FUEGO EN EL CUERPO MANUEL
GIL
Cuando Darío
conoció a Laura, ya estaba enamorado de otra mujer. Y de otra, y si somos
sinceros, de una cuarta con la que solo intercambiaba mensajes los martes.
Siempre había defendido
que el corazón humano era una casa con muchas habitaciones. Lo que nunca
explicó era que él las alquilaba todas al mismo tiempo.
Laura lo
supo desde el principio.
—Eres un
caradura.
—Soy una
persona con mucha capacidad de querer.
—No. Eres un
tío que organiza bien la agenda, pero un caradura.
Lo
extraordinario empezó un mes después.
Darío, tras sus
citas, despertaba empapado en sudor. Tenía
la piel tan caliente que el móvil rechazaba reconocer su huella. En el trabajo
dejó de usar el portátil
sobre las piernas porque el plástico
empezaba a deformarse. El médico habló de ansiedad. No conforme consultó a un
naturista que concluyó que padecía un exceso de energía. Su madre aportó su
visión del tema y sin duda tenía que ver con el excesivo consumo de guisos
precocinados y otras guarrerías varias de su dieta habitual.
Solo Laura
dio con el diagnóstico.
—Tienes fuego
en el cuerpo.
Darío se echó a
reír. Hasta que una noche prendió fuego al sofá. No entero.
Solo el cojín
donde llevaba media hora sentado.
A partir de
ahí,
la cosa fue empeorando.
Quemó
dos colchones, una chaqueta de lana y el asiento del coche.
Laura seguía viéndolo,
aunque cada vez con menos romanticismo y cerca de donde hubiera extintores.
—Esto no
puede acabar bien.
—Las
historias de amor nunca acaban bien.
—Darío, la última vez
chamuscaste las cortinas del hotel.
Él prometía cambiar.
Lo prometía
también a Beatriz, y a Nuria y a Elena.
La agenda
seguía
llena. La temperatura también.
En su
desesperación recibió los consejos de un compañero de trabajo. De todos era
conocida la condición de “cuñao” del tipo, pero Darío le escuchó, no tenía nada
que perder. Por indicación de este personaje, aterrizó en la consulta de una
mujer, sanadora según ella, del cuerpo y del alma y cuya especialidad eran las
enfermedades raras.
—No estás enfermo.
—Pues algo me
está abrasando
por dentro.
—Claro.
—¿El qué?
—Las mentiras
ocupan espacio. Y las tuyas ya no caben.
Darío soltó
una carcajada.
—¿Pretende
decir que me estoy incendiando por ser infiel?
—No. Por ser
perezoso.
—¿Cómo?
—Si al menos
mintieras con imaginación... Pero llevas años reciclando las mismas excusas. Tu
cuerpo ha empezado a quemar el exceso de cuentos, puede sonar raro, pero la
capacidad para almacenar mentiras reiterativas tiene un limite.
Aquello le
pareció la mayor estupidez que había
oído jamás. Así
que salió de allí
y siguió exactamente igual.
Dos semanas
después ocurrió el desastre.
Había
citado a Laura y a tres mujeres mujeres en el mismo restaurante con apenas
media hora de diferencia. Pensó que era una obra maestra de la logística,
un reto consigo mismo, un juego excitante.
No lo era. Las cuatro coincidieron. Darío empezó a sudar. Luego a
echar humo.
—Puedo
explicarlo... —balbuceó.
Pero nadie
escuchó la explicación porque, en ese instante, Darío ardió.
No fue
espectacular, se consumió lentamente, como una hoja de
papel.
En menos de
un minuto solo quedó un pequeño
montón de ceniza... y su teléfono móvil.
Las cuatro
mujeres lo observaron en silencio.
Hasta que el
aparato vibró.
En la
pantalla apareció un mensaje.
«Cariño, ¿sigues
en la reunión?»
Laura
sonrió, recogió el móvil y respondió con una única
palabra.
«No.»
Dicen que,
desde entonces, hay hombres que sienten un calor extraño cuando empiezan a acumular mentiras y a llevar demasiadas
vidas a la vez.
Los médicos
siguen sin encontrar una explicación.
Las tiendas
de moda masculina, en cambio, venden cada año más americanas ignífugas.
FUEGO QUE
YA NO QUEMA JUAN
SANTOS
“Ardor guerrero vibre en nuestras voces…” Así empieza el
himno de Infantería, que yo cantaba en la mili con el ímpetu de un dragón
amenazante. Y es que nací con el fuego en el cuerpo. Siempre he necesitado muy
poco para avivar mi llama interior, y allí no iba a ser menos.
Recuerdo mi primer enamoramiento como una llamarada
limpia, casi dolorosa, que iluminaba cada rincón de mi vida. Su voz bastaba
para encenderme.
A mis dieciocho años, en los últimos tiempos de la
dictadura, agobiado por la represión franquista, discutía como quien lucha por
sobrevivir. La libertad era una batalla urgente.
Defendía cada argumento con la sangre hirviendo y los
puños apretados bajo la mesa.
En muchas ocasiones, mi combustión subía como si me
echaran gasolina cuando me sentía despreciado, ridiculizado en público o cuando
mi jefe abusaba de su poder.
La pólvora estallaba en mi interior cuando insultaban a
mi familia. Solo se apagaba con un puñetazo en las narices, para que no
volviera a repetirse.
La traición y la mentira en personas de mi confianza me
producían sofocos: un rescoldo que duraba largo tiempo en mi corazón, como la
leña de encina.
Hoy la injusticia sigue ahí, claro. Pero ya no me golpea
igual. La veo, la reconozco, incluso la condeno en silencio, pero rara vez me
enciendo. Es como si una capa invisible amortiguara el impacto.
Hoy me busco por dentro y apenas encuentro un rescoldo
tibio y persistente de aquel incendio lejano que fui. A veces soplo con
cuidado, como quien intenta reavivar una hoguera antigua, pero apenas consigo
una chispa breve, insuficiente.
Lo que no he perdido ni nunca perderé es el calor y la
pasión por mi familia y mis amigos: esa llama no hay vendaval que la apague.
Ahora bien, encenderme y salirme de mis casillas solo me
ocurre, en momentos puntuales, con los goles de la Selección Española y, por
supuesto, con los del Atleti.