Comenzamos ayer, 6 de noviembre de 2024, una aventura viajera con nuestro blog somosmuchomásdecien-cia. Y si tuviéramos que resumir con un calificativo la experiencia yo diría que magnífica.
Eso no significa que volviéramos con los zurrones llenos de setas, pero si cargamos con sus nombres (incluso en latín), sus características, sus rasgos de peligro, sus rastros perseguidos por los excursionistas.
Este no ha sido el primer viaje que hemos hecho a esta zona, Cenicientos, en busca de los hongos deliciosos, pero sí con nuestra nueva identidad bloguera. Y en ninguno de los viajes anteriores recolectamos cantidades ingentes de níscalos, boletus o parasoles. Es más, casi nunca hemos podido recolectar nada.
Todo tiene una explicación. Las setas se esconden, tienen poderes, desaparecen de nuestra vista para que así podamos estar más atentos a las explicaciones de Carlos, superexperto en estos seres vivos y en la elaboración de manjares.
La sonrisa no desaparecía de nuestras caras, al contrario, nuestros ojos a medida que se aclimataban a la luz preciosa del bosque y la pradera mostraban más y más satisfacción.
Fue un día climatológico estupendo, un otoño luminoso con vocación de més de abril. Y esa temperatura nos sirvió para hacer camino, recolectar hierbas olorosas, hacer fotos a alcornoques centenarios y cambiar impresiones, a veces poco precisas, sobre lo que íbamos encontrando.
Carlos puso todo en orden y, a eso de las 14:30, también hizo fila en el comedor con unos platos sencillos, pero embaucadores: aceites de acebuche, tapitas de boletus en sus dos versiones, un cocido corucho recomponedor y embaucador y, además, un toque de mestizaje necesario con pan marroquí, tajin de pescado y té moruno. La felicidad se llama setas en noviembre, se llama pasar un día de campo aprendiendo y riendo, se llama, ¿cuándo es la siguiente?
No muevo ni pongo una coma sobre el artículo de hoy. Tuve la fortuna "por los pelos" (solo quedaba una plaza cuando me apunté) de ir a esa excursión. Tampoco es la primera vez, y espero que no sea la última. Carlos pone énfasis y crédito a sus explicaciones. Y el muy competente remata sus clases, llevándonos a LA CARPINTERIA, su restaurante, donde probando cada cosa, los jugos gástricos se ponen en movimiento y acariciando los labios con la lengua, para no desperdiciar nada la ambrosía tomada, nos levantamos de la mesa.
ResponderEliminarPoco he usado la servilleta, si me he chupado los dedos. Pobres modales míos.
Magnífico relato del primer viaje en esta nueva etapa.
ResponderEliminarDisfrute de todos los sentidos. Teníamos buenos aliados.....el tiempo magnífico, Carlos, guía y anfitrión de diez y el buen rollo de la "panda" que fuimos.
Hay que repetir