EL PASADIZO MANUEL
GIL
La noche no cae en su celda: se derrama, como tinta
espesa, que atraviesa los muros. Él la espera. La mide. La acoge. Dos años han
pasado desde que el tiempo dejó de tener forma y se convirtió en algo inmóvil,
agazapado en la esquina más húmeda del encierro. Dos años desde que su nombre
se volvió un eco inútil y su cuerpo, una jaula dentro de otra jaula.
No hay pasos, no hay puertas que se abran, no hay llaves.
Solo un leve temblor en el aire, una rendija en la conciencia por donde se
desliza, silencioso, como el polvo en la luz. Entonces el mundo cambia. La
celda se diluye y él asciende, libre, en un vuelo que no es de carne sino de
deseo: el vuelo del águila sobre el imperio de los sentidos. Desde esa altura
contempla lo que ya no posee, pero tampoco ha perdido del todo. Recuerda la
piel amada, su geografía ardiente, el fuego en las entrañas que lo consumía con
dulzura. Y en ese recuerdo arde sin quemarse, como una llama que no destruye,
sino que sostiene.
A veces el libro lo conduce a un desierto helado que late
como fuego vivo. Avanza sobre arenas que crujen bajo un cielo sin tiempo.
Otras, un huracán se levanta entre líneas, y él se deja abatir, no con derrota,
sino con abandono, para que el viento le muestre el camino que su voluntad
ignora. Cada página es un territorio. Cada autor, una puerta. Y siempre, en ese
tránsito secreto, encuentra un instante de reposo: una fuente, una sombra, un
latido que lo devuelve a sí mismo.
Luego cierra el libro.
Y regresa.
Cada mañana lo encuentran igual.
Los guardianes abren la puerta con el gesto de quien
espera lo previsible, pero nunca lo entiende. Él está sentado, o de pie, o
acostado, pero siempre entero. No hay rastro de la desesperación que debería
haberlo devorado. Su mirada no es la de un hombre vencido. Y eso los inquieta
más que cualquier grito.
—¿Cómo lo hace? —murmuran, sin respuesta.
No lo matan. No pueden. Él guarda una clave, un secreto
que promete una suma obscena, un rescate que no es solo dinero, sino poder,
influencia, redención para quienes no creen en ella. Lo necesitan vivo. Lo
necesitan intacto. Pero no comprenden de dónde proviene esa integridad.
Han revisado la celda. Cada centímetro. Cada grieta. Han
golpeado los muros, levantado el catre, contado los pasos. No hay túneles, no
hay herramientas, no hay señales. Solo el retrete minúsculo, incrustado en un
rincón como una burla de lo humano.
Él también lo mira.
Porque detrás, donde nunca buscaron con verdadera
atención, donde lo insignificante se disfraza de inútil, se encuentra la
respuesta material. Un hueco apenas perceptible donde ha ocultado —o quizá
siempre estuvo esperándolo— el libro: una antología de los clásicos, páginas
gastadas que contienen más puertas que cualquier muro.
No era un simple consuelo.
Era el mecanismo. El pasadizo no estaba en la pared.
Estaba en la lectura.
Y él llevaba dos años atravesándolo.
LA PÍCARA
ARRENDATARIA JUAN
SANTOS
Hasta hace un par de semanas,
vivíamos muy felices en un piso, pagando una cuota de alquiler más o menos
aceptable, pero, con la última revisión, nos pusieron una subida fuera del
alcance de nuestra economía y no tuvimos más remedio que irnos de allí y buscar
otro piso más barato.
La cosa está peor de lo que yo
pensaba. Me patee todo el barrio y fue imposible encontrar nada más barato que
el piso que dejamos. Al final, fue en internet donde localicé un chollo por la
mitad de precio. El problema es que no leí la letra pequeña.
El anuncio decía: “Se alquila
piso económico para soltero guapo”. Cuando me entrevisté con la arrendataria,
tuve que mentirle, le dije que estaba soltero y se lo creyó. Respecto a la
guapura, no le debí de parecer muy feo cuando no me puso ninguna pega. Lo único
que me dijo es que ella vivía en el piso contiguo y que me tendría controlado.
Contentos con nuestra nueva
vivienda, mi mujer y yo nos instalamos en ella. Y acordamos, si nos pillaba la
vecina, decirles que no estábamos casados, que éramos hermanos.
Al segundo día de vivir allí,
cuando mi mujer había bajado a la compra, sin saber por dónde había entrado, la
arrendataria se presentó en el salón. ¡Qué susto me dio!
―Buenos días, vecino.
―Pero bueno. ¿Se puede saber por dónde ha entrado
usted?
―Tranquilo. Como le dije vivo
en un piso pegado a éste y en el armario empotrado del dormitorio hay un
pasadizo secreto que se comunica con el mío. Así que cuando quiera venir aquí,
no tengo que salir al pasillo.
―Pues ese pasadizo hay que
condenarlo inmediatamente. Usted no tiene derecho a invadir la intimidad de mi
casa.
―Veo que no ha leído la letra pequeña del contrato de
arrendamiento. La razón de que el alquiler fuera tan barato era porque la mitad
de su valor, me lo cobro en especie. Por eso las condiciones eran que el
inquilino fuera guapo y soltero.
― Bueno, si no hay más remedio
lo haré. ¿Y dónde tengo que pagarle en su casa o en la mía?
―Donde usted quiera. Veo ropa
de mujer por aquí. ¿No me habrá engañado usted?
―No señora. Esta ropa es de mi
hermana que está de paso por aquí. Pero no me gustaría que ella se enterara de
este trapicheo.
―No tiene por qué enterarse.
Tú, cada dos días, cuando mejor te venga, cruzas el pasadizo y en mi cama te
cobro la cuota.
Y en eso quedamos. El problema
es que cuando me descuido más de los dos días, se presenta ella en mi
piso. Así que, tengo que andar diligente
para que mi mujer no me pille in fraganti.
Y en esas estoy. Hay que ver
los sacrificios y las triquiñuelas que hay que hacer para conseguir un alquiler
en condiciones.
EL OCULTO DOLOR DEL PASADIZO MARÍA
ISABEL RUANO
A las afueras de la ciudad, en el desvencijado palacete
que un día fue habitado por mi familia, entre la leñera y una olvidada
habitación utilizada como trastero, existía un oscuro pasillo que los
comunicaba.
Cuando éramos pequeños, no se nos permitía acceder allí.
El limítrofe jardín era la frontera en donde el juego y los descubrimientos se
terminaban. Por los alrededores olía a rancio y humedad.
En aquel palacete pasamos los peores días de la guerra
creyéndonos a salvo de los bombardeos de la ciudad. A pesar del frío y las
carencias, no nos faltó la comida gracias a la influencia de mi familia y a los
hortelanos cercanos. Para un niño de seis años aquella casa era un laberinto
atractivo de estancias por recorrer y lejos de sentir el peligro de la
contienda eran las ratas, que se adueñaban de aquel espacio, mi peor enemigo.
Imaginaba que me perseguían e incluso podía sentir su repugnante olor. Temor
que, sin duda, tanto mis padres como mis hermanos mayores conocían y lo
utilizaban para mantenerme alejado de las zonas prohibidas de la casa.
Mi padre, tratando de ponernos a salvo, al llevarnos allí
tomó la peor de las decisiones y sin ser muy consciente de ello, siempre le
guardé rencor. Sólo el tiempo y su muerte han conseguido una mirada más
indulgente hacía su persona.
Una fría mañana de marzo, una bomba cayó en los
alrededores justo cuando mi madre, en su afán por buscar los alimentos
acordados con un vecino, acababa de salir. La vi marcharse desde la ventana.
Esa imagen esbelta, de espaldas y con el pelo recogido, es la última que
conservo de ella. Durante años traté de buscar su rostro, pero cada intento de
evocarlo, me llevaba a su espalda, caminado deprisa, sin mirar atrás. Una
imagen y una perdida demasiado cruel para la frágil sensibilidad de un niño
cuya mayor preocupación hasta entonces eran los roedores de la leñera. La
guerra terminó pronto y pudimos regresar al confortable piso de la avenida, sin
jardín, sin leñera, ni ratas. Sin madre, con un padre envejecido y unos
hermanos mayores que dejaron de jugar conmigo.
El azar, o los ingratos recuerdos que ellos guardaban de
aquellos días, han querido que el palacete sea de mi heredad. Acudí a él
revestido de un extraño olor a miedo y rencor. Lo primero que hice fue pararme
delante del jardín frente a la leñera. Movido por una extraña fuerza, entré
dentro, cogí el hacha depositada en un rincón. Sin linterna atravesé el
pasillo, la puerta de la habitación estaba cerrada con un candado. La rompí sin
piedad. Necesité unos minutos para acomodar la vista a la cantidad de muebles,
arcones, cuadros y espejos desvencijados llenos de telarañas que llenaban el
espacio. Con rabia los fui destrozando uno por uno, el rencor oculto en mi ser
fue tomando forma entre sollozos y gritos, el dolor que nunca antes había sido
capaz de exteriorizar parecía haberme poseído, hasta que el agotamiento me
obligo sentarme en el suelo. ¿De qué servían todas esas pertenencias si el
mayor tesoro para un niño le fue arrebatado en tan temprana edad?
Ni una sola rata apareció en los rincones. Exhausto y con
el hacha aún en la mano, salí al jardín. La luz me cegó por momentos. Tiré el
hacha. Me sequé las lágrimas. El rostro de mi madre, vuelta su cabeza hacía mí,
me sonrió.
El relato de Manuel es un auténtico elogio de la lectura y de todas los beneficios que nos aporta, de las puertas que abre, de la compañía que nos hace y del bienestar que nos aporta. Simbolizado en el reo, prisionero del tiempo y del espacio, consigue evadirse y mantener el equilibrio gracias al tesoro del libro escondido. Narrado con pasión a través de una prosa poética que enamora es una deliciosa lectura que podrían utilizar como eslogan para el fomento de la lectura en todos los ambientes. Enhorabuena compañero.
ResponderEliminarCon un tema de candente actualidad, Juan, ya en el título, nos pone sobre aviso de la trama de su relato e incluso , antes de terminar de leerle, se insinúa la sonrisa que le va a provocar al lector. Sin duda un relato lleno de ingenio y crítica soterrada . Y aunque al protagonista no le cuesta demasiado, al menos de momento, el precio que tiene que pagar es preferible no pensar en las consecuencias. Nos quedamos con la chispa y la ironía que con tanta soltura maneja el autor en su narrativa. Enhorabuena compañero.
ResponderEliminarGracias, María Isabel
EliminarEl pasadizo. Manuel
ResponderEliminarCon la evasión de la lectura “cada página es un territorio”. Este recluso no necesita fugarse físicamente de la cárcel. Ha encontrado una salida a su alcance y sin corres riesgos. Manuel, has hecho un relato con unas metáforas y un fluir de las ideas que nos hemos imaginado la celda acogedora y hasta nos hemos sentido bien en ella. Te felicito.
El oculto dolor del pasadizo. María Isabel
M Isabel, tu relato nos transporta a un palacete en el campo, donde los pasadizos secretos formaban parte de su esencia. La historia que nos cuentas es muy bonita a pesar del entorno de la guerra civil y la tremenda desgracia que vivió tu niña protagonista. Tu imaginación ha querido que el palacete lo herede ella y al final sienta la satisfacción de ver la cara de su madre que tanto añoraba. Como es habitual, tu relato está cargado de poesía.
Manuel, tal como anticipé, no he visto un alegato a la lectura más elocuente que el de este relato. Haces que sienta envidia del preso, que puede dedicar todo el tiempo del mundo a leer ese libro de los clásicos. Poema convertido en prosa, por la magia de tu imaginación.
ResponderEliminarJuan, poner un tema de plena actualidad, con esa bendita chispa, solo puedes hacerlo tu. Único en tu estilo y en el desarrollo de la trampa que le tiende en la letra pequeña.. Tal como sospecho, no creo que al protagonista, le cueste demasiado cumplir las condiciones. Lo dicho, genial a tope.
ResponderEliminarMaria Isabel. Una infancia infeliz, hacen de la vida del protagonista un agobio insoportable, donde la venganza se convierte en un propósito. El hacha que encuentra le ayuda a cumplirlo. Y la visión final de la madre, soporte de su vida y de sus sueños, dan un cierre de historia muy hermoso.
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