SOBREVIVIR A LA VENDIMIA JUAN SANTOS
Aquel año que había cumplido los doce. Mis padres estimaron que ya tenía
cuerpo para ir a vendimiar. Mi hermano mayor ya estaba curtido y no necesitaba
ir de pareja con mi madre. Esa temporada iría conmigo para cubrir mi debilidad.
Imaginaba que trabajar en el campo era duro, pero no tanto. Casi todas
las mañanas hacía frío, las cepas estaban llenas de escarcha y meter la mano
entre las pámpanas era peliagudo. Mi madre se afanaba en acabar pronto su cepa
para venirse a la mía. “Vamos que las uvas no muerden” me decía en voz baja.
Después me animaba: “Sé fuerte y aguanta que el primer hilo es el peor”. Y no
quiero ni acordarme de cuando llovía y el manigero nos aguantaba en el tajo
hasta que estábamos chorreando. Lo normal en esas fechas era que a media mañana
hiciera muchísimo calor, pero había que apechugar.
Cuando pillaba lejos el remolque para descargar, mi hermano me sacaba
alguna espuerta que otra, aunque yo me negaba. No quería quedar como un blando
ante toda la cuadrilla. Además, el peso no era mi problema. Lo más duro para mí
era doblarme y cortar las uvas. En aquel código de honor, no estaba permitido
ponerse en cuclillas. Aún recuerdo lo mucho que me dolían los riñones sobre
todo al caer la tarde. A última hora, cuanto más larga era mi sombra, más largo
era el hilo para llegar a la punta.
Menos mal que mi madre tenía un buen recurso para hacerme sobrevivir a
aquella pesadilla: cada vez que desfallecía, como si fuera un animal
amaestrado, sacaba del bolsillo una almendra peladilla y la metía en mi boca.
Misteriosamente, me recargaba las pilas para un rato más.
EL HOMBRE QUE HABLABA A LOS GERANIOS MANUEL GIL
En el tercer piso de un
edificio antiguo, donde las tuberías hablaban por la noche y las paredes
conservaban el olor de quienes habían vivido allí antes, un hombre cuidaba
geranios.
Vivía solo desde hacía
muchos años.
De día dormía con las persianas bajadas y, cuando anochecía, se
ponía el uniforme gris y salía a limpiar oficinas. Al amanecer regresaba a casa
con las manos ásperas, calentaba agua para el café y se quedaba un rato junto a la ventana.
Allí estaban sus
geranios.
Los vecinos decían que tenía
buena mano para las plantas. Él sonreía y asentía. Nunca contaba que había sido su
mujer quien le enseñó a cuidarlos.
Ella decía que a las plantas
había que hablarles, aunque fuera en silencio. Que una casa sin flores parecía
una casa que ya se había rendido.
Su mujer había muerto hacía
nueve años.
Desde entonces, él había aprendido a
sobrevivir de la misma manera que aprendía a cuidar los geranios.
Había trabajado suficientes
horas para vivir sin holgura, pero sin miedo. Pero empezaron a quitarle turnos.
Primero una noche. Luego dos. Le dijeron que era temporal. La palabra temporal
suele durar mucho cuando se pronuncia sobre la vida de los pobres.
Vendió algunas cosas: un
reloj, una lámpara, herramientas, una mesa que ya no necesitaba porque comía
siempre solo.
Dejó de encender la
calefacción.
Durante el invierno dormía con
dos mantas y el abrigo puesto. A veces le parecía que los geranios tenían más calor que él.
—Vosotros no podéis marcharos —les decía.
Hasta que un día uno de ellos
amaneció muerto. Las hojas habían perdido
el color y colgaban como manos cansadas. La tierra estaba dura.
Pensó en tirarlo. Pero,
al volcar un poco la tierra, vio una ramita verde, diminuta, naciendo del
fondo.
Era tan pequeña que parecía un
error de la naturaleza. Volvió a colocar la planta en la ventana.
Durante los días siguientes
empezó a hablarle. Le contaba cuánto había trabajado. Le decía que hacía frío.
Le hablaba de su mujer.
La rama no respondía, pero
crecía. Muy despacio, un
milímetro, después otro.
Y aquel crecimiento
insignificante comenzó a ordenar sus días. Sin darse cuenta, volvió a cuidar
algo, a tener una misión.
Quizás eso era sobrevivir,
pensó una mañana. Quizás sobrevivir consistía solamente en encontrar
una cosa pequeña que todavía necesite de ti.
Pasaron los meses. La ramita se
convirtió en tallo. El tallo sacó hojas nuevas.
Y un día llamaron a su puerta.
Era una muchacha que acababa de
mudarse al piso de enfrente. Era joven, pero tenía en los ojos ese cansancio
que él reconocía. Había
llegado sola, con dos bolsas, una maleta y una caja de cartón. Doña Elvira, la
del primero, había contado que el piso lo pagaba una asociación que acogía a víctimas de violencia de género.
—Perdone —dijo—. ¿Es usted quien
cuida los geranios?
Él miró hacia la ventana.
—Eso dicen.
Ella sonrió.
—Son muy bonitos.
El hombre fue a la planta
recuperada, cortó un esqueje y lo
puso en un vaso pequeño con agua.
—Plántelo cuando eche raíces.
—¿Cree que sobrevivirá?
Él miró la pequeña rama verde.
—Sí —dijo—. Si la
cuida.
Desde entonces comenzaron a
encontrarse algunas mañanas en la escalera. Él le enseñó a cuidar la planta.
Ella debía desplazarse lejos
para trabajar y él le habló de una bicicleta que conservaba desde su juventud.
Llevaba años en un trastero, oxidándose lentamente.
La sacó, la limpió y se la dio.
—No puedo quedármela.
—No te la quedas. La usas.
La muchacha aprendió de nuevo a
montar.
Él la veía alejarse
desde la ventana. La miraba con la distancia serena de quien sabe que hay
edades que ya no le pertenecen.
Pero después del café de la mañana comenzó a escribir. Hacía años que no lo hacía.
No sabía si aquello era un
poema, alguno había escrito en el pasado, aunque solo lo compartió con su
mujer, solo sabía que hablaba de
sobrevivir.
Y a los geranios, y algunas
veces a su mujer, les hablaba de la muchacha.
No como se habla de un amor.
Era otra cosa, un soplo de juventud que había entrado en su corazón sin pedir
permiso.
Una mañana se sentó lápiz
en mano, para continuar ya llevaba bastante escrito y quería terminarlo, tal
vez solo lo recitaría a sus geranios y a su mujer. Pensó mientras contemplaba
como al otro lado de la calle, la muchacha avanzaba, pedaleaba despacio, pero ya
no parecía tener miedo.
—Ha traído un poco de juventud a esta casa —dijo sonriendo a los geranios. Y después, en voz más baja:
—También a mi corazón.
Pasaron las semanas.
La planta de la muchacha echó
nuevas hojas. Ella lo saludaba alegre con tierra en las manos y alguna que otra
sonrisa.
Él seguía trabajando
de noche, seguía teniendo poco dinero, seguía pasando frío algunas veces.
Pero por las mañanas había café, geranios, una sonrisa juvenil y una página que esperaba ser terminada.
Fue en una de esas mañanas
cuando volvió a sentarse frente a la ventana. Tomó el lápiz, y miró la bicicleta apoyada contra la pared de
la terraza de enfrente.
Y terminó el poema:
Sobrevivirán los libros que
leímos,
la página que guarda
una voz entre sus pliegues,
las cartas en cuyos renglones
ardía la tarde,
el polvo de los años sobre los vacíos anaqueles.
Sobrevivirán las fotografías,
aquella tarde que se quedó a
vivir en su papel,
nuestros rostros detenidos en
la luz,
la sombra de una mano que ya ni
sé de quién es.
Sobrevivirán aquellas noches
bajo la luna,
cuando el amor parecía una
forma del tiempo
y tu cuerpo, junto al mío, era
la única patria,
nada podía arrebatar esa
hermosura.
Sobrevivirá la bicicleta de aquel
verano,
el temblor de mis piernas, tu
mano en mi espalda,
la calle abriéndose y yo pletórico “Mira sin manos”
ahí aprendí que caerse también era aprender.
Y sobrevivirán las cosas que no
supimos nombrar:
el olor de una camisa, la
lluvia sobre los cristales,
una voz perdida en el fondo de
otra voz,
el calor de una mano que ya no
estará.
Todo habrá de sobrevivirnos,
los libros, las imágenes, la
música, la noche,
la bicicleta apoyada contra un
muro,
la estrella que todavía cruza
el firmamento.
Acaso sobrevivir no sea
permanecer,
sino dejar algo encendido en la
oscuridad,
una palabra, una mirada, un
beso, una canción,
y una mano que enseñe a otra
mano a no caer.
Cerró el cuaderno, guardó el
lápiz, se tumbó en la butaca y sonrió
satisfecho.
SOBREVIVIRÁS MARÍA
ISABEL RUANO
Fui pez en aguas oscuras.
Acacia africana en la ciudad.
Pájaro en la jaula.
Gata abandonada.
Barco a la deriva.
Niña solitaria y
mariquita en el trigal.
Siendo pez, acacia, pájaro,
barco, mariquita, niña y gata a
la vez
sobreviví al torbellino del
océano,
al calor y a la falta de
libertad.
A la tormenta, al silencio
y a la soledad.
Cuando el túnel se oscurece
y se embravece el mar,
la luz se escapa, el calor
aprieta
y surge la tristeza o la
necesidad,
cierra los ojos, escucha,
busca consuelo, aguanta.
Todo pasa, todo pasará.
Imagina al pez asustado,
al timonel surcando el mar,
a la gata maullando.
A la niña solitaria,
a la acacia sedienta,
a la mariquita trepando por la
espiga
y al pájaro ensayando el vuelo
para escapar.
Imagínate sonriendo,
abriéndote paso entre los
barrotes,
por el trigal y entre la
oscuridad.
Confía, todo pasa.
SOBREVIVIRÁS.
Juan: SOBREVIVIR A LA VENDIMIA. Un relato costumbrista y real, que hace de la sinceridad poesía. Es muy cercano y muy bueno.
ResponderEliminarManu: EL HOMBRE QUE HABLABA A LOS GERANIOS. Fusión de prosa y poesía, donde los avatares de una vida adversa, se sobrellevan, por el amor a las plantas y por la cercanía de una joven a quien comprende y le comprende. Cerrar el relato con el poema, donde la palabra sobrevivir es como una bandera, es un justo broche de oro.
ResponderEliminarMaría Isabel: SOBREVIVIRAS. Este poema, lleno de enumeraciones, es un canto a las ganas de seguir siempre adelante pase lo que pase. Hay música en su cadencia y mucha belleza en su envoltorio.
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