21/08/2026

A TU SOMBRA

 

A LA SOMBRA DEL ABETO                                         MARIA ISABEL RUANO

A la sombra del abeto,

a la sombra del nogal.

Mientras el avellano florece

y la bubilla empieza a cantar.

A la sombra de la infancia

donde el cobijo es real,

donde los días pasan deprisa

y de forma jovial.

Bajo la parra en verano,

la sombrilla en la playa

y a la orilla del mar.

Bajo un manto de estrellas

Perseidas de agosto,

lucero de la mañana,

cama abrigada,

buena compañía y amistad.

A la sombra, mientras te espero,

es donde yo quiero estar,

Lejos, muy lejos,

de la oscuridad.


 

         SU SOMBRA                                                       ARACELI DEL PICO

 

    Comenzó pronto a dibujar sus primeros pasos. Al principio con torpes movimientos, que la tenían en el suelo más tiempo que de pie. No importaba. Tantas cuantas veces se caía, se levantaba. Su madre hacia acopio de betadine y tiritas, para que esas perfectas rodillas curaran cuanto antes. Raro era el día, que el botiquín casero, no se utilizaba un par de veces. Y la niña, sufridita, todo lo que decía era “vaya, ota vez” hacía algún puchero y se disponía para la siguiente caída.

 

    Vestida con un pichi de cuadros escoceses, donde predominaban los azules y rojos, blusa blanca y rebeca roja primorosamente tejida por su abuela, zapatos rojos y calcetín blanco, Nerea, parecía una muñeca recién sacada de un escaparate. Se acercaba a los dos años. Sus pasos ya eran firmes. Y sus caídas, no tan frecuentes, pero más graves. Porque no andaba, corría. Mejor dicho, casi volaba.

 

   Y aquel atardecer sucedió. Una mancha negra muy larga la precedía y salía de sus pies. Se movía a su ritmo; primero la sorprendió, luego la inquietó y luego la hizo reír. Y no encontró juguete más divertido. Si ella movía la cabeza, su sombra hacía otro tanto, se ponía en jarras, un gesto muy frecuente en ella, su sombra también. Saltaba, y aquella cosa oscura muy alta, lo hacía con ella.

 

   Decidió cansarla, y comenzó a caminar despacio y en zigzag. Su madre, la observaba con cautela y entendió enseguida el comportamiento de la niña. Se acercó y le preguntó:

 

-          ¿Se puede saber qué haces?

-          Juego con mi hermana mayor, aunque me está haciendo burla.

-          Pero si tú no tienes ninguna hermana, ni mayor, ni más pequeña. Qué cosa extraña estás diciendo.

-          Si la tengo. Y tú también mírala. Y también te está haciendo burla.

 

    La madre quiso explicarle a la niña la razón por la que su figura aumentaba y se ajustaba a todos sus movimientos. Lo pensó mejor. Calló. Y se dijo que era pronto para explicarle eso.

 

    No pasó mucho tiempo, cuando ese mismo día, el ocaso hizo tu trabajo y envuelto entre rayos de celaje, el sol desapareció por el horizonte. Y con él, las sombras.

 

    El gesto de Nerea se tornó triste. Las sombras habían sido por un breve tiempo, ilusión y compañía. Su madre le explicó, que al día siguiente cuando volvieran al parque “seguramente” su hermana volvería.

 

-          ¿Y la tuya?

-          También.

-          ¿Y por qué no se vienen a casa con nosotras?

-          Pues…

 

   Y echando mano de esa desbordante imaginación, Nerea, no dio tiempo a que su madre contestara.

 

Ya se. Seguramente han ido a comprarse un vestido más bonito. Porque ese negro que llevaban, era feísimo.

 

   La madre, soltó una carcajada al mismo tiempo que alzaba a su hija en brazos.

-          Venga vamos a casa, papá nos espera para cenar.

-          Y papá habrá hecho la cena, verdad.

-          Pues claro que sí. Y papá esta noche tiene que hacer más cosas.

-          ¿Qué cosas?

-          Calla curiosa.

-          Mami, nunca me cuentas nada.

        

   Llegaron a casa. El padre absorto en la lectura del periódico, no les oyó entrar.  Nerea, se lanzó a sus brazos, mientras decía.

 

-          Venga papá vamos a cenar pronto. Que hoy tienes que hacer más cosas.

-          Ah si, ¿qué cosas?

-          No sé, pregúntale a mamá.

 

   Su mujer se acercó con dulzura y ligeramente mordió su oreja. Una sonrisa cómplice no precisó explicaciones.

 

 


 

EXLIBRIS                                                                     SANTIAGO J. MARTÍN

Los odio. Los odio a todos. A todos no.

Mi madre, con su bondad por bandera, fue la principal culpable.

-Harán de ti una persona mejor.

Cierto. Pero no me habló de los límites. No, no me refiero a ningún tipo de sustancia adictiva. Bueno, sí. Sin materia digerible físicamente.

Empecé leyendo moderadamente. Luego con pasión. Aquello abrió la espita de la lectura compulsiva. Una vez quedé atrapado, ni mi madre supo sacarme de aquel embrollo quijotesco que me absorbía de la misma manera que me administraba placer y sabiduría.

Mi padre intervino oportunamente, creía él, para mal.

-Tú lo que necesitas es expresar lo que llevas dentro. Que tu imaginación no encuentre barreras en los discursos de los demás.

El primer obstáculo fue él y su expectativa de hijo con tufo triunfal. Otro error.

Empecé a escribir con temor. Con la timidez del que no quiere importunar a un amigo con un relato, que solo aportaba un placer: terminar de leerlo.

Luego llegó la autocrítica. No me atreví a inventar un personaje atormentado sin pensar en la sombra de Kafka.

Era imposible crear un malvado asesino sin el perdón de Poe.

No existía una torre apagada sobre un río que antes no hubiera visitado Machado.

Maldije a todos y empecé a iluminar seres absurdos, irreales, contrapuestos a sí mismos. A la vuelta de la esquina Borges y Vian, me tiraban de las orejas.

Acabo de bajar a la tienda y los he quemado todos. Ahora papá y mamá no tendrán más remedio que ingresarme de nuevo

A ver qué se atreven a llevarme en su primera visita: un libro o un chocolate negro que alimente a mis musas despiadadas.

7 comentarios:

  1. María Isabel, tu poesía proyecta siempre luz, aunque te inspires en las sombras. Es muy bella.

    ResponderEliminar
  2. Santiago, le pasó a D. Quijote y le pasa al protagonista de tu relato. Los libros y su obsesión le juegan una mala pasada. Pero hay tanta imaginación en él, que consciente o no, protagonista y autor reclaman aquello que añoran. El chocolate. Lo tendrás. Por merecido.

    ResponderEliminar
  3. María Isabel, tu poema describe las sombras buenas en las que podemos cobijarnos, a la vez que busca la luz renovada.

    ResponderEliminar
  4. Araceli, aprovechas la espontaneidad de una niña para construir un relato mágico de juegos con la sombra. Genial.

    ResponderEliminar
  5. Santiago el protagonista de tu relato es víctima de su exageración y su ansia de perfección. Y si esas características son malas en sí, en el asunto de los libros tanto en su versión lectora como escritora son patológicas. Muy bueno.

    ResponderEliminar
  6. A tu sombra. María Isabel
    Un canto a las diferentes sombras, donde María Isabel encuentra siempre poesía. El bienestar de la sombra hace más dulce la espera.
    Su sombra. Araceli

    Araceli, bonita forma de llamar la atención. Esta niña traviesa se pone a jugar con su sombra porque se aburre. Necesita una hermanita. La mamá coge el mensaje y se pone en contacto con su marido. La solución es sencilla y placentera.

    Exlibris. Santiago
    Por suerte, creo que el problema que plantea Santiago en su relato sobre la sombra patológica de los libros y sus autores, no es muy habitual. Pero a este pobre muchacho le ha tocado la china, y al escribir se pone en la piel de los autores que ha leído. Deseo que se cure en el hospital con una buena dosis de chocolate negro. Es original y muy bueno.

    ResponderEliminar
  7. Maria Isabel Un poema sobre luz y sombra donde finalmente se imponen la luz y el color, tiene una cadencia musical. Muy bonita.

    Araceli. Tú relato mezcla inocencia, curiosidad y descubrimiento en una niña llena de imaginación. Está muy bien contado con sencillez y prosa clara, se lee con la facilidad que le da su buena factura. Estupendo.


    Santiago. Te has marcado un Quijote de nuestro tiempo que cae víctima de las letras y las obsesiones que acarrea en ambos sentidos. Leer, escribir. Obsesiones que tú personaje lleva al límite. Como siempre no te puedes desentender de la historia una vez que empiezas . Genial.

    ResponderEliminar