POCIÓN DE
JUVENTUD JUANA
DOMÍNGUEZ
Estaba contento, me habían seleccionado para trabajar en
una empresa dedicada a la investigación. Habían descubierto un medicamento para
obtener mejor calidad de vida. Mi trabajo consistiría en anotar Los cambios que
observara en los destinatarios del
“descubrimiento”.
¿Podemos vivir eternamente?
Estaba en una charla informativa, la pregunta me
sorprendió. Yo nunca he pensado en vivir eternamente. Me conformo con vivir lo
mejor posible durante el tiempo que Dios quiera, sin enfermedades ni grandes
problemas.
Aquel conferenciante hablaba con tanto convencimiento que
tuve la impresión de que lo que predicaba lo tenía por cierto.
“Hay que vivir sin
desear mal a nadie, pensando y deseando siempre en lo mejor para todos los que
estén a nuestro alrededor. Nunca tenéis que decir lo primero que se os pase por
la cabeza, ni nada que moleste o sea ofensivo para vuestro interlocutor, la
mentira piadosa siempre es mejor a la verdad cruda”. Lo decía con suavidad y
con tono agradable, cariñoso.
¡Y si ponen una pistola en la cabeza al que tenemos al
lado, también hay que ocultarle que está a punto de morir! Pensaba para mi
No estaba de acuerdo con el instructor, que me obligaba
mi jefe a escuchar, como formación para mi nuevo puesto de trabajo.
Llevábamos una hora escuchando sin intervenir, éramos
doce personas y la cara que yo veía en los demás me estaba demostrando que
ninguno de los presentes íbamos a seguir los consejos del charlatán.
“Todo controlado, hay que tenerlo todo controlado. En
esta empresa no se puede dejar nada al azar. Si algún cliente te falta al
respeto, no hay que enfadarse, ni decir nada que le agravie, hay que darle las
gracias por tener la generosidad de enseñarte cómo mejorar”.
Me dieron ganas de salir de la sala con alguna excusa
creíble, pero la siguiente parrafada me detuvo.
“La vida eterna es muy fácil de lograr, eso es lo que
tenemos que trasmitir a nuestros clientes. Hay que convencerles de que
contratando una estancia de treinta días en muestro hotel de Clara Luna,
siguiendo todo el programa que estamos diseñando, conseguirán vivir eternamente
al término de nuestras enseñanzas y estancia”
La pregunta de uno de mis compañeros me provocó un ataque
de risa que pude controlar con bastante esfuerzo.
-¿Quién va a ser el que les lave el culo? Yo no me voy a
presentar voluntario.
El silencio fue ruidoso, las risas se controlaban a durar
penas.
El conferenciante, se puso muy serio, preguntó quién era
el que preguntaba, y este dio un paso al frente. Entonces, el tono suave y
plácido de aquel charlatán cambió de formas.
“Tú te callas, aquí no se habla ni se interrumpe, aquí se
hace lo que yo os ordene y vosotros obedecéis sin rechistar. Las bromitas y
risitas son lo peor que podéis transmitir a los clientes que vamos a escoger
entre los más ilustres personajes del mundo, y si hay que lavarles el culo, se
hace sin más”
Todos, guardamos silencio, nadie se atrevió a
contradecirle. La conferencia se suspendió para la tarde siguiente.
Por la mañana yo presenté mi renuncia al puesto de
trabajo, no quería participar en un proyecto que a todas luces era una estafa. En
la puerta de la oficina de recursos humanos estaba el autor de la pregunta de
la tarde anterior.
-Me voy, no estoy dispuesto a facilitarles estafar a la
gente, le dije.
-A mí me han despedido, pero no somos los únicos que
vamos a negarnos a colaborar con la empresa, toda la plantilla ha decidido irse
con nosotros.
FIDELIDAD
Fue un ruido suave, casi imperceptible. Se
levantó del sofá donde hecho un ovillo reposaba y su instinto le llevó al
rincón donde Lara había caído. Un hilillo de sangre brotaba de su frente y con
cuidado y sin dudarlo lamió el líquido espeso y rojo varias veces.
El desvanecimiento de Lara fue pasando y al
despertar, lo vio. Estaba acurrucado a su lado y de vez en cuando movía la
cola, para hacerle sentir que estaba ahí, cuidándola y protegiéndola. Abrió los
ojos con pereza, sintiendo que la claridad que entraba por la ventana la cegaba
y cuando al fin fue capaz de distinguir cuanto había a su alrededor, le vio
saltando junto a ella, con tal júbilo que con los saltos casi llegaba a su
pecho.
- ¿Que me ha pasado, Lince?
El gato de piel beige, abrió los ojos y movió
la cola muy deprisa. Era una forma de responder, “pues no sé qué decirte”.
Después del incidente Lara no volvió a ser la
misma. Se cansaba con frecuencia, sentía vértigos y a veces su visión se
tornaba borrosa. Decidió ir al médico de cabecera, quien la derivó al
neurólogo. Éste actuó de acuerdo con las circunstancias. Todo tipo de análisis
y pruebas, determinaron que tenía un pequeño tumor en el lado izquierdo de la
cabeza. Nada serio pero que había que tratar con regularidad, con las adecuadas
medicinas y así estaría todo bajo control. Pidió verla en quince días.
Lara volvió a casa reconfortada. Lince
merodeó a su lado saltando impaciente. Pedía sin pedir una explicación, sus
saltos y tímidos maullidos lo requerían a gritos… “cuéntame, cuéntame, ¿qué ha
pasado? ¿Qué te han dicho? Y Lara se lo contó con todo detalle. El gato iba
tras ella siempre.
- Lince, no te arrimes tanto, que me
vas hacer caer. Ya sé que me quieres mucho, pero no me lo demuestres cada
instante.
El gato agachaba la cabeza, movía la cola en
señal de asentimiento y a una distancia prudente permanecía quieto.
Llamó a la familia y a sus muchos amigos,
para ponerles al corriente de la situación. Todo el mundo de su entorno se puso
a su disposición para brindarle ayuda. Podía contar con cualquiera de ellos. Y
así, con todo controlado, pasaban los días. Por lo general se sentía bastante
mejor, aunque algún amanecer cuando la tibia luz del día se filtraba por el
visillo de encaje que ella había bordado tiempo atrás, se repetía aquel mareo,
que le impedía levantarse con agilidad. Tenía que acomodar sus movimientos, a
la mengua de sus músculos. Pero no era importante. Ahí llamaba a Lince, que
estaba al pie de la cama, quien de un salto se subía y la cubría de besos
gatunos. Y con la mullida cola acariciaba su cara.
Transcurridos unos meses, donde según su
neurólogo, todo seguía bien y bajo control, letanía que no se cansaba de
repetir, las visitas eran más espaciadas. Y también las visitas y llamadas de
familiares lo fueron, tanto, que casi desaparecieron del todo. Solo Lince se
había convertido en su segunda piel y a distancia mínima no le quitaba ojo de
encima.
Lara, había recuperado su trabajo de
economista, que ejercía en una Empresa de renombre. Ahora y por las
circunstancias lo hacía on line. Se volcó en él, para tratar de salvar el
tiempo perdido. Ante la pantalla del ordenador, desplegaba una ensalada de
números y al final de la jornada resoplaba satisfecha. Lince, resoplaba con
ella. El resoplido del gato era tanto como decir…” venga guapa, que ya está
bien de darle a la tecla”.
Lara mejoraba y con ello se crecía. Su
trabajo, salida con amigos, conciertos, y cualquier espectáculo habían vuelto a
regularizar su existencia. Y llegó la nueva revisión.
Los análisis y placas y todo tipo de pruebas,
no pusieron en boca del médico la manida frase “todo bajo control”. Su gesto
contrito no precisaba de palabras. Aun así, le pidió que confiara en él. Un
grupo de científicos, acababan de descubrir un específico que podría atajar la
dolencia que, de nuevo, había brotado en ella con más fuerza.
Era agresiva, pero él confiaba en los
resultados positivos de la nueva medicina. Le comentó, que debía saberlo algún
miembro de su familia. Ella sonrió esperanzada. Presentía que no todo estaba
perdido.
- Gracias doctor. Naturalmente que
me someteré a esa prueba. ¿Estaré hospitalizada?
- Sólo cuatro días. Luego la
seguiremos en casa, para evitarle desplazamientos.
- Mil gracias.
- Pero debemos tener el contacto de
quien se ocupará de usted en este tiempo.
- No se preocupe, en su momento, ya
se lo diré. Prepare lo necesario y vamos a ello.
Salió extrañamente feliz. Llegó a casa,
abrió la puerta Y Lince se alzó sobre sus patas traseras y ambos se abrazaron.
Lara, pasó su mano por el mullido lomo de su amigo.
- Nos esperan tiempos difíciles.
Estarás conmigo, ¿verdad?
Los seguidos maullidos de Lince, se lo
confirmaron.
MANZANA
STROGOFF SANTIAGO
J. MARTÍN
Permiso, permiso. Gracias, gracias. Muy
amable. Permiso, permiso. Que no llego, es tardísimo. Más de las nueve y media
y todavía no he terminado el transbordo de Avenida de América.
No se trata de un accidente puntual. Esta es su oración
matutina de todos los lunes que no son festivo. Se abre paso por las escaleras
mecánicas del metro, de manera firme y educada.
Patrocinio, la Patro, limpia oficinas cerca de la
Castellana y justo hoy es el día de compra, mejor dicho, el día de la compra de
la fruta semanal. Vuelvo a corregir, el día de la compra de las manzanas.
El super lo tiene justo enfrente de casa y allí, en la
segunda planta, es donde ella recolecta, con pago posterior, evidentemente, la
fruta necesaria hasta el domingo: peras, plátanos, fresas, naranjas y, por
supuesto, manzanas.
No podía dejar para última hora algo que era mejor hacer
cuando abren el supermercado. A esa hora había de todo. Se podían elegir las
mejores piezas y nada estaba manoseado por los clientes indecisos que recalaban
allí durante todo el día.
Lo de ir los lunes no era una cuestión de método, orden o
algo compulsivo. Justo ese día de la semana es cuando barre, friega y recoge,
una iglesia metodista que está junto al Bernabéu, y hasta las 10 no tiene que
estar allí. El resto de los días entra antes de las 8 a pulir suelos, ventanas
y mostradores de un gran banco, donde ella no tiene guardado su dinero, pero del
que sale el efectivo con el que comprar su comida favorita: las manzanas.
Son fuente de salud, equilibrio de bienestar, momento de
reencuentro con la naturaleza... Son todo lo que ella quiera que pase por su
imaginación cuando muerde una y nota como el jugo de la fruta le llega en forma
de aromas a las vías respiratorias, atoradas de efluvios de amoniaco que parecen
vivir allí.
Esta mañana no ha sido distinta a otras, salvo por un
detalle importante: sus manzanas favoritas, las Golden. Patro apenas mide 1,50
y la llegada de la nueva fruta de primavera, ha desplazado a las habituales a
lugares donde la mujer no alcanza.
Lo ha intentado poniéndose de puntillas, subiendo un pie
a una rueda trasera del carro, nada. Al final ha tenido que recurrir a Alfonso,
el reponedor.
-
¿Serías tan amable de acercarme la caja de
las Golden?
-
Hoy no te las recomiendo. El camión no vino
el sábado y esas de ahí arriba están algo mustias.
-
Vaya
-
No te preocupes, hay cuatro de verde doncella
que tienen una pinta estupenda. Yo mismo te las meto en una bolsa. Y ya me
dirás qué te han parecido.
No ha sido una fácil elección. No son sus preferidas,
pero el aspecto y la disponibilidad del muchacho, muy solícito últimamente, fueron
un factor determinante. El tiempo es fundamental.
Ha sido llegar a casa, dejar las bolsas, a todo correr,
meter una manzana en el bolso para el desayuno y salir corriendo al tren. El
trajín de todos los principios de semana.
Después de terminar de apañar la iglesia tiene que seguir
corriendo para llegar en 30 minutos a unas oficinas que están cerca de Atocha.
Dentro del autobús, suele sacar su manzana y devorarla
con placer y algo de glotonería. Esta vez ha comprobado, sorprendida, que más
de uno le miraba sonriendo, con cierta complicidad.
No se ha percatado de que su manzana tenía un mensaje
escrito en rojo: Patro, te quiero.
En tres minutos la pieza de fruta y el mensaje estaban ya
en su estómago. Luego empezaron unos leves retortijones. No era por las famosas
mariposas revoloteando, que quedaron en proyecto escrito, pero sí por lo
indigesto de la tinta de rotulador rojo.
Otra doncella verde de la nevera intentaría cumplir una
doble misión: olvidar su oscuro pasado marcado por el pecado original y hacerse
un hueco alternativo entre tanto Tinder.
Juana. Cuando estás en manos de un charlatán manipulador , como es el caso, la mejor decisión es la que toma el protagonista, a todas luces acertada, a juzgar por como le sigue el resto. Y es que tener todo bajo control, es importante. Bien visto compi.
ResponderEliminarSantiago. Donde Eva puso la fruta, puso la chispa. Y tu aquí en esta manzana Strogoff, pones un toque jugoso y dulce en una vida gris y rutinaria. Donde el final queda en el aire , puesto que Patro, se traga el mensaje. Pero si él es perseverante, pondrá más mensajes en las manzanas, y todos no se los va a tragar, solo tiene que leerlos. Bien bueno.
ResponderEliminarHoy debo estar como el día...En algún lugar he escrito el comentario sobre el relato de Juana y se ha esfumado tal y como hacen los jóvenes oyentes y candidatos a formar parte del complot de un empresa fraudulenta y nefasta. En su historia nos describe, con elocuencia, la trama de una curiosa situación en la que los oyentes no tiene ni voz ni voto y sólo les queda la opción de acatar. Me gusta, en especial, la resolución del conflicto planteado, la valentía y la solidaridad de esos jóvenes que no están dispuestos a formar parte de fraude de esa empresa.
ResponderEliminarEl relato de Araceli me ha llegado muy directo a la emoción y no sé muy bien, si me ha causado tristeza o serenidad. Puede que las dos sensaciones a la vez. Describe con mimo y detalle la estrecha relación que se establece entre la protagonista y su mascota. Lara y Lince, un todo indisoluble pase lo que tenga que pasar.
ResponderEliminarMuy original el relato de Santiago con el que nos hace participes de las circunstancias de la protagonista. Narrado en tercera persona y desarrollado en escenas de su vida cotidiana, con tal dosis de realismo, nos permite situarnos como espectadores gratamente sorprendidos por el mensaje escrito en la manzana. Se trata de un relato que nos hace sonreír e ilusionarnos. No todo está perdido entre tantos mensajes , aplicaciones y vida virtual.
ResponderEliminarSantiago, aunque tu prota tiene su ajetreada vida bastante controlada no puede prever la indirecta del reponedor dándole la manzana verde doncella y luego rotulando el "te quiero Patro". El final del relato con la analogía del principio de nuestra Historia y el tiempo actual con esa alusión a la app de citas es un puntazo. Relato genial.
ResponderEliminarAraceli, tu relato "Fidelidad" es enternecedor. Nos habla del cariño de una mascota a su dueña en un momento muy difícil de su vida. Estupendo.
Juana, destapas los intereses de las empresas privadas, que solo buscan la rentabilidad a costa de la verdad. Mala cosa cuando un científico considera a los beneficiarios de sus investigaciones como clientes. Muy bien visto el problema y el investigador que no se presta al juego. Buen relato.