EL HILO ANTONIO
LLOP
El
titiritero iba casi todas las mañanas al parque del Retiro con su mochila llena
de títeres a entretener a los niños y ganarse unas monedas. Les contaba
historias que él mismo escribía.
Al
terminar esa jornada, de camino a casa y sentado en uno de los vagones del
metro, el hombre notó una presión en el dedo corazón de su mano derecha. En
principio solo vio que el color rosa de su piel era un poco más oscuro que el
de los otros dedos. Al rato la leve presión se convirtió en una molestia. Esta
vez se fijó con mayor atención en el dedo y se dio cuenta de que tenía un hilo
enrollado. Parecía uno de los que sostienen a las marionetas. No se había dado
cuenta antes porque son casi trasparentes para que los niños se hagan la
ilusión de que los muñecos se mueven solos. Abrió la mochila y comprobó que el
muñeco de la niña de trenzas rubias y el del niño de rostro amable tenían todos
sus hilos. Sin embargo, en el aspa de madera del que colgaba el muñeco de cara
torva faltaba uno. Este títere, que se oponía al amor de los dos protagonistas
según el guion del propio titiritero, siempre terminaba golpeado por los demás.
El filamento probablemente habría saltado en el momento de la paliza final. Me
he olvidado de ti, pensó el hombre con una sonrisa.
Las
molestias en su dedo se incrementaban. Se fijó, alarmado, en el aumento de su
grosor y su color casi marrón.
En
su desesperación el titiritero comenzó a gritar: ¡El hilo!, ¡el hilo! ¡Quítenme
el hilo! Los vecinos de asiento del vagón miraban sorprendidos cómo el hombre
con su otra mano intentaba pellizcarse un dedo brutalmente inflamado cuyo color
ya viraba al morado. Pero la misma inflamación escondía la hebra que nadie
veía.
El titiritero, antes de desmayarse, aún pudo ver cómo el
muñeco de cara torva sonreía dentro de la mochila.
OLVIDAR EL OLVIDO MANUEL
GIL
“Solo me he olvidado de ti.” Lo
digo cada mañana mientras me afeito, mirándome al espejo con la solemnidad de
quien recita un juramento y la satisfacción de quien acaba de encontrar las
gafas... que llevaba puestas.
—Solo me he olvidado de ti.
Y sonrío. No está mal para un
hombre de mi edad. Hay quien pierde las llaves, hay quien pierde el pelo y hay
quien pierde la paciencia en la cola del supermercado. Yo, de momento, solo te
he perdido a ti. Lo curioso es que cuanto más te olvido, más recuerdo lo demás.
Recuerdo, por ejemplo, el olor del pan que salía de la tahona del pueblo por
las mañanas. Recuerdo la bicicleta de mi padre con la que aprendí que las
rodillas tienen vocación de cicatriz. Recuerdo el día en que conocí a Lucía,
que apareció con un vestido verde y una risa tan luminosa que las golondrinas
se equivocaron de estación.
Ella decía que el amor era como
plantar un árbol: al principio se riega con ilusión y, después, con paciencia. Yo respondía que también había que abonarlo con
sentido del humor, porque ningún matrimonio sobrevive a unas lentejas saladas o
a unas tostadas quemadas si no sabe reírse de ellas. Nos reímos mucho. Tanto que algunas carcajadas aún deben
de seguir flotando por el techo de aquella casa donde vivimos tantos años.
Estoy convencido de que los nuevos dueños creen que la madera cruje. No. Son
nuestras risas estirándose después de una larga siesta.
Recuerdo el nacimiento de
nuestra hija. Llegó con una
fuerte ligereza, parecía venir de un lugar donde el tiempo caminaba descalzo.
Recuerdo el mar. Siempre el mismo y siempre distinto. Lucía decía que las olas eran las cartas que escribía la luna
cuando no encontraba papel. Yo nunca entendí esas cosas, pero asentía porque
las metáforas le quedaban tan bien como el sombrero de paja. Ahora las entiendo
un poco más. Porque la memoria también tiene mareas. Hay días en que sube y me deja peces
brillando sobre la arena. Otros retrocede y parece que todo ha desaparecido.
Pero basta esperar un poco para que vuelva con otro regalo. Ayer me devolvió el
crujir del cuchillo hiriendo a una roja sandía y su maravilloso sabor a verano.
Hoy, el nombre del perro que tuvimos de recién casados: Platón, idea mía, ¿cómo no? Nunca fue un
perro especialmente filósofo. Una vez intentó morder el reflejo de la luna en
un charco y acabó ladrando a una rana durante media hora. Supongo que todos
tenemos derecho a una crisis existencial.
También recuerdo el día en que enterramos a Lucía. Llovía despacio, como si el cielo hubiese decidido
hablar en voz baja. Pensé que el mundo terminaba allí. Sin embargo, la vida
siguió entrando por las ventanas cada mañana, terca como una enredadera. Y yo seguí viviendo. Con
ella. Porque hay personas que, cuando se marchan, se convierten en una
habitación secreta dentro del pecho. Nunca vuelves a verlas, pero siempre
puedes entrar a saludarlas. Por eso me hace gracia cuando vienes a buscarme. Al
principio eras discreta. Escondías nombres detrás de las puertas o cambiabas de
sitio las fechas como un niño travieso. Después empezaste a llevarte recuerdos enteros. Eras una
ladrona elegante; nunca hacías ruido. Pero algo debió de salirte mal. Quizá te
entretuviste contemplando las fotografías. Quizá te enamoraste de mis recuerdos
y olvidaste cumplir tu trabajo. Porque aquí siguen todos. El olor del pan. Mi madre tarareando “volver con la frente marchita”.
Lucía trajinando descalza en la cocina. Mi hija aprendiendo a pronunciar
"papá". Sí, aquí siguen.
Todos menos tú.
Esta mañana ha venido el médico. Ha hablado con mi hija en voz baja, creyendo
que las palabras susurradas son más livianas. Los médicos hacen eso a menudo. Ignoran que los silencios
suenan más que muchas palabras. Mi hija lloraba. Yo le he preguntado por qué.
—Porque hoy te acuerdas de todo, papá.
He mirado alrededor,
sorprendido. Allí estaban. No eran fantasmas. Eran recuerdos. En mi memoria
siempre han tenido más cuerpo que muchas personas vivas. Entonces he visto a
alguien marcharse. No tenía rostro. Era una sombra hecha de niebla, una polilla
empeñada en comerse el tejido de los días. Caminaba despacio, como quien
abandona una casa después de descubrir que ya no queda nada que robar. Solo entonces he
entendido a quién llevaba tantos
años hablándole frente al espejo. —Solo me he
olvidado de ti. La sombra se volvió apenas un instante. No respondió. No hacía falta.
Sobre la mesa, el informe médico decía una palabra que
durante años había pesado más que cualquier otra. Alzhéimer. Sonreí. Qué extraño destino el suyo. Había entrado en mi cabeza
creyéndose un incendio y
acabó convertido en humo. Quiso borrar los nombres de quienes amé y terminó borrándose a sí mismo. Como un ladrón que,
después de vaciar una
casa, olvida el camino de salida y se pierde dentro de ella. Mi hija seguía
llorando.
—¿Qué ocurre? —le pregunté. Me acarició la cara. —Nada... Es que has vuelto. Negué despacio.
—No, hija. Nunca me fui. Solo había una visita
demasiado pesada ocupando el sitio de mis recuerdos.
Miré por la ventana. Un almendro comenzaba a florecer.
Era imposible: estábamos en pleno otoño. Pero los árboles, igual que la
memoria, nunca han obedecido del todo al calendario. Y comprendí que el amor
tiene un extraño oficio: esconder lo imprescindible en un lugar donde ninguna
enfermedad consiga encontrarlo. Por eso ella pudo llevarse fechas, nombres,
llaves, tardes enteras y hasta algún cumpleaños. Pero no pudo tocar lo único
que de verdad sostenía mi vida.
Cuando cerré los ojos por última vez, Lucía me esperaba al otro lado de la cocina, con su
vestido verde y aquella risa donde siempre cabía el verano.
—Has tardado mucho —me dijo. —Tenía que olvidar una cosa antes de venir. —¿Cuál?
Sonreí. —A quien quiso que te olvidara. Y, por primera vez,
el olvido fue el que se quedó solo.
MEMORIA SELECTIVA JUAN
SANTOS
A pesar de mis
años, tengo una memoria prodigiosa. Multitud de escenas de mi infancia y
juventud las llevo en la memoria como un tesoro que no quiero perder. Me vas a
perdonar, pero creo que me confundes con otro. Por más detalles que me das, no
te reconozco: no sé cómo te llamas ni quién eres.
Recuerdo
perfectamente a todas las chicas que dices que eran tus amigas. Basta con
ponerme la mano en la frente para escuchar sus risas y sus canciones. Parece
que las estoy viendo jugar a la comba en las cuatro esquinas del barrio.
Incluso las visualizo con el vestido blanco el día de su primera comunión,
todas tan guapas como novias prematuras. Es posible que tú estuvieras entre
ellas, pero te juro que a ti no te veo por ningún sitio. Algo muy gordo debiste
hacerme para borrarte por completo de mis pensamientos.
Si te sirve de
consuelo, te diré que tengo otro lapsus de memoria y es que tampoco recuerdo a
la mujer con la que se casó mi mejor amigo, el que falleció la semana pasada.
Pero con toda sinceridad te manifiesto que es algo que no me preocupa. Tampoco
tengo curiosidad por saber quién era.