15/05/2026

YO NO QUERÍA 2

 

  LIBRO, TV Y MUSICA                                                 ARACELI DEL PICO

 

  Estoy tranquilo en casa. Un tiempo variable e impropio de la primavera, me tiene acurrucado en el sofá, y juego indistintamente con el mando a distancia de la televisión, y un libro muy entretenido que se acaba de publicar y que de vez en cuando arranca mi sonrisa. Reír es tan bueno. El contenido se absorbe con facilidad y un lenguaje cercano, mezclado con algunas locuciones latinas, denotan la chispa de su autor, que dada su humilde condición no las escribe para resaltar su talento. Encajan perfectamente, porque uno de los personajes del libro, es un monseñor de peso en la iglesia y las suelta con desparpajo.

 

  Yo en este momento, necesito leer algo ligero sin pretensiones y sonreír o reír o llorar de emoción. Las mías quedaron truncadas hace algún tiempo. Desde que oí, bajito, pero bien claro, “lo siento cariño, yo no quería, pero no sé como sucedió” Y así la dejé ir, sin enfados ni preguntas. Como un pelele baboso. Esa falta de preguntas, retumban aún en mi cabeza.

 

  La televisión, está sin sonido, pero de vez en cuando alzo la vista, porque estoy esperando la resolución a una noticia que tiene a medio mundo revuelto. Siempre hay alguna razón para revolver el corral humano y enfrentar a la gente de forma más o menos agresiva por un ideal u otro. Desde que el mundo es mundo ha sido, es y será así. Dios el Gran Creador, no tuvo mucha mano izquierda para manejar estos desastres. Luego se relajó diciendo que nos daba libre albedrío y que allá películas.

 

  Bien pues ahora, con un disfraz de rata, nos ha enviado el Hantavirus. Y esa es la noticia que tiene al mundo alborotado y a mí me guste o no, soy parte de ese complejo común. En esta ocasión viajaba (según dicen) el animal transmisor desde Ushuaia. El Coronavirus, venía de China. Hay que reconocer que el turismo mueve el mundo y los animales viajan sin maleta, pero tampoco están quietos. Y créanme, en modo alguno me tomo estas cosas a la ligera. Aunque así pueda parecerlo, si es que lo estoy expresando con cierta frivolidad. Pero es la única forma de respirar, ante tanto negacionista que se cruza en el camino. Véase sin ir más lejos, a D. Fernando Clavijo, responsable del Gobierno Canario, que NO QUERIA en modo alguno que ese barco tan peligroso fondeara en Canarias. Y es que el pobre, derrocha solidaridad.

 

  Llevo buen rato sentado, estiro brazos y piernas, con un gesto perezoso y antes de ir al frigorífico, a por una rubia bien fría, las de esa clase me gustan, cuanto más frías mejor; veo sobre la mesita de apoyo, un CD de Joaquín Sabina, quien maneja las metáforas como pocos. Entre las canciones del CD, está, Diez y nueve días y quinientas noches.

 

  Cojo el CD y me lo llevo al pecho. Las veces que lo he escuchado. En particular la parte que dice: Yo quería querer y ella no… Bajo el tono de la televisión. Acaricio el culo de la rubia y vuelvo al sofá. Y decido que el destino del Barco que pasea el Hantavirus lo veré en el siguiente Telediario.

 

  Ese CD, me recuerda a mi virus personal, aquel que incubé hace algún tiempo y que cada día me aplasta un poco más, desde que me lo transmitieron. Sigo paralizado y sin ganas de abrirme a otros brazos. Tomo el libro y cuando de nuevo voy a sentarme en el sofá, miro de soslayo el teléfono fijo. Y en un impulso irrefrenable de confianza, marco su número.

 

-          Buenas tardes. ¿La Srta. Talens, por favor?

-          No está en casa. ¿Quién la llama?

-          El doctor Calancha. Intentaré llamar a la hora que usted me sugiera. O dígale que me devuelva la llamada.

- ¿Tiene su número?

- Si, creo… Muchas gracias

- Descuide señor. Buenas tardes,

 

   La espumilla de la rubia, rubias, ya me he tomado tres. Me ha dado el empujoncito. Así que ahora… alea iacta est.


 

A LA VEJEZ...VIRUELAS                                   JUANA DOMÍNGUEZ

 

La vida trae y lleva problemas, alegrías, desastres, otras veces trae felicidad.  Así era la vida de Teresa, estaba llena de altibajos en un devenir constante.

 

Estaba sentada en su balcón rodeada de geranios y claveles, el sol de la tarde la adormecía entre la sombra de las flores. Algo flotaba en el aire que la sumió en un letargo del que parecía no iba a despertar.

 

Su vida no era como ella quería. Su carácter franco y algo seco, la hacía antipática a los ojos de quienes no la conocían, pero no necesitaba mucha compañía, su vida interna la bastaba para sentirse bien. Nació cuando ya no la esperaban y se crio medio hija única, jugando con hormigas y saltamontes del campo.

 

En el colegio fue bastante aplicada, le costaba poco relacionarse con las demás chicas, siempre encontraba con quien hablar y jugar en el recreo. Aprendió desde niña a sentirse plena con pocas cosas.  Resiliencia y conformidad fueron sus mejores compañeros de vida.

 

Cuando terminó el bachillerato encontró trabajo enseguida, eran años buenos, solo hacía falta ganas de aprender y agradar.

 

Un chico la cayó en gracia y acabo casándose con él, quería tener muchos hijos, por lo menos tres, para que fueran amigos entre ellos y no sufrieran la soledad que ella tuvo de niña. Pero el destino no estaba a su favor, una enfermedad le impidió tenerlos.  Se adaptó, supo dar cariño a la gente que tenía alrededor, se hizo querer y aceptar.

 

 Por fin la vida le sonreía, tenía todo lo que necesitaba, trabajo, un esposo complaciente y una familia unida.

 

Llegó la vejez. Se sentía joven y con muchas ilusiones emprendió proyectos que no pudo desarrollar durante su vida laboral. Por fin disfrutaba tranquilidad, era feliz, no necesita más. Pero el destino le trajo un nuevo conflicto, sin visos de entendimiento o acuerdo.

 

La modorra del duermevela, se acabó. Despertó en el balcón y miro hacia su futuro, todo gris.

 

La solución al conflicto le iba a generar problemas económicos que tendría que solventar, aunque ella no quisiera. Esto le quitaba el sueño ¿cómo sería su día a día futuro? ¿le llegaría su pensión se acabarían sus ahorros? no dependía de ella. No quería, ella no quería, pero su yo interno no le permitía dejarse pisar. Tendría que seguir siendo resiliente.

 

No sabía lo que iba a necesitar, no dependía de ella, tenía que pedir consejo y dejar que profesionales decidieran por ella, con la esperanza y el deseo de que acertaran en sus decisiones. Ella no quería entrar en un mundo de conflictos. Tampoco dejarse avasallar, o renunciar a sus derechos.

 

Se levantó de la hamaca donde había dormitado y vio claro su futuro. Seguiría siendo resiliente.  Llegaría hasta el final, sólo la muerte la dejaría descansar en paz.

LA ÚLTIMA REPRESENTACIÓN                                   ANTONIO LLOP

San Segundo, el inspector de policía jubilado, personaje de “Código Cero”, pescaba en el embalse de la Jarosa, junto a su amigo Anselmo. Era una mañana luminosa donde el sol, despuntando por entre dos grandes rocas, ponía pinceladas de oro en las tranquilas aguas. Para entretener el tiempo entre picadas, el exinspector solía contarle a su amigo casos curiosos que vivió al principio de su carrera policial:

—Yo estaba en ese tiempo en Seguridad Ciudadana de la zona norte de Madrid. Los protagonistas fueron una pareja peculiar. Él se llamaba Evelio y ella Evangelina (o era ¿Evangelio y Evelina?, no recuerdo bien). Lo cierto es que él se dedicaba a arreglar zapatos, bolsos y cinturones en un chiscón habilitado en su piso bajo del barrio de la Ventilla, y ella hacía las labores domésticas. No tenían hijos y eran bastante reservados.

Con el ahorro procedente de los modestos ingresos que les proporcionaba el taller contrataban estancias de dos o tres días en hoteles de la capital. El carácter acomodaticio de él lo compensaba ella con una desbordante imaginación. Investigamos que procedía de una familia aristocrática francesa venida a menos. Aquel aire de distinción se lo inculcó de forma obsesiva su abuela, con quien pasó la mayor parte de su infancia. Si mal no recuerdo, sus padres murieron en accidente cuando era una niña. En los estantes de un cuarto anejo al chiscón donde su marido arreglaba zapatos, tenía una considerable cantidad de libros y vídeos de amor y aventuras.

Parece ser que Evelio no quería hacer lo que ella le proponía, aunque nunca nos lo pudo confirmar. El caso es que se dejaba arrastrar por Evangelina, quien planificaba las salidas hoteleras del matrimonio. Nunca repetían hotel, y en cada uno de ellos jugaban a ser una persona diferente. Encontramos un listado de hoteles de Madrid en el que habían sido marcados bastantes de ellos. Al lado de cada uno escribieron los nombres falsos con los que se inscribían y sus profesiones fingidas: “tú, ingeniero agrícola, yo, agente inmobiliaria”, “tú, director de banco, yo, tu secretaria”. Preparaban sus estancias con minuciosidad y se documentaban lo suficiente para no quedar en evidencia. Encontramos páginas enteras sacadas de internet sobre sus roles. Esto era fundamental para ellos, según dijeron posteriormente los psicólogos. Si quieres adquirir una identidad lo primero que hay que procurar es que los demás te la reconozcan. 

Según el recepcionista del último hotel, el día de su llegada mostraron pasaportes franceses (que luego se demostró estaban falsificados). El apellido de los dos era Dupont. Él decía que era representante de una multinacional farmacéutica o algo así. Venían de Paris a Madrid de paso para Bilbao donde se celebraría la convención europea de la Compañía. Estas fantasías no eran improvisaciones. En su momento pude comprobar que, en efecto, en Bilbao tuvo lugar el congreso en cuestión. Querían hacer su versión verosímil para asegurarse de que les creerían.

Llegaron en un taxi. La ceremonia del conserje abriéndoles la puerta del coche no era como para perdérsela. Y eso que esta vez la carrera resultaría ridícula por la proximidad del barrio de la Ventilla al hotel en Plaza Castilla donde ocurrió todo. Pero ya habían frecuentado otros hoteles de tres y cuatro estrellas en distintas zonas de Madrid y sólo les quedaban los más próximos a su domicilio. Este detalle, como verás, resultó nefasto para su última representación.

Recogieron sus llaves y subieron a la habitación, seguramente a mantener relaciones sexuales. Estas parejas grises, que llevan una aburrida vida sexual en sus casas, se desmadran cuando encuentran un cuarto de baño luminoso y una habitación de hotel con sus camas bien tendidas. Además, la camarera de planta, muy acostumbrada a detectar a simple vista manchas delatoras, nos dijo que había profusión de ellas en las sábanas de los Eves.

El segundo acto emocionante para ellos fue la bajada al restaurante para comer. Necesitaban mirar con tranquilidad a los posibles vecinos de mesa para la siguiente performance. Los especialistas nos dijeron que en ese proceso de alienación es importante elegir bien a quién te va a confirmar tu personalidad. Debieron de descartar matrimonios con niños, muy dispersas en su atención, y escogieron a una pareja sola aproximadamente de su edad. No es difícil contactar con personas de la mesa de al lado preguntándoles alguna curiosidad con respecto a la comida o al ambiente. El caso es que, según el camarero declaró, parece ser que conectaron bien. Las mujeres solían levantarse al mostrador donde se alineaba la comida y surtían a la mesa donde los dos hombres charlaban.

Detenidas frente al mostrador de la puerta de la cocina, esperaban a que les sirvieran de alguno de los platos calientes, cuando se oyó desde dentro:

“¡Señora Evelina! …, pero, bueno, ¿qué hace usted aquí, tan cerca de su casa?”.

El cocinero que trinchaba el pollo que ellas esperaban, nos contó que la señora se puso pálida. Del interior de la cocina había salido el carnicero que suministraba al hotel, que resultó ser el mismo que tenía el puesto de carnecería en el mercado donde esta señora compraba. Ella no se dio por aludida. Muy seria, murmuró unas palabras dando a entender que el carnicero la confundía con otra persona. Él insistía de forma ruidosa ante el desconcierto de la otra señora, su compañera de mesa, que ya habría sido informada por Evelina de su procedencia francesa. La escena también concitó la curiosidad de otros clientes que esperaban su turno para la carne. Evelina, después de disculparse con su acompañante, se dirigió al carnicero en voz baja a la vez que lo empujaba con determinación hacia la puerta de la despensa, un cuartito aledaño a la cocina abierto al exterior.

El cocinero de momento perdió de vista a doña Evelina. El que la vio unos minutos después del incidente, ya sentada en la mesa, fue el camarero. Declaró que se acordaba porque tuvo que acercarse a recoger los restos de un vaso de cristal que se había roto al caer al suelo. Estaba muy nerviosa. Se disculpó y salió inmediatamente con su marido. Cuando el camarero recogió la mesa, una de las raciones de pollo estaba casi sin tocar. También notó que faltaba uno de los cuchillos de punta que se utilizan para la carne.

Anselmo ajustó su silla anatómica para escuchar el final que siempre era emocionante. El exinspector prosiguió:

—Llamaron a comisaría porque una de las pinches de cocina, al entrar a la despensa, tras unos sacos de patatas encontró al carnicero en medio de un charco de sangre. Al llegar citamos a todos los clientes y empleados en el hall. Al comprobar la lista de los presentes en la comida nos dimos cuenta de que faltaban “los Eves”. Llamamos a su habitación, pero nadie respondió. Después de abrir con una de las llaves duplicadas del hotel encontramos al matrimonio tumbado en la cama. Parecían profundamente dormidos, pero, como pudo comprobar el médico del hotel, ninguno de los dos respiraba ya. Del lado de ella encontramos un block de notas que parecía ser un diario. Tuvieron el temple de anotar la entrada de ese día antes de suicidarse a modo de carta de despedida:

“Hoy hemos conocido a los Quintana, un matrimonio muy amable. Él es arquitecto. Estaba muy interesado en lo que Evelio le contaba sobre el fármaco revolucionario que está experimentando su Empresa: El remedio definitivo contra el envejecimiento celular que hará que la vida humana se prolongue en condiciones dignas. Mientras, su esposa –una dama muy distinguida- y yo, conversamos sobre los hoteles que habíamos visitado como acompañantes de nuestros maridos. Cuando escogíamos platos para nuestra mesa un hombre zafio me ha confundido con otra persona. He conseguido que esta interrupción no afectara a la armonía prevista. Pero, lamentablemente, hemos tenido que acortar el tiempo de nuestra agradable comida. Ahora hemos decidido de forma altruista probar en nosotros mismos el medicamento contra el envejecimiento que está experimentando la empresa de mi esposo. Somos conscientes de los riesgos que comporta esta última fase, la de su aplicación a humanos. Podría tener efectos contrarios como la destrucción celular e, incluso, un desenlace fatal. Si esto se produjera los científicos podrían revertir esos efectos y nuestra muerte no habría sido en vano”.

La señora, la auténtica artífice de las trasformaciones, en su megalomanía, no iba a anotar que se habían suicidado con el abuso de unas simples pastillas para dormir, que se encuentran en cualquier farmacia. Nunca sabremos si su esposo fue cómplice en su macabro plan. Pero encontramos una nota en su mesilla con una frase escrita en bucle: “Yo no quería; yo no quería…”

San Segundo detuvo su relato al notar la vibración de su caña. Había picado un pez.


 

DANDO IDEAS                                                                             SANTIAGO J. MARTÍN

-          ¿Cómo es posible evitar un acto irracional?

Gustavo del Río ejerce como profesor titular de Ética en el grado de Filosofía de la Autónoma. Es un hombre de mediana edad. No llega a los 50. Tiene una experiencia dilatada en el mundo de la educación. Antes de conseguir su plaza en la universidad, ejerció como profesor de ESO en un Instituto de enseñanza secundaria. Allí fue donde se curtió y aprendió a sobrevivir. Luego, en su salto a la enseñanza universitaria, empezó a experimentar con su discurso, a disfrutar de las valiosas opiniones de los alumnos -cuando las había- y a llegar a casa exhausto después de haberlo dado todo en un aula, teniendo a la ejemplaridad y a la sinceridad como premisas ineludibles.

Dicho esto, habría que puntualizar que su vida privada se acerca más a la imperfección que al equilibrio. De nada sirven las ideas de Kant, los preceptos de Hume y las frases de Santo Tomas de Aquino. Todo es estéril porque llevar a la práctica teorías tan brillantes necesita de la complicidad de los que te rodean.

No pretendo transmitir la imagen de un hombre infeliz y atormentado por la incongruencia de una vida que no obedece un ideario tan bello, como era de esperar. Gustavo hace gala de un humor excelso y una ironía brillante. Esas son sus mejores medicinas para combatir la rutina sórdida de cada día, tan necesaria casi siempre.

Pero, ni mucho menos, es el profesor Del Río el protagonista principal de esta historia. Hasta ahora, todo lo dicho, no es más que una maniobra disuasoria hacia el lector.  Gustavo llega al aula y escenifica su función con soltura y convencimiento. Es más, en muchas ocasiones levanta aplausos de sus alumnos – cierto que algunos ya lo hacen en plan chufla.

Son esos los que nos interesan, los alumnos, todos. Ellos tienen un cometido semanal: preparar ideas y argumentos para la siguiente clase contestando a una pregunta sencilla, pero precisa y con mucho recorrido. Justo como la que encabeza este texto.

Roberto Téllez, es estudiante de primer grado de Filosofía. Lo hace por tradición familiar. No me refiero a la filosofía. Hablo de ir a la Universidad: pasar la mañana, tomar botellines y reírse un rato. Antes lo hicieron sus padres y sus cuatro abuelos. Lo bien que han ido aprovechando un buen colchón económico en forma de patrimonio. Esa salvaguardia no la proporciona ninguna vocación inmaculada.

En la Autónoma se le podría retratar como un pijo participativo. Roberto adora la imagen que ve en el espejo de su habitación cuando se atusa la ropa. Lo que los demás piensen de él es secundario.

Acudir a esa facultad le encumbró entre su grupo de amigos. Pasó, de la noche a la mañana, de chico bruto con musculatura de gym, a ser un muchacho intelectual. A pesar de decir las mismas sandeces de siempre y tener un comportamiento desagradable, como poco, especialmente con las mujeres.

-          Pues lo que te quería decir es que…

-          Venga. Suéltalo ya, tía.

-          Que nos demos un tiempo, que…

-          ¿Me estás dejando? Ya me dirás por qué.

-          No, por nada. No te lo sabría explicar.

-          Vamos, que me abandonas, pero lo haces sin querer.

-          Claro, claro. No es nada personal.

-          Todo lo que uno hace en esta vida, tiene consecuencias. Ya lo sabes tú bien.

Precisamente fue Roberto Téllez el que se ofreció en primer lugar para contestar la cuestión lanzada por su profesor de Ética.

-          Bien. Díganos: ¿Cómo es posible evitar un acto irracional?

-          Sí. Siendo consciente de todo lo que aquello puede desencadenar.

-          Espero que tú lo pongas en práctica.

Asintió con una leve sonrisa. No llegó a levantarse para pronunciar su brevísimo discurso. Se le notaba tranquilo, orgulloso de una brillante solución al enigma planteado. Terminada aquella minúscula locución, con su mano izquierda echó para atrás el flequillo. La mano derecha seguía entumecida después de haber estado golpeando, sin parar, el rostro de Sonia durante cinco minutos.

 

6 comentarios:

  1. Araceli, con gran habilidad haces un repaso por los "yo no quería" políticos, musicales y personales de una protagonista informada de la actualidad. Un relato estupendo.

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  2. Juana, la resiliencia es una virtud rara en las personas porque todos nos dejamos abatir ante situaciones adversas. Tú nos cuentas la vida de una protagonista que la practica con éxito, Nos dejas con algo de intriga al final porque parece que dificultades económicas van a doblegarla.

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  3. Santiago, en tu relato expones las contradicciones entre pensamiento y fuerza bruta. Y las personificas en un profesor de Ética y un alumno que no la practica y encima presume de conocerla. Muy buen relato.

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  4. Juana. Nos has expuesto la vida de una mujer luchadora, con altibajos primero, feliz pero con algunas carencias, después feliz con mayúsculas. Hasta que de nuevo cuando va entrando en años, imprevistos con los que no contaba la atormentan. Sin embargo, actúa con firmeza, porque la última palabra no está dicha. Bien por tu protagonista. y por tu pluma.

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  5. Antonio, la vida imaginaria para salvar un matrimonio sin aliciente alguno y donde solo resalta la rutina, hace que tus protagonistas desarrollen un proyecto, que al fin les viene grande. Y buscan una salida honrosa, pero sin vuelta atrás.
    Al inspector San Segundo le han dado el caso resuelto. Y encima pica el pez. Se puede pedir, más?. Espléndido,

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  6. Santiago, un relato ejemplar e irónico, donde la filosofía juega un papel principal. y donde un profesor que enseña esta materia, tiene que tratar con unos alumnos no muy gratos, sin perder la sonrisa en ningún momento. Roberto Téllez, es un ejemplar sobresaliente, en decir una cosa y hacer otra. Magnífico y con un inesperado final.

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