REFLEXIÓN SOBRE RAYMI ANTONIO
LLOP
El final de las novelas suele
ser complicado para el escritor. No es una página cualquiera. Muchas novelas
han resultado fallidas porque los lectores se han visto decepcionados con el
cierre de una historia. En 2017 publiqué mi primera novela, “Raymi”. Narraba la
búsqueda de una madre a su hijo tras veinte años de separación desde cuando él
era un bebé. Traté de conseguir la atención del lector con las peripecias de
esa búsqueda. Y llegué al inevitable cierre del libro. Tenía que decidir entre
dos opciones: la cerrada, con el encuentro de madre e hijo; o la abierta, sin
que los protagonistas coincidieran. Opté por la primera que cerraba la historia
de una forma amable. Y gustó. Lo que pasó es no me di cuenta de que esa opción
también dejaba insatisfecho al lector, que quería saber qué sucedió después de
ese ansiado encuentro. Es decir, que creyendo que había cerrado la novela con
un buen broche, en realidad también había optado por otra versión abierta. A
partir de ahí recibí un aluvión de críticas positivas (las negativas, como solo
le vendí ejemplares a amigos, tuvieron la amabilidad de no manifestarlas). Sin
embargo, todos los comentarios elogiosos tenían la misma salvedad: “… pero,
resulta que cuando llega el encuentro esperado se acaba la novela”. O, lo que
es lo mismo, todos me pedían saber qué pasaba después, una segunda parte de
“Raymi”.
Desde entonces me obsesioné con
esa continuación que me pedían. Consideré todas las opciones, incluso había
redactado un encuentro entre la madre natural y la adoptiva que no estaba mal.
Pero deseché el proyecto porque me pareció demasiado sensiblero. Abordé con un
relato en 2023 una forma metaliteraria de contarla haciendo que Raymi,
personaje, se me presentara, en un segundo plano de realidad ficticia, tras la
salida de mi clase de los viernes. Con el recurso de que quería descubrir su
impostura por no creerme que había emergido de mi novela le hice una pequeña
encuesta sobre las características que recordaba de él, por ejemplo, su equipo
de fútbol. Sin embargo, deseché seguirle preguntando porque si era un impostor
se habría estudiado bien el personaje. Entonces se me ocurrió solicitarle que
me contara qué había pasado desde el descubrimiento de su madre natural hasta
el momento presente. Y cerré el relato con un sugestivo: “Segunda parte de
Raymi contada por ¿él mismo?”.
Con eso creí que este pequeño
relato podía ser un prolegómeno que me espoleara para escribir el libro
esperado. Pero todos los caminos de continuación de la historia desembocaban en
un pantano de pastel azucarado. Desde entonces, para inspirarme y aprender, he
leído varias historias de libros con segundas y terceras partes. Y todas las
trilogías se basan en relatos conocidos por los lectores porque sus precuelas
habían tenido la suficiente difusión como para interesar secuelas.
Característica de la que adolece la modesta mía. En fin, que solo puedo escoger
determinados personajes, como la detective de mi última novela, “Código Cero”,
de igual nombre y nacionalidad vecina de la María de “Raymi”, como algo que
recuerde mi primera novela. No puedo hacer más por ese acercamiento, primero
porque ya casi no recuerdo las peripecias del libro y no suelo releer mis obras
por no entrar en la nostalgia, aparte de que seguro descubriría cantidad de
errores ortográficos, redundancias, y planteamientos ingenuos. Y segundo porque
caería en el error de darle al lector (aunque sea poco numeroso como es mi
caso) lo que pide, cosa que el escritor solo debería hacer si está también
convencido de esa deriva. Soy un escritor modesto, pero, en no escribir
siguiendo pautas comerciales ni recurrir a métodos de IA, soy inflexible.
Resumiendo, que la SEGUNDA
PARTE DE RAYMI, será un libro que no existirá, como tal. Solo aproximaciones
metaliterarias como el relato de 2023, la incursión esporádica de personajes
similares a los de mi primera novela en las posibles sucesivas, y esta pequeña
reflexión. Además, todas las historias que nos han gustado siempre nos dejan
ese regusto de querer saber más de ellas. Eso es precisamente lo que las
distingue como sugestivas. Con lo cual solo puedo agradecer a mis lectores su
interés; me doy cuenta de que pidiéndome una segunda parte de “Raymi” le están
haciendo un gran favor a mi maltrecho ego.
EL LIBRO SIN ESCRIBIR MARÍA
ISABEL RUANO
Contemplo a la gente por la calle, en el metro.
La mayoría enfrascados en su móvil, ojerosos y cansados.
En el autobús, susurrando conversaciones con alguien
cercano.
Por el parque o mientras espero en la cola del
supermercado.
Cuántas vidas ajenas, anónimas, desconocidas, extrañas y
lejanas
que pasan como un suspiro alrededor de mí.
Cuántos versos atrapados por la prisa del momento,
por la nebulosa del sueño, por la inseguridad que, en
ocasiones,
nos causa el escribir.
Cuántas experiencias se diluyen en el recuerdo perdiendo
la nitidez
y el color de la mirada.
Cuantos seres queridos muertos cuya historia, a veces,
me cuesta trabajo recomponer o resumir.
Como el libro de mi nacimiento, regalo del bautizo,
con lomos dorados y frágiles dibujos, que quedó vacío
sin letras ni palabras, sin fotos ni menciones, sin
escribir al fin.
Son tantos los relatos y poesías, los libros que se
quedan sin escribir,
de mis compañeros de letras, de emigrantes y presos,
de ancianos en residencias, de prostíbulos y sacristías,
de viajes y desengaños, del luto y de la vida,
que formulo el propósito y plasmo la promesa de que,
el mío, no se quedará sin escribir.
¿SERÉ
CAPAZ? ARACELI
DEL PICO
El tiempo que llevo intentando escribir un
libro, me lleva a repasar apuntes con frecuencia. Abro la carpeta, selecciono
con mimo las notas previas y voy lanzada al ordenador con la idea de plasmarlas
en el papel. Me arrugo. No me gusta aquello que, en principio, me parecía
brillante. Soy abogada y en mi nueva situación, me acabo de jubilar, tengo el
propósito de relatar jugosas causas que he defendido y casi siempre ganado.
Debo obviar nombres. No así las situaciones, que expuestas con claridad podrían
resultar interesantes.
Lo dejo de nuevo. Vuelvo a la carpeta,
arrugada y manoseada de tanto repaso. Rebuscando he encontrado aquella reseña
de un periódico del pasado, donde citan el crimen de una joven, que hasta el
momento está sin resolver.
Esta lectura me lleva a un tema, que había
soslayado y por supuesto, mucho más propio que aquellos que ocupaban mi cabeza.
¿Cómo no se me había ocurrido antes? Un crimen bien dibujado, despierta la
atención del lector más apático. Cuchilladas, sangre, desgarros en la piel y la
firma del autor. Ésta encriptada, aquella que convierte un texto legible, en
uno ilegible, para que sea prácticamente imposible descifrar su autoría.
Me siento delante del ordenador, como por
arte de magia, acabo de hilvanar una idea donde el color bermellón, alumbraría
sus páginas.
Suena el teléfono. Mi cuñado.
-
¿Sabes
algo de tu hermana?
-
Yo,
no. ¿Por qué?
-
Anoche,
tuvimos un rifirrafe fuerte, muy fuerte. Dio un portazo y se fue.
-
¿Vosotros?
Si sois la viva imagen de la felicidad. ¿Y por qué?
-
Se
le ha metido en la cabeza, que tengo un lio con otra.
-
Pues
sí que ha perdido el norte mi hermana. No le des importancia. Voy a tratar de
hablar con ella y te cuento.
-
Se
ha dejado todo en casa. El móvil, la documentación, el dinero. Absolutamente
todo.
-
Confía
en mí. Sabes la fe que me tiene. Más pronto que tarde, se pondrá en contacto
conmigo. O probablemente contigo.
Seguimos
la conversación y oigo en la distancia, que llaman a la puerta de su casa.
-
Espera
un momento, llaman, voy a ver quién es. No cuelgues. Quizá sea ella.
Presiento el jadeo de su pecho, mientras
salva la distancia, del teléfono a la puerta. Vuelve y con voz quebrada, dice:
-
Debo
colgar. Es la policía.
-
Pero…
El clic al colgar el teléfono me paraliza.
Con pasos muy lentos voy hasta el ordenador y lo cierro. Me cambio de ropa.
Debo ir hasta su casa, próxima a mi bloque. Y de repente un presentimiento,
pone alas en mis pies. Y justo llego, cuando la policía cierra la puerta,
llevándose detenido a mi cuñado.
Tengo tiempo de preguntar y la respuesta es:
-
Es
usted la hermana, de doña Paz Aldama.
-
Si,
claro que lo soy.
-
Pues
también debe venir con nosotros.
No pregunto ni por qué. Reconocer el cadáver
de mi hermana, me hace temblar mientras pierdo el conocimiento.
UN
LIBRO SIN ESCRIBIR JUANA
DOMÍNGUEZ
Un
reto imposible me propuso mi profesor de literatura ¡escribir un libro! Daba
igual la temática de que tratara.
Después
de mucho pensar e imaginar, me vinieron dos ideas a la cabeza: un libro sobre
plantas medicinales a las que soy gran aficionada por una inclinación natural
que nadie me ha inculcado, en mi niñez hablar de medicina natural era
considerado brujería.
Otro
tema que me apasionaba es el desierto africano, una novela de aventuras en él, describiéndole
y observándole, seguro que sería gratificante para mí.
Estudié
botánica en mi juventud y siempre me gustó el uso de las plantas en la medicina
natural. Durante muchos años investigué, y hablé con gentes que sabían de
botánica y plantas, había recopilado algunas páginas sobre remedios y bondades
de la multitud de plantas útiles, que conocía, para el ser humano, y puesto en
práctica algunas terapias que yo misma probaba, anotando los efectos
beneficiosos o no de las más conocidas.
En
una de mis visitas a la feria del libro viejo en Recoletos encontré un libro
recopilatorio de las plantas ibéricas de Pedanio Dioscórides Anazarbeo. El
libro ya estaba escrito, y además me iba a servir en mis futuros experimentos
medicinales.
El
proyecto de elaborar un Manual sencillo donde toda la humanidad tuviera la
oportunidad de conocer las plantas beneficiosas para la salud, estaba
descartado.
El
otro tema, el desierto, también lo considere inoportuno, esa semana habían
puesto en la tele, la película Lawrence de Arabia, y todo lo que se me había
ocurrido contar en la novela, lo describe la película con imágenes impactantes.
Un
desierto idealizado de arenas finas y doradas movidas por el viento formando
dunas diferentes cada dia, un desierto en paz, sin guerras, sin bombas, y lleno
de cuevas donde esconder tesoros encontrados en ruinas milenarias, no lo leería
nadie, yo no podría describirlo igual que los fotogramas de la película.
Hablaría
con mi profesor, el proyecto libro estaba descartado, no me considero formada
ni motivada para realizar lo que toda la humanidad idealiza “escribir un
libro”.
Disfruto
con los relatos de mis compañeros, con ellos mis ambiciones están más que
realizadas.
Mi
libro, no existirá, no se escribirá.
LA
DOBLE SOLEDAD DEL PEQUEÑO ESCRITOR SANTIAGO
J. MARTÍN
Podría haber sido una
novela autobiográfica, pero no fue el caso, por poco. Jacinto era un escritor en
ebullición constante. Sus ideas más fértiles siempre le surgían al final de
veladas regadas por conversaciones únicas, risas infinitas y alcohol, sobre
todo alcohol.
Y en Jacinto me
inspiré yo para mi primera novela, en vista de que él nunca parecía arrancar. Cierto
que no le pedí permiso, pero la vida es el motivo de inspiración de los
artistas, con perdón.
Yo había publicado un
pequeño ensayo sobre el maridaje de quesos y membrillos en la península
ibérica. Luego también me atreví con una breve colección de relatos
melancólicos, profundamente tristes, sin llegar al llanto.
En apenas seis meses
conseguí terminar mi primera novela: La soledad del pequeño escritor. El
protagonista, que bien pudiera ser mi amigo Jacinto, escribía una novela basada
en las conversaciones que mantenía con una aplicación de inteligencia
artificial.
Me parecía un tema
bastante actual y le aplique una buena dosis de ironía y humor. Confiaba en
que, al menos los míos, pasarían un rato divertido y ameno. Además, había
interrogantes subyacentes muy interesantes: ¿qué hace la IA con los textos
literarios que revisa? ¿Los destruye? ¿Los olvida?
Afortunadamente mandé
a mi editora el original, unas horas antes de que mi ordenador petara. Se quedó
absolutamente bloqueado. Mi sobrino Tomasín me dijo que aquello era un virus. No
iba a ser ni el primero, ni el último.
Por eso tengo todos
mis escritos en la nube, pero no me dio tiempo a subir mi última novela. Estaba
tranquilo porque sabía que se encontraba a salvo, en el correo de Mar, de
Editorial Tumismo. La
autoedición es la única salida que nos queda a los que circulamos a otra
velocidad.
En vista de que no
recibía respuesta, llamé a Mar.
-
Hola,
buenos días. Soy Jesús, Jesús Pérez.
-
Ah,
hola Jesús. Precisamente te estaba escribiendo un correo.
-
Ya
me extrañaba que no me dijeras nada de la obra que te mandé.
-
Claro.
El problema, Jesús, es que el archivo me ha llegado vacío.
-
¿Cómo
vacío?
-
Vamos
a ver. Tengo un documento de texto, con 234 páginas, con prólogo, índice y
epílogo. Pero el contenido está en blanco.
-
No
me lo puedo creer. Tengo la negra con la informática.
-
No
te preocupes, me lo mandas otra vez y listo.
-
Ya,
ya, si yo te contara.
No le conté nada. Le aseguré
que en breve se lo remitía de nuevo. Pero no sabía cómo me las iba a apañar.
Pensé en reescribirla.
Seguro que ganaba. Es bueno dejar reposar las ideas, pero eran tantas que no
sabía cuántas podría recordar. Huirían protagonistas y llegarían otros. Algunas
tramas parecerían ridículas y nacerían otras que me harían dudar.
Decidí darme un
tiempo. Pasear, leer, pintar. Demasiado tiempo. Las ganas de escribir no
fluían. Es mejor no forzar. Pero la desesperación empezó a apoderarse de mí. ¡Cómo
era posible que mi novela se hubiera esfumado? Llegué a tener dudas de si
realmente la escribí.
También había buenas
nuevas. Una tarde oí que Laura Juárez, la gran Laura Juárez, acababa de
publicar su último libro: Te tengo.
Soy un fan de Laura.
He leído todo lo que ha publicado. Incluso mantuve una breve charla con ella en
la última feria del libro. Por supuesto no se acordará de mí. Si tuviera que
hacer caso a todos los que le van con sus devaneos literarios.
Fui a mi librería y
compré el ejemplar. Tengo la costumbre de, antes de nada, leer la reseña del
libro en la contraportada. Me gusta estar enganchado desde antes de abrir el
libro, pero sin mediar la crítica de ningún entendido.
Laura Juárez nos
sorprende con una novela distinta. Un thriller psicológico donde el
protagonista, un escritor aficionado, se sobrecoge al comprobar como su primera
novela: La soledad del pequeño escritor, ha desaparecido de su ordenador. Todo
se complica cuando comprueba que Rosalía Artaujo, famosa novelista
norteamericana, acaba de publicar un libro donde calca su novela desaparecida.
El protagonista emprende una inútil lucha para reivindicar su autoría. Cansado,
abatido, desesperado, nota como su vida a partir de entonces ya no tenía ningún…
Justo ahí, decidí
dejar de leer.