SUMISIÓN JUAN
SANTOS
Desde la ventana suelto quejidos que nadie sabe
interpretar. Son lamentos que brotan de mis entrañas cada vez que una mano
firme manipula mi voluntad. Llevo un hábito verde con un cíngulo en el talle
como las monjas de clausura. Mi traje tiene decenas de lamas horizontales y
malvivo como una reclusa amarrada a los grilletes. Juego con la luz de la
mañana y la penumbra de la tarde, mientras me enrollan y me estiran, bajo la
mirada curiosa de los vecinos.
Por la noche, cuando me sueltan la cuerda, es un alivio,
me relajo todo lo larga que soy. Yo protejo la ventana del dormitorio conyugal,
por eso soy requerida y amada en la más estricta intimidad. Nadie sabe lo que
escondo tras de mí. A veces, los curiosos que pasan por la acera, acercan su
oreja, haciendo conjeturas libidinosas, pero yo permanezco impávida, simulando
estar dormida.
Pasarán los años y las inclemencias del tiempo me harán
vieja y fea. Entonces, una mano desagradecida vendrá a mi ventana, me
descolgará, y pondrá otra nueva en mi lugar.
PERSIANA ENTREABIERTA MANUEL GIL
La persiana no cierra del todo,
siempre deja una herida de luz
por donde entras.
Te pienso en esas líneas
oblicuas
que cruzan la habitación
como barrotes tibios,
como alas que olvidaron volar.
Hay un temblor en la cuerda
cuando la rozo,
como si tu nombre descendiera
peldaño a peldaño
hasta oscurecerme.
Vivo en este cuarto que respira
lento,
donde el aire se queda detenido
igual que un suspiro que no
llega a ser beso.
La persiana me guarda del mundo
pero no me guarda de ti.
Afuera, tal vez, la luz te
pronuncia,
te nombra con claridad de cielo
abierto,
mientras aquí dentro
tu ausencia se posa
como polvo sobre los muebles.
Si la alzo, temo perderte del
todo.
Si la bajo, te invento.
Y en ese gesto mínimo
abrir, cerrar,
se me va la vida
como un pájaro que duda
entre la jaula y el viento.
A veces sueño que atraviesas la
rendija,
que te haces delgada como la
luz,
que te deslizas en silencio
hasta quedarte conmigo.
Pero despierto,
y la habitación sigue intacta,
y la persiana sigue siendo
frontera.
No sé si te fuiste
o si nunca estuviste de este
lado.
Solo sé
que cada mañana
la luz insiste en buscarte
entre mis sombras,
y yo vuelvo a dejar
la persiana entreabierta.
OCASO MARÍA
ISABEL RUANO
No,
no bajes la persiana de la habitación.
Deja
que, hasta el último destello de luz, me acompañe.
Quiero
cerrar los ojos antes de que la oscuridad lo llene todo,
acompañada
de silencio y luz.
Deja
que, entre los pliegues de sus lamas,
lleguen
hasta mí los bonitos
recuerdos
de la vida compartidos,
el
eco de la risa, el sabor de los besos
y
el aroma de la primavera
que
retoma su belleza ausente ya de mí.
No,
no bajes la persiana. Abre la ventana.
Quiero
sentir la tibieza de la tarde,
la
serenidad de la tarde,
el
aleteo de los pájaros que buscan su cobijo,
la
luz entre velada de nostalgia,
el
ocaso de una vida en la que, sin duda,
he
aprendido a perdonar y a ser feliz.
Juan, nos haces una perfecta descripción en pocas palabras de la labor de la persiana, quien se expresa en primera persona. Es un relato auténtico y sin ficción. Ella bien sabe su labor y tiene las ideas bien claras , sobre su futuro. Es muy bueno.
ResponderEliminarManuel, uno más para mi colección de poemas entrañables. En este caso a través de la luz que se filtra a través de la ventana, esperas que lo querido se aproxime a ti y te acaricie. No se puede expresar mejor y con más diversidad de metáforas.
ResponderEliminarMaría Isabel: Es uno de los poemas más tristes que has escrito. Un adiós a la vida que quiere ver claro hasta el final. De ahí que prefiera la persiana bien abierta. Todos tus poemas son buenos, este para mi, está dentro de los extraordinarios.
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