LO QUE CREÍ MANUEL
GIL
Creí que
la victoria venía rodada,
que el fruto de tus
labios era mío,
un cauce suave
navegando el río
sin notar
que el agua estaba helada.
La miel de tu
promesa regalada
no me dejó sentir
de tu rostro el frío.
Creí que arribaba a
puerto mi navío
con la feliz empresa
ya ganada.
Pero ya mi
esperanza se despeña,
cae por tus laderas
como una roca
y hoy
puedes hacer de mi árbol leña.
Me equivoqué, ya ves, es lo que toca.
Creí que serías de mi amor la dueña
y aquello no salió a pedir de boca.
PUESTOS A PEDIR MARÍA
ISABEL RUANO
Dame naranjas
dame limón
dame un trocito
de tu corazón.
Dame la luna
regálame el sol.
Dame la risa
renueva la ilusión.
Dame la brisa.
Dame confort.
Abraza mi cuerpo.
Despacio, sin rencor.
Coge mi mano.
Abre la puerta.
Rotura el campo.
Riega las flores.
Cambia las tejas.
Dame cada día
cariño y protección.
LA ABUELA PAQUITA JUAN
SANTOS
A Paquita se la
llevaron en una ambulancia al hospital de la Concepción. Su vecina se ocupó de
llamar al 112, cuando la escuchó pedir auxilio a través de la ventana. Estuvo
ingresada dos semanas, hasta que la curaron de una neumonía. Su vecina tiene 87
años, los mismos que ella y además es su amiga. En su juventud, compraron sus
respectivos pisos en la calle de Embajadores, cuando eran dependientas de El
Corte Inglés. De aquello han pasado 60 años y las dos viven solas, cada una en
su piso, con la diferencia de que su amiga se casó y tiene una hija y dos
nietos que la atienden y la visitan con frecuencia. La vida de Paquita es muy
triste: está llena de dolores, ha perdido movilidad y nadie entra por su
puerta. Las labores del hogar cada vez le cuesta más trabajo hacerlas. Hace un
par de semanas cogió un resfriado que se le complicó hasta acabar en el
hospital.
Durante su ingreso,
solo su vecina con la hija han ido a visitarla al hospital. La última vez que
estuvieron fue para darle una mala noticia: le había ocupado el piso un
matrimonio joven con un niño pequeño.
Paquita necesitaba
ir a su casa rápidamente, pero el doctor no consideró darla de alta hasta el
viernes siguiente. Llegó a su casa muerta de miedo y rogó a su vecina y a su
hija, que habían ido al hospital a recogerla, que la acompañaran hasta abrir la
cerradura. La llave no entraba y no tuvo más remedio que llamar al timbre.
Al momento le abrió
una mujer morena, no muy alta, con rasgos latinos y con un niño pequeño en los
brazos.
―Qué haces tú
en mi casa ―le dijo muy enfadada, Paquita.
―Viviendo en ella,
nos habían dicho que usted había fallecido.
―Pues ya ves que
no. Todavía no ha llegado mi hora. Y aunque así fuera, no tenéis derecho a
meteros aquí. Así que, recoged vuestras cosas y marcharos ahora mismo.
―No se preocupe,
señora, en cuanto venga mi marido de trabajar, nos vamos.
La verdad es que ni
Paquita ni las vecinas se fiaban mucho de la madre ocupa. Pero les dio lástima
de la criatura y permitieron que se quedara hasta la tarde. Con un poco de
reparo, la amiga se fue a su piso diciéndole que si tenía algún problema que le
echara una voz por la ventana.
La extranjera en
los días que llevaba allí viviendo había hecho una profunda limpieza en el
piso. Había quitado toda la grasa de la cocina, detalle que agradeció Paquita.
Ese mismo día, continuó lavando las cortinas y cuando terminó, le dijo que si
quería que le diera unos masajes en las piernas que las tenía un poco
hinchadas.
Cuando por la
tarde, llegó el marido y se disponían a recoger sus cosas en la maleta para
irse, Paquita, le rogó que se quedara algunos días más.
La extranjera le
dio un beso y le dijo a su niño:
―A partir de hoy,
esta señora es la abuela Paquita.
A Paquita, la
ocupación le vino a pedir de boca.