DEMASIADO
TARDE JUAN
SANTOS
La desolada tarde de octubre en
que Irene fue obligada a dejar el pueblo, el árbol del parque donde nos
juntábamos perdía sus hojas; sus ramas medio desnudas aumentaron mi desanimo.
Apoyado en el tronco, con la mirada
clavada en la senda por donde solía llegar, se paró el tiempo. Impasible vi
cruzar a todas las muchachas del barrio. Todas pasaban de largo porque ninguna
era ella. Ninguna traía una sonrisa para mí.
Maldije el tren que en aquellos momentos se la llevaba. La imaginé subida en su vagón, con lágrimas
en los ojos, mirando por la ventanilla.
Ya se habían encendido las
farolas, cuando el viento del otoño me hizo volver en sí. Le di un beso al
árbol y abandoné el parque por el callejón; el pueblo estaba desierto, su casa
vacía, su ventana sin luz…
Las mañanas en el instituto se
hacían tediosas, solo deseaba que llegara la tarde para acudir a la cita. Su
presencia en el árbol era cada vez más real, nos contábamos cosas, se nos
pasaba la tarde entre recuerdos y promesas.
Cuando recibí su primera carta,
mis manos temblaban y mis dedos torpes no atinaban a abrirla. Al leer: Reus, 10
de octubre de 1976… la hice un gurruño y, sin leerla, la rajé. Por la tarde, en
el árbol, le pedí perdón.
―No te enfades, pero no quiero
saber nada de Reus, ni de tu nueva vida.
A la semana siguiente, una
nueva carta de Irene hurgó en mi herida. Sin tocarla, rogué a mi madre que la
rompiera inmediatamente.
Aún no me había dormido cuando
pasó a mi habitación.
―Toma y no seas así. Léela y
contéstale.
Me decía que se acordaba mucho
de mí, preguntándome si la echaba yo también de menos. Le conté que seguía
yendo al parque; que a nuestro árbol le había salido una boca y que, al
besarla, el tronco se convertía en una columna de luz que me absorbía hacia ella.
Irene no volvió a escribirme
más.
Pasados unos años, mi madre me
aconsejó que dejara de ir al parque, pues según le comentó un familiar, Irene
se había casado con un catalán. El jarro de agua fría no me impidió seguir
yendo a mi cita imaginaria, sin perder la esperanza de verla un día aparecer
por el callejón.
Muchas fueron las tardes de
invierno que rodeé el árbol con mi bufanda. Muchas las tardes de verano que
arrimé a sus labios un helado de fresa.
Veinte largos años tuvieron que
pasar para que el sombrío callejón me devolviera a mi querida Irene. No me lo
podía creer. Me quedé pasmado.
―Juan, mírame, soy yo, Irene,
he vuelto en carne y hueso para estar contigo.
Tenía los ojos más tristes, los
pechos más grandes y las manos más frías.
―Irene, ¿Eres tú? ¿Cómo has
venido? Mira nuestro árbol, como te dije en la carta, tiene una boca y unos
labios como los tuyos.
―Vamos a sentarnos, tenemos que
hablar ―me dijo.
Cogidos de la mano, nos
sentamos en el banco de piedra como dos adolescentes reconciliados. Creía que
estaba soñando.
― ¿No te habías casado? ―le
pregunté.
―Sí, me equivoqué, nunca lo
quise y acabé por dejarlo. No tengo hijos. Soy libre. Si todavía me quieres
podemos recuperar el tiempo perdido, solo deseo estar contigo lo que nos quede
de vida. Perdóname por no haber venido antes.
Creí ciegamente en su palabra
y, en menos de una semana, nos casamos.
Todas las tardes, a la misma
hora, me ponía a leer un libro con el único propósito de no acordarme del
árbol, pero pasaba las páginas con el pensamiento perdido en el parque y acabé
por volver.
Fue la primera desilusión de
Irene.
Ayer, cuando fui al parque, me
llevé la desagradable sorpresa de ver la boca del árbol ensangrentada con
varios cortes de navaja en los labios. Indignado, volví a casa y me encontré a
Irene con las mismas heridas en la suya.
― ¿Qué significa esto? ¿Qué le
has hecho al árbol? ¿Qué te has hecho tú?
Me miró a los ojos como la que
mira a un loco.
― ¿Cuándo te vas a dar cuenta
que aquella no es mi boca? ¿Por qué sigues yendo al parque? ¡Irene soy yo y
estoy a tu lado.! Bésame la boca a mí.
Rompió a llorar y yo, sin saber
qué responderle, me encerré en la habitación.
Esta tarde he vuelto al parque
y, por primera vez, he visto que la boca del árbol es un nudo asqueroso. He
mirado, con tristeza, el callejón por donde jamás volverá Irene. He visto
cruzar aquellas muchachas con sus hijos; a todas menos a ella; ninguna traía
una sonrisa para mí. Esta tarde he
vuelto a maldecir el tren que se la llevó para siempre.
EL CALLEJÓN MARÍA
ISABEL RUANO
En el callejón de la esquina
me espera mi amante
me espera mi amor.
Haga frío o lluvia
o caliente mucho el sol.
Por el callejón de la esquina
me asomo yo.
Para ver su impaciencia,
su deseo, su sonrisa o desazón.
En el callejón de la esquina
nos encontramos él y yo.
Haga frío, nieve, lluvia
o demasiado calor.
Por el callejón de la esquina
nos perdemos él y yo.
Por el día o por la noche,
en verano o en invierno
dando rienda suelta al amor.
EL CALLEJON DE LOS GATOS MANUEL GIL
En el tercer piso de un
edificio antiguo, en un barrio popular, vivía Lucía.
Era joven y guapa, mucho, pero
de una manera que parecía accidental. Llevaba el cabello oscuro casi siempre
recogido de cualquier manera, trabajaba muchas horas y regresaba a casa con el
cansancio de quien vive deprisa.
Vivía con Rob, un gato
negro que había encontrado una madrugada dentro de una caja de cartón. Apenas tenía unos días de vida y los ojos
todavía cerrados. Ella lo había sacado adelante a base de cariño y biberón.
Durante semanas se despertó
cada tres horas para alimentarlo. Le hablaba mientras calentaba la leche y,
cuando el animal terminaba de comer, lo envolvía en una toalla y lo apoyaba
contra su pecho.
—Tú y yo, Rob —le decía—. Tú y yo juntos
nos comeremos el mundo.
Y quizá por eso el gato había
crecido creyendo que Lucía era algo parecido a una madre.
En la buhardilla del mismo
edificio vivía Mateo.
Tenía veintiocho años, una
barba que olvidaba recortar, cuatro camisas, tres pantalones vaqueros y una
novela que llevaba cuatro años escribiendo. Para sobrevivir colaboraba en una
revista femenina donde redactaba consejos sobre protocolo, elegancia y saber
estar.
Escribía cosas como: «El largo adecuado para un vestido de cóctel es…» o
«No es apropiado
apoyar los codos sobre la mesa».
Después, por las noches, escribía sobre hombres que
hablaban con fantasmas, ciudades que cambiaban de sitio y mujeres que
desaparecían dentro de los espejos.
Mateo estaba enamorado de
Lucía. Pero no exactamente de la Lucía real. Estaba enamorado de la que había
inventado desde la ventana de su buhardilla.
La había visto regar una
planta, sacar la basura, esperar el autobús y, una vez, bailar sola mientras
limpiaba los cristales.
Con aquellos pequeños
fragmentos había construido a la mujer de sus sueños.
Nunca habían cruzado una
palabra.
Un lunes, Lucía tuvo que viajar
por trabajo. Antes de marcharse dejó a Rob al cuidado de doña Elvira, la
anciana del segundo, una mujer pequeña y enérgica que alimentaba a los gatos del barrio y sabía
quién tenía un problema sentimental antes de que los propios interesados les
percataran.
—No te preocupes —le dijo—. Este gato va a estar como un rey.
Cuando Lucía regresó, cuatro días después, encontró a doña Elvira sentada en las escaleras.
No hizo falta que dijera nada. Rob había desaparecido.
La búsqueda comenzó
aquella misma tarde. Recorrieron el mercado, los patios, los solares y los
portales. Preguntaron al frutero, al quiosquero, al hombre que arreglaba
bicicletas y a los niños de la plaza.
—Es negro —explicaba
Lucía—. Tiene una pequeña mancha blanca debajo de la
barbilla.
—Hay muchos negros por aquí —decía alguien.
Aquella frase empezó a perseguirla.
Muchos negros, pero solo había un Rob.
Al tercer día, doña Elvira llamó a la puerta de Mateo.
—Tú escribiste un cuento sobre el callejón de los
gatos, ¿verdad?
—Sí.
—Pues ha llegado el momento de que dejes de escribir
sobre historias y empieces a vivir alguna. Ayúdame a encontrar a Rob, es el gato de
Lucía, ¿Lo oyes? de Lucía, —Lo miró
intensamente mientras pronunciaba el nombre — es pequeño
y negro como un tizón.
En cuanto la anciana dejó de
hablar Mateo bajó inmediatamente a la calle.
El callejón de los gatos era un
pasadizo estrecho y olvidado, escondido entre dos edificios. Según una vieja
superstición del barrio, allí iban a parar los gatos cuando querían desaparecer de la ciudad.
Había muchos.
Algunos dormían sobre las
tuberías, otros caminaban por los tejados bajos y uno enorme parecía vigilar la
entrada como un portero.
Mateo avanzó entre
ellos y entonces lo vio. Un cachorro negro, pequeño y tembloroso.
Lo tomó en brazos. Tenía que ser Rob.
Por un instante sintió que la
ciudad acababa de concederle una oportunidad. Regresó al edificio casi corriendo.
Lucía abrió la puerta.
Mateo levantó al cachorro.
—Lo encontré.
Ella lo miró. Después miró al animal.
Finalmente volvió a mirarlo a él.
—No es Rob.
Mateo sintió algo parecido a
que la novela de su vida recibiera una crítica demoledora.
—Ya.
—Rob tiene una mancha blanca aquí —dijo, señalándose
la barbilla—. Y las orejas más grandes. Y una cicatriz pequeña
en una pata.
Mateo bajó los ojos.
—Pensé que…
—¿Que todos los gatos negros
eran iguales?
Él asintió.
Lucía no sonrió. Estaba
demasiado triste. Mateo abrazó al cachorro. Y por primera vez la miró sin imaginarla.
La vio cansada, asustada, sola.
—Vamos a encontrarlo —dijo.
Pero no hizo falta.
En ese instante apareció doña
Elvira por las escaleras, sofocada y sonriente.
—¡Lo he encontrado!
Rob había aparecido junto
a la puerta del edificio, sucio, hambriento y con un pequeño corte en la oreja
derecha.
Lucía lo tomó entre sus brazos
y lloró contra su pelo. Rob comenzó a ronronear.
El cachorro negro se acercó y
olfateó a su congénere. Mateo sonrió.
—Bueno. Supongo que ahora tengo un gato.
Lucía lo miró.
—¿Te lo vas a quedar?
Mateo acarició al animal.
—Creo que él también me ha encontrado a mí.
Lucía sonrió por primera vez.
—Entonces tendrás que ponerle nombre.
Mateo pensó unos segundos.
—Protocolo.
Ella soltó una carcajada.
Y aquella risa fue, para Mateo,
mucho más importante que cualquier final de novela.
Desde entonces comenzaron a
hablar.
Primero de gatos.
Después de libros.
Después de cualquier cosa.
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