28/11/2025

SUCEDIÓ UNA TARDE

 

SUCEDIÓ UNA TARDE                                    ANTONIO LLOP

 

El sol está a punto de esconderse tras los edificios. La farola del parque ilumina los bates de béisbol y las cadenas que cuelgan de las manos y bailan al paso de las botas militares. Por dentro de ellas, los pantalones verde oliva con varios bolsillos a lo largo de la pierna se sujetan a la cintura con tirantes cruzados a la espalda. El chaquetón abierto muestra los torsos desnudos, y las solapas levantadas disimulan en el cuello los tatuajes que suben desde abajo.

 

Más arriba, cabezas rapadas y ojos bañados en sol de crepúsculo. Una música de salsa caribeña se oye cada vez más cerca detrás de unos setos. Los pasos se aceleran.

 

Mientras tanto, un poco más allá, donde termina el verde, se alza un edificio de ladrillo gastado. Hay una ventana iluminada en la tercera planta. En el interior una mujer habla por teléfono:

 

—No madre, ahorita no me va mal del todo, aunque acá todo está muy duro. Lo peor fue cuando llegué a España. Fue una “vaina” lo de conseguir papeles. Para que te dieran la tarjeta de residencia tenías que conseguir trabajo; pero no había ningún empresario que te contratara sin tener la tarjeta del carajo. Y mientras tanto tuve que trabajar de ilegal en lo que salía, porque había que comer, madre, había que comer. Cuando se amanecía me levantaba para ir a limpiar una casa. La cama se la dejaba calientita a una desgraciada que había estado trabajando toda la noche. Yo la miraba con pena, madre, que yo no he tenido que vender mi cuerpo para poder comer. Y es que, aunque era molestoso no tenía más remedio que compartir una habitación chiquita en la que apenas cabía una cama y un armario donde dejar la maleta. Luego vino lo del sinvergüenza ese que nos vendió los papeles. Español, madre, no se crea que era inmigrante sino un sinvergüenza de acá que se aprovechaba de nuestra desgracia. En eso gasté los últimos doscientos dólares que tenía ahorrados. Para nada madre, para nada, porque luego resulta que esos papeles eran falsos. Tuve que comer durante varios meses a base de pura papa, madre; y porotos, que acá llaman alubias. Menos mal que encontré a la pareja de viejitos a quienes sirvo ahora. Ellos me han hecho el favor de darme de alta en la Seguridad Social. Así que, por fin, conseguí los papeles. Nunca olvidaré que gracias a ellos puedo salir a la calle sin esconderme de los policías. Y me hayan ayudado a traer a Néstor, que ya no estará más nunca tirado por las calles de Machala, agarrando Dios sabe qué vicios.

 

Aquí va a un colegio público donde le enseñan sin pagar un sucre. Es un mocito, pero pronto se me hará un hombre, y no la pasará tan mal como nosotros la estamos pasando. Aunque también tiene que pelear duro, no crea. Todos los días le acosan las bandas esas de latinos medio gringos para que se les una; pero “mijo” no quiere nada con esa gente. Ya ha visto demasiadas peleas allá en Ecuador. No es que quiera que me lo “añoñen”, pero es mejor que me lo eduquen acá para que no termine como su padre con la botella en la mano todo el día. Por eso yo quiero mucho a la doñita y a don Luciano, su marido, que tanto me han ayudado. Y les limpio la casa como si fuera la mía, que usted me conoce madre, que usted sabe cómo tenía mi casita en Ecuador. Y les acompaño al médico cuando se enferman. Ya sé que falta Amandita, pero tenga un poco de paciencia. Si sigo ahorrando pronto la quitaré a usted también esa carga. Y usted madre, también vendrá usted para que le miren aquí esos dolores de cabeza que no la dejan dormir.

 

—Ahorita Néstor y yo vivimos en un pisito que he podido alquilar gracias a lo que me pagan los viejitos. Está en una casa antigua y los vecinos son gente mayor. Yo trato de llevarme bien con todos, aunque me miren de esa forma que te miran cuando eres extranjera; pero yo creo que pronto se me van a acostumbrar. Bueno madre tengo que dejarla, que me va a costar mucho la llamada y hay que mirar la plata para que usted y “mijita” puedan venir pronto.

 

En un banco del parque tres muchachos y una chica escuchan música de salsa en un radio-casete. El pelo de ella está sujeto con un pañuelo de cuadros rojos y las mangas de su pulóver rebosan las manos. Los pantalones de ellos caen pesadamente por debajo de los zapatos, y las prendas interiores de los cuatro despuntan en la cintura.

 

Mientras tanto, en el edificio donde estaba iluminada la ventana del tercer piso también hay luz en el portal. Una mujer mayor habla a un hombre de edad avanzada:

 

—Lo que yo le diga a usted, don Jacinto. Las cosas cada vez van peor en este país. Vas en el metro y te encuentras el vagón lleno de moros y negros. Entras al consultorio de la Seguridad Social y no hay más que “sudacas” y marroquíes. Te sientas en la sala de espera y tienes que aguantar al niñito ecuatoriano que corre gritando por el pasillo y se te siente al lado manchándote la falda con sus zapatos. Y luego tienen tantos derechos como tú. Si no más, porque le diré, don Jacinto, que mi nuera solicitó un servicio de ginecología en la Junta de Distrito, y no se lo concedieron porque resulta que era un servicio especial solo para inmigrantes. Es una vergüenza que estés pagando toda la vida, que bien te descuentan todos los meses, y que luego venga esta gente con su cara bonita a ponerse delante de ti sin pagar un duro. Vienen en avión, en patera o saltan la valla y nadie hace nada por echarlos; que lo que yo digo don Jacinto: para qué tantas mantas y alimentos, ¡que les devuelvan a su país!

 

—Y ya están en todas partes. Se habrá dado cuenta de la del tercero B; sí la sudamericana esa, que no sé si es colombiana o ecuatoriana. Verá usted el tiempo que tarda en traernos a toda la parentela. De momento ya está el hijo, uno que llaman Néstor, arrastrando sus pantalones por el suelo; que ya me dirá, don Jacinto, si no son guarros. Estoy segura de que dentro de poco nos traerán problemas. Tiene usted que convocar una junta urgente para controlar a quienes se alquilan los pisos; porque ahora es una vecina, pero poco a poco se irán adueñando de todo el edificio con su música ruidosa y sus costumbres raras. Llevamos muchos años viviendo juntos y tenemos derecho a seguir siendo una comunidad de vecinos decente.

 

En el parque, al llegar ante los que escuchan música, uno de los rapados con el labio partido se adelanta al grupo:

—¿Vosotros de quien coño sois, de los Ñetas o de los Latin King´s?

La voz sale temblorosa desde el fondo del banco:

—Nosotros no somos de ninguna banda.

Otro de los rapados tiene el brazo lleno de tatuajes. Su mano se crispa sobre el asa de la porra.

—¿Y por qué no vais a escuchar esa mierda de música a vuestro puto país?

 

Dicho esto, vuela un bate hacia el radio-casete y lo hace pedazos. Cuando los del banco tratan de huir, una porra se hunde en la espalda del que se ha quedado rezagado. Patadas y cadenazos le llueven por todas partes.

 

La chica para de correr, vuelve la mirada, y casi sin aliento les dice a los otros dos:

—Agarraron a Néstor, esos pendejos agarraron a Néstor.

 


 

EL CASTILLO                                                                      JUAN SANTOS

 

El trabajo de Abel siempre me pareció muy aburrido. No hace falta que te lo recuerde. Jamás se me ocurrió husmear en sus papeles de arquitectura. Mi indiferencia era tan grande que la habitación de su despacho no existía para mí. Fueron los ruidos extraños, y el descaro de encerrarse en ella, lo que me impulsó a asomarme por el ojo de la cerradura.

 

Por lo que pude ver, se trataba de la restauración de un castillo en ruinas.

 

Al principio, durante la elaboración de los planos, el silencio era sepulcral. Los gemidos misteriosos empezaron a escucharse el mismo día que mi marido trajo a casa a la arqueóloga: una compañera del proyecto, experta en maquetas. Entró de tapadillo, sin saludar. Aunque la vi de refilón, supe que era mucho más joven que él y, al parecer, muy fina en su trabajo. La recreación en corcho blanco que hizo del castillo era tan auténtica que albergaba las mismas psicofonías que el original. Gemidos y susurros escalofriantes de almas en pena traspasaban los muros del piso.

 

Preocupado por la inocencia y fragilidad de los niños, Abel se apresuró a insonorizar el perímetro del despacho. Además, cuando se aproximaba la hora de los jadeos, con un gurruño de papel taponaban la cerradura. Todas las precauciones eran pocas.

 

Aun así, no sirvió de nada. La casa ya estaba poseída por los espíritus de la vieja fortaleza. Fabiola temblaba de miedo; decía que, al limpiar por debajo de la puerta del despacho, una sustancia viscosa, agria y penetrante se le pegaba a la fregona, como si un fantasma se arrastrara para salir. La pobre estaba convencida de que el espectro pululaba por todas las habitaciones a sus anchas, dejando su rastro asqueroso sobre muebles y paredes. Le daba tanto pánico pasar la bayeta que me amenazó con marcharse.

-          Tranquila, mujer- le dije. Aguanta un poco. El fantasma desaparecerá en el momento en que se lleven la maqueta.

Yo estaba tranquila, pero aquella tarde se confirmaron mis sospechas. Haciéndome la dormida en el sofá, vi actuar a esa bruja escandalosa. Se desplazaba de puntillas, con un cubilete y un pincel, dejando a su paso evidencias de su potingue pegajoso. Seguramente engrudo con azúcar y vinagre. Podía haberla delatado, pero preferí que mis hijos y Fabiola pasaran miedo antes de que supieran toda la verdad.


 

LA TARDE EN QUE MURIÓ LA POESÍA                                   MANUEL GIL

 

El camino es angosto, y se hace largo; el poniente siembra sombras alargadas a su paso, sombras que semejan cipreses, oscuros que persiguen su silueta, naciendo bajo sus pies cansados. La tarde va tiñendo el horizonte del amarillo al rosáceo, caminando hacia el rojo intenso que lucirá, no tardando. En las orillas del camino sobrevive alguna flor, como en letargo.

 

Su ánimo está herido. "La poesía ha muerto, rojo maricón" gritaba el energúmeno que sus libros ha quemado. Sus furiosas mandíbulas le daban a ese rostro un aire descarnado, de lobo hambriento. Las manadas, uniformadas con camisas azules, correajes y boina roja, que le seguían, jaleaban sus actos.

 

Todo ha sido como un mal sueño. Después vendrán a por mí, ha pensado, tras el registro de la casa del maestro, donde no le encontraron. Sombras de dolor han nublado sus ojos cuando ha visto cómo han destruido sus cosas, algunas ligadas a viejos recuerdos. ¿Cómo ha podido llegar esto? piensa, cuando él vivía feliz enseñando, haciendo versos, ayudando a la gente de ese pueblito al que le destinaron, un hombre solo, viudo, sin más ambiciones que el calor humano.

 

Empina la cuesta que da a la cancela de hierro forjado. Sus piernas le pesan, le pesa la tarde, la que le ofrece la naturaleza, que siempre es bella en cada día, en cada estación, en cada ocaso. Y sobre todo le pesa el atardecer vital, el de su viejo esqueleto cansado que cruje cuando aprieta el paso.

 

Siempre le ha gustado venir aquí, recostarse en alguna lápida, dialogar con algún amigo al que abriga este espacio. Mira hacia el horizonte, donde el sol se oculta, y se sorprende al ver que no llega a hacerlo y que vuelve a ascender lentamente, a desandar el camino. Su mente científica le dice que está alucinando, que sentir tan de cerca el final le ha trastocado. Cierra los ojos un rato y, cuando los vuelve a abrir, el sol está más alto.


 

LA TARDE EN LA QUE EMPECÉ A ESCRIBIR                            MARÍA ISABEL RUANO

 

Hacía frío. Mucho más de lo habitual para el mes de noviembre en Madrid.

 

Me había quedado sin planes para la tarde del viernes, pero decidí salir a dar un paseo. Vivo en Lavapiés y me encanta acercarme al centro y perderme por las calles del viejo Madrid, recorrerlas me ayuda a reconciliarme con el estrés de la ciudad.

 

Frente a la basílica de San Miguel observé que había más gente de lo habitual en la puerta de la biblioteca Iván de Vargas. No sé si por el frío o por la curiosidad o por ambas a la vez, decidí meterme dentro. En el tablón de anuncios comprobé que, para esa tarde y con tan sólo unos minutos de diferencia estaba programada la presentación de un poemario cuyo título me llamó mucho la atención: “Con la luz de la tarde amarilla y añil”. Y en especial el diseño de la portada con unos curiosos pájaros o patos, no se sabía muy bien qué, pero transmitían armonía.

 

No es que me guste mucho la poesía, pero decidí quedarme. Eso sí, como observadora sin invitación entré por la puerta del fondo que se comunica con el patio en donde está el célebre pozo de San Isidro para sentarme al final. Después me arrepentí.

 

La autora, y se notaba que era ella, por como recibía a los invitados, estaba radiante. Entre abrazos y miradas iba colocando un adorno floral encima de la mesa, así como unos cuadros que contenían los collages originales de la ilustración del libro. La sala se fue llenando y pasados unos minutos de las siete de la tarde, el encargado de la biblioteca, un señor de bonitos ojos azules qué creo, se llama Simón, comenzó la presentación.

 

La autora, saltándose el protocolo, no pudo evitar darle las gracias por su eficiente labor al asignarles la fecha y la sala, así como a todos los presentes por estar allí, pese al tremendo frío de la tarde, acompañándola en ese acto tan especial. Incluso sentí que me miraba. Se notaba que tenía tablas a la hora de hablar en público y parecía estar iluminada por un inexistente foco. Conforme avanzaba la presentación fue compartiendo muchos sucesos de su vida en especial los relacionados con su oficio de maestra.

 

Respondía a las preguntas que su presentador, un tal Manuel Pozo, le iba formulando, pero con serenidad como si estuviera calibrando el riesgo de las respuestas. Se notaba mucha complicidad entre ellos. Al parecer habían sido compañeros de letras durante años en un taller literario en La Casa del Reloj del distrito de Arganzuela.

 

El tono intimista y sincero de la charla me dejó muy impresionada y sentí grandes deseos de conocerlos, de saber más sobre las anécdotas que iban dejando suspendidas en el aire. Hablaron de la simbología del color y de la luz, del sentir del corazón, de los pájaros y de la muerte, ahí casi me quiebro al recordar a mi padre recién fallecido, pero el mensaje de la autora estaba lleno de esperanza. Llegó a nombrar a algunos de los seres queridos que habían muerto, incluso a su hermano que, al parecer, ese 21 de noviembre hubiese cumplido sesenta y tres años. Afirmó, incluso que estaban allí con nosotros. En esos momentos me dio un poco de yuyu la verdad, pero nadie parecía inmutarse y asentían con la mirada. La expresión de la autora era muy dulce y serena, incluso en un gesto con sus manos elevándolas al techo y hacia su espalda, sentí que estaba como iluminada. La misma sensación del principio, pero sin foco alguno que lo provocara.

 

Me pasa a menudo que, creo ver cosas que son mero reflejo de mi imaginación. Bien es cierto que la sala tenía un altillo por detrás de la mesa en donde estaban sentados con varias ventanas que dan a la calle San Justo. Podría ser un reflejo el atardecer, quise creer, pero en Madrid hacía ya mucho rato que se había hecho de noche. O el reflejo de la iluminación de la iglesia de enfrente. No lo sé, pero allí había mucha luz.

 

He asistido a muchas presentaciones motivada por mi afán lector y a su vez la frustración de no atreverme a escribir como me hubiera gustado, pero el tono y la familiaridad de esta me estaba cautivando.

 

La autora leyó un par de poemas y el presentador otro que fueron aplaudidos con mucho entusiasmo. Me gustó la cadencia de su voz. Para finalizar hubo halagos y reconocimientos que parecían muy sinceros, muchos abrazos, bombones y un regalito artesano que la autora ofrecía a los que se acercaban a su mesa para la firma de libros y fotos, muchas fotos.

 

Contemplaba la escena con deleite y, cerca de las ocho y media, hora en la que anunciaron tenían que cerrar, me acerqué, me presenté, soy Lucía, me ha encantado tu presentación y la verdad, aunque no entiendo de poesía voy a comprar tu libro, siempre he querido escribir, seguí comentándole… Vi cómo se iluminaban sus ojos verdes al afirmar: empieza hoy mismo, no lo dejes, si quieres escribir, hazlo. Me abrazó con una calidez casi mágica.

 

No sentí el frío al salir de la biblioteca y en mi casa, protegida por el calor de la cama, acaricié el libro y me dispuse a leerlo como si de un regalo de la fría tarde en Madrid se tratara.  Tras leer unos poemas, comencé a escribir este relato que hoy comparto con vosotros. No voy a olvidar el nombre de la autora:  María Isabel Ruano.

 

 


 

FELIZ ENCUENTRO                                         JUANA DOMÍNGUEZ

 

Sucedió una tarde fría de noviembre, una tarde que trajo felicidad y alegría a mi vida.

 

“A mi padre le hubiera gustado que vinieras a la boda de su nieta, ya sabes que te apreciaba mucho”. Me soltó un primo lejano al invitarme a la boda de su hija mayor, una chica agradable con la que no tenía más trato que el saludo formal, sin ninguna relación de amistad con ella.

 

No pude poner una excusa razonable. Allí, sola, en mitad de un salón lleno de gente que nunca había visto y otra con la que tenía muy poca relación, conocidos del pueblo y un parentesco lejano, sin confianza ni amistad como para ponerme a charlar con ellos.

 

La boda era un compromiso que no podía eludir por mi tío Pedro, (el abuelo de la novia), él sí que era mi familia, siempre alegre y contándonos historias curiosísimas. Le escuchaba con los ojos abiertos como platos, cuando le visitaba con mi padre, de niña.

 

 Me sentaron con amigos del novio, que no paraban de contar chistes groseros. En cuanto pueda me largo, decidí. Me aburren las celebraciones de griterío ¡Que se besen, que se besen! No aguantaba más. Me despedí, alegando otro compromiso.

 

A punto de subir a mi coche, alguien me llamó por mi nombre.

 

-          ¡Julita!

Me costó unos segundos saber quién era. El traje formal, con pajarita incluida, me despistó.

 

- ¡Jorge! ¡Qué casualidad! ¿Qué haces por aquí?

-He venido a la boda de mi antigua novia. Merceditas ¿te acuerdas?

-Qué pequeño es el mundo. Yo también estaba invitada. Es prima lejana mía, pero no te he visto dentro, hubiera sido genial que nos sentaran juntos.

-Yo tampoco te he visto. En mi mesa no había nadie interesante, y las amigas de la novia, no han parado de decir tonterías.

- ¡Qué marrón! He venido de compromiso, y ya no aguantaba más a los amigos del novio.

 

 Nos echamos a reír. La situación había sido rara y desagradable para ambos.

- ¿Dónde vas, tienes planes?

-No. Me iba a casa ¿y tú?

-Si quieres nos tomamos una copa en la cafetería del hotel y charlamos. Hace tanto que no nos vemos.

 

Jorge, me contó su vida de los últimos años. Ahora es feliz. Separarse de Merceditas fue lo mejor que le pudo pasar. Se dedica a disfrutar de su soltería sin que nadie le diga constantemente lo que puede o no puede hacer.

 

Me fui contenta a casa. Encontrarme con Jorge fue lo mejor de esa tarde de boda no deseada. Quedamos para vernos más a menudo.


 

SORPRESA EN EL MADRID DE LOS AUSTRIAS                        ARACELI DEL PICO

 

   No hay nada que me relaje más, que un paseo al atardecer por el Madrid de los Austrias. Aquellas calles angostas de edificios renacentistas y barrocos, que reciben la luz de las farolas, y nos devuelve un halo de misterio en cada esquina, me transmite la paz que me roba el centro de la capital. Siempre una agobiante vorágine. 

 

   Por ende, aquella tarde, hacía frio. El otoño nos anticipaba con un día gris la llegada del invierno. Aunque faltaba un mes para su encuentro. No importaba nada. Iba bien abrigada, con una cálida pashmina de suave lana merina, buen zapato y a caminar por mi Madrid favorito.

 

   Mis pasos perdidos, como aquellos de los reseñables edificios, donde se toman las justas decisiones, o bien, se trapichea y muchas veces se engaña. De todo sucede en esos largos pasillos, que conducen a las grandes salas; me llevaron hacia la basílica pontificia de San Miguel, cuya impresionante portada barroca, siempre he admirado.

 

  Frente a ella, una pequeña escultura, dedicada a Carlos Cambronero, que fue historiador y escritor madrileño y cronista de la Villa de Madrid. Está de pie, y mantiene una postura desigual, alzando uno de ellos sobre un escalón algo más alto. En sus manos mantiene un libro. Y justo tras él, la Biblioteca Pública Iván de Vargas.

 

   A esas horas y ya anochecido, no suele haber mucha gente. El brillo tintineante de la luz artificial, pone al descubierto la extraordinaria fachada de San Miguel. Y deja en segundo plano, aunque también iluminada la Biblioteca. No me resisto. Entro. Y contra todo lo previsto, las silenciosas paredes me devuelven un aire de fiesta.

 

   Pregunto. Dios que preguntona soy. Alguien a quien le brillan los ojos por estar allí, me dice que se va a celebrar la presentación de un libro de poesía.

 

-          ¿Me podría quedar?

-          No sé. Supongo que sí. La sala es grande. Pero siempre falta algún invitado.

-          ¿El autor o autora, es conocido?

-          Mujer, no es Almudena Grandes. Pero dele tiempo. Y desde luego en nuestro circulo lo es.

 

   Me hago a un lado discretamente. Y oigo con atención la presentación que hace Manuel Pozo. Habla sobre la autora. De sus virtudes como persona y sobre todo como escritora. Y poco después interviene ella. Se calza unas gafas que le dan un aire muy intelectual. Abre el libro, pequeño de tamaño y grande de contenido. Lee retazos de algunas de sus poesías. Con voz cadenciosa y un timbre acomodado al poema escrito. Habla de las dificultades de escribir. Y en especial poesía. Dice que tal estilo, no admite mentiras, que es desnudarse ante los ojos de lector. Siento que tiene razón.

 

   Cuando acaba el acto, me acerco discretamente. Me presento y transmito mi enhorabuena. Compro su libro. En la dedicatoria añade unos dibujos extra que sinceramente agradezco. Y antes de salir saludo a la persona que me invitó a quedarme, para darle testimonio de mi gratitud. Digo mi nombre. Responde con el suyo y un fuerte apretón de manos.

 

   Sus amigos se quedan y comienza la sesión de fotos… me hubiera gustado estar entre ellos. Y sin pensarlo dos veces de nuevo me acerco y pido posar juntos, si es posible.

 

-          Naturalmente, pues claro que sí.

   Con un descaro, que no sé de dónde me sale, me coloco en el centro. Luego me entero que es el grupo de creación literaria, donde ella se formó. Le pido el teléfono para mandarle la foto que he hecho con mi móvil. Sin duda alguna me lo da.

 

  Y salgo de allí, despacio, mirando las paredes de la Biblioteca, y me detengo frente al pozo cerrado. Siempre se ha dicho que es el de San Isidro. No lo sé. Conozco más de uno y eso me hace dudar. Pero le miro fijamente… De repente se me nubla la vista y siento que se abre el brocal. Segundos más tarde, miro mis manos y en la izquierda aparece un cuaderno con las hojas en blanco y en la derecha una pluma. Un calor extraño me invade.

 

  Salgo a la calle me apoyo en la escultura de Carlos Cambronero. Imito su pose. Me apoyo en su libro. La oportuna luz de las farolas ilumina las hojas blancas de mi cuaderno y comienzo a escribir. Mis pasos hoy, no han sido perdidos.

 

   El frio helador de unas horas atrás no existe.

 

 


 

EL ATARDECER TIENE MIGA                                      SANTIAGO J. MARTÍN

 

Alguien tenía que ser y, en esta historia, la protagonista es Dorothy Baker, siendo Baker su apellido de soltera, condición de la que disfrutó hasta donde alcanzan los registros a los que hemos podido acceder.

 

Está mujer vivió en una zona arbolada del sur de Escocia, en Galloway, allá por el 1135, fecha de la que se tiene constancia por su bautismo en la iglesia de Girthon, hoy en ruinas, pero visitable.

 

Parece que su oficio fue, desde muy pequeña, el de panadera, aunque tenía habilidades notables como poetisa.

 

Nunca fue a la escuela, entre otras cosas porque no tenemos noticias de que existiera una en los alrededores, al menos para los plebeyos y vasallos, como era su caso. Pero un viejo fraile, que vivía en el lugar, se preocupó de enseñarle a leer y a escribir, a cambio de que la muchacha le reservara los panes más tiernos, para que pudieran ser masticados por el simulacro de dientes que le quedaban.

 

Esta joven fue la inventora del término atardecer. No consta que nadie lo hubiera usado antes en ninguna parte del mundo. Solo había, hasta entonces, amaneceres y anocheceres. Y punto.

Lo curioso es que Dorothy jamás había visto anochecer desde que tenía uso de razón. Se acostaba prontísimo para poder estar bien despierta a las 4 de la mañana, hora en la que su padre encendía el horno y ya había que estar extendiendo las masas y mezclando las levaduras.

 

Un día el azar y la indisposición hizo que la muchacha viera por primera vez cómo se hacía de noche, cómo se iba definitivamente ese hilo de luz que todavía existía cuando ella se metía en su jergón. Aquel retortijón de vientre sirvió para que la poeta panadera de Girthon sintiera, además, lo distinto que eran dos momentos del día tan próximos.

 

Sus poesías sobre la luz de la tarde, que nada tenían que ver con la oscura noche, fueron lo suficientemente transparentes como para que todos los lugareños comprendieran que había diferencias sutiles, pero esenciales. Se corrió la voz y lo que empezó como algo curioso terminó en imprescindible.

 

Las cosas parecidas, que no son iguales, tienen una diversidad de matices tan grande que algunos que creían ser felices empezaron a tener dudas. Bueno, lo comido por lo servido, cuántos desgraciados cruzaron a la acera de la dicha comprendiendo los colores de la tarde, desde Escocia hasta Vietnam, pasando por Villanueva de la Vera.

 

Hoy son miles, millones los que hablan, recitan, estudian, fotografían y se enamoran con la luz de la tarde que empieza a agonizar. Doy fe que existen libros estupendos, que nos mezclan luces de Gata, con destellos extremeños y sabores a Madrid. 

 

El final de esta historia resulta algo desesperante. La pobre Dorothy, siendo joven aún, pereció de una disentería, algo que se veía venir y que en su comarca se llevó a gran parte de la población.

 

Se cuenta, que la muchacha consiguió su sueño, reencarnarse, pero con poco tino. No pudo hacerlo en un vencejo, de esos que decoran las tardes y sus ocasos, para volar “abrigada de plumas y luna” *. Algo falló y Dorothy volvió a este mundo en forma de hogaza de pan. Tiene su lógica.

 

La pobre, frustrada ante esa vuelta inesperada, soltó por su boca:

-          Vaya fiasco. ¡Pues me viene de masa madre!

Aunque no me fiaría yo mucho de esa traducción libre del escocés medieval.

 

Aquel pan redondeado duró poco tiempo, como un atardecer, lo justo para terminar engullido dentro de la boca desdentada de un fraile anciano de vientre resistente a cualquier enfermedad.

 

Lo que son las cosas.

 

*María Isabel Ruano Morcuende, Con la luz de la tarde amarilla y añil, Valencia, Olé Libros, 2025, p. 10.

 

 

 

15 comentarios:

  1. Ya en el primer párrafo, Antonio nos describe a unos personajes que dan escalofríos. A continuación y a través de una conversación telefónica nos muestra una realidad social demasiado cercana para ser considerada como literaria. En el relato cambia con agilidad de un escenario a otro, cercanos entre sí, compartidos por los personajes para ir llevando la narración al crudo desenlace que deja al lector con el corazón encogido.
    Destaca en este relato la autenticidad así como el dominio del vocabulario adaptado a la peculiaridades lingüísticas de cada extracto social. Un magnífico pero doloroso retrato social plasmado con elocuencia por la atenta mirada de Antonio

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  2. El castillo de Juan nos desdobla la narración en dos ambientes, el uno cerrado tras la puerta del estudio de Abel y el entorno familiar en el que, a pesar de la evidencia, se hacen "oídos sordos" a la realidad de lo que allí pueda estar pasando. Con gracia nos va dando pinceladas que mantienen el interés de l relato dejando la puerta abierta a la imaginación.

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  3. Manuel, con su primer párrafo, nos pinta un espectacular cuadro con todas las gamas cromáticas del atardecer. Pero lo que parece ser un cuadro bucólico se transmuta en tétrico al mencionar la muerte de la poesía y del poeta. Ya hay un indicio en ese primer párrafo con la presencia de los cipreses que efectivamente derivan en el cementerio en el que se sitúa el protagonista observador. El viejo maestro que al ver llegar su final tiene una ensoñación de a amanecer muy próxima al realismo mágico y que le otorga al relato la belleza de una metáfora Inter temporal

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  4. Con su relato, Juana nos describe una situación de compromiso al tener que asistir a una boda de la qué, la protagonista a la que se le intuye buena persona, no ha sabido escaquearse. La descripción del ambiente de la celebración queda enriquecido por el diálogo de los participantes. Y el giro del relato nos lleva a un casual encuentro que le regala un merecido bienestar a Julia. A pesar de que la autora deja el final abierto nos deja entrever un feliz final para esta pareja qué puede vaya más allá de la cafetería del hotel.

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  5. Araceli, con sabias descripciones históricas nos mete en el Madrid de Los Austrias para llevarnos como espectadores a la biblioteca Iván de Vargas en donde una velada amistosa y poética discurre pese al frío de la tarde en Madrid. Con generosidad y belleza nos hace participes de esa velada en la qué, no he tenido por menos, sentirme muy implicada.
    Muchas gracias Araceli por tu aporte literario para esa feliz tarde compartida con vosotros.

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  6. El apellido de la protagonista del relato de Santiago, nos sitúa en un ambiente diferente a los más cercanos de los relatos anteriores. Con él viajamos a Escocia y al siglo XII. El narrador, en tercera persona testigo, nos va aportando datos sobre ella conforme avanza la narración y enseguida el tono adquiere un giro poético al nombrarla como inventora del atardecer. Y con ese tono, el relato nos mete de lleno en el realismo mágico capaz de viajar hasta la Vera de Cáceres, con un singular guiño muy especial para mí. Así como la referencia a l verso y lo acontecido en la tarde de la presentación del poemario.
    Pero el autor que, no se permite demasiadas licencias poéticas en su narrativa, vuelve a darle otro giro al relato para embaucarnos en la fantasía no exenta de ironía.
    El relato me ha ha hecho sonreír, reír y emocionarme. Muchas gracias , una vez más.

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  7. Sucedió una tarde. Antonio Llop
    La escena de una inmigrante ecuatoriana que habla por teléfono con su madre, nos recuerda las vicisitudes que ha tenido que pasar que vivir un pisito. Aún así la felicidad no es completa, le preocupa las malas compañías de su niño y la discriminación de ultras españoles. Antonio, preocupado siempre de estos temas, nos pone de manifiesto la triste realidad que se repite, muchas tardes, en algunos barrios de Madrid.

    La tarde en que murió la poesía. Manuel
    Algo parecido al relato de Manuel, debió sentir Federico la tarde previa a su asesinato. Le pesaba el atardecer. Era el presentimiento de un amanecer abortado en noche oscura.

    La tarde en la que empecé a escribir. María Isabel
    La imaginación de María Isabel no tiene límite. La tarde del 21 noviembre, mientras celebraba en la biblioteca Iván de Vargas, con sus amigos, la presentación de su libro, inició un viaje astral, por el mismo sitio y a la misma hora, haciéndose pasar por una tal Lucía. Le compró un ejemplar y le transmitió el impulso de escribir. Aquí veo el embrión de su próximo libro con el seudónimo de Lucía.

    Feliz encuentro. Juana
    Hay acontecimientos que suceden en una tarde y otros que se inician y, por cualquier circunstancia, quedan sin culminar. Jorge y Julita, antiguos amigos, han sido invitados, por separado, a una boda. Están aburridos y deciden abandonar el salón. A la salida,
    se encuentran y deciden tomar una copa en la cafetería. Están a gusto y parece que se puede el inicio de un romance entre ellos, pero la autora nos deja con la miel en los labios, para una próxima cita. ¿Quién ha dicho que encontrar el amor es fácil?

    Sorpresa en el Madrid de los Austrias. Araceli
    Ya veo el gran el impacto que ha tenido en el grupo la presentación del libro de María Isabel. Araceli se ha inspirado, haciendo una hermosa descripción del barrio donde se produjo el evento, para terminar dentro de la librería y revivir los buenos momentos que pasó.

    El atardecer tiene miga. Santiago
    Santiago, tu imaginación no tiene límites, ya veo que es internacional. Es admirable contemplar cómo el verso de un bello poema de María Isabel, te ha inspirado una historia tan original y tan bonita.

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  8. Antonio, en su día, comenté en nuestro chad la magnífica exposición que haces de la vida de los inmigrantes. Reitero tu buen hacer y es que queda bien claro , que por más que intenten reintegrarse, mientras haya bestias de dos patas como muchos de los que se pasean por nuestros parques, va a resultar bien difícil. Magnífico relato.

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  9. Juan. Y su castillo. Una vez mas plasma con cierto humor una historia que se desarrolla entre las gruesas paredes de un castillo. Y un final abierto para que los lectores participen de una creciente inquietud. Bien bueno,

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  10. Manuel: Y la tarde en que murió la poesía. La muerte de algo querido siempre es muy triste. Pero si lo que me muere es la poesía es una puñalada, cuya sangre salpica a todos los que la amamos. Y aunque es muy doloroso esa sangre riega nuestro nuestro amor por ella y lo hace florecer. Lleno de metáforas, resulta un bellísimo relato.

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  11. Juana. Tu relato relacionado con el compromiso de asistir a una boda, a la que malditas ganas tienes de ir, está perfectamente ambientado. Pero asistir y coincidir con la persona adecuada, con la que te apetece compartir momentos diferentes, es otra cosa. Muy bien relatado y con un final abierto al que últimamente nos tienes acostumbrados.

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  12. María Isabel. Sin duda a María Isabel, no le ha costado trabajo alguno escribir este relato. Parece que hace buenas migas con la persona que cita, en la presentación de un libro, donde "sin querer" se vio involucrada. Oye compi, que te ha salido redondo.

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  13. Santiago. Una vez más despliega su imaginación tan versátil y sitúa una acción que se desarrolla en Galloway y "allá por el 1135" que ganas de irse tan atrás. Para construir un preciosista relato con mucha miga. Nos dice que el término atardecer lo inventó Dorothy Baker. Habla de sus poesías , que nada tenían que ver con la oscura noche y mil cosas más, todas atractivas. Para llegar al final con una mención a María Isabel y su nuevo poemario. Se puede ser más imaginativo?

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  14. Antonio. Un relato muy bien estructurado con un contenido social de calado, de mucha actualidad en nuestro mundo, donde nos hacen buscar enemigos entre los más vulnerables y entre aquellos de los que más gente de los que dicen que los echarían a todos, se aprovecha. Crudo y realista Muy bueno.

    Juan. Fantasmas y ruidos espectrales, que finalmente poco tenían que ver con algo esotérico. Me parece a mi que lo que tenían esos dos era mucha cara y mucha desenvoltura en su poropia casa. El detalle del buruño de papel en la cerradura no tiene precio. No sabría calificar tu relato si de humor negro, blanco o verde, pero humor muy bien traído y con mucha ironía.Me lo he pasado muy bien con su lectura.

    Maria Isabel. te sales de ti misma en forma de casual espectadora de un acontecimiento que narras con toda la emoción que supuso para ti. Muy original forma de hacer una autocrónica, que no se si existe la palabreja. Muy bien por ti.

    Juana. Una boda de compromiso, no precisamente muy deseada, junta a dos personas que no se vean hace años y que sí, fue un encuentro agradable. Bien planteado, y bien descrita la situación que daba para más. pero muy bien.

    Araceli. una crónica que además de contener una buena descripción de ese Madrid, que creo que nos encandila a la mayoría, tiene las impesiones de alguien vinculada sentimental y literariamente a la autora. Genial.

    En este relato Santiago has hecho una mezcla donde ficción y realidad parecen entremezclarse, A mi me ha recordado un poco a la narrativa de Borges. La historia de Dorothy Baker, inventora del término "atardecer", es un pretexto para reflexionar sobre la percepción del tiempo y la belleza. Nos has llevado por un camino poético con cierta ironía y humor.Me parece que condensa muchas virtudes Genial.

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