19/06/2026

SESIÓN CONTINUA 1

 

SESION CONTINUA                                                     MANUEL GIL

 

La desaparición se descubrió después del desayuno.

 La silla estaba vacía junto a la ventana donde cada mañana se sentaba a contemplar un jardín que ya no reconocía. Los cuidadores registraron la residencia con una tranquilidad profesional que, poco a poco, fue transformándose en inquietud. Revisaron salones, almacenes, patios y pasillos. Preguntaron a otros residentes, aunque muchos vivían atrapados en sus propios laberintos.

 Nadie lo había visto salir. Llamaron a su hija.

 Cuando llegó, encontró una habitación ordenada. Nada parecía fuera de lugar, salvo un periódico sobre la mesilla. Estaba doblado por una página en la que, entre anuncios y esquelas, destacaba un titular:

 «Comienza esta semana la demolición del cine Waldorf».

 Lo miró sin prestarle demasiada atención. Después lo dejó donde estaba.

 Mientras tanto, en algún otro rincón de la ciudad, un hombre caminaba con determinación. Iba a una fiesta.

 No sabía exactamente dónde se celebraba. Sin embargo, sus pasos avanzaban con una seguridad sorprendente, como si siguieran un sendero aprendido mucho tiempo atrás.

 La tarde estaba teñida de un resplandor dorado.

 Al llegar a la entrada, una mujer de sonrisa luminosa abrió los brazos.

 Qué alegría volver a verte.

 Era Lana Turner.

 La elegancia de su vestido parecía tejida con luz. Él inclinó ligeramente la cabeza, algo avergonzado.

 No sabía que me conocieras.

 Ella dejó escapar una risa suave.

 Mucho más de lo que imaginas.

 Lo tomó del brazo y lo condujo al interior.

 El salón estaba lleno de música, humo azul y un rumor incesante de conversaciones. Todo poseía una cualidad extraña: era irreal y cercano al mismo tiempo.

 Junto a una barra, con un cigarrillo entre los labios y una copa en la mano, lo saludó un sonriente Humphrey Bogart.

 Siempre acabas encontrando el camino. Me alegra mucho verte.

Hablaron como viejos conocidos.

 Poco a poco se formó un corrillo a su alrededor. Los rostros le resultaban familiares, aunque no lograba recordar exactamente por qué.

 Ava Gardner apareció entre las sombras con una copa de champán.

 Magnífica. Inalcanzable. Tan hermosa como siempre la había soñado.

 Por los fieles dijo, ofreciéndole la bebida.

 Él aceptó.

 Todos parecían conocerlo. Todos parecían alegrarse sinceramente de verlo. Nadie le pedía explicaciones. Nadie le exigía recuerdos.

 Por primera vez en mucho tiempo no tenía que esforzarse por reconocer nombres ni reconstruir el mundo fragmento a fragmento.

 Simplemente estaba allí. Y era suficiente.

 Mientras tanto, la búsqueda continuaba.

 La policía recorrió las calles cercanas. Se revisaron estaciones de autobús, parques y cafeterías.

La hija respondió preguntas mecánicamente.

 —¿Llevaba documentación?

 - ¿Podía orientarse?

 —¿Había hablado recientemente de algún lugar?

 Negó con la cabeza.

 Entonces recordó algo. El periódico de su habitación. Waldorf. No le había dado importancia.

Ahora, sin embargo, el nombre regresaba con una nitidez inquietante.

 En la fiesta, Sofía Loren conversaba junto a un piano.

 Al verlo acercarse, le dedicó una sonrisa pícara envuelta en un halo de ternura. Cuántas veces la había contemplado en la pantalla.

 Siguió avanzando entre los invitados y entonces apareció ella. Seguía siendo la mujer imposible de los años remotos. La mujer cuyos carteles habían provocado confidencias culpables en los confesionarios por parte de tantos adolescentes en aquella España gris del nacionalcatolicismo.

 Rita Hayworth.

 Se inclinó hacia él.

 Sé un secreto.

 —¿Cuál?

 Que siempre me quisiste.

 Él bajó la mirada, tímido. Rita soltó una carcajada cristalina y echó hacia atrás la melena. A su alrededor, las risas se mezclaron con la música. La sala parecía agrandarse. Las voces se confundían con una emoción que él conocía perfectamente.

 Todo el grupo lo acompañó hasta una flamante butaca y lo invitó a sentarse.

Gracias por estar siemprele dijeronpor quedarte hasta el final.

 Entonces lo invadió una sensación profunda y reconfortante: estaba en casa.

 Al mismo tiempo, la hija comprendió. No fue una deducción lógica. Fue una intuición. Un fogonazo. Tomó el coche y pidió a dos cuidadores que la acompañaran. Condujo hasta las afueras de la ciudad.

 El viejo cine Waldorf se alzaba detrás de las vallas de obra como un transatlántico abandonado.

Aún no habían comenzado las tareas de demolición.

 Saltaron el cerramiento y entraron por una puerta lateral forzada. Dentro los esperaba el silencio. El vestíbulo estaba cubierto de polvo. Los carteles se deshacían lentamente sobre las paredes.

 Avanzaron por el pasillo central. Y allí, al fondo de la gran sala vacía, lo encontraron.

Yacía tendido frente a la pantalla. Inmóvil. Pequeño.

 La hija corrió hacia él. Durante un segundo no supo si respiraba. Luego percibió el movimiento apenas visible de su pecho. Y aquella sonrisa. Una sonrisa profunda y serena que hacía años que no aparecía en su rostro. Entonces recordó.

 Antes de que la enfermedad borrara calles, nombres y fechas; antes incluso de ser su padre, aquel hombre había sido acomodador del Waldorf. Había pasado años guiando espectadores con una linterna entre la penumbra.

 Años viendo desfilar amores, aventuras y milagros en sesiones continuas que parecían no terminar nunca. Las películas habían iluminado una existencia humilde, gris a veces, difícil casi siempre.

 Le habían regalado países que jamás visitó, romances que nunca vivió y héroes que lo acompañaron cuando el mundo real resultaba demasiado estrecho.

 Frente a aquella pantalla vacía comprendió que la memoria había ido cerrando puertas una tras otra. Pero había una que permanecía abierta. La última. La más luminosa.

 Quizá, mientras el edificio aguardaba la demolición, en algún rincón secreto de su mente seguía proyectándose la película. Y todos los que alguna vez habitaron la luz del celuloide habían acudido a despedirlo.

 Como en una sesión continua. Como si la función, para él, nunca hubiera terminado.

 

CINE DE VERANO                                           MARÍA ISABEL RUANO

En la parte alta del pueblo, en una calle sin salida bordeada de naranjos, todavía se puede leer, sobre una desconchada pared, el rotulo de Cine. Cada vez que paso por allí me invade un poso de melancolía y no porque yo fuera muchas veces a ese cine precisamente, al del pueblo.

Para empezar, no vivía allí pero si pasaba las vacaciones bajo la tutela de una tía por lo que los horarios eran estrictos y la libertad escasa. Motivos por los que, las pocas veces que fui, lo hice con la compañía de una prima mayor encargada de cuidarme, objetivo nada más lejos de su intención ya que su prioridad era encontrarse con su novio adolescente y escaparse en la oscuridad de la noche.

La entrada del cine de verano estaba en la otra parte de la calle, tras una enorme verja que daba acceso a un alegre huerto lleno de plantas y con una enorme lona blanca clavada en la pared. Ir al cine era una fiesta. Además de las monedas necesarias para pagar la entrada, íbamos aprovisionados de las ricas chucherías que podíamos comprar los domingos a la salida de la misa.

Antes de que la Benitilla pusiera una tienda, justo al lado de mi casa en la calle Real, sólo teníamos dos opciones para comprarlas, la tienda de Mary Lú” o los Carameleros”. La de Mary Lú estaba en un soportal de la plaza y ocupaba la parte baja de su vivienda. Diminuta como era, a mí, me parecía un universo de color e incluso de placeres insinuados y sin descubrir ya que, además de las chuches y de los envases llenos de confeti con forma de biberón, martillos o muñecos que eran mis preferidos, vendía cuentos, novelas del oeste o románticas. No sabría definir cuales me atraían más, en primer lugar, los cuentos. Allí compré uno de los primeros que tuve, Nina” que aún conservo con un cariño muy especial. Después las novelas del Oeste ya que mi hermano se pasaba el día jugando con los indios y los americanos de plástico que también vendían en esa tienda y, de una manera casi pecaminosa, las románticas. Entre los escarceos de mi prima la mayor con su novio y las portadas de esas novelitas que May Lú, colgaba con pinzas en una cuerda, a mí se me antojaba que aquel era un mundo muy, pero muy atractivo por descubrir. Tenía entonces doce años, me encantaba jugar con las muñecas y era una auténtica niña.

Pero en donde me gustaba comprar aún más los tesoros gustativos era en el carro que el matrimonio formado por Epifanio y María paseaba por todo el pueblo. Perfectamente equipado con compartimentos de corcho dentro de un gran cuadrado de madera las chuches estaban al alcance de la mano y no te regañaban si las tocabas. Tal vez porque no tenían hijos, eran más tolerantes con los niños. Con el tiempo descubrí que tuvieron uno, pero se les murió. Aunque la verdad, Mary Lú también me trataba con cariño, ya que, por ser soltera, se rumoreo que podría ser una buena candidata para casarse con mi viudo padre. Eso también lo descubrí pasado un tiempo.

Para el cine de verano teníamos que llevarnos una rebequita porque refrescaba mucho por la noche y además como regaban el huerto cada día, la humedad te hacía pasar frío. Las sillas eran metálicas y estaban pintadas de diversos colores, llenas de desconchones y eran muy incómodas. En aquella época las chicas, no llevábamos pantalones, las faldas se me quedaban cortas de un verano para otro y los hierros terminaban por clavarse hasta la entretela de las bragas.

Me costaba concentrarme en las películas porque la gente hablaba alto, se reían de manera muy escandalosa, todos comíamos chucherías, pipas en especial, las palomitas no eran conocidas por entonces excepto las que, en alguna ocasión, se hacían en casa a la lumbre con una mazorca de maíz. El aire movía las lonas distorsionando las imágenes y además, cuando llegaba la hora de regresar a casa, aunque no hubiera terminado la película, teníamos que salir corriendo si queríamos evitar un castigo.

A pesar de todo esto, la sensación de verano, la incipiente libertad, el erotismo que era capaz de sentir en los arrumacos de mi prima y el poder mirar al cielo contemplando las estrellas, se han quedado en mi memoria con una pátina de ocre melancolía.


 

CENTAUROS DEL DESIERTO, HOY                                           JUAN SANTOS

 

Centauros del Desierto de John Wayne es una película que dejó huella en mi juventud. Recuerdo que la vi en el cine de verano de mi pueblo. Los cuatro amigos nos sentamos en la misma fila, cada uno con nuestra gaseosa y con nuestro entusiasmo particular. Por la tarde habíamos visto, en los soportales de la plaza, la pizarra anunciadora y las carteleras con los fotogramas más representativos. La peli tenía buena pinta. Así que apartamos de la paga dominical las cinco pesetas de la entrada y esperamos con impaciencia la hora de la función. Todos salimos encantados de ella.

Hoy he vuelto a verla en la tele y la misma película, pasados cincuenta años, confieso que me ha decepcionado. Me hubiera gustado tener a mis amigos en mi salón, con una cerveza en la mano, para comprobar si los cuatro nos seguíamos emocionando con el valle de Arizona, con la imagen de John Wayne ataviado con su sombrero negro y su pañuelo rojo al cuello. Y, sobre todo, saber si aplaudirían cuando el bueno persigue con su caballo a los indios malos.

De aquella noche, recuerdo también que, a la salida, ebrios de cine, todos nos mirábamos con cara de pistoleros.

Hoy no ha sido una decepción brusca, sino más bien una incomodidad que ha ido creciendo poco a poco, como una espina que no estaba antes. Mientras avanzaban las escenas, me costaba reconocer la película que tanto me había impresionado. Por eso me hubiera gustado compartirla con mis amigos. A ver si ellos habían cambiado de parecer y el raro soy yo.

John Wayne era un héroe que cabalgaba y actuaba con firmeza, yo quería ser como él cuando fuera mayor. Pero hoy, sentado frente a la pantalla, no he podido dejar de fijarme en aquello que antes pasaba desapercibido: la forma en que se retrata a los indios, como enemigos salvajes, malvados y peligrosos que amenazaban a los colonos blancos.

Entonces el propio personaje de Ethan ha empezado a resultarme inquietante. Su mirada, su dureza, su obsesión… ya no las veía como rasgos de grandeza, sino como señales de un odio que lo consume todo. Me he sorprendido a mí mismo tomando distancia, como si ya no pudiera acompañarlo en su viaje.

Quizá lo que más me ha removido no es la película en sí, sino el contraste entre aquel chico que aplaudía en el cine de verano y el hombre que hoy la observa con desconfianza. Antes, todo era más sencillo; ahora, en cambio, las historias se llenan de matices, y los héroes dejan de ser intocables.

Así he terminado de verla con una sensación extraña, casi melancólica. Como si, junto con la película, también hubiera perdido una parte de aquella mirada limpia de juventud. Y, sin embargo, en el fondo, sospecho que este modo de mirar, más incómodo, pero también más consciente, es lo único que de verdad me pertenece.

 

1 comentario:

  1. Sesión continua. Manuel
    Seguro que la demolición del emblemático cine Waldorf de Barcelona supuso un duro golpe para lo cinéfilos. Y no debió ser menos para su acomodador. Manuel nos ha recreado una entrañable historia donde los recuerdos profundos están por encima del alzheimer. Este hombre, perdido entre los muros del cine, tiene visiones de escenas de sus actores favoritos. Muy bueno, Manuel.

    Cine de verano. María Isabel
    María Isabel, en aquella época, en los pueblos, el cine del domingo era muy importante. Como no había televisión, cualquier película era recibida con entusiasmo. En tu relato nos hablas de aquel cine de verano, acompañando a tu prima y a su noviete. De tus vivencias se podría hacer una bonita película, pues lo de la prima, la compra de chuches y todo el ambiente que dibujas, se repetía en muchos pueblos de España. Es un relato muy bueno cargado de nostalgia.

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