23/10/2026

SI EL TIEMPO PUDIERA PERDONAR 1

 

TIEMPO INCLEMENTE                                                           JUAN SANTOS 

De pequeño, por la mínima acción que pudiera molestar a los demás, me enseñaron a pedir perdón. De la misma manera, siguiendo la doctrina del Padrenuestro, también debía perdonar a mi prójimo las ofensas que a mí me hicieran. Confieso que hubo un tiempo que lo hice con tal de ganarme el Cielo.

Está bien eso de perdonar, pero el tiempo no perdona. Tal vez los humanos, nos rijamos por la ley del tiempo y por eso nos cuesta tanto trabajo pedir perdón.

A mí, desde que nací hasta hoy, el tiempo no ha dejado de importunarme, sin pedirme jamás perdón.

A penas tenía unos meses cuando hizo que me salieran los primeros dientes. Lo pasé fatal y, siendo un bebé indefenso, no se dignó a pedirme disculpas. Tampoco lo hizo al cumplir lo seis años cuando, poco a poco, fue dejándome mellote y me tuve que consolar con los regalitos que me dejaban debajo de la almohada.

Por su culpa me hice mayor y empecé a tener obligaciones, primero las del colegio y luego las del trabajo.

Durante una larga época, el propio tiempo se olvidó de mí y yo de él. Celebraba los cumpleaños con alegría. Me sentía bien. Me dejaba llevar por los vicios y los excesos, desafiando el tiempo con chulería. Yo no lo notaba, pero ahí estaba, tomando nota de mi vida. Pronto empezaría pasarme la factura, haciéndome recordar su rencor y su inclemencia.

Noté su paso el mismo día que vi mis inoportunas arrugas en el espejo, fue cuando observé que mis hijos se habían hecho mayores y que me costaba más trabajo subir las escaleras.

Ahora que ya tengo nietos, siento más sus efectos: he perdido vista, oído y masa muscular y, lo peor de todo: me falla la memoria. Es muy difícil, por no decir imposible luchar contra él. No me queda otro remedio que ir al gimnasio y atiborrarme de pastillas para rejuvenecerme.

Reconozco que el paso del tiempo es bueno y necesario para que se cumpla el ciclo de la vida, pero debería perdonarnos el envejecimiento y el deterioro físico y mental, llegando al final de nuestra existencia, con buen aspecto y sin dolores.

Si el tiempo pudiera perdonar, tal vez dejara de castigarnos con DANAS y otras catástrofes que causan tragedias y desolación en personas y paisajes. Pero me temo que lo que hace es pasarnos factura de las agresiones que le hacemos a la Naturaleza y, por eso, después de actuar, tampoco nos pide perdón ni él, ni el mismo Dios que lo permite.

 


 

SI EL TIEMPO PUDIERA PERDONARNOS                                MANUEL GIL

Claudia Isella entornó los ojos, esos ojos verdes y rasgados que habían llenado las pantallas. Ahora habían perdido brillo, pero no belleza, la belleza de lo caduco, la de una ruina que aún deja entrever su viejo esplendor. Un rictus de triunfo se dibujó en su rostro ajado. Acercó a los labios la copa de su cóctel secreto que todos habían celebrado tanto. Ella sería la última.

Afuera, octubre sacudía las ramas de los árboles del jardín. Dentro, el reloj de la chimenea daba las diez, aunque Claudia llevaba años convencida de que aquel reloj se había detenido en 1965, el año en que La mujer de cristal la convirtió en un mito. Entonces tenía veintisiete años, una cintura de otro mundo que hacía olvidar a los hombres el motivo por el que habían entrado en el cine. La cámara la adoraba. Los críticos hablaban de su mirada como de un fenómeno extraordinario, y en las revistas aparecía siempre junto a una frase que pretendía definirla. La belleza que no conoce la derrota.

Claudia había terminado por creerlo.

En su actual residencia, un palacete rodeado de jardines donde las antiguas estrellas aprendían a envejecer sin testigos, conservaba entre vestidos de seda y perfumes caros, una colección de fotografías en las que la juventud parecía un territorio al que todavía podía regresar. Los hombres celebraban sus ocurrencias y escuchaban sus historias repetidas como si fueran revelaciones. Con todos, pero especialmente con las mujeres, ejercía una cierta tiranía envuelta en sonrisas. A los ochenta años seguía necesitando que alguien la mirase cuando entraba en una habitación.

Entonces llegó Julián Valcárcel.

Bastó verlo cruzar el vestíbulo, apoyado en un bastón, para que el pasado abriera sus puertas sin llamar. Julián había sido un galán, el más popular de su época. Claudia se había casado con él cuando ambos eran jóvenes y el mundo parecía dispuesto a concederles todo. Lo amó, sí, pero amó todavía más el vértigo de ser deseada. Los hombres la esperaban a la salida de los estudios, le enviaban flores, le juraban amores eternos. Ella confundió aquella adoración con la libertad.

Julián no confundió nada. Una noche cerró la puerta del dormitorio sin levantar la voz. La separación fue discreta. La herida, interminable.

Ahora él apenas la saludaba.

Claudia se arregló con más esmero, estrenó un vestido color champán y se sentó junto a él durante el desayuno. Le habló de París, de los rodajes, de una noche en Venecia en la que habían bailado hasta el amanecer. Julián contempló sus manos, deformadas por los años, y respondió que no recordaba aquella noche. Quizá era verdad. Quizá el olvido constituía su última forma de crueldad.

Una tarde, lo encontró dormido en el jardín, La luz se deslizaba por su rostro. Bajo la piel fatigada reconoció al muchacho que al terminar aquel rodaje se plantó delante de ella, con un anillo y la certeza de que el amor bastaba. Sintió una ternura tan intensa que tuvo que apartarse. Después, al pasar frente a un espejo, descubrió en su propia cara algo que ni el maquillaje ni el cirujano habían logrado borrar, el tiempo había trabajado en ella difuminando lo que fue nítido. Sintió furia sin saber contra qué, miedo al rechazo, incomprensión a no sentirse deseada.

“Si el tiempo pudiera perdonarnos”, pensó.

Cumpliría ochenta y un años en noviembre. Pidió autorización para celebrar la fiesta en su antigua casa, una villa modernista que había abandonado al ingresar en la residencia. Quería reunir a supervivientes de estrenos, escándalos y matrimonios rotos. Insistió en que Julián asistiera, le costó que aceptara, pero nada tendría sentido sin su presencia. Dos cuidadoras acompañarían al grupo para ayudar a los residentes durante la velada.

En la fiesta, los invitados bebieron, rieron y evocaron un mundo desaparecido. Claudia lucía un vestido negro de terciopelo, pendientes de esmeraldas y el perfume que había llevado en su primera película. Durante unas horas volvió a ser el centro de todas las miradas. Incluso Julián la observó cuando ella se levantó para brindar.

—Por lo que fuimos —dijo—. Y por todo aquello que el tiempo no ha conseguido llevarse.

Las copas chocaron. Afuera, el viento agitó los árboles y la música que sonaba parecía llegar desde otra época.

Poco después, las conversaciones comenzaron a apagarse. Alguien dejó caer una servilleta. Una mujer apoyó la frente sobre la mesa, como si estuviera vencida por alguna emoción. Julián intentó incorporarse, pero su mano buscó en vano el bastón. Las cuidadoras acudieron presurosas, aunque sus pasos parecían demasiado lentos para la extraña quietud que se extendía por el salón.

Claudia permaneció de pie.

Contempló los rostros inmóviles, las bocas entreabiertas, los ojos que ya no podían apartarse de ella. Por primera vez en muchos años, nadie la interrumpía, nadie miraba a otra parte. Julián la miraba con una expresión serena, casi juvenil.

—Ahora sí me estás mirando —susurró.

Claudia alzó su copa. El reloj de la chimenea comenzó a dar las horas.

Cuando terminó la última campanada, se sentó junto a Julián y tomó entre las suyas su mano fría.

Sobre la mesa quedaban las botellas vacías, las flores marchitas y una bandeja de copas con un poso amargo en el fondo.

Claudia cerró los ojos.

“Si el tiempo pudiera perdonarnos”.

Y por fin, en aquella casa donde nadie volvería a pronunciar su nombre, dejó de esperar que alguien lo hiciera.

 

EL TIEMPO TREPA POR UNA BOTELLA DE ANÍS                                 SANTIAGO J. MARTÍN

Hasta hace unos días, estaba convencida de que los fantasmas no le iban bien al siglo XXI. También es cierto que las películas y los libros han colaborado bastante para encumbrarlos a un lugar destacado que no merecían. Eso pensaba hasta ahora: que todo parecía puro artificio, como un disfraz.

Hago estas reflexiones mientras repaso los últimos pespuntes a unas viejas enaguas que luciré dentro de unos días.

Algunos pensarán que soy una mujer algo rancia, que me delata mi fondo de armario. Nada más lejos de la realidad. Resulta que estoy apañando este atuendo de raso —una de las pocas cosas que aún conservo de mi madre— para completar mi disfraz del próximo Halloween. Este año iré de niña de El exorcista. No voy de fantasma, aunque daré miedito. Pero niña, al fin y al cabo. 

Desde que murió Andrés, mi marido –que ese sí que estaba apolillado–, no me pierdo una fiesta que se me ponga a tiro. Algunos pensarán que esta es una celebración invasora, anglosajona, poco propia para una madrileña como yo, pero también nos vienen de aquellos lares otras historias que no están nada mal: el whisky, el rock and roll, las hamburguesas… y el cine de Billy Wilder, joder.

Coser me relaja, me deja pensar, recordar e imaginar. Mi amiga Luchi me insiste en que me apunte a un curso de escritura creativa. Me asegura que es perfecto para poner orden a tanta peripecia vivida. Pero yo no me veo. No soy nada buena expresándome por escrito. Prefiero dejar fluir mis recuerdos mientras camino, guiso o cepillo a Jonás, mi perro.

Y en las últimas semanas no se me quita de la cabeza una obsesión: el paso del tiempo. No, no, no tengo miedo a la muerte, que ya estará por aquí intentando localizarme, como si fuera un repartidor de Amazon. En cambio, estoy empezando a ver las cosas de otra manera, con una perspectiva distinta, pesada, algo agobiante.

Todo empezó con la vuelta del olor de Andrés. Murió hace más de 15 años. Estuvimos casados cerca de treinta, veintisiete, exactamente. Por un lado, parece que aquel infarto se lo llevó hace dos semanas, pero por otro, me da la impresión de estar viviendo sola toda la vida.

Nuestra felicidad no se vio truncada por su muerte, sino por la abulia, el cansancio, la monotonía de nuestra mutua presencia. No hubo nunca odio. El amor se fue consumiendo despacito, como cuando comes un helado que te gusta mucho y te da pena que se acabe. Yo creo que no nos llegamos a separar por pura vaguería.

Tiré todas sus ropas, regalé sus libros, cambié mi cama y redecoré la casa. Era necesario, también me lo recomendó Luchi. Pero desde hace unas semanas noto el olorcillo de la piel de Andrés cerca de mí, junto a la mía. Creo que todo se puede deber a un nuevo compañero de pilates. Lleva el mismo desodorante que usaba Andrés, y encima se pone a mi lado.  

Lo de la idea obstinada del paso del tiempo tomó más fuerza cuando vi salir a una mujer extraña de casa de mi vecina Alejandra. Pensé que sería una amiga suya o una chica que le venía a hacer la limpieza.

Qué va. Un día me crucé con la supuesta desconocida y oí cómo pronunciaba mi nombre, me saludaba y me preguntaba por Jonás.

—¡Coño! —pensé—, pero si es la voz de Alejandra.

Sí. Era ella, mi vecina. Vestía sus ropas, llevaba en la mano su paraguas, vivía en su casa. ¿Qué es lo que había pasado con su cara?

—Me he hecho algún retoquito. ¿Te gusta? Si te interesa te paso la dirección del cirujano. Además, no es demasiado caro.

Hostias. Me quedé… Y luego, claro está, tuve que mentir, mentir con intensidad. Todo lo que pude.

—Estás divina. Vamos, que no pareces tú.

Creo que este último comentario no le gustó demasiado.

Al llegar a casa fui corriendo al espejo del cuarto de baño. Sin quitarme el abrigo, ni la bufanda, empecé a perseguir mis arrugas. Estaban todas allí y hasta es posible que hubiera alguna nueva. No me extraña, después del susto que recibí con la nueva Alejandra.

Luego le tocó el turno de la observación a Jonás. Terminé rápido. Mi pobre perro ya ha cumplido 17 años. Otro que va a tener que emprender un viaje sin maletas antes de lo que quiero.

No estaba preocupada. Todavía. Estaba agilipollada, idiotizada, buscando pruebas de envejecimiento por todos lados. Necesitaba algo ajeno, imparcial, que me confirmara los efectos del correr del tiempo.

Por ejemplo. En la churrería de mi barrio. La veo todas las tardes, paseando a mi perro anciano. Vamos a paso de escaparate, lo que me permite fijarme en cualquier detalle con esmero.

Es un puesto callejero, junto a la parada del bus. Supongo que ese será estratégicamente un buen lugar. El churrero es un hombre mayor, quizás no tanto. Apenas tiene dientes, lo que hace que su mandíbula arrastre los labios hacia dentro de la boca, como si se los quisiera tragar. Además, la frente se ha convertido en un sinfín de pliegues, seguro que provocados por el humo que emana de la freidora y que le hacen tener siempre los ojos entornados.

Es difícil observar cómo día a día este hombre va envejeciendo. Su rostro parece que ha llegado al límite. Pero no el material que tiene en los expositores. Allí descubrí hace más de un mes unos churros rellenos de chocolate y uno de crema pastelera. La mezcla de grasa y relleno provocaba un goteo de estalactitas pringosas.

El churro relleno de crema no tenía ningún éxito de ventas. Allí estaba mirándome a los ojos, cada vez que yo pasaba. Y sí que se producían cambios. Muy notables. Aquel relleno que empezó siendo beige clarito, casi blanco, se fue tornado amarillento, anaranjado, hasta terminar, con el paso de las semanas, en un verde precioso.

Ahí saqué mi vena sarcástica, que no maliciosa, y hace unos días, me dirigí al desdentado con el aparente intento de consumir.

—Quería ese churro relleno de pistacho o de menta. No sé muy bien qué es. Me ha llamado la atención.

—No, señora. No tengo churros rellenos de esos sabores. Son todos de chocolate o de crema.

—Pues ese de ahí, ese, es verde.

El hombre atrapó el churro marciano, se lo puso delante de los ojos y la frente ganó una muesca más para la colección.

—Voy a tener que cambiar de distribuidor. Compré ayer la crema y este churro lo acabo de sacar de la freidora hace media hora. Disculpe.

Ya. Hace media hora. En fin, que entiendo al churrero. Aquí tengo la prueba inequívoca de que otra vez el tiempo nos ha pasado por encima. Sobre todo a él.  

Llegué a mi casa algo desolada. No solo la crema aquella se había descompuesto, también observé algo agrio en mí. No sé: mala leche, fijo.

Pensativa, decidí hacer algo diferente esa tarde. Me enfrentaría al tiempo cara a cara. Cogí el reloj analógico que tengo al lado de la tele. Alguien me lo regaló hace mucho y ha sobrevivido todos estos años precisamente por eso, porque no es digital, ya que bonito no es. Lo puse encima de la mesa del salón. Me senté delante de él. Mi objetivo era observar el paso del tiempo así, a pelo.

Rápidamente se vino a la cabeza el complemento perfecto. Me tomaría una copa para ayudar a digerir tanto segundo sonoro. Fui al mueble y comprobé que solamente tenía una botella de un destilado. Si es que no bebo más que una cervecita de vez en cuando.

Descubrí, con sorpresa, que no me había deshecho de todas las pertenencias de Andrés. Allí se escondía una botella de Anís del Mono. Aquel era el cuello femenino que más tocaban los dedos de Andrés en sus últimos años.

Abrí la botella y respiré los efluvios anisados del licor. No me gustaba en absoluto. Además, me recordó su aliento, su conversación entorpecida por el alcohol, mis silencios. Cerré rápidamente el tapón, para no dar oportunidad a que saliera ningún genio malicioso de aquella botella.

Entre el tic tac imperturbable del relojito, reparé con asombro en que a la botella le faltaba prácticamente la mitad de su contenido. Y eso que acababa de abrirla yo misma, arrancándole el precinto.

Miré en internet si un licor como este podía llegar a evaporarse. Por lo visto era complicado que la evaporación fuera excesiva si estaba bien cerrado y lejos de la luz.

Tuve una idea. Cogí un rotulador y marqué hasta donde llegaba el nivel del líquido. A partir de entonces, lo revisaría de vez en cuando. Vería si era una cuestión del paso del tiempo o algo peor. Para no contaminar el experimento, solicité al profesor de pilates que no me pusiera más junto al alumno nuevo.

Voy a dejar la enagua, ya terminada. Sí, hoy me toca echar un vistazo a la botella. A ver.   

8 comentarios:

  1. El relato de Juan tiene un tono realista y filosófico. En pocas líneas es capaz de resumir el paso del tiempo y su escasa benevolencia para con el ser humano, máxime cuando al agredir a la naturaleza elle se vuelve contra nosotros. Cargado de sabiduría nos hace reflexionar y tal vez, entristecernos.

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  2. Manuel comparte una bella narración anclada en la mirada del pasado en el que la protagonista, a pesar de tratar de refugiarse, no lo ha conseguido. Con unas descripciones muy cinematográficas, vemos el perfil de la protagonista muy cercano y el de Julián, a pesar del segundo plano, muy presente y necesario para el contrapunto de esta historia. Es el tiempo el que coloca a cada cual en el lugar que le corresponde acompañado de la aceptación.

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  3. Llama mucho la atención el uso del lenguaje, cargado de actualidad, de la protagonista. Ayuda a verla como una mujer moderna que no ha dejado de buscar su sitio en la sociedad en la que vive. Hace de su soledad toda una reflexión cargada de realismo y cierta socarronería que se ve, aún más palpable en los personajes con los que se relaciona, en especial el churrero y su vecina. El paralelismo con la botella de anís y su consumo nos aporta otra perspectiva sobre el tiempo y su evaporación. Se trata de una historia con mucho simbolismo que bien merece una segunda reflexión.

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  4. Si el tiempo pudiera perdonarnos. Manuel
    Me pongo en el caso de Julián, lo que tuvo que penar al ver que su mujer, cegada por el éxito de cine y de los admiradores, terminó por abandonarlo. El destino quiso que se volvieran a ver al final de sus vidas. El tiempo no perdona y se dan cuenta que han perdido la juventud y años de felicidad, que ya no pueden recuperar. Manuel, es un relato fabuloso.

    El tiempo trepa por una botella de anís. Santiago
    Me gusta cómo tratas el olor en el relato. Esta señora que lleva quince años viuda y que parece que sintió poco su marcha, el olor del perfume del compañero de pilates le hace recordarlo. También lo de que oler la botella de anís, le recuerda su aliento, es una imagen buenísima. Está muy bien conseguido y gracioso el paso del tiempo: mencionas el perro viejo, la vecina operada y el churro que parece relleno de pistacho. Puesto que el relato empieza hablado de fantasmas, quiero pensar que el anís se lo bebe el marido difunto, pero me queda la duda si el trinque a la botella de anís se lo pega a ella cuando va a echarle un vistazo. El relato es muy bueno, anticipándose a las fechas que vamos entrando.

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  5. El relato de Juan nos muestra cómo el tiempo pasa por nosotros. Así mismo lo proyecta en la Naturaleza que nos rodea. Es una reflexión filosófica y humana efectuada con buenas pautas literarias, y sin concesiones a la nostalgia.

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  6. Manuel, tu relato evoca el paso del tiempo en una persona acostumbrada a la fama, como es una actriz. Relatas cómo se aferra a su pasado glorioso, incluso a su amor de toda la vida para no dejarse llevar por el desánimo. Es un cuento conmovedor que deja un poso de tristeza en el lector. Bien trazado con recursos literarios adecuados.

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  7. El relato de Santiago se lee de una forma muy amena por la naturalidad del narrador y las cambiantes situaciones en las que se expresa el paso del tiempo en la protagonista y en las personas y cosas que le rodean. Mención aparte merece la botella de anís del Mono que le sirve de cierre, por el significado cariñoso que tiene para el lector de una determinada edad. Y el simbolismo optimista de marcar su contenido como si la mujer tuviese toda la vida por delante para observarla.

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  8. Juan tú relato es una especie de ajuste de cuentas con el tiempo, aunque él sea inmune a las quejas. Contiene una filosofía muy natural del paso por la vida. Una buena descripción de lo que nos va quitando brillantemente expuesta.
    Santiago. Tu relato es ingenioso y sugerente, has combinado humor negro, misterio y melancolía para reflexionar sobre el envejecimiento, la memoria y la fugacidad vital. me gusta la manera de narrar, coloquial, irónica y cercana, con imágenes originales y ritmo ágil.Hay descripciones brillantes. El desenlace abierto mantiene la intriga. He disfrutado con su lectura.

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