13/03/2026

LA MANO INVISIBLE 1

 

LA MANO INVISIBLE                                                  ANTONION LLOP

Solo yo conocía el secreto de Anselmo. Bueno, también lo sabían sus padres y los médicos, pero unos no lo decían por vergüenza y los otros estaban obligados a guardarlo.

 Cuando en el paritorio se lo entregaron a su madre y esta notó el vacío de su mano derecha exclamó decepcionada: “¡Dios mío, es manco!”. Pero no lo era.

La primera que destapó el misterio fue una chica que contrataron para cuidarlo una tarde que salieron a cenar. Aleccionaron a la cuidadora para que los juguetes se los colocara en el lado izquierdo. El niño ya se había acostumbrado a aprehender los objetos con esa mano. Al ver el guirigay que el niño formaba con un sonajero que agitaba constantemente y le impedía entenderse por teléfono con su novio, la chica se lo trasladó a su lado derecho. Arrepentida de su crueldad volvió a acercarse al crío para enmendar su error. De pronto se le cayó el móvil al ver cómo el sonajero se agitaba flotando en el aire cerca de su muñeca derecha. Al verla tan asustada, Anselmito reía a carcajadas, lo que le daba un aspecto aún más siniestro.

La chica se lo dijo a los padres del bebé, que no se habían dado cuenta hasta ese momento de la presencia de la mano, y no volvió nunca a cuidar a ese niño embrujado. La madre, con algo de miedo acercó su dedo al espacio vacío cerca de la muñeca de su hijo. De pronto notó una presión que le hizo retirarlo inmediatamente. El niño estalló de nuevo en una carcajada al ver la reacción exagerada de su progenitora. Le llevaron a su pediatra el cuál tras manipular el apéndice invisible y acercarle el estetoscopio, les dijo:

—Su hijo tiene una mano normal al final de su brazo derecho. Incluso he podido seguir con el tacto la forma de sus dedos y palma y auscultar su pulso. Simplemente no se ve.

Los padres declinaron meterse en más especialistas para saber la causa de esa invisibilidad. Al fin y al cabo, su hijo podía manipular los objetos sin problemas.

Todo eso me lo contó Anselmo en el colegio al que íbamos juntos. Los niños al notar la falta de su mano derecha, le discriminaron llamándole Cervantes por analogía al famoso manco de Lepanto. Yo siempre me acerqué a él y le acompañé en los momentos de mayor marginación. Él era ambidextro y en el colegio manejaba las cosas con la izquierda para no llamar más la atención. Agradecido por mi solidaridad se declaró amigo mío y me confesó su secreto. Antes de abandonar el instituto se vengó de los más crueles de sus compañeros con collejas invisibles que desataron su carcajada de bebé.

Anselmo nunca sintió complejo por su defecto. Cuando ya de jóvenes quedábamos en una cafetería con chicas y estas miraban con disimulo y algo de reparo su muñeca derecha huérfana él tamborileaba la mesa con sus dedos. Antes de que pudieran reponerse de la sorpresa asía el vaso con el refresco, que flotaba solo en el aire hasta su boca. Ellas salían despavoridas mientras él desplegaba su famosa carcajada.

Con esa peculiaridad se quiso ganar la vida como ilusionista, pero solo llegó a ser uno mediocre. Como nunca tuvo habilidad en las manos para manejar una catarata de cartas ni una agilidad suficiente para esconder cosas solo le quedó el número del vaso flotante que llegó a cansar a los espectadores. Y terminó abandonando esa actividad. Entonces pretendió obtener una pensión de minusvalía por manco, pero no pasó el tribunal médico porque la mano no le faltaba, sino que no se veía.

Debía buscarse otra ocupación para afrontar la vida. Así que hablé con el encargado del Archivo Histórico donde yo trabajaba como bibliotecario para que le colocaran. Al no tener ninguna formación le ofrecieron una labor de taller. Había que alisar los legajos y empaquetarlos para lo cual disponían de una prensadora mecánica muy fácil de manejar.

El trabajo era monótono y rutinario. Él siempre notaba su mano, aunque no la viera. Pero tenía que soslayar el aviso que sus ojos daban a su cerebro de que ahí no había nada. Y cuando tienes que estar haciendo eso constantemente puedes llegar a olvidarte, sobre todo si tu cometido es rutinario. Anselmo siempre apoyaba su mano invisible en el montón de papeles para colocarlos y la retiraba antes de accionar la prensa. Un día sus neuronas no fueron advertidas de su particularidad y sucedió. Accionó la prensa cuando aún no había retirado su apéndice derecho y sintió un dolor agudísimo. Acto seguido una explosión de sangre y huesos triturados tiñó los documentos.

Cuando le amputaron la mano descubrieron que su piel tenía una pigmentación especial en esa parte que no dejaba pasar la luz. Pero el sistema óseo y cardiovascular estaban en su sitio.

Por fin Anselmo pudo obtener su codiciada pensión de invalidez. Pero jamás le volví a escuchar su famosa carcajada. 


 

UNA COLOMBIANA                                                                MANUEL GIL

 

En el hospital, la habitación 315 parecía flotar en un silencio distinto, hasta la gravedad parecía haberse olvidado de ella. Allí había llegado una mujer. Su cuerpo marcado por la furia de un fuego que había intentado consumirla y por un vehículo que parecía haber querido borrarla del mundo. Inmóvil total. Sus brazos terminaban en muñones y, aun así, en sus ojos se encendía una llama que ningún vendaje podía sofocar. Nadie sabía quién era. Por su permiso de residencia averiguaron que era colombiana. Tampoco sabían por qué la violencia la había elegido.

 

Maruja entraba cada mañana, para hacer la limpieza, envuelta en su traje protector que pesaba sobre ella tanto como su propia vida. Subcontratada, mal pagada y con cuatro meses de salario atrasado, la amenazaba un desahucio que ya tenía fecha marcada en su calendario.  En casa, su madre, atrapada por la demencia senil y la inmovilidad, parecía absorber toda esperanza. Se afanaba dándole masajes, como le había indicado alguna enfermera, pero nada lograba reanimarla.

 

Aquel día, al encontrarse con los ojos de la colombiana, Maruja sintió algo extraño: un calor silencioso que se filtraba entre vendas y cicatrices, un fuego vivo que le recordaba que, aunque uno esté hundido, siempre hay quien carga un destino aún más cruel.

 

Pablo, joven cirujano del hospital, caminaba por el pasillo agitado por la mezcla de miedo y entusiasmo que tienen los que saben que la grandeza está al borde del error. Su jefe, un tipo que desde que llegó le tenía en su punto de mira, había aprobado un procedimiento casi imposible, uno que prometía milagros pero amenazaba con arruinar su carrera.

En su ronda habitual se paró frente a la colombiana, vio el mismo fuego en los ojos que Maruja había visto: algo que parecía retar al mundo y la muerte con una calma que solo los que han conocido la vida en sus formas más duras pueden comprender.

 

Los días se sucedieron con la lentitud de las nubes pesadas. Cada jornada terminaba con Maruja arrastrando los pies por la calle, llevando consigo la angustia del desahucio y el peso de un hogar que se deshacía.

 

Una mañana, como siempre con una rutina mecánica, rellenó un boleto de la Primitiva. Los números parecían marcarse solos, como si una mano invisible supiera mejor que ella lo que debía marcar. Aquella misma noche, en casa, las manos de Maruja se movieron sobre su madre con un extraño fervor: los músculos marchitos de la anciana respondieron, y la mujer recuperó algo de movilidad, a ella le pareció un sueño.

 

Mientras tanto, en el quirófano, Pablo sintió lo mismo. Sus manos parecían no pertenecerle; el instrumental se movía bajo un control ajeno, guiado por un destino que él solo podía intuir. La operación, imposible en teoría, terminó en un éxito milagroso. Su jefe, incapaz de refutarlo, tuvo que tragarse su orgullo, y Pablo ascendió entre la incredulidad y la admiración.

 

El sábado, cuando Maruja y Pablo coincidieron camino a la habitación 315, algo en el aire los hizo sonreír como si compartieran un secreto. Pero la enfermera les detuvo con palabras que parecieron romper la realidad: la colombiana había fallecido esa misma noche. Ya no estaba allí.

 

Pobrecita dijo la enfermera. Ya nos contó todo la policía. Era de un pequeño pueblo en Colombia, una chamana a la que unos consideraban santa y otros bruja. Dicen que sus manos curaban milagrosamente. Un cartel del narcotráfico la había secuestrado para que sanara a uno de los suyos, aunque logró escapar… hasta que llegó aquí, pero la mano de los criminales es larga.

 

Maruja escuchó la historia y lágrimas invisibles se deslizaron por su rostro. Justo en ese momento, sin que ella fuera consciente de ello del bombo de la Primitiva iban saliendo los números, uno por uno, esos que ella marcó como si una mano invisible la guiara.

 

Pablo recordó entonces lo que había sentido en el quirófano, aquella sensación de una mano invisible moviendo la suya, pensó en la misteriosa colombiana: en su fuego, en sus ojos, en la vida que, incluso tras la muerte, parecía seguir tocando el mundo.


 

LA PALETA Y LA PLUMA                                              JUAN SANTOS

 

Tengo dos recuerdos de mis padres que guardo como oro en paño: una paleta de hierro forjado y una pluma estilográfica.

 

Cuando quiero hacer un auténtico pisto manchego y quedar bien con mis invitados, además de coger buenos ingredientes, utilizo la sartén con patas de mi madre y sobre todo su paleta.

 

Reconozco que soy muy mal cocinero, pero la paleta hace milagros. Cuando la cojo del rabo para cocinar, parece que cobra vida. Solo tengo que dejarme llevar y ella sola repicotea el pimiento y el tomate hasta su punto ideal. Si alguien intenta ayudarme para dale la vuelta al guiso, tiene que soltarla rápidamente porque se quema la mano. Ni siquiera, mi mujer, puede cogerla. Sin embargo, yo siento un calor y una textura muy agradable. Así me salen unos pistos deliciosos. Tan ricos como los que hacía mi madre.

 

El misterio de la paleta lo descubrí al poco tiempo de heredarla. Lo que no había observado hasta ahora, ha sido la gracia de la pluma estilográfica. Desde que mi padre la usaba para escribir sus coplillas, ha permanecido guardada en su estuche.

 

Hoy que andaba seco de inspiración y con la necesidad de escribir un texto que no salía, se me ha ocurrido utilizarla. ¡Qué maravilla! Ha sido poner el título, y la pluma ha arrastrado mi mano, línea a línea, escribiendo el relato de un tirón, con la misma diligencia que mi padre escribía las coplillas.

 

 

 

 

8 comentarios:

  1. El tema de esta semana para nuestra tarea literaria es el de "una mano invisible".
    Hoy no voy a escribir ningún relato ni ninguna poesía, ni siquiera voy a comentar los magníficos relatos de los compañeros, ya que a veces me parece que es un juego de elogios qué, algunos pueden pensar que son compromiso, peloteo o qué se yo. Y al fin y al cabo ya los conozco gracias a nuestro grupo de wasap.
    Hoy voy hacer un alegato para elogiar esa "mano invisible" que se esfuerza cada semana para mantener este blog activo. Que busca, investiga, resume y pone ante nosotros todo un abanico de información e iniciativa, para que el espíritu de la escuela de adultos, a la que tanto añoramos, no se pierda.
    No me gusta el mundo virtual, me recuerda demasiado a la pandemia y a las dificultades que nos ocasionó a todos los niveles. Pero cada semana, me asomo por este portal, para agradecer esta labor, para animar a los compañeros y a los anónimos lectores a que participen, para que ese espíritu siga vivo. Y puesto que sé, como docente que he sido , todo el esfuerzo que esta tarea conlleva, es por lo que, el comentario de esta semana es un manifiesto agradecimiento a "esa mano invisible", con nombre y apellidos por todos conocidos, sin la cual nada de esto sería posible.

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  2. Yo si voy a comentar los relatos de mis compañeros.
    Pero me pongo al lado de María Isabel, para dar apoyo a su comentario y agradecer a la invisible mano visible, la creación de este blog, del que tanto se puede aprender. Yo al menos.

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  3. Antonio. Es un relato donde hay una mezcla de sentimientos. Esa sonrisa siniestra, ese juego con sus padres, compañeros de colegios y gente que rodea a Anselmo hacen de este escrito un nudo gordiano, que solo se rompe cuando la prensa con la que trabaja rompe su mano. Genial a tope.

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  4. Manuel. Un relato , donde la mano invisible de "una Colombiana" se cruza en el camino de unas personas íntegras, pero sin suerte. Ella con su oculto poder les brinda su ayuda. Sin embargo una cruel venganza se lleva su vida por delante, cuando había salido de una operación resuelta con éxito.
    El relato aparte de bueno, tiene magia.

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  5. Juan. Hay que ver que juego le sacas, a una paleta de hierro forjado y a una pluma. No se puede decir más en tan pocas líneas. Y es claro que el uso de estas dos piezas, en la realidad te han dado resultado. Y bien bueno¡¡¡¡

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  6. La mano invisible. Antonio
    La particularidad de Anselmo, le hizo llevar una vida llena de anécdotas graciosas al hacer uso de una mana invisible, ante el asombro de los demás. Los accidentes suelen ocurrir por exceso de confianza y eso fue lo que le pasó a él. Si gracias a ello, pudo cobrar una paga de minusválido, no termina mal la historia. Ma ha gustado por la originalidad de la situación.

    Una colombiana. Manuel
    Secuestrada por un cartel de narcotráfico, la chamana colombiana fue traía a España para hacer una curación a uno de los suyos. Al intentar escapar, la intervención de los mafiosos la maltrataron hasta terminar en un hospital, donde Maruja y Pablo (enfermera y cirujano) salen beneficiados de los poderes de la colombiana. Buen relato con tintes mágicos.

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  7. Yo también apoyo el homenaje de María Isabel a esa mano invisible que nos da la oportunidad quincenal de no perder el pulso a los relatos.

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