31/07/2026

SOLO ME HE OLVIDADO DE TI 1

 

EL HILO                                                                       ANTONIO LLOP

 

                El titiritero iba casi todas las mañanas al parque del Retiro con su mochila llena de títeres a entretener a los niños y ganarse unas monedas. Les contaba historias que él mismo escribía.

                Al terminar esa jornada, de camino a casa y sentado en uno de los vagones del metro, el hombre notó una presión en el dedo corazón de su mano derecha. En principio solo vio que el color rosa de su piel era un poco más oscuro que el de los otros dedos. Al rato la leve presión se convirtió en una molestia. Esta vez se fijó con mayor atención en el dedo y se dio cuenta de que tenía un hilo enrollado. Parecía uno de los que sostienen a las marionetas. No se había dado cuenta antes porque son casi trasparentes para que los niños se hagan la ilusión de que los muñecos se mueven solos. Abrió la mochila y comprobó que el muñeco de la niña de trenzas rubias y el del niño de rostro amable tenían todos sus hilos. Sin embargo, en el aspa de madera del que colgaba el muñeco de cara torva faltaba uno. Este títere, que se oponía al amor de los dos protagonistas según el guion del propio titiritero, siempre terminaba golpeado por los demás. El filamento probablemente habría saltado en el momento de la paliza final. Me he olvidado de ti, pensó el hombre con una sonrisa.

                Las molestias en su dedo se incrementaban. Se fijó, alarmado, en el aumento de su grosor y su color casi marrón.

                En su desesperación el titiritero comenzó a gritar: ¡El hilo!, ¡el hilo! ¡Quítenme el hilo! Los vecinos de asiento del vagón miraban sorprendidos cómo el hombre con su otra mano intentaba pellizcarse un dedo brutalmente inflamado cuyo color ya viraba al morado. Pero la misma inflamación escondía la hebra que nadie veía.

El titiritero, antes de desmayarse, aún pudo ver cómo el muñeco de cara torva sonreía dentro de la mochila.


 

OLVIDAR EL OLVIDO                                                               MANUEL GIL

 

“Solo me he olvidado de ti.” Lo digo cada mañana mientras me afeito, mirándome al espejo con la solemnidad de quien recita un juramento y la satisfacción de quien acaba de encontrar las gafas... que llevaba puestas.

 

Solo me he olvidado de ti.

 

Y sonrío. No está mal para un hombre de mi edad. Hay quien pierde las llaves, hay quien pierde el pelo y hay quien pierde la paciencia en la cola del supermercado. Yo, de momento, solo te he perdido a ti. Lo curioso es que cuanto más te olvido, más recuerdo lo demás. Recuerdo, por ejemplo, el olor del pan que salía de la tahona del pueblo por las mañanas. Recuerdo la bicicleta de mi padre con la que aprendí que las rodillas tienen vocación de cicatriz. Recuerdo el día en que conocí a Lucía, que apareció con un vestido verde y una risa tan luminosa que las golondrinas se equivocaron de estación.

 

Ella decía que el amor era como plantar un árbol: al principio se riega con ilusión y, después, con paciencia. Yo respondía que también había que abonarlo con sentido del humor, porque ningún matrimonio sobrevive a unas lentejas saladas o a unas tostadas quemadas si no sabe reírse de ellas. Nos reímos mucho. Tanto que algunas carcajadas aún deben de seguir flotando por el techo de aquella casa donde vivimos tantos años. Estoy convencido de que los nuevos dueños creen que la madera cruje. No. Son nuestras risas estirándose después de una larga siesta.

 

Recuerdo el nacimiento de nuestra hija. Llegó con una fuerte ligereza, parecía venir de un lugar donde el tiempo caminaba descalzo. Recuerdo el mar. Siempre el mismo y siempre distinto. Lucía decía que las olas eran las cartas que escribía la luna cuando no encontraba papel. Yo nunca entendí esas cosas, pero asentía porque las metáforas le quedaban tan bien como el sombrero de paja. Ahora las entiendo un poco más. Porque la memoria también tiene mareas. Hay días en que sube y me deja peces brillando sobre la arena. Otros retrocede y parece que todo ha desaparecido. Pero basta esperar un poco para que vuelva con otro regalo. Ayer me devolvió el crujir del cuchillo hiriendo a una roja sandía y su maravilloso sabor a verano. Hoy, el nombre del perro que tuvimos de recién casados: Platón, idea mía, ¿cómo no? Nunca fue un perro especialmente filósofo. Una vez intentó morder el reflejo de la luna en un charco y acabó ladrando a una rana durante media hora. Supongo que todos tenemos derecho a una crisis existencial.

 

También recuerdo el día en que enterramos a Lucía. Llovía despacio, como si el cielo hubiese decidido hablar en voz baja. Pensé que el mundo terminaba allí. Sin embargo, la vida siguió entrando por las ventanas cada mañana, terca como una enredadera. Y yo seguí viviendo. Con ella. Porque hay personas que, cuando se marchan, se convierten en una habitación secreta dentro del pecho. Nunca vuelves a verlas, pero siempre puedes entrar a saludarlas. Por eso me hace gracia cuando vienes a buscarme. Al principio eras discreta. Escondías nombres detrás de las puertas o cambiabas de sitio las fechas como un niño travieso. Después empezaste a llevarte recuerdos enteros. Eras una ladrona elegante; nunca hacías ruido. Pero algo debió de salirte mal. Quizá te entretuviste contemplando las fotografías. Quizá te enamoraste de mis recuerdos y olvidaste cumplir tu trabajo. Porque aquí siguen todos. El olor del pan. Mi madre tarareando “volver con la frente marchita”. Lucía trajinando descalza en la cocina. Mi hija aprendiendo a pronunciar "papá". Sí, aquí siguen. Todos menos tú.

 

Esta mañana ha venido el médico. Ha hablado con mi hija en voz baja, creyendo que las palabras susurradas son más livianas. Los médicos hacen eso a menudo. Ignoran que los silencios suenan más que muchas palabras. Mi hija lloraba. Yo le he preguntado por qué.

 

Porque hoy te acuerdas de todo, papá.

 

He mirado alrededor, sorprendido. Allí estaban. No eran fantasmas. Eran recuerdos. En mi memoria siempre han tenido más cuerpo que muchas personas vivas. Entonces he visto a alguien marcharse. No tenía rostro. Era una sombra hecha de niebla, una polilla empeñada en comerse el tejido de los días. Caminaba despacio, como quien abandona una casa después de descubrir que ya no queda nada que robar. Solo entonces he entendido a quién llevaba tantos años hablándole frente al espejo. Solo me he olvidado de ti. La sombra se volvió apenas un instante. No respondió. No hacía falta.

Sobre la mesa, el informe médico decía una palabra que durante años había pesado más que cualquier otra. Alzhéimer. Sonreí. Qué extraño destino el suyo. Había entrado en mi cabeza creyéndose un incendio y acabó convertido en humo. Quiso borrar los nombres de quienes amé y terminó borrándose a sí mismo. Como un ladrón que, después de vaciar una casa, olvida el camino de salida y se pierde dentro de ella. Mi hija seguía llorando.

 

—¿Qué ocurre? le pregunté. Me acarició la cara. Nada... Es que has vuelto. Negué despacio.

 

No, hija. Nunca me fui. Solo había una visita demasiado pesada ocupando el sitio de mis recuerdos.

Miré por la ventana. Un almendro comenzaba a florecer. Era imposible: estábamos en pleno otoño. Pero los árboles, igual que la memoria, nunca han obedecido del todo al calendario. Y comprendí que el amor tiene un extraño oficio: esconder lo imprescindible en un lugar donde ninguna enfermedad consiga encontrarlo. Por eso ella pudo llevarse fechas, nombres, llaves, tardes enteras y hasta algún cumpleaños. Pero no pudo tocar lo único que de verdad sostenía mi vida.

Cuando cerré los ojos por última vez, Lucía me esperaba al otro lado de la cocina, con su vestido verde y aquella risa donde siempre cabía el verano.

 

Has tardado mucho me dijo. Tenía que olvidar una cosa antes de venir. —¿Cuál? Sonreí. A quien quiso que te olvidara. Y, por primera vez, el olvido fue el que se quedó solo.

 

 


 

MEMORIA SELECTIVA                                    JUAN SANTOS

A pesar de mis años, tengo una memoria prodigiosa. Multitud de escenas de mi infancia y juventud las llevo en la memoria como un tesoro que no quiero perder. Me vas a perdonar, pero creo que me confundes con otro. Por más detalles que me das, no te reconozco: no sé cómo te llamas ni quién eres.

Recuerdo perfectamente a todas las chicas que dices que eran tus amigas. Basta con ponerme la mano en la frente para escuchar sus risas y sus canciones. Parece que las estoy viendo jugar a la comba en las cuatro esquinas del barrio. Incluso las visualizo con el vestido blanco el día de su primera comunión, todas tan guapas como novias prematuras. Es posible que tú estuvieras entre ellas, pero te juro que a ti no te veo por ningún sitio. Algo muy gordo debiste hacerme para borrarte por completo de mis pensamientos.

Si te sirve de consuelo, te diré que tengo otro lapsus de memoria y es que tampoco recuerdo a la mujer con la que se casó mi mejor amigo, el que falleció la semana pasada. Pero con toda sinceridad te manifiesto que es algo que no me preocupa. Tampoco tengo curiosidad por saber quién era.


11 comentarios:

  1. El hilo del muñeco de mirada torva que Antonio nos describe causa verdadera angustia de tal manera que el relato se convierte en una escena de terror. Con matices muy reales es fácil imaginar el estupor del protagonista y de los pasajeros del vagón y la impotencia desoladora de todos ellos ante la venganza invisible del muñeco.

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  2. El relato de Manuel es pura poesía, bella poesía, escrito en prosa. Una entrañable historia de amor en donde el tiempo, la enfermedad y el olvido no han conseguido anular el verdadero latir del sentimiento. El amor que siempre aguarda y nos acompaña, el que sobrevive a pesar de las contactaras y las grietas del tiempo.
    Una hermosa historia que nos encoje y nos hace suspirar.

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  3. Jugando con las contradicciones y la metáforas, Juan resume con habilidad la historia de un amor frustrado, de una dolorosa traición que el protagonista, consciente o inconsciente, ha preferido olvidar. Bonito juego narrativo que causa inquietud en el lector.

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  4. Manuel, un amor que regresa de más allá del olvido. Un relato de una belleza impresionante narrado con metáforas e imágenes estupendas. Muy bueno.

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  5. Juan nos narra la historia de un olvido selectivo. Una traición que esconde la memoria del protagonista. Estupendo relato.

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  6. El hilo. Antonio
    Fantástico relato, Antonio
    Los títeres son seres mágicos que el titiritero da vida. El misterio empieza cuando cobran vida sin hilos que lo manejen, que es lo que le ha ocurrido al muñeco de la cara torva. Un olvido puede considerarse como un menosprecio y el muñeco vénganse con mala leche. Es un cuento de gran categoría.

    Olvidar el olvido. Manuel
    No reconocerse a uno mismo en un espejo, debe ser una experiencia terrible. A el protagonista de tu relato, que ha tenido una vida activa y con una compañera de viaje, le gratifica los recuerdos que afloran en su frágil memoria. Sin saber por qué, espera morir para recuperar su propia identidad y reunirse con ella. El relato me ha encantado.

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  7. Antonio, una venganza perpetrada por un guiñol, que se siente abandonado por quien le guía, y explicado con tal lujo de detalles, no es un relato menor. Sientes que tu dedo se inflama con la presión del hilo, hasta la gangrena, exactamente igual, que le pasa al protagonista. Ingenioso de verdad.

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  8. Manuel, lo he vuelto a leer. Lo haría con más frecuencia aún. No caben más metáforas en un relato de amor y olvido, donde el alzheimer hace su trabajo, pero no puede borrar el recuerdo de ella. Tú y tu pluma . Que buena combinación.

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  9. Juan, En menos palabras no se puede decir más claro, los sentimientos que permanecen en la memoria de tu protagonista. Recuerdos que prefiere olvidar, ya que en día fue traicionado por su novia y su mejor amigo. Aplicar el refrán, de "no hay mejor desprecio, que no hacer aprecio" es un acierto. Y tu relato también.

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