GOTAS AMARGAS ANTONIO
LLOP
La gota de suero cae en la bolsa trasparente y se desliza
por la cánula hasta mi muñeca. En mi vista nublada el gotero me parece una
lanza sin punta que sujeta mi vida.
Una nueva gota asoma su cuerpecillo redondo por el
receptáculo y me lleva a Marquitos, el novato que cayó primero. Era tan joven
que casi no le dio tiempo a vivir. Quiso ver el horizonte que se extendía por
encima de la trinchera. Así lo hacía todos los días al amanecer desde la majada
donde cuidaba al ganado. Pero no se encontró con el sol sino con una bala que
le destrozó la cabeza. ¡Qué sabía un pastor casi analfabeto de prudencia ni de
malicia!
La segunda gota ya ha caído a la bolsa. Me recuerda el
embolsamiento que sufrimos cuando rodearon nuestra posición que le costó la
vida al sargento Viriato. Las explosiones surgían de todos los lados y pocos
sobrevivimos. Ese día nos dimos cuenta de que si caía un hombre tan
experimentado como el jefe de nuestro pelotón nadie estaba seguro, y nosotros
iríamos después.
La tercera gota fue especialmente dolorosa: mi gran amigo
Paco destrozado por un obús. Nos alistamos juntos de forma voluntaria en
nuestro pueblo. Aquellos militares habían llegado con proclamas de hombría y
amor a la Patria. Los chicos del pueblo salimos a saludar aquella novedad. Los
ojos y la sonrisa de aquel bello soldado que nos señalaba con el índice desde
el cartel nos terminaron de convencer. En la cola, ante la mesa de
alistamiento, Paco me guiñó un ojo mientras me señalaba a las chicas que nos
miraban con arrobamiento. Y salimos hacia el frente en aquel autocar junto a
otros mozos. El orgullo de los habitantes maduros del pueblo nos abrazaba.
Una cuarta gota baja por la cánula y penetra en mi
torrente sanguíneo. Esa ya me tocó de lleno a mí, fue un mordisco ardiente bajo
mis piernas. Un dolor penetrante que ya casi no siento. Me lo ha explicado el
médico, que no han tenido más remedio que amputar una de ellas. Y la gangrena
avanza por la otra.
Y con este goteo incesante de muertos se me ha destapado
una convicción invencible. La de haber sido engañado. Siento las soflamas de
las Autoridades como una burla macabra, una broma siniestra que se ha llevado
la juventud de todos mis amigos y está a punto de llevarse la mía. Y desde este
camastro maldigo a los generales que me enseñaron a odiar a otros jóvenes.
Ellos me decían que eran mis enemigos, pero no es así. No son más que otros
chicos, como nosotros, sobrecogidos bajo un fuego desatado, ajeno a todos. A
ellos también les han mentido con la Patria. Solo defienden los intereses de
sus dirigentes, como nosotros hacemos para el provecho de los nuestros. Ellos
son otros Marquitos, otros Pacos, otros Viriatos. Y ya siento que todas esas
gotas de suero que bajan por la cánula hasta mis venas no sostienen mi
existencia como creía, sino que son gotas de veneno amargo que me la arrebata.
Y percibo al gotero como una lanza que aguza su punta y se vuelve hacia mí.
Me ha dicho la enfermera que me prepare que hoy nos
visita el presidente de la Nación para elevar la moral de la tropa. Yo sé que
será para publicitar su imagen y justificar esta horrible matanza. Ya siento
por los pasillos el bullicio de la comitiva presidencial. La espero aquí,
postrado, impedido, inútil para la lucha. Ante las cámaras usaré la última arma
que me queda, la palabra. Espero tener fuerza para decir bien alto lo que
pienso.
LÁGRIMAS ARACELI
DEL PICO
Era una verdadera preciosidad. Las hojas
verdes, brillantes y el fruto, jugoso. Ni muy dulce, ni muy amargo, en la justa
medida para agradar a todos los paladares. Ella lo miraba con orgullo, mientras
reflexionaba sobre el giro que había dado su vida; cuando el notario abrió el
testamento.
Lo había plantado de pequeña, siguiendo las
instrucciones de su padre. Su padre, que había guiado todos sus pasos, la había
iniciado en el amor a la jardinería. Y cada día cuando regresaba a casa se
paraba delante de un pequeño invernadero y veía con cierta envidia las plantas
que allí había sembradas. Su interés y curiosidad la empujaron a entrar aquel
día en su recinto, que a ella le parecía el jardín del edén.
El propietario le cerró el paso, mientras
preguntaba:
-¿Se
puede saber dónde va usted tan decidida?
-Bueno
yo… creo que estoy enamorada de su jardín, paso por aquí y me late el corazón.
-Vaya,
eso sí que es admiración. Y amor desinteresado.
-No
señor. Desinteresado no.
-¿Ah
no?
-No.
Quiero que las plantas me quieran y admiren como yo a ellas. Que cuando pase
por su lado sientan calor y abran sus hojas y broten sus flores. Ver crecer su
tallo enhiesto me levanta el ánimo.
-Nunca
oí una explicación tan exaltada de admiración a las plantas.
-Tengo
una terraza pequeña. Y uno de los mejores momentos del día, es cuando salgo a
saludarlas y les doy su alimento. Despacio gota a gota, no quiero ahogar su
ansiedad con un trago excesivo. Con parsimonia dejo caer un hilo de agua en
cada una de ellas. Pienso que llegará a sus raíces y agradecidas disfrutarán el
jugo que reciben.
Locuaz, acabó pidiendo al jardinero, alguna
ayuda para el mejor cuidado de sus plantas. Él respondió, que tal vez, era ella
quien tenía que enseñarle. Y por supuesto podía visitar el invernadero cuantas
veces quisiera.
Las visitas se hicieron frecuentes y las
conversaciones entre ambos, hablando de su tema favorito, frutos, plantas y
familias crearon un vínculo que aprovechó Teodoro, para desnudar sus
tribulaciones.
Era un hombre viudo y triste. Con dos hijos
malcriados que nunca quisieron apoyar el trabajo de su padre en la finca.
Gastaban con torpeza. Y le confesó que en ella había visto la hija que nunca
tuvo. Por su parte ella, le habló de una infancia feliz y unos padres
extraordinarios. Y como no, de su árbol. Aquel que tenía el mejor fruto de la
comarca y la mejor sombra. Y añadió:
-Si
un día le pasa algo me muero.
Teodoro sonrió y dijo:
-No
morirás por eso, ni el árbol morirá tampoco, si sobre sus raíces vencidas
viertes tus lágrimas, lentamente gota a gota.
Él, se sentía rejuvenecer con las atenciones
de la joven. El invernadero creció, trajeron bulbos de otros países. Guirnaldas
de ramas y luces embellecían el entorno y rododendros, mirtos, flamboyanes más
varios de cactus y suculentas, aumentaron el número de personas interesadas en
adquirir todo tipo de plantas. Así la economía de Teodoro gota a gota, como una
planta bien regada, crecía.
La joven fue a visitarlo como siempre
cuando salía del trabajo. No lo encontró. Dio la vuelta al invernadero y allí
tendido en el suelo con las tijeras de podar en la mano, yacía el cuerpo de
Teodoro.
GOTA A
GOTA JUANA
DOMÍNGUEZ
Una
semana fuera de la rutina, sería excelente para descansar y meditar sobre una
decisión que cambiaría mi vida. Había reservado tres noches en un hotel situado
en lo alto de una colina, era un castillo templario reconvertido en Parador de
Turismo, con el encanto de lo antiguo y lo moderno de nuestro tiempo, junto con
el confort y la tranquilidad.
La
habitación tenía unas vistas inmejorables, desde el alto balcón se divisaba
todo el valle, el río serpenteaba entre álamos y alisos, el pueblo situado
junto al río se veía tranquilo y soñoliento. Tenía asegurada la relajación,
podría concentrarme en cómo resolver mis dudas.
Decidí
descansar del viaje antes de bajar al comedor para la cena. Tumbada sobre la
cama recorrí la habitación decorada con pinturas de paisajes muy coloridos,
pero armoniosos. Al lado del balcón descubrí una hornacina, en otros tiempos
habría contenido alguna imagen de un santo protector del castillo, estaba vacía
o eso me apareció.
En
la modorra del cansancio me despertó un sonido repetitivo y cadencioso, como
agua cayendo sobre una superficie dura.
Una
sombra, un susurro, no sabría asegurarlo, atravesó la estancia. Posé los ojos
en la hornacina, y volví a cerrarlos, algo que no había visto antes se
adivinaba en ella. Totalmente despejado los abrí, la figura de una mujer joven,
hermosa, el pelo oscuro y sedoso le cubría los hombros y el cuerpo a modo de
vestido, me miraba con expresión de felicidad y vida. Me levanté de un salto,
fui hasta ella, la pintura era real. La joven parecía burlarse de mí. ¡Cómo era
posible que no la hubiera visto cuando llegué!
Al
volver de la cena, pregunté en recepción quien era la joven de la pintura, no
supieron que contestar, no sabían que la hornacina estuviera pintada.
Subí
inquieto, como no podían saber que existía una pintura en aquella habitación.
Allí seguía la joven mirándome descarada, sentada el borde de una gran fuente
donde rebosaba el agua. Tenía que averiguar quién era y porqué nadie sabía de
su existencia, siendo tan real su presencia.
Pregunté
en el pueblo a la gente mayor que me encontraba en tiendas y bares. Un anciano
sentado en la plaza me recomendó hablar con el párroco de la iglesia cercana,
éste con ciertas reservas, y tras mucha insistencia por mi parte, me dijo que
solo eran habladurías, que cuando él llegó al pueblo, le contaron una leyenda
que por supuesto no tenía ningún fundamento cierto ni comprobado.
“En tiempos de los monjes una joven nacida en
el pueblo desapareció una tarde, y nunca más volvieron a verla. Contaban que se
había enamorado de un monje y les encontraron en una habitación yaciendo
desnudos. Al monje le condenaron a guardar silencio toda su vida, y le enviaron
a otra logia; a ella la encerraron en la misma habitación, la ataron dentro de
una tina y allí estuvo muchos días, cayéndole una gota de agua permanentemente
sobre la frente. La encontraron un mes después de su desaparición ahogada dentro
de la fuente del patio del castillo”
El
director del Parador no quiso confirmármelo, no le interesaban los fantasmas,
eran habladurías de gente sin nada mejor que hacer.
Recogí
mis pertenencias de la habitación dispuesto a marcharme, no quería estar más
tiempo allí, la joven no dejaba de mirarme me seguía con los ojos a cualquier
parte de la habitación donde me paraba.
Desde la puerta me volví, con una sensación
extraña, la pintura había desaparecido
SIN
COSTURAS SANTIAGO
J. MARTÍN
La culpa de todo lo que pasó la tuvo Clarita. Siempre
existen personajes necesarios para generar historias que pueden parecer
divertidas desde la distancia, pero que producen un desasosiego notable a
quienes las padecemos de cerca.
No sé qué pintaba ella, nunca mejor dicho, en un curso de
diseño de lencería. Tampoco me explico que yo saliera de allí con esa chica
colgada del brazo, mientras presumía en redes sociales de tener un novio
creador. Ella estaba virtualmente enamorada, pero mi virtud no era la de
enamorarme. Pobre.
No sé si fue la energía absorbente de la muchacha, mi
atolondramiento habitual o el hecho de que su padre fuera el dueño de una de
las cadenas más potentes de ropa interior; el caso es que, al parecer,
estábamos saliendo.
A los tres meses, me vino con una noticia no exenta de
veneno, del que escuece y luego se enquista.
Pedro, he presentado tu diseño al concurso y… ¡Te han
nominado!
¿De qué me estás hablando? ¿Qué diseño? ¿Qué concurso?
Cuatro besos, un revolcón y unas cuantas fotos en
Instagram fueron todas las explicaciones que recibí de Clara. Pero de claro,
nada.
Es el problema de tener una personalidad de perfil bajo:
que me dejo hacer demasiado.
A las dos semanas, la tenía despidiéndome en Atocha. Ella
no podía venir conmigo al evento porque “papá” inauguraba tienda en Barcelona y
mi chica tenía que hacer un streaming para miles de seguidores, que seguro la
conocían mejor que yo.
Llegué al hotel a las nueve de la noche. Iba a ser un fin
de semana intenso. No estaba convencido de cuál sería mi papel en esa
“prometedora nueva etapa de mi vida”. Podía convertirme en ganador del famoso
certamen de sujetadores A-Bra Cada-Bra, en la categoría de copa completa. O no.
Lejos de estar ilusionado, me encontraba acojonado, sin
salida. Si ganaba, posiblemente se trataría de un chanchullo del papaito de
Clara; si perdía, sería un fracasado, un inútil que no era capaz de triunfar ni
compitiendo solo.
En la recepción del hotel me esperaba lo mejor de aquel
fin de semana: una recepcionista simpática y junto a ella, una sonrisa
perfecta, alumbrada por unos ojos verdes que parecían decirme: “No me digas que
te dedicas a diseñar bragas y sostenes, ¿eh?”. Imaginaciones mías.
La noche fue muy larga. Me costó trabajo dormirme y,
cuando lo conseguí, un sueño recurrente me persiguió hasta martirizarme. Me
desperté con unas expresiones, aparentemente inconexas, que me atosigaron toda
la mañana: comerme el coco, chincharme y goteo de realidad. No entendía
nada, pero no presagiaban nada bueno.
Por eso, saltándome el protocolo, decidí que esa mañana
no iría al encuentro titulado: “Realzando los encantos”. Un acto donde se daban
cita los participantes de la gala, los patrocinadores y la prensa
especializada. Me daba pánico tener que cruzarme con colegas y entendidos. No,
ir allí no me iba a ayudar.
Mi suerte era que estaba alojado en un hotel lejano de la
zona cero del concurso y podía escabullirme sin problema.
Esa mañana, esperaba encontrar a alguien detrás del
mostrador de recepción. Lástima, solo estaba la recepcionista, deambulando con
una fregona en la mano. De nada valen las expectativas.
En un estante del vestíbulo observé un folleto donde
promocionaban la visita a un invernadero agrícola de la zona, algo que no me
atraía nada, pero que era una gran oportunidad para despejar fantasmas y
miedos.
No fueron dos horas apasionantes, pero sí terminaron en
algo delicioso, reparador. Estuve rodeado de tomates raf, pimientos cónicos y
pepinos mini. Comprobé que ellos, y no yo, eran los protagonistas de las
palabras de mi sueño: se criaban entre fibras de coco, se las comían
mezcladas con la turba y el compost. También descubrí cómo las chinches
de la huerta acababan con las plagas de araña roja y pulgón. Y, por último,
admiré cómo un simple riego gota a gota conseguía unas matas casi
tropicales, protegidas por plásticos de última generación.
Me fui más tranquilo; las premoniciones de la noche se
habían hecho realidad, aunque en un grupo de hortalizas. Mucho mejor. Para
celebrarlo compré un kilo de tomatitos y corrí a degustarlos al hotel, con una
idea imposible y perversa rondándome la cabeza.
Algo pasó desde la recepción a mi habitación, desde las
14:30 horas hasta las 20:22, cuando empezó a sonar el móvil sin parar. Podría
ser Clarita, podrían ser los de A-Bra Cada-Bra... y no pienso desvelar quién
fue.
La gala de proclamación de ganadores había empezado a las
seis de la tarde, y allí estaba yo, en la cama, desnudo, con la persona de la
sonrisa maravillosa acurrucada a mi lado que sonreía cómplice al ver que no
contestaba el teléfono y había ignorado un posible premio en modalidad copa
completa, a pesar de ser los suyos unos pechos diferentes a los que lucen
mis diseños de talla grande.
Había renunciado a ser un Balenciaga del sostén por unos
turgentes, suaves, tiernos y brillantes… tomates Cherry, que una mano
reparadora y dulce me acercaba a la boca.
El teléfono seguía sonando. Yo pasé de la indiferencia
absoluta por aquellas llamadas a pensar que me estaba metiendo en un lío.
Quizás sí. Pero todavía me aguardaban unos cuantos tomates en aquella bandeja
de plástico impregnada de feromonas.
El título del relato de Antonio está muy en consonancia con la descripción de los hechos que, el protagonista postrado en el lecho, rememora. Situación lo suficientemente dramática para que le lleve a una sabia reflexión antibelicista. Al lector le queda la esperanza de que, más allá de la salvación del soldado, pueda hacer un uso prodigioso de la palabra en defensa de la vida y de la paz.
ResponderEliminarAraceli nos trae esta semana un relato de tono romántico y un alegato en defensa de las plantas, su importancia y sensibilidad. En torno a ellas , se va desarrollando una bonita historia en donde el cariño y las lágrimas tienen un especial protagonismo. Lástima que no sirvieran para salvar la vida del protagonista tal y como él auguraba que podrían hacerlo con las raíces del árbol. Bello relato cargado de connotaciones personales.
ResponderEliminarCon la ubicación del relato de Juana, nos invita a viajar con la imaginación y tal y como va describiendo el ambiente nos mete en una intriga llena de atractivo. El tono de leyenda cobra fuerza conforme las averiguaciones del protagonista cobran vida amparado en la narración del cura. El final, lleno de acierto, nos queda con el deseo de saber más sobre esa mujer y el por qué le eligió a él para hacerse visible.
ResponderEliminar¿ Sería la reencarnación del monje castigado?
" Sin costuras" nos adentra, con suavidad, en una narración llena de circunstancias inusuales que terminan por arrancar una sonrisa al lector. La trama es entretenida y a través de ella podemos ver la personalidad del protagonista que se siente arrollado por la inercia de la situación y el inesperado compromiso pero que, al final, sabe salir airoso y recompensado de ellos.
ResponderEliminarEn la estructura y ambientación intuyo una visita a los singulares invernaderos de Almería y un ambiente de concurso, también ajeno al autor, de este divertido relato aderezado con unos exquisitos tomates Cherry.
Gotas amargas. Antonio
ResponderEliminarDesolador el relato de Antonio. Podemos ver en primera persona el horror de la guerra. El sufrimiento de los soldados, compañeros, El pobre herido, en su lecho de muerte dice que le va a decir lo que piensa a los mandos. Probablemente le taparán la boca para no escuchar a un soldado que lo único que ha hecho ha sido cumplir con su deber. Además, aunque lo dejaran de hablar, no serviría de nada. En el frente seguirían luchando los supervivientes.
Lágrimas. Araceli
Así deberían ser todas las herencias. Teodoro vio en la chica el amor que le tenía a las plantas de su jardín. Y quién mejor que ella para cuidarlas. Sus herederas directas lo hubieran abandonado. Tal vez, no sea legal este testamento, pero en el relato se hace justicia y yo le aplaudo a Araceli.
Gota a gota. Juana
Todos hemos soñado con un lugar paradisiaco para retirarnos y descansar del mundanal ruido. Irse a un castillo en lo alto de una montaña es una buena opción. Las agencias de viajes nunca dicen si allí hay fantasmas o no. Porque los fantasmas son caprichosos y sólo se les aparecen a las personas que están solas y tienen mucho miedo. A mí me gustan los cuentos que tienen fantasmas, aunque me pensaría mucho ir a un castillo. Muy bueno, Juana.
Sin costuras. Santiago
Tu personaje es un persona íntegra y honrada. Así deberían ser todos los autores que reciben un premio regalado. En este caso, la alternativa a la recogida del premio es más sabrosa. La imagen de la cama con la recepcionista está muy conseguida, es muy fácil de imaginar. Muy buen relato. Santiago.
Antonio. Tu alegato antibelicista , puntualizado con detalle, a través del goteo que se suministra al herido de guerra, es tristemente cierto. Mientras repasamos su lectura, sufrimos con él y con él odiamos la guerra impuesta en uno y otro bando, La Patria, excusa de atrocidades, nos ata a un fusil que no queremos. El final con el uso de la palabra por parte del protagonista, nos alivia. Él tiene en mente hablar. Y eso será el alivio de su sufrimiento. SI LE DEJAN, CLARO
ResponderEliminarJuana. Siempre me han llamado la atención las historias de fantasmas y de aquellos seres que aparecen y desaparecen o bien se filtran por las pareces. Tu relato gota a gota, contiene todos los ingredientes, para captar nuestra curiosidad. Y que lo sepas, para mi pasar una noche en un parador y si es con fantasma mejor, me hace feliz. Y tu relato también.
ResponderEliminarSantiago. No necesitas costuras para hilar un buen relato. Éste lo es. Pero la última parte, la del invernadero a mi es la que más me gusta, al menos es la es la más jugosa. Yo tampoco hubiera cogido el teléfono.
ResponderEliminar