eso es todo?

-          Claro. Qué quieres, ¿que os de mi bendición?

-          Hombre, un poco más de calor…

-          A juzgar por cómo le miras, tú ya estás bien calentita. Y a propósito, yo también tengo algo que decirte. Me han ofrecido un trabajo en Essex, no lejos de Londres. Me voy la semana próxima.

-          ¿Tan rápido?

-          Ojalá fuera mañana.

 

       El cariñoso abrazo habitual de despedida, se convirtió en un ligero roce. Casi de compromiso. Se fue, tal como me había anunciado a la semana siguiente. Nunca le volví a ver. Le llamé varias veces. Ni cogió el teléfono ni contestó a mis llamadas.

 

     Mi relación con Ovidio durante el noviazgo, fue firme y nos casamos en cuanto pudimos. Me prometió una vida relajada y próspera. Y la he tenido. No hemos tenido hijos. Ni hemos averiguado la causa. No los hemos tenido y punto. Ya no siento fiebre cuando mi marido llega a casa. Ya nada es igual. Pero su presencia, siempre me infunde respeto. Le quiero de veras.

 

    Al ver la noticia sobre Darío, sentí la necesidad de visitarle, de saber que le había llevado a tal despropósito. Se lo comenté a Ovidio. Me preguntó si quería que me acompañara. Dije que no.

 

    Averigüé donde estaba, y las horas de visita y seguí adelante con mi propósito. Cuando le vi, apoyó las manos junto al cristal que nos separaba. Cogió el teléfono y temblando mantuve el mío entre las manos. Pregunté, que le había llevado a esta situación. No respondió. No tenía palabras, lloraba hasta con hipo, como un niño desvalido. Le dije que me ponía a su disposición. Ahora era abogada. Que juntos saldríamos de ésta. Colgó el teléfono antes de acabar el tiempo destinado y me dejó con la palabra en la boca.

 

    Volví a casa desolada. Y me abracé a mi marido, buscando la paz que me ofrecía su cariño. Pero sin saber por qué, no la encontré. ¿Qué me estaba pasando?

 

    Un nuevo día, volvió a poner el periódico, junto al desayuno en la mesa. Otro bodegón se abre ante mis ojos. Esta vez sin rayos de sol que dividan sus rayos de luz en el entorno. Está lloviendo. Por pura inercia abrí el periódico, que se me cayó de las manos. Otra noticia en negrita y bien negra. Darío Carpí, había aparecido ahorcado en su celda. Su juicio, se hubiera celebrado al día siguiente.

 

    Ya no es igual. No solo no busqué el abrazo de mi marido. Si no que lo rechacé.

 


 

INTUICIÓN                                                                              SANTIAGO J. MARTÍN

La inspectora le ofreció un cigarrillo, a pesar de que en ese lugar estaba prohibido fumar. La complicidad era evidente, aunque el detenido mantenía un rictus marcado por el agobio y la desconfianza. Su imagen nada tenía que ver con el Ricky de todos los días.  

-          Ya sabes que no voy a decir nada, y menos sin la presencia de mi abogado.

-          Me gusta, me gusta cómo estamos empezando. Te veo asustado.

-          Silvia, ¿podrías quitarme estas esposas, tía?

-          Mantengamos las distancias, señor Ricardo de Frutos. También te veo nervioso. Sudas. Tu pie derecho no deja de moverse.  

-          Déjate ya de gilipolleces. ¿Qué estáis haciendo?

-          Estoy intentando empezar un interrogatorio. ¿No te das cuenta?

-          Vete a la mierda.

-          Esta situación solo depende de ti. Se veía venir.

-          Pero, ¿de qué cojones estás hablando?

-          Tranquilo, será breve.

-          Tener a un compañero esposado en la comisaría te saldrá caro, bonita. Se te va a caer el pelo, niñata.

-          Además de lo que se te viene encima, insultas a la autoridad… Hum, la cosa se complica y mucho.

-          A ver. Acabemos ya esta mierda. ¿Qué es lo que está pasando aquí?

-          Eso nos lo tendrás que contar tú mismo, agente. Todo este tiempo ocultándolo. Tarde o temprano…

-          Llevamos 10 putos minutos aquí y no he tenido una miserable explicación de esta pantomima.

-          Ya que no dices nada, lo mejor es que recapacites un rato en el calabozo.  

-          ¿De verdad piensas que me voy a acojonar a estas alturas?

-          Ya lo estás. Sabemos lo valiente que eres. Pero no querría estar en tu pellejo dentro de dos minutos.

-          Venga. Llevadme al pozo. Y ya podéis ir avisando a un abogado.

-          No va a hacer falta, te lo aseguro.

Sin quitarle las esposas, la inspectora le empujó adentro del viejo calabozo de la comisaría. Todo estaba a oscuras. Nada más cruzar el umbral una luz se encendió y algo se abalanzó hacia él.

-          ¡¡¡¡¡¡¡Sorpresa!!!!!!

Un grupo de policías apareció detrás cantando cumpleaños feliz portando una enorme tarta de chocolate, con dos velas que iluminaban un 50.

-          ¡Qué cabrones! Me habéis engañado, pero bien. Si es que al final me estáis cogiendo cariño, panda de hijoputas.

Allí estaban todos los compañeros de mil refriegas. Y alguno más. A última hora se sumó un viejo agente ya jubilado, Tomás. Curiosamente, suegro del homenajeado. No su intención estar allí, pero también le valía.

-          Dejadme que yo corte la tarta- dijo Tomás, agarrando fuertemente el cuchillo.

Ricky, todavía con las esposas puestas, no pudo esquivar el acero. Tomás lo hizo sin saña, guiado por la contundencia de quien tiene el pecho atascado de lágrimas al descubrir a su hija, sin vida, en el viejo chiscón del sótano.