01/05/2026

LOS CEROS DE MI VIDA 2

 

EL CERO A LA IZQUIERDA                                                      ANOTNIO LLOP

—¡Quita de delante, Vidrios! ¡Siempre estás en medio, como el jueves!

Eso me decían en mitad de mi confusión juvenil, quienes se suponía que eran mis amigos. El mote era lo de menos (todos teníamos uno y yo desde los quince años siempre he llevado gafas). Lo que aumentaba mi frustración es que no me consideraran suficientemente importante para integrarme en un lugar centrado en una foto conjunta, y me relegaran al extremo izquierdo. Y eso que ese día habíamos encontrado a alguien que operara con la Leika del Moñi, uno que tenía un padre carnicero, que era el único del grupo que no estaba a dos velas. Le llamábamos Moñi, un hipocorístico de Moñigo, por analogía con su apellido real (Zúñiga). Y es que lo normal es que las fotos las hiciera yo, ante la indiferencia de mis amigos por no aparecer junto a ellos.

Lo malo es que quien me solía espetar esa frase despreciativa era José Luis, un vecino de piso que había llegado al barrio directamente del pueblo, a quien enseñé a vestirse más moderno y adaptarse al estilo de los jóvenes de la época. Yo lo presenté y lo introduje en la panda cuando todos se reían de él por sus hechuras rígidas y sus pantalones pesqueros. Le presté mis pantalones de pata elefante y mi chaqueta de tres bolsillos, faldones largos y solapas anchas, y le quité la costumbre de ponerse un pañuelito despuntando en el bolsillo superior como lucía en la suya. Hice valer mi condición de uno de los miembros fundadores para conseguir que lo admitieran a nuestra cuadrilla, a pesar de su figura hortera, que era lo menos perdonado para unos jóvenes pretendidamente modernos. Pero los vaivenes de la vida poco a poco fueron a mí a quien apartaron de la primera línea. Yo me daba cuenta de mi postergación paulatina de aquel grupo de jóvenes esclavos de las apariencias. El que fuera el único que llevaba gafas no ayudaba a ser admitido en aquella fotografía en un lugar centrado. Yo tenía otro inconveniente: estudiaba. Y encima no fumaba. Y en ese grupo de indolentes que solo hablaba de conjuntos musicales y ropa de moda esas características era bastante despreciables y consideradas como pretenciosas, aunque yo nunca pretendiera presumir de ello.

Paulatinamente me fui saliendo de aquellas reuniones de fumadores sentados en el murete enfrente del mercadillo que escuchaban singles de los Four Tops en el tocadiscos a pilas del Moñi.

—¿Ves lo que pasa por ayudar a la gente que no lo merece? ¡Si es que eres un abogado de causas pobres! —me dijo mi madre, depositaria de mis decepciones, cuando le conté el comentario de nuestro vecino José Luis.

Y esa admonición quedó fijada en mi mente a la hora de escoger una carrera. Elegí Derecho y empecé mis estudios en la Universidad Complutense ese mismo año.

 

Aún conservo esa instantánea de mi postergación que he tenido presente durante el tiempo de mis estudios como símbolo de superación. Cuando desfallecía por lo arduo de las oposiciones a juez de distrito, miraba mi cara de circunstancias en el extremo izquierdo de la foto y eso me espoleaba a seguir en mi empeño. Perdí contacto con mis antiguos amigos, aunque uno de ellos que encontré por casualidad en el barrio un día que visitaba a mis padres me dijo que el grupo había tomado una deriva de drogadicción y peleas discotequeras. Y alguno había elegido “vías chungas”.

Ahora estoy mirando esa famosa fotografía porque cuando salga de mi despacho y entre en la sala tengo que dictar sentencia contra aquel José Luis de mi juventud, acusado de un delito de asesinato. No puedo pensar en ninguna otra cosa que en las evidencias aportadas por la investigación policial. Debo alejarme tanto de mis apegos a mi antiguo grupo como de mi venganza contra mi antiguo vecino porque me considerara un cero a la izquierda. Quizás he tenido un poco de responsabilidad en que José Luis haya elegido una “vía chunga”. Si yo le hubiera dejado en paz con su pañuelito despuntando por el bolsillo superior de la chaqueta y sus pantalones pesqueros nunca hubiera entrado en la panda del murete y no hubiera elegido ese camino a la delincuencia. Por otra parte, pienso que yo también estuve expuesto a las derivas de la juventud y no me pervertí.

Así que vistas las pruebas.

—Condeno al acusado a veinte años de reclusión. La sentencia se hará efectiva a partir de mañana, jueves.


 

 EL PRIMER CERO DE MI VIDA                                   MARÍA ISABEL RUANO

 

La lectura del relato de un compañero, en el que nos contaba las peripecias vividas en su internado durante la adolescencia, me ha llevado sin remedio, a rememorar los propios avatares que yo viví.

 

La peor época de mi vida estuvo marcada por acontecimientos familiares que, prefiero no nombrar, a la edad de quince años y que abrieron un camino sin retorno hacía la rebeldía, del que, ya cumplidos los sesenta y cinco, no he conseguido salir.

 

Estábamos en tercero de BUP y el mío también era un colegio de monjas situado en un barrio elegante de la ciudad y con un alumnado de clase media alta por mucho que estuviera regido por las Hijas de la Caridad.

 

En aquella etapa, la amistad era lo más importante para mí, por encima de la familia, el aprendizaje y los primeros devaneos amorosos. Mis amigas suplían el resto de las carencias que bordeaban mis afectos. Cuando alguna de nosotras sufría un descalabro, todas nos solidarizábamos con ella y si hacía falta hacer pellas para consolarla, lo hacíamos. Esta situación se repitió en varias ocasiones hasta tal punto que, a la pobre abuela de Paloma,” la enterramos varias veces”.

 

En cierta ocasión, nuestra ausencia, la de las cuatro amigas inseparables de entonces, coincidió con un examen de Filosofía. El profesor era un catedrático respetuoso cuyo aspecto aún puedo recordar. Bajito, con barba y elegante en su vestimenta. Era el único varón en el reino femenino. Al día siguiente, a las ausentes, nos puso un folio sobre la mesa para que hiciéramos el examen del día anterior. Me sentí muy molesta y todavía no soy capaz de comprender del todo por qué lo hice. Me gustaba la Filosofía y se me daba muy bien. El profe lo sabía. Mis amigas, sin dudarlo empezaron a escribir, aunque poco o nada habían estudiado. Él, ante ni actitud, empezó a impacientarse y se aventuró a afirmar que, si no escribía, aunque fuera una línea, me pondría un cero. Y así fue como dejé pasar la hora entera con mi folio en blanco y me gané, por mérito propio, el primer cero de mi vida.

 

Ese cero me bajó la media, no solo de la asignatura, sino de la nota global del BUP. A pesar del cual, sé que me gané el respeto del profesor y del resto de las compañeras y algo muy valioso comenzó a desarrollarse en mi interior. La lealtad a mi propio criterio más allá de las amenazas y de las normas impuestas.

 

En selectividad saqué muy buena nota en Filosofía y me consta que, el profesor, estuvo muy atento y se sintió orgulloso.

 

Otro descalabro similar lo tuve mientras estudiaba magisterio. De nuevo, otro profesor, en esta ocasión, muy delgado, severo y conservador, nos puso un examen en el que, mediante los argumentos inductivos de la lógica, teníamos que defender la pena de muerte. Lejos de hacerlo, me compliqué con las premisas y los principios necesarios de la lógica para afirmar mi condena de la pena de muerte. El profesor me felicitó por el razonamiento y la valentía, pero me puso un cero por no haber respondido al planteamiento por él solicitado.

 

Pasaron muchos años desde aquella época y, con mi carrera terminada y siendo ya funcionaria, el germen de la Filosofía que ambos inculcaron en mí, me llevo a matricularme en la UNED en Filosofía y Ciencias de la Educación. Y así fue como, incluso con mi hijo pequeño, conseguí mi licenciatura en esta carrera.

 

No me he arrepentido nunca de aquellos desafíos que a lo largo de mi vida me han hecho más fuerte y me han ayudado a ser muy honesta con mis convicciones.

 


 

RENACIMIENTO                                             ARACELI DEL PICO

 

  Alba, estaba deseando llegar a casa. Bajar al trastero y alcanzar aquellas carpetas que guardaba con primor en las últimas estanterías de aquel pequeño cuarto. Siempre había sido muy organizada y lo tenía todo dispuesto de tal modo, que sin duda sería llegar y encontrarlo.

 

  Su repentino interés surgió, de una conversación que había escuchado en la parada del autobús entre dos personas completamente ajenas a ella. Sin pretenderlo, ya que no era nada curiosa, prestó atención y pudo sentir alguna simpatía entre los dos. Eran hombres de cierta edad, vestidos de forma clásica, pero sencilla. Ambos con traje, la diferencia estribaba en que uno de ellos, Alfredo según le llamó el amigo, no llevaba corbata. Hugo, que respondió al saludo con tal nombre, si lucía una a tono con su terno.

 

  Una distendida conversación, dio paso a otra de diferente tono. La política entró en liza y la simpatía inicial se tornó en agrias y muy ásperas palabras.

 

-          Alfredo no puedo creer lo que está saliendo de tu boca. Éramos tan amigos.

-          Y que pasa, ¿qué porque pensemos de diferente manera, ya no podemos serlo? Que sepas que tengo los mejores recuerdos de juventud ligados a ti. Y el hecho de que lleves la banderita bicolor en tu reloj, en tu carpeta y hasta en tus ideas, si tú quieres, voy a seguir siendo tu amigo.

 

  Hugo se aflojó el nudo de la corbata y tardó en responder. Alba, miró el reloj, el bus se retrasaba, pero no le preocupó. El cariz de la conversación le había atrapado. Y la falta de curiosidad, que puede que fuera, una de sus mayores o peores virtudes, creció de repente. Y Hugo, tomó la palabra.

 

-          Me gustaría decir otro tanto, pero no puedo. Este país se rompe y tú, adalid de las causas justas, ¿te quedas impasible?

-          ¿Pero qué coño de causas justas son aquellas que nos obligan a retroceder cuarenta años, Hugo?

-          No es retroceder. Es poner las cosas en su sitio.

-          Creo que los ceros de tu cuenta corriente te han cambiado la visión que mantuvimos en paralelo durante años.

-          ¿Qué quieres decir?

-          Lo que he dicho. Lo entiende cualquiera. Y tú, torpe no eras. ¡¡¡Antes!!!

 

  El bus venía, y el grupo de gente que lo esperaba con urgencia subió a él. Los empujones de unos y otros la separó de la pareja, que dentro, según pudo percibir a distancia no se dirigió la palabra en momento alguno.

 

  En el recorrido a casa, mil cosas bullían por su cabeza. Aquella conversación la había llevado a sus años de universidad, donde correr delante de los “grises” era un culto. Y ella, vaya si había corrido. Puede que les tuviera que agradecer su agilidad posterior. Y le entraron unas ganas locas de volver a leer aquellos panfletos que escribió y esparció y recitó en algunas asambleas secretas. Y aún guardaba cada uno de ellos.

 

 Cuando llegó a su parada, aquella pareja continuaba en el interior del autobús. Se bajó y no pudo evitar pensar si habría posterior reconciliación entre ellos.

 

  Una vez en el rellano de la casa se limpió sus pies en el felpudo, fue derecha a por las llaves del trastero. Y justo donde debía estar encontró el mundo de su infancia, los cuadernos de caligrafía, fábulas que tanto le inspiraron. Los primeros libros. Cada una de las materias con sus correspondientes calificaciones, donde las matemáticas se llevaban la palma negativa. Hasta con un 0 la obsequiaron en segundo de bachiller. Razón por la que tuvo claro que se mantendría a flote con las letras.

 

  Lo releyó todo con ternura. Era como despertar. Y al final diferentes legajos separados por fechas y bien sujetos por un balduque rojo, abrieron los ojos de aquel tiempo pasado. No mejor. Pero fresco y lleno de ilusiones, que aún mantenía.

 

  Cerró el cuarto de los recuerdos. No todo eran trastos allí dentro. Y subió, sin dejar de pensar en aquellos que habían reavivado sus recuerdos con la conversación. Le dieron pena. Ella mantenía amigos que también habían cambiado de ideología. Allá ellos. Pero sabía y sabían, que siempre serían amigos.

 

  Se lavó bien las manos, negras del polvo de los blancos pensamientos. Se preparó una ligera comida y reposó media hora.

 

  Ahora iba a regar los kalanchoes de la terraza. Tres. Rojo, amarillo y morado. Tenían que estar jugosos. Cada uno luce su bandera donde y como quiere.


 

SEIS CEROS A LA DERECHA                                        JUANA DOMÍNGUEZ

Una primitiva oportuna proporcionó a Pelayo seis ceros a la derecha de un número mágico ¡siete millones de euros!

Nunca se supo quién fue el agraciado, aunque el boleto fue depositado en una administración pequeña. El afortunado consiguió cobrar la suma sin que nadie sospechara de su suerte.

Hasta ese grato día Pelayo había sido un hombre al que la vida no le sonrió. Sus padres fallecieron en un accidente de circulación cuando tenía diez años, sin hermanos y sin familiares que le acogieran, pasó su niñez en un orfanato hasta su mayoría de edad. Cero en familia y en cariño, fue su calificación cuando salió al exterior a labrarse una vida de soledad.

 Encontró trabajo en un taller mecánico, su oficio era limpiar las piezas de grasa, el dueño fue compañero de su padre y a pesar de no saber nada de mecánica le acogió por compasión. Otro cero a su estima.

Pelayo con mucho esfuerzo, se matriculó en una escuela de oficios, a la que acudía por las noches, quería ser mecánico de automóviles.

Al finalizar sus estudios montó su propio taller, y siguió ayudando a su anterior jefe y suegro, le estaba agradecido por haberle acogido.

 Había trabado amistad con su hija pequeña, Encarna, al poco de empezar en el taller y, a fuerza de trabajar y agradar. consiguió que le quisiera, formaron una familia feliz y sólida, sus hijos tenían todo el cariño y la amistad que a él le había faltado. Por fin era feliz.

Pero dicen que la felicidad no es eterna, y Pelayo estaba condenado a obtener todos los ceros que circulaban a su alrededor.

Volvían del colegio, su esposa conducía un coche pequeño con su hijo mayor en el asiento del copiloto. Un camión se cruzó en la rotonda y Encarna no pudo desviar el coche, el camión la envistió por detrás y su hijo salió por la luna delantera.

La depresión se apoderó de ella, no quería vivir, su hijo no tenía culpa de nada, no debió morir. Y Pelayo juntó dos ceros más a su izquierda.

El taller empezó a perder clientes, Pelayo tenía que ocuparse de Encarna y sus otros dos hijos, y terminó por cerrarlo. Más ceros.

Ya no sabía que podía hacer, para terminar con tanta negatividad, y entonces sucedió. Su suerte cambió.

 Con el dinero del boleto, ingreso a Encarna, en una clínica de reposo, para que se recuperará, y él se quedó con el taller de su suegro ya jubilado. Los seis ceros a la derecha, le cambiarían la vida.

Los emplearía bien, una fundación para ayuda a indigentes e inmigrantes sin recursos, sería su forma de devolver lo que él no tuvo, y hubiera necesitado en su recorrido por una vida de fracasos y sufrimiento.


 

CUESTIÓN DE GRADOS                                              SANTIAGO J. MARTÍN

 

Países Bajos, septiembre de 1578

 

-          Señor doctor Bay, le insisto en que estudie los documentos que ahora le presento. Sería determinante si...

-          No siga, señor Ortelius. Demasiados problemas se me vienen encima con la Santa Sede por otros asuntos como para ahora plantearles un nuevo cisma.

-          Cisma ninguno. Vuestra merced puede comprobar que de nada sirven mis mapas, tan apreciados y considerados en medio mundo, si no se pueden utilizar con una orientación universal.

-          Dejemos las cosas como están Ortelius. Dedíquese a la cartografía, que con tanto esmero elabora, y abandone posturas ecuménicas imposibles. Que cada imperio imponga el suyo y Dios los unifique.

-          Sería un logro que la Universidad de Lovaina, que usted preside con tanta pericia, abanderara la creación de un meridiano cero universal.

-          No sueñe más, Ortelius. Ahora he de asistir a un claustro urgente. Le tengo que dejar. Pase usted una buena jornada.

Salió Abraham Ortelius muy enfadado del despacho del rector. No llegó a dar un portazo, pero cierto es que ese impulso le corrió por su brazo hasta el último momento.

 

Después de 6 horas de viaje en una vieja calesa, tirada por cuatro fuertes potros frisones, arribó a su casa de Amberes.

 

Llegó removido por dentro y por fuera. Ese traqueteo durante tantas horas le irritaban sus almorranas y le tensaban sobremanera la espalda. Pero lo peor era el enfado que llevaba rumiando desde que salió de la Universidad.

 

Por fin llegó a casa, con la noche cerrada y la lluvia calando su capa y su sombrero bourrelet. Dentro le esperaba Gertruid, ya nerviosa por lo avanzado de la hora y la endeble salud de su padre.

-          Al fin en casa, padre. Quítese eso. Viene empapado.

-          Es lo de menos. El mundo está lleno de ciegos intransigentes.

Una vez que se cambió de ropa, se sentó a la mesa a regañadientes, convencido por su hija y un aromático guiso que le aguardaba en el plato.

 

-          Esto le hará olvidar gran parte de su pesadumbre.

-          La tozudez humana me consume. ¿No se dan cuenta de que no se avanzará en la navegación si no unificamos criterios?

-          Sin pruebas fehacientes no se mueve a las jerarquías, y menos en la ciencia.

-          Pero si los jesuitas ya lo han demostrado. Ellos sí que han sabido sacar provecho de su meridiano secreto. América ha sido más fácil de explorar gracias a sus mapas.

-          Pero ahora, padre, con su atlas Universal, vendrá el verdadero avance que…

-          No. Eso es solo un paso. Hay que fijar los meridianos de una vez. Es cuestión de convocar una conferencia internacional y llegar a un acuerdo.

-          Largo me lo fiais, padre. En pleno siglo XVI no veo yo una comunión de intereses tan cercana.

-          Vale. Pues me rindo, entonces.

-          No padre. Siga luchando, pero con mesura. Se está consumiendo y desperdiciando sus conocimientos cartográficos por ese dichoso meridiano invisible.

-          Creo que tú tampoco has entendido nada, hija. No lo verán mis ojos, pero a no mucho tiempo todos los barcos se guiarán por un mismo meridiano cero en las cartas de navegación. Será indispensable para nuevos ingenios que se moverán a gran velocidad por tierra y mar, y quién sabe por dónde más.  

-          Me lo creo. Solo miro por usted. Le apoyaré en todo siempre. Como hasta ahora.

Se hizo un silencio duradero que parecía que iba a ser la antesala de retirarse a descansar, pero la muchacha lo interrumpió.

 

-          Padre, ¿pudo comentarle lo mío al rector?

-          Pude. Pero no lo hice. No me parecía el momento adecuado.

-          Lo entiendo.

-          En cualquier caso, has de hacerte a la idea de declinar tus propósitos. Jamás una mujer será admitida en una universidad. Nunca. Igual que te digo una cosa sobre el futuro, te digo otra.

-          Hay que valorar a las personas por su conocimiento, sin otorgar privilegios solo por ser varón.

-          Las mujeres nunca podrán llegar a cimas tan altas como el hombre.

-          Veo que no me considera, padre.

-          Claro, que lo hago, Gertruid. Tú eres una excepción, una brillante excepción, una mente preclara del cálculo y la aritmética.

-          Habrá más.

-          No las suficientes. Ya tuvimos a Pandrosión, a Arete de Cirene, a Hipatia, a Teano. Muchos siglos os separan. Ahora tú. Escasas mujeres brillantes entre tantos hombres insignes.

-          La sombra de esa celebridad oculta a muchas mujeres valiosas. Se necesita un primer paso en las escuelas, en las universidades, en las academias…

-          Ten en cuenta las condiciones innatas de cada género. Si tú estuvieras en Lovaina, ¿quién me prepararía un plato tan exquisito como este?

-          Pues usted mismo padre.

-          No voy a considerar lo que has dicho como un agravio. Tú también estás cansada. Retirémonos a nuestros aposentos.

-          Antes, tengo que comunicarle un asunto.

-          ¿Otro más? Qué larga se me está haciendo esta jornada. Dime, pues.

-          Esta mañana vino mi hermano, su hijo, a pedirle de nuevo disculpas. Es la tercera vez que lo hace el presente mes.

-          Pues que siga insistiendo, si le place. No quiero saber nada de él.

-          Es su hijo.

-          Y, María Roth era su madre y la tuya. Él no tuvo la dignidad suficiente de venir ni siquiera a su entierro.

-          Padre, usted mismo le prohibió entrar en esta casa.

-          Efectivamente. No es decoro para nuestro prestigio. Antes debería haber enmendado ese proceder y sus turbias amistades y haberse comportado como un hombre.  A él también le faltó un meridiano cero de referencia: la familia.

La madrugada empezaría pronto. El padre de la cartografía, Abraham Ortelius, buscaba el compás y la escuadra que le ayudaran a trazar un mapa de su otra paternidad.    


 

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