12/12/2025

LA HUÍDA 2

 

LA HUIDA                                                        MARÍA ISABEL RUANO

La nieve estaba blanda. Se hundían las botas al pisar. Dolía el frío en los pies.

Dolían el abandono y las heridas.

Costaba trabajo moverse.

Trató de buscar el horizonte. Todo era blanco y gris.

Abatida esperó a que llegara el negro y la noche.

 


 

UN QUIJOTE DE BARRIO                                            ANTONIO LLOP

 

“¡Non fuyades malandrines…!” -decía para sí Alfonso con una sonrisa amarga-. Algunos que habíamos leído algo del famoso libro de Cervantes comprendíamos el chascarrillo. Los menos cultos, ni eso. Pero unos y otros seguíamos adelante sin esperarle. Ninguno hacíamos caso del amigo impedido que había nacido con poliomielitis. El viento furioso de los veinte años nos impelía a correr.

 

Solo los avatares de la vida me llevaron a comprender la verdadera dimensión de la triste ironía de Alfonso. Con el tiempo comprobé que nuestra marcha imperiosa hacia adelante no era más que un intento de huir de las responsabilidades que pronto tendríamos todos.

 

Ahora que, tras cuarenta años he vuelto al barrio me he encontrado de nuevo con mi amigo de juventud. Ya no estaba en el murete donde nos sentábamos a escuchar música y a hablar de chicas. De hecho, ese asiento corrido había sido derribado para hacer un edificio de oficinas. Lo vi en el mercadillo avanzando a trancos con sus muletas.

 

—¡Amigo Alfonso! -le saludé-. ¡Cuánto tiempo! ¿Sigues viviendo en el barrio?

—Y ¿dónde quieres que vaya? -me dijo mirando a sus piernas inútiles.

—¿Sigues citando al Quijote? -le pregunté para quitar seriedad al momento.

—¡Siempre, amigo Antonio! El caballero de la Triste Figura ha sido mi guía para superar las contrariedades.

 

Le invité a tomar un café en uno de los nuevos bares, que yo no conocía. Hablamos de aquellos tiempos de primera juventud y de los caminos por los que nos llevó la vida después. Yo ya había cambiado de trabajo, de residencia y de matrimonio dos veces y todavía buscaba la felicidad. Él seguía soltero en casa de su madre ya mayor.

 

—Cuido de mi vieja y soy feliz con mis libros y mi cervecita de vez en cuando- me dijo-. Y teletrabajo de informático.

-Ah! ¿Eres informático?

-Hice el módulo de la FP a distancia. A la Empresa que me contrató le ha interesado porque se ahorra impuestos. Y puedo aparcar donde quiera con mi coche adaptado, que no es ninguna tontería tal como están las plazas de aparcamiento. -Y añadió con su ironía de siempre disfrazada de conformidad-: Alguna ventaja tendría que tener.

 

Cuando le despedí con un abrazo, me di cuenta de que aquel hombre, como don Quijote, había superado todas las adversidades que la vida había interpuesto en su camino. Había vencido a auténticos gigantes montado en un rocín, protegido por una armadura y lanza precarias, mientras los demás habíamos buscado apacibles molinos donde refugiarnos.


 

MANIPULACIÓN COBARDE                                         ARACELI DEL PICO

 

-          Buenos días.

-          Buenos días. ¿Nos conocemos?

-          No mucho, la verdad. Pero vivimos en el mismo edificio y yo sí que me he fijado en usted. Siempre corriendo, bien vestido y además tengo la impresión de que es la persona adecuada para hacer cualquier favor a un amigo.

 

  La conversación se desarrollaba en el interior del ascensor que conducía al garaje. Justo escuchó estas frases, no sin asombro y admirando la capacidad de observación de su vecino, cuya cara no le sonaba de nada. Pero era muy despistado. Así se lo hizo notar a su interlocutor, mientras le tendía la mano y se presentaba.

 

-          Bueno, pues encantado. Soy Justo. Ya nos veremos.

-          Soy Enrique. Quique, para los amigos. Llámame así. Y sí, claro que nos veremos.

 

  Justo salió con su acelere habitual del ascensor.  Entró en su vehículo, y casi empujando la puerta de la rampa con el coche, salió disparado a su bufete.  Aquel lunes, se desarrolló sin novedad alguna y volvió a casa feliz.

 

   Se extrañó al día siguiente, cuando entrando en el ascensor vio a su vecino.

 

-          Caramba, qué casualidad. O no nos vemos nunca, o coincidimos dos días seguidos.

-          Es cierto. Pero es fácil que, de ahora en adelante, nos veamos con frecuencia Justo. Me han cambiado el turno de trabajo, y más o menos salgo a la misma hora que tú.

-          ¿Dónde trabajas?

-          Muy cerca de tu bufete. En la calle Bravo Murillo.

-          ¿Cómo sabes dónde trabajo?

-          Porque te he visto entrar en el portal en varias ocasiones. Ya te digo que yo trabajo cerca.

-          Sí que eres observador, sí.

-          Oye, mañana ¿qué tal te viene comer conmigo? Te invito. Hay una pizzería cerca que preparan la pasta fenomenal.

-          No sé… Mañana…

-          Venga hombre. Vamos a estrechar lazos. Somos vecinos y además he oído ayer que la UNESCO, ha declarado la comida italiana, como Patrimonio de la Humanidad.

-          Con esa reseña me has convencido.

 

   Y claro que estrecharon lazos, tanto, que casi siempre iban al trabajo juntos. Al fin y al cabo, era el mismo camino y a Justo no le importaba acercarle.

 

   Las conversaciones durante el trayecto no tenían demasiada trascendencia, pero Justo sí pensaba que iba conociendo a su vecino. Le cogió cierta simpatía. Y un buen día en uno de los viajes rutinarios, Enrique le soltó:

 

-          ¿Tú me harías un favor?

-          Naturalmente, si está en mi mano.

-          Lo está. Tienes que matarme.

 

   En vez de frenar aceleró, se saltó un paso de peatones, afortunadamente sin consecuencias, pero sí tuvo que oír una serie de lindezas bien merecidas. Segundos después paraba y le invitaba amablemente a salir del coche.

 

-          Déjame que te explique

-          No hay nada que explicar. Hay bromas que son intolerables.

-          Justo, no es una broma. Tienes que hacerlo. Tú eres sensato y deberías pensar que si te lo pido, es porque no me queda más remedio.

-          Enrique, sal del coche por favor.

-          Para ti soy Quique, recuérdalo.

-          ¡Que salgas he dicho ¡

 

   Salió, llorando como un niño. Justo percibió su tribulación a través del espejo retrovisor y se conmovió. ¿Por qué le habría pedido esa barbaridad? Arrancó, tocó el claxon y le invitó a subir de nuevo. Necesitaba saber…

 

   Y Enrique habló sin parar durante más de una hora, y le vació su corazón y le mostró su debilidad. Sacó unos papeles del bolsillo que le mostró y obligó a leer con detalle. Justo lo hizo. Cuando acabó de leer el informe médico, le dijo.

 

-          Eso que pretendes es una huida absurda.

-          No lo es.

-          Lo siento. Venga voy a arrancar, vamos a casa.

 

   Llegaron y ambos se bajaron del coche. Iban a subir al ascensor, cuando Enrique dijo:

 

-          Me he dejado un paquete en el coche. Me abres un momento por favor.

-          Toma las llaves. Te espero aquí mientras hago una llamada a un amigo.

 

   Un ruido seco sonó en el silencio del garaje. Uno más débil produjo la caída del móvil de sus manos.


 

TORPES Y VULNERABLES                                                    SANTIAGO J. MARTÍN

Hoja 245. Observación de campo del estudio “Torpes y vulnerables”. Es mi décimo día de seguimiento en el comportamiento de un grupo de abejas melíferas ibéricas (Apis mellifera iberiensis). Me llama la atención un grupo limitado de obreras que está recolectando néctar de granos claramente fermentados, posiblemente con un alto grado de etanol. No logran regresar con facilidad al panal. El enjambre puede llegar a sufrir una importante pérdida de la estructura social por esta circunstancia, aparentemente poco habitual.

 

Apareció en mi vida en el momento adecuado. Fue mi caballero andante, mi rescatador, aunque, como me sucede tantas veces, aquello no tuvo el final feliz requerido.

 

-          Perdona, me parece que le estás molestando. Sería mejor que salieras a tomar el aire. ¿No te das cuenta que te ha dicho que pares?

 

Alto, desgarbado, arrastrando una vieja gabardina verde oscura y una cartera de cuero, había llegado hacía un rato a la taberna, como quien se equivoca de lugar. Al poco, emprendió el camino del servicio y pasó muy cerca del rincón donde estábamos nosotros.

 

Me vio intentando zafarme del baboso de mi jefe, que desde hacía unas semanas pensaba que mi simpatía y educación eran una puerta abierta al abuso y al descaro sin consentimiento. Así, con el escudo virtual de unas cervezas de más, intentaba meterme mano donde fuera.

         -          Te estaba molestando ¿no?                                                  

-          La verdad es que me has salvado la vida. Bueno, la tarde. Quizás algo más.

-          Soy Pedro, y ¿tú?

-          Antonio, Antonio Rupérez. Lo del apellido me sale solo. Es algo profesional. Trabajo en el despacho de abogados que está ahí enfrente. Bueno, el único de este pueblo, que ya es. Y el que se ha ido es, o era, mi jefe. Un cabrón.

-          Me ha dado tiempo a intuir que no es un buen tipo. Como veo que ya estás bien, te dejo tranquilo.

-          No, por favor. Voy a por unas cañas y hablamos un rato. No me suena tu cara de por aquí.

 

Era un rostro nuevo en el lugar y posiblemente aquella sería su primera escapada vespertina para darse un respiro de un trabajo tan raro como exigente.

 

-          ¿Que eres qué?

-          Entomólogo. Trabajo investigando insectos.

-          ¿Para qué?

-          Buff. Sería difícil convencerte de la utilidad de lo que hago.

-          No te creas. Oigo cada historia…

-          Lo resumo: mi trabajo consiste en observar cuánto podemos aprender en nuestro comportamiento social de los bichos que nos rodean.

-          Suena interesante. Pero cuando dices bichos te refieres a…

-          A los insectos. Ahora estoy con himenópteros.

-          ¿Cómo?

-          Abejas, que es casi lo mismo.

 

Todo lo que él decía me parecía fantástico, aunque me hubiera asegurado que era sepulturero me habría parecido el mejor trabajo del mundo.

 

Bebimos, reímos, hablamos mucho, y cuando Juan decidió cerrar su chiringuito ya serían más de las dos de la madrugada.

 

Convencí a Pedro para tomar la última en mi apartamento. Teníamos que ir en mi coche. A pesar de lo que habíamos bebido, no iba a dejar tirado mi 4x4 allí, tan lejos de casa. Además, la tormenta que llevaba amenazando todo el día, ya se estaba haciendo realidad.  Por si fuera poco, al día siguiente me costaría un mundo volver a trabajar andando, si es que todavía conservaba mi puesto en el despacho.

 

-          No te digo que lo llevo yo, porque no conduzco. Pero quizás deberíamos…

-          Na. Puedo llegar con los ojos cerrados. Son cuatro calles.

 

El problema es que, a la tercera, el bulto de una persona cayó de la acera al asfalto justo delante de mi coche. Lo pasamos por encima, sin llegar a tocar la carrocería. Fue imposible evitarlo.

 

Pedro salió disparado a ver qué había pasado y yo me quedé absolutamente paralizado dentro.

 

-          Creo que está muerto. Y me parece que lo vas a conocer.

 

Claro que lo iba a conocer. Era Sebastián Cano Meléndez, de Cano y Asociados, abogados. Mi jefe.

 

Resultaba factible que, a esas horas, nadie nos hubiera visto. No hubo sonidos estridentes, que no fueran los truenos que decoraban la madrugada. Ni frenazo. Ni golpe de atropello. Ni gritos de dolor.

 

-          Habría que llamar a la policía, Antonio.

-          Ya. Déjame a mí. Yo me encargo. Estos temas me resultan familiares.

 

Le convencí para que se fuera y se quitara ese marrón de encima con papeleos y declaraciones como testigo. Le debía una después de lo de antes. Él se acercó a mi cara, mucho. No me besó, pero su mirada adivinaba las dudas que pasaban por mi cabeza. Me abrazó y dejó sobre el asiento dos hojitas con sus últimas anotaciones sobre sus insectos.

 

-          Supongo que sabes lo que tienes que hacer.

 

Luego, muy serio, desapareció, de la misma manera que hacía unas horas había entrado en el bar, enarbolando esa espada salvadora, ligeramente envenenada.

 

Hoja 246. Observación de campo del estudio “Torpes y vulnerables”. Algunas de las abejas ebrias intentan marchar lejos del panal. Las que logran regresar, absolutamente contaminadas de etanol, son castigadas por las abejas guardianas arrancándoles las patas: una medida que sirve al resto del enjambre como llamada de atención sobre los peligros del exceso.

 

8 comentarios:

  1. La huida. María Isabel
    Esta huida de la frialdad de la vida es una huida hacia adelante. Huir hacia la noche no soluciona nada, porque por la noche hace más frío aún. Este poema es bonito y muy visual, pero me agobia como un callejón sin salida.

    Un quijote de barrio. Antonio
    En la vida es fundamental que reconozcamos nuestras limitaciones y nos adaptemos a ellas. Con frecuencia, vemos a personas, aparentemente desgraciadas, con minusvalías o con pocos recursos, que se ríen y son felices, porque han superado su frustración. Lo importante es encontrar un lugar seguro donde huir y encontrar la felicidad que todo el mundo merece.

    Manipulación cobarde. Araceli
    Los problemas de Enrique lo tenían desesperado hasta el punto de querer quitarse la vida, pero su cobardía no le dejaba de dar el paso. Es normal que el vecino-amigo no quisiera hacerle el favor de apretar el gatillo. Solo un gánster hubiera le hubiera hecho el favor. Es un relato potente, muy bien hilado.

    Torpes y vulnerables. Santiago
    El alcohol en exceso nubla los sentidos. Las abejas al consumir etanol se pierden y no cumplen su función. Con estas conclusiones estaba el entomólogo cuando conoció a Antonio en un bar. Tomaron copas y copas y Antonio se sinceró con él, diciendo que odiaba a su jefe. Antonio ebrio como las abejas, cogió el coche y atropelló a su jefe. A veces, el alcohol hace estas malas pasadas. Es un relato buenísimo con este paralelismo de ideas.

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  2. María Isabel nos lleva del blanco al negro en este poema donde los colores reflejan los estados de ánimo del poeta. Breve y doblemente bueno.
    Araceli quiere contarnos una historia de muerte asistida que termina en suicidio de forma inesperada.
    Santiago hace un paralelismo entre el comportamiento de las abejas y una relación amorosa frustrada por un accidente de coche, con el alcohol como elemento común. Un estupendo relato.

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  3. Entrañable historia con trasfondo existencial la que nos narra Antonio. El Quijote, sabia referencia, y un encuentro causal en el antiguo barrio del protagonista son el escenario ideal para hacernos reflexionar sobre el sentido de la vida y la búsqueda de la felicidad, en especial para aquellos a los que les cuesta mucho parar quietos en el mismo lugar.

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  4. El diálogo y lo que parece un encuentro casual, ponen en antecedente al lector sobre el verdadero objetivo del protagonista. Ya desde el principio vemos en la narrativa de Araceli, indicios que nos ponen sobre aviso de lo que puede acontecer. Y el brusco final, ante la negativa de Justo a ayudarle a morir, nos deja en vilo. Un suicidio no del todo premeditado y como alternativa final a una situación no desentrañada pero que el lector intuye muy dramática.
    Por lo tanto, se trata de un relato muy bien estructurado que mantiene la intriga hasta el final.

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  5. El comienzo del relato de Santiago no puede ser más intrigante. Enseguida al lector le entran ganas de saber hacia donde nos va a conducir esa hoja" 245". Y sin embargo del análisis de las abejas pasamos a la descripción de una incómoda situación, a la de un encuentro y de una relación circunstancial que no sabemos si tendrá continuidad . Todo ello alternando las voces de los protagonistas con la habilidad de un narrador al que le gusta crear expectación. Y ya lo creo que lo consigue con ese inesperado atropello y las dudas que ocasiona pero que el lector intuye, apelando en especial al título, y a las referencias de la hoja "246", tendrá su castigo, si no es a través de la justicia sí por la perdida de esa persona salvadora que muy probablemente , no volverá a ver.

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  6. María Isabel. En un corto poema no puede dejar más claro, el estado de animo de alguien, de momento, abatido por la situación. No se puede decir más, en menos líneas y esto es muy difícil.

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  7. Antonio, Cualquier mención que se haga del Quijote suele tener una moraleja brillante. En este caso la postura del lisiado es un verdadero ejemplo. Tu siempre al lado de los mejores.

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  8. Santiago, el paralelismo entre un estudio entomológico y la posterior situación dramática, crea una inquietud y unas expectativas en el lector, que hacen que el relato te atrape y obligue a leerlo más de una vez, al menos en mi caso. Ese atropello noquea y el final abierto agobia. Vamos que tu pluma aquí, se deja ver.

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