27/03/2026

EL PASADIZO SECRETO 1

 

EL PASADIZO                                                              MANUEL GIL

La noche no cae en su celda: se derrama, como tinta espesa, que atraviesa los muros. Él la espera. La mide. La acoge. Dos años han pasado desde que el tiempo dejó de tener forma y se convirtió en algo inmóvil, agazapado en la esquina más húmeda del encierro. Dos años desde que su nombre se volvió un eco inútil y su cuerpo, una jaula dentro de otra jaula.

No hay pasos, no hay puertas que se abran, no hay llaves. Solo un leve temblor en el aire, una rendija en la conciencia por donde se desliza, silencioso, como el polvo en la luz. Entonces el mundo cambia. La celda se diluye y él asciende, libre, en un vuelo que no es de carne sino de deseo: el vuelo del águila sobre el imperio de los sentidos. Desde esa altura contempla lo que ya no posee, pero tampoco ha perdido del todo. Recuerda la piel amada, su geografía ardiente, el fuego en las entrañas que lo consumía con dulzura. Y en ese recuerdo arde sin quemarse, como una llama que no destruye, sino que sostiene.

A veces el libro lo conduce a un desierto helado que late como fuego vivo. Avanza sobre arenas que crujen bajo un cielo sin tiempo. Otras, un huracán se levanta entre líneas, y él se deja abatir, no con derrota, sino con abandono, para que el viento le muestre el camino que su voluntad ignora. Cada página es un territorio. Cada autor, una puerta. Y siempre, en ese tránsito secreto, encuentra un instante de reposo: una fuente, una sombra, un latido que lo devuelve a sí mismo.

Luego cierra el libro.

Y regresa.

Cada mañana lo encuentran igual.

Los guardianes abren la puerta con el gesto de quien espera lo previsible, pero nunca lo entiende. Él está sentado, o de pie, o acostado, pero siempre entero. No hay rastro de la desesperación que debería haberlo devorado. Su mirada no es la de un hombre vencido. Y eso los inquieta más que cualquier grito.

—¿Cómo lo hace? —murmuran, sin respuesta.

No lo matan. No pueden. Él guarda una clave, un secreto que promete una suma obscena, un rescate que no es solo dinero, sino poder, influencia, redención para quienes no creen en ella. Lo necesitan vivo. Lo necesitan intacto. Pero no comprenden de dónde proviene esa integridad.

Han revisado la celda. Cada centímetro. Cada grieta. Han golpeado los muros, levantado el catre, contado los pasos. No hay túneles, no hay herramientas, no hay señales. Solo el retrete minúsculo, incrustado en un rincón como una burla de lo humano.

Él también lo mira.

Porque detrás, donde nunca buscaron con verdadera atención, donde lo insignificante se disfraza de inútil, se encuentra la respuesta material. Un hueco apenas perceptible donde ha ocultado —o quizá siempre estuvo esperándolo— el libro: una antología de los clásicos, páginas gastadas que contienen más puertas que cualquier muro.

No era un simple consuelo.

Era el mecanismo. El pasadizo no estaba en la pared.

Estaba en la lectura.

Y él llevaba dos años atravesándolo.


 

LA PÍCARA ARRENDATARIA                                        JUAN SANTOS

Hasta hace un par de semanas, vivíamos muy felices en un piso, pagando una cuota de alquiler más o menos aceptable, pero, con la última revisión, nos pusieron una subida fuera del alcance de nuestra economía y no tuvimos más remedio que irnos de allí y buscar otro piso más barato.

La cosa está peor de lo que yo pensaba. Me patee todo el barrio y fue imposible encontrar nada más barato que el piso que dejamos. Al final, fue en internet donde localicé un chollo por la mitad de precio. El problema es que no leí la letra pequeña.

El anuncio decía: “Se alquila piso económico para soltero guapo”. Cuando me entrevisté con la arrendataria, tuve que mentirle, le dije que estaba soltero y se lo creyó. Respecto a la guapura, no le debí de parecer muy feo cuando no me puso ninguna pega. Lo único que me dijo es que ella vivía en el piso contiguo y que me tendría controlado.

Contentos con nuestra nueva vivienda, mi mujer y yo nos instalamos en ella. Y acordamos, si nos pillaba la vecina, decirles que no estábamos casados, que éramos hermanos.

Al segundo día de vivir allí, cuando mi mujer había bajado a la compra, sin saber por dónde había entrado, la arrendataria se presentó en el salón. ¡Qué susto me dio!

―Buenos días, vecino.

Pero bueno. ¿Se puede saber por dónde ha entrado usted?

―Tranquilo. Como le dije vivo en un piso pegado a éste y en el armario empotrado del dormitorio hay un pasadizo secreto que se comunica con el mío. Así que cuando quiera venir aquí, no tengo que salir al pasillo.

―Pues ese pasadizo hay que condenarlo inmediatamente. Usted no tiene derecho a invadir la intimidad de mi casa.

Veo que no ha leído la letra pequeña del contrato de arrendamiento. La razón de que el alquiler fuera tan barato era porque la mitad de su valor, me lo cobro en especie. Por eso las condiciones eran que el inquilino fuera guapo y soltero.

― Bueno, si no hay más remedio lo haré. ¿Y dónde tengo que pagarle en su casa o en la mía?

―Donde usted quiera. Veo ropa de mujer por aquí. ¿No me habrá engañado usted?

―No señora. Esta ropa es de mi hermana que está de paso por aquí. Pero no me gustaría que ella se enterara de este trapicheo.

―No tiene por qué enterarse. Tú, cada dos días, cuando mejor te venga, cruzas el pasadizo y en mi cama te cobro la cuota.

Y en eso quedamos. El problema es que cuando me descuido más de los dos días, se presenta ella en mi piso.  Así que, tengo que andar diligente para que mi mujer no me pille in fraganti.

Y en esas estoy. Hay que ver los sacrificios y las triquiñuelas que hay que hacer para conseguir un alquiler en condiciones.


 

EL OCULTO DOLOR DEL PASADIZO                             MARÍA ISABEL RUANO

A las afueras de la ciudad, en el desvencijado palacete que un día fue habitado por mi familia, entre la leñera y una olvidada habitación utilizada como trastero, existía un oscuro pasillo que los comunicaba.

Cuando éramos pequeños, no se nos permitía acceder allí. El limítrofe jardín era la frontera en donde el juego y los descubrimientos se terminaban. Por los alrededores olía a rancio y humedad.

En aquel palacete pasamos los peores días de la guerra creyéndonos a salvo de los bombardeos de la ciudad. A pesar del frío y las carencias, no nos faltó la comida gracias a la influencia de mi familia y a los hortelanos cercanos. Para un niño de seis años aquella casa era un laberinto atractivo de estancias por recorrer y lejos de sentir el peligro de la contienda eran las ratas, que se adueñaban de aquel espacio, mi peor enemigo. Imaginaba que me perseguían e incluso podía sentir su repugnante olor. Temor que, sin duda, tanto mis padres como mis hermanos mayores conocían y lo utilizaban para mantenerme alejado de las zonas prohibidas de la casa.

Mi padre, tratando de ponernos a salvo, al llevarnos allí tomó la peor de las decisiones y sin ser muy consciente de ello, siempre le guardé rencor. Sólo el tiempo y su muerte han conseguido una mirada más indulgente hacía su persona.

Una fría mañana de marzo, una bomba cayó en los alrededores justo cuando mi madre, en su afán por buscar los alimentos acordados con un vecino, acababa de salir. La vi marcharse desde la ventana. Esa imagen esbelta, de espaldas y con el pelo recogido, es la última que conservo de ella. Durante años traté de buscar su rostro, pero cada intento de evocarlo, me llevaba a su espalda, caminado deprisa, sin mirar atrás. Una imagen y una perdida demasiado cruel para la frágil sensibilidad de un niño cuya mayor preocupación hasta entonces eran los roedores de la leñera. La guerra terminó pronto y pudimos regresar al confortable piso de la avenida, sin jardín, sin leñera, ni ratas. Sin madre, con un padre envejecido y unos hermanos mayores que dejaron de jugar conmigo.

El azar, o los ingratos recuerdos que ellos guardaban de aquellos días, han querido que el palacete sea de mi heredad. Acudí a él revestido de un extraño olor a miedo y rencor. Lo primero que hice fue pararme delante del jardín frente a la leñera. Movido por una extraña fuerza, entré dentro, cogí el hacha depositada en un rincón. Sin linterna atravesé el pasillo, la puerta de la habitación estaba cerrada con un candado. La rompí sin piedad. Necesité unos minutos para acomodar la vista a la cantidad de muebles, arcones, cuadros y espejos desvencijados llenos de telarañas que llenaban el espacio. Con rabia los fui destrozando uno por uno, el rencor oculto en mi ser fue tomando forma entre sollozos y gritos, el dolor que nunca antes había sido capaz de exteriorizar parecía haberme poseído, hasta que el agotamiento me obligo sentarme en el suelo. ¿De qué servían todas esas pertenencias si el mayor tesoro para un niño le fue arrebatado en tan temprana edad?

Ni una sola rata apareció en los rincones. Exhausto y con el hacha aún en la mano, salí al jardín. La luz me cegó por momentos. Tiré el hacha. Me sequé las lágrimas. El rostro de mi madre, vuelta su cabeza hacía mí, me sonrió.