20/02/2026

GOTA A GOTA 2.

 

  GOTAS AMARGAS                                                    ANTONIO LLOP

La gota de suero cae en la bolsa trasparente y se desliza por la cánula hasta mi muñeca. En mi vista nublada el gotero me parece una lanza sin punta que sujeta mi vida.

Una nueva gota asoma su cuerpecillo redondo por el receptáculo y me lleva a Marquitos, el novato que cayó primero. Era tan joven que casi no le dio tiempo a vivir. Quiso ver el horizonte que se extendía por encima de la trinchera. Así lo hacía todos los días al amanecer desde la majada donde cuidaba al ganado. Pero no se encontró con el sol sino con una bala que le destrozó la cabeza. ¡Qué sabía un pastor casi analfabeto de prudencia ni de malicia!

La segunda gota ya ha caído a la bolsa. Me recuerda el embolsamiento que sufrimos cuando rodearon nuestra posición que le costó la vida al sargento Viriato. Las explosiones surgían de todos los lados y pocos sobrevivimos. Ese día nos dimos cuenta de que si caía un hombre tan experimentado como el jefe de nuestro pelotón nadie estaba seguro, y nosotros iríamos después.

La tercera gota fue especialmente dolorosa: mi gran amigo Paco destrozado por un obús. Nos alistamos juntos de forma voluntaria en nuestro pueblo. Aquellos militares habían llegado con proclamas de hombría y amor a la Patria. Los chicos del pueblo salimos a saludar aquella novedad. Los ojos y la sonrisa de aquel bello soldado que nos señalaba con el índice desde el cartel nos terminaron de convencer. En la cola, ante la mesa de alistamiento, Paco me guiñó un ojo mientras me señalaba a las chicas que nos miraban con arrobamiento. Y salimos hacia el frente en aquel autocar junto a otros mozos. El orgullo de los habitantes maduros del pueblo nos abrazaba.

Una cuarta gota baja por la cánula y penetra en mi torrente sanguíneo. Esa ya me tocó de lleno a mí, fue un mordisco ardiente bajo mis piernas. Un dolor penetrante que ya casi no siento. Me lo ha explicado el médico, que no han tenido más remedio que amputar una de ellas. Y la gangrena avanza por la otra.

Y con este goteo incesante de muertos se me ha destapado una convicción invencible. La de haber sido engañado. Siento las soflamas de las Autoridades como una burla macabra, una broma siniestra que se ha llevado la juventud de todos mis amigos y está a punto de llevarse la mía. Y desde este camastro maldigo a los generales que me enseñaron a odiar a otros jóvenes. Ellos me decían que eran mis enemigos, pero no es así. No son más que otros chicos, como nosotros, sobrecogidos bajo un fuego desatado, ajeno a todos. A ellos también les han mentido con la Patria. Solo defienden los intereses de sus dirigentes, como nosotros hacemos para el provecho de los nuestros. Ellos son otros Marquitos, otros Pacos, otros Viriatos. Y ya siento que todas esas gotas de suero que bajan por la cánula hasta mis venas no sostienen mi existencia como creía, sino que son gotas de veneno amargo que me la arrebata. Y percibo al gotero como una lanza que aguza su punta y se vuelve hacia mí.

Me ha dicho la enfermera que me prepare que hoy nos visita el presidente de la Nación para elevar la moral de la tropa. Yo sé que será para publicitar su imagen y justificar esta horrible matanza. Ya siento por los pasillos el bullicio de la comitiva presidencial. La espero aquí, postrado, impedido, inútil para la lucha. Ante las cámaras usaré la última arma que me queda, la palabra. Espero tener fuerza para decir bien alto lo que pienso.

 

 LÁGRIMAS                                                     ARACELI DEL PICO

 

   Era una verdadera preciosidad. Las hojas verdes, brillantes y el fruto, jugoso. Ni muy dulce, ni muy amargo, en la justa medida para agradar a todos los paladares. Ella lo miraba con orgullo, mientras reflexionaba sobre el giro que había dado su vida; cuando el notario abrió el testamento.

 

   Lo había plantado de pequeña, siguiendo las instrucciones de su padre. Su padre, que había guiado todos sus pasos, la había iniciado en el amor a la jardinería. Y cada día cuando regresaba a casa se paraba delante de un pequeño invernadero y veía con cierta envidia las plantas que allí había sembradas. Su interés y curiosidad la empujaron a entrar aquel día en su recinto, que a ella le parecía el jardín del edén.

 

   El propietario le cerró el paso, mientras preguntaba:

 

-¿Se puede saber dónde va usted tan decidida?

-Bueno yo… creo que estoy enamorada de su jardín, paso por aquí y me late el corazón.

-Vaya, eso sí que es admiración. Y amor desinteresado.

-No señor. Desinteresado no.

-¿Ah no?

-No. Quiero que las plantas me quieran y admiren como yo a ellas. Que cuando pase por su lado sientan calor y abran sus hojas y broten sus flores. Ver crecer su tallo enhiesto me levanta el ánimo.

-Nunca oí una explicación tan exaltada de admiración a las plantas.

-Tengo una terraza pequeña. Y uno de los mejores momentos del día, es cuando salgo a saludarlas y les doy su alimento. Despacio gota a gota, no quiero ahogar su ansiedad con un trago excesivo. Con parsimonia dejo caer un hilo de agua en cada una de ellas. Pienso que llegará a sus raíces y agradecidas disfrutarán el jugo que reciben.

 

    Locuaz, acabó pidiendo al jardinero, alguna ayuda para el mejor cuidado de sus plantas. Él respondió, que tal vez, era ella quien tenía que enseñarle. Y por supuesto podía visitar el invernadero cuantas veces quisiera.

 

   Las visitas se hicieron frecuentes y las conversaciones entre ambos, hablando de su tema favorito, frutos, plantas y familias crearon un vínculo que aprovechó Teodoro, para desnudar sus tribulaciones.

 

   Era un hombre viudo y triste. Con dos hijos malcriados que nunca quisieron apoyar el trabajo de su padre en la finca. Gastaban con torpeza. Y le confesó que en ella había visto la hija que nunca tuvo. Por su parte ella, le habló de una infancia feliz y unos padres extraordinarios. Y como no, de su árbol. Aquel que tenía el mejor fruto de la comarca y la mejor sombra. Y añadió:

 

-Si un día le pasa algo me muero.

 

   Teodoro sonrió y dijo:

 

-No morirás por eso, ni el árbol morirá tampoco, si sobre sus raíces vencidas viertes tus lágrimas, lentamente gota a gota.

 

   Él, se sentía rejuvenecer con las atenciones de la joven. El invernadero creció, trajeron bulbos de otros países. Guirnaldas de ramas y luces embellecían el entorno y rododendros, mirtos, flamboyanes más varios de cactus y suculentas, aumentaron el número de personas interesadas en adquirir todo tipo de plantas. Así la economía de Teodoro gota a gota, como una planta bien regada, crecía.

 

      La joven fue a visitarlo como siempre cuando salía del trabajo. No lo encontró. Dio la vuelta al invernadero y allí tendido en el suelo con las tijeras de podar en la mano, yacía el cuerpo de Teodoro.


 

GOTA A GOTA                                                             JUANA DOMÍNGUEZ

 

Una semana fuera de la rutina, sería excelente para descansar y meditar sobre una decisión que cambiaría mi vida. Había reservado tres noches en un hotel situado en lo alto de una colina, era un castillo templario reconvertido en Parador de Turismo, con el encanto de lo antiguo y lo moderno de nuestro tiempo, junto con el confort y la tranquilidad.

 

La habitación tenía unas vistas inmejorables, desde el alto balcón se divisaba todo el valle, el río serpenteaba entre álamos y alisos, el pueblo situado junto al río se veía tranquilo y soñoliento. Tenía asegurada la relajación, podría concentrarme en cómo resolver mis dudas.

Decidí descansar del viaje antes de bajar al comedor para la cena. Tumbada sobre la cama recorrí la habitación decorada con pinturas de paisajes muy coloridos, pero armoniosos. Al lado del balcón descubrí una hornacina, en otros tiempos habría contenido alguna imagen de un santo protector del castillo, estaba vacía o eso me apareció.

 

En la modorra del cansancio me despertó un sonido repetitivo y cadencioso, como agua cayendo sobre una superficie dura.

 

Una sombra, un susurro, no sabría asegurarlo, atravesó la estancia. Posé los ojos en la hornacina, y volví a cerrarlos, algo que no había visto antes se adivinaba en ella. Totalmente despejado los abrí, la figura de una mujer joven, hermosa, el pelo oscuro y sedoso le cubría los hombros y el cuerpo a modo de vestido, me miraba con expresión de felicidad y vida. Me levanté de un salto, fui hasta ella, la pintura era real. La joven parecía burlarse de mí. ¡Cómo era posible que no la hubiera visto cuando llegué!

 

Al volver de la cena, pregunté en recepción quien era la joven de la pintura, no supieron que contestar, no sabían que la hornacina estuviera pintada.

 

Subí inquieto, como no podían saber que existía una pintura en aquella habitación. Allí seguía la joven mirándome descarada, sentada el borde de una gran fuente donde rebosaba el agua. Tenía que averiguar quién era y porqué nadie sabía de su existencia, siendo tan real su presencia.

 

Pregunté en el pueblo a la gente mayor que me encontraba en tiendas y bares. Un anciano sentado en la plaza me recomendó hablar con el párroco de la iglesia cercana, éste con ciertas reservas, y tras mucha insistencia por mi parte, me dijo que solo eran habladurías, que cuando él llegó al pueblo, le contaron una leyenda que por supuesto no tenía ningún fundamento cierto ni comprobado.

 

 “En tiempos de los monjes una joven nacida en el pueblo desapareció una tarde, y nunca más volvieron a verla. Contaban que se había enamorado de un monje y les encontraron en una habitación yaciendo desnudos. Al monje le condenaron a guardar silencio toda su vida, y le enviaron a otra logia; a ella la encerraron en la misma habitación, la ataron dentro de una tina y allí estuvo muchos días, cayéndole una gota de agua permanentemente sobre la frente. La encontraron un mes después de su desaparición ahogada dentro de la fuente del patio del castillo”

 

El director del Parador no quiso confirmármelo, no le interesaban los fantasmas, eran habladurías de gente sin nada mejor que hacer.

Recogí mis pertenencias de la habitación dispuesto a marcharme, no quería estar más tiempo allí, la joven no dejaba de mirarme me seguía con los ojos a cualquier parte de la habitación donde me paraba.

 

 Desde la puerta me volví, con una sensación extraña, la pintura había desaparecido

 


 

SIN COSTURAS                                                SANTIAGO J. MARTÍN

La culpa de todo lo que pasó la tuvo Clarita. Siempre existen personajes necesarios para generar historias que pueden parecer divertidas desde la distancia, pero que producen un desasosiego notable a quienes las padecemos de cerca.

No sé qué pintaba ella, nunca mejor dicho, en un curso de diseño de lencería. Tampoco me explico que yo saliera de allí con esa chica colgada del brazo, mientras presumía en redes sociales de tener un novio creador. Ella estaba virtualmente enamorada, pero mi virtud no era la de enamorarme. Pobre.

No sé si fue la energía absorbente de la muchacha, mi atolondramiento habitual o el hecho de que su padre fuera el dueño de una de las cadenas más potentes de ropa interior; el caso es que, al parecer, estábamos saliendo.

A los tres meses, me vino con una noticia no exenta de veneno, del que escuece y luego se enquista.

Pedro, he presentado tu diseño al concurso y… ¡Te han nominado!

¿De qué me estás hablando? ¿Qué diseño? ¿Qué concurso?

Cuatro besos, un revolcón y unas cuantas fotos en Instagram fueron todas las explicaciones que recibí de Clara. Pero de claro, nada.

Es el problema de tener una personalidad de perfil bajo: que me dejo hacer demasiado.

A las dos semanas, la tenía despidiéndome en Atocha. Ella no podía venir conmigo al evento porque “papá” inauguraba tienda en Barcelona y mi chica tenía que hacer un streaming para miles de seguidores, que seguro la conocían mejor que yo.

Llegué al hotel a las nueve de la noche. Iba a ser un fin de semana intenso. No estaba convencido de cuál sería mi papel en esa “prometedora nueva etapa de mi vida”. Podía convertirme en ganador del famoso certamen de sujetadores A-Bra Cada-Bra, en la categoría de copa completa. O no.

Lejos de estar ilusionado, me encontraba acojonado, sin salida. Si ganaba, posiblemente se trataría de un chanchullo del papaito de Clara; si perdía, sería un fracasado, un inútil que no era capaz de triunfar ni compitiendo solo.

En la recepción del hotel me esperaba lo mejor de aquel fin de semana: una recepcionista simpática y junto a ella, una sonrisa perfecta, alumbrada por unos ojos verdes que parecían decirme: “No me digas que te dedicas a diseñar bragas y sostenes, ¿eh?”. Imaginaciones mías.

La noche fue muy larga. Me costó trabajo dormirme y, cuando lo conseguí, un sueño recurrente me persiguió hasta martirizarme. Me desperté con unas expresiones, aparentemente inconexas, que me atosigaron toda la mañana: comerme el coco, chincharme y goteo de realidad. No entendía nada, pero no presagiaban nada bueno.

Por eso, saltándome el protocolo, decidí que esa mañana no iría al encuentro titulado: “Realzando los encantos”. Un acto donde se daban cita los participantes de la gala, los patrocinadores y la prensa especializada. Me daba pánico tener que cruzarme con colegas y entendidos. No, ir allí no me iba a ayudar.

Mi suerte era que estaba alojado en un hotel lejano de la zona cero del concurso y podía escabullirme sin problema.

Esa mañana, esperaba encontrar a alguien detrás del mostrador de recepción. Lástima, solo estaba la recepcionista, deambulando con una fregona en la mano. De nada valen las expectativas.

En un estante del vestíbulo observé un folleto donde promocionaban la visita a un invernadero agrícola de la zona, algo que no me atraía nada, pero que era una gran oportunidad para despejar fantasmas y miedos.

No fueron dos horas apasionantes, pero sí terminaron en algo delicioso, reparador. Estuve rodeado de tomates raf, pimientos cónicos y pepinos mini. Comprobé que ellos, y no yo, eran los protagonistas de las palabras de mi sueño: se criaban entre fibras de coco, se las comían mezcladas con la turba y el compost. También descubrí cómo las chinches de la huerta acababan con las plagas de araña roja y pulgón. Y, por último, admiré cómo un simple riego gota a gota conseguía unas matas casi tropicales, protegidas por plásticos de última generación.

Me fui más tranquilo; las premoniciones de la noche se habían hecho realidad, aunque en un grupo de hortalizas. Mucho mejor. Para celebrarlo compré un kilo de tomatitos y corrí a degustarlos al hotel, con una idea imposible y perversa rondándome la cabeza.

Algo pasó desde la recepción a mi habitación, desde las 14:30 horas hasta las 20:22, cuando empezó a sonar el móvil sin parar. Podría ser Clarita, podrían ser los de A-Bra Cada-Bra... y no pienso desvelar quién fue.

La gala de proclamación de ganadores había empezado a las seis de la tarde, y allí estaba yo, en la cama, desnudo, con la persona de la sonrisa maravillosa acurrucada a mi lado que sonreía cómplice al ver que no contestaba el teléfono y había ignorado un posible premio en modalidad copa completa, a pesar de ser los suyos unos pechos diferentes a los que lucen mis diseños de talla grande. 

Había renunciado a ser un Balenciaga del sostén por unos turgentes, suaves, tiernos y brillantes… tomates Cherry, que una mano reparadora y dulce me acercaba a la boca.

El teléfono seguía sonando. Yo pasé de la indiferencia absoluta por aquellas llamadas a pensar que me estaba metiendo en un lío. Quizás sí. Pero todavía me aguardaban unos cuantos tomates en aquella bandeja de plástico impregnada de feromonas.

 

 

8 comentarios:

  1. El título del relato de Antonio está muy en consonancia con la descripción de los hechos que, el protagonista postrado en el lecho, rememora. Situación lo suficientemente dramática para que le lleve a una sabia reflexión antibelicista. Al lector le queda la esperanza de que, más allá de la salvación del soldado, pueda hacer un uso prodigioso de la palabra en defensa de la vida y de la paz.

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  2. Araceli nos trae esta semana un relato de tono romántico y un alegato en defensa de las plantas, su importancia y sensibilidad. En torno a ellas , se va desarrollando una bonita historia en donde el cariño y las lágrimas tienen un especial protagonismo. Lástima que no sirvieran para salvar la vida del protagonista tal y como él auguraba que podrían hacerlo con las raíces del árbol. Bello relato cargado de connotaciones personales.

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  3. Con la ubicación del relato de Juana, nos invita a viajar con la imaginación y tal y como va describiendo el ambiente nos mete en una intriga llena de atractivo. El tono de leyenda cobra fuerza conforme las averiguaciones del protagonista cobran vida amparado en la narración del cura. El final, lleno de acierto, nos queda con el deseo de saber más sobre esa mujer y el por qué le eligió a él para hacerse visible.
    ¿ Sería la reencarnación del monje castigado?

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  4. " Sin costuras" nos adentra, con suavidad, en una narración llena de circunstancias inusuales que terminan por arrancar una sonrisa al lector. La trama es entretenida y a través de ella podemos ver la personalidad del protagonista que se siente arrollado por la inercia de la situación y el inesperado compromiso pero que, al final, sabe salir airoso y recompensado de ellos.
    En la estructura y ambientación intuyo una visita a los singulares invernaderos de Almería y un ambiente de concurso, también ajeno al autor, de este divertido relato aderezado con unos exquisitos tomates Cherry.

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  5. Gotas amargas. Antonio
    Desolador el relato de Antonio. Podemos ver en primera persona el horror de la guerra. El sufrimiento de los soldados, compañeros, El pobre herido, en su lecho de muerte dice que le va a decir lo que piensa a los mandos. Probablemente le taparán la boca para no escuchar a un soldado que lo único que ha hecho ha sido cumplir con su deber. Además, aunque lo dejaran de hablar, no serviría de nada. En el frente seguirían luchando los supervivientes.

    Lágrimas. Araceli
    Así deberían ser todas las herencias. Teodoro vio en la chica el amor que le tenía a las plantas de su jardín. Y quién mejor que ella para cuidarlas. Sus herederas directas lo hubieran abandonado. Tal vez, no sea legal este testamento, pero en el relato se hace justicia y yo le aplaudo a Araceli.

    Gota a gota. Juana
    Todos hemos soñado con un lugar paradisiaco para retirarnos y descansar del mundanal ruido. Irse a un castillo en lo alto de una montaña es una buena opción. Las agencias de viajes nunca dicen si allí hay fantasmas o no. Porque los fantasmas son caprichosos y sólo se les aparecen a las personas que están solas y tienen mucho miedo. A mí me gustan los cuentos que tienen fantasmas, aunque me pensaría mucho ir a un castillo. Muy bueno, Juana.

    Sin costuras. Santiago
    Tu personaje es un persona íntegra y honrada. Así deberían ser todos los autores que reciben un premio regalado. En este caso, la alternativa a la recogida del premio es más sabrosa. La imagen de la cama con la recepcionista está muy conseguida, es muy fácil de imaginar. Muy buen relato. Santiago.

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  6. Antonio. Tu alegato antibelicista , puntualizado con detalle, a través del goteo que se suministra al herido de guerra, es tristemente cierto. Mientras repasamos su lectura, sufrimos con él y con él odiamos la guerra impuesta en uno y otro bando, La Patria, excusa de atrocidades, nos ata a un fusil que no queremos. El final con el uso de la palabra por parte del protagonista, nos alivia. Él tiene en mente hablar. Y eso será el alivio de su sufrimiento. SI LE DEJAN, CLARO

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  7. Juana. Siempre me han llamado la atención las historias de fantasmas y de aquellos seres que aparecen y desaparecen o bien se filtran por las pareces. Tu relato gota a gota, contiene todos los ingredientes, para captar nuestra curiosidad. Y que lo sepas, para mi pasar una noche en un parador y si es con fantasma mejor, me hace feliz. Y tu relato también.

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  8. Santiago. No necesitas costuras para hilar un buen relato. Éste lo es. Pero la última parte, la del invernadero a mi es la que más me gusta, al menos es la es la más jugosa. Yo tampoco hubiera cogido el teléfono.

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