02/07/2026

EL NUMERITO 1.

 

UN APLAUSO                                                              MANUEL GIL

 

Desde hacía generaciones todos nacían con una cifra.

 No la elegían los padres. No era cosa de los médicos. Había dejado hacía mucho tiempo de ser algo insólito. Sencillamente aparecía, diminuta, pero con sus dígitos perfectamente legibles sobre la frente, cuando el primer llanto todavía no había terminado de romper el silencio del paritorio.

 Era la única herencia común de la especie.

 Durante la infancia nadie conocía su significado. Los niños crecían aprendiendo a convivir con aquella enigmática señal sobre sus cabezas, comparando tamaños, inventando supersticiones, soñando con futuros fantásticos. Los había felices por tener un número grande. Otros lo preferían pequeño convencidos de que los excesos podían esconder alguna trampa.

Los adultos sonreían.

 Llegado un momento nadie recordaba exactamente cuándola cifra revelaba aquello que llevaba contando desde el principio. No sucedía con ceremonias ni con nada extraordinario. Un día cualquiera se revelaba, como si el significado hubiese estado esperando, paciente, a que el uso de razón hiciera aparición en el individuo y lo aceptara con naturalidad.

 Y entonces algo cambiaba.

 Algunos descubrían que aquella cantidad era el número de besos que recibirían antes de morir. Otros que las cifras contaban las veces que enfermarían, las personas de las que se enamorarían o las lágrimas que aún les quedaban por derramar.

 A partir de ese instante, una inquietud pasaba a formar parte de sus vidas.

 Había quien negaba un beso por miedo a acercarse demasiado al último. Mujeres que huían del amor para conservarlo intacto. Familias enteras que celebraban una fiebre porque significaba una enfermedad menos por sufrir.Todos querían controlar los acontecimientos, alcanzar la cifra significaba acercarse al final.

 Las cifras no predecían la existencia. La domesticaban.

 Darío tardó años en descubrir la suya. No el número, ese llevaba viéndolo desde que abrió los ojos por primera vez.

 Descubrió lo que significaba.

 El 1. Siempre le inquietó esa cifra tan baja y rotunda.

 Un solo aplauso. Eso era todo cuanto el mundo le regalaría antes del último aliento.

 Sintió vergüenza. No de la cifra, sino de imaginar la clase de vida capaz de merecer únicamente un aplauso.

 Después de saberlo decidió rebelarse. Si el universo pensaba concederle uno solo, tendría que arrancárselo.

 Se hizo actor.

Memorizó tragedias, escribió comedias, estudió los latidos del público y el instante exacto en que una emoción fluye sin remedio.

 Cuando el teatro dejó de bastarle, aprendió sica, ilusionismo, danza. Creó espectáculos donde los relojes olvidaban el tiempo, El público salía distinto, algunos lloraban, otros reían durante horas.

 Pero nunca llegaba el aplauso. Jamás.

 Las manos permanecían quietas sobre los regazos, como si bo pertenecieran a ellos mismos.

 Darío comprendió que la verdadera prisión nunca había sido el número, sino vivir pendiente de él.

 La noche de su última función no hubo decorados, ni focos. ni telón.

 Voy a montar un numerito

Pensó.

 Solo un hombre y una silla. No interpretó ningún personaje, se interpretó a sí mismo.

 Contó el miedo de crecer mirando un número cuya respuesta nadie conocía. Habló de la infancia convertida en espera, en cuenta atrás.

 Luego dijo algo que nadie olvidaría.

 Tal vez las cifras nunca estuvieron sobre nuestras frentes para contarnos la vida. Tal vez estaban ahí para impedirnos vivirla.

 No añadió una palabra más. El silencio ocupó el teatro.

 Desde la última fila, una anciana se puso lentamente en pie. No sonreía, simplemente levantó las manos y as hizo encontrarse.

Clap, clap, clap.

 Darío saboreó el momento y llegó lo inesperado. La cifra desapareció. Cerró los ojos, pero no ocurrió lo que él podía temer que era morir.

 Lo que murió fue el miedo.

 Un instante después sucedió algo que nadie supo explicar.

 Sobre la frente de la anciana, la cifra comenzó a desdibujarse. Luego le pasó lo mismo al hombre sentado a su lado, a una niña del anfiteatro, a un tramoyista.

 Las cifras fueron desprendiéndose una tras otra, como hojas secas abandonando un bosque al final del otoño.

 Al principio nadie entendía qué estaba ocurriendo. Intentaban sujetarse los números con las manos, como si aún pudieran impedir que desaparecieran.

 Pero había algo contagioso en aquella pérdida.

 Los espectadores salieron del teatro sin sus cifras sobre la frente.

 Y al caminar entre las calles descubrieron que bastaba una conversación sincera, para que otras cifras desaparecieran. Las autoridades lo llamaron una anomalía genética.

 Después, una epidemia. s tarde, un acto de terrorismo contra el orden social.

 Prohibieron, reuniones, cerraron teatros, censuraron a quienes hablaban de aquella noche y castigaron a los que se atrevían a aplaudir en público.

 Fue inútil.

 Porque las cifras no caían al escuchar la historia de Darío, can cuando alguien dejaba de creer en ellas.

 Y esa clase de revolución no conoce fronteras y empieza cuando alguien decide no obedecer al número que lleva escrito sobre la frente.

 

 

EL NÚMERO SIETE                                                     JUAN SANTOS

Hace tres años cumplí los sesenta y siete y recuerdo que, después de soplar las velas, cogí el número siete y, dándole un beso, le dije: «Amigo mío, hoy has actuado como decena; la próxima vez que te sople serás una unidad muy importante. Pero lo mejor de todo es que habrás dado un paso a la izquierda y serás uno de los míos».

Acto seguido, lo metí en un táper grande, revuelto con multitud de números de todos los cumpleaños de mis hijos y mis nietos, la mayoría con el pabilo gastado, como él.

Hoy he vaciado el táper para buscar el numerito; curiosamente, estaba junto al cero. Este tiene un ribete rojo, pero está en buen estado, con una mecha bien hermosa. Sin embargo, a mi querido siete he tenido que rasparlo con la navaja; el hilo estaba tan escondido que casi lo dejo en un uno.

Cuando lo ha visto mi mujer, ha ido al bazar chino a comprar un siete y un cero nuevos, diciendo que ella no ponía esos números asquerosos en la tarta de chocolate que me ha hecho con tanto esmero.

Al negarme yo, hemos tenido una buena trifulca. Ella no comprende que yo les tenga cariño a los números viejos. Así que, para terminar la fiesta en paz, hemos puesto los cuatro, unos detrás de otros: los viejos hacia mí, para que yo los viera, y los nuevos delante, para que salieran en la foto.

4 comentarios:

  1. Qué relato tan interesante e innovador nos ha regalado hoy Manuel. Con un aire futurista o de ciencia ficción nos lleva a imaginar una época venidera en donde, de nuevo, el control sobre la humanidad toma protagonismo. Pero a pesar de la manipulación la acción de un solo hombre y de una anciana consiguen romper las cadenas. Una magnífica alegoría contra el miedo y un elogio de la libertad ejercitada desde la valentía y capaz de contagiar a los demás.

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  2. Juan, a través de un acto cotidiano, consigue dotar de personalidad propia a los números y les da vida y un particular magnetismo. Como suele suceder en sus relatos, la ironía y el sentido del humor, nos muestran la solución y la cara más amable de la vida conyugal no exenta de conflictos.
    Muchas gracias Juan, de nuevo has conseguido arrancarme una sonrisa.

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  3. Manuel muy bien ideado ese mundo distópico como un recurso para defender la libertad individual y social ante una sociedad demasiado acomodaticia y resignada a ser dirigida con supersticiones. El relato está genial.

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  4. Juan, conviertes lo sencillo en trascendente. Con números de tarta de cumpleaños conformas una historia en la que lo irónico que te distingue se viste de traje. Y solucionas de forma salomónica el conflicto familiar que sueles manejar con soltura. Muy bueno.

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