17/07/2026

FUEGO EN EL CUERPO 1

 

FUEGO EN EL CUERPO                                               MANUEL GIL

 

Cuando Darío conoció a Laura, ya estaba enamorado de otra mujer. Y de otra, y si somos sinceros, de una cuarta con la que solo intercambiaba mensajes los martes.

 

Siempre había defendido que el corazón humano era una casa con muchas habitaciones. Lo que nunca explicó era que él las alquilaba todas al mismo tiempo.

 

Laura lo supo desde el principio.

 

Eres un caradura.

 

Soy una persona con mucha capacidad de querer.

 

No. Eres un tío que organiza bien la agenda, pero un caradura.

 

Lo extraordinario empezó un mes después.

 

Darío, tras sus citas, despertaba empapado en sudor. Tenía la piel tan caliente que el móvil rechazaba reconocer su huella. En el trabajo dejó de usar el portátil sobre las piernas porque el plástico empezaba a deformarse. El médico habló de ansiedad. No conforme consultó a un naturista que concluyó que padecía un exceso de energía. Su madre aportó su visión del tema y sin duda tenía que ver con el excesivo consumo de guisos precocinados y otras guarrerías varias de su dieta habitual.

 

Solo Laura dio con el diagnóstico.

 

Tienes fuego en el cuerpo.

 

Darío  se echó a reír. Hasta que una noche prendió fuego al sofá. No entero. Solo el cojín donde llevaba media hora sentado.

 

A partir de ahí, la cosa fue empeorando.

 

Quemó dos colchones, una chaqueta de lana y el asiento del coche.

 

Laura seguía viéndolo, aunque cada vez con menos romanticismo y cerca de donde hubiera extintores.

 

Esto no puede acabar bien.

 

Las historias de amor nunca acaban bien.

 

Darío, la última vez chamuscaste las cortinas del hotel.

 

Él prometía cambiar. Lo prometía también a Beatriz, y a Nuria y a Elena.

 

La agenda seguía llena. La temperatura también.

 

En su desesperación recibió los consejos de un compañero de trabajo. De todos era conocida la condición de “cuñao” del tipo, pero Darío le escuchó, no tenía nada que perder. Por indicación de este personaje, aterrizó en la consulta de una mujer, sanadora según ella, del cuerpo y del alma y cuya especialidad eran las enfermedades raras.

 

No estás enfermo.

 

Pues algo me está abrasando por dentro.

 

Claro.

 

—¿El qué?

 

Las mentiras ocupan espacio. Y las tuyas ya no caben.

 

Darío soltó una carcajada.

 

—¿Pretende decir que me estoy incendiando por ser infiel?

 

No. Por ser perezoso.

 

—¿Cómo?

 

Si al menos mintieras con imaginación... Pero llevas años reciclando las mismas excusas. Tu cuerpo ha empezado a quemar el exceso de cuentos, puede sonar raro, pero la capacidad para almacenar mentiras reiterativas tiene un limite.

 

Aquello le pareció la mayor estupidez que había oído jamás. Así que salió de allí y siguió exactamente igual.

 

Dos semanas después ocurrió el desastre.

 

Había citado a Laura y a tres mujeres mujeres en el mismo restaurante con apenas media hora de diferencia. Pensó que era una obra maestra de la logística, un reto consigo mismo, un juego excitante.

 

No lo era. Las cuatro coincidieron. Darío empezó a sudar. Luego a echar humo.

Puedo explicarlo... balbuceó.

 

Pero nadie escuchó la explicación porque, en ese instante, Darío ardió.

 

No fue espectacular, se consumió lentamente, como una hoja de papel.

 

En menos de un minuto solo quedó un pequeño montón de ceniza... y su teléfono móvil.

 

Las cuatro mujeres lo observaron en silencio.

 

Hasta que el aparato vibró.

 

En la pantalla apareció un mensaje.

 

«Cariño, ¿sigues en la reunión?»

 

Laura sonrió, recogió el móvil y respondió con una única palabra.

 

«No.»

 

Dicen que, desde entonces, hay hombres que sienten un calor extraño cuando empiezan  a acumular mentiras y a llevar demasiadas vidas a la vez.

 

Los médicos siguen sin encontrar una explicación.

 

Las tiendas de moda masculina, en cambio, venden cada año más americanas ignífugas.


 

FUEGO QUE YA NO QUEMA                                      JUAN SANTOS

 

“Ardor guerrero vibre en nuestras voces…” Así empieza el himno de Infantería, que yo cantaba en la mili con el ímpetu de un dragón amenazante. Y es que nací con el fuego en el cuerpo. Siempre he necesitado muy poco para avivar mi llama interior, y allí no iba a ser menos.

Recuerdo mi primer enamoramiento como una llamarada limpia, casi dolorosa, que iluminaba cada rincón de mi vida. Su voz bastaba para encenderme.

 

A mis dieciocho años, en los últimos tiempos de la dictadura, agobiado por la represión franquista, discutía como quien lucha por sobrevivir. La libertad era una batalla urgente.

 

Defendía cada argumento con la sangre hirviendo y los puños apretados bajo la mesa.

En muchas ocasiones, mi combustión subía como si me echaran gasolina cuando me sentía despreciado, ridiculizado en público o cuando mi jefe abusaba de su poder.

 

La pólvora estallaba en mi interior cuando insultaban a mi familia. Solo se apagaba con un puñetazo en las narices, para que no volviera a repetirse.

 

La traición y la mentira en personas de mi confianza me producían sofocos: un rescoldo que duraba largo tiempo en mi corazón, como la leña de encina.

 

Hoy la injusticia sigue ahí, claro. Pero ya no me golpea igual. La veo, la reconozco, incluso la condeno en silencio, pero rara vez me enciendo. Es como si una capa invisible amortiguara el impacto.

 

Hoy me busco por dentro y apenas encuentro un rescoldo tibio y persistente de aquel incendio lejano que fui. A veces soplo con cuidado, como quien intenta reavivar una hoguera antigua, pero apenas consigo una chispa breve, insuficiente.

 

Lo que no he perdido ni nunca perderé es el calor y la pasión por mi familia y mis amigos: esa llama no hay vendaval que la apague.

 

Ahora bien, encenderme y salirme de mis casillas solo me ocurre, en momentos puntuales, con los goles de la Selección Española y, por supuesto, con los del Atleti.

 

2 comentarios:

  1. Manuel, tu protagonista caradura a tope, tal como le califica Laura, acaba quemándose en su propio ardor. Es un relato que de no saber el autor, yo le hubiera puesto tu firma. Descrito con detalle e introduciendo alguna metáfora, que aliente el fuego. Es muy bueno, como todos.

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  2. Juan, que bien nos haces llegar el ardor y el brío de la juventud, que con la edad se va amainando y tan solo reserva ese calor , para la familia y amigos. Y por añadidura para las vibraciones que le aportan sus juegos favoridos. !aúpa ATLETIC,
    y aúpa siempre, tu pluma brillante.

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