DULCES
DE MIEL JUANA
DOMÍNGUEZ
Me
había contratado un empresario arriesgado. No se conformaba con cualquier cosa.
Su nuevo negocio tenía que ser el orgullo de toda la familia, decía. No tuvo
suerte con sus anteriores proyectos, fue cerrándolos a medida que los clientes
desaparecían, pero nunca se rindió.
Esta
ocupación sería la definitiva. Un local que su abuela le dejó en herencia,
adosado a la casa familiar, sería el sitio perfecto para alojar la panadería de
su pueblo. Haríamos un tándem perfecto. Miguel gestionaría las cuentas, y yo me
encargaría de todo lo demás. Había conocido a mi jefe en uno de sus muchos
viajes a Madrid, cuando por casualidad entró en la panadería donde aprendí el
oficio.
Llegué
a este país con muchas ganas de mejorar mi vida. Ayudaba a mi familia cociendo y amasando el
pan en la aldea donde nací. Encontré trabajo en un horno cuando llegué, tras un
largo y accidentado viaje. Allí aprendí a amasar y cocer en su punto la harina
castellana.
La apertura de la panadería fue un éxito. Todo
el pueblo pasó por ella a encargar y comprar los dulces y el pan bien cocido.
Mi sueño se estaba cumpliendo, era el trabajo esperado y deseado.
“El callejón”, con ese nombre se conocía a la
panadería, aunque estaba ubicada en la plaza Mayor del pueblo, bajo un
soportal. El nombre llamó mucho la atención en el pueblo, y empezaron a hacer
chistes con él: “el callejón del pan”, “dulces y pan de callejón negro”. Y
terminaron por incluirme.
—¡Moro
de callejón!¡Jabbar, moro de mierda! —Me gritaban por la calle.
Lo
decían con menosprecio hacia mi raza. Me sentía mal. Las vejaciones que sufría
eran continuas. Estaba harto, pero sonreía cuando me lo decían a la cara.
—No,
Dña. Blanca, estos dulces no se los puedo vender, son un encargo. Mejor llévese
estos, están recién hechos. Verá como le gustan.
Había
decidido dar un escarmiento a un grupo de niñatos que me insultaban y se
mofaban de mí, entrando en el horno a tratar de intimidarme. Lo hice sin
informar a Miguel. No me hubiera autorizado a incluir nada adictivo en los
pasteles.
—Chicos
no os quedéis en la puerta. Pasar, he hecho pastelillos para vosotros,
probarlos. Son una especialidad de mi país, están rellenos de miel. Son muy
dulces. Ya veréis como os gustan y venís a comprarlos después.
Y
claro que volvieron, repetidamente, y pagando lo que les pedía.
LA VIDA
EN EL CALLEJÓN ANTONIO
LLOP
Un
día, no muy lejano, fui una calle normal, incluso importante, con sus aceras y
su pavimento.
Los
coches circulaban por mi asfalto y aparcaban a los lados de mi superficie. Pero
una mañana llegaron grandes camiones con grúas y máquinas pesadas, derrumbaron
las casas viejas que quedaban a mi izquierda y construyeron los pisos del
barrio nuevo. Entonces comieron parte de mi superficie y quedé encajonada entre
dos paredes. A un lado los edificios antiguos y al otro los de reciente
construcción. Ahora ningún coche circula por mí. Todos lo hacen por la zona
nueva y aparcan en los parkings interiores. El asfalto que un día me cubrió
está cuarteado y lo que queda de mi acera deteriorada. A nadie le preocupa
arreglarlos. Total, ya solo soy un callejón que ha quedado como un apéndice
desechable, un contenedor de mendigos, parejas en celo o ladrones de poca monta.
No
os creáis que los mendigos que colocan sus precarios habitáculos de cartón en
mi superficie han sido cualquier cosa. Miguel es una de las personas que
cayeron a los infiernos tras un pasado en el cielo de los opulentos. Había sido
jefe de tesorería en una empresa de construcción con grandes inversiones en
pisos para alquiler. El gerente no le hizo caso cuando le advirtió del riesgo
de expansionarse demasiado. Y cuando explotó la burbuja inmobiliaria los
proveedores les acosaron y tuvieron que declararse en suspensión de pagos.
Después de la labor ingrata de liquidar a los empleados, Miguel también fue
despedido. Precisamente por entonces había invertido en un ático en una zona
exclusiva de la capital y no pudo afrontar los pagos de la hipoteca. Gastó todos
sus ahorros en aplazamientos que solo generaban más intereses. Hasta que sufrió
así mismo las consecuencias de la usura que ellos habían practicado, en este
caso la de los Bancos. Y se encontró en la calle sin recursos haciendo compañía
a alguna de las personas que su misma empresa había desahuciado anteriormente.
Es
el caso de Javier, otro de los mendigos. Fue un científico público que
investigaba el cambio climático. En cuanto cambió el Gobierno los nuevos
políticos cortaron la financiación de ese programa para incrementar el de
armamento. Javier había dedicado su vida a la ciencia y no tenía mujer ni
hijos. Cuando le despidieron entró en depresión y se fue a vivir con su madre
ya anciana a un piso de renta antigua. Al vencimiento del contrato, el alquiler
le fue quintuplicado porque el edificio donde vivía lo adquirió un fondo
buitre, precisamente el de la empresa de Miguel. En la lucha infructuosa por
eludir el desahucio gastó todos sus recursos y tuvo que asistir a la muerte de
su progenitora.
Cohabita
aquí con el extesorero, pero ninguno de los dos sabe la vida del otro. Miguel
se avergüenza de su pasado y Javier no insiste en su inquina a los caseros. Han
aprendido que todos los que tienen que vivir al raso son hermanos en la
desgracia. Lo que más les ha costado a los dos es aceptar su nueva
circunstancia, al principio. Pero después se han adaptado a esa situación de
supervivencia con una extraña tranquilidad. De hecho, se han hecho grandes
amigos y ambos compadecen a Jorge, el muchacho que antes venía a disfrutar del
amor furtivo con su pareja. Ahora el chico viene solo y se pone a llorar,
sentado en el poyo donde se reunía con ella, negando con la cabeza como si se
sacudiera alguna preocupación.
—Seguro
que le ha dejado —aventuraba Miguel durante la charla nocturna que tenía con
Javier.
A
los nuevos amigos les preocupa que ese chico tome alguna decisión que atente
contra su existencia.
—Hay
otras chicas, amigo Jorge —le decía Javier.
—Ella
era única.
—Nadie
es único. Todos podemos ser sustituidos. Y tú tienes toda la vida por delante.
El
cuarto componente de mi superficie es Darío, un dominicano que viene a mi
esquina cuando cae la noche. Emigró de su país con ganas de trabajar. Se colocó
en un bar y se casó con Elina, una de las camareras. Ambos trabajaron duro para
emanciparse de su jefe, un explotador sin escrúpulos que les pagaba poco y les
exigía demasiado. Lo consiguieron con esfuerzo. Al principio les iba tan bien
que un fondo financiero quiso aprovecharse de su solvencia. Les aconsejó la
inversión en un producto que resultó fallido. Los más avisados había retirado
su dinero a tiempo de la debacle, y los pequeños ahorradores quedaron expuestos
a la pérdida total de sus ahorros. Con su mujer embarazada tuvieron que
liquidar el género y los enseres del bar para poder alquilar una habitación.
Ninguno encontraba un nuevo trabajo. Darío había tenido un pasado de
delincuencia en su primera juventud. Y pretendió retomarlo emboscado en mí, en
espera del paso de algún incauto para robarle. Pero nadie pasa por donde él
está. Los inquilinos del nuevo edificio lo abandonan en coche, o salen por la
acera del lado opuesto.
—Yo
vine con el afán de ganarme la vida honradamente y me han robado por todos los
lados. Ahora me toca a mí.
El
extesorero le aconsejaba:
—Darío
no te compliques la vida, hombre. Piensa en Elina y en vuestra futura
descendencia. En tu caso puedes pedir ayuda a los servicios sociales por el
estado de tu esposa.
Todos
sentimos con satisfacción el que Darío, por fin, abandonara su pretensión de
conseguir por la fuerza lo que se le había negado por su trabajo. Hizo caso a
Miguel y les concedieron un piso de renta pública que pagan con los subsidios
de paro de ambos. Y espera encontrar pronto trabajo en la hostelería.
Y
yo sigo aquí con mis aceras deterioradas y mi asfalto cuarteado, más sin ningún
complejo. A todos mis habitantes les ilumina el mismo sol que a los demás. Mi
mundo no tiene lujos, pero la vida que contiene no tiene nada que envidiar a la
de las calles recién asfaltadas.
PARECIDOS
RAZONABLES SANTIAGO
J. MARTÍN
No solo en esa vieja escalera de incendios, sino en toda
la calleja, la muerte se palpa en todas sus manifestaciones posibles.
El basculante cedió hace tiempo y cualquiera podría subir
y bajar por sus peldaños roñosos y carcomidos por la lluvia y el viento que
siempre rompe en el mismo sentido, como las malas rachas que se tienen en la
vida.
Poco hay que descubrir en un edificio abandonado. Las
ventanas fueron en su día clausuradas para que nadie se instalara allí. Aun así, algún sintecho se ha hecho un hueco
desesperado a pesar de la ruina del edificio. El peligro es la moneda de pago
de los que se quedan sin recursos.
Cuando la unidad 456 se acercó a la entrada del callejón,
nadie circulaba por la avenida. Eran más de las tres de la mañana. El frío del
invierno invitaba a no pararse demasiado, a seguir bebiendo convulsamente en
algún antro apestoso, a morirse de una sobredosis en un lugar más confortable
que aquel rincón.
Juan Segarra miró a su compañero, el conductor, que
masticaba chicle sin parar, mientras echaba la cabeza hacia atrás para mirarle
con los ojos entornados y con una sonrisa burlona y despreciable.
—Te toca a ti solo, Juanito.
Se bajó. Alzó el cuello de la cazadora hasta casi la
nariz. Enfiló hacia dentro de las tinieblas malolientes del pasadizo.
Apenas había andado 15 metros cuando pudo ver el cadáver
estampado junto a los cubos de basura.
La cabeza estaba aplastada. Los ojos no se distinguían,
ahogados en la sangre que todavía manaba, lentamente, de una brecha inmensa en
la parte frontal de la cabeza.
Había fallecido de dos fuertes golpes, asestados con una
barra de hierro que no se encontraría muy lejos. Probablemente el primero fue
ya letal. Tenía una herida profunda por encima del bigote que le llegaba hasta
la nuca.
Juan había adquirido el triste hábito de la observación
calmada, puntillosa y rigurosa. Sabía que aquello era totalmente innecesario,
pero debía encontrar un hilo argumental a su trabajo, sucio y gris.
Seguramente avisaron los camareros del restaurante, que
vaciaron las últimas bolsas de residuos de la noche antes de cerrar. O incluso
fueron ellos los que terminaron con la vida de aquel cuerpo que ahora colocaba
en una bolsa negra, resistente e impermeable.
Intentó no empatizar demasiado, como su psicólogo le
había recomendado aquella misma tarde. Abrió el portón de la furgoneta,
introdujo el cuerpo embolsado de la rata y tomó asiento, preparado para
continuar con la limpieza efectiva y cínica de la ciudad. Como si retirar ese
cuerpo inerte fuera a corregir el decoro perdido de aquel lugar.
ESTRATEGIA ARACELI DEL PICO
A Valerio, como a la mayoría de la gente, le
costaba un mundo levantarse de la cama. El despertador y su desagradable rinrrineo,
le obligaba a dar un salto, tomar conciencia de donde estaba y ordenar sus
ideas antes de levantarse. En tal ocupación perdía unos minutos, preciosos, que
le obligaban después a salir más rápido de lo normal.
Una vez levantado, duchado y rasurado, se
calzaba su traje, y como último detalle siempre, se retocaba el nudo de la
corbata, girándolo de derecha a izquierda, hasta que quedaba como dios manda y
bien centrado. Era perfeccionista, pero estaba envuelto siempre en un agobio
constante. Un sorbo al café demasiado caliente. Un taco bien alto, por haberse
quemado y en la mano el dulce del día, envuelto en papel de cocina. Y así
llegaba a la calle.
Había cogido la costumbre de atajar por el
callejón que se abría en la parte posterior de su casa y llegaba al metro en
hora punta. Ni de lejos era una tarea
que el joven espigado y atlético llevara de buen grado. Aquella vorágine donde
se mezclaba todo tipo de personas de nacionalidades múltiples y donde los
olores, las voces y las desafinadas notas de los músicos ambulantes que le aturdían,
le sacaban de quicio.
Pero el metro era el único medio de
transporte que le acercaba a su trabajo “casi” con exactitud.
Todos los días, la media hora que invertía
dentro del metro se le antojaba un calvario. Así que cuando llegaba a su
destino, ya se había situado junto a la puerta. Salía el primero, corría por el
largo pasillo y subía cada peldaño de escaleras de dos en dos. Alcanzaba la calle,
y lanzaba un suspiro aliviado.
Un mal día tuvo un percance en su carrera.
Tropezó sin saber cómo y tuvieron que escayolarle la pierna. Le aconsejaron que
anduviera despacio y lo menos posible. Una muleta le facilitaría las cosas.
Tres días de baja y enseguida y atravesando
por el callejón con más precaución de lo normal, llegaría al metro. No supo de
donde porque en aquel siniestro callejón surgió una música maravillosamente
interpretada. Era “su” Imagine, de John Lennon. Sintió vibrar dentro de él
aquella letra que tantas veces había repetido… Imagine all the people…
Más relajado llegó al metro. El recorrido por
los pasillos tuvo que acomodarlo a su nueva situación, de tal modo, que tenía
tiempo de observar aquel entorno con más tranquilidad de la que hubiera
querido.
Y descubrió, sentada sobre una colorida manta
a una muchacha que tocaba el violín como los ángeles. Frente a ella un cestillo
de paja reclamaba una limosna.
Él a diario le ponía unas monedas y ella
levantaba la mirada y le devolvía una seductora sonrisa. Embobado se paraba a
escucharla.
Pasaron unos días y le quitaron la escayola.
Pero su caminar ya fue más lento.
Cuando llegó a la altura de la joven, ella le
dijo:
—Ya
estás curado, así que volverás a correr
—Tu
como sabes que yo corría? —preguntó.
—Muy
sencillo, un día de tantos que ibas como un loco, tropezaste con mi cestillo y
perdí casi todo mi dinero. Así que decidí vengarme.
—¿Vengarte?
¿Y cómo?
—Al
día siguiente, extendí mi pie cuando “volabas” y caíste de bruces.
La joven cerró la confesión con un guiño. Y
Valerio le respondió:
—Debiste
hacerme tropezar antes.
Ella tensó el arco y la música de Imagine calló
todos los ruidos de aquel pasillo.
Dulces de miel. Juana
ResponderEliminarParece que este panadero de raza negra, no solo hizo sordos a los insultos de los niñatos, sino que les hizo unos dulces que los dejó atrapados, de lo buenos que estaban. No sé qué le echaría en la masa para vengarse de ellos, tal vez algún componente que le produjera diarrea. Bueno y aleccionador relato, Juana.
La vida en el callejón. Antonio
El callejón que nos presenta, Antonio, es una calle venida a menos, tal y como ocurre con todos los sin techo que en el habitan. Tras una vida normal, las circunstancias los han llevado a la indigencia. Lo bueno es que todos ellos, amparados en las paredes de aquel lugar, han hecho piña y, resignados, como el propio callejón, son relativamente felices. Buen relato, Antonio.
Parecidos razonables. Santiago
Santiago nos muestra la escena de un callejón cochambroso, habitado por delincuentes y gente de mal vivir. La llegada de la policía al lugar en busca un cadáver hace pensar en el resultado de una reyerta por la droga o vete tú a saber. El desenlace final es demoledor, que deja al lector con cara de iluso. Es genial, Santiago.
Estrategia
Valerio es un personaje muy común en la vida actual de Madrid. Las prisas de la mañana y el agobio de metro, nos pone en antecedente de un percance provocado por una chica violinista que tocaba en el pasillo. Araceli se las ingenia para terminar el relato con una historia de amor, verdaderamente entrañable.
Juana, tu prota tiene un calado singular. La dibujas como una persona con recursos para llevar a cabo una venganza sumergida, y consigue hacer felices a los vengados y al vengador. No se puede hacer mejor.
ResponderEliminarAntonio, es un ingenioso relato, donde una acera cobra vida y voz, para poner en relieve la situación de cuatro de los personajes que habitan en ella. Circunstancias adversas han vuelto del revés una vida que en principio fue próspera . Pero la unión creada entre ellos por tales circunstancias dibuja un ambiente solidario y amistoso. No se puede pedir más. Muy bueno.
ResponderEliminarSantiago, a un rincón mugriento, próximo a un restaurante , en una noche oscura, fría y por demás lúgubre, donde llega LA UNIDAD 456, que encuentra un cadáver, te da pie a escribir un extraño relato lleno de ingenio. Si viviera Edgar Allan Poe, te copiaría.
ResponderEliminarOtra cosa. Gracias por eliminar mi tilde.
ResponderEliminarMe ha sorprendido el giro final del relato de Juana creando la duda de si la adicción como tal era tan solo debida a la miel y los ricos pasteles o a otra sustancia adictiva incluida en su preparación. Lo que parecía ser un lugar de encuentro y estabilidad para el protagonista termina por ser una nueva encerrona clasista De cualquier manera la situación descrita en primera persona no deja de ser injusta y de actualidad.
ResponderEliminarAntonio confiere voz y protagonismo al callejón que, desde el primer párrafo, nos empieza a contar su historia captando el interés del lector. Para pasar en los siguientes párrafos a narrar las circunstancias de las personas que se refugian en él con las connotaciones de injusticia social que les llevaron hasta allí. Entre ellos se establecen nuevos vínculos solidarios ignorando el pasado que los relacionaba. Para finalizar, el callejón a través de la personalización de su mirada, encuentra cierto equilibrio social que los redime a todos incluido a él mismo.
ResponderEliminarSantiago nos describe un paisaje de abandono y miseria que pone en alerta al lector, dando por hecho que nada bueno puede suceder en aquel ambiente. Y efectivamente la narración nos hace imaginar incluso el asesinato de algún vagabundo con la cabeza destrozada. Pero con el giro final y su desenlace nos da una lección de creatividad literaria que me ha hecho sonreír.
ResponderEliminarLa descripción que Araceli realiza de su protagonista es muy rica y visual ya que, junto a los rasgos físicos nos va dando muchos apuntes de su personalidad y forma de vida. Un percance y la presencia musical de una joven le obligan a bajar el ritmo y a aprender a mirar de otra manera. El final, romántico y esperanzador cumple con el dicho de que " no hay mal que por bien no venga". Hermosa historia.
ResponderEliminarJuana en tu relato hay realismo social e ironía para abordar la xenofobia y la dignidad del inmigrante. La panadería funciona como espacio de integración y conflicto. El desenlace sorprende, porque no deja claro lo de los adictivos, y así la venganza se queda un poco ambigua, un poco suave. Está muy bien contado.
ResponderEliminarAntonio. La personificación de una calle que evoluciona a callejón, te da pie para contarnos unas historias cruzadas, donde se denuncia la injusticia social, la precariedad y se pone en valor la solidaridad. Tiene un tono moralizante, quizás yo hubiera esperado algún detalle o chispa canalla, pero el resultado es un relato emotivo y comprometido. Muy bueno.
Santiago. Atmósfera negra, crudeza visual y crítica a la deshumanización. Buena ambientación. El título, Parecidos razonables, podría apuntar precisamente a la frontera entre persona y desecho. Hay, además, una ambigüedad interesante, no sabemos si Juan comparte esa deshumanización o si, al describir al muerto como la rata, está revelando hasta qué punto su trabajo lo ha contaminado. Un relato potente e inquietante.
Araceli tu relato combina humor, ternura y una pequeña lección sobre el ritmo de vida. La música de Lennon le da sensibilidad y simbolismo, mientras que el desenlace introduce una venganza ingeniosa. Sin embargo, Una narración con encanto.
Juana tu relato aborda un problema de discriminación social por raza y religión. La venganza del protagonista es muy inteligente. Dulcifica los pasteles que vende para adicionar a quienes le critican y cobrarles más por su compra. Muy ingenioso.
ResponderEliminarSantiago buen ejercicio de camuflaje. Embaucas al lector introduciéndole en un ambiente lóbrego con unos protagonistas que descubren un cadáver. Todos picamos creyendo que son policías y el cadáver es humano. Cuando nos damos cuenta de nuestro error no podemos sino admirar esa estrategia literaria tan bien diseñada.
ResponderEliminarAraceli construyes una historia de amor romántico en un espacio tan poco propicio como un callejón. El tropezón tan oportuno hace que los protagonistas se conozcan. Bien narrado y estructurado.
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