A TU SOMBRA MANUEL
GIL
Cuando el verano arde sobre los
tejados,
me quedo quieto,
como quien ha encontrado un
lugar
donde no alcanza el incendio.
Tu sombra cae despacio sobre mí,
y yo confundo el alivio con el
miedo.
A tu sombra nací,
como nace el musgo al norte de
una piedra,
sin preguntarme nunca
por qué la luz llegaba siempre desde lejos.
Crecí
bajo la copa de un árbol inmenso,
aprendiendo a ser pequeño.
A tu sombra también se puede amar,
con ese amor que admira y que
se esconde,
que mira hacia arriba
y encuentra en la altura la
medida de sus sueños.
Tú
eras el árbol,
yo apenas una brizna entre tus
brotes nuevos.
Y no sé cuándo ocurrió
que tu luz comenzó a parecerme
un cielo ajeno,
ni en qué momento comprendí
que una caricia puede convertirse
en silencio.
Porque hay sombras que cobijan,
y hay sombras que nos cubren
con un velo.
Quizá no exista culpa:
ni en quien deslumbra ni en
quien recibe el destello.
Sólo una certeza,
donde un gigante crece, alguien
renuncia a hacerlo.
Por eso hoy me alejo,
no para huir de ti, ni para
apagar tu fuego,
sino para saber, por fin,
si mi propia sombra existe
cuando camino solo bajo el
cielo.
LA SOMBRA DE DANIEL MANUEL
GIL
Desde que murió Daniel, su
hermano Gabriel había dejado de
mirar al cielo.
No porque dejara de importarle la meteorología, ni porque hubiera perdido
la fe, sino porque el cielo le recordaba demasiado al día del accidente. Un
cielo limpio, azul, casi obscenamente hermoso, bajo el que un coche había
salido de la carretera y caído por un barranco como si la tierra hubiera abierto
sus fauces para tragárselo.
Habían pasado siete meses.
Siete meses desde que la
policía había pronunciado aquella palabra que servía para tranquilizar a los
vivos y cerrar los interrogantes de los muertos:
Accidente.
Gabriel nunca había creído en los accidentes.
Una mañana de octubre,
salió de casa antes del amanecer. Caminó hasta el viejo puente donde los dos
solían encontrarse cuando eran niños. Allí habían pescado, fumado sus primeros cigarrillos y
jurado, con la ingenua solemnidad de los diecisiete años, que nunca permitirían que la vida los
separara.
Cuando el sol apareció entre
los edificios, Gabriel vio su sombra alargarse sobre el asfalto.
Y entonces la vio. Tenía dos
cabezas. Se quedó inmóvil.
La primera era la suya,
reconocible en el perfil, en los hombros estrechos, en la posición del cuello.
La segunda se inclinaba
ligeramente hacia un lado, como si alguien estuviera apoyado sobre su hombro.
Gabriel retrocedió. La sombra
retrocedió. Dos cabezas.
Se
frotó los ojos hasta hacerse daño. Cuando volvió a mirar, seguían allí.
Aquella noche durmió con las
persianas bajadas.
Durante una semana evitó el sol. Hasta que comprendió algo. No podía seguir huyendo de una
sombra.
Entonces La segunda cabeza
empezó a señalar.
Primero fue una papelera junto
a la estación. Dentro encontró un pequeño llavero metálico que había
pertenecido a Daniel. Gabriel lo reconoció porque llevaba grabada una palabra
que ambos utilizaban de niños para nombrar los lugares secretos que inventaban
en sus juegos.
Lo siguiente que señaló fue una
cabina telefónica abandonada. Luego fue una biblioteca.
Después, una vieja cafetería donde Daniel solía trabajar
algunas tardes.
En cada lugar aparecía algo que
parecía insignificante, pero que solo ellos dos podían comprender.
Una canción, una palabra, una
fecha, un recuerdo.
Como migas de pan dejadas por
alguien que sabía que quizá nunca encontraría el camino de regreso.
La última pista estaba
en un sobre escondido detrás de un radiador. Dentro había una tarjeta magnética.
Y una frase escrita con la
letra de Daniel:
—Si estás leyendo esto, ya no puedo contártelo yo.
Confía en mi sombra.
La dirección de la tarjeta lo
llevó hasta un edificio gris en las afueras de la ciudad.
No había ningún nombre en la
fachada. Solo un número desnudo sobre
la puerta. El laboratorio parecía abandonado, pero no del todo.
Las luces de emergencia
parpadeaban en los pasillos. Algunas máquinas seguían funcionando detrás de puertas cerradas y el aire
olía a metal, desinfectante y humedad.
Gabriel encontró una sala llena
de monitores apagados. En uno de ellos aparecía una etiqueta:
PROYECTO MNEMOSYNE
Debajo estaba el nombre de
Daniel, Gabriel sintió que algo se quebraba dentro de él.
Encendió el ordenador. La pantalla tardó unos
segundos en iluminarse.
Apareció su hermano.
Estaba sentado frente a la
misma cámara, más delgado de lo que Gabriel lo recordaba, con profundas ojeras
y una expresión que jamás había visto en
su rostro.
—Si estás viendo esto —dijo Daniel—
significa que no pude detenerlos.
La grabación se interrumpió.
Luego regresó.
—El proyecto empezó como una investigación sobre la
memoria. Queríamos descubrir si los recuerdos podían conservarse fuera del
cerebro.
Daniel miró fijamente
a la cámara.
—Descubrimos que sí.
Gabriel sintió que se le
helaban las manos.
—Pero también descubrimos algo peor.
Hubo un silencio.
—Cuando comprendimos lo que podían hacer con esto,
intenté destruir el
proyecto. Descubrí que algunos recuerdos podían transferirse. No como archivos. No como imágenes. Como fragmentos de conciencia.
La imagen tembló.
—El accidente no fue un accidente.
Gabriel cerró los ojos. La voz
de Daniel continuó.
—Antes de que pudieran detenerme, hice una copia.
La imagen se acercó lentamente.
—No una copia digital.
Daniel sonrió con tristeza.
—Te la di a ti.
Gabriel negó con la cabeza.
—No...
—Al principio solo fueron recuerdos pequeños. Nuestra
infancia, nuestra casa, el puente, mamá cantando en la cocina. Después fui introduciendo más cosas.
La voz se quebró.
—Mi voz. Mis pensamientos, mis sueños.
La pantalla comenzó a llenarse
de interferencias.
—No sabía cuánto de mí podía sobrevivir dentro de otra persona.
La imagen se apagó. Gabriel
permaneció inmóvil.
Entonces escuchó una voz detrás de él.
—Estoy contigo.
Se volvió. No había nadie. Solo
su sombra proyectada por la luz roja de emergencia, pero ahora tenía dos
cabezas.
La segunda levantó lentamente una mano, señaló el pecho
de Gabriel.
Él comprendió. No había ningún ordenador escondiendo los
recuerdos de Daniel.
No existía ningún archivo, ninguna copia, ningún fantasma esperando en una máquina.
Su hermano no había estado caminando detrás de él. Había estado caminando dentro de él.
Gabriel cerró los ojos. Escuchó
entonces una voz en su memoria que no era la suya.
—No mires atrás.
Gabriel sonrió.
—¿Por qué?
—Porque ahora somos dos.
UN HOMBRE
SIN SOMBRA ANTONIO
LLOP
Cuando caminamos por la calle en un día soleado con mucho
calor normalmente buscamos la sombra de los árboles o de los edificios. Lo que
no solemos hacer es fijarnos en nuestra propia sombra. El que la falta de luz
se proyecte en el suelo cuando el sol incide en un objeto con suficiente masa
es una ley natural con la que convivimos de forma inadvertida, como el respirar
el aire. Pero, ¿y si buscamos expresamente nuestra sombra, por curiosidad? Yo
lo hice.
A primera hora de la mañana suelo salir en solitario a
dar un paseo por el parque de al lado de mi casa. Ese día caminaba hacia el sur
donde despuntaba el sol anunciando una jornada calurosa. Giré mi cabeza y la vi
detrás. Fue un descubrimiento algo decepcionante. Yo esperaba ver mi perfil
perfectamente recortado, incluso más alargado, y solo descubrí una mancha
oscura achatada e informe. Aún así fue un momento especial: yo nunca me había
fijado en la proyección de mi cuerpo en el suelo. Era una mascota de color gris
que me seguía fiel adonde yo estuviera. Como caminar solo es bastante aburrido
empecé a juguetear con mi recién descubierta compañera para entretenerme.
Cambiaba de dirección de forma sucesiva, pero no lograba que se me despegara:
ora a mi lado, ora delante o detrás, escondiéndose del sol. Quise pillar a mi
sombra en una equivocación y lograr que no siguiera las leyes de la Óptica,
pero fue imposible. La gente habitual a esas horas mañaneras me miraba con una
cierta precaución, incluso, alguno tomaba una cierta distancia por mi
comportamiento extravagante en esa danza esperpéntica de giros mirando al
suelo.
Al terminar esta demostración de anormalidad iba riéndome
de mi propio comportamiento cuando una mancha oscura me rebasó. Intenté
observar al objeto interpuesto al sol que la provocaba y no vi a nadie que
caminara delante de mí en ese momento. Miré al cielo por si hubiera sido
cualquier objeto volador y tampoco vi nada. Lo dejé estar como un fenómeno
inexplicable cuando sentí un vacío y tuve un presentimiento. Giré la cabeza en
escorzo y no vi a mi compañera. Cambié de dirección (esta vez de forma más discreta
para no llamar la atención) con los mismos resultados. ¡Mi sombra había
desaparecido! Miré la hora para ver si es que el sol estaba en todo lo alto.
Tampoco. Aún faltaban varias horas para el mediodía. No me lo explicaba. ¿Me
había convertido en un espíritu sin reflejo como en las películas de terror?
¿Mi sombra se había marchado harta de que intentara darle esquinazo de forma
traviesa? Todas las opciones sobre una sombra autónoma eran irracionales.
El resto de los días he salido a dar los paseos
habituales por el parque sin preocuparme de mi fiel compañera con la esperanza
de que el ignorarla haga que mi cuerpo vuelva a incluirse dentro de las leyes
de la Física. Pero he seguido sintiendo el vacío que produce el ser un hombre
sin sombra.
Ahora espero que tras el eclipse de esta noche, el sol
reprograme su proceso. Y mañana, al salir a caminar, encuentre de nuevo a mi
querida compañera. Prometo no molestarla ya nunca más.
MALA SOMBRA INFANTIL JUAN
SANTOS
Todos los sábados, su padre madruga para lavar el coche y
pasarle la aspiradora. Se esmera en tenerlo limpio pero el chaval parece que
disfruta ensuciándolo. De poco a esta parte, las palomitas y los gusanitos
habitan a sus anchas por las alfombrillas y, al entrar al coche, un tufillo a
galletas rancias incita a bajar inmediatamente las ventanillas.
Hoy el padre, se ha propuesto que la limpieza le dure al
menos el tiempo que dura el viaje desde Madrid al pueblo. Además, ha colocado
en las rejillas del aire un nuevo ambientador de pino verde.
Mientras se acomoda y ajusta los espejos, hace profundas
respiraciones como si estuviera en medio de un bosque. Antes de arrancar,
vuelve la cabeza y con el dedo índice en alto, advierte:
–Queda totalmente prohibido comer en el coche. ¿Oído?
–Vale, yo no como, pero que mamá tampoco le dé de mamar a
la niña.
–Hombre, no seas así. Ella es muy pequeñita y no mancha
nada.
–Sí mancha, al echar el aire lo pone todo perdido y huele
muy mal.
–Anda y callaros ya. La niña se va a dormir enseguida y
cuando se despierte, seguro que ya hemos llegado.
El padre inicia la marcha y pone la radio, muy bajito, a
ver si con un poco de suerte se duermen los tres. El niño no cesa de moverse,
ya ha bebido tres veces agua. La paz y la armonía poco les va a durar.
–Mamá tengo hambre.
–Te esperas a que lleguemos. ¿No has oído a papá?
–Venga mamá, sé buena, dame una galleta. Las galletas no
manchan, te prometo que me la como con cuidado y pongo la otra mano debajo.
El padre, los mira por el retrovisor.
–He dicho que está
prohibido terminantemente comer en el coche que siempre lo llevamos hecho un
asco.
–Si es solo una galleta, papá.
–Que no. Como me vuelva, la galleta te la voy a dar yo,
pero de cinco picos para que te calles. Vamos, duérmete un ratito. ¿No ves que
tu hermana que no da un ruido?
–No tengo sueño, tengo hambre.
Viendo el niño que no le hacen caso, se pone a gritar,
dando patadas y mordiendo por detrás el asiento del copiloto.
–Que he dicho que tengo mucha hambre y que quiero una
galleta.
–No se te ocurra
dársela que la tenemos…
La madre no sabe qué camino tomar, ante todo, no quiere
que se despierte la niña. Con mucho disimulo, con tal de que se calle y se esté
quieto el chiquillo, abre el bolso y le da la galleta.
Nada más tenerla en su mano, el niño la estruja con todas
sus fuerzas y con muy mala sombra, esparce las migas por el todo asiento y por
el suelo.
La madre suspira pidiendo paciencia a Dios para no darle
un bofetón. El niño, con todo su descaro, se le acerca al oído y le dice:
–Por favor mamá, dame otra que ésta se me ha caído.
El padre pendiente de la carretera y del programa de la
radio, no se percata de lo que se cuece en el asiento de atrás.
La madre la ha dado un fuerte tirón de oreja al chaval y
le ha dicho muy enfadada:
–Recoge inmediatamente todas esas migas sin dejar ni una
y te las comes antes que papá se dé cuenta y se ponga como una fiera.
Por una vez, el niño la obedece y recoge con sus deditos,
uno por uno, todos los trocitos de galleta, los de arriba y los de abajo,
incluso los que se habían metido bajo el broche del cinturón de seguridad y del
cestito de la niña.
Cuando los tenía todos en el puño, se lo muestra a su
madre.
– ¿Está bien así, mamá?
–Sí, hijo mío. Así me gusta.
–Dame un beso, mamá.
Al acercarse, le mete la mano por el escote del vestido y
le deja caer las migajas por el pecho abajo.
Soltando una carcajada, le dije bajito:
–Esta galleta no me gusta, dásela a tu niña que no tiene
dientes, además ya no tengo hambre, me voy a dormir.
El padre nota tras él cierto revuelo y pregunta:
– ¿Ocurre algo?
–Nada papá, que me voy a dormir.
La mamá cierra los ojos y calla, se encuentra muy incómoda,
tiene picores por todo el cuerpo, está deseando de llegar, apenas se mueve para
que no se le vayan las migas hacia abajo.
El niño se hace el dormido, buscando el momento más
adecuado para pellizcar y despertar a su hermanita.
El llanto de la pequeña no se hace esperar. El quirio es
tan fuerte que hace reaccionar a su padre.
–Anda, dale de mamar a esa niña que se calle de una vez.
–No, no le doy que manchamos.
–Por favor, no me vengas con esas. Sabes que antes no lo
he dicho por ti. Tú no manchas.
–Y yo te digo que sí mancho. Si llora que llore. Yo no me
saco la teta hasta que lleguemos al pueblo. Ya falta poco.
El viaje se les ha hecho más largo que otras veces, pero
por fin han llegado. El padre se asoma a
pasar revista al coche. No se lo puede creer, está limpio como si no hubiera
viajado nadie.
–Papá… ¿me he portado bien?
–Sí, hijo mío, así me gusta que seas siempre.
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