LA MANO INVISIBLE ANTONION
LLOP
Solo
yo conocía el secreto de Anselmo. Bueno, también lo sabían sus padres y los
médicos, pero unos no lo decían por vergüenza y los otros estaban obligados a
guardarlo.
Cuando en el paritorio se lo entregaron a su
madre y esta notó el vacío de su mano derecha exclamó decepcionada: “¡Dios mío,
es manco!”. Pero no lo era.
La
primera que destapó el misterio fue una chica que contrataron para cuidarlo una
tarde que salieron a cenar. Aleccionaron a la cuidadora para que los juguetes
se los colocara en el lado izquierdo. El niño ya se había acostumbrado a
aprehender los objetos con esa mano. Al ver el guirigay que el niño formaba con
un sonajero que agitaba constantemente y le impedía entenderse por teléfono con
su novio, la chica se lo trasladó a su lado derecho. Arrepentida de su crueldad
volvió a acercarse al crío para enmendar su error. De pronto se le cayó el
móvil al ver cómo el sonajero se agitaba flotando en el aire cerca de su muñeca
derecha. Al verla tan asustada, Anselmito reía a carcajadas, lo que le daba un
aspecto aún más siniestro.
La
chica se lo dijo a los padres del bebé, que no se habían dado cuenta hasta ese
momento de la presencia de la mano, y no volvió nunca a cuidar a ese niño
embrujado. La madre, con algo de miedo acercó su dedo al espacio vacío cerca de
la muñeca de su hijo. De pronto notó una presión que le hizo retirarlo
inmediatamente. El niño estalló de nuevo en una carcajada al ver la reacción
exagerada de su progenitora. Le llevaron a su pediatra el cuál tras manipular
el apéndice invisible y acercarle el estetoscopio, les dijo:
—Su
hijo tiene una mano normal al final de su brazo derecho. Incluso he podido
seguir con el tacto la forma de sus dedos y palma y auscultar su pulso.
Simplemente no se ve.
Los
padres declinaron meterse en más especialistas para saber la causa de esa
invisibilidad. Al fin y al cabo, su hijo podía manipular los objetos sin
problemas.
Todo
eso me lo contó Anselmo en el colegio al que íbamos juntos. Los niños al notar
la falta de su mano derecha, le discriminaron llamándole Cervantes por analogía
al famoso manco de Lepanto. Yo siempre me acerqué a él y le acompañé en los
momentos de mayor marginación. Él era ambidextro y en el colegio manejaba las
cosas con la izquierda para no llamar más la atención. Agradecido por mi
solidaridad se declaró amigo mío y me confesó su secreto. Antes de abandonar el
instituto se vengó de los más crueles de sus compañeros con collejas invisibles
que desataron su carcajada de bebé.
Anselmo
nunca sintió complejo por su defecto. Cuando ya de jóvenes quedábamos en una
cafetería con chicas y estas miraban con disimulo y algo de reparo su muñeca
derecha huérfana él tamborileaba la mesa con sus dedos. Antes de que pudieran
reponerse de la sorpresa asía el vaso con el refresco, que flotaba solo en el
aire hasta su boca. Ellas salían despavoridas mientras él desplegaba su famosa
carcajada.
Con
esa peculiaridad se quiso ganar la vida como ilusionista, pero solo llegó a ser
uno mediocre. Como nunca tuvo habilidad en las manos para manejar una catarata
de cartas ni una agilidad suficiente para esconder cosas solo le quedó el
número del vaso flotante que llegó a cansar a los espectadores. Y terminó
abandonando esa actividad. Entonces pretendió obtener una pensión de minusvalía
por manco, pero no pasó el tribunal médico porque la mano no le faltaba, sino
que no se veía.
Debía
buscarse otra ocupación para afrontar la vida. Así que hablé con el encargado
del Archivo Histórico donde yo trabajaba como bibliotecario para que le
colocaran. Al no tener ninguna formación le ofrecieron una labor de taller.
Había que alisar los legajos y empaquetarlos para lo cual disponían de una
prensadora mecánica muy fácil de manejar.
El
trabajo era monótono y rutinario. Él siempre notaba su mano, aunque no la
viera. Pero tenía que soslayar el aviso que sus ojos daban a su cerebro de que
ahí no había nada. Y cuando tienes que estar haciendo eso constantemente puedes
llegar a olvidarte, sobre todo si tu cometido es rutinario. Anselmo siempre
apoyaba su mano invisible en el montón de papeles para colocarlos y la retiraba
antes de accionar la prensa. Un día sus neuronas no fueron advertidas de su
particularidad y sucedió. Accionó la prensa cuando aún no había retirado su
apéndice derecho y sintió un dolor agudísimo. Acto seguido una explosión de
sangre y huesos triturados tiñó los documentos.
Cuando
le amputaron la mano descubrieron que su piel tenía una pigmentación especial
en esa parte que no dejaba pasar la luz. Pero el sistema óseo y cardiovascular
estaban en su sitio.
Por
fin Anselmo pudo obtener su codiciada pensión de invalidez. Pero jamás le volví
a escuchar su famosa carcajada.
UNA COLOMBIANA MANUEL
GIL
En el hospital, la habitación 315 parecía flotar en
un silencio distinto, hasta la gravedad parecía haberse olvidado de ella. Allí había
llegado una mujer. Su cuerpo marcado por la furia de un fuego que había
intentado consumirla y por un vehículo que parecía haber querido borrarla del
mundo. Inmóvil total. Sus brazos terminaban en muñones y, aun así, en sus ojos
se encendía una llama que ningún vendaje podía sofocar. Nadie sabía quién era. Por
su permiso de residencia averiguaron que era colombiana. Tampoco sabían por qué la
violencia la había elegido.
Maruja entraba cada mañana, para
hacer la limpieza, envuelta en su traje protector que pesaba sobre ella tanto
como su propia vida. Subcontratada, mal pagada y con cuatro meses de salario
atrasado, la amenazaba un desahucio que ya tenía fecha marcada en su
calendario. En casa, su madre, atrapada
por la demencia senil y la inmovilidad, parecía absorber toda esperanza. Se
afanaba dándole masajes, como le había indicado alguna enfermera, pero nada
lograba reanimarla.
Aquel día, al encontrarse con los ojos de la colombiana,
Maruja sintió algo extraño: un calor silencioso que se filtraba entre vendas y
cicatrices, un fuego vivo que le recordaba que, aunque uno esté hundido,
siempre hay quien carga un destino aún más cruel.
Pablo, joven cirujano del hospital, caminaba por el
pasillo agitado por la mezcla de miedo y entusiasmo que tienen los que saben
que la grandeza está al borde del error. Su jefe, un tipo que desde que llegó
le tenía en su punto de mira, había aprobado un procedimiento casi imposible, uno que
prometía milagros pero amenazaba con arruinar su carrera.
En su ronda habitual se paró frente a la colombiana,
vio el mismo fuego en los ojos que Maruja había visto: algo que parecía retar
al mundo y la muerte con una calma que solo los que han conocido la vida en sus
formas más duras pueden comprender.
Los días se sucedieron con la lentitud de las nubes
pesadas. Cada jornada terminaba con Maruja arrastrando los pies por la calle,
llevando consigo la angustia del desahucio y el peso de un hogar que se
deshacía.
Una mañana, como siempre con una rutina mecánica, rellenó
un boleto de la Primitiva. Los números parecían marcarse solos, como si una
mano invisible supiera mejor que ella lo que debía marcar. Aquella misma noche,
en casa, las manos de Maruja se movieron sobre su madre con un extraño fervor:
los músculos marchitos de la anciana respondieron, y la mujer recuperó algo de
movilidad, a ella le pareció un sueño.
Mientras tanto, en el quirófano, Pablo sintió lo
mismo. Sus manos parecían no pertenecerle; el instrumental se movía bajo un
control ajeno, guiado por un destino que él solo podía intuir.
La operación, imposible en teoría, terminó
en un éxito milagroso. Su jefe, incapaz de refutarlo, tuvo
que tragarse su orgullo, y Pablo ascendió entre la incredulidad y la
admiración.
El sábado, cuando Maruja y Pablo coincidieron camino
a la habitación 315, algo en el aire los hizo sonreír como si compartieran un
secreto. Pero la enfermera les detuvo con palabras que parecieron romper la
realidad: la colombiana había fallecido esa misma noche. Ya no estaba allí.
—Pobrecita
—dijo
la enfermera—.
Ya nos contó todo la policía. Era de un pequeño pueblo en Colombia, una chamana
a la que unos consideraban santa y otros bruja. Dicen que sus manos curaban
milagrosamente. Un cartel del narcotráfico la había secuestrado para
que sanara a uno de los suyos, aunque logró escapar… hasta que llegó aquí, pero
la mano de los criminales es larga.
Maruja escuchó la historia y lágrimas invisibles se
deslizaron por su rostro. Justo en ese momento, sin que ella fuera consciente
de ello del bombo de la Primitiva iban saliendo los números, uno por uno, esos
que ella marcó como si una mano invisible la guiara.
Pablo recordó entonces lo que había sentido en el
quirófano, aquella sensación de una mano invisible moviendo la suya, pensó en
la misteriosa colombiana: en su fuego, en sus ojos, en la vida que, incluso
tras la muerte, parecía seguir tocando el mundo.
LA
PALETA Y LA PLUMA JUAN
SANTOS
Tengo dos
recuerdos de mis padres que guardo como oro en paño: una paleta de hierro
forjado y una pluma estilográfica.
Cuando
quiero hacer un auténtico pisto manchego y quedar bien con mis invitados,
además de coger buenos ingredientes, utilizo la sartén con patas de mi madre y
sobre todo su paleta.
Reconozco
que soy muy mal cocinero, pero la paleta hace milagros. Cuando la cojo del rabo
para cocinar, parece que cobra vida. Solo tengo que dejarme llevar y ella sola
repicotea el pimiento y el tomate hasta su punto ideal. Si alguien intenta
ayudarme para dale la vuelta al guiso, tiene que soltarla rápidamente porque se
quema la mano. Ni siquiera, mi mujer, puede cogerla. Sin embargo, yo siento un
calor y una textura muy agradable. Así me salen unos pistos deliciosos. Tan
ricos como los que hacía mi madre.
El
misterio de la paleta lo descubrí al poco tiempo de heredarla. Lo que no había
observado hasta ahora, ha sido la gracia de la pluma estilográfica. Desde que
mi padre la usaba para escribir sus coplillas, ha permanecido guardada en su
estuche.
Hoy que
andaba seco de inspiración y con la necesidad de escribir un texto que no
salía, se me ha ocurrido utilizarla. ¡Qué maravilla! Ha sido poner el título, y
la pluma ha arrastrado mi mano, línea a línea, escribiendo el relato de un
tirón, con la misma diligencia que mi padre escribía las coplillas.
El tema de esta semana para nuestra tarea literaria es el de "una mano invisible".
ResponderEliminarHoy no voy a escribir ningún relato ni ninguna poesía, ni siquiera voy a comentar los magníficos relatos de los compañeros, ya que a veces me parece que es un juego de elogios qué, algunos pueden pensar que son compromiso, peloteo o qué se yo. Y al fin y al cabo ya los conozco gracias a nuestro grupo de wasap.
Hoy voy hacer un alegato para elogiar esa "mano invisible" que se esfuerza cada semana para mantener este blog activo. Que busca, investiga, resume y pone ante nosotros todo un abanico de información e iniciativa, para que el espíritu de la escuela de adultos, a la que tanto añoramos, no se pierda.
No me gusta el mundo virtual, me recuerda demasiado a la pandemia y a las dificultades que nos ocasionó a todos los niveles. Pero cada semana, me asomo por este portal, para agradecer esta labor, para animar a los compañeros y a los anónimos lectores a que participen, para que ese espíritu siga vivo. Y puesto que sé, como docente que he sido , todo el esfuerzo que esta tarea conlleva, es por lo que, el comentario de esta semana es un manifiesto agradecimiento a "esa mano invisible", con nombre y apellidos por todos conocidos, sin la cual nada de esto sería posible.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
EliminarYo si voy a comentar los relatos de mis compañeros.
ResponderEliminarPero me pongo al lado de María Isabel, para dar apoyo a su comentario y agradecer a la invisible mano visible, la creación de este blog, del que tanto se puede aprender. Yo al menos.
Antonio. Es un relato donde hay una mezcla de sentimientos. Esa sonrisa siniestra, ese juego con sus padres, compañeros de colegios y gente que rodea a Anselmo hacen de este escrito un nudo gordiano, que solo se rompe cuando la prensa con la que trabaja rompe su mano. Genial a tope.
ResponderEliminarManuel. Un relato , donde la mano invisible de "una Colombiana" se cruza en el camino de unas personas íntegras, pero sin suerte. Ella con su oculto poder les brinda su ayuda. Sin embargo una cruel venganza se lleva su vida por delante, cuando había salido de una operación resuelta con éxito.
ResponderEliminarEl relato aparte de bueno, tiene magia.
Juan. Hay que ver que juego le sacas, a una paleta de hierro forjado y a una pluma. No se puede decir más en tan pocas líneas. Y es claro que el uso de estas dos piezas, en la realidad te han dado resultado. Y bien bueno¡¡¡¡
ResponderEliminarLa mano invisible. Antonio
ResponderEliminarLa particularidad de Anselmo, le hizo llevar una vida llena de anécdotas graciosas al hacer uso de una mana invisible, ante el asombro de los demás. Los accidentes suelen ocurrir por exceso de confianza y eso fue lo que le pasó a él. Si gracias a ello, pudo cobrar una paga de minusválido, no termina mal la historia. Ma ha gustado por la originalidad de la situación.
Una colombiana. Manuel
Secuestrada por un cartel de narcotráfico, la chamana colombiana fue traía a España para hacer una curación a uno de los suyos. Al intentar escapar, la intervención de los mafiosos la maltrataron hasta terminar en un hospital, donde Maruja y Pablo (enfermera y cirujano) salen beneficiados de los poderes de la colombiana. Buen relato con tintes mágicos.
Yo también apoyo el homenaje de María Isabel a esa mano invisible que nos da la oportunidad quincenal de no perder el pulso a los relatos.
ResponderEliminar