25/09/2026

A PEDIR DE BOCA 1

 

LO QUE CREÍ                                                              MANUEL GIL

 

Creí que la victoria venía rodada,

que el fruto de tus labios era mío,

un cauce suave navegando el río

sin notar que el agua estaba helada.

 

La miel de tu promesa regalada

no me dejó sentir de tu rostro el frío.

Creí que arribaba a puerto mi navío

con la feliz empresa ya ganada.

 

Pero ya mi esperanza se despeña,

cae por tus laderas como una roca

y hoy puedes hacer de mi árbol leña.

 

Me equivoqué, ya ves, es lo que toca.

Creí que serías de mi amor la dueña

y aquello no salió a pedir de boca.

 


 

PUESTOS A PEDIR                                          MARÍA ISABEL RUANO

Dame naranjas

dame limón

dame un trocito

de tu corazón.

 

Dame la luna

regálame el sol.

Dame la risa

renueva la ilusión.

 

Dame la brisa.

Dame confort.

Abraza mi cuerpo.

Despacio, sin rencor.

 

Coge mi mano.

Abre la puerta.

Rotura el campo.

Riega las flores.

Cambia las tejas.

Dame cada día

cariño y protección.

 


 

LA ABUELA PAQUITA                                                  JUAN SANTOS

A Paquita se la llevaron en una ambulancia al hospital de la Concepción. Su vecina se ocupó de llamar al 112, cuando la escuchó pedir auxilio a través de la ventana. Estuvo ingresada dos semanas, hasta que la curaron de una neumonía. Su vecina tiene 87 años, los mismos que ella y además es su amiga. En su juventud, compraron sus respectivos pisos en la calle de Embajadores, cuando eran dependientas de El Corte Inglés. De aquello han pasado 60 años y las dos viven solas, cada una en su piso, con la diferencia de que su amiga se casó y tiene una hija y dos nietos que la atienden y la visitan con frecuencia. La vida de Paquita es muy triste: está llena de dolores, ha perdido movilidad y nadie entra por su puerta. Las labores del hogar cada vez le cuesta más trabajo hacerlas. Hace un par de semanas cogió un resfriado que se le complicó hasta acabar en el hospital.

Durante su ingreso, solo su vecina con la hija han ido a visitarla al hospital. La última vez que estuvieron fue para darle una mala noticia: le había ocupado el piso un matrimonio joven con un niño pequeño.

Paquita necesitaba ir a su casa rápidamente, pero el doctor no consideró darla de alta hasta el viernes siguiente. Llegó a su casa muerta de miedo y rogó a su vecina y a su hija, que habían ido al hospital a recogerla, que la acompañaran hasta abrir la cerradura. La llave no entraba y no tuvo más remedio que llamar al timbre.

Al momento le abrió una mujer morena, no muy alta, con rasgos latinos y con un niño pequeño en los brazos.

―Qué haces tú en mi casa ―le dijo muy enfadada, Paquita.

―Viviendo en ella, nos habían dicho que usted había fallecido.

―Pues ya ves que no. Todavía no ha llegado mi hora. Y aunque así fuera, no tenéis derecho a meteros aquí. Así que, recoged vuestras cosas y marcharos ahora mismo.

―No se preocupe, señora, en cuanto venga mi marido de trabajar, nos vamos.

La verdad es que ni Paquita ni las vecinas se fiaban mucho de la madre ocupa. Pero les dio lástima de la criatura y permitieron que se quedara hasta la tarde. Con un poco de reparo, la amiga se fue a su piso diciéndole que si tenía algún problema que le echara una voz por la ventana.

La extranjera en los días que llevaba allí viviendo había hecho una profunda limpieza en el piso. Había quitado toda la grasa de la cocina, detalle que agradeció Paquita. Ese mismo día, continuó lavando las cortinas y cuando terminó, le dijo que si quería que le diera unos masajes en las piernas que las tenía un poco hinchadas.

Cuando por la tarde, llegó el marido y se disponían a recoger sus cosas en la maleta para irse, Paquita, le rogó que se quedara algunos días más.

La extranjera le dio un beso y le dijo a su niño:

―A partir de hoy, esta señora es la abuela Paquita.

A Paquita, la ocupación le vino a pedir de boca.