17/04/2026

LA PERSIANA 2

 

             VENGANZA BUMERANG                                                        ARACELI DEL PICO

-          ¡¡¡¡Mamá!!!!

-          Hija por Dios, no estoy sorda. ¿A qué vienen esos gritos?

-          A que te he pedido por favor cien veces que cambies la persiana de mi habitación. Cierra y abre mal y encima tiene un agujero en la parte de abajo por donde filtra la luz y no me permite dormir con tranquilidad.

-          Salomé, tú no dormirías con tranquilidad, ni con persiana nueva, ni blindando la habitación, eres una polvorilla. Y, además, sabes que la economía de esta casa está en horas bajas. Cómprate algún trapito menos y elige la que te guste.

-          ¿Y desde cuándo me tengo que ocupar yo, del mobiliario de la casa?

-          Desde ahora. Has cumplido dieciocho años. Ya estás haciendo prácticas. Ganas un dinerillo y es lo justo cuando se vive en familia y en armonía. A no ser que quieras que la armonía se rompa.

-          Jopeta, mamá.

-          Ni jopeta, ni leches. Se acabó la conversación, que me voy a trabajar. Y tú mueve el culo y haz otro tanto. Que estás en prácticas, no sea que llegues tarde y te despidan. Porque en ese caso arranco la persiana y duermes sin ella. Verás entonces si la luz de la calle molesta de verdad.

 

  Y así salió mi madre dando un portazo, tajante y resoluta. No soy mala hija, pero debo reconocer que somos bastante parecidas de temperamento y cuando no me salgo con la mía o las cosas se tuercen, las bilis se me revuelven y soy bastante insoportable.

  Yo también, quince minutos después, salía dando otro portazo. La mesa había quedado sin recoger. (Ese era mi único cometido en la casa. Ese y hacer la cama antes de marcharme. Solo la mía) Las sobras del café y parte de unas tostadas mordidas, con el frasco de la mermelada sin cerrar se habían quedado, tal cual. Era mi venganza.

  Sí, sí, mi venganza. Cuando mi madre presurosa regresó a casa, el espectáculo era dantesco. El gato goloso, se había subido a la mesa, volcado las tazas con los restos del café. Tirado al suelo el frasco de la mermelada y roto con las uñas el precioso mantel, bordado a punto de cruz, por mi progenitora.

  Poco más tarde, aparecía yo. Y ella, se estaba arreglando frente al espejo del cuarto de baño. Se había puesto su mejor traje y reconozco que estaba guapísima. Mi padre, impasible como siempre, sentado en el sofá leía el periódico distraídamente. Esperando que ella terminara su arreglo.

  Y por el suelo tan cual lo había dejado el gato, por mi culpa naturalmente, estaban los restos de la contienda. Nada más dar unos pasos las sandalias de tirantes se me quedaron pegadas al suelo, por la mermelada. Me resbalé y caí.

-          Buenas tardes, hija, (saludó mi padre). ¿Vas a estar en el suelo todo el día?

-          Es que…

-          Te has resbalado y caído. Pobre mi niña. Cuando salga tu madre del baño, entra y coges una crema propicia para los golpes. Creo que se llama Voltarén o algo así.  Está en el botiquín. Te frotas y enseguida te sentirás mejor.

  Mi madre sonriente salió del baño. Y sin un solo reproche me soltó:

-           Tu padre y yo salimos a cenar fuera, porque… ¿quién se movería por aquí con el tinglado que se ha formado en casa? Así que, si quieres te preparas algo, si eres capaz, o caso contrario te abres una lata. A tu capricho lo dejo. Y otra cosa, cuando se te pase el dolorcillo del pie, si te parece, limpias esto, de otro modo va a ser muy incómodo vivir aquí.

  Me dieron un beso, bien cariñosos, y cerrando la puerta con mimo se largaron. ¡menudos padres!

  Me senté en el sofá más que rabiosa.  El resbalón me había inflamado el tobillo, poca cosa. Me puse hielo y poco después estaba casi bien. Asumí que aquello si no lo limpiaba yo, nadie lo haría y, jurando en arameo, me puse manos a la obra. Acabé rendida. Abrí la despensa, saqué una lata de sardinas y busqué un trozo de pan para hacerme un bocata. Búsqueda infructuosa. No encontré nada. Un mendrugo más que tieso, fue la triste compañía de las sardinas con tomate.

  Pero esto no iba a quedar así, de ningún modo. Ahora mismo iba a mi habitación y arrancaría la asquerosa persiana de cuajo.

  No hizo falta. La ventana, abierta de par en par, mostraba una hermosa luna llena. Mientras, el gato reposaba en el alfeizar. Sonriente.


 

LIBROS HUECOS                                                         JUANA DOMÍNGUEZ

La persiana de la habitación pequeña, donde dormía, se había roto hacía mucho tiempo y decidí no arreglarla. Me gustaba escuchar el sonido que emitía cuando el viento del norte soplaba sobre el valle. El pan, pan, pan, que producía contra la madera me adormecía y calmaba como las olas cuando rompen contra la arena de la playa.

El caserón heredado, donde decidí residir, necesitaba muchas reparaciones, algunas inmediatas, otras podrían esperar como la persiana rota. La cantidad de los arreglos que me presupuestaron no estaba a mi alcance. Ni pidiendo un crédito me alcanzaría. Tendría que ir arreglando lo más perentorio poco a poco.

Aquel invierno fue muy crudo, y la persiana no aguanto más. Tuve que retirarla. Estaba decidiendo si ponerla nueva o poner una cortina tupida para que el sol matutino no me deslumbrara -entraba hasta mi cama-, cuando descubrí un hueco entre el marco y el dintel de la ventana. No lo había visto antes. La persiana tapaba aquel hueco.

Metí la mano en él. Era profundo. Aquel dintel escondía un doble fondo. Podría servirme como caja fuerte pensé.

Busqué una linterna y cuando su interior se iluminó, di un respingo. Casi me caigo de la escalera.

Mi tía abuela, tuvo que señalarme de algún modo aquella habitación. No tenía otra explicación que la hubiera elegido para dormir. No era la que mejores vistas tenía sobre el valle, ni era grande como la que ella había utilizado sus últimos años. Esta era pequeña y soleada. No tenía ningún otro motivo para elegirla, pero me sedujo cuando recorrí la casa y allí me instalé.

El hueco no era muy alto. Ocupaba todo el ancho de la ventana y el largo de la pared. Al fondo del hueco había una caja metálica plana. Con ella encima de la mesa, mi cabeza no paró de elucubrar ¿qué habría dentro?

Tuve que forzarla. La cerradura estaba herrumbrosa. Contenía unos planos de la casa, con la biblioteca y el pasadizo secreto bien definidos. Un cuaderno con nombres impronunciables, y una sola ciudad al final de cada uno; el otro cuaderno era un listado de títulos de libros ¿Estarían apilados en la biblioteca?

¿Qué podrían esconder aquellos listados? ¿tendrían razón las habladurías de mi familia? Mi tío abuelo, algo tuvo que esconder para guardar con tanto misterio aquellos cuadernos.

Busqué los libros del listado. Encontré bastantes. Algunos estaban huecos a modo de caja, solo tenían las tapas, y unas pocas hojas del libro original para disimular un escondite. En otro de los libros reseñados encontré billetes de cien dólares americanos.

La leyenda de los bienes traídos de Argentina empezaba a tener sentido. Y para mi sorpresa, en el hueco de Lo que el viento se llevó se habían olvidado un lingote de oro.

Estaba segura. Aquellos libros entraron a la biblioteca por el pasadizo, para que nadie los viera ni supieran que contenían. Habían servido para disimular el pago por trasladar a cierta gente al final de la segunda guerra mundial. Los nombres de los listados eran la mayoría alemanes y la ciudad que figuraba en ellos, Buenos Aires.


 

MOJAMA PARA DESAYUNAR                                     SANTIAGO J. MARTÍN

Así, tal cual, enrollada en una vieja persiana verde, apareció de repente esa mujer: tiesa, embalsamada en polvo y lamas, inolora, con poco color definido y, casi con toda seguridad, insípida.

En un primer momento pensó que se trataba de una muñeca con un moño un tanto descolocado. La Mariquita Pérez heredada de la prima Teodora, pero el tamaño no cuadraba.

Fue desenvolviendo la vieja persiana y varios huesos de la mano derecha rodaron por el suelo. No siguió. Recompuso aquel envoltorio con vocación de mortaja y lo depositó justo donde estaba o quizás más al fondo todavía.

Poner un poco de orden en aquel trastero fue el comienzo de una nueva etapa. Todo facilitado por la insistencia de su hermana, con la que compartía hogar, y por la llegada de un momento más que esperado: la jubilación. Ahora podría cerrar cuarenta años de quebraderos de cabeza en la judicatura. Con él se cerraba una larga tradición familiar de fiscales, jueces y abogados criminalistas.

Revolver entre objetos antiguos le serviría para añorar y recordar. Además, iba a tener el privilegio de ser el primero en acceder a aquel lugar sin la idea de dejar o recoger algo, tan solo colocar, limpiar y hacer hueco para nuevos cachivaches jubilados. Como él.

Guiado por un sentido estricto de la utilidad, la gran mayoría de las cosas que allí se amontonaban tendrían mejor destino en un punto limpio. Todo menos aquella sorpresa.

La habitación tenía unas dimensiones considerables, pero ya no cabía más. Recordaba que de niño bajaba con su padre antes y después del verano. Primero, a rescatar las bicis para dar la bienvenida al buen tiempo como se merecía. Luego, para asumir que lo bueno se había acabado, guardando aquel invento de felicidad con ruedas: era el momento de volver al colegio.

La noche anterior, cuando comentó con su hermana cuáles serían sus planes del día siguiente, esta le intentó refrescar la memoria, asegurándole que en tiempos no muy lejanos aquello había servido de dormitorio.

-          ¿Sin ventanas? No puede ser.

-          Que sí, que allí dormía la tía Luisa.

-          ¿Qué Luisa?

-          La tía de mamá, la de Sepúlveda.

-          ¡Qué angustia de sitio!

La mal llamada tía Luisa no tenía, en realidad, ningún parentesco con la familia. No se sabe muy bien la razón por la que se le otorgó ese título familiar, cuando no era tal.

Pasaba largas temporadas en la casa, cuando los dos eran muy pequeños. Aparecía sin avisar y se marchaba de igual manera.

Lo que ellos no sabían es que antes había habido una tía Jacinta y otra Caridad.

A medida que ambos se iban haciendo mayores, los padres decidieron de forma drástica cortar con esas amistades que terminarían por provocar preguntas incómodas de los niños.

De Luisa, apenas quedaban recuerdos: ninguna fotografía, ninguna anécdota…tan solo un pequeño cuadro en el recibidor firmado con su nombre y apellido: Luisa Mirón. Era una mediocre acuarela de la pirámide escalonada de Saqqara.

-          ¿Lo ves? Este cuadro era suyo. ¿De verdad que no te acuerdas de ella?

-          Ahora que lo dices, se me viene a la cabeza la figura de una mujer mayor, siempre vestida de negro que…

-          Que no, tonto. Esa era la abuela. A Luisa nunca la vi vestida de negro.

Se empeñaba en dormir en esa habitación que, desde que se construyó la casa, había sido despensa, cuarto de la plancha y, principalmente, trastero. Bueno, se empeñaba o la obligaban.

Todavía se podía ver un jergón, muy deteriorado, al fondo de la estancia. Allí se suponía que dormía aquella mujer, que un día dejó de venir y de la que nunca más se supo… hasta el martes pasado, el día en que Pedro Pablo cogió un cepillo, la fregona y un saco de arpillera y bajó al sótano.

Ese día descubrió que Luisa nunca dejó de venir a casa. Jamás se fue. Pero quizá ya era tarde para querer saber tantas cosas.

No dijo nada a su hermana. Volvió a amontonar objetos, como antes. Llenó el saco con dos triciclos oxidados y una colección de cuadernos de caligrafía enmohecidos.

Después se acercó al salón, donde su hermana apuraba el desayuno mientras disfrutaba de su serie favorita, Caso abierto.

-          Ya está, hermana. Todo en orden. Hasta dentro de quince o veinte años, cuando toque la próxima limpieza.

Mientras Pedro Pablo dejaba en el jardín el saco con los trastos viejos, se alegraba de no haber querido husmear en las otras dos persianas que estaban en el rincón de la izquierda.

 

 


 

A LA DISTANCIA DE UN SUSPIRO                                           ANTONIO LLOP

 

Me conformo con la rendija

Que muestra tu cuerpo tras la persiana.

Con un retazo de perfume

De la flor de tus deseos. 

Con sentir apenas el rescoldo

De la hoguera de tus afanes.

Me conformo con la leve salpicadura

De la tempestad de tus ideas.

 

Me conformo con que enjuagues

La más pequeña de mis lágrimas

Con que el clamor de mis dudas

roce desmayado tus oídos.

Y que los arañazos de mis fracasos

Solo huelan el bálsamo de tu saliva.

Me conformo con que estés ahí

A la distancia de mi suspiro.