29/05/2026

INFECTADOS 2

 

HERIDOS                                                        MARÍA ISABEL RUANO

 

Enfermos, infectados, agotados, temerosos y heridos.

¿Es qué no lo ves? ¿Es que no nos ves?

Al pasar por la carretera, en la cuneta del camino

en la vereda del monte y muy cerca de tu cobijo.

Calcular nuestra edad es difícil,

si miras la tuya verás que siempre nos has visto,

hemos estado a tu lado, junto a ti.

Con la sombra, la belleza y el oxígeno.

La esbeltez de nuestros troncos,

las hojas que se renuevan, crecen y envejecen.

Las ramas generosas, frontera para el vacío.

Una diminuta oruga, una plaga, un verdadero peligro

ha mermado nuestra fuerza, quebrado las ramas,

mutilado las hojas qué frágiles y afiladas

apenas tienen brillo.

Ayúdanos, mira hacia arriba, informa de lo que pasa,

formad cadena, aliviar nuestra agonía.

Salvad la savia, podar las ramas, rociar las hojas.

Volvamos a ser aliados, compañeros, amigos.

Antes de que por las plagas

caigamos a vuestros pies muertos y heridos.

Antes de convertirnos en triste leña, pasado y olvido.

 


 

SUEÑOS ROTOS                                                          JUANA DOMÍNGUEZ

 

Rita lloraba impotente y desconsolada, otra vez no podía ser.

Todo lo tenía previsto: el local, la mercadería, una jovencita con muchas ganas de trabajar -le había costado encontrarla entre las candidatas que entrevistó-. Era su negocio soñado. Había invertido todos sus ahorros en aquella librería.

Llegó el día de la apertura. Había madrugado para estar en la tienda antes de la inauguración a fin de resolver los posibles imprevistos. A las diez de la mañana, hora prevista de apertura, Matilde estrenaba el uniforme que Rita había diseñado con esmero: elegante y alegre. Así quería que fuera la imagen de su negocio.

No podía ser realidad. Habían pasado treinta años desde aquella pandemia que tuvo al límite a todas las naciones del planeta tierra, cuando ella solo tenía diez años ¡no podía volver!

Tenía recuerdos claros de la incertidumbre y miedo que pasó, de las vacunas investigadas y puestas en circulación con una rapidez poco habitual en los laboratorios. Hasta cuatro marcas se crearon casi al mismo tiempo, y se inocularon a toda la población que lo consintió y quiso, aunque era obligatorio vacunarse, la autoridad sanitaria lo recomendaba y en pocos meses la población fue pasando por diferentes centros donde te citaban con otros miles de personas el mismo día.

Fueron meses de angustia en su casa. No se podía, ni debía salir de ella, solamente para comprar lo necesario para varios días. No se podían juntar con los familiares cercanos si no vivían en la misma casa. Las videoconferencias se pusieron de moda entre las familias y los amigos. Rita recordaba el cartel con dibujos en su ventana que decía “todo saldrá bien”

¿Tanta investigación, tantos cuidados, tanta limpieza… de que habían servido?

¡No podía volver otra vez aquella pandemia!

Las noticias eran claras: un virus estaba haciendo estragos entre la población de un país lejano, y ya había llegado a Europa.

¡Otra vez no por favor! rogó al cielo.

La recomendación era clara y tajante: “cerrarse cada persona en su casa y si fuera posible en soledad, una persona por habitación sin contacto ni compañía. Solos, cerrados, decía el presidente del país. El virus contagia en pocos minutos de contacto. Los cadáveres están creciendo a velocidad supersónica. No tenemos personal suficiente para recoger cadáveres. Cada familia tiene que llevarlos a un depósito asignado, y salir de la casa durante una semana”.

Matilde no era de la ciudad. No podía llegar a su casa. Se la llevaría a la suya, solo estaba a dos manzanas de la tienda, pero tendría que cerrarla. No podía estar abierta al público. La economía tenía que congelarse, solo productos básicos, y vestirse con protecciones específicas para evitar los contagios. Una locura sería este nuevo deafhvirus, así le nombraban. ¿Quién se libraría de él?

 

Rita, seguía llorando. Matilde la había infectado. ¿Cuánta vida le quedaría? Tenía cuarenta años y había vivido dos pandemias, no creía que pudiera superarlo. Sentada en su librería, se secó las lágrimas y resignada cogió un libro. Leería todo lo que el virus le permitiera. No podía desesperarse ni llorar más. Quizá pudiera superarlo y vivir para contarlo.

 


 

LA FIEBRE DE LOS RECUERDOS                                  MANUEL GIL

Ya era un hecho, aunque pareciera el ingrediente oscuro de una pesadilla. La extraña pandemia era una realidad.

La primera vez que Silvia vio a un hombre llorar con recuerdos ajenos, pensó que estaba delirando.

No quiero verla morir otra vez, no quiero que el camión se trague su coche, era mi mujer y… Luego un nombre que nunca había conocido.

Cuarenta y tres años. Soltero. Ningún accidente registrado. Ninguna esposa. Comprobó asombrada. Pero el hombre lloraba una muerte real.

Ya nadie llamaba virus” a la enfermedad. Todo el mundo hablaba de la fiebre de los recuerdos. Bastaba rozar la piel de un infectado para recibir fragmentos de memorias ajenas: cumpleaños desconocidos, oscuros deseos, traiciones íntimas, infancias que no pertenecían a uno mismo.

Al principio parecía inofensivo. Incluso despertaba una curiosidad morbosa.

La alarma llegó cuando muchos infectados llegaron al suicidio.

Personas incapaces de distinguir qué habían vivido realmente. Matrimonios destruidos por recuerdos de infidelidades inexistentes. Niños despertando con memorias de soldados moribundos. Ancianos hablando idiomas que jamás aprendieron.

Y el silencio.

Calles desiertas. Nadie salía si no era imprescindible. La gente usaba guantes, mascarillas, mangas largas incluso en verano. Nadie quería tocar a nadie. Nadie quería cargar con vidas extrañas dentro de la cabeza.

Silvia trabajaba turnos dobles en el Hospital Central desde hacía seis semanas. Dormía poco. Comía peor. A veces despertaba sobresaltada pensando que había olvidado algo importante, aunque no sabía qué.

Entonces comenzaron las visiones.

No eran como los recuerdos habituales de los infectados. Aquello era distinto.

Una niña con un pijama de mariposas. Oscuridad y pasos sobre hojas mojadas con un olor acre. Agua, agua negra.

Un hombre, cuyo rostro era imposible ver en esa oscuridad, empujaba a la niña a ese mundo oscuro de agua retenida que esperaba un aún lejano verano para volver a ser transparente.

Silvia pensó que era estrés hasta que otro paciente describió exactamente el mismo recuerdo.

Luego otro. Y otro más. Una anciana gritó durante un episodio febril:

—¡La niña de la piscina! ¡Él la violó y se deshizo de ella lanzándola al agua!

 

Silvia se decidió a investigar. Buscó en diferentes archivos policiales hasta encontrar una noticia olvidada: la niña ahogada en la piscina de su casa en invierno de 2010 en extrañas circunstancias, En principio se pensó en un caso de sonambulismo que acabó trágicamente. Más tarde hubo un condenado por violación y asesinato. La niña tenía 8 años.

Las coincidencias que algunos infectados compartían daban la impresión de que el virus estuviera propagando un eco entre muchas personas. Como si el crimen quisiera salir a la luz.

Silvia no abandonó sus pesquisas, aquel caso, empezaba a recordarlo, ocurrió cerca de su casa, en una zona de viviendas unifamiliares en la época en que ella estaba en la universidad.

Entonces notó el temblor en sus manos. Fiebre. La infección había llegado. Las memorias comenzaron a invadirla sin descanso.

Un parto en 2003. Una ejecución durante una guerra extranjera. Un beso robado en un tren. Una sobredosis.

Vidas ajenas acosándola.

Y, entre todas las memorias extrañas, la niña del pijama de mariposas seguía apareciendo.

Cada vez más clara. Cada vez más cerca. Hasta que una noche vio el rostro del asesino.

Surgió durante un episodio de fiebre brutal en el baño de su apartamento. Silvia cayó de rodillas mientras recuerdos ajenos atravesaban su mente como cuchillos.

El jardín oscuro. hojas mojadas. La niña llorando. Y el hombre inclinándose sobre ella.

Esta vez la cara apareció nítida. Silvia soltó un grito.

Era su padre.

Retrocedió hasta chocar contra la pared. El corazón parecía querer salirse de su pecho.

Su padre llevaba muerto seis años. Un infarto. Un hombre tranquilo. celador de un ambulatorio, amante de la vida familiar.

Pero ahora recordaba cosas: discusiones sofocadas entre sus padres, la mirada de miedo en su madre y un cambio que la llevó a una fuerte depresión.

Memorias propias. No ajenas. El virus no estaba inventando nada. Solo había roto las puertas.

Silvia pasó dos días encerrada intentando ordenar su mente. Tal vez el condenado, un inocente, estuviera aún en la cárcel.  Afuera, la ciudad se hundía en el caos. Disturbios en los supermercados. Grupos armados quemando edificios de infectados. La paranoia se había vuelto más contagiosa que la enfermedad.

Ella apenas podía mantenerse consciente. Antes de olvidar quién era, debía contar la verdad.

Si espero más… ya no sabré quién lo está diciendo.

Cuando salió rumbo a la comisaría comenzó a llover.

La gente caminaba separada bajo paraguas transparentes, evitando tocarse. Una ciudad  de cuerpos aislados y mentes contaminadas.

Silvia levantó el rostro hacia el cielo gris. Creyó escuchar a una multitud respirando dentro de ella.

Después, incluso su propio nombre empezó a sonar desconocido.


 

 BRILLO ESCONDIDO                                                  ARACELI DEL PICO

 

   No era fácil para Iñigo del Monte, pasar desapercibido. Su bonhomía estaba fuera de toda duda. Era ingenioso. Y con una figura que parecía tallada por el cincel de Miguel Ángel. Dispuesto a ayudar a todo aquel que lo precisara, sin que siquiera se lo pidiera.  Y era mi amigo.

 

  Rodeado siempre por un amplio círculo de admiradores, de uno y otro género, paseaba su metro noventa con la elegancia innata, que desprenden las personas elegidas. Y esa chispa, que arrancaba la carcajada de todo aquel que tenía cerca. Ocurrencias no le faltaban.

 

  Pero las personas de tales prendas, atesoran la admiración de muchos y la envidia e inquina de muchos más. Y los segundos tejen una serie de bulos que emiten a través de las ondas de su mala baba. Y al final acaban siendo más los segundos.

 

  Acabó su doctorado con notas brillantes. Y consiguió el si, de la chica más guapa de la universidad. Cecilia Anchieta. Venturas acumulativas que no hacían más que envolverle en la misma proporción en alabanzas e infundios.

 

  Tales infundios llegaron a sus oídos y trató de esquivarlos e ignorarlos. Hasta ahí no llegaron sus habilidades. No se agobió.

 

  Transcurrió un tiempo, en el que se dejaba ver poco y cuando aparecía, era con mal aspecto. Cansado y con mirada triste.

 

  Una tarde donde departíamos en una tertulia, llegó con parte de la cara tapada por una mascarilla. Explicó que había cogido un mal virus, que le tenía cansado y preocupado, puesto que había ido al médico y el diagnóstico había sido incierto. Y no tenía claro si el galeno se había callado algo por no agobiarle o que realmente no había dado con el mal que le aquejaba. Tan mala era una cosa como la otra. Y claro está la duda le estaba matando. Por ende, su enfermedad podría ser contagiosa. De ahí la mascarilla.

 

  En esa tertulia, había de todo. Los que siempre le habían admirado y los demás. Pero mientras que en los ojos de unos asomaba un halo de tristeza, en el resto había un brillo nuevo de felicidad.

 

  Cuando nos separamos, me fui con el corazón encogido. Y le dije que contara conmigo para todo cuanto quisiera. Me dijo que por supuesto. ¿con quién si no?

 

  Llegué a casa abatido. Sonó el teléfono. Era él, con el mismo tono jovial de siempre.

 

Mauro, hacen unas cañitas?

Pero tú no deberías…

Quiá, quedamos en El Rebollar y te lo cuento todo.

 

  Apareció sin mascarilla. Parecía un figurín.


 

ENGANCHADOS                                              SANTIAGO J. MARTÍN

 

- Lo mejor es que te lo tomes ya.  Qué ganas tienes de pasar un mal rato.

- Son tantos que...

- Exagerado. Te quejarás de mala salud.

- Pero si es que lo pillo todo.

- Ya. Y ahí sigues.

- Hecho una mierda.

 

Tras varios minutos de silencio absoluto, sin miradas, ni gestos, ella se atrevió a poner la tele.

 

- ¿Qué pretendes, Lola?

- Salir de este sopor.

- Esto no tiene solución.

- Vale, bien. Dejémonos ir. Ya total.

- Eso es justo lo que te intentaba decir.

 

Deja el mando en la mesa, después de apagar el aparato. Coge un libro cualquiera de la estantería azul.

 

- Lo que me faltaba. Verte leer.

- Qué gran tortura para el señor. Espabila, Federico que parece que ingresas mañana en una residencia.

- No, mañana, no.

 

Ella deja el libro. Se desnuda lentamente delante de su cara. Las bragas caen sobre la frente de Federico.

 

- Lola, coño, un respeto. Acabamos de perder otra vez la liga.

- No me decías lo mismo la noche que murió mi padre, bonito

- Son cosas distintas.

- Siempre te ha podido el morbo, pero el tuyo particular. ¿Acaso sabes cómo se encuentra mi hermana con lo nuestro?

 

Bueno, pues hasta aquí el reto de hoy. Ahora os paso la batería de preguntas.

 

·         ¿Cuál es la relación real entre Federico y Lola?

·         ¿Cuántos años puede tener Federico?

·         ¿Cuál es el equipo que ha vuelto a perder la liga?

·         ¿Es el sexo lo único que les une a ambos?

·         ¿A qué partido votó Federico en las últimas elecciones?

·         ¿Qué religión profesa Lola?

 

En nuestra página web, HAGÁMONOS VIRALES”, encontraras las posibles respuestas a cada una y podrás apostar por todas las que consideres.

 

Siguiendo la normativa europea sobre juegos de azar, es necesario ser mayor de 18 años para poder participar.

 

Teniendo en cuenta la ley de protección de datos, los nombres de los protagonistas son ficticios, no así el caso que aquí os presentamos.

 

Las respuestas correctas están depositadas en la Notaría N.T.L.V.A.C*, con el número de protocolo 45.347V y la licencia de funcionamiento 39999, de las Islas Barbados.

 

 

*No Te Lo Vas A Creer.

 

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