LA HUIDA MARÍA ISABEL
RUANO
La nieve estaba blanda. Se hundían las botas al pisar.
Dolía el frío en los pies.
Dolían el abandono y las heridas.
Costaba trabajo moverse.
Trató de buscar el horizonte. Todo era blanco y gris.
Abatida esperó a que llegara el negro y la noche.
UN
QUIJOTE DE BARRIO ANTONIO
LLOP
“¡Non
fuyades malandrines…!” -decía para sí Alfonso con una sonrisa amarga-. Algunos
que habíamos leído algo del famoso libro de Cervantes comprendíamos el
chascarrillo. Los menos cultos, ni eso. Pero unos y otros seguíamos adelante
sin esperarle. Ninguno hacíamos caso del amigo impedido que había nacido con
poliomielitis. El viento furioso de los veinte años nos impelía a correr.
Solo
los avatares de la vida me llevaron a comprender la verdadera dimensión de la
triste ironía de Alfonso. Con el tiempo comprobé que nuestra marcha imperiosa
hacia adelante no era más que un intento de huir de las responsabilidades que
pronto tendríamos todos.
Ahora
que, tras cuarenta años he vuelto al barrio me he encontrado de nuevo con mi
amigo de juventud. Ya no estaba en el murete donde nos sentábamos a escuchar
música y a hablar de chicas. De hecho, ese asiento corrido había sido derribado
para hacer un edificio de oficinas. Lo vi en el mercadillo avanzando a trancos
con sus muletas.
—¡Amigo
Alfonso! -le saludé-. ¡Cuánto tiempo! ¿Sigues viviendo en el barrio?
—Y
¿dónde quieres que vaya? -me dijo mirando a sus piernas inútiles.
—¿Sigues
citando al Quijote? -le pregunté para quitar seriedad al momento.
—¡Siempre,
amigo Antonio! El caballero de la Triste Figura ha sido mi guía para superar
las contrariedades.
Le
invité a tomar un café en uno de los nuevos bares, que yo no conocía. Hablamos
de aquellos tiempos de primera juventud y de los caminos por los que nos llevó
la vida después. Yo ya había cambiado de trabajo, de residencia y de matrimonio
dos veces y todavía buscaba la felicidad. Él seguía soltero en casa de su madre
ya mayor.
—Cuido
de mi vieja y soy feliz con mis libros y mi cervecita de vez en cuando- me
dijo-. Y teletrabajo de informático.
-Ah!
¿Eres informático?
-Hice
el módulo de la FP a distancia. A la Empresa que me contrató le ha interesado
porque se ahorra impuestos. Y puedo aparcar donde quiera con mi coche adaptado,
que no es ninguna tontería tal como están las plazas de aparcamiento. -Y añadió
con su ironía de siempre disfrazada de conformidad-: Alguna ventaja tendría que
tener.
Cuando
le despedí con un abrazo, me di cuenta de que aquel hombre, como don Quijote,
había superado todas las adversidades que la vida había interpuesto en su
camino. Había vencido a auténticos gigantes montado en un rocín, protegido por
una armadura y lanza precarias, mientras los demás habíamos buscado apacibles
molinos donde refugiarnos.
MANIPULACIÓN
COBARDE ARACELI
DEL PICO
-
Buenos
días.
-
Buenos
días. ¿Nos conocemos?
-
No
mucho, la verdad. Pero vivimos en el mismo edificio y yo sí que me he fijado en
usted. Siempre corriendo, bien vestido y además tengo la impresión de que es la
persona adecuada para hacer cualquier favor a un amigo.
La conversación se desarrollaba en el
interior del ascensor que conducía al garaje. Justo escuchó estas frases, no
sin asombro y admirando la capacidad de observación de su vecino, cuya cara no
le sonaba de nada. Pero era muy despistado. Así se lo hizo notar a su
interlocutor, mientras le tendía la mano y se presentaba.
-
Bueno,
pues encantado. Soy Justo. Ya nos veremos.
-
Soy
Enrique. Quique, para los amigos. Llámame así. Y sí, claro que nos veremos.
Justo salió con su acelere habitual del
ascensor. Entró en su vehículo, y casi
empujando la puerta de la rampa con el coche, salió disparado a su bufete. Aquel lunes, se desarrolló sin novedad alguna
y volvió a casa feliz.
Se extrañó al día siguiente, cuando entrando
en el ascensor vio a su vecino.
-
Caramba,
qué casualidad. O no nos vemos nunca, o coincidimos dos días seguidos.
-
Es
cierto. Pero es fácil que, de ahora en adelante, nos veamos con frecuencia
Justo. Me han cambiado el turno de trabajo, y más o menos salgo a la misma hora
que tú.
-
¿Dónde
trabajas?
-
Muy
cerca de tu bufete. En la calle Bravo Murillo.
-
¿Cómo
sabes dónde trabajo?
-
Porque
te he visto entrar en el portal en varias ocasiones. Ya te digo que yo trabajo
cerca.
-
Sí
que eres observador, sí.
-
Oye,
mañana ¿qué tal te viene comer conmigo? Te invito. Hay una pizzería cerca que
preparan la pasta fenomenal.
-
No
sé… Mañana…
-
Venga
hombre. Vamos a estrechar lazos. Somos vecinos y además he oído ayer que la
UNESCO, ha declarado la comida italiana, como Patrimonio de la Humanidad.
-
Con
esa reseña me has convencido.
Y claro que estrecharon lazos, tanto, que
casi siempre iban al trabajo juntos. Al fin y al cabo, era el mismo camino y a
Justo no le importaba acercarle.
Las conversaciones durante el trayecto no
tenían demasiada trascendencia, pero Justo sí pensaba que iba conociendo a su
vecino. Le cogió cierta simpatía. Y un buen día en uno de los viajes
rutinarios, Enrique le soltó:
-
¿Tú
me harías un favor?
-
Naturalmente,
si está en mi mano.
-
Lo
está. Tienes que matarme.
En vez de frenar aceleró, se saltó un paso
de peatones, afortunadamente sin consecuencias, pero sí tuvo que oír una serie
de lindezas bien merecidas. Segundos después paraba y le invitaba amablemente a
salir del coche.
-
Déjame
que te explique
-
No
hay nada que explicar. Hay bromas que son intolerables.
-
Justo,
no es una broma. Tienes que hacerlo. Tú eres sensato y deberías pensar que si
te lo pido, es porque no me queda más remedio.
-
Enrique,
sal del coche por favor.
-
Para
ti soy Quique, recuérdalo.
-
¡Que
salgas he dicho ¡
Salió, llorando como un niño. Justo percibió
su tribulación a través del espejo retrovisor y se conmovió. ¿Por qué le habría
pedido esa barbaridad? Arrancó, tocó el claxon y le invitó a subir de nuevo.
Necesitaba saber…
Y Enrique habló sin parar durante más de una
hora, y le vació su corazón y le mostró su debilidad. Sacó unos papeles del
bolsillo que le mostró y obligó a leer con detalle. Justo lo hizo. Cuando acabó
de leer el informe médico, le dijo.
-
Eso
que pretendes es una huida absurda.
-
No
lo es.
-
Lo
siento. Venga voy a arrancar, vamos a casa.
Llegaron y ambos se bajaron del coche. Iban
a subir al ascensor, cuando Enrique dijo:
-
Me
he dejado un paquete en el coche. Me abres un momento por favor.
-
Toma
las llaves. Te espero aquí mientras hago una llamada a un amigo.
Un ruido seco sonó en el silencio del
garaje. Uno más débil produjo la caída del móvil de sus manos.
TORPES
Y VULNERABLES SANTIAGO J. MARTÍN
Hoja
245. Observación de campo del estudio “Torpes y vulnerables”. Es mi décimo día
de seguimiento en el comportamiento de un grupo de abejas melíferas ibéricas
(Apis mellifera iberiensis). Me llama la atención un grupo limitado de obreras
que está recolectando néctar de granos claramente fermentados, posiblemente con
un alto grado de etanol. No logran regresar con facilidad al panal. El enjambre
puede llegar a sufrir una importante pérdida de la estructura social por esta
circunstancia, aparentemente poco habitual.
Apareció
en mi vida en el momento adecuado. Fue mi caballero andante, mi rescatador,
aunque, como me sucede tantas veces, aquello no tuvo el final feliz requerido.
-
Perdona,
me parece que le estás molestando. Sería mejor que salieras a tomar el aire.
¿No te das cuenta que te ha dicho que pares?
Alto,
desgarbado, arrastrando una vieja gabardina verde oscura y una cartera de
cuero, había llegado hacía un rato a la taberna, como quien se equivoca de
lugar. Al poco, emprendió el camino del servicio y pasó muy cerca del rincón
donde estábamos nosotros.
Me
vio intentando zafarme del baboso de mi jefe, que desde hacía unas semanas
pensaba que mi simpatía y educación eran una puerta abierta al abuso y al
descaro sin consentimiento. Así, con
el escudo virtual de unas cervezas de más, intentaba meterme mano donde fuera.
-
La
verdad es que me has salvado la vida. Bueno, la tarde. Quizás algo más.
-
Soy
Pedro, y ¿tú?
-
Antonio,
Antonio Rupérez. Lo del apellido me sale solo. Es algo profesional. Trabajo en
el despacho de abogados que está ahí enfrente. Bueno, el único de este pueblo,
que ya es. Y el que se ha ido es, o era, mi jefe. Un cabrón.
-
Me
ha dado tiempo a intuir que no es un buen tipo. Como veo que ya estás bien, te
dejo tranquilo.
-
No,
por favor. Voy a por unas cañas y hablamos un rato. No me suena tu cara de por
aquí.
Era
un rostro nuevo en el lugar y posiblemente aquella sería su primera escapada
vespertina para darse un respiro de un trabajo tan raro como exigente.
-
¿Que
eres qué?
-
Entomólogo.
Trabajo investigando insectos.
-
¿Para
qué?
-
Buff.
Sería difícil convencerte de la utilidad de lo que hago.
-
No
te creas. Oigo cada historia…
-
Lo
resumo: mi trabajo consiste en observar cuánto podemos aprender en nuestro
comportamiento social de los bichos que nos rodean.
-
Suena
interesante. Pero cuando dices bichos te refieres a…
-
A
los insectos. Ahora estoy con himenópteros.
-
¿Cómo?
-
Abejas,
que es casi lo mismo.
Todo
lo que él decía me parecía fantástico, aunque me hubiera asegurado que era
sepulturero me habría parecido el mejor trabajo del mundo.
Bebimos,
reímos, hablamos mucho, y cuando Juan decidió cerrar su chiringuito ya serían
más de las dos de la madrugada.
Convencí
a Pedro para tomar la última en mi apartamento. Teníamos que ir en mi coche. A
pesar de lo que habíamos bebido, no iba a dejar tirado mi 4x4 allí, tan lejos
de casa. Además, la tormenta que llevaba amenazando todo el día, ya se estaba
haciendo realidad. Por si fuera poco, al
día siguiente me costaría un mundo volver a trabajar andando, si es que todavía
conservaba mi puesto en el despacho.
-
No
te digo que lo llevo yo, porque no conduzco. Pero quizás deberíamos…
-
Na.
Puedo llegar con los ojos cerrados. Son cuatro calles.
El
problema es que, a la tercera, el bulto de una persona cayó de la acera al
asfalto justo delante de mi coche. Lo pasamos por encima, sin llegar a tocar la
carrocería. Fue imposible evitarlo.
Pedro
salió disparado a ver qué había pasado y yo me quedé absolutamente paralizado
dentro.
-
Creo
que está muerto. Y me parece que lo vas a conocer.
Claro
que lo iba a conocer. Era Sebastián Cano Meléndez, de Cano y Asociados,
abogados. Mi jefe.
Resultaba
factible que, a esas horas, nadie nos hubiera visto. No hubo sonidos
estridentes, que no fueran los truenos que decoraban la madrugada. Ni frenazo.
Ni golpe de atropello. Ni gritos de dolor.
-
Habría
que llamar a la policía, Antonio.
-
Ya.
Déjame a mí. Yo me encargo. Estos temas me resultan familiares.
Le
convencí para que se fuera y se quitara ese marrón de encima con papeleos y
declaraciones como testigo. Le debía una después de lo de antes. Él se acercó a
mi cara, mucho. No me besó, pero su mirada adivinaba las dudas que pasaban por
mi cabeza. Me abrazó y dejó sobre el asiento dos hojitas con sus últimas
anotaciones sobre sus insectos.
-
Supongo
que sabes lo que tienes que hacer.
Luego,
muy serio, desapareció, de la misma manera que hacía unas horas había entrado
en el bar, enarbolando esa espada salvadora, ligeramente envenenada.
Hoja
246. Observación de campo del estudio “Torpes y vulnerables”. Algunas de las
abejas ebrias intentan marchar lejos del panal. Las que logran regresar,
absolutamente contaminadas de etanol, son castigadas por las abejas guardianas
arrancándoles las patas: una medida que sirve al resto del enjambre como
llamada de atención sobre los peligros del exceso.
La huida. María Isabel
ResponderEliminarEsta huida de la frialdad de la vida es una huida hacia adelante. Huir hacia la noche no soluciona nada, porque por la noche hace más frío aún. Este poema es bonito y muy visual, pero me agobia como un callejón sin salida.
Un quijote de barrio. Antonio
En la vida es fundamental que reconozcamos nuestras limitaciones y nos adaptemos a ellas. Con frecuencia, vemos a personas, aparentemente desgraciadas, con minusvalías o con pocos recursos, que se ríen y son felices, porque han superado su frustración. Lo importante es encontrar un lugar seguro donde huir y encontrar la felicidad que todo el mundo merece.
Manipulación cobarde. Araceli
Los problemas de Enrique lo tenían desesperado hasta el punto de querer quitarse la vida, pero su cobardía no le dejaba de dar el paso. Es normal que el vecino-amigo no quisiera hacerle el favor de apretar el gatillo. Solo un gánster hubiera le hubiera hecho el favor. Es un relato potente, muy bien hilado.
Torpes y vulnerables. Santiago
El alcohol en exceso nubla los sentidos. Las abejas al consumir etanol se pierden y no cumplen su función. Con estas conclusiones estaba el entomólogo cuando conoció a Antonio en un bar. Tomaron copas y copas y Antonio se sinceró con él, diciendo que odiaba a su jefe. Antonio ebrio como las abejas, cogió el coche y atropelló a su jefe. A veces, el alcohol hace estas malas pasadas. Es un relato buenísimo con este paralelismo de ideas.
María Isabel nos lleva del blanco al negro en este poema donde los colores reflejan los estados de ánimo del poeta. Breve y doblemente bueno.
ResponderEliminarAraceli quiere contarnos una historia de muerte asistida que termina en suicidio de forma inesperada.
Santiago hace un paralelismo entre el comportamiento de las abejas y una relación amorosa frustrada por un accidente de coche, con el alcohol como elemento común. Un estupendo relato.
Entrañable historia con trasfondo existencial la que nos narra Antonio. El Quijote, sabia referencia, y un encuentro causal en el antiguo barrio del protagonista son el escenario ideal para hacernos reflexionar sobre el sentido de la vida y la búsqueda de la felicidad, en especial para aquellos a los que les cuesta mucho parar quietos en el mismo lugar.
ResponderEliminarEl diálogo y lo que parece un encuentro casual, ponen en antecedente al lector sobre el verdadero objetivo del protagonista. Ya desde el principio vemos en la narrativa de Araceli, indicios que nos ponen sobre aviso de lo que puede acontecer. Y el brusco final, ante la negativa de Justo a ayudarle a morir, nos deja en vilo. Un suicidio no del todo premeditado y como alternativa final a una situación no desentrañada pero que el lector intuye muy dramática.
ResponderEliminarPor lo tanto, se trata de un relato muy bien estructurado que mantiene la intriga hasta el final.
El comienzo del relato de Santiago no puede ser más intrigante. Enseguida al lector le entran ganas de saber hacia donde nos va a conducir esa hoja" 245". Y sin embargo del análisis de las abejas pasamos a la descripción de una incómoda situación, a la de un encuentro y de una relación circunstancial que no sabemos si tendrá continuidad . Todo ello alternando las voces de los protagonistas con la habilidad de un narrador al que le gusta crear expectación. Y ya lo creo que lo consigue con ese inesperado atropello y las dudas que ocasiona pero que el lector intuye, apelando en especial al título, y a las referencias de la hoja "246", tendrá su castigo, si no es a través de la justicia sí por la perdida de esa persona salvadora que muy probablemente , no volverá a ver.
ResponderEliminarMaría Isabel. En un corto poema no puede dejar más claro, el estado de animo de alguien, de momento, abatido por la situación. No se puede decir más, en menos líneas y esto es muy difícil.
ResponderEliminarAntonio, Cualquier mención que se haga del Quijote suele tener una moraleja brillante. En este caso la postura del lisiado es un verdadero ejemplo. Tu siempre al lado de los mejores.
ResponderEliminarSantiago, el paralelismo entre un estudio entomológico y la posterior situación dramática, crea una inquietud y unas expectativas en el lector, que hacen que el relato te atrape y obligue a leerlo más de una vez, al menos en mi caso. Ese atropello noquea y el final abierto agobia. Vamos que tu pluma aquí, se deja ver.
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