24/07/2026

FUEGO EN EL CUERPO 2

 

NUBLADO                                                                  MARÍA ISABEL RUANO

Una franja de nube

ha tapado el sol de la tarde.

Con forma de boa silenciosa

se ha comido el sol.

En una tierra seca de árboles mutilados

de viento y salitre.

Con una boca sedienta.

Franjas sinuosas y alargadas.

Ha desaparecido el sol.

Una porción de rutina, otra de desilusión.

Nubes en el horizonte, franjas oscuras

que derriten el fuego de la pasión,

el fuego del atardecer,

del cuerpo y del corazón.


 

         AUSENCIA DE PRESENCIA                                  ARACELI DEL PICO

 

 

     Le costó trabajo levantarse de la cama, pero lo consiguió.  Mientras se arrastraba hasta el baño, pensó hasta con cierto alivio, que ya iba quedando menos.

 

   Armando Préstamo, era joven aún, frisaba los 55 años. Y estaba rodeado de una familia maravillosa (o eso creía él). Su mujer, Marta Gallardo y su hija Carlota, eran el eje de su existencia.

 

    Llegó al baño. Se lavó las manos e iba a hacer lo propio con la cara para despabilarse, cuando alzó la cara hacia el espejo. ¡Allí no aparecía su imagen ¡Tomó asiento en el pequeño taburete y se dijo: ¡Tranquilo Armando… no pasa nada! Es un mal sueño.

 

    Con su mano derecha, pulsó la muñeca izquierda. Apretó, primero suave, luego más fuerte y más fuerte aún. Nada, el pulso había desaparecido. Miró entorno a él y una espesa niebla le envolvía. Entonces fue consciente. Había acertado con el diagnóstico, cuando siete días antes un compañero le sentenció con la claridad que le había exigido sobre el tiempo que le quedaba de vida.

 

-              No es fácil de precisar. Pero no demasiado.

-              Sé concreto, por favor.

-              Un mes, tal vez más, o …

-              Una semana.

-              Podría ser. Pero en la ciencia y menos en la medicina, no se puede hablar con precisión.

-              Marcos, tú, sí. Está bien. Oye un favor, podrías llamar a Marta y con toda la sutileza de que seas capaz, prepararla. Sinceramente, yo no sabría cómo hacerlo.

 

  No le arrancó un sí, pero en el abrazo que se fundieron, intuyó que lo intentaría.

 

  Volvió a su habitación, sin abrir la puerta, con ese don maravilloso que se les otorga durante un corto tiempo, a los que se están marchando, el suficiente para fijar sus más queridos recuerdos en la retina del adiós. Se sentó en la cama y vio su mesilla rodeada de medicinas, en especial calmantes de todo tipo. Sonó el teléfono. La voz de su querida Marta, respondió con una tranquilidad que de pronto no entendió.

 

-              Que si Marcos, que es verdad, que ya ha palmado.

-             

-              Pues claro que le ponía los paños de agua fría en la frente, para bajarle la calentura. Los últimos días, llegó a tener más de 40 grados de fiebre.

 

  Será embustera, (pensó el ya espíritu), pues si no me ha puesto ni uno solo. Si cuando yo se los pedía, me soltaba, que era mejor que me tomara un paracetamol, que era lo mejor para bajar la fiebre y no hace daño al estómago.

 

-              Marcos, me estás haciendo unas preguntas absurdas. ¿Como que qué vamos a hacer ahora? Pues seguir con nuestro plan. Dejar pasar un tiempo y luego con cierta tranquilidad, dejarnos ver juntos, que la niña te vaya conociendo mejor y todo aquello que hemos hablado mil veces. ¿Qué otra cosa podemos hacer? No debemos precipitarnos y sacar a la luz nuestra relación de repente.

-             

-              Que te sientes mal? ¿Que era tu mejor amigo? Vaya hombre. Y mi mejor marido. Entre otras cosas, porque nunca tuve ningún otro. Pero no viste reparos, en tenderme la red, cuando se presentó la ocasión.

-             

-              Mira, no estoy para pamplinas. Tengo mil cosas que hacer, para que el último paso sea digno y elegante. Voy a colgar. Y ni un pero más.

 

  Cuando Armando Préstamo, escuchó las palabras, digno y elegante, salir de la boca de la víbora que había creído hasta entonces la mejor de las esposas, sonrió con sarcasmo. Nadie podía ver esa sonrisa. Pero el poco tiempo que se le había concedido, lo iba a emplear con cabeza. Sentía, que ahora que no la tenía, le funcionaba mejor que nunca.

 

   Un golpe de viento abrió las ventanas del salón de par en par. Es la doble fuerza que se les concede a los espíritus en transición. Las cortinas se enredaron en el pequeño mueble, próximo a la ventana que cayó al suelo, desparramando una serie de documentos, que salieron volando. Marta fue presta a cerrarla. Algo se interpuso en su camino. Cayó al suelo. Se cortó en la frente y la sangre que le produjo la herida no le permitía ver con claridad. A duras penas se puso en pie. Un nuevo tropezón, le hizo caer de nuevo y en esta ocasión fue la cadera, la que sufrió las consecuencias. No podía moverse.

 

  Arrastrándose, llegó hasta su bolso para coger el móvil. No estaba en el bolso, lo había dejado en la mesilla, junto al difunto, mientras hablaba con Marcos. No tenía fuerzas para levantase. Y siguió arrastrándose para tratar de alcanzarlo.

 

  Armando pensó – Me temo querida, que de ahora en adelante, te vas a tener que arrastrar muchas veces -. ¿Y su hija, como llevaría ella su orfandad? La verdad es que era una niña consentida, mala estudiante, amén de respondona. Pero era su hija y la quería. Perdido en un laberinto de emociones encontradas, se abrió la puerta de la calle y apareció Carlota. Se acercó a la madre y lejos de compadecerse del dantesco cuadro que tenía delante, le soltó:

 

-              Te habrás quedado tranquila, ¿verdad? ¿Qué crees, que no estaba al tanto, del rollo que te traías con el medicucho ese?

-              Pero hija por Dios, que cosas dices. ¿Y no ves cómo estoy? Ayúdame por favor.

 

  Carlota, sintió un soplo en el oído y le pareció entender algo así, como ¡anda y que te ayude Marcos! Tal cual, se lo gritó a su madre. Salió dando un portazo. Y nada más cerrar la puerta, se encontró con Marcos que venía a certificar el óbito.  Y pensó, el muy cabrón, es capaz de certificar que “el óbito se produjo por causas naturales”

 

  Ayudó a Marta a levantarse. Se abrazó a ella y le dijo:

 

-              Marta, no podemos seguir adelante con lo nuestro. Es imposible. Me mata el remordimiento.

-              Maldito bastardo. ¿Ahora?

-              Si, ahora.

 

  Armando quiso deshacerse del velo que le envolvía entre la niebla. No podía. Pero aún tuvo tiempo de garabatear en el espejo del baño, con el carmín de su viuda: “Que seáis muy felices, no os lo merecéis, pero no soy rencoroso”.

 

  Marcos entró al baño, buscaba el botiquín donde estaría lo necesario para restañar las heridas de Marta. Vio lo escrito en el espejo.

 

  Y lo último que pudo oír Armando, mientras ascendía por el éter, fue el golpe seco de un cuerpo, que se estampaba contra el suelo.


 

LA DECISIÓN                                                              ANTONIO LLOP

Los senos de su nariz se abrían y cerraban en un movimiento a la vez cadencioso y perentorio. Mientras, el carnoso labio superior de su boca se despegaba del interior mostrando una perfecta hilera de dientes blancos, y sus ojos azules se guiñaban brillantes de deseo. Si la pantalla del cine traspasara su límite visual obligado y accediera a todos los sentidos de los espectadores, un aire ardiente llenaría toda la sala y mostraría que lo que esa mujer, más allá del fingimiento propio de actriz, necesitaba expulsar por todas sus oquedades era el fuego del volcán que, a punto de erupcionar, rebosaba su núcleo interior. Aquel era un hermoso dragón que, con su cascada de pelo rubio y rizado, traspasaba los bordes de su primer plano.

—Ya he visto bastante, Rufo. Vamos fuera.

—Te está dando miedo de que se entere el “pater”, ¿eh?... Bueno, espero que me des las gracias por este regalo de cumpleaños.

—Gracias, amigo. Ahora me toca celebrarlo de otra forma distinta.

Carlos camina pensativo hacia la mansión de su tía. En su cabeza hay una tormenta desatada. Antes de sacar la tarjeta para abrir la gran cancela se despide de Rufo con un abrazo, y le susurra unas palabras. La cara de éste se ilumina con una generosa sonrisa. Su amigo ha tomado por fin la gran decisión.

En el interior del recinto Carlos camina con firmeza. Se cruza con un mozo de caballos (Buenas tardes, felicidades señorito). De una capillita al borde de la arbolada senda, sale a su encuentro un hombre ventrudo y calvo con negra sotana y un gran crucifijo colgado del cuello.

—Cha vi que ha estado con su amiguito Rufo. Carlos, ese pibe es una mala influensia para vos, Solo le lleva a despertar sus voluptuosos instintos, a que usted pierda el control de sus inclinasiones. Su tía no se merese esto. Ha invertido mucho en su educasión moral, y yo tengo la responsabilidad de que usted no se pervierta.

—No se preocupe, padre. Mañana se termina todo.

La fiesta familiar empieza con una oración comunitaria y el discurso admonitorio repetido del padre Nicolás. El homenajeado, acompañado por su tía y sus amigas de la misma edad se conduce con una sonrisa de conformidad durante toda la ceremonia. Al final, con un soplido prolongado apaga las dieciocho velas que banderillean la gran tarta.

Esa noche, Carlos, por vez primera en años, no reza sus oraciones antes de acostarse. Duerme inquieto. Con el fondo del primer plano de la mujer del cine se cruzan crucifijos, látigos, cilicios, ángeles y fuegos infernales. Y tras esa sucesión de imágenes, aparece un mar tranquilo con suaves olas llegando mansas a una playa. 

Al amanecer, Carlos llena en silencio un maletín con su ropa y el último dinero que su tía le ha dado para el mes. Piensa que le debe una explicación por haberse hecho cargo de él desde los cuatro años tras la muerte de sus padres en accidente de automóvil. Garabatea unas palabras en la última hoja del misal y, junto al rosario que le asignaron desde niño, deposita ambos encima de su mesilla.

“Tía, muchas gracias por tus cuidados. Aquí te devuelvo tu camino. Ahora, que soy mayor de edad, buscaré el mío”.

Cuando sale al exterior le recibe un viento suave en la cara. Un sol incipiente lanza sus rayos tamizados entre dos troncos de árbol. Son los dorados cabellos de Katleen Turner que le dan la bienvenida.


 

LA MEJOR DECISIÓN                                      JUANA DOMÍNGUEZ

 

No podría contar cómo pasó. Fue repentino, sin esperarlo. Solo sucedió.

 

Mi viaje al desierto, tan deseado y esperado, llegó de improviso un día de primavera. Me había levantado temprano, dispuesto a ir a mi trabajo rutinario, en una sucursal bancaria cercana a mi domicilio. Al llegar me dirigí al despacho del director y, sin saludar, le dije a boca jarro que me despedía, que formalizará los documentos oportunos, que no iba a volver a la oficina, y salí del despacho sin más palabras. No le di tiempo a preguntar el porqué.

 

 En la calle me paré a reflexionar. Mi corazón galopaba. ¿Qué he hecho? Si hubiera asaltado el banco de España, no hubiera estado tan atónito.

 

¿Cómo había podido hacer tal cosa? ¿A qué me iba a dedicar en adelante? ¿Por qué había actuado de aquella manera?  No salía de mi asombro. Dentro de mí, un fuego interno me abrasaba.

 

Caminaba intentando hacerme a la idea de mi repentina decisión. Al cruzar una calle vi un cartel anunciando que ese año el París-Dakar se celebraba en el desierto de Atacama. El cartel promocionaba un viaje con todo incluido para seguirlo. Con la misma decisión que empleé en mi renuncia al trabajo, pedí información en la agencia y contraté un paquete con el vuelo, el alojamiento y un todo terreno para seguir parte de la carrera.

 

Un mes más tarde estaba en San Pedro de Atacama, intentando ver a esos locos que se juegan la vida corriendo por el desierto más árido del planeta, y adaptándome a los dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar. Un altozano situado en el recorrido me invitó a detenerme, allí podría ver como traqueteaban los autos de la competición subiendo y bajando por el sendero marcado. Había comprado agua y comida en una pequeña tienda de la gasolinera; podría esperarlos durante todo el día, para volver al hotel al atardecer.

 

Nunca imaginé que la decisión de dejar el trabajo y viajar hasta Chile me iba a deparar una vida diferente.

 

Sucedió tres días después, el rally había llegado a Copiapó. Yo los esperaba dentro del automóvil. El sombrero no me tapaba lo suficiente a pesar de ser otoño. Una tormenta estaba a punto de estallar. La veía acercarse despacio, pero sin desviarse, directa a donde yo me encontraba.

 

 A mi alrededor no encontré ningún refugio natural donde resguardarme. Elegí meterme bajo el coche, y allí me dispuse a esperar la tormenta y a los corredores. La precedía un remolino desplazándose a una velocidad pasmosa. Delante de él, un zorro corría directo a mí y, sin asustarse, se metió bajo el coche, mirándome lastimero. Un ruido de ultratumba acompañaba al remolino. Cuando iba a sobrepasarnos se desvió a mi derecha dejando la franja del desierto que tenía enfrente despejada, nítida. Divisaba la arena totalmente quieta. Fueron unos segundos de calma, después la marabunta se desató. No lo vi venir, apareció de repente.

 

El zorro dio un gemido y salió corriendo. Lo vi alejarse. Delante de mí, apareció un vehículo rodando sobre sí mismo. Algo lo hacía girar. Y desapareció igual que llegó, sin más. Me giré bajo el coche. Las imágenes me dejaron helado. El auto ardía. Una llama continua lo consumía. Un penacho de humo negro se izaba hacia el cielo. Del coche en llamas salió el zorro corriendo hacia mí, la cola ardiendo. En su pavor se estrelló contra el mío ¡Los tres ardíamos!

 

Diecisiete años después, sigo anclado en este árido y baldío desierto, sin posibilidad de abandonarlo. De día duermo en una cueva profunda. Las noches son más activas, cazando y gañendo a las estrellas que pueblan el hermoso cielo de Atacama.


 

¿HAY ALGUIEN AHÍ?                                                               SANTIAGO J. MARTÍN

Empezó con Esther. Luego Loli, un beso, el Che.

Más tarde unas palabras que no era suyas: su amor no daña, tu odio sí. Seguirían decenas de citas, de lemas, de gritos, algunos soeces. 

Quedaba aún mucho hueco para las imágenes: una playa de Mykonos, la Rue de la Huchette, una gárgola anónima.

No olvidó ni una sola fecha. Algunas conocidas para muchos: aquel mes de marzo que conoció a Ruth, cuando murió su madre, la primera fiesta en Chueca. Otras llenas de misterio, algunas lejanísimas.

También cabían coordenadas, banderas, ojos, números sueltos…

Cuando tuvo el accidente era una mujer sin espacios. La solución estaba en su piel. Y le fue imposible interpretar ninguno de los tatuajes que cubrían su cuerpo.

Salió del hospital con dos ideas: no más motos y tatuarse lenguas de fuego para esconder aquello que ya no le decía nada. 

 

3 comentarios:

  1. María Isabel, un nublado muy bien definido en imágenes con unas metáforas estupendas. Sé cuánto te ha costado definirlo, tú, la amante de la luz...
    Araceli, un relato muy bien secuenciado sobre un fantasma vengador de una traición amorosa en vida. La pasión con la que lo cuentas hace la historia verosímil.
    Juana, una decisión aparentemente precipitada nos lleva a un relato de aventuras en el desierto de Atacama. El zorro, yendo y viniendo, y trasportando el fuego de la tormenta es un símbolo inquietante. Muy imaginativo.
    Santiago, un mapa tatuado en su piel define los recuerdos de una mujer. Lo malo es cuando tiene que recordar los pasajes de esa vida al sufrir un accidente con pérdida de memoria. Final muy creativo: como el refrán de la mancha de la mora, un tatuaje se quita con otro de fuego.

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  2. Nublado. María Isabel
    Las nubes en su multitud de formas y apariencias son siempre motivo de inspiración para los poetas. María Isabel ha sacado el jugo de esta foto como solo ella sabe observar. Con lo grande y potente que es el sol, una franja de nube ha sido suficiente para taparlo y sugerir un bonito poema.

    El velo. Araceli
    Tener un amigo médico puede tener una parte negativa, como le ha pasado a tu protagonista. En lugar de curarlo como manda el juramento hipocrático, se lo ha quitado del medio para tener vía libre con su mujer. Con mucha imaginación has puesto las primeras horas del difunto con cierta clarividencia, que se entera de sus cuernos cuando solo puede asustar con fenómenos de un inocente fantasma. Me divertido tu relato, Araceli.

    La decisión. Antonio
    El deseo reprimido y las hormonas de los dieciocho años, eclosionaron al contemplar la mujer despampanante de la pantalla. Cuánto daño habrá hecho la buena educación cristiana, obsesionada con el pecado del sexo. Me ha gustado mucho como has descrito el momento de relajación cuando está en la cama, pensando en la actriz. Muy bueno, Antonio.

    La mejor decisión. Juana
    Juana, con tu relato nos ha hecho partícipes de tu viaje al desierto de Atacama. Y lo has descrito tan bien, que hemos sentido miedo con la tormenta y con la presencia del zorro. Tu protagonista es una persona decidida que, con un calentón, es capaz de dejar un buen trabajo por una aventura. Sospecho que esta idea se esconde en tu subconsciente. Me ha gustado mucho.

    Hay alguien ahí. Santiago
    Impresionante la vida de esta mujer motera. Las hay raras, pero tú nos la has dibujado de tal manera que hemos empatizado con ella. El accidente ha borrado su memoria y el significado de sus tatuajes. Es una pena que recurra al fuego para borrarse lo que un día le hizo tanta ilusión. Me ha encantado.

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  3. M. Isabel. Con tres breves pinceladas cargadas de lirismo describes ese cielo, y subyacen en la descripción las sensaciones que no se ven, las que cobran sentido con esa contemplación, las que comparan el mundo interior y el exterior. Bello.

    Araceli. Una historia de infidelidades que acaba descubriendo la víctima cuando ya ha pasado a otro estado distinto del de mortal. Es un relato que haciendo uso de los ingredientes clásicos del genero. Es como suelen ser los tuyos muy descriptivo, mantiene el ritmo y está bien desarrollado. Buen trabajo.

    Antonio.Este relato tan del cono sur, Argentina supongo, es al mismo tiempo un claro homenaje al erotismo del cine, que en ocasiones da lugar a que por su influencia haya gente como tu protagonista que toma decisiones importantes en este caso con esos 18 años que le hacen libre. Está muy bien estructurado. Me ha gustado mucho.

    Juana. Tu relato parte de la ruptura impulsiva del protagonista como puerta hacia un cambio de vida irreversible. El desierto simboliza todo lo nuevo: libertad, destino y condena. Le das una atmósfera inquietante que crea misterio. El desenlace sorprende,y deja una sensación extraña. Buen relato aventurero.

    Santiago. Tu microrrelato explora el tema de la identidad y con una prosa que revela solo una parte, la otra queda a la imaginación del lector, levantas toda una historia, los tatuajes tienen un protagonismo y un simbolismo crucial. Muy bueno.

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