CUMPLEAÑOS ARACELI
DEL PICO
Es alto, fuerte y una gran
persona. Tiene ya veintidós años y acaba
de terminar una brillante carrera, que ha conseguido a base de becas. Me ha
pedido que le acompañe con sus amigos a su fiesta de cumpleaños. En principio
me he negado… No hijo, es cosa de jóvenes… Papá, si no vienes a mi fiesta, va a
quedar muy menguada. Y no voy a estar bien. Por favor.
Todo el mundo dice que es clavadito a mí. Pero el carácter, desde luego,
es de su madre. Así que iré a su fiesta.
Fue un parto sencillo. Mi mujer joven y fuerte daba a luz a nuestro
primer y único hijo. Jaime. Yo había entrado al paritorio, aunque esa no fuera
mi intención. Pero ella me lo pidió y yo en esas circunstancias, nada podía
negarle. La verdad es que a poco que haya podido nunca le he negado nada o casi
nada. La adoraba. La adoro.
Antes del parto, su ginecólogo, le había hablado de la conveniencia de
asistir uno o dos meses antes a las clases de preparación para que el
alumbramiento, fuera más sencillo y sin problemas. Se negó. No iba a perder una
sola hora de su tiempo, en asistir a tales clases. Inventos, decía ella, que
respetaba, pero que eran prescindibles. Su abuela había parido nueve hijos, en
casa, con ayuda de quien estuviera más cerca, por lo general su madre. La
bisabuela de Mónica, mi mujer. Y se habían criado rollizos. Seis chicas y tres
chicos que eran la envidia del pueblo. Así que de eso nada.
El médico apuntó con acierto. Eran otros tiempos. Y ella erre que erre.
Otro ejemplo. Su madre, mi suegra. Ésta solo había tenido dos chicas. Mi cuñada
Paula y la terca de mi mujer. Y todo estupendo. Así que mil gracias doctor,
pero yo lo más extraordinario que haré, será parir en el hospital que me
designen. Que por mi lo haría en casa.
El médico agotó sus argumentos y cuando le oyó decir aquello, le dijo:
-
Mónica, es usted increíble. ¿Por qué querría dar
a luz en casa?
-
Porque mi niño, va a ser alguien muy especial.
-
Ah sí?
-
Pues sí señor, estoy segura. Y si naciera en
casa y triunfa, como sé que va a hacerlo, le pondrían una plaquita, que dijera… Aquí nació Jaime
Ayestarán del Burgo…
La carcajada del médico, se debió oír en los pasillos.
Fue la mañana del 15 de mayo, fiesta en Madrid, cuando me despertó
suave, pero firme.
-
Gabi, arriba, que acabo de romper aguas.
-
Estás segura?
-
Sabía que me ibas a preguntar esta chorrada.
-
Mujer es que eres primeriza y…
-
Sí, pero no soy tonta. Así que vamos, deprisita.
Y en medía hora estábamos en el Hospital Doce de Octubre y dentro del
paritorio. Ella siempre precisa. No era una falsa alarma. Cuando íbamos a pasar
el médico me preguntó si estaba seguro de querer entrar. Mónica respondió por
mí. Él no. Pero yo si quiero que entre.
Una vez allí, cuando la vi sudando, sus gritos contenidos y la cabecita
de Jaime asomaba en una mezcla sanguinolenta, perdí el equilibrio y la oí
decir:
-
Bendito sea Dios, saquen a este paquete de
mantequilla de aquí. Que le veo en el suelo y no me concentro.
Cuando les vi, nuestro pequeño había nacido. Estaba limpito, en la cuna
y con un pelo negro y rizado que enmarcaba una cara preciosa. De verdad que era
un bebé lindo. Mónica me dijo:
-
Lo que te has perdido por blando. Yo hubiera
querido que lo descubriéramos los dos al mismo tiempo. Ahora parece un muñeco.
Pero cuando lanzó su primer grito, como diciendo: ”Miradme que ya he llegado,
que aquí estoy yo”. Eso, querido, ni yo te lo puedo explicar.
Asentí con envidia y le dije:
-
Oye, y si le ponemos Isidro, como el santo del
día que ha nacido?
-
De eso nada. Nuestro hijo ya tenía un nombre
asignado. Isidro era un santo un tanto perezoso. Dormía tranquilo, mientras los
demás trabajaban por él. Éste tiene que ser muy trabajador, honrado y saldrá
inteligente. Ya lo verás.
Y Jaime crecía, hermoso, sonreía de mil maneras, sus muecas parecía que
las ensayaba para hacernos reír a los demás. Sus dientes aparecieron antes de
lo previsto. Y papá y mamá lo soltó enseguida.
Pero era incapaz de ponerse en pié y tratar de caminar. Al año le
cogíamos de la mano e intentábamos que diera sus primeros pasos, se envolvía en
sí mismo como un tirabuzón y se sentaba.
Era un experto en gatear. Es más ya casi
con quince meses, un buen día le cogí con las dos manos para ensayar un paseo,
y le oí decir NO. Aquello comenzaba a ser preocupante.
Ni el tacatá tan útil en estos casos surtió efecto.
En casa y de repente oí un golpe, un grito y el llanto de Jaime. Mónica
tumbada en el suelo. Una brecha en la frente de la que se desprendía un hilo de
sangre, no parecía ser demasiado serio. Pero jamás despertó.
Jaime, sentado en el suelo, como siempre, se levantó, comenzó a andar y
se agarró a mi pierna llorando y gritando, mamá, mamá…
El niño, iniciaba sus primeros pasos con el adiós de su madre. Una
arritmia cardiaca se la llevó de repente. El dejó de llorar. Yo y a escondidas,
aún lo hago muchas veces.
CAMINO MANUEL
GIL
Camino la memoria que en ti habita
de tantos que antes hoyaron tu suelo,
un pie tras otro con lluvia o con hielo,
pero siempre tan fieles a tu cita.
Sendero, brújula, guía que me invita
de tus misterios a quitar el velo.
Atajos, veredas, infiernos, cielo.
Hoy que mi flor empieza a estar marchita,
quiero esquivar las penas del destino,
echarlas a un lado, escapar de ellas,
y soslayar las trampas que abomino,
las que en mi recorrido hicieron mella.
Paso a paso, avanzo por el camino
para sobre él dejar impresa mi huella.
HACEDOR DE CAMINOS JUANA
DOMÍNGUEZ
Era experto en la colocación de las piedras de los bordes de
los caminos, que sujetan los diferentes materiales de los que están hechos, y por
los que los humanos siempre se han
desplazado de un lugar a otro persiguiendo sueños diferentes, una vida mejor,
otra familia, o un nuevo territorio. El trabajo de Andrés era muy delicado,
especialista en escoger y colocar las piedras de los bordes, en los caminos que otros
diseñaban.
-Recto, todo recto - así le indicaba su caporal.
Trabajaba de sol a sol. Un sombrero casi desecho le tapaba
su peluda cabeza, que no paraba de gotear un sudor casi permanente. No parecía
importarle aquel trabajo agotador. Lo hacía feliz, silbando cualquier canción
que le distrajera de la monotonía de aquella vía recta, ni una sola desviación,
al infinito siempre en línea recta.
Una tarde, ya casi anocheciendo, quitó a su asno los
correajes de arrastre, y después de beber un buen trago de agua fresca que
siempre tenía cerca, se sentó bajo un
árbol al borde de la calzada que construían.
Le despertó un animal que corría como nunca había visto
correr a ninguno, y desaparecía en la lejanía antes de volver la cabeza.
¡No puede ser que desaparezca en la nada, por un camino que
aún está sin terminar!
No había terminado su razonamiento cuando en el cielo divisó
una luz que se movía rápida de este a oeste ¿Será una estrella? se preguntó.
No, no era una estrella, detrás seguía otra luz y detrás
otra. A su lado estaba Marcial, el
compañero que les traía la comida y el vino, se miraron y Marcial le contó que
también en el cielo hacían caminos igual que en el suelo.
-Pero Marcial ¿dónde sujetan las piedras y la arena? No
digas barbaridades
-Andrés, los pájaros no necesitan piedras, vuelan sin
caminos. Y esas luces son como los pájaros que se siguen unos a otros.
Estaba a punto de llamarle loco, cuando una gran masa
luminosa pasó por encima de ellos. Por la vía sin terminar, transitaban multitud
viandantes hablando a la nada, o a un trozo, de no sabía qué, pequeño y cuadrado.
-¿Marcial tú ves y oyes lo mismo que yo?
-Sí, son personas, comunicándose entre ellas por unos caminos
invisibles, esa gran luminaria que nos ha sobrevolado es un centro de
comunicaciones que manda señales a otros centros, y desde allí a los cuadrados.
Así serán los caminos del futuro.
-Mira Marcial, ese cuento no tiene ningún fundamento, no se
puede creer, nos habremos tomado más vino de la cuenta y serán visiones
alucinógenas lo que estamos presenciando.
Andrés, sintió el calor del sol en la cara, estaba
amaneciendo, le dolía la cabeza, como si algo le aplastara. Marcial venía
tranquilo por el camino, sin terminar, empujando su carro.
MENS SANA SANTIAGO
J. MARTÍN
Con aspecto cansino, pero no cansada, va recolectando
toallas y papeles, apagando luces y cerrando ventanas.
Se imagina estar emparentada con Frida Kahlo, aunque solo
fuera por los motivos que la dejaron su cojera perpetua. No le sienta mal
elucubrar con fantasías inalcanzables; le hacen la vida más accesible; le
rompen las barreras que la esperan a diario y aportan gramos de optimismo a la
hora del balance nocturno de ¿cómo fue el
día Aurora?
Más que buscar refugios inesperados, anhela llegar donde
otros transitan, desentendidos de lo difícil que puede ser una rutina
reparadora.
Ayer volvieron los fantasmas. Fue el día del libro y, como
de costumbre, se acercó a la librería del barrio, la única que queda abierta, y
hojeó multitud de libros, para terminar comprando uno, solo uno, como todos los
años.
Esta vez el ritual fue rápido. El tercer ejemplar que cayó
en sus manos tenía todos los ingredientes necesarios para sufrir lo justo y, al
mismo tiempo, esperanzarse con mensajes y palabras.
No conocía nada de nada de la última Premio Nobel de
literatura. Era una escritora coreana, Hang Kang, que la atrapó con sus
metáforas y la embriagó con imágenes lejanas que en realidad tenía muy cerca,
delante de sus ojos.
Aprendió lo que significaba caminar despacio y caminar
rápido. Aceptó lo irrisorio que puede ser perder el paso y encontrar uno nuevo
que se aclimate a tu tiempo.
Desde siempre le encantaba caminar. Envidiaba a los que lo
hacían deprisa, también a los que contaban por kilómetros sus caminatas
diarias. Unos y otros le generaban desasosiego, que no envidia.
Pero desde aquel 23 de abril todo iba a cambiar. Mantendría
la mirada firme de los que se afanaban en dejarse la vida en pasos
atropellados, podría animar los resuellos de los que batían record tras record,
sentiría compasión con los que se rendían a los pocos minutos.
No importaba nada. Al final, era ella la diosa suprema que,
llegada la hora, apagaba las cintas de andar y correr, terminaba de recoger y
cerraba el gimnasio.
Cumpleaños. Araceli
ResponderEliminarUn relato bien escrito con un final trágico. A veces los cumpleaños sirven de recordatorio de un lamentable suceso. Una pena que, a ese niño, no lo viera caminar su madre. Me entristece pensar que esta historia esté basada en un hecho real.
Camino. Manuel
Has construido un buen soneto, haciendo una revisión poética de los pasos que has dado en tu vida y con la experiencia obtenida, esperas no tropezar en las mismas piedras. La huella que dejes, será interesante, no tengo duda.
Hacedor de caminos. Juana
Yo creo que los caminos imaginarios del cielo son una metáfora muy bonita de nuestro en la vida. A mí me ha gustado, no pesaba que eran efectos del vino.
Mens sana. Santiago
Los libros son caminos que recorremos con a vista. Dichosas aquellas personas, como Aurora, que la lectura les hace olvidar y ser felices con su minusvalía. Buen relato.
Manuel, un soneto donde las huellas de tus pasos, las muestras con detalle y a través de éstos versos casi se palpan. Ya lo creo que dejarás recuerdo de ellas. Y magnífico además.
ResponderEliminarJuana, es un inquietante relato mientras se construye una carretera imaginaria .La conversación entre los dos amigos y el vino que comparten, crean un final final abierto, que nos gusta tanto.
ResponderEliminarSantiago, Una Aurora con una minusvalía física, pero que tal como la pintas, es una mujer positiva y que por ende se ampara en los libros para sacar y aumentar tal condición, es admirable. Como admirable es el relato.
ResponderEliminarCon su relato, Araceli, nos narra un entrañable historia en la que el retrato de los personajes, su manera de encarar la vida y su trayectoria se hace muy patente. El diálogo, como le gusta utilizar, le da agilidad a l texto y tras su lectura, un sentimiento entrañable nos envuelve.
ResponderEliminarEl poema de Manuel nos invita a la reflexión y a releerle una y otra vez. En tan pocos versos, ha conseguido que confluyan belleza, realismo y vitalidad.
ResponderEliminar" El hacedor de caminos" que Juana nos describe parte de un personaje muy ligado a la tierra y con un tono realista para adentrarse en el misterio y en lo no tangible. Con una bella descripción de los caminos del cielo que sólo los más espirituales o imaginativos pueden transitar. Al finalizar el relato, retoma el matiz realista achacando las visiones al efecto del vino pero yo prefiero pensar que sus visiones fueron reales y que el personaje por fin había conseguido despejarse de la tierra, las piedras y los caminos rectos.
ResponderEliminarSantiago, con una leve descripción de la protagonista al ubicarla en su tarea cotidiana de la que consigue evadirse gracias a la imaginación y a la lectura de algún selecto libro, logra que sintamos a esa mujer muy cerca de nosotros e incluso que lleguemos a empatizar con ella. Una breve escena llena de magnetismo.
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