LIBRO, TV Y MUSICA ARACELI DEL PICO
Estoy tranquilo
en casa. Un tiempo variable e impropio de la primavera, me tiene acurrucado en
el sofá, y juego indistintamente con el mando a distancia de la televisión, y
un libro muy entretenido que se acaba de publicar y que de vez en cuando
arranca mi sonrisa. Reír es tan bueno. El contenido se absorbe con facilidad y
un lenguaje cercano, mezclado con algunas locuciones latinas, denotan la chispa
de su autor, que dada su humilde condición no las escribe para resaltar su
talento. Encajan perfectamente, porque uno de los personajes del libro, es un monseñor
de peso en la iglesia y las suelta con desparpajo.
Yo en este momento, necesito leer algo ligero
sin pretensiones y sonreír o reír o llorar de emoción. Las mías quedaron
truncadas hace algún tiempo. Desde que oí, bajito, pero bien claro, “lo siento
cariño, yo no quería, pero no sé como sucedió” Y así la dejé ir, sin enfados ni
preguntas. Como un pelele baboso. Esa falta de preguntas, retumban aún en mi
cabeza.
La televisión,
está sin sonido, pero de vez en cuando alzo la vista, porque estoy esperando la
resolución a una noticia que tiene a medio mundo revuelto. Siempre hay alguna
razón para revolver el corral humano y enfrentar a la gente de forma más o
menos agresiva por un ideal u otro. Desde que el mundo es mundo ha sido, es y
será así. Dios el Gran Creador, no tuvo mucha mano izquierda para manejar estos
desastres. Luego se relajó diciendo que nos daba libre albedrío y que allá
películas.
Bien pues ahora,
con un disfraz de rata, nos ha enviado el Hantavirus. Y esa es la noticia que
tiene al mundo alborotado y a mí me guste o no, soy parte de ese complejo
común. En esta ocasión viajaba (según dicen) el animal transmisor desde Ushuaia.
El Coronavirus, venía de China. Hay que reconocer que el turismo mueve el mundo
y los animales viajan sin maleta, pero tampoco están quietos. Y créanme, en
modo alguno me tomo estas cosas a la ligera. Aunque así pueda parecerlo, si es
que lo estoy expresando con cierta frivolidad. Pero es la única forma de
respirar, ante tanto negacionista que se cruza en el camino. Véase sin ir más
lejos, a D. Fernando Clavijo, responsable del Gobierno Canario, que NO QUERIA
en modo alguno que ese barco tan peligroso fondeara en Canarias. Y es que el
pobre, derrocha solidaridad.
Llevo buen rato
sentado, estiro brazos y piernas, con un gesto perezoso y antes de ir al
frigorífico, a por una rubia bien fría, las de esa clase me gustan, cuanto más
frías mejor; veo sobre la mesita de apoyo, un CD de Joaquín Sabina, quien maneja
las metáforas como pocos. Entre las canciones del CD, está, Diez y nueve días y quinientas noches.
Cojo el CD y me
lo llevo al pecho. Las veces que lo he escuchado. En particular la parte que
dice: Yo quería querer y ella no…
Bajo el tono de la televisión. Acaricio el culo de la rubia y vuelvo al sofá. Y
decido que el destino del Barco que pasea el Hantavirus lo veré en el siguiente
Telediario.
Ese CD, me
recuerda a mi virus personal, aquel que incubé hace algún tiempo y que cada día
me aplasta un poco más, desde que me lo transmitieron. Sigo paralizado y sin
ganas de abrirme a otros brazos. Tomo el libro y cuando de nuevo voy a sentarme
en el sofá, miro de soslayo el teléfono fijo. Y en un impulso irrefrenable de
confianza, marco su número.
-
Buenas tardes. ¿La Srta. Talens, por favor?
-
No está en casa. ¿Quién la llama?
-
El doctor Calancha. Intentaré llamar a la hora que
usted me sugiera. O dígale que me devuelva la llamada.
- ¿Tiene su número?
- Si, creo… Muchas gracias
- Descuide señor. Buenas
tardes,
La espumilla de
la rubia, rubias, ya me he tomado tres. Me ha dado el empujoncito. Así que
ahora… alea iacta est.
A LA VEJEZ...VIRUELAS JUANA DOMÍNGUEZ
La vida trae y lleva problemas, alegrías, desastres,
otras veces trae felicidad. Así era la
vida de Teresa, estaba llena de altibajos en un devenir constante.
Estaba sentada en su balcón rodeada de geranios y
claveles, el sol de la tarde la adormecía entre la sombra de las flores. Algo
flotaba en el aire que la sumió en un letargo del que parecía no iba a
despertar.
Su vida no era como ella quería. Su carácter franco y
algo seco, la hacía antipática a los ojos de quienes no la conocían, pero no
necesitaba mucha compañía, su vida interna la bastaba para sentirse bien. Nació
cuando ya no la esperaban y se crio medio hija única, jugando con hormigas y
saltamontes del campo.
En el colegio fue bastante aplicada, le costaba poco
relacionarse con las demás chicas, siempre encontraba con quien hablar y jugar
en el recreo. Aprendió desde niña a sentirse plena con pocas cosas. Resiliencia y conformidad fueron sus mejores
compañeros de vida.
Cuando terminó el bachillerato encontró trabajo
enseguida, eran años buenos, solo hacía falta ganas de aprender y agradar.
Un chico la cayó en gracia y acabo casándose con él,
quería tener muchos hijos, por lo menos tres, para que fueran amigos entre
ellos y no sufrieran la soledad que ella tuvo de niña. Pero el destino no
estaba a su favor, una enfermedad le impidió tenerlos. Se adaptó, supo dar cariño a la gente que
tenía alrededor, se hizo querer y aceptar.
Por fin la vida le
sonreía, tenía todo lo que necesitaba, trabajo, un esposo complaciente y una
familia unida.
Llegó la vejez. Se sentía joven y con muchas ilusiones
emprendió proyectos que no pudo desarrollar durante su vida laboral. Por fin
disfrutaba tranquilidad, era feliz, no necesita más. Pero el destino le trajo
un nuevo conflicto, sin visos de entendimiento o acuerdo.
La modorra del duermevela, se acabó. Despertó en el
balcón y miro hacia su futuro, todo gris.
La solución al conflicto le iba a generar problemas económicos
que tendría que solventar, aunque ella no quisiera. Esto le quitaba el sueño ¿cómo
sería su día a día futuro? ¿le llegaría su pensión se acabarían sus ahorros? no
dependía de ella. No quería, ella no quería, pero su yo interno no le permitía
dejarse pisar. Tendría que seguir siendo resiliente.
No sabía lo que iba a necesitar, no dependía de ella,
tenía que pedir consejo y dejar que profesionales decidieran por ella, con la
esperanza y el deseo de que acertaran en sus decisiones. Ella no quería entrar
en un mundo de conflictos. Tampoco dejarse avasallar, o renunciar a sus
derechos.
Se levantó de la hamaca donde había dormitado y vio claro
su futuro. Seguiría siendo resiliente.
Llegaría hasta el final, sólo la muerte la dejaría descansar en paz.
LA ÚLTIMA REPRESENTACIÓN ANTONIO LLOP
San Segundo, el inspector de policía jubilado, personaje de “Código
Cero”, pescaba en el embalse de la Jarosa, junto a su amigo Anselmo. Era una
mañana luminosa donde el sol, despuntando por entre dos grandes rocas, ponía
pinceladas de oro en las tranquilas aguas. Para entretener el tiempo entre
picadas, el exinspector solía contarle a su amigo casos curiosos que vivió al
principio de su carrera policial:
—Yo estaba en ese tiempo en Seguridad Ciudadana de la zona norte de
Madrid. Los protagonistas fueron una pareja peculiar. Él se llamaba Evelio y
ella Evangelina (o era ¿Evangelio y Evelina?, no recuerdo bien). Lo cierto es
que él se dedicaba a arreglar zapatos, bolsos y cinturones en un chiscón
habilitado en su piso bajo del barrio de la Ventilla, y ella hacía las labores
domésticas. No tenían hijos y eran bastante reservados.
Con el ahorro procedente de los modestos ingresos que les
proporcionaba el taller contrataban estancias de dos o tres días en hoteles de
la capital. El carácter acomodaticio de él lo compensaba ella con una
desbordante imaginación. Investigamos que procedía de una familia aristocrática
francesa venida a menos. Aquel aire de distinción se lo inculcó de forma
obsesiva su abuela, con quien pasó la mayor parte de su infancia. Si mal no
recuerdo, sus padres murieron en accidente cuando era una niña. En los estantes
de un cuarto anejo al chiscón donde su marido arreglaba zapatos, tenía una
considerable cantidad de libros y vídeos de amor y aventuras.
Parece ser que Evelio no quería hacer lo que ella le proponía, aunque
nunca nos lo pudo confirmar. El caso es que se dejaba arrastrar por Evangelina,
quien planificaba las salidas hoteleras del matrimonio. Nunca repetían hotel, y
en cada uno de ellos jugaban a ser una persona diferente. Encontramos un
listado de hoteles de Madrid en el que habían sido marcados bastantes de ellos.
Al lado de cada uno escribieron los nombres falsos con los que se inscribían y
sus profesiones fingidas: “tú, ingeniero agrícola, yo, agente inmobiliaria”,
“tú, director de banco, yo, tu secretaria”. Preparaban sus estancias con
minuciosidad y se documentaban lo suficiente para no quedar en evidencia.
Encontramos páginas enteras sacadas de internet sobre sus roles. Esto era
fundamental para ellos, según dijeron posteriormente los psicólogos. Si quieres
adquirir una identidad lo primero que hay que procurar es que los demás te la
reconozcan.
Según el recepcionista del último hotel, el día de su llegada mostraron
pasaportes franceses (que luego se demostró estaban falsificados). El apellido
de los dos era Dupont. Él decía que era representante de una multinacional
farmacéutica o algo así. Venían de Paris a Madrid de paso para Bilbao donde se
celebraría la convención europea de la Compañía. Estas fantasías no eran
improvisaciones. En su momento pude comprobar que, en efecto, en Bilbao tuvo
lugar el congreso en cuestión. Querían hacer su versión verosímil para
asegurarse de que les creerían.
Llegaron en un taxi. La ceremonia del conserje abriéndoles la puerta
del coche no era como para perdérsela. Y eso que esta vez la carrera resultaría
ridícula por la proximidad del barrio de la Ventilla al hotel en Plaza Castilla
donde ocurrió todo. Pero ya habían frecuentado otros hoteles de tres y cuatro
estrellas en distintas zonas de Madrid y sólo les quedaban los más próximos a
su domicilio. Este detalle, como verás, resultó nefasto para su última representación.
Recogieron sus llaves y subieron a la habitación, seguramente a
mantener relaciones sexuales. Estas parejas grises, que llevan una aburrida
vida sexual en sus casas, se desmadran cuando encuentran un cuarto de baño
luminoso y una habitación de hotel con sus camas bien tendidas. Además, la
camarera de planta, muy acostumbrada a detectar a simple vista manchas
delatoras, nos dijo que había profusión de ellas en las sábanas de los Eves.
El segundo acto emocionante
para ellos fue la bajada al restaurante para comer. Necesitaban mirar con
tranquilidad a los posibles vecinos de mesa para la siguiente performance. Los
especialistas nos dijeron que en ese proceso de alienación es importante elegir
bien a quién te va a confirmar tu personalidad. Debieron de descartar matrimonios
con niños, muy dispersas en su atención, y escogieron a una pareja sola aproximadamente
de su edad. No es difícil contactar con personas de la mesa de al lado
preguntándoles alguna curiosidad con respecto a la comida o al ambiente. El
caso es que, según el camarero declaró, parece ser que conectaron bien. Las
mujeres solían levantarse al mostrador donde se alineaba la comida y surtían a
la mesa donde los dos hombres charlaban.
Detenidas frente al mostrador de la puerta de la cocina, esperaban a
que les sirvieran de alguno de los platos calientes, cuando se oyó desde
dentro:
“¡Señora Evelina! …, pero, bueno, ¿qué hace usted aquí, tan cerca de
su casa?”.
El cocinero que trinchaba el pollo que ellas esperaban, nos contó que
la señora se puso pálida. Del interior de la cocina había salido el carnicero
que suministraba al hotel, que resultó ser el mismo que tenía el puesto de
carnecería en el mercado donde esta señora compraba. Ella no se dio por
aludida. Muy seria, murmuró unas palabras dando a entender que el carnicero la
confundía con otra persona. Él insistía de forma ruidosa ante el desconcierto
de la otra señora, su compañera de mesa, que ya habría sido informada por
Evelina de su procedencia francesa. La escena también concitó la curiosidad de
otros clientes que esperaban su turno para la carne. Evelina, después de
disculparse con su acompañante, se dirigió al carnicero en voz baja a la vez
que lo empujaba con determinación hacia la puerta de la despensa, un cuartito
aledaño a la cocina abierto al exterior.
El cocinero de momento
perdió de vista a doña Evelina. El que la vio unos minutos después del
incidente, ya sentada en la mesa, fue el camarero. Declaró que se acordaba
porque tuvo que acercarse a recoger los restos de un vaso de cristal que se
había roto al caer al suelo. Estaba muy nerviosa. Se disculpó y salió
inmediatamente con su marido. Cuando el camarero recogió la mesa, una de las
raciones de pollo estaba casi sin tocar. También notó que faltaba uno de los
cuchillos de punta que se utilizan para la carne.
Anselmo ajustó su silla
anatómica para escuchar el final que siempre era emocionante. El exinspector
prosiguió:
—Llamaron a comisaría porque una de las pinches de cocina, al entrar a
la despensa, tras unos sacos de patatas encontró al carnicero en medio de un
charco de sangre. Al llegar citamos a todos los clientes y empleados en el
hall. Al comprobar la lista de los presentes en la comida nos dimos cuenta de
que faltaban “los Eves”. Llamamos a su habitación, pero nadie respondió.
Después de abrir con una de las llaves duplicadas del hotel encontramos al
matrimonio tumbado en la cama. Parecían profundamente dormidos, pero, como pudo
comprobar el médico del hotel, ninguno de los dos respiraba ya. Del lado de
ella encontramos un block de notas que parecía ser un diario. Tuvieron el
temple de anotar la entrada de ese día antes de suicidarse a modo de carta de
despedida:
“Hoy hemos conocido a los Quintana, un matrimonio muy amable. Él es
arquitecto. Estaba muy interesado en lo que Evelio le contaba sobre el fármaco
revolucionario que está experimentando su Empresa: El remedio definitivo contra
el envejecimiento celular que hará que la vida humana se prolongue en
condiciones dignas. Mientras, su esposa –una dama muy distinguida- y yo,
conversamos sobre los hoteles que habíamos visitado como acompañantes de
nuestros maridos. Cuando escogíamos platos para nuestra mesa un hombre zafio me
ha confundido con otra persona. He conseguido que esta interrupción no afectara
a la armonía prevista. Pero, lamentablemente, hemos tenido que acortar el
tiempo de nuestra agradable comida. Ahora hemos decidido de forma altruista
probar en nosotros mismos el medicamento contra el envejecimiento que está
experimentando la empresa de mi esposo. Somos conscientes de los riesgos que
comporta esta última fase, la de su aplicación a humanos. Podría tener efectos
contrarios como la destrucción celular e, incluso, un desenlace fatal. Si esto
se produjera los científicos podrían revertir esos efectos y nuestra muerte no
habría sido en vano”.
La señora, la auténtica artífice de las trasformaciones, en su
megalomanía, no iba a anotar que se habían suicidado con el abuso de unas
simples pastillas para dormir, que se encuentran en cualquier farmacia. Nunca
sabremos si su esposo fue cómplice en su macabro plan. Pero encontramos una
nota en su mesilla con una frase escrita en bucle: “Yo no quería; yo no
quería…”
San Segundo detuvo su relato al notar la vibración de su caña. Había
picado un pez.
DANDO IDEAS SANTIAGO
J. MARTÍN
-
¿Cómo
es posible evitar un acto irracional?
Gustavo del Río ejerce como profesor
titular de Ética en el grado de Filosofía de la Autónoma. Es un hombre de
mediana edad. No llega a los 50. Tiene una experiencia dilatada en el mundo de
la educación. Antes de conseguir su plaza en la universidad, ejerció como
profesor de ESO en un Instituto de enseñanza secundaria. Allí fue donde se
curtió y aprendió a sobrevivir. Luego, en su salto a la enseñanza universitaria,
empezó a experimentar con su discurso, a disfrutar de las valiosas opiniones de
los alumnos -cuando las había- y a llegar a casa exhausto después de haberlo
dado todo en un aula, teniendo a la ejemplaridad y a la sinceridad como
premisas ineludibles.
Dicho esto, habría que puntualizar que su
vida privada se acerca más a la imperfección que al equilibrio. De nada sirven
las ideas de Kant, los preceptos de Hume y las frases de Santo Tomas de Aquino.
Todo es estéril porque llevar a la práctica teorías tan brillantes necesita de
la complicidad de los que te rodean.
No pretendo transmitir la imagen de un
hombre infeliz y atormentado por la incongruencia de una vida que no obedece un
ideario tan bello, como era de esperar. Gustavo hace gala de un humor excelso y
una ironía brillante. Esas son sus mejores medicinas para combatir la rutina
sórdida de cada día, tan necesaria casi siempre.
Pero, ni mucho menos, es el profesor Del
Río el protagonista principal de esta historia. Hasta ahora, todo lo dicho, no
es más que una maniobra disuasoria hacia el lector. Gustavo llega al aula y escenifica su función
con soltura y convencimiento. Es más, en muchas ocasiones levanta aplausos de
sus alumnos – cierto que algunos ya lo hacen en plan chufla.
Son esos los que nos interesan, los
alumnos, todos. Ellos tienen un cometido semanal: preparar ideas y argumentos
para la siguiente clase contestando a una pregunta sencilla, pero precisa y con
mucho recorrido. Justo como la que encabeza este texto.
Roberto Téllez, es estudiante de primer
grado de Filosofía. Lo hace por tradición familiar. No me refiero a la
filosofía. Hablo de ir a la Universidad: pasar la mañana, tomar botellines y
reírse un rato. Antes lo hicieron sus padres y sus cuatro abuelos. Lo bien que
han ido aprovechando un buen colchón económico en forma de patrimonio. Esa
salvaguardia no la proporciona ninguna vocación inmaculada.
En la Autónoma se le podría retratar como
un pijo participativo. Roberto adora la imagen que ve en el espejo de su
habitación cuando se atusa la ropa. Lo que los demás piensen de él es
secundario.
Acudir a esa facultad le encumbró entre su
grupo de amigos. Pasó, de la noche a la mañana, de chico bruto con musculatura
de gym, a ser un muchacho intelectual. A pesar de decir las mismas sandeces de
siempre y tener un comportamiento desagradable, como poco, especialmente con
las mujeres.
-
Pues
lo que te quería decir es que…
-
Venga.
Suéltalo ya, tía.
-
Que
nos demos un tiempo, que…
-
¿Me
estás dejando? Ya me dirás por qué.
-
No,
por nada. No te lo sabría explicar.
-
Vamos,
que me abandonas, pero lo haces sin querer.
-
Claro,
claro. No es nada personal.
-
Todo
lo que uno hace en esta vida, tiene consecuencias. Ya lo sabes tú bien.
Precisamente fue Roberto Téllez el que se
ofreció en primer lugar para contestar la cuestión lanzada por su profesor de
Ética.
-
Bien.
Díganos: ¿Cómo es posible evitar un acto irracional?
-
Sí. Siendo
consciente de todo lo que aquello puede desencadenar.
-
Espero
que tú lo pongas en práctica.
Asintió con una leve sonrisa. No llegó a
levantarse para pronunciar su brevísimo discurso. Se le notaba tranquilo,
orgulloso de una brillante solución al enigma planteado. Terminada aquella
minúscula locución, con su mano izquierda echó para atrás el flequillo. La mano
derecha seguía entumecida después de haber estado golpeando, sin parar, el
rostro de Sonia durante cinco minutos.
Araceli, con gran habilidad haces un repaso por los "yo no quería" políticos, musicales y personales de una protagonista informada de la actualidad. Un relato estupendo.
ResponderEliminarJuana, la resiliencia es una virtud rara en las personas porque todos nos dejamos abatir ante situaciones adversas. Tú nos cuentas la vida de una protagonista que la practica con éxito, Nos dejas con algo de intriga al final porque parece que dificultades económicas van a doblegarla.
ResponderEliminarSantiago, en tu relato expones las contradicciones entre pensamiento y fuerza bruta. Y las personificas en un profesor de Ética y un alumno que no la practica y encima presume de conocerla. Muy buen relato.
ResponderEliminarJuana. Nos has expuesto la vida de una mujer luchadora, con altibajos primero, feliz pero con algunas carencias, después feliz con mayúsculas. Hasta que de nuevo cuando va entrando en años, imprevistos con los que no contaba la atormentan. Sin embargo, actúa con firmeza, porque la última palabra no está dicha. Bien por tu protagonista. y por tu pluma.
ResponderEliminarAntonio, la vida imaginaria para salvar un matrimonio sin aliciente alguno y donde solo resalta la rutina, hace que tus protagonistas desarrollen un proyecto, que al fin les viene grande. Y buscan una salida honrosa, pero sin vuelta atrás.
ResponderEliminarAl inspector San Segundo le han dado el caso resuelto. Y encima pica el pez. Se puede pedir, más?. Espléndido,
Santiago, un relato ejemplar e irónico, donde la filosofía juega un papel principal. y donde un profesor que enseña esta materia, tiene que tratar con unos alumnos no muy gratos, sin perder la sonrisa en ningún momento. Roberto Téllez, es un ejemplar sobresaliente, en decir una cosa y hacer otra. Magnífico y con un inesperado final.
ResponderEliminar